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sábado, 6 de marzo de 2010

El sabor de la muerte- Juan Villoro


El escritor mexicano Juan Villoro se encontraba en Santiago de Chile, invitado a participar en el Congreso Iberoamericano de Literatura Infantil y Juvenil, cuando ocurrió el sismo. Este es un relato de lo ocurrido esa jornada. Crónica publicada en el diario La Nación

El terremoto de magnitud 8,8 que devastó a Chile el 27 de febrero fue tan potente que modificó el eje de rotación de la Tierra. El día se redujo en 1,26 microsegundos. Desde la Estación Espacial Internacional, el astronauta japonés Soichi Noguchi fotografió la tragedia y mandó un mensaje: "Rezamos por ustedes".
Los mexicanos tenemos un sismógrafo en el alma, al menos los que sobrevivimos al terremoto de 1985 en el DF. Si una lámpara se mueve, nos refugiamos en el quicio de una puerta. Esta intuición sirvió de poco el 27 de febrero. A las 3.34 de la madrugada, una sacudida me despertó en Santiago. Dormía en un séptimo piso; traté de ponerme en pie y caí al suelo. Fue ahí donde desperté. Hasta ese momento creía que me encontraba en mi casa y quería ir al cuarto de mi hija. Sentí alivio al recordar que ella estaba lejos.
Durante dos minutos eternos el temblor tiró botellas, libros y la televisión. El edificio se cimbró y pude oír las grietas en las paredes. Pensé que nos desplomaríamos. Alguien gritó el nombre de su pareja ausente y buscó una mano invisible en los pliegues de la sábana. Otros hablaron a sus casas para contar segundo a segundo lo que estaba pasando. Imaginé el dolor que causaría esa noticia, pero también que mi familia dormía, con felicidad merecida. Me iba del mundo en una cama que no era la mía, pero ellos estaban a salvo. La angustia y la calma me parecieron lo mismo. Algo cayó del techo y sentí en la boca un regusto acre. Era polvo, el sabor de la muerte.
Mientras más duraba el temblor, menos oportunidades tendríamos de salir de ahí. Los muebles se cubrieron de yeso. Una naranja rodó como animada por energía propia.
Cuando el movimiento cesó, sobrevino una sensación de irrealidad. Me puse de pie, con el mareo de un marinero en tierra. No era normal estar vivo. El alma no regresaba al cuerpo. Los gritos que el edificio había sofocado con sus crujidos se volvieron audibles. Abrí la puerta y vi una nube espesa. Pensé que se trataba de humo y que el edificio se incendiaba. Era polvo. Sentí un ardor en la garganta. Volví al cuarto, abrí la caja fuerte donde estaban mis documentos, tomé mi computadora y perdí un tiempo precioso atándome los zapatos con doble nudo. Los obsesivos morimos así.
En la escalera se compartían exclamaciones de asombro y espanto. Ya abajo, una conducta tribal nos hizo reunirnos por países. Los mexicanos repasamos cataclismos y supusimos que la ciudad estaría devastada. La acera de enfrente era un bloque de sombras, escuchamos ladridos distantes, los coches de los trasnochadores tocaban la bocina, había cristales en el suelo, pero la fachada de nuestro edificio permanecía intacta.
En la explanada frente al hotel se alzaba la réplica de una estatua de la Isla de Pascua. Es la efigie de un Moai, jerarca que durante su mandato habrá visto maremotos. Se convirtió en nuestra figura tutelar. Supimos esto cuando se fue la luz y dejamos de verlo. Por suerte, el apagón duró poco. La piedra donde los ojos parecen hechos por el tiempo regresó de las sombras. No estábamos solos.
Otra señal de tranquilidad vino del reino animal. Un perro se echó a dormir en medio de nosotros. Mientras no despertara, todo estaría bien.
Alguien quiso regresar al edificio por sus "pantalones de la suerte". La superstición era la ciencia del momento. Nuestras ideas, si se las puede llamar así, no seguían un curso común. El editor Daniel Goldin, que estaba en muletas por un accidente previo, me propuso recorrer el edificio para ver si había daños estructurales. "¡Tú estás cojo y yo soy tonto!", exclamé. De nada servía que buscáramos lo que no podíamos encontrar, como un ciego y un sordo dibujados por Goya.
Poco a poco, la realidad recuperó nitidez. Me sorprendió que tanta gente usara pijama. Pensaba que se trataba de una prenda en desuso. Un grupo de voluntarios volvimos al hotel por pantuflas. No podíamos revisar la estructura, pero podíamos evitar que se enfriaran los pies.
La arquitectura chilena es una forma del milagro. Sólo esto explica que en Santiago los daños hayan sido menores. Aunque algunos edificios fueron desalojados y otros tendrán que ser demolidos (inmuebles posteriores a 1990, cuando las leyes de supervisión se hicieron menos estrictas), lo cierto es que la resistencia del paisaje urbano fue asombrosa. Un terremoto es una radiografía de la honestidad arquitectónica. En 1985, el terremoto de la Ciudad de México demostró que la especulación inmobiliaria y la amañada construcción de edificios eran más dañinas que los grados de Richter. "Con usura no hay casa de buena piedra", escribió Ezra Pound.
Llama la atención que en un país con tanta sapiencia antisísmica el aeropuerto padeciera graves lastimaduras. El cierre de vuelos contribuyó al aftershock . Nuestra vida se había detenido y no sabíamos cuándo comenzaría nuestra sobrevida. Estábamos en el limbo o en un episodio de la serie Lost .
Pillaje y rating
El discurso de los noticieros se caracterizó por el tremendismo y la dispersión: desgracias aisladas, sin articulación de conjunto. Las imágenes de derrumbes eran relevadas por escenas de pillaje. No había evaluaciones ni sentido de la consecuencia. Unos tipos fueron sorprendidos robando un televisor de pantalla plana extragrande. Obviamente no se trataba de un objeto de primera necesidad. ¿Era un caso solitario? ¿El crimen organizado se apoderaba de electrodomésticos? Los rumores sustituyeron a las noticias. Se mencionó a un pueblo que temía ser invadido por otro. El relato fragmentario de los medios mostraba rencillas de tribus y repetía las declaraciones de una gobernadora que pedía que el ejército usara sus armas.
Algunos amigos chilenos creen que además de la morbosa búsqueda de rating, los noticieros pretenden crear un clima de confrontación antes de que Michelle Bachelet abandone el poder. El sismo llegó como un último desafío para la presidenta que tiene el 80% de aprobación y como una amarga encomienda para su sucesor, el empresario Sebastián Piñera, que había prometido expansión y desarrollo al estilo Disney World y ahora tendrá que proceder con el cuidado de los restauradores y anticuarios. Si el ejército comete un error en los días de toque de queda, o si se produce una confrontación, la sucesión presidencial sería menos tersa, se podrían hacer acusaciones sobre el origen de la violencia y se regresaría al divisionismo y la crispación que durante años dominaron la sociedad chilena. Las réplicas más fuertes del sismo ocurrirán en la política chilena.
En Santiago, la suspensión de vuelos y la ocasional falta de teléfonos, Internet, suministro de electricidad y agua fueron las señas visibles de la catástrofe. Esto nos dejó la sensación de estar en un reality show al revés. Nuestra vida parecía transcurrir en la realidad controlada de un estudio de televisión, mientras las cámaras retrataban una realidad salvaje al sur de Chile. Los supermercados asaltados eran el rostro dramático de un país donde la gente tenía hambre y las filas para cargar gasolina en los barrios ricos de Santiago eran su rostro hipocondríaco.
El terremoto ha sido el segundo más fuerte en la historia de Chile. La isla Robinson Crusoe naufragó como el personaje que le dio su nombre. El tsunami dejó miles de desaparecidos y sepultados en el lodo. Los rescatistas chilenos que estuvieron en Haití comentan que será mucho más difícil sacar cuerpos de construcciones de concreto, encapsulados en el lodo endurecido después del tsunami.
Aún hay mucha gente atrapada en la zona de Concepción. Como tantas veces, los periodistas han llegado al desastre antes que las personas que deben aliviarlo, y como siempre, los más afectados son los que habían padecido antes el cataclismo de la pobreza.
Dos días después del terremoto fui a una casa en las afueras de Santiago, con piscina y jardines, uno de esos espacios latinoamericanos que muestran que Miami puede estar donde sea. Había que hacer un esfuerzo para recordar que el escenario pertenecía al país arrasado por el terremoto.
En su duplicidad, la cifra 8,8 adquiere carga simbólica: los gemelos del miedo, el diablo ante el espejo o, sencillamente, lo que somos y lo que podemos dejar de ser. Una falla invisible decide el juego, nuestra residencia en la Tierra.
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jueves, 4 de marzo de 2010

Terremoto- Cristian Alarcón


Artículo publicado en el Diario Crítica de la Argentina
Crecí escuchando relatos de terremotos y tsunamis. Sonia Casanova, mi madre, me debe haber narrado una decena de veces lo que pasó esa tarde del domingo 22 de mayo de 1960, cuando mi tío Raúlcho dejó una botella de chicha de manzana sobre la mesa antes de que el terremoto comenzara. Los Casanova habían sentido un primer temblor, apenas un aviso de lo que se vendría. Raúlcho, que tenía diez años, avisó: “¡Ahí se viene el otro!”.

Y la botella de chicha comenzó a agitarse como si la batieran. Mi madre lo recuerda porque temió que se quebrara y eso desatara un huracán de mal humor en mi abuelo Isaías, que por ese tiempo, sin un trago cerca se ponía de mal genio y no había santo que lo aguantara.

Aquel 22 de mayo, pasado el mediodía, mi madre, mis abuelos y mis tíos apenas habían escuchado un rumor sobre que en Concepción, al norte, había temblado la tierra. Nadie sabía que el día anterior, a las 6.06 de la mañana, un sismo de 7,75 grados había derrumbado dos mil casas, un puente de dos kilómetros sobre el río Biobío, y matado a 125 personas. Al fin y al cabo, en el sur de Chile, no es nada raro que la tierra se mueva, un poco, de vez en cuando.

Eran las 14.55 del domingo cuando Raúlcho gritó que se venía el otro, y la familia Casanova salió corriendo del inquilinato cercano a la estación del pueblo de La Unión, donde todavía viven muchos de ellos. Mi abuela Aura había parido a los mellizos, Ivonne e Iván, hacía pocos días. Había sido un parto terrible. Mi madre, de doce años, había tenido que asistir como enfermera a la matrona en un cuarto de la casa. Todos estaban obnubilados con la niña, Ivonne, porque era la primera mujer después de seis varones. Y porque había nacido por el milagro que logró un conjuro: como la beba venía atravesada, la meica –el nombre mapuche de las parteras– mandó a mi madre al patio a traer una gallina negra con la que santiguó el vientre de Aura para que Ivonne saliera. La bebé se enderezó de pronto y nació, pero azul y sin aire. La meica puso el pico de la gallina sobre la boca de la niña y la exhalación del animal la hizo respirar. Lloró, vivió y hoy es mi adorada tía Ivonne, de la que ya escribí en esta página cuando las últimas elecciones en Chile.

La fascinación por la niña Ivonne hizo que, al escapar, los Casanova de la casa que se doblaba y crujía sobre sí se olvidaran del mellizo, Iván. Mi madre se dio cuenta cuando ya estaba en la calle y sin pensarlo regresó por el bebé. Iván lloraba en una cuna bajo los techos de una madera que comenzaba a astillarse. Ella lo abrazó y salió dando los trancos más largos que pudo, con el niño en brazos. Corría por la calle Caupolicán cuando sintió el rugido del terremoto, un sonido sordo y cavernoso que aterroriza antes de remecer. Mi padre, que lo vivió entonces en medio del campo, lo describe como “miles de caballos galopando al mismo tiempo”. Entonces –y ésta es la imagen que Sonia Casanova jamás olvidará, que jamás olvidaré– la tierra se rajó bajo sus pies. Sonia simplemente abrió las piernas, como quien juega a la rayuela dispuesto a llegar al cielo. La tierra volvió a cerrarse sobre sí. Los Casanova se salvaron. Subieron a una colina del pueblo y allí pasaron los siguientes días, soportando, como los sobrevivientes de hoy en el Biobío y el Maule, las incontables réplicas del terremoto. Luego pasaron dos años como allegados en casas de parientes y amigos. Hasta que les entregaron una nueva y reluciente, en la Aldea Campesina Georgia, que lleva el nombre del estado norteamericano que la hizo construir. Sus habitantes son sobrevivientes del Gran Terremoto de Chile, como se conoció el sismo del 60.

El tiempo pasó, mi madre, ya una joven, se volvió enfermera, y luego, al comienzo de la dictadura, nos refugiamos en la Patagonia argentina. No volvió a sentir movimientos de la tierra y quedaron las historias que nos contó. Hasta estos días, en que se le hace difícil dormir y no puede evitar tener el canal chileno las 24 horas puesto en su casa de Cipolletti. Ayer me recordó algo de lo que hoy les cuento. Y se confesó, entre risas, un tanto asustada por los rumores que circulan en el Alto Valle: dicen que harán sonar la sirena de emergencias porque el temblor en el lago Huechulafquen del lunes pasado produjo una fisura en la represa del Chocón, que podría desbordarse. Dicen que habría que correr hacia las zonas altas del valle. El Organismo Regulador de Seguridad de Presas (Orsep) ya desmintió esos infundios. Igual, verdad o mentira, ahí sigue mi madre, valiente como entonces, jugando a la rayuela desde la tierra al cielo, ida y vuelta, a salvo del temblor.
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miércoles, 3 de marzo de 2010

Tito Matamala: "Concepción es como La Noche de los Muertos Vivientes"


En un infierno dice estar viviendo el escritor Tito Matamala. El terremoto lo hizo dejar su departamento en el centro de Concepción. Presenció saqueos en los supermercados y la organización de los vecinos para defender sus casas. "Se perdió la cordura y la humanidad", dijo.

Por Roberto Careaga C.
Crónica publicada en el diario La Tercera


Estaba en mi departamento en un quinto piso viendo tele, por supuesto pilucho. Fue un solo remezón. Se apagó todo. No veía nada, sólo sentía que se caían todas mis repisas con mi preciosa colección de maquetas de autos y aviones. La perdí prácticamente toda. La valentía no es uno de mis fuertes, pero saqué valor y en medio del movimiento me puse unos pantalones, una camisa que encontré y salí con chalas pisando los aviones.
Mi departamento está en avenida Chacabuco, cerca de la Universidad de Concepción. Es vecino de un edificio recién construido que no resistió. Lo van a tener que demoler. El mío, de 17 pisos, aguantó. Adentro todo se fue al piso. Tengo una biblioteca inmensa en el suelo. Fueron 35 años juntando libros y armando maquetas. Ver ese desastre desató mi primer llanto. Mientras amanecía veíamos las explosiones del edificio de ciencias químicas de la universidad, que se quemó hasta las raíces. A las siete me di cuenta que no tenía nada que hacer ahí. Me armé de valor para entrar al edificio y ponerme zapatillas y una chaqueta. Después bajé a mi bodega al piso -3 para sacar la bicicleta. Tengo unos amigos muy queridos en Chiguayante y llegar donde ellos era la única posibilidad que tenía de sobrevivir.
El mayor acto de valentía que he tenido en la vida fue ir a Chiguayante en bicicleta con las réplicas en marcha. Recorrí 25 kilómetros a la orillas del río Bío-Bío en 55 minutos. El desastre era absoluto. Las casas de adobe en el suelo, el camino estaba muy fracturado, derrumbes en los cerros, el paso sobrenivel al llegar a Chiguayante estaba caído. Por suerte, mis amigos no se habían ido. Ahí me he quedado, porque a mi departamento no sé cuándo podré volver.
En la mañana del domingo salí a recorrer Chiguayante y vi los primeros atisbos del saqueo. Llegué tarde al pillaje. Estaban sacando de los negocios bolsas con papel higiénico y harina en quintales, todo lo demás ya se lo habían robado. "Puta, ya no queda ni una huevá", le escuché decir a un tipo. Afuera de un minimercado la gente estaba tomándose las últimas cervezas. Alguna vez voy a escribir una novela sobre esto. Las botellas de cerveza vacías en la calle es la imagen del Apocalipsis.
Al mediodía del domingo viajé a Concepción en auto a mi departamento. Me tocó ver en el Unimarc y en el Supermercado Diez cómo la gente se lo llevaba todo. Hay una imagen de un viejo que se llevaba un carro con cajas de Chivas Reagal y encima de todo, el extintor del supermercado. Hay un montón de gente que estuvo robando todo el día completo. No llegó ni un carabinero, ni un militar. El lunes al mediodía la gente seguía sacando de los supermercados con un relativo orden. Los carros del supermercado se veían a diez cuadras de Chiguayante. Es traumático. Después empezó el asunto de los incendios. Estoy en el infierno en este momento.
Me estoy quedando en un barrio de clase media, muy retirado. Creo que ahí estoy a salvo. Se organizaron los vecinos y no dejan entrar a nadie. Chiguayante tiene de todo. En el sector de Schaub hay casas de más de 100 millones de pesos. Luego hay una clase media. Después hay un sector que se llama Leonera y desde esa población viene la gente a robar, a asaltar, a agarrar lo que haya. Aunque no he visto más saqueos. En todo el sector de Chiguayante las calles están cerradas con barricadas por los vecinos, armados con todo lo que tienen: estoques, trinches. Es psicosis, por supuesto, pero es comprensible. Hay riesgo de que ocurra el saqueo.
Me acuerdo de La noche de los muertos vivientes, la película de George Romero en que los muertos reaparecen y empiezan a comerse a la gente. Estamos en La noche de los muertos vivientes en Concepción. Lo que está ocurriendo es que se perdió la cordura y la humanidad completamente. Esto de que los vecinos defiendan sus barrios en principio me parece bien, pero es una señal preocupante. No están funcionamiento bien las cosas. Las autoridad reaccionó tardísimo. Quedamos abandonados.
Ayer partimos a Curicó. No demoramos 10 horas porque el camino está cortado en muchas partes. Cuando veníamos nos encontramos con cuatro o cinco convoyes de militares. Espero ver más cuando vuelva a Concepción. Todavía tengo el recuerdo de que en la dictadura me daba miedo ver a los milicos en la calle y ahora es lo más tranquilizador del mundo. Algo pueden disuadir. Porque a la poblada no hay cómo detenerla. Ya perdió el miedo.
Mi amigo está comprando las últimas cosas en Curicó y nos volvemos en seguida. Nos aprovisionamos como para ir a la guerra. Porque allá no hay nada. Volvemos al infierno.
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Una carrera al lugar de la tragedia- Emilio Ruchansky, desde Temuco


Crónica publicada en el diario Página/12

El paso Bariloche-Osorno es la única vía despejada y habilitada. “Sé que si voy por acá llego, aunque sea un poco más largo, todos van por Mendoza y eso complica más”, dice Roland Fritsch, un grandote de 2 metros que va a relevar al personal de bomberos, sin que nadie se lo pida. “¿Sabía que Chile es el único país del mundo que sólo tiene bomberos voluntarios? Es una tradición, yo soy bombero desde los 13 años”, comenta el hombre, mientras pelea por entrar en el asiento del micro. Estaba trabajando en el Amazonas cuando ocurrió el terremoto y hace dos días que no para de volar: Manaos, Belém, Brasilia, San Pablo, Buenos Aires, Bariloche y ahora el bus hasta Osorno. Y todavía bromea: “Tengo la sensación de que salí hace dos meses”.

Falta un buen tramo para llegar a Concepción, la segunda ciudad más poblada de Chile, donde los militares tomaron el control tras los saqueos. Allí, Fritsch fue capitán de bomberos y jugador de básquet (jugó en la selección de su país) y, además de sus ex compañeros de cuartel, lo espera su familia, que por suerte está a salvo. A cada rato le informan por medio de su blackberry cómo viene la situación. “Hay una réplica de 4,5”, dice en un momento sobresaltado. “En Temuco está bajo control, hay alojamiento”, agrega después. Y sigue: “El toque de queda en Concepción se alargó, oficialmente es de 20 a 12, extraoficialmente empieza a las seis de la tarde. Me dicen que la noche fue tranquila, no hubo descontrol”.
En el asiento de adelante va Cristian Marcelo Sánchez Santibáñez, un remisero que viene saltando de micro en micro desde Comodoro Rivadavia. Nada sabe de su ex esposa y de sus hijos, de 4 y 11 años, ni de sus padres. “Sé que tienen luz y agua, pero no me puedo comunicar con ellos”, dice el remisero. Temuco, Los Angeles, Chillán están por delante. Entre esas tres ciudades se debate el padre de familia desesperado por alcanzar esta noche el punto más cercano a Concepción. El bombero sabe algo de cada lugar: “La mitad de Los Angeles está en el piso, Temuco no porque es una ciudad de madera, pero Los Angeles tiene muchas casas de adobe. En Chillán quemaron varias casas y hay toque de queda, no conviene llegar de noche”.
Fritsch es ingeniero y trabaja para una compañía forestal. Hizo parte del plan antisísmico de Chile, dice que el plan no falló del todo, aunque admite que la policía y los militares tardaron en llegar. “La gente está enojada por eso, porque en el terremoto de 1960 cuidaron la calle más rápido y en el ’85 también. Todos somos generales después de la batalla, eso es cierto. Pero la verdad es que tendríamos que haber prevenido el estallido social, tenerlo en cuenta por más que parezca algo incalculable”, reconoce. Sánchez Santibáñez dice que Chile es un país ordenado, no entiende por qué se desbandó la gente. Trajo la plata que pudo para comprar agua y víveres para su familia. A cada rato llama, pero no consigue comunicarse.
“Si llego a Chillán puedo ir caminando a Concepción”, se envalentona el remisero; el bombero no tarda en sazonarlo con una pizca de realidad. “¡Estás loco, huevón! –le dice–. Son 180 kilómetros. Yo hago caminatas y con el mejor ritmo puedo hacer 40 kilómetros por día. Andá para Temuco, es lo más seguro.” Al remisero no le importa, ya llamó a su tía, a sus padres, a su ex y nada. Recién en la terminal de micros de Osorno logra contactar a su tía en Iquique. “Me dijo que mis hijos están bien, pero no sé cómo lo sabe, no tengo idea”, dice preocupado. Lleva caramelos, chocolates y unos cuantos alfajores que se chamuscaron en el viaje.
En la terminal, la lucha por un pasaje es intensa, todos quieren ir a Concepción. El bombero está admirado. Normalmente, asegura, cada vez que hay una catástrofe todo el mundo quiere irse. “Es lo que pasó en México, China, Turquía; pero acá pasa todo lo contrario. Los aviones y los micros van llenos de gente. Tengo amigos, casi todos bomberos, que se vienen de Sudá-frica, Estados Unidos, España para ayudar”, dice Fritsch, que va camino a Valdivia y hoy partirá a Concepción. Para él ya pasó lo peor, para el remisero lo peor estaría por venir: “Hasta que no abrace a mi familia no voy a poder dormir”, dice con el boleto a Temuco en mano. Consiguió el último asiento.
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