Mostrando entradas con la etiqueta Maestros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Maestros. Mostrar todas las entradas

sábado, 6 de marzo de 2010

El sabor de la muerte- Juan Villoro


El escritor mexicano Juan Villoro se encontraba en Santiago de Chile, invitado a participar en el Congreso Iberoamericano de Literatura Infantil y Juvenil, cuando ocurrió el sismo. Este es un relato de lo ocurrido esa jornada. Crónica publicada en el diario La Nación

El terremoto de magnitud 8,8 que devastó a Chile el 27 de febrero fue tan potente que modificó el eje de rotación de la Tierra. El día se redujo en 1,26 microsegundos. Desde la Estación Espacial Internacional, el astronauta japonés Soichi Noguchi fotografió la tragedia y mandó un mensaje: "Rezamos por ustedes".
Los mexicanos tenemos un sismógrafo en el alma, al menos los que sobrevivimos al terremoto de 1985 en el DF. Si una lámpara se mueve, nos refugiamos en el quicio de una puerta. Esta intuición sirvió de poco el 27 de febrero. A las 3.34 de la madrugada, una sacudida me despertó en Santiago. Dormía en un séptimo piso; traté de ponerme en pie y caí al suelo. Fue ahí donde desperté. Hasta ese momento creía que me encontraba en mi casa y quería ir al cuarto de mi hija. Sentí alivio al recordar que ella estaba lejos.
Durante dos minutos eternos el temblor tiró botellas, libros y la televisión. El edificio se cimbró y pude oír las grietas en las paredes. Pensé que nos desplomaríamos. Alguien gritó el nombre de su pareja ausente y buscó una mano invisible en los pliegues de la sábana. Otros hablaron a sus casas para contar segundo a segundo lo que estaba pasando. Imaginé el dolor que causaría esa noticia, pero también que mi familia dormía, con felicidad merecida. Me iba del mundo en una cama que no era la mía, pero ellos estaban a salvo. La angustia y la calma me parecieron lo mismo. Algo cayó del techo y sentí en la boca un regusto acre. Era polvo, el sabor de la muerte.
Mientras más duraba el temblor, menos oportunidades tendríamos de salir de ahí. Los muebles se cubrieron de yeso. Una naranja rodó como animada por energía propia.
Cuando el movimiento cesó, sobrevino una sensación de irrealidad. Me puse de pie, con el mareo de un marinero en tierra. No era normal estar vivo. El alma no regresaba al cuerpo. Los gritos que el edificio había sofocado con sus crujidos se volvieron audibles. Abrí la puerta y vi una nube espesa. Pensé que se trataba de humo y que el edificio se incendiaba. Era polvo. Sentí un ardor en la garganta. Volví al cuarto, abrí la caja fuerte donde estaban mis documentos, tomé mi computadora y perdí un tiempo precioso atándome los zapatos con doble nudo. Los obsesivos morimos así.
En la escalera se compartían exclamaciones de asombro y espanto. Ya abajo, una conducta tribal nos hizo reunirnos por países. Los mexicanos repasamos cataclismos y supusimos que la ciudad estaría devastada. La acera de enfrente era un bloque de sombras, escuchamos ladridos distantes, los coches de los trasnochadores tocaban la bocina, había cristales en el suelo, pero la fachada de nuestro edificio permanecía intacta.
En la explanada frente al hotel se alzaba la réplica de una estatua de la Isla de Pascua. Es la efigie de un Moai, jerarca que durante su mandato habrá visto maremotos. Se convirtió en nuestra figura tutelar. Supimos esto cuando se fue la luz y dejamos de verlo. Por suerte, el apagón duró poco. La piedra donde los ojos parecen hechos por el tiempo regresó de las sombras. No estábamos solos.
Otra señal de tranquilidad vino del reino animal. Un perro se echó a dormir en medio de nosotros. Mientras no despertara, todo estaría bien.
Alguien quiso regresar al edificio por sus "pantalones de la suerte". La superstición era la ciencia del momento. Nuestras ideas, si se las puede llamar así, no seguían un curso común. El editor Daniel Goldin, que estaba en muletas por un accidente previo, me propuso recorrer el edificio para ver si había daños estructurales. "¡Tú estás cojo y yo soy tonto!", exclamé. De nada servía que buscáramos lo que no podíamos encontrar, como un ciego y un sordo dibujados por Goya.
Poco a poco, la realidad recuperó nitidez. Me sorprendió que tanta gente usara pijama. Pensaba que se trataba de una prenda en desuso. Un grupo de voluntarios volvimos al hotel por pantuflas. No podíamos revisar la estructura, pero podíamos evitar que se enfriaran los pies.
La arquitectura chilena es una forma del milagro. Sólo esto explica que en Santiago los daños hayan sido menores. Aunque algunos edificios fueron desalojados y otros tendrán que ser demolidos (inmuebles posteriores a 1990, cuando las leyes de supervisión se hicieron menos estrictas), lo cierto es que la resistencia del paisaje urbano fue asombrosa. Un terremoto es una radiografía de la honestidad arquitectónica. En 1985, el terremoto de la Ciudad de México demostró que la especulación inmobiliaria y la amañada construcción de edificios eran más dañinas que los grados de Richter. "Con usura no hay casa de buena piedra", escribió Ezra Pound.
Llama la atención que en un país con tanta sapiencia antisísmica el aeropuerto padeciera graves lastimaduras. El cierre de vuelos contribuyó al aftershock . Nuestra vida se había detenido y no sabíamos cuándo comenzaría nuestra sobrevida. Estábamos en el limbo o en un episodio de la serie Lost .
Pillaje y rating
El discurso de los noticieros se caracterizó por el tremendismo y la dispersión: desgracias aisladas, sin articulación de conjunto. Las imágenes de derrumbes eran relevadas por escenas de pillaje. No había evaluaciones ni sentido de la consecuencia. Unos tipos fueron sorprendidos robando un televisor de pantalla plana extragrande. Obviamente no se trataba de un objeto de primera necesidad. ¿Era un caso solitario? ¿El crimen organizado se apoderaba de electrodomésticos? Los rumores sustituyeron a las noticias. Se mencionó a un pueblo que temía ser invadido por otro. El relato fragmentario de los medios mostraba rencillas de tribus y repetía las declaraciones de una gobernadora que pedía que el ejército usara sus armas.
Algunos amigos chilenos creen que además de la morbosa búsqueda de rating, los noticieros pretenden crear un clima de confrontación antes de que Michelle Bachelet abandone el poder. El sismo llegó como un último desafío para la presidenta que tiene el 80% de aprobación y como una amarga encomienda para su sucesor, el empresario Sebastián Piñera, que había prometido expansión y desarrollo al estilo Disney World y ahora tendrá que proceder con el cuidado de los restauradores y anticuarios. Si el ejército comete un error en los días de toque de queda, o si se produce una confrontación, la sucesión presidencial sería menos tersa, se podrían hacer acusaciones sobre el origen de la violencia y se regresaría al divisionismo y la crispación que durante años dominaron la sociedad chilena. Las réplicas más fuertes del sismo ocurrirán en la política chilena.
En Santiago, la suspensión de vuelos y la ocasional falta de teléfonos, Internet, suministro de electricidad y agua fueron las señas visibles de la catástrofe. Esto nos dejó la sensación de estar en un reality show al revés. Nuestra vida parecía transcurrir en la realidad controlada de un estudio de televisión, mientras las cámaras retrataban una realidad salvaje al sur de Chile. Los supermercados asaltados eran el rostro dramático de un país donde la gente tenía hambre y las filas para cargar gasolina en los barrios ricos de Santiago eran su rostro hipocondríaco.
El terremoto ha sido el segundo más fuerte en la historia de Chile. La isla Robinson Crusoe naufragó como el personaje que le dio su nombre. El tsunami dejó miles de desaparecidos y sepultados en el lodo. Los rescatistas chilenos que estuvieron en Haití comentan que será mucho más difícil sacar cuerpos de construcciones de concreto, encapsulados en el lodo endurecido después del tsunami.
Aún hay mucha gente atrapada en la zona de Concepción. Como tantas veces, los periodistas han llegado al desastre antes que las personas que deben aliviarlo, y como siempre, los más afectados son los que habían padecido antes el cataclismo de la pobreza.
Dos días después del terremoto fui a una casa en las afueras de Santiago, con piscina y jardines, uno de esos espacios latinoamericanos que muestran que Miami puede estar donde sea. Había que hacer un esfuerzo para recordar que el escenario pertenecía al país arrasado por el terremoto.
En su duplicidad, la cifra 8,8 adquiere carga simbólica: los gemelos del miedo, el diablo ante el espejo o, sencillamente, lo que somos y lo que podemos dejar de ser. Una falla invisible decide el juego, nuestra residencia en la Tierra.
Leer más...

lunes, 18 de enero de 2010

La Cazadora Oculta

Nati por las calles de Ciudad Oculta, llevando flores por el Día de la Madre. © Carolina Camps

Texto por Josefina Licitra, fotografías por Carolina Camps. Crónica publicada en la Revista Nuestra Mirada (http://revistanuestramirada.org/)

Natalia Ferreyra vive en Ciudad Oculta, una villa de la Ciudad de Buenos Aires. Allí, un taller de fotografía –dictado por la ONG “Ph15”- la ayuda a utilizar el arte para comprender y reescribir el mundo en el que vive: un universo signado por la violencia, la religión, la pobreza y la desesperada búsqueda de una salida.

I
Acá hubo una esperanza.
Fue en la década de 1940, cuando miles de personas migraron del interior argentino a la Ciudad de Buenos Aires para formar parte de la mano de obra industrial. Sin dinero, pero con la promesa de un futuro, construyeron su mundo en lo que entonces se llamaba Barrio General Belgrano: un territorio húmedo y de suelos sinuosos, ubicado a metros del Mercado de Hacienda y del Frigorífico Lisandro de la Torre: dos establecimientos donde aún hoy se recibe, faena, almacena y vende la carne en Buenos Aires.
Allí, en el límite oeste de la ciudad, en esa patria oscura y lindante con un imperio de sangre, se instalaron los obreros que habían llegado a la capital del país para hacerse grandes.
Hubo una esperanza, acá, en el Barrio General Belgrano. En ese entonces, los argentinos seguían los discursos del presidente Juan Domingo Perón: una figura de arengas hipnóticas que hablaba de sustitución de importaciones, de un país sólido y de un porvenir. Hasta que, en cuestión de pocos años, algo se partió y empezó a haber más gente que industria. Las personas comenzaron a sobrar. Y esas “sobras sociales”, pasado un tiempo, devinieron un ejército de gente sin rumbo. Sin lugar a donde ir, sin lugar –menos aún- al que volver, esa multitud terminó apiñada en formas de vivienda precarias e ilegales.

Villas.
El Barrio General Belgrano pronto se transformó en la Villa 15. Y la Villa 15 fue rebautizada como “Ciudad Oculta” durante el Mundial de fútbol de 1978, cuando los funcionarios de la dictadura militar levantaron un paredón para esconder de las miradas extranjeras esta postal infeliz.
Hoy, acá, en este lugar donde ya no hay esperanza, viven 16 mil personas.
Una de ellas es Nati.

En la planta baja de su casa, donde viven más de diez personas (entre su novio, su suegra y sus cuñados, alguno de ellos menores de cuatro años). © Carolina Camps

II
Todos los ingresos a Ciudad Oculta se parecen entre sí. Son, en resumen, insinuaciones de polvo o asfalto malogrado que, conforme se adentran en la urbanización, se ramifican hasta perder el rumbo. No se sabe bien adónde van las calles de Ciudad Oculta. Pero al menos es posible saber cómo empiezan.
Son las diez de la mañana de un día sábado y uno de los ingresos –el de la calle Crisóstomo Álvarez- parece dormir al sol. En una esquina se ve el movimiento errático de algunos cuerpos. Son chicos que pasaron la noche consumiendo paco, un residuo de cocaína que se vende a un peso la dosis (25 centavos de dólar) y que está diezmando a las poblaciones jóvenes de los barrios bajos.
Por esa calle y entre esa gente, como una flor que sobrevivió al paisaje, llega caminando Nati.
Tiene, para empezar, una rara belleza. La superficie de su rostro se ve suave y carnosa -como si alguien la hubiera extendido con las manos- y el cabello negro, largo, se desarma sobre los hombros con una sensualidad antigua. Nati, aun en ropa de deportes, recuerda a las madonnas renacentistas. Camina cinco cuadras con un paso lerdo, redondo, y finalmente se detiene frente a una casa de colores alegres, ubicada afuera de la villa. Es el “Centro Cultural Conviven”. El lugar al que Nati, desde hace cinco años, viene a tomar clases de fotografía.
Adentro del edificio hay ocho compañeros más. Todos viven en Ciudad Oculta y todos, sin saberlo, usan el lenguaje de la luz para nombrar el universo roto en el que viven. Esa, justamente, es la intención de Ph15, una organización sin fines de lucro que desde hace diez años dicta un curso de fotografía pensado para que los chicos de la zona puedan relatar el mundo que les tocó en suerte.
El Ph15 vive de los subsidios de organismos nacionales e internacionales –de diversos niveles- y de las donaciones “en
especies” de donantes particulares. Además, percibe un ingreso mínimo por el mercadeo online de las imágenes tomadas por sus alumnos (quienes a su vez perciben un ingreso por cada venta) y cada tanto es invitado a exponer los trabajos en el interior de Argentina, en Europa y en Estados Unidos La foto de Nati que más recorrió el mundo muestra una escena barrial: un grupo de vecinos –entre ellos, su madre- toman aire en una calleja angosta, durante una tarde de verano asfixiante.
Eso es, por el momento, lo que puede verse.
Luego está lo otro.


El PH15 dicta, todos los sábados a la mañana, un curso de fotografía para los jóvenes que viven en la Villa 15. © Carolina Camps


Algunas asociaciones culturales contratan a los fotógrafos de PH15 para cubrir eventos. Aquí, Nati registra la obra de teatro que el grupo Kossa Nostra presentó en el terraplén de El Hospitalito: un edificio semi abandonado, ubicado en el corazón de Ciudad Oculta. © Carolina Camps

III
En la casa de Nati –de diecinueve años- hay una foto en blanco y negro. Se la ve niña, seria y flaca, mirando a la cámara con las pupilas vacías. En ese entonces, a sus once años, Nati pasaba sus días en compañía de unos amigos terribles. Algunos eran del colegio primario, otros simplemente habían aparecido por ahí, y si no hay más detalle es porque la vida de Nati tiene esos momentos ciegos: la gente, los lugares, los desastres; todo llega y se va sin hacer ruido.
Una tarde, cuenta Nati, una tarde de sus once años, uno de esos amigos la llevó en auto a un terreno baldío y le enseñó a conducir. Algunas semanas después, otro amigo la invitó a comprarse ropa nueva. Y unos días más tarde le dieron la noticia:
- Preparate –dijeron-, porque hoy salimos a pasear.
Ella se preparó: la ropa intacta, las trenzas refulgentes.
Nati y sus amigos salieron. El destino aparente era el Parque de la Costa, una especie de Walt Disney en mínima escala ubicado en la zona norte –elegante- del conurbano bonaerense. Pero el destino real era otro. Antes de llegar al Parque, el coche se detuvo frente a una concesionaria de autos y uno de los amigos habló.
- Nati –le dijo- quedate en el volante un segundito que ya venimos.
Ella se quedó. Uno, dos segunditos. Hasta que, pasado un par de minutos, todos
llegaron corriendo y saltaron al auto como se salta a un bote en un naufragio.
- ¡Arrancá! –gritaron.
Nati –la ropa intacta, las trenzas refulgentes- arrancó. Aturdida, sorda, muda,
recorrió las calles como si estuviera armando la coreografía de su propia confusión. Alguien, en algún momento, le dijo que se detuviera y abandonara el volante. La escena siguiente encontró a todos en la casa de uno de los miembros de la banda, repartiendo el botín. Recién ahí, cuando vio los doscientos pesos (55 dólares) en su mano, Nati terminó de entender.
- Qué divertido –dijo-. ¿Cuándo salimos otra vez?
Así estuvo cuatro años: divirtiéndose. Hasta que sus amigos comenzaron a caer presos, a casarse, a dejarla –dice ella- sola. Y ahí, cuando el delito le cerró la puerta en la nariz, Nati empezó a cambiar.
Una tarde, por hacer algo, acompañó a su cuñada Mariela –hermana de su novio, Juan- a un taller de fotografía. Mariela se fue a los dos meses y pronto encontraría la felicidad en Cristo. Pero Nati se quedó cinco años.
Así, a veces, sin grandes anticipos, suceden las cosas buenas. Del mismo modo en que suceden las malas.


Nati vive con Juan desde hace dos años, y lleva ya un noviazgo de cinco. Duermen en el mismo espacio donde luego, quitando el colchón, arman la mesa y pasan el resto del día. © Carolina Camps

El sueño de Nati y Juan es tener una casa con jardín en Berisso, zona sur del conurbano bonaerense. Pero aún no hablan de hijos. © Carolina Camps

IV
La cumbia suena fuerte en la casa de Nati, que es también la de Juan. El lugar –un cuarto donde ambos viven en pareja desde hace dos años- está en el primer piso de una construcción húmeda y fría donde hay más gente que espacio. En la planta baja, en la que residen la madre y algunos de los veinte hermanos de Juan, hay un par de habitaciones chicas, cubiertas por una luz lívida donde varias criaturas -¿hermanos? ¿sobrinos?- juegan a esconderse bajo los colchones.
Arriba, luego de trepar una escalera sostenida con alambres, es posible acceder a cuatro estancias. En una de ellas –la que da a la calle- están Nati y Juan tomando mate y discutiendo.
- Vos tenés que viajar, Nati. Vos tenés un futuro con la fotografía.
El problema de estos días –de estos meses- es que Nati no quiere irse. Desde hace ya un tiempo, el taller de Ph15 la viene seleccionando para hacer trabajos que le implican desplazarse al interior de la Argentina, donde Nati da clases de fotografía estenopeica; y también a Brasil, Holanda y Ecuador. Pero ella rechazó las ofertas del exterior. Cuando está lejos extraña, dice. Se aburre.
- A afuera no quiero porque son como tres meses lejos de casa. Es mucho. Acá me voy una semana a otra provincia y ya me siento reaburrida, me agarra la melancolía.
Afuera llueve y el agua pega contra el techo. Cada tanto las gotas se filtran y caen escandalosamente adentro de la casa.
- No entiendo qué te da melancolía –dice Juan.
- Nada, que me aburro. Me falta mi música. Y vos tampoco estás. Con Juan –dice Nati y gira la cabeza- con Juan vamos a todos lados juntos. Capaz que salimos, nos tomamos el primer colectivo que vemos y nos vamos a cualquier lado.
Nati y Juan se conocieron cinco años atrás, cuando Nati se divertía robando y él era el resto de una persona. Juan solía emborracharse y drogarse frente a la casa de Nati, que en entonces vivía con su familia. Una tarde de verano en la que Nati y su hermana jugaban con agua en la vereda, se vieron. Y a Nati, a pesar de todo, le gustó lo que vio. Al tiempo de estar juntos, le pidió que dejara los vicios y él, a su mañosa manera, terminó haciéndole caso.
- Ella me rescató –dice Juan-. Porque yo no tenía ni una familia.


Todos los días Nati limpia y ordena su casa; esa es una de las formas de sobrellevar el tedio. © Carolina Camps

Juan nació en Chaco, norte argentino, una de las provincias más pobres del país. A los dos meses llegó a Buenos Aires, a los ocho años empezó a trabajar con su padre y a los doce se fue de su casa. Durmió en plazas, esquinas, debajo de los puentes. Y conoció todo lo que suele conocerse en esos casos. Hasta que a los veintidós años –en 2004- conoció a Nati. Y en 2007 ambos se mudaron juntos a este cuarto donde hay mucho más que dos personas. Hay, por ejemplo, bolsas de ropa y juguetes (que Nati compra en una feria y vende en la villa); adornos, toallas húmedas, un ventilador, zapatos impares y una lámpara de vidrio opaco que adentro esconde un revólver. Juan nunca sale sin el arma.
- Vos sacás el fierro y los pibitos te dejan de bardear –explica-. Acá nadie está seguro de nada, pero el fierro siempre se respeta.
Nati también sale armada, pero a su manera: lleva consigo un cuchillo que Juan le confeccionó con dedicación y oficio. El mango tiene canaletas donde poder calzar la empuñadura de los dedos, y el filo tiene dobleces –similares a los de una hoja dentada- para que la entrada del cuchillo en la carne provoque una muerte segura.
- Si metés el cuchillo y lo girás así –dice Juan y lo rota- entra aire en el cuerpo y la persona se muere en el acto. Yo le enseñé a Nati que lo primero es defenderse. Si te van a buscar tenés que darles lo que se merecen. Acá todos se quieren hacer los piolas, los que saben estar presos, todo, y yo les digo: ustedes saben estar presos, pero yo estoy loco.
Nati escucha la explicación como si oyera llover. Su rostro, cada tanto, asume estas posturas lacias, desprendidas de todo.
- Yo tengo que estar las veinticuatro horas enfierrado –sigue Juan-. Hace un tiempo había unos canas que entraron a la villa persiguiendo a unos pibitos buenitos, que no molestaban a nadie, y llegaron con la camioneta 4×4 pero no se animaban a entrar a la villa. Si daban diez pasos más yo les empezaba a tirar. Desde acá les tiraba. Mirá.
Juan se asoma por la ventana. Los callejones de Ciudad Oculta parecen desteñidos por la lluvia. Hay algo demasiado gris en el paisaje; una tonalidad fatal que ya no tiene que ver con los colores del barrio, sino con la forma en que los tonos pierden su razón de ser. Todo –los ladrillos, los carteles, las bicicletas rotas, las montañas de basura habitadas por ratas- todo termina siendo gris, como si en cada esquina el destino diera la última palabra.
Nati y Juan quieren irse del barrio. Pero sus razones no tienen tanto que ver con la comodidad.
- Son todos extranjeros acá –dice Juan mirando por la ventana-. Demasiados paraguayos.
Ciudad Oculta está habitada por un 60 por ciento de argentinos y un 40 por ciento de bolivianos y paraguayos. Esa división es uno de los tantos motivos por los que las bandas se pelean adentro de la villa. El otro motivo es, por decirlo de algún modo, de “rivalidad barrial”. Esto se debe a que Ciudad Oculta se divide en cuatro partes: está el “centro” (la zona más antigua y peligrosa); el “fondo” (donde viven Nati y Juan); la “bajadita” (a metros de allí está el Centro Cultural Conviven) y el “barrio nuevo”: un espacio que se construyó durante el gobierno militar, a la vera de la Avenida Eva Perón, con el fin de sacar paulatinamente a las familias del asentamiento y llevarlas a edificaciones transitorias más “organizadas” (ese sería el paso previo a una mudanza definitiva a un departamento). Pero nada de eso se cumplió. Hoy, se sabe que el “barrio nuevo” fue un invento para sacar a la gente de la villa y llevarla a un lugar más impersonal, donde no hubiera posibilidad de organización y –menos aún- de reclamo social.
En la actualidad, en ese núcleo de viviendas rige un criterio más individualista que en el resto de Ciudad Oculta. Por eso, dentro de la villa hay un especial encono con los vecinos del “barrio nuevo”. A veces, cuenta Nati, se enfrentan a escopetazos y los perdigones bailan sobre las chapas de las casas. Y otras veces los disparos son bastante más localizados. La construcción de Nati y Juan, por ejemplo, tiene las marcas de dos balaceras en la fachada. Los disparos no iban dirigidos, necesariamente, a Juan. Él tiene veinte hermanos -siete por vía materna, doce por paterna, y uno que llegó de afuera y nunca más se fue- y siempre hay alguien que llega a la casa a saldar cuentas.
Los hermanos de Juan integran, a grandes rasgos, dos grandes grupos. Uno de ellos resuelve los entuertos de un modo expeditivo, y el otro está encabezado por Mariela, hermana mayor de Juan: una mujer que se hizo catequista en una iglesia de la zona y que luego impulsó a dos hermanos más a ir a un “encuentro con Dios”. En ese evento los exorcizaron, les hablaron del pasado y del futuro, y los invitaron a cambiar.
Cambiaron.
En cuestión de tiempo los chicos empezaron a hablar bien, a saludar con abrazos y a meter a Cristo en casi todas las charlas. Hasta que una vez, durante un problema con un muchacho ajeno a la familia, se reunieron todos los hermanos (los evangélicos y los otros), se pararon frente al individuo “problemático”, y uno de los cristianos resolvió la escena de un modo salomónico:
- Ustedes cáguenlo a piñas –dijo- que yo lo voy a orar.
Nati, que estaba presente, vio en esa frase una verdad honda y libre de
máscaras. Fue ahí que decidió que su trabajo fotográfico de largo aliento –para el taller de Ph15- se llamaría “Biblias y armas”.
Desde entonces, principios de 2009, Nati intenta documentar el mundo paradojal donde transcurren sus días. Pero no ha podido tomar muchas imágenes. Cada vez que quiere registrar a algún cuñado –porque lo ve desprevenido- él la descubre y posa para la cámara. La actitud siempre es la misma: el cuñado de turno saca su revólver y se lo apoya en la sien. Nati tiene infinidades de retratos como éste. Pero hay una foto –una sola- que aún no saca.
A veces, cuando está borracho, Juan apunta con su revólver a la cabeza de Nati.
Sobre esa imagen hay silencio.


© Natalia Ferreyra/PH15

V
Nati barre y ordena su casa. Los muebles hoy están cambiados de lugar. Todas las semanas hay modificaciones en la casa mínima de Nati y Juan. Barrer, ordenar y reubicar objetos son, de algún modo, distintas formas de pasar el tiempo. Ahora, sentada, con los ojos como un papel sin ningún tipo de escritura, Nati dice que su mayor lucha es el aburrimiento.
- Quiero poner una librería –dice-. No es lo mismo estar atendiendo un negocio que estar todo el día acá, sola y aburrida. Siempre termino de limpiar y me voy a la casa de mi mamá, pero allá también me aburro.
Nati se levanta y, por hacer algo, sale de la casa. Para llegar a lo de Pity, su madre, debe caminar siete cuadras por el interior de la villa. El camino es siempre el mismo: polvo, niños, perros, cumbia, zanjas de agua fétida y calles como pasillos. Sobre uno de esos pasadizos –en una casa hecha de chapa, madera: pedazos- vive Pity.
- Hola mi bebé –saluda a Nati.
Pity tiene 34 años y el cabello largo y negro como su hija. A su lado está Antonio, padre de Nati, que masculla un “hola” sin quitar los ojos del televisor. Minutos más tarde él se levanta, toma un escarbadientes, cruza una cortina y se recuesta sobre la cama. Pronto ha de volver a su puesto en el supermercado, donde trabaja catorce horas por día como repositor. En el comedor quedan madre e hija. Pity, encimada sobre la mesa, borda cinturones de cuero. Cada pieza se vende luego en Puerto Madero –el barrio más caro de la Ciudad de Buenos Aires- bajo la categoría de “artesanía étnica” y a un precio de cuarenta pesos (doce dólares). A Pity, en cambio, por cada cinturón le pagan 80 centavos de peso (15 centavos de dólar).
- Vení mi bebé –le dice a Nati-. Sentate y ayudame un poquito.
Pity parió a su hija en un instituto para menores. Allí la llevaron sus padres, luego de hacer una ecuación que nadie –ni siquiera ahora- ha puesto en cuestionamiento: como el padre de Pity era alcohólico y la madre trabajaba todo el día, creyeron que una opción razonable era encerrar a su hija. Además, claro, el aislamiento separaría a Pity –de catorce años- de Antonio, quien entonces ya era su novio. Pero el esfuerzo no alcanzó. Pity, aun encerrada, se embarazó de Antonio. Y parió a una criatura a la que nombró Natalia en honor a una empleada del instituto.
- Mi mamá siempre me cuenta que una vez, cuando estaba embarazada, se cayó de una escalera caracol. Pero yo nací bien igual.
Sobre su gestación, su nacimiento y su primera infancia, Nati no puede decir mucho más que esto. No le han contado -ni recuerda- nada de esos años. No recuerda el encierro, ni las salidas de fin de semana con su madre. Ni recuerda el día en que Pity se fue y la dejó a ella, sola, viviendo en el asilo. Nati tenía cuatro años.
- Pasame el hilo, mi bebé.
Nati no guarda rencor a su madre. Tampoco la interpeló sobre el pasado. Hay vidas como estas: sin lugares simbólicos; sin espacio para las preguntas. Nati recién salió del instituto cuando su abuelo materno, quien la iba a visitar los fines de semana, la sacó a pasear y nunca más la devolvió. Ahí, el hombre la llevó con su madre –Pity- y la vida cobró un nuevo giro. A los cinco años, Nati empezó a salir diariamente con su abuelo y su tío a juntar cartones por la ciudad.
- Si tenían que pedir mercadería en un negocio me mandaban a mí. Porque yo sabía pedir y me daban de todo.
Del encierro a las calles. Ese es, según Nati, su recuerdo del paraíso.
En esos tiempos en los que Nati juntaba cartones, Pity tuvo una hija más, de modo que llegó a los 19 años con dos criaturas (a la que se sumaría un tercer niño a los 25 años). La tasa de natalidad de Pity es comparativamente baja: en Ciudad Oculta, como en todas las zonas pobre del país, las niñas empiezan a parir a los doce años. De ahí que Nati, con 19 años y ningún hijo, sea vista como un fenómeno social. En su propia familia, incluso, le insisten para que quede encinta. Pero ella se niega. Antes de tener hijos, dice, quiere tener un futuro, un trabajo.
- Yo sí –dice Nati- yo sí quiero tener un plan.

En Ciudad Oculta, como en todas las zonas pobres del país, la tasa de natalidad es alta y temprana. Las chicas empiezan a parir a los doce años, y llegan a los veinte con una prole abundante. Pity, la madre de Nati –en esta foto- quiere que su hija ya quede encinta. © Carolina Camps

Juan tiene veinte hermanos y muchos de ellos conviven con Nati. La relación hasta el momento es buena, pero a veces se acercan pandilleros para ajustar cuentas con alguno de ellos. © Carolina Camps

En la casa de Pity, su madre, adonde Nati va diariamente para pasar su tiempo. © Carolina Camps

VI
Es sábado a la mañana y Nati hace su limpieza, mientras “el gordo Luis” –su cumbiero favorito- canta desde la pantalla del televisor. El orden y la limpieza son categorías insondables en este tipo de hogares. La basura –como el verbo “elegir”- es un concepto burgués, y eso significa que hay casos donde todo –esto es: todo- reúne condiciones suficientes para no ser descartado. Nati, sin embargo –y sin saberlo- lucha contra esta lógica: quitó trastos y basura de su casa, y hasta sacó la caja de herramientas de Juan, porque lucía desprolija.
Ahora, sobre el mantel blanco de la mesa, en el cuarto recién aseado, sólo queda el revólver. La luz de la mañana rebota en el metal y llena el cuarto de una chispa pesada. Un par de metros más allá, arrumbados en un rincón, hay una bolsa de juguetes nuevos, comprados en el conurbano bonaerense. A Nati se le da bien la reventa, tanto que en Ph15 suelen bromear al respecto. Dicen que es imposible pasar media hora con Nati sin haberle comprado nada.
En un futuro, Nati se imagina fabricando y vendiendo zapatillas. O juguetes. O cortando el cabello en su propia peluquería. O vendiendo productos de librería (hay pocas en la villa). O sacando fotos.
En este último caso, debería perfeccionarse. Aprender, por ejemplo, a hablar mejor.
- En el PH dicen que tengo que aprender a explicar bien las cosas –reconoce-. Porque yo a veces, cuando vamos al interior, tengo que explicar lo de la estenopeica y yo soy muy mal hablada. No me salen las palabras. En el PH me preguntaron si quiero ser docente de estenopeica y yo dije que sí y me dijeron que cuando pueda, sería muy importante que yo termine el secundario. Además, yo quiero aprender a hablar inglés.
Una inolvidable mañana de sábado, recuerda Nati, fue al Centro Cultural “Conviven” una delegación norteamericana que incluía a Anthony Wayne, Embajador de Estados Unidos en Argentina. El hombre fue muy amable y los invitó a todos a sacar fotos a la Embajada, pero el problema no fue ése –todo lo contrario- sino que Wayne no les hablaba español.
- Nos hablaba como si entendiéramos. Y yo lo único que entendí era “hello”. Por eso, más me vale aprender a hablar.
Después, cuenta Nati, apareció una traductora. Y, con esa ayuda, Wayne le pidió a Nati que le mostrara sus fotos. Ella le hizo caso. Mostró una pileta de lona en el medio de la calle; una familia en blanco y negro; niños golpeados; siestas calientes; y una tirante mansedumbre en cada esquina. Ante cada imagen, Wayne decía “oh”.
- Oh, oh –recuerda Nati y se ríe-. Y también me decía “Nataly, Nataly, oh Nataly”. Hasta que yo me cansé y le dije “Nataly no. Me llamo Natalia. Natalia Ferreyra. N-a-t-a-l-i-a”.
Nati repite su nombre en voz alta: lo dice todo junto, letra por letra, y de todas las otras maneras posibles. Como si las formas fueran muchas, y como si todas entraran acá: en Nati.
En Nati y su quieta, luminosa sonrisa.
© Carolina Camps
Leer más...

lunes, 4 de enero de 2010

Soledad, mujeres y flores- Javier Valdez


Javier Valdez, del semanario Río Doce, autor de Miss Narco, escribió esta crónica dónde relata el funeral de Arturo Beltrán Leyva, el “Jefe de Jefes” del cártel de Sinaloa, alcanzado por los tiros de la Marina mexicana el pasado 16 de diciembre en la ciudad de Cuernavaca, en el estado de Morelos.

Su padre quería tenerlo ahí, junto a su madre. Ella, en vida, le habría dicho lo mismo: que nos entierren juntos, en la misma sepultura. Y también él, Marcos Beltrán Leyva, lo quería así: mi ataúd junto al de mi madre, allá, arriba, en la sierra, en lo alto, en La Palma, municipio de Badiraguato.
Es conocido como Arturo Beltrán Leyva, El Barbas, El Botas Blancas, El jefe de jefes. Pero su acta de nacimiento dice Marcos. Y ya está muerto. Ahí llega, en su traje de madera, grande, lujoso, café, rectangular, al Aeropuerto Internacional de Culiacán.
Lo trajo hasta la capital sinaloense un avión de la empresa Mexicana, en el vuelo 7466, que llegó a las seis de la tarde del día 19. Lo recibieron algunos parientes, pocos. Y también los militares, muchos, cerca de un centenar, apostados en todos lados, manchando de verde olivo todos los rincones de la terminal aérea.
En las salidas, esperaban personal y carroza de la empresa Moreh Inhumaciones. Luego del papeleo de rigor, el ataúd fue llevado a la carroza y de ahí al velatorio. Tras la breve fila del cortejo y los cerca de cinco kilómetros de camino, los militares, en varias unidades, entre ellas camionetas de modelo reciente.
En la funeraria, ubicada por el bulevar Emiliano Zapata, casi esquina con Álvaro Obregón, se instaló otro operativo. Los militares tenían puntos de observación y revisión, retenes, en todos los accesos, pero sobre todo en el principal. Los vehículos que circulaban por ahí eran detenidos y revisados, aunque no tuvieran como destino acudir al velatorio. Lo mismo hicieron con las personas.
Unidades artilladas, conocidas como Humvee, y Hummer, además de camionetas y camiones, estaban en los alrededores. Los militares eran altos y jóvenes. El oficial, quien parecía dirigir el operativo, dijo desconocer todo: no sabía el destino del cadáver, la hora de la misa, el momento en que los relevarían o se llevarían el ataúd. Nada. Era un tipo alto y accesible. De pocas palabras. Con una escuadra colgando de su muslo derecho. Y en ocasiones, después de bajar de la camioneta aparentemente blindada, doble cabina, con antena en la parte superior, empuñaba una ametralladora MP-5.
No sé. No sé nada. Estoy como ustedes, no sé: solo espero órdenes.

Alrededor de las ocho de la noche ya estaba instalado en el velatorio. Le dieron las salas centrales, las que tienen paredes plegables para ampliarlas si hay más gente, si no caben las coronas o si tienen que oficiar misa y contar con más espacio. El nombre lo dice todo: salas Premier.
Hasta ahí llegan los arreglos florales: monumentales, monstruosos, grotescos, con cientos, miles de flores, rosas rojas que predominan, pero también hay lirios blancos y otras amarillas.
Dos de estos arreglos parecen manos. Una de ellos es cargado por cerca de diez hombres. Avanzan rápido sobre el bulevar Zapata para que rinda el esfuerzo. Se gritan así, así, abajo, un poco más, empuja, ahí, sale de allá. Y al fin logran meter uno de ellos. El otro no cupo en la sala, donde ya suman cerca de treinta arreglos florales, de esos que parecen mausoleos policromáticos y frescos, redondos, gigantescos e imponentes. Afuera, en los pasillos, hay otra docena. Y afuera otros. Entre ellos, el que tiene forma de mano. Muchas de estas ofrendas no tienen nombres en los listones. Algunas solo dedicatorias que contienen mensajes religiosos y cariñosos, como aquel que dice, en lo alto, apenas legible, que Marcos Beltrán fue siempre como un padre, y el que reza Dios te bendiga, en uno más está escrita la leyenda Botas Cuadra, de un supuesto fabricante de botas de pieles exóticas, y otra con el mensaje De su amigo el parrita. Tienen un costo cercano a los 40 mil pesos. Pero la mayoría son remitentes silentes, sin rostro, nombre ni apellido. Las pocas bandas de color negro engrapadas en lo ancho de las coronas fueron retiradas por una mujer después de la misa. Lo único que se sabe y se percibe es que hay miedo, un denso ambiente de miradas esquivas, ojos que esculcan, rostros que se agachan, como rezando, y se pierden entre tantos visitantes. Tantos y tan pocos a la sala Premier.

Durante la noche hay mucho movimiento. Van y vienen coronas, arreglos, empleados de la funeraria y de florerías. También visitantes. Los hombres no llegan, está prohibido. Hace mucho que en los velorios de supuestos sicarios en Culiacán, de jóvenes muertos acusados de estar involucrados con el narcotráfico, de serlo, de vender, cobrar, malpagar, en este negocio, no son visitados por otros varones. Solo mujeres, se lee en las miradas, las siluetas corvas, de mujeres vestidas de negro, en los sillones negros, acojinados y cómodos.
La visita de un hombre puede marcar su destino. Invariablemente los involucran y señalan. Queda marcado. A la salida, en el reporte de la policía o el ejército, o en el que llega a manos de los capos rivales. Hay casos de jóvenes que fueron “levantados” en pleno funeral y que aparecieron muertos. Todo por haber asistido. Alimento para las listas negras. Expedientes que terminan donde empezaron: los sepelios.

“Parece mentira, pero es cierto: el hecho de que esté aquí el ejército, los soldados, ha generado confianza, por eso ha venido gente, porque están aquí, se corre la voz, y entonces deciden venir… pero son menos, mucho menos, de los que querían venir, y más de lo que esperábamos”. Es la voz apurada, temblorosa y aparentemente franca de un hombre que es pariente cercano de Marcos Beltrán Leyva.
Se ha hecho cargo de todo. De acompañar a la hermana del capo para identificarlo, en el Distrito Federal. Y luego a las hijas y otros familiares, pocos, a recibirlo al aeropuerto. Y a permanecer en el funeral, la misa, los arreglos, las escasas visitas, el cementerio, la cripta.
Se le pregunta si es ese ataúd de un millón 200 mil pesos que apareció en los diarios, chapeado en oro, el que cubre los restos de El barbas. Dice que no, que es lujoso y caro, pero no a ese nivel. “Ese vinieron y lo ofrecieron, pero no, ya quedamos en ese, el que traía desde allá, que formaba parte del paquete de traslado y todos los servicios que otorgó la funeraria”.

Cerca de un centenar de mujeres están en misa. Antes de salir, de soltar el ataúd, lloran. Le gritan. Alguien pregunta por qué. Otra mas dice que lo ama, que siempre será así. La mayoría se sonroja. Los pocos niños se acercan, abrazan la caja. Otras permanecen sentadas, mirándose, enjuagando en silencio los ojos. Inundando cavidades. Y penas.
Hay dos hombres ahí, de aspecto jóvenes, ni siquiera treintañeros. Pero apenas se asoman, musitan algo, y se van. En el panel de los nombres de las personas que están velando no aparece el de Beltrán Leyva. Pero sí el de otros tres más.
Los del ejército toman fotos. Un civil que no es periodista hace lo mismo. Una, dos, tres, a los periodistas. Un grupo de mujeres, aturdidas por el dolor, pero engalladas, van y les piden a los reporteros que se retiren. Los comunicadores han permanecido en los pasillos y afuera del edificio. Pero las mujeres dicen por favor y lo repiten enérgicamente: ahorita es por favor, ahorita… retírense, respeten, déjennos en paz. Son unas siete. Todas de negro, en bola. Y así se regresan. Compactas.

El cortejo empezó a eso de la una de la tarde. Una carroza salió de pronto, cuando se abrió uno de los portones, y detrás se fue una patrulla militar. Es un señuelo, pero nadie cae. A los pocos minutos regresó la unidad del ejército y permaneció casi escondida, en otra esquina, a pocos metros. A los minutos salió una carroza más y entonces sí abrieron paso los militares y luego, entreverados en cinco vehículos de lujo de los familiares, avanzaron hacia el cementerio Jardines del Humaya, ubicado en la salida sur de la ciudad, un panteón con mausoleos que parecen residencias, castillos, fincas de descanso: con vidrios blindados, aire acondicionado, balcones, salas, sillones, plantas de energía eléctrica, granito, mármol, cantera y ornamentaciones de lujo.
El cortejo avanzó por la avenida Obregón, la principal de Culiacán, hasta la calzada De las ciudades hermanas, luego por la avenida Heroico Colegio Militar, hasta llegar al camposanto.
No hubo banda ni grupo norteño, narcocorridos, tambora, y poco, muy poco tiempo para el llanto colectivo y reconfortante, en las exequias. Tampoco tramos a pie, tocando la carroza y el atuendo café de la caja de madera. Todo fue rápido e instantáneo. Exequias fastrack y con apenas lapsos para tomar agua y refrescos servidos por los meseros contratados por la familia, para llorar mientras cae lentamente el ataúd en la cripta familiar, dejar acomodados, suavemente, los arreglos florales a los lados, en la cabecera, y partir. Partir ya. Así, a solas, a prisa, sin sus hombres, los hombres. Rodeado de mujeres de negro, altivas, sufridas y tristes.
Su padre quería llevárselo allá, a la sierra. Él mismo, en vida, les pidió que si moría, si lo mataban, que lo llevarán a su casa, su tierra, en el panteón de allá, de la serranía, donde está su madre, en La Palma.
Pero ellas no quisieron. A la hora de decidir decidieron: se queda, aquí, con su familia, junto al ataúd de la abuela, en la cripta de la familia, en la ciudad, el chapopote, para tenerlo cerca y llorarle. En Culiacán, la ciudad violenta, capital del estado con cerca de mil 200 asesinatos este año, en medio de la guerra.
La ciudad de la guerra, que ya se extendió a casi todo el país: como su semilla, la de Marcos Beltrán Leyva, sus cenizas.
Leer más...

domingo, 15 de noviembre de 2009

Patón Basile, el campeón de los Moyano- Cristian Alarcón






Crónica publicada en el Diario Crítica de la Argentina
El Patón Basile se concentra en la ropa que usará para defender dos títulos de campeón como si al sacarla del bolso, en el gimnasio de boxeadores de Huracán, se ocupara de la oriental ceremonia del té. Con la mano derecha que hace dos meses un sparring nuevo le fracturó en ese mismo salón de piso flotante y enormes fotos de los ídolos del boxeo, saca las piezas con el color verde de los camioneros una a una y las cuelga de las sogas del ring en el que se entrena. Primero un chaleco blanco de ribetes verdes lleno de lentejuelas y con el nombre del líder sindical al que le tributa todo su aprecio: Hugo Moyano. Luego, con parsimonia, cuelga el pantalón de lentejuelas verdes. Se distancia uno, dos pasos, mira su vestimenta campeona como quien observa una obra de arte y levanta las manos hacia los fotógrafos que, respetuosos, disparan, pero de lejos. “¡Ahí, papá! Tomame el escudo –ruge con el vozarrón suburbano y muestra el emblema del Partido Justicialista–. ¿Quién tuvo esta banda? –pregunta–. Gatica, con Perón. Y El Patón con Moyano”.

En el Club Huracán el gimnasio de la calle Caseros, en la sede social, tiene hoy clavado un ring en el centro. Y a los cuatro costados unas sillas de plástico bien alineadas y repletas. En las graderías, todo el fondo, y a lo largo de la cancha, la gente del Paton se vuelve hinchada. El verde de camioneros se repite en manchones por todas partes: el merchandising del sindicato que más plata pone en el deporte argentino abunda. “Team Patón”, “Camioneros” se lee en las remeras de tantos fieles de estos festivales de boxeo itinerantes por capital, el conurbano y algunas provincias del interior. Una bandera flamea cuando en una de las peleas preliminares una piba musculosa y recia le dedica tres directos a su rival y le pone a trompada limpia la jeta roja y la cara bordó. Es, ella también, una boxeadora de camioneros: el gremio banca, esponsorea y sigue a cinco profesionales y a decenas de amateurs. Cada afiliado que tenga inclinación por el deporte, cierto talento y voluntad para dedicarse de pleno a ello, será auspiciado por la gigantesca y creciente estructura de los Moyano. Ya lo había hecho en los 70 la UOM de Lorenzo Miguel, cuando creó el campeonato José Ignacio Rucci.

El Patón se llama Gonzalo, tiene 35 y largó en el boxeo a los catorce años. A esa edad ya había dado pruebas suficientes a don Carlos y doña Silvia, vecinos de Lomas de Zamora, que la escuela no era para él. Peleas con compañeros en las que, humilde, dice que perdía, lo fueron llenando de plantones en la dirección durante la primaria, y de amonestaciones en la secundaria, en la que duró menos de un año. Mayor de cinco hermanos que luego estudiaron y no dieron problemas, su padre lo mandó a laburar. Al Patón le pareció perfecto. Eso lo dejaba tener unos mangos y meterse en el gimnasio a entrenarse. Fue en el Club Independencia, de Lomas. Al comienzo iba a escondidas de su vieja. Ahora ella lo sigue a cada pelea como un amuleto de verdad y le grita desde las sillas de las primeras filas como si fuera todavía un guacho que anda jodiendo en la vereda: “Pegá, hijo, pegá”. Ése, ahora, es su laburo, al menos desde que dejó el camión recolector de basura en el que levantaba bolsas hasta hace unos dos años, cuando Camioneros lo apadrinó. Laburar, siempre laburó: fue ayudante en una verdulería, de albañilería, de carpintero, cavó pozos de agua, zanjas para instalar cloacas, y al fin, ese laburo estable que le cambió la vida: basurero.

–¿Te cabía ese trabajo?

–Yo lo hacía con ganas, me gustaba. Me gusta correr, estar con la gente de la calle. Aunque tenés que laburar bajo calor, lluvia y a veces es duro. Si tuviera que volver a tener un trabajo formal, de todo lo que sé hacer es lo que volvería a elegir.

EL CAMERiNO.
En Huracán hay un vestuario para los deportistas y allí están poniéndose a punto para salir otros dos boxeadores de esta noche de festival: el Ruso Jonatan Spesny, de Morón, con sus 29 años y cinco peleas, y su contrincante, el camionero Patricio Valentín Pitto, el “Grande”, protegido de Pablo Moyano también. El Patón Basile es el preferido, la estrella de la velada, y por eso tiene un camerino especial y amplio, el mismísimo gimnasio recién remodelado, en la otra punta. El Patón se deja ver antes de empezar la pelea entre la gente: todavía de bermudas y camiseta normales, sin brillos, pero con la inscripción del gremio y de la CGT bien visibles. Antes de que el cronista pueda acercársele el Patón toma en brazos a siete niños y bebés y con cada uno le sacan una foto. Sonríe para todos. Es el clásico gigante bonachón: no ranquea ni para el malvado de las habichuelas. Los tatuajes, incluso la nueve milímetros que lleva en el costado izquierdo de la cabeza rapada y que lo hizo famoso después de esa foto en la tapa del diario Clarín, son desmentidos por la bonhomía con que se desplaza y por la simpatía que cosecha entre sus fans. El Patón invita al vestuario y se despacha como obrero peronista que se considera. No en vano lleva en la espalda las caras de Cristo, de Perón –el joven militar de boina– y de Evita, más la de Moyano, claro.

–Dijeron que sos el custodio de Pablo Moyano.

–Como mido dos metros, peso 120 kilos y tengo tatuada hasta la cara, los que quieren tirarle mierda al sindicato de camioneros salieron con que yo era un matón. Desde que empecé como basurero que voy a las marchas y admiro al compañero Hugo Moyano por su lucha. Nunca fui delegado. Ni fui seguridad del gremio. El día de la foto volvía de entrenarme, con la ropa transpirada y supe que en Constitución a los de la rama de Atmosféricos los había reprimido infantería. Fui a apoyar con mi persona, nada raro ni nada mafioso.

–¿Qué opinaron los Moyano?

–Me llamó Pablo Moyano y me dijo: “¿Compraste el diario? ¿Viste la tapa de hoy, loco?” Yo no caía. Empezaron a llamarme de radios, de medios, todos querían la foto. Consulté con mis compañeros y me dejaron salir a hablar: “Dale, decí la verdad, contá por qué te sacaron la foto, qué hacías ahí”. Me salió a favor mío porque a raíz de eso me empecé a hacer más conocido. Al que me sacó esa foto le agradezco porque la publicaron con esa intención de mensaje de mafioso pero me abrió la puerta.

LA PELEA.
La charla con el campeón se interrumpe cuando Oscar Trotta, ancho y de pelo blanco, ex boxeador y mánager desde el 72, siempre en Huracán, pide tiempo para poner las vendas. El preparador físico termina de pasarle aceite por todo el cuerpo al Patón y el salón se despeja. La piba de Camioneros que entrena largando piñas contra su entrenador hace sonar los guantes en cada puñetazo. Trotta cuida a su muchacho. Es de oro. Sabe que casi no hay espónsores en el boxeo. Los del sindicato de lecheros apoyan a un par de pibes, pero Camioneros ya banca a cinco. El suyo, El Patón, es el mejor. El lo tiene que hacer ganar. Es un día complicado. Los dos títulos, el de campeón del mundo latino y el de peso pesado de la OBM vencen hoy domingo 15. La última vez que Basile peleó fue hace seis meses. Cuando estaba listo para defender los títulos se le fracturó en dos el dedo gordo y hubo que ponerle dos clavos. Tardó en curar. Llegan jugados. Pero Trotta sabe que tiene banca desde que a las dos peleas profesionales de su representado recibieron un llamado de Pablo Moyano a la central del sindicato. “Me preguntó cómo andaba, le dije que bien, que tenía futuro, y lo miró y le dijo: ‘Bueno, hay que entrenar en vez de trabajar, y no faltar al entrenamiento. Que le consigan peleas como para poder ir progresando’”.

Eso fue en 2003. El Patón lleva tres títulos ganados –el próximo lo defiende el 18 de diciembre en un festival de box de Huracán donde pelearán los cinco boxeadores de Moyano– y acumula 42 victorias (20 por KO), y sólo cuatro derrotas. En el final de 2009 el Patón se ha convertido en un ícono que rinde en popularidad. Huracán estalla de camioneros que lo vitorean cuando aparece en un rincón del gimnasio con su hijo menor, Rodrigo, de ocho años, vestido también con bata verde y camionera. Lo precede un pibe vestido como rapero que pide: DJ, poné la pista. Es por qué estrenan el rap del Patón. La masa aplaude al ritmo y Lucano, el cantante, de Quilmes, contratado por el sindicato, larga un rimado increíble que hace honor al sindicato y al boxeador: “Actuando / representando / de la mano del sindicato de camioneros / representando / es el Patón que viene llegando”.

El rival es Saúl “El Fénix Asesino” Farah, un campeón boliviano que mide 17 centímetros menos que el Patón pero tiene un torso más grueso y la fortaleza andina a la que el mismo entrenador dice temerle. Una de las derrotas más tremendas del Patón fue contra Alexander Dimitrenko, en Estados Unidos, cuando en el 96 lo bajó de un solo gancho en el primer round. El mal recuerdo lo persigue, y El Fénix peleó dos veces con el ruso; las dos veces aguantó toda la pelea y perdió por puntos. Por eso, dice, es de respetar.

En la esquina del ring, abajo, como una fanática más, La China, la actual mujer de El Patón, pequeña, boxeadora y de Huracán, le calienta la oreja durante los primeros rounds. Ella iba a pelear hoy y su rival cordobesa no llegó. Así que descarga su furia dándole ordenes al campeón que parece al comienzo lento e indeciso: “¡Dale, boludo! ¿Qué te pasa? ¡Despertate, matalo!”. Trotta dirá después que era una estrategia. Pero lo cierto es que el Patón recién hace tambalear al boliviano en el tercer round, en el quinto, y cuando llegamos al octavo parece que la cosa no avanzará. La moral camionera está en alto, una banda de pibes de pelos teñidos y rapados en los costados salta con una bandera que dice “Sector Recolección”. “Dale campeón. Dale campeón”.

El Patón parece reaccionar a la única voz que escucha mientras ruge la leonera, la de su mujer. Y avanza, de pronto rápido, de súbito veloz, hacia su rival, sorprendido por un gancho de derecha que lo hace trastabillar. Otra arriba, directa, y el tambaleo de la mole andina se hizo fatal: el Patón envalentonado, seguro de que el público camionero merece un knock out, esos ciento cuatro kilos de enemigo en el suelo, encaja los últimos dos directos descendentes y lo hace morder la lona. La masa camionera se para, entera, y grita, campeón, dale campeón. El árbitro cuenta. No llega a diez. La toalla vuela desde el rincón. El Patón sigue siendo campeón.

Fernanda y Patricio, los otros boxeadores del sindicato
Si la pelea del Patón Basile y El Fénix Asesino Farah fue buena sólo a la hora de los ganchos que voltearon al visitante, el ring estuvo más interesante en las preliminares. Con Fernanda Alegre, la chica que precalentaba en el camerino junto al campeón, se encendió la tribuna. La peso welter le dedicó tantos directos a la cara de Etel Cristina Arano que el juez decidió darle el KO técnico. Alegre es una reciente incorporación de Camioneros y se perfila como una promesa que los Moyano siguen de cerca.

El camionero Patricio Valentín “Grande” Pitto prometía en el combate de semifondo. Y no lo hizo nada mal. En categoría crucero la suya fue la mejor pelea de una jornada moyanista. En el combate de semifondo se enfrentó al bonaerense Jonatan “El Ruso” Spesny. Se dieron duro y parejo. Así, el ascenso de Pitto, que en sus cuatro primeras peleas había sido imparable, con 3 KO, se frenó con la decisión ajustada del jurado. Las tarjetas fueron de 39-39, y dos de 39-38 y medio. El público lo aplaudió igual.
Leer más...

jueves, 5 de noviembre de 2009

Un país de mutilados- Alberto Salcedo Ramos


I) El cantar de Claudia

Esta crónica obtuvo el premio SIP Excelencia Periodística 2009. Alberto está en Buenos Aires para recibirlo. El próximo lunes conversará con Leila Guerriero y Josefina Licitra sobre periodismo literario y crónica latinoamericana a las 19 en la Facultad de Periodismo de La Plata --sede del Bosque (63 y Diag. 113)-- .


A sus once años, Claudia Ocampo tiene claro que si no fuera porque a su padre lo despedazó una bomba, ella jamás habría conocido a su ídolo, el cantante Juanes.
El encuentro ocurrió en diciembre de 2006, en Cocorná, un pueblo encajonado entre montañas, a ochenta kilómetros de Medellín. Un año atrás, Juanes había creado la Fundación Mi Sangre, para ayudar a las víctimas de las minas antipersonales en Colombia. Su propósito al visitar el oriente de Antioquia, la zona del país más afectada por el problema, era llevarles regalos a los damnificados.
Cuando los presentaron – recuerda Claudia – él le dio un beso amable en la frente pero enseguida se desentendió de ella, tal vez porque había demasiadas personas acosándolo para retratarse a su lado y conseguir su autógrafo. Sin embargo – agrega, vanidosa – a los pocos minutos, cuando ella empezó a tocar su guitarra y a entonar los únicos versos que ha compuesto hasta ahora, él dejó de hacer lo que estaba haciendo en ese momento, para dedicarle toda su atención. Y no sólo la oyó, concentrado, sino que además le pidió repetir la canción para él grabarla en su teléfono celular.
Claudia es una niña frágil, de nariz fileña y ojos vivaces. Lleva una blusa rosada ajustada al torso y una falda de ruedo ancho, también rosada, que ciñe su cintura de junco y deja al descubierto sus muslos escuálidos. Su largo cabello castaño, sujetado con ganchos en las sienes, está recogido en una cola de caballo amarrada con un lazo morado. Calza unas zapatillas blancas gastadas en las puntas que, en conjunto con el resto de su atuendo, le confieren el semblante de una Cenicienta sin Hada Madrina y sin Nochebuena. Todo a su alrededor testimonia miseria: el piso roñoso, las paredes descoloridas, la litografía del Papa Juan Pablo II ensartada en un clavo oxidado; la angosta cama de hierro que domina la sala, la cual sirve indistintamente como dormitorio de los residentes y como sofá de los visitantes. Claudia – temperamento efusivo, gracia natural – lejos de ensombrecerse en este entorno tan calamitoso, pareciera fulgurar en él, especialmente cuando toca la guitarra, como ahora. La canción que tararea es la misma que le cantó a Juanes:

Bienvenidos, bienvenidos
Vamos todos a cantar
Este tema de las minas,
De las minas quiebrapatas
No lo entiendo, no lo entiendo
Me lo tienen que explicar


El veintidós de diciembre de 2002, Claudia y sus padres, Samuel Antonio Ocampo y Carmen Julia Gallego, regresaban a su casa, en la vereda Campo Alegre, a bordo de una de esas camionetas desvencijadas que se utilizan en los caseríos remotos del oriente de Antioquia para transportar los víveres. Se habían pasado el día en Cocorná comprando los aguinaldos de sus cinco hijas. Durante el viaje de vuelta, al final de la tarde, venían planeando la cena navideña. Los esposos proponían cerdo asado, y Claudia, que apenas contaba seis años, prefería arroz de gallina. De pronto, al subir una cuesta empinada, el conductor dio la voz de alarma: acababan de vararse. Los pasajeros se apearon para empujar el carro a pulso, pero el motor no respondió. Todos decidieron entonces quedarse allí, a la espera de que llegara algún vehículo y los sacara del apuro. La zona – advertía uno de los lugareños – estaba plagada de minas explosivas sembradas por la guerrilla. El chofer los alertó de nuevo: era posible que sólo a la mañana siguiente apareciera otra camioneta por esos parajes. Samuel Antonio y Carmen Julia se impacientaron. Tenían a cuatro de sus niñas en el rancho – repetían una y otra vez – y por ninguna razón permitirían que durmieran solas. De modo que se irían a pie. Varios paisanos trataron, en vano, de disuadirlos.
Desde el principio acordaron no caminar el uno al lado del otro, sino en fila india, como los burros. El hombre encabezaba la marcha, seguido por su mujer y, más atrás, por su hija. Aunque nadie lo comentó en ese momento, lo que se pretendía con tal disposición era proteger a la niña. En caso de una explosión, los dos adultos le servirían de escudo. Carmen Julia sugirió pisar en los puntos donde hubiera huellas humanas, ya que así disminuiría el riesgo de tropezar con una bomba. Samuel Antonio acató la recomendación, pero aseguró que no les sería útil durante mucho tiempo: dentro de pocos minutos, cuando anocheciera, resultaría imposible distinguir rastros de gente o de animales en el sendero. Avanzaron, tal vez, medio kilómetro bajo un crepúsculo anaranjado. De repente, una descarga que pareció surgir desde el fondo de la tierra los arrojó por el aire. Todavía hoy, Carmen Julia ignora cuánto tiempo duró inconsciente. Sólo sabe que, cuando abrió de nuevo los ojos, el cielo se había encapotado y ella se sintió como la única sobreviviente de una catástrofe. Sin embargo, en la medida en que recuperaba plenamente el conocimiento, pensaba que también ella moriría. Le dolía la cabeza, le ardía el vientre. Palpando su propio cuerpo con espanto, descubrió, a través de su vestido hecho jirones, la masa de arena y sangre que le ensopaba los senos. Por un instante se preguntó quién era ella, de dónde venía, por qué andaba a gatas sobre aquellos rastrojos que le lastimaban las rodillas. Necesitó varios segundos para que sus oídos, aturdidos aún por el estampido, percibieran el llanto desgarrado de Claudia, que se encontraba, quizá, a unos cinco metros de distancia. De un solo golpe se le reveló, completo, el tamaño de su desgracia: su marido yacía en el suelo, destrozado. Entonces, Carmen Julia vio cómo la noche le caía encima y – según dice ahora, mientras zurce una enagua – desde ese día su vida se volvió oscura. Está sentada en la estrecha cama de la sala, vestida con un riguroso traje negro.
-- En el abdomen tengo una esquirla que nunca pudieron sacarme – dice, con la mirada enterrada en el piso --. La niña tiene un nudo en la rodilla izquierda y una cicatriz en el bracito derecho.
En principio, lo que más impresiona de Carmen Julia Gallego es que, a sus cincuenta años, tenga la espalda encorvada, el cuello arrugado y las piernas llenas de várices. En realidad no parece la madre sino la abuela de Claudia. Camina con la parsimonia de las ancianas, y ostenta el aspecto fantasmal de esas viudas anticuadas que renuncian al mundo exterior, para encerrarse a solas con su luto perpetuo. Ciertamente – admite – el dolor sigue fresco, como si la tragedia hubiera ocurrido apenas ayer. Pero aclara que no sólo se ha aislado por tristeza, sino también por falta de opciones. Al morir el marido, se quedó sin ingresos y, de paso, perdió el rancho con todos sus arreos. Fue desterrada cruelmente de su patria chica, la vereda en la cual ella y sus hijas habían vivido siempre, el sitio donde estaban sepultados los restos de su padre, el único lugar del mundo que conocía. Ni siquiera le ofrecieron la oportunidad de llevarse una colcha que les sirviera a las niñas como techo bajo el sol y como abrigo bajo el frío. Deambuló por diferentes pueblos, recorrió distintos albergues de caridad, se enfermó de las arterias, pidió limosna en las calles. Las personas que le expresaban sus condolencias en público, se negaban, en privado, a emplearla como doméstica, pues en el fondo desconfiaban de ella, debido a que procedía de una zona influenciada por la guerrilla. A mediados de 2005 se mudó a las afueras de Cocorná, con su madre y sus dos hijas menores. Las mayores – informa – se enamoraron en el camino, durante la peregrinación, y se fueron quedando con sus maridos.
Actualmente pasa las horas cortando leña que nadie le compra, remendando vestidos que nunca se pone y tratando de olvidar las penas. La indemnización que le dio el Estado por la muerte de su esposo y por las lesiones de Claudia – doce millones de pesos, unos seis mil dólares – se le ha ido en gastos, ya que le tocó volver a comprar los bártulos de la casa. Todas las noches – dice, con los ojos llorosos -- le pide a Dios que le dé salud para terminar de levantar a las dos muchachitas que permanecen a su cargo.
En este punto, Claudia, que ha estado escuchando la conversación, le arroja a su madre el único salvavidas que tiene a la mano.
-- No se preocupe, mami, que si usted se muere, yo vendo la guitarra y monto una tienda.


II) La ruta de la infamia

El avión acaba de aterrizar en el Aeropuerto José María Córdova, del municipio de Rionegro, cuarenta minutos después de haber despegado de Bogotá. Son las once de la mañana de un lunes soleado. Mientras espero que la banda transportadora de equipajes empiece a girar, consulto el mapa de bolsillo: me encuentro a treinta y ocho kilómetros de Medellín. En este sector principia el oriente de Antioquia, la región colombiana más vulnerada por las minas antipersonales. Desde 1990 hasta el primero de diciembre de 2007, se han presentado en el área dos mil trescientos sesenta y ocho accidentes, que han dejado mil quinientas veinte víctimas – casi la cuarta parte del total registrado en el país --. Doscientas ochenta y una de ellas murieron en el momento de la explosión. Las otras personas, entre las cuales hay casi doscientos niños, quedaron condenadas a soportar durante el resto de sus vidas los traumas físicos y sicológicos más crueles: órganos cercenados, parálisis, rostros deformados por las quemaduras, cicatrices atroces, ojos descuajados, pánico, depresión, irritabilidad, derrumbe de la autoestima. Algunos sobrevivientes somatizaron su angustia y se volvieron enfermizos: empezaron a padecer arritmia cardiaca, dolencias estomacales, alteraciones en la piel, náuseas. Otros se aislaron del mundo. Casi todos son campesinos humildes que, después del percance, abandonaron sus parcelas y emprendieron un éxodo doloroso en busca de auxilio. Se convirtieron así en parte de los tres millones de desplazados menesterosos que, según la Agencia de las Naciones Unidas Para los Refugiados – Acnur –, ha generado el conflicto en Colombia.
Ahora me dirijo en un taxi hacia la estación de gasolina conocida como La Mañosa, situada en la autopista que comunica a Medellín con Bogotá. Allí me recogerá Oveida Morales, una de las asistentes sicosociales de los damnificados, quien me llevará a San Francisco, primera escala de mi travesía por el oriente de Antioquia. El chofer, un cincuentón corpulento de bigote bismarckiano, oye las noticias deportivas en la radio, mientras yo repaso el expediente que me entregaron en el Observatorio de Minas de la Vicepresidencia de la República. Varios de los datos que tengo subrayados son aterradores. Hay bombas sembradas en treinta y uno de los treinta y dos departamentos del país – la excepción es el Archipiélago de San Andrés y Providencia --. Los municipios perjudicados son seiscientos setenta y nueve, que equivalen al sesenta por ciento del territorio nacional. Desde el año 2005 se presentan, en promedio, tres víctimas diarias, entre muertos, heridos y mutilados. De 1990 a 2007 se han registrado, en total, seis mil seiscientos treinta y siete mártires. Esta última cifra posiblemente se queda corta, pues muchos casos no son reportados, a veces por negligencia o por ignorancia de los afectados, y a veces por el aislamiento de los lugares donde ocurren los accidentes.
¿Qué son seis mil seiscientos treinta y siete cristianos reducidos a un diagrama de barras? Un simple guarismo en una hoja de cálculo. Sin embargo, si apeláramos a ciertas comparaciones, los áridos números nos servirían para establecer la magnitud del problema. Con esos damnificados se podría fundar una villa casi tan habitada como el famoso balneario de Punta del Este y seis veces más poblada que Ciudad del Vaticano. También se podrían llenar hasta el tope veintidós salas de cine con capacidad para trescientos espectadores. Si viéramos a las víctimas en carne y hueso, juntas en un espacio único, advertiríamos que son una multitud. Y así, la cifra escueta que ahora tengo frente a mis ojos, resaltada con tinta verde, parecería más dramática. Si esa situación imaginaria se materializara, si cerráramos los ojos durante un tiempo y al abrirlos nos encontráramos en un coliseo ocupado por seis mil seiscientos treinta y siete lisiados de guerra, lo que más nos impresionaría sería, justamente, la abultada cantidad. Luego nos asombraría lo insólito de la reunión. Tras más de cuarenta años de conflicto armado, los colombianos hemos ido perdiendo la facultad de sorprendernos frente a la violencia. Lo trágico nos conmueve cuando es exótico o monumental. Un anciano ahogado con su propia caja de dientes o un enamorado reventado de infarto mientras hace el amor en un motel, nos resultan más impactantes que un campesino inmolado en su parcela. Testigos rutinarios de un circo donde se combinan a diario lo grave y lo risible, sólo seguimos con interés los actos extremos, sobre todo cuando presentan un ángulo folletinesco de la realidad o cuando comprometen la vida de mucha gente, pues creemos que quince cadáveres son más perturbadores que tres y menos perturbadores que veinticinco. Lo demás nos produce apatía.
El chofer se detiene en una bahía de estacionamiento para revisar una de las llantas delanteras. Al bajarse del carro, enrosca con la mano derecha las puntas de su bigote bismarckiano. Una ráfaga de viento tibio me pega en el rostro. A un lado de la autopista, un perrillo rengo y enclenque trata de montar a una perra mucho más grande que él. Tres niños alborozados tocan las palmas, como si estuvieran alentándolo. El perrillo se encabrita, pero sus arrestos naufragan en las corvas de la perra. Luego de un par de enviones fallidos, el pobre animal boquea, impotente, y se queda quieto. Bismarck regresa y dice que la llanta está bien. Me mira por el espejo retrovisor, reanuda la marcha. Después sintoniza un programa de boleros. Oigo entonces a Leo Marini, con su exquisitez de barítono, cantando que quisiera llorar y no tiene más llanto. Cuando el taxi arranca, volteo hacia atrás y veo por última vez el cuadro de los chiquillos sonrientes y el cachorro atribulado. ¡Ah, los niños y su típica perversidad!, pienso. La escena sugiere también una celebración inocente de la vida, a través de lo más simple de la cotidianidad. Es un gozo en el que se refleja la despreocupación irracional propia de los muchachos, esa fe absoluta en el orden del Universo. Nada los desvela, ni la muerte ni ninguna otra adversidad. Sin embargo, el reino al que pertenecen es frágil y podría desmoronarse en un segundo, es decir, en el tiempo que dura un abrir y cerrar de ojos. Bastaría una pisada, una sola pisada, para desestabilizarles el suelo que ahora se les antoja firme. Y para arruinarles el futuro. Adiós, euforia. Adiós, primavera. ¿Quién pondrá el sol en su sitio cuando la calamidad lo borre del horizonte? Imaginarlo es cruel, de acuerdo, pero no descabellado: los tres chicos habitan en una zona invadida de artefactos explosivos. Además, es así como ocurren estos accidentes: la gente está tranquila, caminando hacia la escuela o hacia el huerto, asando arepas o endulzando el café, arando la tierra o tomando el fresco de la tarde, vaticinando la suerte de las cosechas o festejando un suceso gracioso, cuando sobreviene el fogonazo letal.
Mientras el chofer desciende por una ladera bordeada de maleza y helechos, pienso que es muy bellaco mimetizar una bomba entre matorrales o disfrazarla con tierra, y más cuando se trata de lugares por donde transitan civiles inocentes, incluidos menores de edad. El propósito, está claro, es evitar que los caminantes se prevengan, atacarlos por sorpresa. Acaso lo más execrable del método es, precisamente, su marrullería, porque asalta la confianza necesaria para la supervivencia de las comunidades. Es como una humillación que se le añade al dolor y lo recrudece, como un escupitajo en el ánimo de la gente. Con sus bombas, el agresor mutila físicamente a la víctima. Con su engaño, le quebranta la psiquis. Quizá sea esto último lo que más les interesa a los terroristas que siembran las minas antipersonales. Al inundar de explosivos los caminos, el enemigo se hace sentir pese a que no da la cara. Y así, produce la sensación de que está en todas partes aunque no se le encuentre en ninguna. El hombre tiende a deificar las fuerzas invisibles, justamente porque no puede descifrarlas. Respeta la mano criminal que camufla la bomba en el suelo y luego se esconde, tanto como al poder supremo que desata las centellas y los aluviones. Ambos le resultan inalcanzables, ambos le resultan irrebatibles. De atentado en atentado, los verdugos se van granjeando una reputación intimidante que les sirve para su proyecto de dominio territorial, pues una vez que el miedo se generaliza, los pueblos huyen, despavoridos, y ellos, los bárbaros, se quedan en el área como amos y señores.
Vuelvo a los expedientes que me dieron en el Observatorio de Minas de la Vicepresidencia de la República. Examino una página titulada “Ruta de atención integral a las víctimas”, que contiene los diferentes momentos del drama, desde cuando estalla la mina hasta cuando a la persona amputada le instalan el órgano ortopédico y le entregan una remuneración por su discapacidad física. Aparentemente, al informe no le falta ninguna etapa. En él figuran tanto la atención en urgencias como la asistencia sicológica. Incluso, se contempla la posibilidad de que el convaleciente muera y, en ese caso, se le asigna un rubro llamado “gastos funerarios”. Veo otra vez los diagramas, las flechas, y me pregunto cuánto dolor se agazapa tras estos datos lacónicos.
Habrá un momento, sin embargo, en que “la ruta de las víctimas” no será un croquis impreso en una hoja sino una sucesión de hechos terribles descritos en testimonios desgarradores. Entonces comprenderé, paso a paso, este Calvario. En principio está la explosión a mansalva, infame, que desmantela el cuerpo y acobarda. Varios de los afectados, después del aturdimiento inicial, cuando observan su pierna desmembrada, les piden a sus acompañantes que los rematen con cualquier herramienta agrícola que lleven a la mano -- un machete o un martillo, por ejemplo --. Luego sigue el traslado hacia un centro de salud donde les presten los primeros auxilios. Por lo general, los accidentes ocurren en áreas distantes que no cuentan ni con vías de acceso ni con recursos clínicos. Toca transportar a pie o en bestia a los heridos, y las marchas a veces se prolongan durante cinco horas. Como no existen camillas ni ambulancias, son acarreados en una hamaca suspendida entre dos palos, o en mecedoras levantadas a pulso por los socorristas voluntarios. Las caminatas se tornan más inclementes cuando se realizan al mediodía y el calor arrecia, o cuando se efectúan de noche, ha llovido y la trocha se encuentra enfangada. Después vienen las camillas, los quirófanos, los médicos, las enfermeras, las intervenciones quirúrgicas, las prótesis, las consultas, las terapias. La andadura permanente por los hospitales transforma la vida en una penitencia. Que se intensifica, aún más, con los problemas económicos y sociales. El mutilado renuncia a sus escasas pertenencias y abandona el terruño donde es productivo y conocido por su comunidad, para irse con su familia a cualquier sitio extraño, donde se convierte de inmediato en un ser ignorado, nulo, que habita casi siempre en tugurios de mala muerte y sobrevive gracias a actividades degradantes, como mendigar en los espacios públicos. Es cierto que le corresponde una indemnización y una ayuda humanitaria, de acuerdo con la gravedad del daño sufrido. Pero hasta este proceso de resarcimiento puede añadir mortificaciones. Hay que reunir documentación personal, corretear por dependencias oficiales, tramitar peticiones, autenticar papeles, someterse a antesalas exasperantes. Tales diligencias, aparte de ostentar un tinte burocrático abrumador, desbordan, a menudo, el exiguo nivel de educación de las personas accidentadas. Algunas de ellas, según lo comprobaré más adelante, desconocen cuál es su mano derecha y cuál es su mano izquierda, carecen de cédula de ciudadanía y ni siquiera saben qué día nacieron. Sin embargo, la ley establece que si no solicitan su compensación en un plazo que oscila entre seis meses y un año, pierden el derecho a reclamar. Como si los perjuicios que ocasionan las bombas tuvieran fecha de vencimiento. O como si los lisiados hubiesen quedado así por su propio gusto. La insensatez de la legislación y la ignorancia de tantos pueblos olvidados, contribuyen a que haya muchas más víctimas desamparadas. Se estima que para saldarles la deuda a todas las que permanecen sin reportar, se requiere un monto de ciento cuarenta y dos mil millones de pesos, es decir, setenta millones de dólares. Además, las lesiones son evaluadas con un criterio avaro. Lo máximo que se reconoce por concepto de invalidez absoluta, sumando la indemnización y la ayuda humanitaria, son veinticuatro millones de pesos – unos doce mil dólares --.
Cuando regrese a Bogotá y vea en perspectiva la ruta que deben transitar los afectados, me preguntaré si acaso antes y después de la explosión no habrá elementos tan crueles como la bomba misma. El abandono en que viven muchas regiones, por ejemplo. O la indiferencia de la mayoría de los colombianos frente a un problema que percibimos como lamentable, pero ajeno. Al final del viaje quedaré con la sensación de haber sobrepasado los límites del horror. Pero aún entonces oiré más declaraciones alarmantes. Luz Piedad Herrera, directora del Observatorio de Minas, contará que muchas de las bombas contienen excremento, puntillas viejas y desechos plásticos, razón por la cual no sólo destrozan, sino que, además, infectan. “Hay personas”, dirá, “que pierden una pierna durante el atentado y a la semana siguiente, debido a alguna esquirla contaminada que les queda, también son amputadas de un brazo”. Por su parte, Álvaro Jiménez, director de la Campaña Colombiana Contra Minas, una organización que defiende los derechos de las víctimas, hará énfasis en los estragos sicológicos. “En muchos pueblos a los niños les da miedo ir a los patios para jugar y alcanzar mangos, y en esas condiciones la vida ya no vale la pena”.


III) El refranero de Manuel Ceballos

Manuel Ceballos es un campesino apacible que suele expresarse por medio de refranes y diminutivos. Por ejemplo, para interpretar el accidente que hace tres años le mutiló la pierna derecha, dice que “lo que viene liso desde el cielo, cae a la tierra sin arrugas”. Cuando algunos paisanos lo culpan de su propia tragedia – y de la calamidad de su hija Nancy y de su nieta Luisa Fernanda --, debido a que eligió un camino peligroso, él responde que “en esta vida, el que no se cae de un empujón, se resbala solito”. Una desgracia, según él, puede sucederle hasta a la persona más buena, porque “siempre hay malos bajo las sombritas”. Ceballos se cala su sombrero aguadeño, espanta con una bayetilla a un moscardón que merodea frente a su rostro. Entonces cuenta que unos minutos después de la explosión le pidió a su hijo Henry que lo matara, pues no soportaba la angustia de ver su pierna vuelta ripios y a punto de desprenderse totalmente. Durante mucho tiempo estuvo obsesionado con la idea de suicidarse. Nada lo consolaba. Quería encerrarse en un cuarto adonde no se filtrara ni el más mínimo rayo de luz y dejarse morir segundo a segundo, en calma, sin alharacas, lejos de los demás seres humanos. Pero una mañana cualquiera, sin que mediara ningún motivo comprensible, descubrió que había recuperado las ganas de llegar a viejo. En este punto invoca una antigua sentencia de su abuelo materno, un arriero de carriel al hombro y machete al cinto: “indio muerto no tira flecha”.
A menudo, cuando no tiene un refrán a la mano, Ceballos se torna inexpresivo. Habla con monosílabos o con frases muy cortas, o se calla. Entonces luce distante, pero no llega a ser hosco. Justo cuando parece que ni con ganzúa le sacarán una nueva palabra, lanza otro proverbio. Esta vez su intención es explicar cómo, a pesar de que el hombre crea en Dios y se porte bien, está expuesto a las desventuras.
-- Usted sabe – dice --: la cruz en el pecho y el diablo en los hechos.
A principios de 2004, la vereda La Iraca – donde nació Ceballos – se encontraba sitiada por campos minados. Cada semana se registraba, por lo menos, una tragedia en el área rural. Los habitantes, versados ya en el alfabeto de la barbarie, eran capaces de anticipar la desgracia hasta en los detalles más sutiles. Sabían, por ejemplo, que cuando se oía a lo lejos el ladrido desesperado de los perros, y cuando, a continuación, las gallinas abandonaban sus nidos, cacareando azoradas como si las hubiese espantado el mismísimo demonio, era porque se acercaba una comitiva de paisanos que traían en andas a algún mutilado. Nadie tenía que llamarlos para que acudieran inmediatamente a la calle principal del pequeño caserío, dispuestos a recibir a la víctima de turno. Si había muerto, la enterraban sin honores en una fosa rústica cavada por ellos mismos, dentro del lote baldío improvisado como cementerio. Y si seguía viva, la trasladaban como fardo hacia cualquier lugar que contara con hospital o con puesto de salud. La reiteración de esta escena implantó el pánico y obligó a los moradores a emprender el éxodo. A finales de ese año, La Iraca, perteneciente al municipio de San Rafael, era ya un pueblo fantasma, devorado por la maleza y las sabandijas.
Manuel Ceballos, su esposa María Jesús Valencia y los siete hijos de ambos, abandonaron la vereda a mediados de abril. Erraron por distintos lugares, ofreciéndose como jornaleros a destajo: él cortaba leña, cargaba bultos, podaba jardines y arreaba agua. Ella lavaba ropa y cocinaba a domicilio. Nancy y Henry, los muchachos mayores, también se fletaban para realizar oficios domésticos. Los otros, como todavía eran muy pequeños, permanecían recluidos en su morada. Cuando no conseguían trabajo ni hospedaje, se apostaban todos como pordioseros en cualquier bulevar, sentados en el suelo. Portaban esos carteles típicos de los desplazados, escritos a mano, en los cuales suplicaban ayuda e informaban que habían sido desterrados de su pueblo por la violencia. Algunos peatones se conmovían y les daban frazadas, comida o monedas, pero la mayoría los ignoraba. Muchos, incluso, los miraban con desconfianza o con repulsión. Manuel Ceballos se sentía humillado y por eso le proponía a su mujer que se devolvieran para La Iraca. Allá en su vereda, decía, por lo menos tenían una pequeña finca – llamada El Jardín – donde contaban con dos hectáreas de frijol, tres de maíz y una de café. El día que ellos emigraron forzosamente, la tierra se encontraba recién sembrada. Ceballos consideraba que ya había transcurrido el tiempo suficiente para que los cultivos estuviesen florecidos. Cuando la mujer le respondía que no expondría la vida de sus hijos llevándolos a un territorio repleto de bombas, él planteaba ir, solamente, a recoger las tres cosechas para venderlas y montar un negocio en otra parte. Su mejor argumento para tratar de convencerla era – cómo no – uno de esos refranes que le aprendió al abuelo.
-- Para disfrutar del perro hay que entenderse con las pulgas.
Pero ella no cedía.
La vida lejos de su pueblo – advierte Manuel Ceballos – era un suplicio. Había días en que los muchachos solo comían un mendrugo de pan acompañado con refresco de panela. Y otros en que todos los miembros de la familia, es decir, nueve personas, dormían en una sola habitación, sobre un par de colchonetas desnudas tendidas en el piso. La situación se complicó aún más cuando Nancy, la hija mayor, que apenas tenía veinte años, quedó embarazada de un joven con el que mantuvo una relación pasajera. Entre tanto, Azucena, la menor, empezó a presentar síntomas de asma.
Ceballos es un hombre de baja estatura, piel lechosa y expresión melancólica. Su bigote, delgado y de punteras impecablemente recortadas, le otorga un aire de caballero arcaico. Cuando se quita el sombrero, deja al descubierto un cabello peluqueado al ras y engominado, con la raya correcta al costado izquierdo de la cabeza y las patillas atildadas. Está sentado en un banco de madera, dentro del kiosco de guadua que adquirió cuando el Estado le pagó su indemnización. Allí, en ese espacio de apenas dos metros cuadrados, se pasa los días vendiendo víveres y mirando las historietas de Condorito que le prestan los comerciantes vecinos. Solo se fija en los dibujos, debido a que es analfabeto. A su alrededor hay otros negocios idénticos al suyo, que la Alcaldía de San Luis – el municipio donde hoy vive – les entregó en concesión a varios desplazados por la violencia. Uno de esos locales, exactamente el que queda diagonal al de Manuel, es ocupado por Nancy Ceballos, quien de nuevo se encuentra embarazada.
Casi todas las calles de San Luis -- ciento veinticuatro kilómetros al sureste de Medellín -- son empinadas y se estrellan contra un cerro imponente. Quizá la topografía tan agreste moldeó el carácter parco y laborioso de los habitantes. Pasan la mayor parte del tiempo ocupados, bien sea barriendo las terrazas de sus casas, o regando las matas, o arreando una yunta de bueyes. Serios, concentrados, como si de esos oficios cotidianos dependieran sus propias vidas. Al atardecer, muchos acuden a las cantinas del pueblo. Beben el aguardiente sin moverse de sus taburetes, ceñudos, silenciosos, como si no estuvieran de juerga sino cumpliendo uno más de sus deberes trascendentales. Algunas veces se integran pero, por lo general, cada quien se entretiene por su cuenta, sin prestar demasiada atención a los demás. A ello contribuye, entre otras cosas, el volumen tan estridente del tocadiscos. Diríase que suena así porque lo que se pretende no es incitar a nadie a la fiesta, sino, precisamente, resguardar el aislamiento encarnizado de estos individuos. Oyen una música de carrilera despechada, prostibularia, en la cual la mujer es presentada, casi siempre, como un ser abominable. La canción de moda por estos días es una en la que un cantante ametralla a su ex amada con calificativos ponzoñosos como “rata de dos patas” y “bicho rastrero”. Los campesinos se emborrachan al compás de esos improperios, sin despeinarse, sin exaltarse, con el mismo rostro inconmovible con el que siegan sus trigales.
Justo en este momento se oyen los versos de la descarnada canción, procedentes de algún bar cercano.

Maldita sanguijuela
Maldita cucaracha
Que infectas donde picas
Que hieres y que matas


Ceballos es abstemio. Sin embargo, durante un periodo posterior al accidente, cuando aún tenía frescas las heridas, fue morador frecuente de las cantinas, donde encontraba algún alivio para sus pesares. Hoy, retirado de aquellas andanzas que, según él, le causaron más daño a su familia, se refiere al aguardiente como “una roya” que arruina los bolsillos.
-- Y al hombre pobre todo le cuesta el doble – añade, mientras dirige su mirada hacia el mostrador. En seguida, aplasta por fin al moscardón impertinente, con un golpe seco de su bayetilla. Luego empieza a recordar, afligido, cómo fue que él y su familia, tras casi un año de ausencia, volvieron a La Iraca, donde les aguardaba la fatalidad.
A principios de marzo de 2005, Ceballos se topó casualmente con su paisano Oliverio Gil, quien también había huido de su vereda natal por temor a las minas antipersonales. Esa tarde, a la sombra de un algarrobo, compartieron sus cuitas. Coincidieron en que la vida del desterrado es aciaga, no sólo por sus ahogos económicos sino, además, por el trato despectivo que recibe de la sociedad. La mayoría de la gente lo ve como un embaucador que utiliza la máscara del menesteroso para vivir campante a costillas del prójimo. Lo desprecian, lo esquivan. El desplazado es el margen de error del censo. No cuenta como ciudadano sino como chusma, como ser de las madrigueras. Para hacerse visible – valga decir, para existir – se sitúa en los espacios públicos más concurridos: debajo de los semáforos, en los separadores de las grandes avenidas, sobre los andenes de las zonas comerciales, en los alrededores de los templos. Su patria, que alguna vez fue un patio entrañable humedecido por el rocío del amanecer, es ahora el trozo de pavimento duro donde pernocta día a día. Desguarnecido, huérfano, el desplazado se va entumeciendo bajo la lluvia y desliendo bajo el sol. Es embestido por los carros, fustigado por la Policía. Hay que estar dentro de su piel para entender la confusión que se siente al pasar de la llama del candil a la luz de neón. Pero, ¿a quién le interesa ponerse en sus zapatos? Al contrario: la intención de los apresurados habitantes citadinos es permanecer tan lejos del desplazado como sea posible. En consecuencia, conocen poco o nada sobre él y sobre la realidad que encarna. ¿Qué es un desplazado cuando se le contempla desde el interior de un vehículo confortable, blindado contra las inclemencias de la vida urbana? Un gazapo del paisaje, un desventurado que, por fortuna para nosotros, se encuentra allá afuera, al otro lado de la ventana. Sabemos, porque lo hemos advertido en los noticieros, que emigró de su lugar de origen debido a la violencia, pero ignoramos la letra menuda de su catástrofe: la extorsión de los paramilitares o de los guerrilleros, las amenazas de muerte, la zozobra incesante, el descuartizamiento público de uno de sus parientes, el asedio de las bombas. Si le prestáramos atención un momento, nos enteraríamos de los pormenores de su desarraigo: la pérdida de sus pertenencias, la caminata humillante por un atajo encharcado, la incertidumbre frente al porvenir, la enfermedad del hijo menor, el luto de su familia. Pero nos resulta más cómodo dar la espalda, claro, convencidos de que el asunto no nos incumbe. Y ahí sigue el desplazado, aguantando nuestra indiferencia y la hostilidad del entorno. En cada trance de la jornada se juega la cabeza, en disputas que no eligió pero que le resultan inevitables. Más le vale que tenga agallas si quiere sobrevivir y granjearse el respeto. Eso sí: ninguna bravura le servirá cuando abandone la áspera calle y se quede a solas con sus miedos más íntimos. Una noche cualquiera descubrirá que el pueblo donde nació y creció, el pueblo en el que amó los guisos de su madre y el vuelo del colibrí, le duele en las entrañas. Añora sus casas de bahareque con el mismo ardor con el que un mutilado echa de menos el órgano que le arrebataron. Llora, desfallece. Al amanecer, enardecido por el desvelo, el desplazado habrá tomado una decisión radical.
Eso fue, precisamente, lo que hizo Manuel Ceballos el día de su encuentro con Oliverio Gil. Mientras tomaba café sentado en el borde del catre, le contó a su esposa, María Jesús Valencia, la decisión de retornar a La Iraca. No usó un tono vacilante, como en las insinuaciones anteriores, sino una voz marcial que desautorizaba de tajo cualquier argumento en contra. Pero la mujer volvió a plantarse firme: le advirtió que quien quisiera llevarse a sus hijos sin el consentimiento de ella, debería pasar antes por encima de su cadáver. Ceballos conocía a su compañera lo suficiente como para entender que hablaba en serio y que no se amedrentaría ante ninguna bravuconada. Entonces resolvió persuadirla con argumentos. Primero apeló al que se le antojaba más convincente: casi todos los habitantes habían regresado ya a la vereda. ¿Por qué iban a ser ellos los únicos que seguirían en una ciudad hostil soportando hambre y desprecios? La segunda razón que esgrimió fue un disparate que se le ocurrió de repente: después de once meses, las tales bombas seguramente se encontraban desactivadas. Quizá – agregó – se dañaron con los aguaceros de octubre o con los soles de enero.
Todavía hoy, tres años después de haber perdido la pierna derecha, Ceballos desconoce que la vida útil de las minas antipersonales puede ser de hasta cincuenta años. Si fuera cronista de Bogotá, oiría a Luz Piedad Herrera, la directora del Observatorio de Minas, diciendo que “cada bomba de esas dura lo suficiente como para destrozar a los nietos de quienes la sembraron”. Pero como es un analfabeto de las orillas remotas, jamás contará con la oportunidad de escuchar una voz oficial que le ayude a defenderse del peligro. En este momento, mientras acomoda un rimero de papas en el mostrador del kiosco, su aspecto sigue siendo el de un hombre a la deriva. Luce menoscabado, desvalido. No es exagerado conjeturar que el primer detonante de su infortunio fue la falta de educación. Cuando estaba en edad de instruirse, solo recibió un abecedario garrapateado en la brisa: el refranero de sus ancestros antioqueños. Se trata, ciertamente, de un compendio de inteligencia que, en condiciones normales, le bastaría a un campesino como él para descifrar los senderos por donde transita. Pero en medio de verdugos tan inhumanos, capaces de convertir la Tierra, la Madre Tierra, en simple alacena del terror, los saberes atávicos son letra muerta. La barbarie no se conjura con proverbios, ni siquiera con los más iluminados, como este que pronuncia Ceballos ahora, al terminar de ordenar las papas en el mesón.
-- Mal camino no conduce a buen sitio.
No era eso lo que pregonaba a comienzos de marzo de 2005, cuando andaba con la cantaleta de devolverse para La Iraca. Ya en aquel momento conocía el refrán, por supuesto. Sin embargo, consideraba inconveniente mencionarlo en las conversaciones con su mujer. Su vuelta al pueblo – insiste -- se debió, en parte, a las desdichas que padeció en el exilio, y, en parte, a su idea de que las bombas ya eran piezas caducas. Si alguien le hubiese asegurado que las minas conservaban aún su capacidad de destrucción – admite en seguida -- habría regresado, de todos modos, porque al sopesar en una balanza los riesgos que corría y los provechos que se derivaban del retorno, la decisión adquiría sentido. En La Iraca quizá moriría reventado entre dos hileras de alambre de púas, claro, pero también podría ser otra vez un hombre productivo y autosuficiente, al que nadie abochornaría ni miraría con desconfianza. En cambio, en la ciudad ancha y ajena siempre sería maltratado y jamás tendría, como contraprestación, una esperanza mínima a la cual aferrarse.
Ceballos se arrellana de nuevo en el banco de madera. Al parecer no se da cuenta de que la bota derecha del pantalón se le ha levantado un poco. Entonces me dedico a bosquejar ciertas deducciones. Algo debe andar muy mal para que los desplazados se sientan forzados a inmolarse en sus peligrosas veredas, porque no caben en el resto del país. ¿Habría, acaso, una forma más ignominiosa de cerrar este círculo de horror? Primero los dejamos a merced de los bárbaros. No les garantizamos el derecho a la tranquilidad, como tan fastuosamente promete la Constitución Nacional. Luego, cuando aparecieron frente a nosotros llorando por su tragedia, giramos los rostros hacia otro lado, distantes, insensibles. Les negamos una segunda oportunidad, los arrinconamos. De ese modo, los empujamos de vuelta hacia sus caseríos inseguros, y es posible que hayamos contribuido, además, a accionar la mecha explosiva de su desgracia. ¡Cuánta miseria, Dios mío, la del hombre que, por falta de opciones, elige el “mal camino” a sabiendas de que “no conducirá a buen sitio”! La conclusión es aún más punzante viendo ahora la prótesis lastimera de Ceballos – símbolo de la infamia -- incrustada en un zapato descascarillado.
María Jesús Valencia accedió, por fin, a repatriarse a La Iraca. El argumento que la convenció fue el hecho de que muchos paisanos se encontraban de regreso y la vereda llevaba otra vez una vida normal. Además, su marido, empeñado en ganarle ese pulso a como diera lugar, le asestó la estocada final con una promesa irresistible: cuando retornaran al pueblo, bautizarían a Luisa Fernanda, su primera nietecita, la hija de Nancy, que había nacido un mes atrás, exactamente el cuatro de febrero. La niña – agregó – debía hacerse a un nombre en el lugar en el que se hallaban las raíces de la familia. Arribaron al pueblo el martes quince de marzo de 2005, un poco antes del mediodía. De inmediato se dedicaron a recuperar el rancho, invadido por la maleza. María Jesús Valencia se puso muy contenta cuando verificó que sus enseres estaban completos: las colchas de retazos, la vajilla de totumo, los platos de peltre, las dos linternas de querosene, la mesa de cedro rústico. En la ciudad – le comentó a su compañero – ninguna de esas cosas habría sobrevivido a la rapacidad de la gente. A la mañana siguiente adelantaron el operativo de limpieza en la finca El Jardín, ubicada a unos treinta kilómetros de distancia.
Estas labores de saneamiento resultaban inaplazables, debido a que La Iraca acusaba los estragos propios del abandono: cundía la mugre, abundaban los zancudos. Los cerdos, que se habían vuelto cimarrones, andaban descarriados por los montes, irreconocibles e inalcanzables para sus dueños. Los sapos y las lagartijas se enseñoreaban por los patios, los zarzales recubrían las tapias, el moho arropaba las tinajas. Todo era un caos, como en el principio de la Creación. De modo que aquellas primeras jornadas de arreglo y aseo se asimilaron a una refundación. Al desbravar la maleza, fumigar a los insectos, raspar el verdín de las cacerolas, barrer los pisos y poner cada objeto en su sitio correspondiente, el pueblo resurgía de entre sus ruinas y el Universo mismo recobraba su razón de ser.
Manuel y María Jesús acordaron celebrar el bautizo el veintitrés de marzo -- Jueves Santo --. El miércoles veintidós, un poco después del mediodía, decidieron ir al caserío Agua Bonita para comprar los víveres con los cuales prepararían la comida de la fiesta. Iban acompañados, como dice Manuel, por “toda la recua”, es decir, por Nancy, Henry, Claudio, Ricardo, Zoraida, Giovanni y Azucena, los hijos, y por Luisa Fernanda, la nieta, que entonces tenía cuarenta y siete días de nacida. Avanzaban a pie a través de una senda angosta tapizada por la hojarasca de los algarrobos. Delante de ellos, encabezando la caravana con su paso cansino, viajaba una de las dos mulas de la familia. De pronto, Ceballos voló un par de metros y cayó bruscamente al suelo, en medio de un estruendo de cataclismo. Hoy, cuando recuerda el suceso, recurre a una metáfora: aquello fue como si justo bajo sus pies brotara un martillo descomunal que desfondara el piso y lo arrojara a él por el aire. Sintió un desgarrón debajo de la rodilla derecha. La tierra empezó a dar vueltas, el horizonte fue eclipsado por un hongo negruzco que expelía arena a raudales. Lejanos, amortiguados por los últimos coletazos de la explosión, se oyeron los gritos de los muchachos. Segundos después, cuando por fin se despejó el panorama, Ceballos descubrió que su pierna derecha, despedazada, pendía de un delgado ripio, lo cual le pareció más espeluznante que si se le hubiese desprendido del todo. Fue en ese momento cuando le imploró a su hijo Henry que lo rematara con un machetazo en la frente. Ni entonces, ni ahora – aclara, de manera tajante – vio el accidente como consecuencia de su decisión de volver al pueblo. ¿Quién le garantiza que al seguir en el destierro se hubiera ahorrado el percance? Su abuelo materno decía que ningún hombre viene al mundo con la vida escriturada. Lo único seguro es la muerte, y cuando ésta llega no hay excusa ni escondite que valgan. Ceballos cita de nuevo el primer refrán que invocó esta tarde en su testimonio:
-- Lo que viene liso desde el cielo, cae a la tierra sin arrugas.
Al decir que la vida es prestada y transitoria – aclara -- no insinúa que le importe poco. Cuando le pidió a Henry que lo matara, aquella tarde fatídica de marzo de 2005, fue porque durante un instante supuso que sería un hombre inservible, un estorbo para su familia, y pensó que en esas condiciones no valía la pena seguir vivo. En el fondo es consciente de que planteó esa solicitud extrema porque sabía que su hijo la descartaría. No imaginaba que casi en seguida sería testigo de un hecho atroz que le haría concebir, entonces sí de verdad, la idea de morir con la cabeza tronchada. Apenas cesó la avalancha de tierra, Ceballos divisó a Nancy, que corría hacia él con los brazos abiertos y el rostro transfigurado por el horror. Detrás venía María Jesús, quien traía cargada a Luisa Fernanda. Estarían quizá a cuatro metros de distancia cuando desaparecieron de vista, envueltas en un fogonazo de espanto. Durante varios segundos que le parecieron interminables, Ceballos sólo vio un nubarrón plomizo que se expandía en espirales, dejando a su paso un reguero de guijarros y de ceniza. Inmovilizado en el suelo, con un tarugo en la garganta, reconoció en aquella polvareda su propio Apocalipsis. Si perder una pierna significaba quedar inútil, perder a su familia era ya el verdadero fin del mundo, el acabose. Sintió una punzada en el costado derecho del bajo vientre. Lamentó, con toda su alma, haber sobrevivido a la primera bomba. Y soltó sin más demora el grito que tenía atrancado en el pecho.
-- ¡Hijueputaaaaaaaaa!
Entonces, por fin, divisó los tres cuerpos tirados en el piso. No recuerda más, salvo que, mientras desfallecía, mientras el universo se oscurecía y se borraba, la mula lanzó un relincho azorado. Ceballos ignora cuánto tiempo permaneció inconsciente. Tal vez un par de minutos, le dijo su hijo Claudio. Al despertar, se puso a atar los cabos sueltos de la tragedia con la información fragmentaria que le iban entregando sus hijos: la segunda mina, sembrada cerca de la primera, le mutiló a Nancy la pierna derecha. A María Jesús la derrumbó pero no le ocasionó lesiones graves. Y a Luisa Fernanda le inundó el torso y la pierna izquierda de esquirlas incandescentes que le ulceraron la piel. Ceballos contempló a las tres mujeres – “a mis tres flores”, dice ahora, con una expresión de dulzura en el rostro – y se asustó tanto que volvió a perder el conocimiento. Cuando lo recobró, alguien le indicó que Ricardo se había ido en la mula para La Iraca, en busca de ayuda. Ceballos conserva en la memoria retazos atropellados de los hechos que sucedieron a continuación, ya que sufrió nuevos desmayos que le impidieron lograr una visión continua de la realidad. Cada vez que reabría los ojos, escuchaba voces desesperadas y percibía impresiones fugaces del entorno, instantáneas terribles que, casi en seguida, se transmutaban en tinieblas. Así, a punta de imágenes intermitentes y fantasmagóricas, fue captando lo que ocurría a su alrededor. Vio a Nancy pidiendo a gritos que le llevaran a Luisa Fernanda para cargarla. Vio a María Jesús aconsejándole que se tranquilizara. Vio a Azucena acurrucada en el suelo con la cabeza hundida entre las manos. Vio a Claudio apeándose de la mula. Vio a la mula orinando. Vio al gentío que vino del pueblo a socorrerlos. Vio a tres paisanos mayores tendiendo un par de hamacas entre dos vigas nudosas. Vio el sol ocultándose en el horizonte. Vio a Oliverio Gil abrazando a Henry. Vio a un muchacho de espaldas, indicándole a la multitud que ya eran las seis y media de la tarde. Después cayó la noche y Ceballos ya no pudo ver nada, a excepción de algunas sombras esporádicas. Eso sí: a ratos oía frases que le permitían deducir lo que estaba pasando.
-- No camine tan rápido, Venancio, que me lleva al trote y el camino está muy resbaloso.
-- Camine siempre por el centro de la trocha.
-- Preciso tenía que llover hoy.
Ceballos notó que la caravana avanzaba por un sendero fangoso. Advirtió el chapoteo de los viandantes en el barro, el jadeo afanoso de alguno de sus conciudadanos. Se percató, además, de que a veces su hamaca se deslizaba hacia un extremo del palo donde iba colgada.
-- No se preocupe, Nancy. La niña va con Oliverio.
-- ¡Ay, Dios mío, qué mala hora!
-- Se me acabaron los cigarrillos.
-- Manténgase en el centro, Venancio, en el centro. No vaya a pisar el borde del camino.
-- Menos mal que por acá ya no está lloviendo.
Durante un momento percibió en la atmósfera un penetrante tufo de aguardiente.
-- Ese cigarrillo está mojado. Deme otro.
-- ¡Con cuidado, que me duele la pierna!
-- ¿Falta mucho?
Ceballos sintió una quemazón en la pierna cercenada y una resequedad intensa en la boca. Quiso pedir agua pero desistió porque, súbitamente, fue poseído por la idea de que había perdido la voz. Por mucho que gritara – pensó – nadie lo oiría. ¿Estaba dormido? ¿Alucinaba? Hoy cree que sí. Incluso, cuenta que en uno de esos raptos de desvarío avistó una hoguera crepitante que se levantaba como a dos metros de altura. Las llamas formaban arabescos de colores, luego se transformaban en el rostro de Ceballos, después se volvían una estatua de ceniza y, al final, convertidas ya en un montón de polvo, se esparcían por el aire. ¿Contenía su pesadilla un mensaje cifrado, una señal de humo de la fatalidad? “Tal vez”, responde, mientras saca la llave para abrir la puerta de su casa.
La tropa arribó a La Iraca a las diez de la noche. De inmediato, los heridos fueron transbordados a un camión de estacas que los llevaría a la ciudad de Rionegro. También de este nuevo viaje – que culminó a las cuatro de la madrugada – Manuel Ceballos conserva recuerdos fragmentarios. Lo más dramático, dice, ocurrió al poco tiempo de haber llegado al hospital, cuando una enfermera le arrancó la pierna que pendía del delgado ripio, y luego la forró con gasa y la embaló en una bolsa. Tanto Ceballos como su hija Nancy fueron sometidos a cirugía el Jueves Santo por la mañana. La muchacha reaccionó bien en la fase post-operatoria pero su padre sufrió dos infartos, debido, entre otros factores, a que el muñón se le gangrenó y eso le produjo una obstrucción vascular. El Sábado de Gloria – señala ahora, mientras cuelga las llaves en una clavija engarzada en la pared -- tuvieron que someterlo a una segunda amputación, esta vez por encima de la rodilla. Su convalecencia en el hospital duró dos meses, al cabo de los cuales comenzó a gestionar el reclamo de la indemnización. El Estado le reconoció a él quince millones de pesos y a Nancy, ocho millones. Con ese dinero abastecieron los kioscos que les entregó en concesión la Alcaldía de San Luis. La compensación por los daños que sufrió Luisa Fernanda – concluye Ceballos – aún no ha sido aprobada.
Los Ceballos se encuentran esta noche en la casa donde viven en arrendamiento desde agosto de 2005. Es una residencia de apenas dos habitaciones, ubicada al pie de una cuesta adoquinada en el centro de San Luis. María Jesús Valencia – mujer enjuta, cuarenta años, labio leporino – cuece frijoles en la cocina. Luce una camisola violeta y un pantalón gris. Da la impresión de que podría estar medio siglo callada pero no un solo minuto sin realizar sus oficios domésticos. Luisa Fernanda – cabello castaño, tres años, mejillas rubicundas – juega con una vecina de su edad que ha venido a visitarla. Lleva una blusa roja de manga sisa y una falda de jean. Las quemaduras que sufrió en la pierna izquierda le afectaron los tendones y, en consecuencia, es coja. Además, presenta retraso en el habla. Incapaz de construir oraciones, apenas balbucea algunas palabras sueltas, como “mami” y “tete”. Nancy – veinticuatro años, siete meses de embarazo, pómulos sobresalientes – está sentada en la sala, al lado de su padre. Tiene una camiseta roja que parece a punto de romperse en su imponente panza y un pantalón azul. Aparte de haber padecido la amputación de la pierna derecha, permaneció seis meses con la pierna izquierda repleta de tornillos ortopédicos. El tema de conversación es la edad de Manuel Ceballos.
-- Tengo como cuarenta y pico – dice.
-- Pero papá – interviene Nancy --. El señor quiere saber es la edad exacta.
-- Como cuarenta y dos. Más o menos cuarenta y dos.
Nancy le recuerda a su padre que en la cédula de ciudadanía aparece la fecha precisa de su nacimiento. Ceballos baja la mirada y, enmudecido, saca un envoltorio del bolsillo de la camisa. Lo desdobla con desgano, lo vacía. De manera repentina, su rostro se ha tornado más serio que de costumbre. Ahora extrae un mazo de papeles que va desplegando con displicencia frente a sus ojos. Allí está, por fin, el documento de identidad, amarilleado por el tiempo pero con el blindaje de plástico intacto. Ceballos lo examina un momento, antes de soltar el esperado reporte.
-- Sí, tengo cuarenta y dos.
Entonces, Nancy le pide la cédula. Y también ella se dedica unos segundos a inspeccionarla.
-- Papá – observa a continuación, con un rostro inocente --. Aquí dice que usted nació el diecinueve de agosto de 1963. Usted tiene son cuarenta y cuatro años.
Ceballos se queda en silencio. Al parecer, avergonzado. Luce apocado, indefenso. El bochorno que le produce su ignorancia es también una consecuencia de su accidente. Si estuviera en La Iraca, ¿a quién le importaría su edad? Allá todo era elemental. Se nacía o se moría, se era joven o se era viejo. Fácil, simple. En la Iraca, quien fuera capaz de pronosticar la duración de la niebla, quien supiera resguardarse de los tornados y de las heladas, quien distinguiera el tiempo conveniente para la siembra, quien pudiera mantener su huerto libre de plagas y de zarzas, quien gozara de salud suficiente para asestarle a la tierra un buen golpe de azadón, era un hombre feliz y respetable. Daba lo mismo que tuviera veinte o cincuenta y tres años. Como era posible conseguir lo que se necesitaba sin recurrir a papeleos engorrosos, la cédula permanecía archivada en el cajón de los trastos inservibles. Esa cédula, a propósito, esa puñetera cédula que Nancy contempla todavía con curiosidad, es ahora un símbolo del derrumbamiento de Manuel Ceballos. Sintetiza los sobresaltos de su destierro físico y sicológico. Lo hace aparecer en público como un pobre diablo, borrando de un solo tajo el hecho de que allá en su pueblo él fuera un hombre apreciado por su inteligencia. La cédula, además, representa su insignificancia frente a la maquinaria aplastante de las oficinas públicas, donde hoy, por fin, después de perder la pierna y la tranquilidad, oye hablar de sus derechos. En La Iraca esa cédula valía lo mismo que un comino, porque allá no se requerían certificados para ser ciudadano, ni escrituras para honrar los compromisos, ni pasaportes para pasar de un lugar a otro.
El incidente de Ceballos con la cédula plantea una conclusión más alarmante: las minas antipersonales, además de destrozar a la víctima, la subyugan para siempre. Se trata de una tiranía sutil pero monstruosa. Cada vez que el lisiado se entrega, desamparado, a su rutina sombría; cada vez que se aferra a su muleta como el náufrago al salvavidas, cada vez que embetuna el zapato triste de su prótesis, la bomba de su desgracia le resuena de nuevo en la conciencia. Todo lo que le permita recordar su invalidez es una prolongación del atentado. Esta conjetura, aunque parezca exagerada, se entiende mejor cuando Luisa Fernanda se viene corriendo para donde su abuelo y, de manera imprevista, le agarra la pierna ortopédica, mientras repite a media lengua una de las pocas palabras que sabe pronunciar.
-- ¡Pata, pata, pata!


IV) El cielo que perdimos

Oveida Morales, la asistente sicosocial de los damnificados en San Francisco, y un chofer apodado “El canta rana”, me recogen en la estación de gasolina La Mañosa, tal y como habíamos acordado por teléfono. El jeep campero recorre cerca de un kilómetro en terreno plano y, a continuación, empieza a trepar por una ladera empinada, bordeada en el costado izquierdo por un abismo profundo. La vía por la que nos trasladamos rodea una montaña elevadísima y de vegetación tupida, que fue colonizada recientemente. Por eso, los habitantes de San Francisco le llaman “la carretera nueva”. Pero en realidad es una trocha que parece vieja. O, más bien, obsoleta. Es sinuosa y está cundida de escalerillas ásperas, por lo cual pegamos unos brincos tremendos que nos hacen golpear las cabezas contra el techo del carro. La polvareda es tan feroz que se cuela por los intersticios de las ventanas cerradas y se nos incrusta en los ojos.
La región que empiezo a recorrer – el oriente de Antioquia – es una superficie de ocho mil kilómetros cuadrados, conformada por veintitrés municipios y poblada por seiscientas cuarenta mil personas. El periodista Guillermo Zuluaga, a quien he consultado muchas veces por teléfono, me ha informado que en este lugar, rico en recursos hídricos, se genera el treinta y cinco por ciento de la energía eléctrica que se consume en el país. Su posición geográfica es privilegiada, porque lo mismo permite acceder a la zona aurífera del Bajo Cauca que a la petrolera del Magdalena Medio y a la caficultora del Eje Cafetero. Esos factores, sumados al vigor productivo de los habitantes, resultan atractivos para los grupos armados al margen de la ley. Durante años, cuatro frentes guerrilleros – de las Farc y del Eln -- sometieron a los ganaderos y agricultores a un régimen de chantaje, secuestro y exterminio. Después llegaron tres bloques paramilitares y, con el pretexto de que urgía recuperar la paz, aumentaron la expoliación y la carnicería. Estos actores del conflicto necesitaban desplazarse obligatoriamente por el oriente de Antioquia para transportar sus mercaderías y sus armas. Por tanto, desataron una guerra sin cuartel para lograr el dominio del área. Entonces, la población civil quedó atrapada en medio del fuego cruzado. Un día sucumbía una familia entera, embestida por los tambores de gas propano de un grupo guerrillero, y al día siguiente los paramilitares descuartizaban con motosierras a los bailadores de una fiesta pública. Los verdugos ultimaban a sus víctimas en las plazas -- a la vista de sus conciudadanos --, o les tendían emboscadas en las arboledas, o las asaltaban a media noche en sus dormitorios. La gente se convirtió de pronto en mera carne de cañón: la ametrallaban desde un lado, la ametrallaban desde el otro, en episodios de horror cada vez más degradados y crueles. Prestarle a un forastero un servicio normal -- como venderle un almuerzo, o plancharle una camisa, o transportarlo en un taxi – equivalía a firmar la orden de ajusticiamiento proferida por los enemigos de ese forastero. Negarse era ofrecerle la cabeza al forastero mismo. Hasta el gesto más pacífico podía ser interpretado por los combatientes como una afrenta digna de penitencia. Unos consideraban peligrosos a los peludos. Los otros, a los rapados. A aquellos les disgustaba que los tenderos abrieran sus establecimientos demasiado temprano. A los de más allá les fastidiaba que los muchachos oyeran música hasta tarde en los parques. Todos se creían ungidos de una autoridad divina que los facultaba para despellejar al incómodo, al diferente, al que no encajaba en sus planes. Y así, en esa orgía de sangre que no respetaba ni credo, ni edad, ni sexo, la muerte se volvió moneda corriente. A los ciudadanos inermes los mataban por retaliación, por negocio o por estrategia bélica. Los mataban aun cuando fueran inocentes, porque quienes manejaban los hilos de la barbarie consideraban que eran peones insignificantes, susceptibles de ser sacrificados a cambio de conquistar nuevas posiciones en el ajedrez macabro de la guerra. El fin último de la apuesta era apoderarse del territorio para obtener beneficios económicos y operativos. Y tal objetivo justificaba apelar a cualquier táctica, incluso a la más inhumana. Por ejemplo, el uso de las minas terrestres.
De acuerdo con un reporte de la Vicepresidencia de la República, el Eln ha sido responsable del 38,8 por ciento de las minas antipersonales sembradas en Antioquia. Las Farc, del 24,2 por ciento. Y las autodefensas, del 2,3 por ciento. La autoría del 29,6 por ciento de las bombas es desconocida.
Ahora, mientras el motor del jeep campero gruñe con dificultad, Oveida Morales plantea de modo espontáneo el tema de la violencia en su región. Es evidente que, como conoce el motivo de mi viaje, ha venido preparada. Lo primero que debo saber –advierte – es que en el oriente de Antioquia, especialmente en las zonas rurales, nadie, lo que se dice nadie, se ha salvado de las angustias del conflicto. Quien no lo ha sufrido en carne propia, por lo menos ha visto el padecimiento de algún familiar cercano, o el de algún vecino. Comprobar su afirmación – añade, en tono desafiante – es fácil: basta con sondear a las personas que encontremos en el camino. Para no ir muy lejos, “El canta rana”, nuestro chofer, es amigo de Delio Enrique Daza, un campesino de San Francisco al que sus paisanos le estampillaron el sobrenombre de “Culo roto”, debido a que cayó de nalgas dentro de un hueco parapetado con hojas y relleno de varillas puntiagudas. A ese tipo de dispositivo de guerra, bastante común en la zona, se le llama “trampa cazabobos”. “El canta rana” fue testigo del momento en que Daza atravesó a pie la calle principal de San Francisco, dando alaridos y con una estaca filosa hundida en el trasero. Cualquiera en el oriente de Antioquia – insiste Oveida, de manera enfática – puede contarme una historia similar. Ella, por ejemplo, presenció el asesinato de su padre. El hecho ocurrió en la vereda El Portón, el ocho de septiembre de 1990, veintidós días antes de que ella cumpliera los ocho años. Después, en la adolescencia, le tocó asistir al entierro de su hermano José Heriberto, fusilado en público por los paramilitares, y más tarde fue golpeada por las desapariciones sucesivas de otros hermanos: Carlos Julio, Luis Eduardo y Orfa María, de quienes nunca más hubo noticias en la comarca. A mediados de 2004 vivió una tarde de pánico imborrable, cuando varios guerrilleros irrumpieron en El Portón y empezaron a sacar a los hombres de sus casas, para llevarlos a algún lugar desconocido. Oveida sintió que se moría cuando vio a dos tipos de uniformes camuflados y rostros cubiertos con pasamontañas, arreando a su marido, Marcelino Soto, hacia la calle, donde ya estaban agrupados los otros varones adultos del pueblo. Las tres horas siguientes fueron de espanto. Oveida temía un desenlace trágico como el de su padre y sus hermanos. Y se preguntaba cómo se las arreglaría para criar sola a Juan Diego, su hijo, que apenas tenía un año.
Al final de la tarde le volvió el alma al cuerpo, cuando vio entrar a Marcelino por la puerta del patio. En seguida, sin preámbulos, su marido le contó que los guerrilleros los condujeron a un solar baldío, ubicado como a unos ocho kilómetros de distancia, para darles un ultimátum humillante: al día siguiente, antes de que saliera el sol, todo el mundo debía abandonar El Portón. Quien incumpliera el mandato – les advirtieron – sería fusilado. La determinación obedecía a que el ejército regular venía hostigándolos demasiado, y por eso el comandante del frente sospechaba que algunas personas de la vereda suministraban información contra ellos. La última parte de la arenga contenía el anuncio más brutal: a la mañana siguiente, cuando los habitantes se marcharan, cuando El Portón quedara convertido en un pueblo fantasma, ellos, los guerrilleros, se encargarían de minar los alrededores del lugar, de modo que si a algún necio o sordo se le ocurría la pésima idea de devolverse, moriría desmembrado. En este punto, Oveida apoya súbitamente su cabeza en mi hombro izquierdo y comienza a llorar. Le sugiero suspender el relato, pero ella se niega con un argumento que me asombra: nunca antes había hablado de su pasado con nadie, y ahora siente que necesita hacerlo. Se seca las lágrimas con la manga derecha de su blusa, esboza una sonrisa lánguida. Cuenta entonces los pormenores del éxodo, calcula las pérdidas materiales. De su narración torrencial hay dos hechos que me impresionan. El primero se presentó en San Francisco el mismo año de su desplazamiento forzoso, durante la Navidad, cuando un muchacho que pasaba frente a su casa encendió de pronto una luz de bengala. Oveida desconocía esos fuegos artificiales. Y como, además, estaba traumatizada por su retahíla de calamidades familiares, supuso que la llamarada que acababa de divisar correspondía a un ataque dirigido contra ella. Todavía recuerda el grito de terror que lanzó, antes de caer desmayada en los brazos de su vecina.
-- ¡Virgen del Carmen, nos mataron!
El segundo hecho ocurrió a los dos años del destierro. Una mañana, Oveida amaneció con ganas de retornar a El Portón. No para quedarse a vivir allí otra vez – aclara -- sino simplemente para echarle un vistazo a su antigua casa. Sabía que era una idea temeraria, absurda. Pero también sabía que se trataba de un deseo irresistible y que nadie la detendría hasta satisfacerlo. Para sorpresa suya, su marido le siguió la corriente y, además, se ofreció a acompañarla. Eso sí: puso dos condiciones: la primera, que dejaran a su hijo en casa de la vecina en San Francisco. Y la segunda, que ambos llevaran sendas cañas de bambú en las manos, para tantear previamente cada pedazo de tierra donde fueran a pisar. Oveida todavía recuerda los detalles más conmovedores de aquella jornada. Se ve a sí misma, al lado de Marcelino, palpando el suelo con la caña. Las manos le sudan, el mentón le tiembla. Ve su casa deteriorada, mustia, con las paredes revestidas de hiedras y la ventana única destronada. En la sala huele a humedad, a óxido. Ve la cama del niño a merced de las polillas. Ve un balón de plástico despachurrado en un rincón. En el patio, en la misma cuerda donde ella la dejó colgada el día que salió expulsada de la vereda, está la ropa de la familia, tiesa por la acumulación de lluvias y soles, acometida por un ejército de hormigas coloradas. ¿Y la gallina jabada? ¿Y los diecinueve pollos de engorde? Un cerdo cerrero y de hocico peludo pasa entonces frente a ella como una exhalación, y se pierde dentro de un bosque de helechos. Oveida se ve a sí misma llorando recostada contra el marco de la puerta. Después ve cómo ella y su marido regresan a San Francisco, sin pronunciar ni una sola palabra durante el camino.
Oveida es consciente de que su aventura pudo haber derivado en tragedia. ¿Por qué, entonces, cometió la imprudencia de regresar a El Portón? Por toda respuesta, calla. Mueve la cabeza hacia los lados, como si estuviera negando algo. Se seca de nuevo las lágrimas con la manga derecha de su blusa. Más adelante, cuando oiga la voz de Oveida en la grabadora y relea los apuntes de mi diario de campo, evocaré este silencio. Entonces su imagen me llegará nítida: piel cobriza, cabello marchito sujetado con una peineta de carey, baja estatura, cuerpo rollizo. La recordaré sentada dentro de este jeep campero invadido por el polvo, hablando a borbotones a pesar del llanto, como si acabara de ser rescatada de un naufragio. Y luego, subiendo las calles empinadas de San Francisco, guiándome generosamente hacia las casas de los personajes que ella misma ha anotado en un retazo de papel.
Más adelante, durante la escritura de esta crónica, pensaré de nuevo en Oveida Morales. Me preguntaré por qué regresó a su vereda, afrontando el peligro de caer despedazada en cualquier recodo. Muchos desplazados se devuelven debido a sus penurias económicas. Otros, porque se cansan del maltrato que reciben en las ciudades. Ninguna de esas dos razones influyó en Oveida. Lo suyo aquella tarde era la melancolía, el dolor de patio. Y un sentimiento furibundo que la impulsaba a desafiar cualquier fatalidad sin detenerse a medir las consecuencias. Ciertamente, ella andaba con una larga caña de bambú que, en caso de que hubiese alguna mina antipersonal enterrada, le serviría como parachoques. Sin embargo, no hay que olvidar que la idea de portar ese frágil escudo protector fue de su marido. Oveida muy bien habría podido apañárselas para ir a su vereda sin tomar ninguna precaución, porque en el fondo lo que quería era ofrendarse en cuerpo y alma por la gracia de reencontrar sus propios pasos perdidos. Más adelante, cuando arribe a esa parte de la historia, sentado ya frente a la pantalla de mi computadora, tendré a la vista el hermoso verso de Khalil Gibran: “la nostalgia del paraíso es el paraíso”. Entonces, conmovido hasta el tuétano, le tributaré mis respetos a Oveida y a todas las personas que son capaces de perseguir hasta el final el rastro de sus añoranzas, a sabiendas de que la patria que buscan ya no existe, porque se la llevaron los malos vientos y el carajo, y lo único que quedó de ella fue una quimera dolorosa.
Al final del viaje, cuando empiece a transcribir los testimonios de las víctimas, me sentiré abrumado por tantas historias de horror parecidas y, sin embargo, diferentes. Oiré a Ariela Ramírez, una señora de la vereda Los Cedros, declarando que el petardo que le desfiguró el rostro y el cuello estaba metido en el fogón, y explotó justo cuando ella puso a hervir el primer café de la mañana. Oiré a Evelio Quintero, un tendero de Aquitania, contando que cuando llegó herido al hospital empezó a presentar incontinencia urinaria, y por eso la enfermera de turno se negó a atenderlo. Oiré a Numberto Ruiz, un leñador del caserío El Pescado, relatando cómo la ambulancia que lo trasladaba hacia el hospital el día que perdió la pierna derecha, se volcó en la carretera. Oiré a Julio Velásquez, un electricista de Cocorná, diciendo que el paquete cerrado en el cual se hallaba la plancha-bomba que le malogró la cara y le arrebató el setenta y cinco por ciento de la visión, fue enviado al taller donde trabajaba por enemigos de su patrón. Oiré a Luis Alfonso Quintero, un jornalero de la vereda El Venado, describiendo el ardor que sentía en el muñón de la pierna izquierda. Oiré a Delio Daza Giraldo, “Culo roto”, cantando una ranchera que narra su accidente, y que, según me anunció bajando la voz misteriosamente, piensa mandarle a Juanes:

Caí a un hueco de más de dos metros
Y una varilla me vino a matar
Soy desplazado, vivo sufriendo
Y en este mundo todo es crueldad


Al final del viaje, cuando revise las declaraciones de algunos funcionarios encargados de combatir el problema, tropezaré con más datos aterradores. Oiré a Nancy Marín, líder comunitaria de Cocorná, afirmando que sembrar una bomba apenas vale un dólar, mientras que desactivarla, vale mil. La oiré leyendo en un documento la célebre frase de Pol Pot, aquel sanguinario militar asiático: “una mina es un soldado perfecto: no necesita comida ni agua, no tiene sueldo ni descanso, y espera a su víctima por treinta años o más”. Luego oiré a Álvaro Jiménez, el director de la Campaña Colombiana Contra Minas, revelando que Colombia es el país del mundo donde más afectados se registran al año, por encima de Camboya y Afganistán.
Al final del viaje, la grabadora también me permitirá tomar nota de mi propia voz. Me oiré averiguando por detalles como el tamaño de la onda explosiva. Me oiré pidiéndoles a los entrevistados reconstruir el accidente paso a paso. En algunos casos percibiré suspiros graves, silencios prolongados que me mostrarán la procesión que va por dentro. Me apiadaré de sus heridas frescas pero consideraré que sus testimonios son necesarios para el país. Y me percataré de un gaje del oficio de cronista: a menudo, para documentar la memoria, nos toca mencionar la soga en la casa del ahorcado.
Al final del viaje evocaré la escena que estoy presenciando ahora. El que habla es Álex Cardona, un muchacho que se desempeña como facilitador de la Campaña Colombiana Contra Minas. Su labor consiste en enseñarle a la gente estrategias de prevención de accidentes y en identificar a las nuevas víctimas para ayudarlas a tramitar el reclamo de la indemnización. En este momento se encuentra reunido en un colegio de San Luis con varios campesinos que han venido desde la vereda La Tebaida. En su exposición, acompañada por diapositivas proyectadas en la pared, Cardona advierte que poner el pie donde antes no ha estado el ojo, es un lujo que ya nadie debe permitirse.
-- ¿Cómo es el dicho que tenemos en Antioquia para hablar de los descuidados? – pregunta, levantando las dos manos con una cierta elocuencia de orador.
Un campesino cuarentón, sombrero aguadeño ladeado y pañuelo raboegallo al hombro, grita la respuesta desde el fondo del salón:
-- Al cocodrilo que se duerme, lo vuelven cartera.
Cardona explica a continuación que algunas minas se activan con la simple proximidad del caminante, es decir, sin necesidad de entrar en contacto con ellas. Por eso, si se descubre en el terreno alguna cosa rara, desconocida, es preciso quedarse quieto y observar minuciosamente los alrededores, antes de dar el siguiente paso. El catálogo de medidas preventivas que, según él, resultan obligatorias, es bastante amplio. En principio, conviene mantenerse siempre en el centro del camino, a una distancia prudente de los bordes, que es donde, por lo general, son camufladas las bombas. Hay que evitar las marchas nocturnas y el tránsito por aquellos lugares donde la maleza es muy alta, pues eso es indicio de que hace rato no circulan por allí ni personas ni animales. No se debe entrar en una casa deshabitada. La presencia en el suelo de un alambre o de un pedazo de cable es una posible señal de bomba. Y, ojo, no hay que andar por ahí echándole mano a todo lo que parezca que no tiene dueño. Desde hace un tiempo, los terroristas abandonan en las vías objetos como libros y pelotas de fútbol, que en realidad son petardos disimulados. Cardona señala entonces, en la pared improvisada como pantalla, la fotografía de una grabadora arrojada en el pasto, la cual lleva sobreimpreso este enorme letrero verde: “si no la botó, no la recoja”.
Oyendo la disertación de Cardona, viendo a los campesinos enfrascados en las recomendaciones perentorias de las diapositivas, me pregunto cuál es el país que nos quedará al cabo de toda esta paranoia. La vida pierde sentido cuando el acto de caminar desprevenidamente sobre la tierra de los ancestros es como jugar a la siniestra ruleta rusa. El alma se desmorona, cae en la trampa mortal mucho antes que el pie. Y nos va dejando cada vez más rotos y más jodidos.
Leer más...