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lunes, 12 de abril de 2010

Vivir y morir en el reparto Schick- Carlos Salinas Maldonado


En Nicaragua las pandillas han cambiado las piedras y los machetes por las armas de fuego. Son grupos que defienden sus territorios y aún no son parte del fenómeno de la “maras” que sacude al resto de Centroamérica, pero se teme por el aumento de la violencia y del narcotráfico. En el reparto Schick, un barrio pobre de Managua, Los Cancheros y Los Cholos se cobran cuentas con muertos por lado y lado, aterrorizando a los vecinos.
Fotografías de Orlando Valenzuela y Loanny Picado
Esta crónica es parte de un proyecto coordinado por la Coalición Centroamericana para la Prevención de la Violencia Juvenil con el auspicio de Cordaid.

Nunca me habían recibido con un lanzagranadas. Roberto, un corpulento moreno con la cabeza rapada como militar, se asomó al portal de su casa con el tubo verde olivo, no muy largo, que sostenía en su hombro derecho, apuntándolo hacia mí, mientras yo temblaba en medio de la calle, garabateando con dificultad en la libreta la palabra “mortero” para disimular el miedo.
Con semejante recibimiento inició mi visita al reparto Shick, el barrio de clase baja del distrito cinco de Managua, una gris capital cada día consumida por la pobreza y la delincuencia. El barrio ocupa un lugar privilegiado en las crónicas rojas de los periódicos, donde con mucha frecuencia se coloca la foto de algún muerto.

—No tengás miedo, chele –dijo El Flaco, que se acerca a mi lado e intenta convencerme que su amigo no disparará el lanzagranadas.
Roberto y El Flaco forman parte de Los Cancheros, una pandilla del reparto Schick que se llama así en honor a la cancha de baloncesto cercana al sector donde viven.
Roberto escondió el lanzagranadas de nuevo en su casa –pequeña, de tablas que hace tiempo pidieron ser jubiladas– y se dirigió hacia el otro lado de la calle, donde El Flaco me decía que no tuviera miedo.
—Es para defendernos si nos atacan –dijo Roberto.
Pero el mortero no sirve, y me di cuenta por el comentario de mi fotógrafo que aquella escena ha sido igual a la de niños jugando a la guerra con pistolas de agua: el arma ya está usada, dice el fotógrafo, es una vieja arma de guerra.
—¿Si los ataca quién? –pregunté.
—Los Cholos –respondió El Flaco.
Los Cholos son la pandilla rival de Los Cancheros, que viven separados apenas por unas calles. El Flaco cuenta que pelean una guerra a partir de la muerte de uno de Los Cholos.
El Flaco tiene 26 años, es delgado como vara de cohete pero de contextura firme, lleva un pañuelo en la cabeza y habla con las manos. Parece un cantante de rap.
Viene entonces el cuento. Dice que José, el hijo de Irene Fuentes, murió asesinado casi frente a su casa. El muerto era de Los Cancheros y había participado supuestamente en el asesinato de un miembro de la pandilla rival, un joven al que llamaban Miguelito.
Miguelito murió en febrero de 2008 cuando regresaba, borracho, de una fiesta.
***
Irene Fuentes no le creyó a su hijo cuando se le apareció en la puerta de la casa con las manos apretando el estómago.
—Mama, me pegaron –dijo el muchacho.
—Dejá de jugar, chavalo –le respondió Irene, creyendo que su hijo menor le hacía una broma. Hasta que José se desmayó frente a ella.
Irene dejó escapar un alarido de dolor.
—¡Ay, mijo!
Eran las 7:30 de la noche del 25 de agosto. Unos minutos antes, José jugaba a la pelota con un vecino del reparto Schick, el barrio donde vivía con su madre y hermana. Los dos muchachos, aburridos de darle al balón, decidieron parar. Querían tomar agua. Saciaron la sed. Cuando el compañero de juegos de José entró a guardar los vasos, escuchó un disparo.
El mismo disparo que oyó Irene, a una cuadra de distancia, encerrada en la pequeña sala. Sintió un estremecimiento, pero no salió a ver qué pasaba. El hijo de Irene, de 16 años, murió de un disparo hecho casi a quemarropa. En el barrio dicen que fue una pasada de cuentas.
La casa de Irene es una construcción de tablas viejas pintadas de celeste, láminas de zinc por techo y piso de cemento. Es una sola habitación dividida en el interior por mamparas de madera que forman los dos únicos cuartos, en los que duermen Irene, su madre, su hija y sus nietos. Está ubicada en el Sector Dos del reparto Schick, el barrio construido como proyecto habitacional durante el Gobierno del presidente René Schick, un político leonés que gobernó el país entre 1963 y 1966, quien donó las tierras donde se afincan los personajes de esta historia.
Una hilera de casas se reparte un enorme territorio hasta formar el barrio, uno de los 45 del Distrito Cinco, el segundo más grande de Managua.
Según las estadísticas de la Policía Nacional, quien entre ahí debería tener miedo. Las cifras dicen que es uno de los barrios más peligrosos de una ciudad que sin embargo en el exterior sigue manteniendo la imagen de ser una de las más seguras de Centroamérica. Esos datos muestran que en 2008 en el Distrito Cinco se registraron 10,995 delitos. Los más graves: 31 muertes violentas y 55 violaciones. La violencia germina en los barrios más pobres, abonada por la pobreza y el desempleo.
La casa de Irene está sobre una calle muy transitada. Desde la puerta entran los sonidos de cláxones, el chirrido de las llantas, las maldiciones de los buseros. Montados en sus viejos buses amarillos desechados de las escuelas de Estados Unidos, los choferes lanzan un “apártense, cabrones” a los muchachos que se cruzan en el camino siguiendo sus balones.
Desde su casa, la melancólica Irene escucha la alegría de los gritos y calla. Es una mujer morena, recia. A la cabellera negra la invaden las canas. Habla con cierto deje cantado, un poco rápido y a veces se le va la voz. De todos modos poco habla ahora. No se escucha el silbido con que termina sus frases. Piensa.
“Tenemos miedo. Los vecinos en las noches han visto a hombres encapuchados que pasan armados. Nadie sabe quiénes son. La gente ya no aguanta. Hay vecinos que están vendiendo sus casas”.
—¿Y usted vendería la suya?
—No tenemos donde ir. Pero vivimos con miedo. No podemos dormir tranquilas durante las noches.
Silencio. Irene vuelve su mirada hacia la calle. El fantasma del hijo se aparece en la mirada. Aquel día, recuerda, cuatro hombres salieron de la nada y le dispararon al muchacho. Apenas tuvo tiempo de correr hasta su casa. Se desmayó. Murió desangrado minutos después en una sala del Hospital Manolo Morales, ubicado a ocho minutos del reparto.
—¿Su hijo era pandillero?
Ella está quieta, las manos juntas sobre el regazo.
—No –se interrumpe– Mi hijo no era pandillero.
***
El Flaco supo del asesinato del hijo de Irene como todos en el barrio. El Flaco vive a dos cuadras de la cancha que le da el nombre a su pandilla. Aquí operan, como dice la Policía.
La cancha es un cuadro de baloncesto hecho de cemento y rodeado de mallas, con bancas alrededor donde se sientan los muchachos por las tardes a ver jugar, a piropear muchachas o conversar. Nada para alarmarse. Un peligro que nadie advierte.
La cancha es una isla rodeada de casas viejas y otras cerradas con barrotes de hierro. La gente vive encarcelada.
Era un día caluroso. El primer día que llegué al reparto fui directo a la cancha. Iba acompañado por una amiga que me presentó a Mauricio, uno de los Cancheros que dice dejar el grupo. Mauricio sería el contacto para moverse entre esa montaña de violencia descrita en los medios de comunicación.
Historias de crímenes, asesinatos, violaciones y la moneda corriente: ser pobre y tener miedo. Ni los taxistas quieren entrar. El horario impuesto para salir del turno es usado muchas veces de excusa para no entrar al barrio. Uno que me conducía una noche calurosa hasta mi casa, me dijo que él ni loco se metía allí y soltó su argumento irrefutable: “Me dejan sin el carro”.
A simple vista el reparto no parece tan violento. En las calles polvosas, los niños que juegan al fútbol sueñan con ser como Messi. Los novios agarrados de las manos se dan besos apasionados. Las amas de casas compran verduras en las pulperías y los hombres toman el fresco bajo la sombra de los árboles, porque este calor de Managua la hace parecer un pequeño infierno, un horno de más de 32 grados centígrados.
Mauricio hizo lo suyo. Me presentó a El Flaco, el rapero que además lucía tatuajes en hombros y abdomen (luna y sol, ying y yang) y la voz ronca como si fuese 50 Cent.
Estamos encerrados en la casa de El Chato, un miembro de la pandilla que ha estado dos veces preso en la cárcel La Modelo, la prisión más grande del país donde muchos de estos muchachos se encuentran por múltiples causas, una de ellas: el asesinato.
La casa parece un gran cajón de madera, un sauna. No hay ventanas, sólo una puerta de hierro resguardada por dos miembros de la pandilla que asoman la cabeza cada vez que pasa una moto por la calle encharcada.
Con el lanza morteros guardado, los muchachos explican que compran armas como compran tomates. Lo hacen para defenderse de sus rivales que llegan a su zona de repente, montados en moto y disparan sin importar a quién le dan.
Afuera, los centinelas vigilan.
—¿Y cómo hacen para conseguir las armas?
Y viene ahí la explicación: O roban para comprarlas o se las roban a los vigilantes que ya de viejos no pueden con el ímpetu de la juventud.
¿Cómo quiere su arma? La rueda de muchachos dice que hay de varios tipos, incluso caseras. Algunas se alquilan. Así que hay que imaginar a un grupo, armando, ajustando el arma hechiza, antes que estos muchachos la saquen en la penumbra de este cuarto asfixiante.
El Flaco la toma con cuidado, como un niño tomaría su juguete más valioso. En el barrio las armas se usan para matar gente como José, el hijo de Irene Fuentes, o “el cholo” Miguelito.
***
La madrugada que mataron a Miguelito, en febrero de 2008, la Policía golpeó a la puerta de Irene Fuentes. Gritaban, exigían que abriera. Los oficiales preguntaron por su hijo, José, que dormía a pierna suelta a su lado.
A la captura repentina siguieron las patadas, golpes en el estómago y empujones. José era sospechoso de la muerte de Miguelito, y esa madrugada fue a parar la estación de policía acompañando a un grupo de sospechosos.
—¿Por qué lo involucraron en la muerte de Miguelito?
Irene levanta la vista. Mira a los ojos.
—Es que no sé, porque mi hijo no estaba en pandillas –repite.
***
Las pandillas siembran el temor en los barrios más pobres de la ciudad, pero este fenómeno es distinto al resto de Centroamérica. Las pandillas aquí son pequeños grupos de vecinos, amigos, que se forman al rededor de su cuadra, de la cancha más cercana, que se protegen, que roban para sobrevivir, que consumen drogas y se enfrentan a grupos rivales.
De ahí, el tipo de nombres con los que se identifican: Los Cancheros, los de la Rampla, Los Cuarteros, Los Comemuertos, Los Mataperros…
José Soza es un sociólogo de la Universidad Centroamericana en Managua que ha estudiado durante años el fenómeno de las pandillas, compartiendo con grupos juveniles de los barrios más pobres de la ciudad.
Soza explica que el desarrollo de las pandillas en el país se ha visto frenado por tres factores. “Nicaragua guarda vestigios de una estructura de los ochenta que respondía a controles barriales, que servían de cohesión, que permitió que los pandilleros encontraran un bloque en esos controles.” La Policía, agrega, ha desarrollado un papel de cercanía al barrio, sin políticas de mano dura, sino con proyectos de trabajos comunitarios, deportivos. Y la presencia de las iglesias, principalmente evangélicas, es un espacio que vincula a los chavalos de los barrios a un cambio de vida.
—Pero recientemente hay más muertos, más violencia.
(Datos oficiales: en Nicaragua ocurre un robo cada 21 minutos, se registran once delitos sexuales a diario y en 2007 se produjeron 1,675 muertes violentas. Entre enero y agosto pasados, se registraron 816 muertes de este tipo.)
Soza dice que se debe a la intensificación del narcotráfico en Centroamérica. “Las pandillas y sus manifestaciones culturales han desaparecido para dar paso a grupos delincuenciales, más relacionados con el narcotráfico. Yo ya no hablaría de pandillas”, dice Soza.
Este sociólogo dice que tiene miedo. El temor de que grupos organizados hagan uso de los barrios de la ciudad en busca de refugio y que se conviertan en zonas controladas. “Así pasó en Honduras”, dice. Por el momento, afirma, Managua sigue siendo una ciudad segura. Pero sólo por el momento.
Mirlen Méndez es la comisionada encargada de la Estación Cinco de la Policía Nacional en Managua. Ella defiende ese trabajo con los jóvenes de los barrios que menciona Soza. Méndez dice que la Policía hace lo que pueda para sacar a los chavalos de las pandillas y mantenerlos ocupados, utilizar las energías que tienen de sobra en algo más que asaltar a los desprevenidos.
El trabajo de Mirlen Méndez no es fácil. A su cargo está la seguridad de 45 barrios, donde viven unas 200 mil personas. A su estación llegan todos los días denuncias de robos, pleitos de vecinos, violencia familiar. Y Méndez trata de arreglar todo. Trata. Porque, admite, no es fácil quedar bien con todo mundo.
Pero esta tarde parece que no hay mucho trabajo. En las bancas de cemento de la Estación, un edificio pequeño y relativamente nuevo, un grupo de policías platica con cara de pereza, esperando que termine su turno. La comisionada Mirlen, como la llaman en la estación, dice que la Policía se esfuerza por reducir la violencia, pero se lo impiden los números rojos de un país en el que el 79 por ciento de la población vive con dos dólares al día.
Los jóvenes, explica Méndez, tienen la protección de sus familiares, y cuando algún chavalo es apresado con relación a algún asalto o por peleas, familiares y vecinos llegan a la Policía a exigir que lo liberen.
“Las familias viven del robo, porque no tienen trabajo. Y si detenés al hijo, vienen diez, quince familiares y vecinos a pedir que lo saquemos, porque todos hacen la misma actividad y se protegen entre ellos”, dice la comisionada.
***
No debe ser fácil vivir con miedo. Tener que aguantar el horror a que una bala salga de la nada y acabe con todo. La mayoría de vecinos quieren hablar, pero el coro es el mismo: Pese a las riñas, pese a las muertes, no vaya a poner nuestros nombres. No quieren ser uno más.
Detrás de la cancha del reparto Schick hay una iglesia protestante. Allí están Wilfredo y Silvia, que disponen las sillas de plástico del templo para el culto que iniciará en una hora. Lo hacen con parsimonia, cuidando que las sillas queden en perfecto orden, una detrás de otra, de cara al altar.
Wilfrido y Silvia acceden a platicar. Acomodan tres sillas en una esquina del templo y responden las preguntas en voz baja, como si tuvieran miedo a que alguien más los escuche.
—El problema se está volviendo desesperante, más caótico –dice Wilfredo.
—Uno no pude salir confiado a la calle porque están en las esquinas. Ellos caminan con armas hechizas, con cuchillos y a nuestra vista saltan y hacen sus cosas –agrega Silvia.
Wilfrido afirma moviendo la cabeza. Baja más la voz, tanto que cuesta escucharlo.
—En el sector donde vivo salen a toda hora los pandilleros. Los Cholos, que parece que son los más peligrosos, andan en vehículos. Tienen sentenciadas varias casas. La vecindad está desesperada.
—¿Han puesto denuncias en la Policía?
—La Policía a veces ni quiere entrar y a las nueve de la noche no hay gente en las calles.
Silvia toma la palabra, en sus manos parece apretar más fuerte la Biblia.
—Se han hecho comités con la Policía para ver qué se puede hacer con los jóvenes, pero hasta la fecha no hay cambios. Los enfrentamientos son diarios, con balaceras. Y sin asco matan a muchachos que no son de su grupo.
***
En el caluroso reparto Shick, no siempre las armas han estado en manos de los pandilleros.
En 1994, cuando las pandillas estaban en plena ebullición, se enfrentaban a pedradas. Querían defender su cuadra.
Eran los tiempos en que una pandilla infundía respeto desde el nombre: Los Comemuertos, un grupo de muchachos que hacían de las suyas sobre las lápidas del cementerio cercano al reparto y que ahora, 15 años después, se volvieron un mito pese a desaparecer.
Allá en los noventa el cementerio cobraba vida por las noches, cuando de él salían raros suspiros, palabras dichas despacito, el sonido de labios juntándose en besos, movimientos de cuerpos desesperados como el aleteo de los peces fuera del agua. Gritos de desahogo.
—Allí se hacían orgías –dice Andrés en el porche de su casa, una sólida construcción de cemento que además de ser casa, parece cárcel.
El cementerio ahora da lástima: Tumbas abandonadas, cruces de colores sobresalen de la maleza que se ha tragado todo, no hay más allí jóvenes retozando después de un rato de placer. Muchas de las inscripciones han desaparecido. Nada separa el cementerio del barrio. Está ahí, un grupo de tumbas destruidas en medio de un caserío triste, igual de triste que las criptas.
Andrés tiene 31 años y entró a Los Comemuertos a los 13. Es un moreno bajito, tan flaco que se le remarcan los huesos del pecho debajo de la camiseta. Tiene un pequeño tatuaje en el brazo derecho, un águila como la que adorna el escudo de Estados Unidos.
Esta tarde prefiere hablar desde lejos, tiene una infección en el ojo izquierdo que, dice, se contagia. Después de seis años de sembrar el terror se convirtió al protestantismo y como prueba de su indoblegable decisión saca un libro pequeño de la casa con el que exorciza sus recuerdos del pasado: El Nuevo Testamento.
Consagrado a Dios, recuerda que había miembros de la pandilla que se daban a la tarea de profanar las tumbas más viejas. Querían ver los cadáveres y robar alguna prenda.
Muchas veces la tarea podía ser monumental y después del trabajo de romper la lápida, revisaban los dientes buscando los que fuesen de oro. Con ese dinero podían seguir consumiendo drogas.
Un día se asomó a una de las tumbas, pero no tuvo suerte: los huesos sólo abrazaban una Biblia.
Del cementerio también salían listos para la guerra. Allí se planificaba la estrategia contra pandillas rivales.
—Antes usábamos morteros. Les metíamos tachuelas, vidrios y hierros para que reventaran más fuerte. Había pistolas, pero no como ahora que tienen armas hechizas y las consiguen con conectes –explica.
La nueva generación de pandilleros tiene entre 17 y 18 años. Los más viejos ya se jubilaron.
—Unos trabajan, tienen esposa e hijos y ya no piensan en esas cosas. Pero la pandilla se mantiene en las cabezas de muchos.
—¿Por qué hacerse pandillero?
—La pandilla hace que te miren las jañas, te sentís respetado, nadie se mete con vos. Es más por vanidad. Al principio te da alegría y cuando te adaptás a esa vida el miedo se te quita.
Andrés sí sintió miedo. Fue en 1996, durante un enfrentamiento con tres pandillas que eran conocidas como La Rampla, Los Churros y Los Brujos. La batalla se dio porque Los Comemuertos entraron a la zona de esas pandillas para usar su nuevo juguete: tenían un arma de guerra, de las que quedaron en el país tras la transición democrática y el desarme de 1990.
—Entre Los Comemuertos nunca hubo jefes. Podía haber líderes, pero nunca jefes. El AK se convirtió en nuestro jefe –recuerda Andrés.
El culto al arma pronto se convertiría en miedo, un sentimiento que se metió en el cuerpo de Andrés esa ocasión sin que él siquiera lo imaginara. “Ah, yo sentí como que me entraba un gusano”.
La bala entró por la cadera. “Al rato sentí que no me respondía la pierna. Me desmayé. Cuando me llevaron al hospital estaba quieto, ya no aguantaba. Si no me hubieran llevado, me muero. Tenía 18”, se acuerda.
Andrés ahora es uno de los jubilados. Tiene tres hijos y una esposa y se mantiene alejado de las pandillas, aunque dice que aún lo invitan a regresar. Trabaja medio tiempo en la Alcaldía y el resto del tiempo en una barbería que ha improvisado en su casa. Barbería significa tener una máquina para rapar y cortarle el pelo a los chavalos del barrio.
***
Desempleo es una palabra común para El Flaco. Sin dinero en la bolsa y padre de una nena, cree que trasegar drogas es el negocio más atractivo que se puede encontrar: hay que comprarle a la niña leche, frijoles, arroz, ropa y para eso se necesita plata.
A él le ofrecían 3 mil córdobas (150 dólares) por cargar una libra de marihuana. Aceptó el trato.
Le dieron el paquete, una escopeta y una pistola calibre 38 y se fue acompañado de un chavalo de 17 años, pandillero como él.
En el traslado de la droga, El Flaco sintió que lo perseguían. Eran jóvenes. Pensó que eran pandilleros rivales. Sacó el revólver que llevaba escondido en una mochila y disparó dos veces.
Los disparos alertaron a una patrulla escondida, que de la nada apareció frente a El Flaco y su acompañante. Los oficiales de la patrulla y los vestidos de civil los atraparon, les quitaron armas y marihuana y los montaron al vehículo. Los golpearon mientras los interrogaban.
—Hijueputa, mierda, vas preso para largo –dijo un oficial.
Unos segundos después otro se acercó y le dijo:
—¿Qué onda, chavalo, todo o nada?
—Nada –respondió El Flaco. En las pandillas existe también la Omertá (código de la mafia italiana): Un bocón no sobrevive, pero además hay razones sentimentales.
“Es deacachimba andar en turqueaderas –dice circunspecto–: sentir la adrenalina, dar, apuñalar; me encantaba apuñalar. Lo hice varias veces… por un par de zapatos, por una gorra, por un reloj”.
La primera vez que El Flaco apuñaló a alguien fue durante las fiestas de diciembre. Se fue con un grupo de amigos a residencial Santo Domingo, esa zona de gente adinerada de Managua donde una compañía de bebidas enciende un árbol de Navidad gigante y hay música y alegría en esta capital gris. El Flaco estaba bebiendo cuando sintió que alguien lo machucó. Lastimó su orgullo. El Flaco entonces sacó su puñal e inició su carrera de delincuente.
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martes, 9 de febrero de 2010

Jonathan no tiene tatuajes-



Una crónica de Roberto Valencia. Fotografías de Donna De Cesare.
* Los nombres de algunos personajes y lugares de este relato se han modificado por razones de seguridad.
* Esta crónica es parte de un proyecto coordinado por la Coalición Centroamericana para la Prevención de la Violencia Juvenil con el auspicio de Cordaid.


El cuarto alguna vez fue blanco. Es un cuadrado casi perfecto, tres por tres. La puerta es de metal, negra y maciza, como si se quisiera esconder algo valioso. La ventana, alargada y estrecha, con barrotes. Entra poca luz. El moblaje es mínimo, solo una camilla oscura con apoyabrazos y cinturones que permite suponer que aquí hubo muertos.
Las únicas tres condenas a muerte por inyección letal que se han ejecutado en América Latina se consumaron en esta salita de la Granja Modelo de Rehabilitación Pavón, en Guatemala. Un tal Manuel Martínez fue el primero, el 10 de febrero de 1998. Además de autoridades, periodistas y un pastor evangélico, su agonía la vieron a través de un cristal renegrido la esposa –con quien había contraído matrimonio unas horas antes– y los tres hijos de la pareja. Una familia completa reunida en el Módulo de la Muerte para ver morir al padre condenado por un séptuplo homicidio.
Más de una década después, otra familia se reúne en el mismo lugar. La forman un pandillero llamado Neck –el rostro tatuado, 36 años de condena–, la esposa, la hija y Jonathan, el hijo que quiere ser como su papá. Como Pavón permite a las visitas quedarse el fin de semana, raro es el sábado en el que no duermen los cuatro sobre el mismo colchón en un cuarto contiguo al de la camilla.
Pero hoy es miércoles y Jonathan no ha venido. A esta hora, cuarto para la 1, debe de estar preparándose para ir a clases. Estudia quinto grado. Acaba de cumplir 13 años y ya le sombrea el bigotillo. Es un muchacho despierto, de mirada fija y locuaz, con una voz que le ha desarrollado más que el cuerpo. Su profesora dice que es muy bueno dibujando.
—Y vos que sos del Barrio –pregunto a Neck–, ¿no te llegaría que Jonathan también lo fuera?
—Preguntáselo a ella –señala con la mirada a su esposa–, a ver qué te dice.
—Es un problema que tenemos, porque a Jonathan le llama mucho la atención ser 18, igual que su papá. Incluso se pinta en las piernas el 1 y el 8.
Jonathan no tiene tatuajes.
*
Su ficha en la Dirección General del Sistema Penitenciario asegura que nació un día 13, en septiembre de 1979. Pero Neck no siempre fue Neck. Durante 13 años se llamó Erick Gerardo Vallecillo Alarcón, sin más, el menor de tres hermanos, hijo de una alcohólica llamada Blanca Inés y de un padre de cuyo nombre no quiere acordarse.
Neck nació sin tatuajes.
Su primera casa –hogar es demasiado cálido– estaba en Guamilito, un céntrico barrio de San Pedro Sula. Después de saber de lo que ha sido capaz, cuesta imaginarse a Neck con camisita celeste y pantaloncitos gris plomo, su uniforme en la escuela José Trinidad Cabañas. Cuesta imaginarlo como un niño que sumó y restó, rió, traveseó, beisboleó, soñó. Todo eso duró demasiado poco. En 1992 su madre murió. Su padre se alcoholizó aún más. Lo corrieron de casa. Y se tiró a la calle. Ya solo podía prosperar.
Erick Gerardo cayó en la colonia Francisco Morazán, la Mora. Allí estaba bien parada la pandilla Barrio 18, y no había cumplido los 14 cuando ya caminaba con ellos. Con los meses, afloró la fidelidad hacia los dos números, lo golpearon durante 18 segundos y lo rebautizaron: Neck.
La nueva vida ofrecía ventajas. Se movía dinero y el dinero movía todo lo demás: la comida, el alcohol, las prostitutas, la marihuana, el techo. Y había hermandad. Una vez cayó preso y un par de homeboys (compañeros de la pandilla) lo rescataron. Lo hicieron cuando lo trasladaban a pie hacia unos tribunales. Llegaron, cuadraron a los agentes y los amarraron con sus mismas esposas. Ni siquiera hubo que asesinarlos.
Problemas con la justicia fueron los que lo obligaron a dejar su hogar en San Pedro Sula. Siempre protegido por los dos números, durante dos años estuvo rebotando entre Honduras, El Salvador y Guatemala, donde en el año 2000 lo condenaron a 21 años de prisión por homicidio en grado de tentativa, robo agravado y amenazas. Los minutos se hicieron horas; y las horas, días.
El odio a muerte entre el Barrio 18 y Mara Salvatrucha (MS-13) suena eterno, pero comenzó a inicios de los noventa. Ambas son de la zona sur del condado de Los Ángeles (Estados Unidos), ambas rinden tributo a la Mafia Mexicana, y ambas llevan con orgullo el número 13 que las identifica como sureñas. En esa su guerra fratricida, de hecho, ha habido treguas, como las que aún mantienen en las cárceles estadounidenses; entonces se dice que se corre el Sur. Pero Centroamérica es otra historia. El 15 de agosto de 2005 la Mara Salvatrucha extendió su guerra con el Barrio 18 a los únicos lugares de Centroamérica donde aún se mantenía el pacto de no agresión: los centros penales de Guatemala. Se rompió el Sur, y Neck lo vivió en carne propia en una cárcel llamada El Infiernito.
—Ese día solo los locos del Barrio fuimos los paganos, ¿mentendés?
A plena luz del día se le acercaron dos y con un cuchillo hechizo le abrieron el cuello y la cabeza una y otra y otra vez. Neck terminó siendo un número más en el balance oficial de 35 muertos y 80 heridos –casi todos dieciocheros– que resultó de ese primer día de guerra abierta.
Se recuperó a tiempo. El 22 de octubre 19 presos de El Infiernito se escaparon por un túnel de 120 metros que cavaron en 10 meses bajo el piso. Fue la fuga más sonada de la última década, en la que los fugados incluso dejaron escrito en la pared un mensaje para ridiculizar al Gobierno. Neck fue uno de esos 19.
El escándalo propició que se elaborara una baraja de cartas con los rostros y se repartiera entre los policías. A Neck lo recapturaron el 7 de noviembre en los suburbios de Ciudad de Guatemala.
—Ese día, ¿mentendés? Estaba así, impaciente por querer salir, y todavía le pregunté a una bicha: ¿no hay juras (policías)? No, me dice. Ah, entonces voy a traer el fusil (un AK-47). Yo llevaba 30 tiros, ¿va? para el AK, ¿mentendés? Porque lo tenía a cargo, ¿mentendés? Yo ahora he cambiado bastante, pero era del pensar de que no me iban a agarrar vivo, ¿mentendés? Porque laneta, si yo iba a morir, me iba a llevar a por lo menos tres o cuatro puercos conmigo, ¿mentendés? Pues sí, yo iba para la casa del homeboy, y como a media cuadra me cuadraron dos juras. Que si la hacen bien, si hubiera entrado en la casa, ahí hubieran encontrado no solo el AK, ¿mentendés? Y yo hubiera tenido una gran bronca encima, hasta con el Barrio, ¿mentendés?
De nada sirvió la baraja. A pesar de que estaba más cerca de los 30 que de los 20, la cédula que el Barrio le facilitó y su aire juvenil lograron que durante tres días uno de los más buscados permaneciera detenido pero anónimo en un centro para menores de edad. Cuando las autoridades al fin se enteraron de que era el Neck, hubo un motín para evitar el traslado. Lo tuvo que sacar el Ejército.
El balance de la fuga fueron 17 días de libertad, una mano huesuda tatuada en el rostro y un XVIII en la frente, 15 años más de condena por evasión y transporte de armas de fuego y una mal disimulada sensación de arrogancia.
Desde entonces está encerrado.
*
Jonathan es muy bueno dibujando. Le fascina, dice Silvia Henríquez Orozco, su profesora de quinto grado en la escuela pública donde estudia. Por lo demás, se le atragantan casi todas las materias, con frecuencia falta a clases, y cuando asiste raro es que no se le haya olvidado algún cuaderno. En julio lo cambiaron de grupo porque fotografió debajo de la falda de una compañera con un teléfono celular.
Los dibujos que hace no son paisajes ni flores ni familias felices ni santaclaus. Le gusta dibujar calaveras, letras y números góticos y una mano huesuda y con largas uñas que tiene el dedo índice extendido y los otros cuatro retorcidos para formar un ocho.
En la escuela Jonathan no saben que el padrastro es pandillero, que su condena concluye en el año 2036 y que esa mano huesuda que tanto dibuja es un íntimo tributo a Neck y a todo lo que representa.
*
Brigitte De la Hoz nació en 1981 hija de un policía y de Delmi Castro. Su padre es hoy apenas un recuerdo; murió cuando tenía 3 años. Su madre es poco más que una voz distante y unos dólares remesados; cuando enviudó, huyó hacia Estados Unidos. Sin padre ni madre, Brigitte y su hermana menor se criaron con una tía abuela a la que comenzaron a llamar Mamá Corina.
Su niñez la pasó en La Chácara, una colonia marginal donde el Barrio 18 tenía y tiene presencia, pero su sentimiento hacia los dos números se quedó nomás en la simpatía. Sin padres y con un carácter como el suyo, Brigitte se propuso tomar desde muy joven las riendas de su vida, y la consecuencia fue su maternidad precoz: con 15 años ya había parido a Jonathan; con 16, a Susana. Pero ni siquiera esto suavizó su temperamento, sus malas palabras, su propensión a la violencia. Mamá Corina, que es un pedazo de pan, cree que solo ella la aguanta.
—Solo yo la aguanto porque ¡ja! la Brigitte tiene un carácter…
La persona con la que se casó en 2007 también la aguanta, a su manera. Pero antes está 2006, un año convulso. Lo inició encarcelada. Había estado presa ya, otras cuatro veces, entradas siempre de menos de siete días. Esta vez fueron casi cuatro meses.
—¿Y por qué, si puedo preguntar?
—Porque le volé un pedazo de cabeza a una chava y le corté todo el cuello con un espejo.
—¿Y ella murió?
—No, gracias a Dios que no.
En marzo recobró la libertad. Pero al poco ella y Jonathan y Evelyn Susana y Mamá Corina tuvieron que dejar La Chácara. El cuñado de Brigitte asesinó a una persona y creyeron que irse era lo mejor. Se trasladaron a Chinautla, en la zona norte de la capital. Recién instalados supo del asesinato de la que era su pareja hasta entonces. El año no suspiró sin un nuevo ingreso en la cárcel, esta vez como visitante.
*
Neck y Brigitte se conocieron en el Preventivo para Hombres de la Zona 18 a finales de 2006. Ella llegó vestida de luto: falda negra, suéter negro. Acababa de morir su pareja. Su estancia en la cárcel obedecía nomás al deseo de acompañar a su hermana menor, que visitaba al padre de sus hijos. Neck y Brigitte cruzaron miradas.
Brigitte lo contará así:
—Llegamos al penal a ver a mi cuñado. Y cuando vi que él pasó… a mí sí me gustó desde que lo vi, y donde se dio la vuelta y le vi el tatuaje de la cara. ¡Ihhh…! Pero si es 18, sí ¿va? Y cabal, vi que era 18. Y en la misma me dijo mi hermana: mirá quién está ahí, el chavo de los tatuajes en la cara. ¿Y lo conocés?, le dije ¿Y no es el que salió en la tele, el que se hizo pasar por menor?, me dijo.
Neck lo contará así:
—El cuñado de ella la anduvo ofreciendo, que ya estaba soltera, ¿mentendés? Que iba a venir una cuñada a verlo, y al que más miedo tenían en el sector era a mí. Y llegó y dijo hey, que va a venir mi cuñada, va a venir mi cuñada.
Brigitte se convirtió en la haina de Neck. Así llaman en la pandilla a la pareja de un pandillero cuando ella no es miembro activo.
Pero cuando está delante de otras personas le dice esposa. Entendido. Porque ella es su esposa.
Neck y Brigitte se casaron en el mismo penal en que se habían conocido cuatro meses atrás. Sucedió el 14 de febrero de 2007. Los casó un pastor evangélico, en un día de visita.
—Ni cuarto nos dieron –dirá él.
—Ajá –asentirá ella.
*
Ingresar en Pavón resultó menos complicado que lo que creía. Apenas un registro superficial, sin escáneres ni perros ni aparatos de esos que se alteran cuando sienten el metal cerca. Podría haber entrado con un par de gramos de cocaína en el bolsillo y nadie se habría dado cuenta.
Hoy es un miércoles nublado de julio, día de visita. A este lado de la puerta principal hay pegados a las vallas un centenar de internos que esperan a una madre, a una esposa, a unos hijos. Detrás, a cien metros, están las oficinas administrativas, un edificio estirado y de una sola altura con una torre alta y acristalada a la mitad. Parece un aeropuerto de provincias.
Gustavo Cifuentes –pequeño, compacto, piel clara, pelo negro– saluda a diestra y siniestra. Gustavo es una de esas personas cuya biografía no cabría en un libro. Con 38 años encima, es un pandillero calmado del Barrio 18 al que todos conocen como Mish, su viejo nombre de guerra. Le entregó tanto al Barrio que pudo salirse de la pandilla sin bronca. Es generoso, extrovertido y le gusta bromear cuando está contento. Ahora trabaja para la Asociación para la Prevención del Delito (APREDE) y para el Ministerio de Cultura y Deportes. Desde esas dos trincheras lucha por un imposible: mejorar las condiciones de los conocidos que tiene dentro de los penales y evitar que los de afuera que están a un paso de convertirse en delincuentes lo den.
Sin Mish habría sido imposible conocer –conocer– a Neck.
Entre el gentío junto a la puerta de entrada reconozco la mano huesuda en el rostro debajo de una cachucha. Me acerco. Tiene cara de marido preocupado.
—Ahora no, carnal, que no quieren dejar entrar a… –su voz se aleja con él, que intenta buscar un mejor lugar para saber qué está pasando.
Afuera del penal, en la fila de entrada para las visitas, arranca un tumulto. Desde adentro comienzan los sueltalaijoeputa, los dejenlapasar. Parece como si se organizara un linchamiento. El detonante resulta ser Brigitte, que ahora grita con lágrimas en los ojos, sin saber contra quién descargar su furia.
Hace unos minutos, cuando bajaba del taxi que la trajo, vio que se llevaban detenida a su hermana menor porque en el registro le habían hallado unas botellas de alcohol. Iracunda, se abalanzó como una leona sobre la agente que la escoltaba y le lanzó un manotazo en el rostro. Tuvieron que detenerla entre tres custodios. Por ese arrebato luego no querían dejarla entrar.
Pero la visita se respeta en Pavón, es sagrada, y desde adentro se ve lo que ocurre en la fila de ingreso; por eso arrancó el tumulto, que solo se calma cuando permiten el ingreso de Brigitte y de todo lo que trae: comida, una mesa playera y unas sillas verdes de plástico.
Cuando más tarde la veo, sigue preocupada por lo de su hermana. Es la primera vez que nos saludamos y que puedo mirarla con detenimiento. No es muy alta y tiene el pelo y los ojos de un negro intenso. Carga unas libras de más, pero las mueve con sensualidad, como una buena bailarina de samba; tiene 28 años y la redondez aún le sienta bien. Ahora viste jeans y unas botas altas con tres dedos de tacón. Va escotada, una o dos tallas menos en el brasier, para que se vea bien su nombre tatuado en su pecho. Para Neck, Brigitte es la mujer más bonita del mundo.
Ha venido sola, sin Jonathan.
*
Juan Francisco Escobar está sentado en una silla fuera del cuarto en el que duerme. Es un tipo enorme, con barba, el pelo amarrado y largo. Antes de dedicarse al narcotráfico había sido paracaidista, de las fuerzas especiales. Escobar juega con un mapache, su mascota. Lo enrabia, lo agarra con su manota por el cuello y lo agita como si fuera un trapo. Se llama Tuco. Dice que los mapaches son buena compañía, que ayudan a sobrellevar, que los consigue en un plis-plas cuando tiene un comprador.
—Si querés uno, te lo vendo por 100 quetzales (unos 12 dólares). Los estoy dando por 150 o 200, pero a ti te haría precio. Dame 100 ahora y te lo tengo para cuando vengás.
Estamos dentro de la Granja Modelo de Rehabilitación Pavón.
La revista Gatopardo publicó un artículo sobre Pavón en marzo de 2007. El llamado de portada era “La prisión donde mandaban los presos”. Así, en pasado. La nota narraba cómo a finales de 2006 más de 3,000 policías y soldados con tanquetas, ametralladoras y helicópteros ejecutaron el Operativo Pavo Real. El Gobierno vendió la idea de que todo regresaría a su cauce, de que Pavón volvería a ser un penal en el que las autoridades autorizan y los presos obedecen. Fue todo un golpe de efecto. Su promotor, el director del Sistema Penitenciario, Alejandro Giammattei, oficializó pocas semanas después su candidatura a la Presidencia. Como consecuencia de la avalancha mediática orquestada que acompañó al operativo, Pavón conserva aún hoy una imagen de que el Gobierno tiene el sartén por el mango. Nada más lejos de la realidad.
Comparada con otras cárceles, Pavón es generosa con sus internos: sus cifras no indican hacinamiento, disponen de una radio interna, de talleres y tierras de cultivo, y se permiten visitas tres días por semana, con posibilidad incluso de que los familiares se queden los sábados. Los presos caminan a sus anchas y hay decenas de tiendas de comida, billares, milpas, un auditorio y una cancha de fútbol. También hay una regla no escrita que compromete a asesinos, narcotraficantes y violadores con una máxima: la visita se respeta. El resultado de ese orden, impuesto por los propios internos, es un aparente clima de tranquilidad.
—Hay muchas mujeres que cuando vienen de visita se ponen las joyas al entrar y se las quitan al salir –dice satisfecho Noel de Jesús Beteta, uno de sus internos más famosos.
Pero de esa sensación a que el Estado tenga absoluto control hay un abismo. En los tres días que pude ingresar, además de que me intentaran vender un mapache, presencié consumo de marihuana y crack, me invitaron a tomar chicha, y comprobé que disponer de un teléfono celular es tan sencillo como tener un cepillo de dientes.
*
Está endiabladamente bien hecha y es como un imán. Se la mandó tatuar como mecanismo de defensa, para que no lo reconocieran cuando se fugó de El Infiernito. Por más que uno lo intente, cuesta dejar de mirar esa mano huesuda con forma de 18 tatuada en la cara. La tiene en su lado derecho. Nace de la yugular y se extiende sobre su pómulo con textura, profundidad y detalle. El dedo índice llega hasta encima de la ceja; y el dedo gordo, hasta los labios. Alguien podría considerarla una obra de arte, pero para él es una condena a ser inconfundible, a ser dieciochero a perpetuidad. Neck es un hombre pegado a una mano huesuda.
—¿Y tiene algún significado especial?
—Mala suerte, ¿mentendés? –responde, una manera de decirme que deje de preguntar, que no conviene hablar de los tatuajes.
Pienso en que Jonathan debe de dibujar realmente bien, como dice su maestra, si es capaz de replicar esta mano huesuda en sus cuadernos.
Hace más de una hora que los custodios nos encerraron en el Módulo de Aislados de Pavón, el sector en el que están algunos de los prisioneros más peligrosos y/o inadaptados de todo el penal. Casi todos son del Barrio 18 o de su entorno. Mish se ha echado a dormir, y ahora estoy con Neck y Brigitte sentado alrededor de la mesa de plástico verde. Ella pregunta la hora –faltan minutos para mediodía–, y pide permiso para levantarse y comenzar a preparar la comida. Al poco regresa, y deja un repollo sobre la mesa, justo delante de Neck.
—No me lo vayas a deshojar todo –eleva la voz Brigitte, y sigue con lo suyo sobre una repisa que le sirve de mesa de cocina.
Neck me ofrece otro vaso de naranjada, y continúa con su vida. La conversación está resultando amena y fluida, como si agradeciera el simple hecho de que alguien se haya molestado en preguntar. Decide liarse un puro. Conseguirlos aquí adentro es tan sencillo como disponer de 2 quetzales (US$0.25). Lo ofrece. Neck conserva ese rasgo de ruralidad que lo empuja a uno a compartir lo que tiene, por poco que sea.
—…entonces tiré el cuete (arma), ¿mentendés? –divaga Neck.
—Mirá, Gordo –interrumpe Brigitte, casi un grito–, necesito aquel traste verdecito, porfa. Ah, y me traés una cebolla también, porfa.
—Va.
—Una así –extiende sus dedos–, más o menos, porque va a servir para la ensalada y para el chirimol.
Lo llama Gordo nomás por molestar. Neck mide en torno al metro setenta y cinco, pero es delgado como cebollín. Si dejamos a un lado los tatuajes, es bien parecido, un cazador. Tiene una cara simétrica, imberbe, la sonrisa como gesto dominante y de cada una de sus orejas cuelga un arete. El pelo le gusta llevarlo corto, lo justo para tapar las marcas en su cabeza. Su cuello está también surcado por cicatrices y en el brazo derecho tiene un balazo calibre 22. Pese a sus 30 años de vida y 10 en prisión, conserva un aire adolescente en su mirada, en su vestir y en su caminar.
—…pues ese día –retoma la plática y el repollo cuando regresa con el traste– perdimos una nueve milímetros, una Baby Glock, ¿va? Porque uno cuando…
—¡Todo me lo deshojaste ya, vos! –grita Brigitte, el enojo en la mirada– ¡Medio repollo vamos a hacer!
Neck calla y me mira cómplice, como pidiéndome disculpas. No replica. Se levanta y sale a buscar la cebolla.
*
Los internos lo conocen como el Módulo de Aislados o simplemente el Módulo. Se trata de la estructura que el Gobierno de Guatemala construyó en 1997 para aplicar la inyección letal. Además del cuarto cuadrado tres por tres con la única camilla para inyecciones letales de América Latina, se construyeron una serie de salas adicionales: una amplia y acristalada para presenciar la ejecución; otra para que el reo pasara sus últimas horas; otra más como confesionario; otra chiquita para el verdugo… Y como si se avergonzaran, lo edificaron alejado de todo, en una esquina de Pavón, y lo rodearon con un muro gris de siete metros de altura. Entre 1998 y 2000 ejecutaron a tres: Manuel, Luis Amílcar y Tomás. La estructura luego cayó en desuso hasta inicios de 2008, cuando se rehabilitó para volver a recibir a condenados a muerte. Se pintó y se reacondicionó, pero la aplicación de la pena máxima volvió a congelarse. Entonces, alguien tuvo la idea de convertirlo en el lugar de confinamiento para presos problemáticos.
Para ingresar al Módulo hay que llamar a los custodios que están en la entrada del penal, a más de cien metros. Llegan, abren la puerta, se entra, ellos se van y cierran la puerta con llave. Mish es bien recibido aquí porque casi todos son del Barrio 18, como él, y por cosas como esta: cuando ayer vinimos por primera vez, trajimos cuatro gallinas vivas. Despescuezaron de inmediato a dos para el almuerzo.
De los diez que están estos días de julio solo cuatro pueden salir y moverse por el resto de Pavón. Neck es uno de los privilegiados. Por eso y también por las visitas constantes. Rara es la semana en la que Brigitte no llega al penal tres días. Los hijos, Jonathan y Evelyn Susana, llegan los fines de semana.
—¿Y qué haces con tu familia cuando te visita?
—Salimos –dice Neck– y vamos arriba, al campo, jugamos un cacho, hacemos algo de comer… Y nos venimos a dormir ya un poquito tarde, para que no se aburran tanto aquí adentro, ¿mentendés?
Una familia se esfuerza por tener vida al interior de este edificio que el Estado guatemalteco construyó para matar.
*
Huele a carne frita, suena a carne friéndose. Brigitte cocina en el pasillo. Lo hace sobre una resistencia eléctrica incrustada en medio bloque de concreto. Neck continúa hablando, sentado y con los brazos cruzados, en este cuarto del Módulo que hace las veces de vestíbulo. Ya me ha convencido con creces de que los delitos por los que está condenado son una fracción mínima de todo lo que ha hecho en su vida.
—Por decírtelo así, no te pueden comprobar nada, ¿mentendés? ¿Cómo te lo van a comprobar si no te han encontrado en el hecho?
Brigitte llega con un pequeño plato blanco en su mano, y sobre el plato, una moronga humeante. Por la cara que pone Neck debe de ser uno de sus platos favoritos. Brigitte se sienta a la par de su esposo, le sujeta la mano que no usará para comer, y se la comienza a acariciar. Pregunto si han pensado en tener algún hijo. “En esas vueltas ando”, dice Neck, la boca llena. Si de elegir se trata, prefiere que sea varón, como Jonathan.
De la nada aparece Mish. Se apoya en el vano y se dirige a Neck.
—Llecuneva hocunoras encerracunado, ¿no puecuneden sacunacar a Cocunoco un racunato?
—No, no… No. Ahí que se quede, carnal. El vato ahí que se quede, mucha plancha ya.
Mish no insiste. Da media vuelta y desaparece rumbo hacia las celdas. Ante mi gesto de desconcierto, Neck explica que con esas palabrejas le ha pedido que dejen libre un rato a Coco, uno de los internos del Módulo al que los demás han encerrado bajo llave. Los pandilleros operan aquí adentro igual que afuera, con rígidas normas de disciplina interna.
Brigitte, sin ser pandillera activa, también ha entendido todo lo que dijo Mish.
La jerigonza se la volveré a escuchar en distintas situaciones durante los próximos días. Se trata de un sistema de comunicación entre pandilleros, compartido por dieciocheros y por salvatruchos, que garantiza intimidad en presencia de oídos extraños. Más preocupante que conocer o no lo que dicen, pienso, es el hecho de nunca antes haber tenido referencia alguna sobre este sistema, ni en libros o investigaciones supuestamente especializadas. Me pregunto cuánto se han molestado las sociedades centroamericanas en conocer el fenómeno de las maras.
Parecunece que pocunoco.
*
Las noches que Brigitte pasa separada de su esposo transcurren en Tierra Nueva I, una colonia en el área metropolitana de Ciudad de Guatemala. Pertenece al municipio de Chinautla, pero está más volcada hacia Mixco. Ahí vive desde hace tres años junto a sus hijos y a Mamá Corina.
La colonia no tiene mayores secretos. Es una carretera principal asfaltada y decenas de calles polvosas que salen de forma perpendicular y que lo llevan a uno a la escuela, al estadio de fútbol, al mercadito. A ambos lados de cada una de esas arterias, una casa tras otra, de bloque y tejado de lámina la mayoría, sin parques, sin árboles. La escuela de parvularia tiene en su muro un gran mural que dice En el alma del niño sembramos las doradas semillas del bien. Pero a pesar de esta siembra, Tierra Nueva I, como casi todo Mixco, es tierra de pandillas. Y Jonathan tiene 13 años.
—¿Y está fuerte el Barrio en Tierra Nueva? –pregunté a Brigitte.
—Sí, pero gracias a Dios mis hijos no salen a la calle. De la escuela para la casa; y cuando no, en la casa de su tía pasan.
Mamá Corina tiene 81 años, el pelo blanco como la espuma y lucidez de sobra. Nunca se casó ni tuvo hijos, pero intentó criar a Brigitte y su hermana, y ahora hace lo propio con Jonathan y su hermana. Mamá Corina desde hace años mira a su alrededor, y en su propia casa se siente como la última de una estirpe.
—Antes no era así. Mi papá jamás –y remarca el jamás– trató mal a mi mamá. Cuando murió, mi mamá mi dijo que fue un hombre que nunca le dijo ni babosa.
Ahora se queja de que Brigitte es muy enojada, de que levanta seguido la mano a sus hijos, de que Jonathan pega a su hermana, de que la hermana pega a Jonathan…
Los cuatro viven hacinados en un condominio. Alquilan por 500 quetzales (US$60) al mes una pieza sin ventanas de apenas 5 por 4 metros. El baño es compartido con los vecinos. Las celdas del Módulo son más grandes que el cuarto en el que viven.
*
—No confío en nadie. He visto a muchos compadres asesinar a sus mismos compadres, ¿mentendés? Por una mujer, por varas, por vicio… Incluso adentro del Barrio ya no confío en nadie, ¿mentendés? Porque hasta tu homeboy… Si vos vas para arriba, ¿mentendés? Existe aquello de… ¡la maldita envidia! ¿Mentendés?
Es lo que me respondió Neck hace un rato, justo antes de sentarnos a almorzar. Le había preguntado si no tiene algún homeboy al que considera un buen amigo.
Su familia es desde hace meses el único pilar emocional para sobrellevar el encierro, aunque quizá no sea él quien más se esté beneficiando de la relación. Brigitte ha conseguido una figura paterna para sus hijos, sobre todo para Jonathan. Neck se ha convertido en un referente al que escucha y al que llama papá cuando no tendría por qué hacerlo. Hay sintonía.
Brigitte lo cuenta mientras recoge platos después del almuerzo. Se calla cuando aparece en el Módulo el director del penal, David Barillas, que asumió el cargo hace un par de meses. Tiene 37 años, pero parece mayor, quizá por su evidente sobrepeso. Es moreno y viste informal: camisa de botones, pantalón, tenis. Lo acompaña un joven agente uniformado y de gesto serio del Sistema Penitenciario.
Mish aprovecha para proponer una idea: que la dirección permita a los internos del Módulo montar una pequeña granja de conejos. Neck y Brigitte tienen su propia propuesta: instalar un puesto de venta de comida arriba, junto al resto de puestos. Brigitte cocina realmente rico, de eso se gana la vida. El director Barillas escucha con aparente atención, asiente y les invita a que envíen las propuestas por escrito, una manera elegante de evadir el tema.
En unas semanas tendré la oportunidad de preguntar al ministro de Cultura y Deportes, Jerónimo Lancerio, si cree en la rehabilitación. Responderá como un político: “Si bien es cierto que el porcentaje de personas que logran una reinserción social completa es bajo, todos los reclusos tienen el derecho a la oportunidad de rehabilitarse para retomar su puesto en la sociedad productiva y así mejorar sus condiciones de vida y las de sus familias”. Retomar su puesto en la sociedad, dice.
Salimos del Módulo con el director Barillas poco antes de las 2 de la tarde. El matrimonio se queda adentro. A ella espero verla mañana en Tierra Nueva I, pero sé que pasará tiempo hasta que vuelva a ver a Neck.
*
Han transcurrido más de seis semanas desde mi última visita al Módulo. Aquí adentro ha habido cambios. La milpa que rodea el edificio está pidiendo ser doblada y junto a la entrada hay una mata de güisquil que florea. Ya no son 10 sino 13, y el aumento ha obligado a ocupar como dormitorio el cuarto cuadrado tres por tres de las inyecciones. A la camilla le han arrancado la parte acolchada para ablandar el suelo sobre el que uno de los nuevos duerme.
En el penal el director ya no es David Barillas.
También encuentro distinto a Neck. La mano huesuda sigue en su sitio, cautivadora siempre, pero él luce demacrado, el pelo más largo y desordenado, los ojos hinchados como solo los hinchan las lágrimas o el crack. Parece incluso más bajo, más poca cosa.
Me pide que le describa cómo es Tierra Nueva I. Él no conoce las calles por las que a diario caminan su esposa y sus hijos. Hablamos sobre Jonathan, sobre la visita a su escuela, sobre los dibujos que escandalizan a su profesora. Resuenan las palabras que Brigitte dijo en la visita anterior: él le hace ver a Jonathan todas las consecuencias que trae ser pandillero.
—¿Y qué tipo de consejos le das? –pregunto.
—Que no ande con gente que anda tatuada, que no ande con gente que sabe que roba…
Neck baja la mirada, se empequeñece, consciente quizá de que su siguiente frase debería ser: “Que no ande con gente como yo”.
—A él le digo que como persona se tiene que desarrollar, ¿mentendés? Tiene que aprender a hablar y a expresarse.
—¿Y qué te gustaría que fuera de mayor?
Neck calla un par de segundos, tres, cuatro. Baja la mirada de nuevo. Al fin responde que le gustaría que Jonathan se convirtiera algún día en médico o en arquitecto. Pero su respuesta me suena improvisada y hueca, como si nunca antes nadie le hubiera preguntado algo parecido, como si nunca antes hubiera pensado que existe un futuro.
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martes, 15 de diciembre de 2009

Los hermanos Alfaro y la muerte que los persigue



* Esta crónica es parte de un proyecto coordinado por la Coalición Centroamericana para la Prevención de la Violencia Juvenil [2] con el auspicio de Cordaid.

Auner, Pitbull y El Chele huyen, como muchos de sus compatriotas, desde El Salvador a Estados Unidos. Escapan de la muerte y no saben quién está detrás de ella. Quizás las pandillas, tal vez otros. En cada esquina hay un nuevo peligro y ellos pisan, inexpertos, un terreno desconocido en la ruta mexicana de los migrantes centroamericanos, donde la muerte parece estar en cada rincón. ¿Dónde están, cómo están?

—Huyo porque tengo miedo de que me maten –dice Auner cabizbajo.

Minutos antes me había dicho que migraba porque quería probar suerte. Dijo aquella frase hecha de que buscaba una mejor vida. Es normal, cuando uno huye, desconfía y entonces miente. Es hasta ahora cuando estamos solos, apartado de sus hermanos que juegan cartas en el albergue para migrantes, ahora a la par de las vías del tren con un cigarro en los labios él acepta responder las verdades que hacen que su verbo sea escapar, no migrar.

—¿Volverías? –pregunto.

—No, nunca –sigue con los ojos clavados en la tierra.

—¿Renunciás a tu país?

—Sí.

—¿No volverías nunca?

—No… Bueno… Solo si tocan a mi mujer o mi hija.

—Y entonces, ¿a qué volverías?

—A matarlos.

—¿A quiénes?

—No sé.

Huye de una muerte sin rostro. Allá atrás, en su mundo, sólo queda un agujero repleto de miedo. Aquí, ahora, sólo queda huir. Esconderse y huir. Ya no es tiempo de reflexiones. De nada vale detenerse a pensar cómo es que él y sus hermanos tienen que ver con aquellos cadáveres. De nada serviría.

Salió de El Salvador hace dos meses y desde entonces camina con sigilo y guía a sus hermanos con paciencia. A los 20 años, dueño de su miedo, Auner, no quiere dar un paso en falso. No quiere caer en manos de la migración, no quiere ser deportado, no quiere que le desanden su camino, porque eso significaría tener que volver empezar. Como él dice: “Para atrás, sólo para tomar impulso”.

Auner se levanta silencioso y pensativo. Camina la vereda polvorienta que termina en el albergue para migrantes de Ixtepec, en el sur mexicano. Se une a El Chele y Pitbull, sus hermanos menores, y hacen rueda allá por los lavaderos a medio construir. Nos envuelve un calor húmedo que casi puede tocarse. Discuten cómo continuarán su huida. La pregunta es una: ¿seguiremos en el tren como polizones o iremos en buses por pueblos indígenas de la sierra esperando que no haya retenes policiales?

*

El viaje por la sierra los llevaría a partir lo verde y espeso de la selva oaxaqueña, a transitar lo irregular. Los llevaría a internarse en un camino poco conocido por los migrantes. Es una ruta alterna utilizada principalmente por coyotes y que llegó a oídos de Auner gracias a que Alejandro Solalinde, el sacerdote que fundó este albergue, entendió que no estaba de más darles una opción extra a los que huyen.

El viaje en tren los obligaría a encaramarse como garrapatas en el lomo del gusano metálico. Aferrarse a las parrillas circulares del techo de “la bestia”, como le dicen en este camino. Seguir así durante seis horas, hasta llegar a Medias Aguas en medio de la oscuridad. Tumbarse en el suelo, en las afueras de ese pueblo escondido a esperar que salga otro tren para seguir avanzando. Dormir con un ojo cerrado y el otro medio abierto a la espera de señales para echarse a correr. Medias Aguas es base de Los Zetas, la organización criminal vinculada al narcotráfico. Los Zetas, ex militares del comando élite de lucha contrainsurgente, integraron desde 2008 a sus actividades el secuestro masivo de migrantes centroamericanos.

La respuesta podría parecer lógica para cualquiera que no conozca las reglas de este camino. Sin embargo, el riesgo que conlleva la sierra tampoco es leve. De cada diez indocumentados centroamericanos seis son asaltados por las mismas autoridades mexicanas. Esa sería una catástrofe para unos muchachos que atesoran los 50 dólares que su padre les envía desde Estados Unidos cada cuatro días. Los atesoran porque con ellos compran las tortillas y los frijoles que comen una vez al día cuando no están en un albergue y se sientan entre matorrales a recuperar aliento para seguir en esta huida.

La decisión es aún más complicada para quienes huyen de la muerte, porque el retorno no significa volver a casa con los hombros abajo y las bolsas vacías. El retorno puede costarles la vida, igual que el tren, que a tantos ha despedazado. Las dos opciones pueden terminar en muerte.

Hoy mismo me enteré de que José perdió su cabeza bajo el tren. Era el menor de tres salvadoreños con los que hace dos meses hice un recorrido por los cerros de México, bordeando la carretera para no enfrentar a las autoridades. Un rebane limpio, me contaron. Acero contra acero. Fue allá por Puebla, unos 500 kilómetros arriba de donde ahora estamos. El viaje es intenso. El sueño es leve. El cansancio a veces gana y eso mata.

José cayó en uno de los tambaleos de la bestia, que sin problemas se sacudió a un hombre débil y medio dormido. Me lo contó Marlon, uno de los que viajaba con él. Ellos también huían. En su caso, sí tenían certeza de por qué. Escapaban de las pandillas, que les arruinaron su negocio de pan cuando les impusieron una renta impagable: 55 dólares semanales o la vida. La empresa entera emprendió la retirada. Eduardo, el propietario y panadero; José, el repartidor; y Walter, el ayudante. Uno de ellos ya volvió a El Salvador en una bolsa negra.

Los hermanos Alfaro decidirán esta noche qué hacer. Tienen que decidir con tino porque si no pueden encontrar aquí lo que buscan dejar allá abajo.

El primer cadáver

—¡Ey, hijueputa! –escuchó Pitbull en su retaguardia el grito amenazador.

Giró la cabeza y vio un cañón 9 milímetros. Pensó que le apuntaba a él. Directo en la frente. Dio un salto de gato y antes de caer escuchó las dos detonaciones. Los tiros no eran para él. Le atravesaron la cara y la espalda a Juan Carlos Rojas. Unos pedazos de sesos le mancharon a Pitbull la camisa polo que se había puesto para salir a conquistar chicas con su amigo el pandillero al lugar de las maquinitas en el centro de Chalchuapa. Era un día soleado de enero o febrero de 2008.

A Pitbull se le subió a la cabeza esa rabia descontrolada que le nace del estómago. Esa que hace que se le crucen los cables allá arriba. Cuando eso pasa, durante unos cinco minutos, no hay quién lo detenga. Se vuelve un animal. Un pitbull.

Echó un vistazo hacia atrás y, entre el desparrame de materia viscosa, no le quedaron dudas de que su amigo estaba muerto. Pitbull echó a correr con furia, gritando incoherencias. Vio al asesino y a su cómplice. Escapaban. El que disparó relegado. Jadeando. Esa es la presa, pensó Pitbull. Le importó un carajo que tuviera en la mano una 9 milímetros cargada. El hombre, un viejo borracho de unos 50 años, retomaba la huida y se volteaba para apuntarle a Pitbull, y decirle entre exhalaciones:

—¡Parate que te disparo, pendejo!

No había negociación posible. Entre el estómago y el cerebro de Pitbull, la efervescencia subía. Cuando estaba a tres pasos del borracho, Pitbull brincó hacia adelante, con las manos extendidas como garras. Tumbó al hombre que le arruinó su tarde. Le dio vuelta y no se preocupó del arma que quedó un metro adelante. Dice que se cura más la rabia si es a puño limpio. Así, con los nudillos, empezó a deformarle el rostro.

La policía se había acercado después de tanto barullo. Entre dos agentes atraparon al muchacho que daba cabriolas. Levantaron al borracho del suelo, inconsciente.

Lo primero que hicieron los policías fue sacar conclusiones que en un país como El Salvador pueden parecer obvias: joven en medio de una escena del crimen igual a pandillero. El primer cuestionado por aquel desbarajuste fue el muchacho:

—¿De qué mara sos? –le preguntó un agente.

—De ninguna, pendejo –le respondió Pitbull, ya no por la rabia, sino porque así es él.

—Sos de la 18 como tu amigo al que mataron, ¿vea? –continuó el policía que ya conocía a Juan Carlos, porque en uno de estos pueblos con título de ciudad, a pesar de haber 73,000 habitantes, los policías conocen a los pandilleros por su nombre, su mara, su apodo y hasta su función.

—¿Que sos sordo, chimado? –le refutó Pitbull al agente que ya estaba a punto de ponerse violento.

De repente, llegó el subinspector que había recogido testimonios de la gente alrededor, y dijo mandón:

—A ver, muchacho, ya me dijeron que actuaste en venganza. Decime, ¿querés venir a la delegación a testificar para que podamos encerrar al asesino?

—Va, juega–respondió Pitbull que con sus 17 años (y sus 18 ahora que huye) siempre andaba buscando cómo meterse en alguna aventura que, por peligrosa, le espabilara.

Eso consiguió. Un día sin aburrimiento. Se fue, vestido de policía, a buscar en las colonias del centro de Chalchuapa al cómplice del que mató a su amigo el pandillero. Se internó por las calles adoquinadas que parten de la avenida central de esta ciudad comercial y bulliciosa, repleta de tiendas, almacenes y puestos callejeros. Una gracia para él. Un relato divertido en su mundo.

—Bien vergón andar vacilando en la patrulla. Lástima que ligerito encontramos al viejo chimado ese –diría después Pitbull.

Pitbull fue al reconocimiento en la delegación y lo dijo claro. En sus caras:

—Esos dos viejos cerotes son los que mataron a Juan Carlos.

Pero esos dos viejos también lo vieron a él. En aquel pueblo para nadie es difícil reconocer a alguien del casco urbano, que vive en el centro, y no en los cantones alejados que rodean el municipio. Saber que Pitbull era el hijo de doña Silvia Yolanda Alvanez Alfaro, la de la tiendita que está enfrente de la pupusería, a la par de la fábrica Conal. Que ese chico de pelo rapado y arete plateado era Jonathan Adonay Alfaro Alvanez. Albañil, agricultor, carpintero, fontanero. Todólogo. Johny. Pitbull.

En bus rumbo a Santiago Ixcuintepec

—Tenés que tener alguna idea –le insisto a Pitbull en las vías del tren de Ixtepec, mientras tomamos un refresco y fumamos unos cigarrillos.

Después de que Auner me revelara por qué viajaban, y como quien pide a un padre una cita con una de sus hijas, le pedí permiso para hablar con sus hermanos. Auner aceptó.

Uno a uno empiezo a alejarlos del barullo del albergue. Primero a Pitbull. Lo escondo entre los matorrales de las vías, para que se sienta con tranquilo y recuerde.

—No, loco, no sé quiénes putas eran esos viejos. Solo sé que cuando íbamos para las maquinitas, mi chero me dijo que tenía que recoger algo en la cantina. Salió bien tranquilo. Empezamos a caminar, y ahí fue cuando salieron esos chimados y lo mataron -dice.

—¿No creés que sean ellos quienes los están amenazando de muerte?

—Ahí sí que no sé. No tengo idea de quiénes putas son.

*

Nada. Ni una pista. Pitbull huye, pero no sabe. Si fuera un personaje de ficción, seguro la trama lo obligaría a investigar, a mover sus contactos en el barrio, a ponerle nombre a los dos viejos borrachos. Pero esto es la realidad y Pitbull es solo un joven de 18 años, del país más violento de Latinoamérica, acostumbrado a la muerte que cuando suena sus alarmas poco más importa.

Qué más da si ni los reportes policiales contienen mucho. Esos mismos meses, cuando mataron a Juan Carlos -enero o febrero, Johny no lo recuerda a cabalidad- otros nueve jóvenes fueron asesinados en Chalchuapa. Todos entre las edades que Juan Carlos tenía, entre los 18 y los 25 años. Pitbull reconoce que ni siquiera sabe si Juan Carlos era su nombre real.

—Él así decía que se llamaba, pero como era de la pandilla y tenía problemas en otras colonias, yo le escuché otros nombres.

William, José, Miguel, Carlos, Ronal, no identificado, cualquiera de estos podrían ser los nombres reales de Juan Carlos. Todos ellos murieron en Chalchuapa en los meses en los que él cayó. Cualquiera podría ser el registro policial de su cadáver. Aunque alguien quisiera saber la verdad sobre esa muerte, la verdad sería tan esquiva como lo que jamás ocurrió.

Pitbull voltea a ver con lascividad a las muchachas migrantes que salen del albergue. “¡Ricas!”. Huir no siempre es una romería fúnebre. Al menos no para este muchacho. Depende de qué tan acostumbrado se esté. Da una calada a su cigarrillo. Vuelve la calma. Continúa respondiendo preguntas echado en los rieles, con una roca como almohada y la vista fija en el cielo. Parece un paciente de psicoanalista.

Después del primer cadáver, Pitbull se largó un tiempo de Chalchuapa. Dos viejos borrachos estaban siendo juzgados por homicidio gracias a que él los señaló en la cara. Lo mejor era retirarse un tiempo.

Alcanzó en Tapachula, la ciudad mexicana fronteriza con Guatemala, a su hermano menor, a Josué, El Chele, de 17. Josué llevaba ya más de cinco meses en aquel bochornoso lugar. Desde que emprendió el viaje a finales de 2007 rumbo a Estados Unidos, Josué seguía esperando mientras reparaba carros y dormía en el taller mecánico de la zona maquilera. Esperaba que su padre, como le había prometido, le llamara diciendo que el coyote que lo guiaría hasta Estados Unidos estaba listo, que el dinero había sido reunido y que la promesa terminaría de cumplirse:

—Nos vamos al norte, hijo, verás cómo allá sí hay chamba, buen jale, buen dinero –había dicho el padre con su español migrante, esa mezcla de acento centroamericano y diccionario chicano.

Josué y Pitbull nunca fueron amigos ni enemigos tampoco. Son dos tipos diferentes obligados a compartir historias. Auner seguía en lo suyo, allá en El Salvador, labrando el campo y esperando que su esposa pariera. Ninguno de los tres se comunicaba. Siempre han tenido esa relación de campesinos, que parecen tener como regla la prohibición de mostrar el cariño con los gestos y las palabras.

El Chele, de pocas palabras, tenía la confianza de los dueños del taller mecánico. Le permitían llevar muchachitas para pasar la tarde con los pantalones abajo. El Chele no se metía con nadie, no hizo ningún amigo en Tapachula. Se engominaba en extremo el pelo rizado a eso de las 5 de la tarde, luego de darse una buena ducha para sacarse el hollín de su piel blanca. Se ponía una camiseta estampada que cubría la de manga larga que llevaba por dentro. Se calzaba sus imitaciones de Converse y se lanzaba a las esquinas de las cafeterías de la plaza central, al céntrico y seudocolonial quiosco blanco, a las paleterías donde los muchachos y las muchachas van a hablarse. “A enamorarse”, dice él. A veces triunfaba y seguía citándose con la muchacha, en alguna banca del parque. Comían un helado, hasta que un día conseguía llevarla al taller y luego se olvidaba de ella y volvía a iniciar la rutina.

Pitbull en cambio iba donde podía. Vivía en casa del compañero de trabajo que le diera posada. Se movía por la zona de Indeco, una colonia de las más peligrosas de este municipio mexicano, zona de fábricas y maquilas. Ahí, gracias el cemento elevado de las industrias manchado con pintadas de la Mara Salvatrucha, la calle que hace de columna vertebral parece amurallada, una especie de límite entre dos países en conflicto. Pitbull trabajó de albañil, de ayudante de mecánico, de carga bultos en el mercado. Todo era provisional. Todo era acostumbrarse a aquel pueblo con aires de ciudad. Un tiempo para hacer amigos y volver a vivir en esa cuerda floja que lo mantiene siempre en el límite de convertirse en cadáver. Esa misma donde caminaba en El Salvador, decidiendo si lo mejor no era ser como sus amigos, meterse a la pandilla, ganarse el miedo con el que se trata a esa familia de desahuciados.

—Yo no es que me quisiera meter a la pandilla, sé que es un pedo andar en eso, pero es que como nos parecíamos… Así, pues, que somos bichos que no estudiaron, que andamos solo vagando y viendo cómo nos divertimos –define Pitbull sus razones.

En Tapachula divertirse siguió significando lo mismo: caminar en la cuerda floja, que si no hay riesgo de caer tampoco hay entretenimiento.

Se topó con otro de su estirpe, “un chavo ratero”, que le hizo la oferta como quien ofrece un pedazo de pan. Eso bastó para que Pitbull volviera a las andadas:

—¿Qué onda, vamos a chingarnos algo por ahí?

—Vamos –respondió Jonhy.

Robaron a mano limpia carteras y bicicletas a señoras y niños. Afuera de las escuelas, en la clase mediera colonia Laureles, en las calles que rodean el mercado. Una de esas carteras lo devolvió a El Salvador. La rapiñó, corrió, pero a la vuelta de la esquina había una patrulla. Pitbull no quiso dejar la bicicleta en la que huía. En lugar de escapar por callejones siguió por las aceras hasta que otra patrulla más lo alcanzó y lo llevó a la comisaría.

—A ver, pinche marerito, a mi país vienes a hacer tus fechorías. Te vamos a recomendar tres años para que aprendas a no venir a joder.

Ya ni intentó explicar que no era ningún “maroso”, sino solo un joven de Centroamérica. Lo único que se le pasó por la cabeza en aquel momento fueron los años.

—Tres años… Voy a salir casi de 21… Ya viejo.

En lo otro no reparó. Siempre que un policía lo detenía, le preguntaba lo mismo: ¿de qué mara? Lo que es costumbre, por definición, ya no llama la atención.

La amenaza fue solo eso. Pitbull se fue a la prisión de menores de Tapachula durante ocho meses. Nadie lo visitó nunca. Ni El Chele ni Auner ni Silvia, su madre.

—Entré como pollo comprado –recuerda tieso y temeroso.

La recibida no fue calurosa. En su primera ducha le pidieron por las malas sus tenis y su bermuda.

Con el paso de los días aprendió a escuchar. Y lo que escuchó le resultó familiar. Cuando oyó palabras como perrito, chavala, boris, chotas, empezó a sentirse en casa. Era el lenguaje de la pandilla, esta vez de la Mara Salvatrucha. Entonces sí supo que hacer. Se volvió a convertir en el muchacho jodón y temerario que siempre fue. Cuatro días tardó en que su jerga le abriera el acceso al grupo dominante de la prisión: el de los pandilleros centroamericanos.

Ahí, en la banda, estaba el líder, El Travieso, un pandillero guatemalteco de 18 años, preso a los 14, cuando ya llevaba tres homicidios, tatuados como lágrimas negras en su rostro; el Smookie, con sus dos gotas de la muerte y el MS en el labio inferior interno; El Crimen, también guatemalteco, también con dos lágrimas; El Catracho y Jairo, ambos hondureños.

—Todos eran letras (MS), todos de Centroamérica, y éramos los meros chingones de la cárcel. Vendíamos la mota, los cigarros y la coca, y poníamos orden a todos los demás pendejitos.

No es difícil suponer que así se construyen identidades. ¿De qué se trata ser joven? Y la respuesta de Pitbull concluye que de ser temerario. Como Juan Carlos, el que reventó a la par suya en Chalchuapa, como El Travieso, como El Crimen, como sus amigos de toda la vida. Como él mismo, que ahora huye de nuevo. ¿Y cuándo ese joven es más reputado? Cuando tiene lágrimas negras en el rostro, cuando siendo niño tiene el currículum de un sicario, cuando dentro de la cárcel él es quien manda y no quien entrega su bermuda ni sus tenis en las duchas.

*

—Lo primero que hice ya siendo de los chingones fue recuperar mis cosas y hueviarles las suyas. Ja ja ja. Se cagaron los bichos cuando llegué con la otra raza a ponerles en la madre. Así era la onda ni modo que anduviera con los vergones y no arreglara eso. Así que reventamos a esos cerotes en el baño –recuerda Pitbull en el albergue de migrantes.

Nos acercamos a la mesa a terminar la partida de conquián, el juego de cartas predilecto de los migrantes, con sus dos hermanos. Por un momento, todos se olvidan de aquellos cadáveres que sin saber por qué les marcaron el destino en El Salvador.

Echan algunas risas. Pienso si no es así, con esa confianza convertida en insultos amables, que se expresan el cariño, la alegría de estar juntos en esta huida. Cuando uno de ellos lanza la carta incorrecta en este juego de velocidad y reacción los otros sueltan carcajadas. Balbucean adjetivos. Pendejo, cerote, burro. El que los recibe también ríe. Ríen juntos.

Auner me aparta por un momento de la mesa. Quiere contarme la decisión que ha tomado:

—Nos vamos en bus por la sierra… Pero… La onda es que… Quiero ver si nos podés echar la mano, porque… Es que no conocemos ni nada.

Acordamos que en lo que se pueda así será. Viajaremos juntos hasta Oaxaca. Acordamos vernos por la mañana en el parque de Ixtepec. Nos despedimos.

En la mañana, el sol aún no calcina en este pueblo que parece capaz de derretir a un ser humano. Una marcha popular recorre las calles adoquinadas, encabezada por el pick up que hace las veces de vocero del periódico local. La gente de los puestos callejeros de ropa y verduras se asoma a ver a los marchantes, unas 100 personas. Esta vez el carro de las noticias ha prestado sus servicios para denunciar la supuesta violación por parte de ocho policías municipales de una prostituta local. No es de extrañar. Hace dos años estuve aquí mismo haciendo un reportaje sobre cómo la banda de secuestradores de migrantes estaba conformada por municipales y judiciales.

—¡Puta madre! –exclamo– la violaron entre ocho.

Auner y El Chele bajan la cabeza. Murmuran un “qué paloma” y siguen viendo las revistas del puesto. Pitbull tarda más en responder. Se queda pensativo hasta que lanza su evaluación:

—¿Y no era puta la chimada, pues?

Quién sabe qué es lo que hace que entre tres muchachos hermanos con la misma historia, el mismo barrio y la misma madre, haya uno que sea más padre, Auner; otro más un adolescente cualquiera, El Chele; y otro que parece un ex convicto de toda la vida. Unos minutos de más un día en la tienda de la esquina donde se conoció a un amigo, un partido de fútbol, una golpiza en un mal momento por parte del padre. Supongo que es eso, algo tan sutil e impredecible como el descenso de una pluma.

Nos embutimos en el autobús de tercera que viaja repleto de indígenas hacia la sierra. Pocas horas tardamos en descubrir por qué esta ruta es utilizada por los migrantes que llevan algunos pesos para el boleto. La calle es una angostura de pavimento que sube, baja y se curva como un intestino indigestado. Bordea precipicios interminables. Corta cerros de piedra caliza. Es comprensible por qué el Instituto Nacional de Migración no incluye a esta dentro de su ruta de retenes.

Sin mucho espanto para un camino diseñado para aterrar al indocumentado, llegamos a Santiago Ixcuintepec. Es un pequeño pueblo de indígenas en medio de la bruma, la llovizna y la sierra tupida. Nos arrimamos al portal de la iglesia para descansar las 9 horas que tenemos libres antes de que el otro autobús salga rumbo a la ciudad de Oaxaca capital. Algunos jóvenes nos ven con mala cara y Pitbull vacila si responderles con otra mirada más lasciva o seguir como debería, cabizbajo, asumiendo que huye y que este camino está del todo en su contra. Por suerte, no dice nada.

Tres indígenas se nos acercan con diferencia de minutos. Enjutos, con caras bondadosas y sandalias de caucho. Todos con mentiras. Dicen que nos llevan a sus casas, en un pueblo intermedio. Dicen que ahí dormiremos bien y tendremos un plato de frijoles con tortillas para llenar la panza. Que solo cobran 2,000 pesos por el grupo. Que el bus que esperamos no saldrá. Son una panda de timadores. El bus sí saldrá y su precio es de 100 pesos por cabeza. Este pueblito, como otros tantos que he visto en este camino, no tardará mucho en convertirse en un nido de rateros. Los migrantes son la presa perfecta. Huyen de las autoridades. Se esconden, quieren ser invisibles.

Los muchachos me voltean a ver sin saber qué contestar. Es obvio que la idea no les resulta mala. Avanzar es avanzar de todas formas. Aún son ingenuos en estas rutas de la mentira.

*
Los otros cadáveres

—Ey, madrecita, aliviánenos con unas sodas –dijeron Los Chocolates a doña Silvia.

Los Chocolates eran dos hermanos pandilleros de Chalchuapa. Ambos de la 18. Pasaban las mañanas y ocasos frente a la tienda de doña Silvia, la madre de los hermanos Alfaro. Pedían un refresco regalado, con ese deje de poder que recubre a los pandilleros en sus zonas. Fumaban marihuana y montaban guardia en su barrio.

Era el 19 de junio de 2008. Un día de lo más normal. Una rutina diaria.

—Otra vez esos muchachos. Que no podrán irse a poner a… –intentó terminar la frase doña Silvia cuando escuchó ocho detonaciones y los alaridos de su hija mayor, que estaba afuera con sus pequeñas.

La madre salió corriendo. Encontró a su hija y sus nietas amontonadas en una esquina pegando gritos. Un taxi aceleraba dando vuelta en U. Los Chocolates, Salvador y Marvin, de 36 y 18 años, yacían desparramados en el suelo. Cara, pecho, piernas, todo había sido partido por el metal.

El taxi había llegado segundos antes, con sus vidrios polarizados hasta arriba. Se estacionó frente a Los Chocolates, que descansaban en el murillo de la tienda. Como quien va a bajar el vidrio para pedir una dirección, el taxi se mantuvo inmóvil. En efecto, los vidrios se bajaron, los de adelante y los de atrás del lado derecho del coche. Salieron cuatro cañones de 9 milímetros. Empezó y terminó la masacre.

Silvia se quedó mirando el taxi en su huida. Petrificada.

Escenas fugaces e incomprensibles. Esa es la materia de la que se componen los campos de la violencia. No son zonas de traqueteos de metralleta ni de hombres y mujeres corriendo constantemente. Son silencios y ocasos que se rompen por esa fugacidad en las banquetas donde los niños juegan, en las esquinas donde los jóvenes conversan, en las tiendas donde las madres despachan.

Después, como quien despierta a medianoche, todo vuelve a la normalidad. Silvia dijo a las niñas que entraran. Cerró la tienda. Nadie se quedó para ver cómo los forenses levantaban los cadáveres. Nadie se quedó a dar ninguna respuesta.

Pero a Silvia algo le daba vueltas en la cabeza. Ella creció en este país, en zona de pandillas. Ahí crió a sus hijos. En su mente, una cosa, quien sabe cómo, podía derivar en otra. Corazonadas de madre, supongo. Al día siguiente llamó a sus dos hijos, a Auner y a Pitbull que recién había llegado deportado de la prisión de menores de Tapachula y les pidió que se fueran a Tacuba, a chapodar los campos del abuelo. El Chele seguía en la ciudad fronteriza mexicana y nadie le contó que dos cadáveres de pandilleros cayeron en el porche de la tienda de su mamá.

Quién sabe qué le cruzó por la cabeza a Doña Silvia. ¿Sabía algo? Nunca lo averiguarán. Nadie los apuntaba aún, pero su madre presintió algo. Ella dio el pistoletazo de salida: huyan muchachos.

Auner y Pitbull hicieron caso. Se fueron. Chapodaron, pastorearon vacas y afilaron machetes en Tacuba, pero aquello era muy aburrido. Para Pitbull era como volver a ser un joven campesino cuando intentaba por todos los medios ser un joven moderno, jugar a las maquinitas, comprarse camisas polo, conquistar a las chicas y ponerse aretes. Para Auner era inviable. Él tenía una mujer y un sueño de mantenerla. Su abuelo le pagaba en frijoles y tarros de arroz con tortillas. Eso no era suficiente.

Por aquellos meses de mediados de 2008, los dos se fueron a Tapachula. Auner durmió una última noche con su mujer. Pitbull probó por primera vez fuera de los barrotes la marihuana con sus amigos de Chalchuapa. Al día siguiente se juntaron y montaron un autobús rumbo a Tapachula.

Allá, en la ciudad de frontera, se dieron la mano, se dijeron adiós y continuaron con esa relación de hermanos campesinos que no se abrazan ni construyen destinos juntos. Hasta que el destino mismo los obliga. Uno albañil, Auner; el otro carga bultos, Pitbull. El Chele, en lo suyo, en sus esquinas de parques, sus chicas, su taller mecánico y su pelo engominado.

Una noche de agosto Auner volvía del trabajo caminando por el parque de Tapachula. Cuando aquel aire caliente le atravesaba el pelo negro y tupido, el tiempo que dejó atrás lo obligó a juntar a sus hermanos. Auner recibió una llamada de su tío en el celular. Aquella tarde, el mayor de los hermanos escuchó la peor noticia de su vida con la sequedad de mensaje de quien sólo recibe una mala noticia. Un problema cotidiano: Auner, hoy nos cortaron el agua; Auner, hoy me rompí una pierna.

—Auner, hoy mataron a tu mamá.

Doña Silvia Yolanda Alvanez, a sus 44 años, murió de un balazo en el centro de la frente o de un balazo en su sien izquierda. Quien sabe cuál entró primero. Fueron dos muchachos. Uno manejaba la bicicleta, el otro iba parado en los tornillos de las ruedas. Aparcaron frente a la tienda. Ella lavaba trastos en la piedra. Caminaron silenciosos frente al hermano de Silvia, el tío de los muchachos. Se pararon junto a ella. Uno enfrente, el otro al lado. Le volaron la cabeza.

*
La melancolía del que huye

—¡Ve que hijueputa este! –dice Pitbull levantando la voz con toda la intención de ser escuchado.

El autobús que va de Ixcuintepec a la capital de Oaxaca traquetea más que el anterior. Esto sí es romper la oscuridad. La luz de los faros que se extiende genera dos remolinos de mosquitos y mariposas nocturnas que giran allá adelante cuando salen de la selva que atravesamos. Pitbull cede ante la impotencia y se echa a dormir. Desde hace varias horas está intentando que el motorista quite la monótona música norteña que nos ha impuesto desde que salimos. Pitbull quiere un disco que asoma en el tablero, un disco de reguetón.

El Chele y Auner duermen allá atrás. Previendo que algún policía pudiera subirse decidimos repartirnos en diferentes asientos. La buscada confusión poco hubiera funcionado. Los muchachos son casi fluorescentes en el autobús: entre indígenas, tres jóvenes con pantalones flojos y zapatos tenis. Más que viajar, huyen. Eso se nota. Son los tres de sueño ligero. Son los que se despiertan a asomarse por las ventanas cada vez que el bus se detiene. No importa si es para que el motorista orine, salude a algún indígena en un pueblito o suba a otro que espera entre los árboles. Se asoman.

Amanece entre las montañas. La vereda de tierra se ha convertido en una carretera de curvas cuando abrimos los ojos. El Chele ha viajado en silencio. No ha pronunciado palabra y ha mantenido la mirada perdida entre los montes. Pitbull, mientras ha estado despierto, ha sido el mismo muchacho inquieto de siempre, volteando a ver para todos lados, lanzando una que otra broma, insultando al motorista, tarareando tonos que le vienen a la mente. Auner iba cansado y eligió dormir casi todo el camino, pero ahora que ha despertado, una mirada triste se le escapa por la ventana. Con el ceño fruncido de quien recuerda, el mayor de los hermanos viaja con gesto de preocupación cuando me siento a su lado.

—¿Qué te pasa, viejo? –pregunto

—Aquí, dándole vueltas a la cabeza.

—¿La familia?

—La familia.

—¿Qué pensás?

—Solo que espero que estén bien… Que las amenazas que nos llegaron no fueran para ellos también… Es que como fueron así tan raras… Sin decir para quién iban, pues… Solo que para la familia.

*

La familia, para Auner, se traduce en los muchachos que lo acompañan en este autobús, en su hermana mayor que se quedó atrás, en su mujer y su hija de dos meses. El resto de su familia, su abuelo, sus tíos, sus primos, todos los que se quedaron callados ante la muerte de doña Silvia, le importan un pito.

—A esos que se los lleve la bestia si quiere.

Aquella noche calurosa de Tapachula cuando Auner recibió el llamado de su tío, juntó a sus hermanos para que iniciaran la marcha fúnebre para despedir a su madre.

Ninguno quiso contarme cómo vivió el momento. Solo me dijeron frases cortas: fue duro, nos ahuevamos, bien pura mierda.

Dos días viajaron como migrantes a la inversa, buscando el sur, alejándose de Estados Unidos, pidiendo aventón, cruzando la frontera de México a Centroamérica por el río que los divide. Llegaron tarde, sólo para ver cómo metían la caja con su madre bajo tierra.

El Chele llevaba adentro la rabia de un niño asustado. Enojado, pero con más ganas de llorar que de pegar. Pitbull y Auner, sin decirse nada, querían matar. ¿Pero a quién?

Una lápida de silencio cayó sobre el cadáver de su madre. El tío que vio pasar a los sicarios enmudeció: no, no sé nada, no los vi, me quedé paralizado. Fue todo lo que dijo. El abuelo, el patriarca de la familia, desde su Tacuba campesina y con su biblia de pastor evangélico como escudo repetía su monserga: confórmense, déjenla en manos de Dios, así lo quiso él, dejen de preguntar.

Pasaron los meses. Ellos insistiendo y el silencio respondiendo. Las preguntas se fueron atenuando. La rabia se convirtió en tristeza. Las dudas quedaron ahí. ¿Habrá sido una venganza de los borrachos a los que Pitbull encerró? ¿Habrá sido la mara que no quería testigos de la muerte de Los Chocolates?

—Quizá una vieja que es bruja y que odiaba a mi mamá –agrega Pitbull.

En un país como El Salvador, la muerte no tiene una sola cara. No viene de un solo lado. Se presenta a veces en forma de abanico. Sus mensajeros son tantos que cuesta pensar en uno solo. Es como cuando en el mar sientes que algo te picó en el pie que enterraste en la arena. ¿Un cangrejo, una medusa, un erizo? ¿Un borracho, un marero, una bruja?

Los meses pasaron bajo el calendario del luto. Dos meses de rabia y preguntas. Dos meses de conformismo intermitente. Un mes de tristeza a secas.

Después, los muchachos recogieron lo que sembraron. Aquellas preguntas que hicieron nunca parieron respuestas, pero sí amenazas. La misma semana su tío y su abuelo, desde Tacuba y Chalchuapa, recibieron la misma advertencia que trasladaron a Auner para luego volver a enmudecer.

—Muchacho, alguien los quiere matar, me dijeron que van a matarlos a ustedes tres y a toda la familia.

Nada más.

El verdugo clandestino regresó como siempre lo hizo en la vida de los hermanos Alfaro. Regresó a los meses, cuando el último estallido de violencia se había disuelto en el tiempo. El verdugo volvía a hacer gala de su paciencia y memoria. Sin dar explicaciones, sin mostrar la cara. Las únicas decisiones que permite son esperar o huir.

Sintieron la condena de su región, la fuerza con la que su país lanza los escupitajos hacia afuera o el bagazo de 14 cadáveres diarios en promedio. Ellos son escupitajo. Hicieron maletas y emprendieron el viaje por sus vidas.

Se unieron a la romería de los vomitados centroamericanos. Se metieron en este flujo de los que escapan. Unos de la pobreza, otros de la imposibilidad de superarse. Muchos, de la muerte. Esa que todo lo cruza y que toca a los jóvenes, viejos, pandilleros y policías.

*

No puedo evitar pensar en otras historias que conocí en este camino. La sorprendente indiferencia con que las amenazas caen a la par de personajes distintos. Recuerdo como ejemplo claro de esto el gesto similar de susto con el que la policía hondureña y el pandillero guatemalteco me contaban lo mismo: tuve que escapar. Y enfatizaban el “tuve”.

El pandillero se llamaba Tirson. Tenía 18 años, 15 de vivir en Los Ángeles con su madre. Desde hacía cinco años pertenecía a la pandilla 18 en su gueto latino. Lo deportaron cuando ya no estaba en activo, por un robo que cometió contra una tienda 24 horas.

Lo conocí durante tres días. Fue a medio México, cuando viajábamos en tren hacia Medias Aguas, colgados de las parrillas de aquella bestia nocturna. Una lluvia torrencial caía mientras el gusano rompía los cerros intransitables para otro vehículo. Fumábamos haciendo cuenco con las manos. Él hablaba desbocado haciendo énfasis en una frase que según la interpreté buscaba que yo entendiera que él no tenía opción, que hay gente en el mundo que no tiene dos ni tres sino solo una alternativa.

El efecto del tren es siempre el mismo. Allá arriba no hay periodistas y migrantes. Hay gente colgada de una máquina que lleva sus vagones vacíos. Allá arriba sólo hay marginación y velocidad. Y todos somos iguales, porque el suelo está al mismo palmo de nuestros pies y porque las sacudidas nos sacuden a todos por igual. Es todo lo que importa.

Tirson volvió deportado a Guatemala, un país que no conocía. Hizo lo que pudo, llamar a su tío paterno a Los Ángeles con la única llamada que le dieron las autoridades migratorias de su país. Consiguió una dirección. Hacia allá fue, a buscar a un señor que no conocía.

Llegó a un barrio marginal, a la par de un río. Eso me contó. Entró caminando, como cualquiera entraría a cualquier barrio. Le pasó lo que le pasaría a cualquier joven inexperto en Centroamérica, que no sabe que estos no son barrios cualquieras. Una turba de muchachos salió de un callejón. Le cayeron a patadas y le arrancaron la camiseta.
—¡Ajá, un chavala hijueputa! –gritaron hambrientos cuando le vieron el uno y el ocho en su espalda.

Tirson alcanzó a gritar el nombre del señor al que buscaba.

—¡Alfredo Guerrero, Alfredo Guerrero!

La turba se calmó por un segundo. Se voltearon a ver entre sí y lo arrastraron por la colonia como quien arrastra un animal. El cuerpo moreteado de Tirson fue lanzado a los pies de un hombre en el interior de una casa. En una mejilla el hombre tenía una M; en la otra, una S.

—Ajá, chavala de mierda, ¿para qué me buscás? –dijo el hombre.

—¿Alfredo Guerrero? –repitió Tirson.

—Ajá –contestó el hombre.

—Soy Tirson, tu hijo, me acaban de deportar.

El hombre -así lo recordó en aquel tren Tirson- abrió los ojos hasta más no poder. Después respiró hondo y volvió a tener aquella mirada de rabia.

—Yo no tengo hijos chavala –zanjó su padre.

El hombre, sin embargo, le hizo el único regalo que Tirson recibió de su padre. Reconoció ante su barrio que ese era su hijo. Le entregó como obsequio un hilo de vida.

—No vamos a matar a este culero, pero le vamos a aplicar el destierro. Y si te vuelvo a ver, hijueputa, creéme que yo mismo te voy a matar.

Lo desterraron. Lo dejaron en calzoncillos, con su 18 expuesto, en otra zona de la Mara Salvatrucha, de la que Tirson logró salir embarrándose de lodo y aparentando ser un loco.

A la policía la conocí con meses de diferencia de Tirson. Se llama -o se llamaba, quién sabe si logró llegar a Estados Unidos- Olga Isolina Gómez Bargas. Rondaba los 30 años. Su historia también era la de un terreno donde no hay que entrar. Su relato también llevaba tatuadas dos letras. MS.

La hondureña decidió huir de su país porque una bala iba a atravesarle la cabeza. La bala iba a salir de una pistola 9 milímetros. Una que ella portaba en el cinturón cada día. Olga Isolina era policía.

A su primer marido, también policía, se lo mató la Mara Salvatrucha en un operativo. Una leve descoordinación. Entró cuando los refuerzos aún no llegaban a una zona del barrio El Progreso. Una lluvia de 30 balas le mojó de sangre todo el cuerpo. Ocurrió dos años antes de que Olga me llorara su historia en las vías, cuando escapaba de sí misma.

A su segundo marido, otro policía, se lo mataron un año y medio después que al primero. Ella vivía en una colonia de la Salvatrucha, pero había sabido cómo rebuscarse para que no se enteraran de que era policía. Trabajaba en otras zonas. Regresaba a su casa vestida de civil cada fin de semana. A su marido la cautela le importó un comino. Él entraba al barrio vestido de policía y con la pistola en el cinto.

Un día, por atrás, tres balas en la nuca le explicaron al segundo marido de Olga Isolina que la soberbia y la violencia no se llevan bien. Desde entonces, ella empezó a ver a su pistola de a diario como una salida de aquel huracán.

—Me mato, mato a mis hijas y a mi perro para no dejar a nadie desamparado –pensó muchas veces acariciando la cacha de su 9 milímetros.

Hasta que eligió mejor separarse de su pistola. Salir de la policía e ir a buscar al norte un trabajo donde no hubiera balas con las que suicidarse.

La violencia, como bien sabe Olga Isolina, no sólo espanta a punta de cañón. También a insistencia de la tristeza. La violencia, bien lo saben los hermanos Alfaro, ahuyenta incluso cuando no tiene rostro.

*
Adiós, muchachos

El centro de la ciudad de Oaxaca se muestra colorido y dominical cuando nos bajamos del taxi. Hace unos minutos llegamos a la terminal de buses de tercera, provenientes de la sierra de Oaxaca. Niños rubios pasean de la mano de sus globos a la par de sus padres también rubios y sanos que fotografían a las indígenas que venden artesanías en la plaza.

Auner, Pitbull y El Chele sonríen con recato ante aquello, como si no se lo merecieran. Abren los ojos y tuercen la nuca de un lado a otro. Uno sigue los pasos del otro que a su vez sigue los pasos del anterior. Buscan guía en este pequeño mundo perfecto. Esta plaza de paletas y manzanas acarameladas. Caminan como un gusano torpe que no logra coordinar ninguna de sus patas. Parecen el extracto de una película blanco y negro en una de color.

Ya sabemos que aquí nos diremos adiós. Los acompaño en su última negociación. Su padre, desde Estados Unidos, les dictó un número de celular. Les dijo que es un amigo oaxaqueño que conoció en el norte, con quien trabajó. Él les echará una mano.

Se preguntan en qué los ayudará. ¿Es un coyote al que su padre le ha pagado para que los lleve seguros hasta su encuentro? Ojalá, suspiran los tres hermanos. ¿Es solo un amigo que les dará comida y casa para que descansen antes de continuar su huida? Bueno, algo es algo, repiten.

Les doy el celular para que salgan de la duda. Queda claro que en cuanto a migrar se trata, los tres Alfaro son inexpertos. Escapar es otra cosa, no hay alternativa ni mucha estrategia. Solo aquella que la prisa permita. En este camino hay lobos y caperucitas. Ellos no se mueven como lobos. Me queda claro cuando ni por un momento se preguntan qué hacer si el amigo de su padre es un coyote. Con uno de esos ases del camino hay que saber qué palabras utilizar, qué negociarle. Son expertos subiendo cuotas, cobrando servicios extras. Si detectan que enfrente tienen a un primerizo le harán perder su virginidad sin compasión.

La llamada termina. Auner me devuelve el celular con el vacío en los ojos. Es solo un amigo. Un plato de comida, una cama caliente y algunos consejos.

A partir de ahora, seguirán solos en su huida. La noticia les cae como balde de agua fría, porque aunque puedan seguir tomando algún que otro autobús, los espera el tren. La bestia. Tarde o temprano. Sus asaltantes, cuatro puntos más donde puede haber secuestros y la región norte mexicana, donde más operativos policiales de migración ha habido en el último año.

*

Las tardes en la plaza de Oaxaca te llenan de calma. Hojas secas tapizan el suelo o vuelan por ahí. Ancianos descansan en bancas forjadas frente a las que la gente pasa saludando con alegría.

En una de esas bancas, en un remanso en la huida, luego de lanzar una mirada humilde y cómplice a El Chele y Pitbull, Auner me hizo su pregunta:

—Disculpá, espero que no te ofenda, pero hay algo que no entendemos. ¿Por qué nos ayudás? ¿Por qué te importa?

Parece sencilla de responder. Porque voy a contar su historia. Pero en el contexto del adiós es un enorme nudo introducido de golpe en la garganta. Sin bisturí. A mano limpia.

Aquella pregunta escondía otras miles. ¿A quién le pueden interesar tres condenados a muerte? ¿Por qué seguir a unos hermanos campesinos que solo dejaron cadáveres atrás? ¿Qué tienen de raro los cadáveres? ¿Por qué ayudarnos? ¿Por qué, si hasta nuestro propio país nos echó? ¿Qué de importante puede haber en lo que ha sido escupido?

No hubo tiempo de nada más. Un hombre prieto se acercó a la banca. Era el amigo del padre de los hermanos Alfaro. Hizo un gesto rápido con la mano. Nos dimos un fuerte abrazo y vi a Auner, Pitbull y El Chele perderse en la plaza, entre niños y juegos. Ellos continúan escapando.

Los días pasan y la comunicación con los muchachos se reduce a intercambio de mensajes de celular.

—¿Dónde están? ¿Cómo están?

—Bien. Vamos a tomar un bus para DF.

Los días pasan. En Chalchuapa y Tacuba varios jóvenes siguen cayendo como Auner, Pitbull y El Chele estaban condenados a caer. Roberto, Mario, Jorge, Yésica, Jonathan, José, Edwin, todos entre los 15 y los 27 años fueron asesinados en estos meses de agosto y septiembre.

—¿Dónde están? ¿Cómo están?

—Aquí vamos. Ya no nos queda de otra, vamos a subirnos al tren.

La comunicación se interrumpe. Mis mensajes se quedan sin respuesta. Hoy, principios de septiembre, hubo un secuestro masivo en Reynosa, frontera norte de México. Al menos 35 migrantes centroamericanos fueron bajados por un comando armado de Los Zetas cuando los indocumentados llegaban a esa ciudad montados como polizones en el tren de carga.

—¿Dónde están? ¿Cómo están?
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