martes 9 de febrero de 2010

Jonathan no tiene tatuajes-



Una crónica de Roberto Valencia. Fotografías de Donna De Cesare.
* Los nombres de algunos personajes y lugares de este relato se han modificado por razones de seguridad.
* Esta crónica es parte de un proyecto coordinado por la Coalición Centroamericana para la Prevención de la Violencia Juvenil con el auspicio de Cordaid.


Neck es uno más entre las decenas de miles de pandilleros que hay en Centroamérica. Lo corrieron de su casa cuando tenía 12 años. Vagó, pasó hambre y terminó en el único lugar que le brindó consuelo: el Barrio 18, una de las dos pandillas más influyentes de Centroamérica. Se tatuó, robó, disparó. Salió de su Honduras natal, conoció El Salvador y se instaló en Guatemala a finales de los 90. Desde el año 2000 purga una condena de 36 años en un penal guatemalteco. Hasta aquí, una historia de pandilleros más, una entre decenas de miles. Pero Neck hoy tiene 30 años, familia y una pregunta que lo atormenta. ¿Qué hace un pandillero cuando el muchacho de 13 años que quiere seguir sus pasos es su propio hijo?

El cuarto alguna vez fue blanco. Es un cuadrado casi perfecto, tres por tres. La puerta es de metal, negra y maciza, como si se quisiera esconder algo valioso. La ventana, alargada y estrecha, con barrotes. Entra poca luz. El moblaje es mínimo, solo una camilla oscura con apoyabrazos y cinturones que permite suponer que aquí hubo muertos.
Las únicas tres condenas a muerte por inyección letal que se han ejecutado en América Latina se consumaron en esta salita de la Granja Modelo de Rehabilitación Pavón, en Guatemala. Un tal Manuel Martínez fue el primero, el 10 de febrero de 1998. Además de autoridades, periodistas y un pastor evangélico, su agonía la vieron a través de un cristal renegrido la esposa –con quien había contraído matrimonio unas horas antes– y los tres hijos de la pareja. Una familia completa reunida en el Módulo de la Muerte para ver morir al padre condenado por un séptuplo homicidio.
Más de una década después, otra familia se reúne en el mismo lugar. La forman un pandillero llamado Neck –el rostro tatuado, 36 años de condena–, la esposa, la hija y Jonathan, el hijo que quiere ser como su papá. Como Pavón permite a las visitas quedarse el fin de semana, raro es el sábado en el que no duermen los cuatro sobre el mismo colchón en un cuarto contiguo al de la camilla.
Pero hoy es miércoles y Jonathan no ha venido. A esta hora, cuarto para la 1, debe de estar preparándose para ir a clases. Estudia quinto grado. Acaba de cumplir 13 años y ya le sombrea el bigotillo. Es un muchacho despierto, de mirada fija y locuaz, con una voz que le ha desarrollado más que el cuerpo. Su profesora dice que es muy bueno dibujando.
—Y vos que sos del Barrio –pregunto a Neck–, ¿no te llegaría que Jonathan también lo fuera?
—Preguntáselo a ella –señala con la mirada a su esposa–, a ver qué te dice.
—Es un problema que tenemos, porque a Jonathan le llama mucho la atención ser 18, igual que su papá. Incluso se pinta en las piernas el 1 y el 8.
Jonathan no tiene tatuajes.
*
Su ficha en la Dirección General del Sistema Penitenciario asegura que nació un día 13, en septiembre de 1979. Pero Neck no siempre fue Neck. Durante 13 años se llamó Erick Gerardo Vallecillo Alarcón, sin más, el menor de tres hermanos, hijo de una alcohólica llamada Blanca Inés y de un padre de cuyo nombre no quiere acordarse.
Neck nació sin tatuajes.
Su primera casa –hogar es demasiado cálido– estaba en Guamilito, un céntrico barrio de San Pedro Sula. Después de saber de lo que ha sido capaz, cuesta imaginarse a Neck con camisita celeste y pantaloncitos gris plomo, su uniforme en la escuela José Trinidad Cabañas. Cuesta imaginarlo como un niño que sumó y restó, rió, traveseó, beisboleó, soñó. Todo eso duró demasiado poco. En 1992 su madre murió. Su padre se alcoholizó aún más. Lo corrieron de casa. Y se tiró a la calle. Ya solo podía prosperar.
Erick Gerardo cayó en la colonia Francisco Morazán, la Mora. Allí estaba bien parada la pandilla Barrio 18, y no había cumplido los 14 cuando ya caminaba con ellos. Con los meses, afloró la fidelidad hacia los dos números, lo golpearon durante 18 segundos y lo rebautizaron: Neck.
La nueva vida ofrecía ventajas. Se movía dinero y el dinero movía todo lo demás: la comida, el alcohol, las prostitutas, la marihuana, el techo. Y había hermandad. Una vez cayó preso y un par de homeboys (compañeros de la pandilla) lo rescataron. Lo hicieron cuando lo trasladaban a pie hacia unos tribunales. Llegaron, cuadraron a los agentes y los amarraron con sus mismas esposas. Ni siquiera hubo que asesinarlos.
Problemas con la justicia fueron los que lo obligaron a dejar su hogar en San Pedro Sula. Siempre protegido por los dos números, durante dos años estuvo rebotando entre Honduras, El Salvador y Guatemala, donde en el año 2000 lo condenaron a 21 años de prisión por homicidio en grado de tentativa, robo agravado y amenazas. Los minutos se hicieron horas; y las horas, días.
El odio a muerte entre el Barrio 18 y Mara Salvatrucha (MS-13) suena eterno, pero comenzó a inicios de los noventa. Ambas son de la zona sur del condado de Los Ángeles (Estados Unidos), ambas rinden tributo a la Mafia Mexicana, y ambas llevan con orgullo el número 13 que las identifica como sureñas. En esa su guerra fratricida, de hecho, ha habido treguas, como las que aún mantienen en las cárceles estadounidenses; entonces se dice que se corre el Sur. Pero Centroamérica es otra historia. El 15 de agosto de 2005 la Mara Salvatrucha extendió su guerra con el Barrio 18 a los únicos lugares de Centroamérica donde aún se mantenía el pacto de no agresión: los centros penales de Guatemala. Se rompió el Sur, y Neck lo vivió en carne propia en una cárcel llamada El Infiernito.
—Ese día solo los locos del Barrio fuimos los paganos, ¿mentendés?
A plena luz del día se le acercaron dos y con un cuchillo hechizo le abrieron el cuello y la cabeza una y otra y otra vez. Neck terminó siendo un número más en el balance oficial de 35 muertos y 80 heridos –casi todos dieciocheros– que resultó de ese primer día de guerra abierta.
Se recuperó a tiempo. El 22 de octubre 19 presos de El Infiernito se escaparon por un túnel de 120 metros que cavaron en 10 meses bajo el piso. Fue la fuga más sonada de la última década, en la que los fugados incluso dejaron escrito en la pared un mensaje para ridiculizar al Gobierno. Neck fue uno de esos 19.
El escándalo propició que se elaborara una baraja de cartas con los rostros y se repartiera entre los policías. A Neck lo recapturaron el 7 de noviembre en los suburbios de Ciudad de Guatemala.
—Ese día, ¿mentendés? Estaba así, impaciente por querer salir, y todavía le pregunté a una bicha: ¿no hay juras (policías)? No, me dice. Ah, entonces voy a traer el fusil (un AK-47). Yo llevaba 30 tiros, ¿va? para el AK, ¿mentendés? Porque lo tenía a cargo, ¿mentendés? Yo ahora he cambiado bastante, pero era del pensar de que no me iban a agarrar vivo, ¿mentendés? Porque laneta, si yo iba a morir, me iba a llevar a por lo menos tres o cuatro puercos conmigo, ¿mentendés? Pues sí, yo iba para la casa del homeboy, y como a media cuadra me cuadraron dos juras. Que si la hacen bien, si hubiera entrado en la casa, ahí hubieran encontrado no solo el AK, ¿mentendés? Y yo hubiera tenido una gran bronca encima, hasta con el Barrio, ¿mentendés?
De nada sirvió la baraja. A pesar de que estaba más cerca de los 30 que de los 20, la cédula que el Barrio le facilitó y su aire juvenil lograron que durante tres días uno de los más buscados permaneciera detenido pero anónimo en un centro para menores de edad. Cuando las autoridades al fin se enteraron de que era el Neck, hubo un motín para evitar el traslado. Lo tuvo que sacar el Ejército.
El balance de la fuga fueron 17 días de libertad, una mano huesuda tatuada en el rostro y un XVIII en la frente, 15 años más de condena por evasión y transporte de armas de fuego y una mal disimulada sensación de arrogancia.
Desde entonces está encerrado.
*
Jonathan es muy bueno dibujando. Le fascina, dice Silvia Henríquez Orozco, su profesora de quinto grado en la escuela pública donde estudia. Por lo demás, se le atragantan casi todas las materias, con frecuencia falta a clases, y cuando asiste raro es que no se le haya olvidado algún cuaderno. En julio lo cambiaron de grupo porque fotografió debajo de la falda de una compañera con un teléfono celular.
Los dibujos que hace no son paisajes ni flores ni familias felices ni santaclaus. Le gusta dibujar calaveras, letras y números góticos y una mano huesuda y con largas uñas que tiene el dedo índice extendido y los otros cuatro retorcidos para formar un ocho.
En la escuela Jonathan no saben que el padrastro es pandillero, que su condena concluye en el año 2036 y que esa mano huesuda que tanto dibuja es un íntimo tributo a Neck y a todo lo que representa.
*
Brigitte De la Hoz nació en 1981 hija de un policía y de Delmi Castro. Su padre es hoy apenas un recuerdo; murió cuando tenía 3 años. Su madre es poco más que una voz distante y unos dólares remesados; cuando enviudó, huyó hacia Estados Unidos. Sin padre ni madre, Brigitte y su hermana menor se criaron con una tía abuela a la que comenzaron a llamar Mamá Corina.
Su niñez la pasó en La Chácara, una colonia marginal donde el Barrio 18 tenía y tiene presencia, pero su sentimiento hacia los dos números se quedó nomás en la simpatía. Sin padres y con un carácter como el suyo, Brigitte se propuso tomar desde muy joven las riendas de su vida, y la consecuencia fue su maternidad precoz: con 15 años ya había parido a Jonathan; con 16, a Susana. Pero ni siquiera esto suavizó su temperamento, sus malas palabras, su propensión a la violencia. Mamá Corina, que es un pedazo de pan, cree que solo ella la aguanta.
—Solo yo la aguanto porque ¡ja! la Brigitte tiene un carácter…
La persona con la que se casó en 2007 también la aguanta, a su manera. Pero antes está 2006, un año convulso. Lo inició encarcelada. Había estado presa ya, otras cuatro veces, entradas siempre de menos de siete días. Esta vez fueron casi cuatro meses.
—¿Y por qué, si puedo preguntar?
—Porque le volé un pedazo de cabeza a una chava y le corté todo el cuello con un espejo.
—¿Y ella murió?
—No, gracias a Dios que no.
En marzo recobró la libertad. Pero al poco ella y Jonathan y Evelyn Susana y Mamá Corina tuvieron que dejar La Chácara. El cuñado de Brigitte asesinó a una persona y creyeron que irse era lo mejor. Se trasladaron a Chinautla, en la zona norte de la capital. Recién instalados supo del asesinato de la que era su pareja hasta entonces. El año no suspiró sin un nuevo ingreso en la cárcel, esta vez como visitante.
*
Neck y Brigitte se conocieron en el Preventivo para Hombres de la Zona 18 a finales de 2006. Ella llegó vestida de luto: falda negra, suéter negro. Acababa de morir su pareja. Su estancia en la cárcel obedecía nomás al deseo de acompañar a su hermana menor, que visitaba al padre de sus hijos. Neck y Brigitte cruzaron miradas.
Brigitte lo contará así:
—Llegamos al penal a ver a mi cuñado. Y cuando vi que él pasó… a mí sí me gustó desde que lo vi, y donde se dio la vuelta y le vi el tatuaje de la cara. ¡Ihhh…! Pero si es 18, sí ¿va? Y cabal, vi que era 18. Y en la misma me dijo mi hermana: mirá quién está ahí, el chavo de los tatuajes en la cara. ¿Y lo conocés?, le dije ¿Y no es el que salió en la tele, el que se hizo pasar por menor?, me dijo.
Neck lo contará así:
—El cuñado de ella la anduvo ofreciendo, que ya estaba soltera, ¿mentendés? Que iba a venir una cuñada a verlo, y al que más miedo tenían en el sector era a mí. Y llegó y dijo hey, que va a venir mi cuñada, va a venir mi cuñada.
Brigitte se convirtió en la haina de Neck. Así llaman en la pandilla a la pareja de un pandillero cuando ella no es miembro activo.
Pero cuando está delante de otras personas le dice esposa. Entendido. Porque ella es su esposa.
Neck y Brigitte se casaron en el mismo penal en que se habían conocido cuatro meses atrás. Sucedió el 14 de febrero de 2007. Los casó un pastor evangélico, en un día de visita.
—Ni cuarto nos dieron –dirá él.
—Ajá –asentirá ella.
*
Ingresar en Pavón resultó menos complicado que lo que creía. Apenas un registro superficial, sin escáneres ni perros ni aparatos de esos que se alteran cuando sienten el metal cerca. Podría haber entrado con un par de gramos de cocaína en el bolsillo y nadie se habría dado cuenta.
Hoy es un miércoles nublado de julio, día de visita. A este lado de la puerta principal hay pegados a las vallas un centenar de internos que esperan a una madre, a una esposa, a unos hijos. Detrás, a cien metros, están las oficinas administrativas, un edificio estirado y de una sola altura con una torre alta y acristalada a la mitad. Parece un aeropuerto de provincias.
Gustavo Cifuentes –pequeño, compacto, piel clara, pelo negro– saluda a diestra y siniestra. Gustavo es una de esas personas cuya biografía no cabría en un libro. Con 38 años encima, es un pandillero calmado del Barrio 18 al que todos conocen como Mish, su viejo nombre de guerra. Le entregó tanto al Barrio que pudo salirse de la pandilla sin bronca. Es generoso, extrovertido y le gusta bromear cuando está contento. Ahora trabaja para la Asociación para la Prevención del Delito (APREDE) y para el Ministerio de Cultura y Deportes. Desde esas dos trincheras lucha por un imposible: mejorar las condiciones de los conocidos que tiene dentro de los penales y evitar que los de afuera que están a un paso de convertirse en delincuentes lo den.
Sin Mish habría sido imposible conocer –conocer– a Neck.
Entre el gentío junto a la puerta de entrada reconozco la mano huesuda en el rostro debajo de una cachucha. Me acerco. Tiene cara de marido preocupado.
—Ahora no, carnal, que no quieren dejar entrar a… –su voz se aleja con él, que intenta buscar un mejor lugar para saber qué está pasando.
Afuera del penal, en la fila de entrada para las visitas, arranca un tumulto. Desde adentro comienzan los sueltalaijoeputa, los dejenlapasar. Parece como si se organizara un linchamiento. El detonante resulta ser Brigitte, que ahora grita con lágrimas en los ojos, sin saber contra quién descargar su furia.
Hace unos minutos, cuando bajaba del taxi que la trajo, vio que se llevaban detenida a su hermana menor porque en el registro le habían hallado unas botellas de alcohol. Iracunda, se abalanzó como una leona sobre la agente que la escoltaba y le lanzó un manotazo en el rostro. Tuvieron que detenerla entre tres custodios. Por ese arrebato luego no querían dejarla entrar.
Pero la visita se respeta en Pavón, es sagrada, y desde adentro se ve lo que ocurre en la fila de ingreso; por eso arrancó el tumulto, que solo se calma cuando permiten el ingreso de Brigitte y de todo lo que trae: comida, una mesa playera y unas sillas verdes de plástico.
Cuando más tarde la veo, sigue preocupada por lo de su hermana. Es la primera vez que nos saludamos y que puedo mirarla con detenimiento. No es muy alta y tiene el pelo y los ojos de un negro intenso. Carga unas libras de más, pero las mueve con sensualidad, como una buena bailarina de samba; tiene 28 años y la redondez aún le sienta bien. Ahora viste jeans y unas botas altas con tres dedos de tacón. Va escotada, una o dos tallas menos en el brasier, para que se vea bien su nombre tatuado en su pecho. Para Neck, Brigitte es la mujer más bonita del mundo.
Ha venido sola, sin Jonathan.
*
Juan Francisco Escobar está sentado en una silla fuera del cuarto en el que duerme. Es un tipo enorme, con barba, el pelo amarrado y largo. Antes de dedicarse al narcotráfico había sido paracaidista, de las fuerzas especiales. Escobar juega con un mapache, su mascota. Lo enrabia, lo agarra con su manota por el cuello y lo agita como si fuera un trapo. Se llama Tuco. Dice que los mapaches son buena compañía, que ayudan a sobrellevar, que los consigue en un plis-plas cuando tiene un comprador.
—Si querés uno, te lo vendo por 100 quetzales (unos 12 dólares). Los estoy dando por 150 o 200, pero a ti te haría precio. Dame 100 ahora y te lo tengo para cuando vengás.
Estamos dentro de la Granja Modelo de Rehabilitación Pavón.
La revista Gatopardo publicó un artículo sobre Pavón en marzo de 2007. El llamado de portada era “La prisión donde mandaban los presos”. Así, en pasado. La nota narraba cómo a finales de 2006 más de 3,000 policías y soldados con tanquetas, ametralladoras y helicópteros ejecutaron el Operativo Pavo Real. El Gobierno vendió la idea de que todo regresaría a su cauce, de que Pavón volvería a ser un penal en el que las autoridades autorizan y los presos obedecen. Fue todo un golpe de efecto. Su promotor, el director del Sistema Penitenciario, Alejandro Giammattei, oficializó pocas semanas después su candidatura a la Presidencia. Como consecuencia de la avalancha mediática orquestada que acompañó al operativo, Pavón conserva aún hoy una imagen de que el Gobierno tiene el sartén por el mango. Nada más lejos de la realidad.
Comparada con otras cárceles, Pavón es generosa con sus internos: sus cifras no indican hacinamiento, disponen de una radio interna, de talleres y tierras de cultivo, y se permiten visitas tres días por semana, con posibilidad incluso de que los familiares se queden los sábados. Los presos caminan a sus anchas y hay decenas de tiendas de comida, billares, milpas, un auditorio y una cancha de fútbol. También hay una regla no escrita que compromete a asesinos, narcotraficantes y violadores con una máxima: la visita se respeta. El resultado de ese orden, impuesto por los propios internos, es un aparente clima de tranquilidad.
—Hay muchas mujeres que cuando vienen de visita se ponen las joyas al entrar y se las quitan al salir –dice satisfecho Noel de Jesús Beteta, uno de sus internos más famosos.
Pero de esa sensación a que el Estado tenga absoluto control hay un abismo. En los tres días que pude ingresar, además de que me intentaran vender un mapache, presencié consumo de marihuana y crack, me invitaron a tomar chicha, y comprobé que disponer de un teléfono celular es tan sencillo como tener un cepillo de dientes.
*
Está endiabladamente bien hecha y es como un imán. Se la mandó tatuar como mecanismo de defensa, para que no lo reconocieran cuando se fugó de El Infiernito. Por más que uno lo intente, cuesta dejar de mirar esa mano huesuda con forma de 18 tatuada en la cara. La tiene en su lado derecho. Nace de la yugular y se extiende sobre su pómulo con textura, profundidad y detalle. El dedo índice llega hasta encima de la ceja; y el dedo gordo, hasta los labios. Alguien podría considerarla una obra de arte, pero para él es una condena a ser inconfundible, a ser dieciochero a perpetuidad. Neck es un hombre pegado a una mano huesuda.
—¿Y tiene algún significado especial?
—Mala suerte, ¿mentendés? –responde, una manera de decirme que deje de preguntar, que no conviene hablar de los tatuajes.
Pienso en que Jonathan debe de dibujar realmente bien, como dice su maestra, si es capaz de replicar esta mano huesuda en sus cuadernos.
Hace más de una hora que los custodios nos encerraron en el Módulo de Aislados de Pavón, el sector en el que están algunos de los prisioneros más peligrosos y/o inadaptados de todo el penal. Casi todos son del Barrio 18 o de su entorno. Mish se ha echado a dormir, y ahora estoy con Neck y Brigitte sentado alrededor de la mesa de plástico verde. Ella pregunta la hora –faltan minutos para mediodía–, y pide permiso para levantarse y comenzar a preparar la comida. Al poco regresa, y deja un repollo sobre la mesa, justo delante de Neck.
—No me lo vayas a deshojar todo –eleva la voz Brigitte, y sigue con lo suyo sobre una repisa que le sirve de mesa de cocina.
Neck me ofrece otro vaso de naranjada, y continúa con su vida. La conversación está resultando amena y fluida, como si agradeciera el simple hecho de que alguien se haya molestado en preguntar. Decide liarse un puro. Conseguirlos aquí adentro es tan sencillo como disponer de 2 quetzales (US$0.25). Lo ofrece. Neck conserva ese rasgo de ruralidad que lo empuja a uno a compartir lo que tiene, por poco que sea.
—…entonces tiré el cuete (arma), ¿mentendés? –divaga Neck.
—Mirá, Gordo –interrumpe Brigitte, casi un grito–, necesito aquel traste verdecito, porfa. Ah, y me traés una cebolla también, porfa.
—Va.
—Una así –extiende sus dedos–, más o menos, porque va a servir para la ensalada y para el chirimol.
Lo llama Gordo nomás por molestar. Neck mide en torno al metro setenta y cinco, pero es delgado como cebollín. Si dejamos a un lado los tatuajes, es bien parecido, un cazador. Tiene una cara simétrica, imberbe, la sonrisa como gesto dominante y de cada una de sus orejas cuelga un arete. El pelo le gusta llevarlo corto, lo justo para tapar las marcas en su cabeza. Su cuello está también surcado por cicatrices y en el brazo derecho tiene un balazo calibre 22. Pese a sus 30 años de vida y 10 en prisión, conserva un aire adolescente en su mirada, en su vestir y en su caminar.
—…pues ese día –retoma la plática y el repollo cuando regresa con el traste– perdimos una nueve milímetros, una Baby Glock, ¿va? Porque uno cuando…
—¡Todo me lo deshojaste ya, vos! –grita Brigitte, el enojo en la mirada– ¡Medio repollo vamos a hacer!
Neck calla y me mira cómplice, como pidiéndome disculpas. No replica. Se levanta y sale a buscar la cebolla.
*
Los internos lo conocen como el Módulo de Aislados o simplemente el Módulo. Se trata de la estructura que el Gobierno de Guatemala construyó en 1997 para aplicar la inyección letal. Además del cuarto cuadrado tres por tres con la única camilla para inyecciones letales de América Latina, se construyeron una serie de salas adicionales: una amplia y acristalada para presenciar la ejecución; otra para que el reo pasara sus últimas horas; otra más como confesionario; otra chiquita para el verdugo… Y como si se avergonzaran, lo edificaron alejado de todo, en una esquina de Pavón, y lo rodearon con un muro gris de siete metros de altura. Entre 1998 y 2000 ejecutaron a tres: Manuel, Luis Amílcar y Tomás. La estructura luego cayó en desuso hasta inicios de 2008, cuando se rehabilitó para volver a recibir a condenados a muerte. Se pintó y se reacondicionó, pero la aplicación de la pena máxima volvió a congelarse. Entonces, alguien tuvo la idea de convertirlo en el lugar de confinamiento para presos problemáticos.
Para ingresar al Módulo hay que llamar a los custodios que están en la entrada del penal, a más de cien metros. Llegan, abren la puerta, se entra, ellos se van y cierran la puerta con llave. Mish es bien recibido aquí porque casi todos son del Barrio 18, como él, y por cosas como esta: cuando ayer vinimos por primera vez, trajimos cuatro gallinas vivas. Despescuezaron de inmediato a dos para el almuerzo.
De los diez que están estos días de julio solo cuatro pueden salir y moverse por el resto de Pavón. Neck es uno de los privilegiados. Por eso y también por las visitas constantes. Rara es la semana en la que Brigitte no llega al penal tres días. Los hijos, Jonathan y Evelyn Susana, llegan los fines de semana.
—¿Y qué haces con tu familia cuando te visita?
—Salimos –dice Neck– y vamos arriba, al campo, jugamos un cacho, hacemos algo de comer… Y nos venimos a dormir ya un poquito tarde, para que no se aburran tanto aquí adentro, ¿mentendés?
Una familia se esfuerza por tener vida al interior de este edificio que el Estado guatemalteco construyó para matar.
*
Huele a carne frita, suena a carne friéndose. Brigitte cocina en el pasillo. Lo hace sobre una resistencia eléctrica incrustada en medio bloque de concreto. Neck continúa hablando, sentado y con los brazos cruzados, en este cuarto del Módulo que hace las veces de vestíbulo. Ya me ha convencido con creces de que los delitos por los que está condenado son una fracción mínima de todo lo que ha hecho en su vida.
—Por decírtelo así, no te pueden comprobar nada, ¿mentendés? ¿Cómo te lo van a comprobar si no te han encontrado en el hecho?
Brigitte llega con un pequeño plato blanco en su mano, y sobre el plato, una moronga humeante. Por la cara que pone Neck debe de ser uno de sus platos favoritos. Brigitte se sienta a la par de su esposo, le sujeta la mano que no usará para comer, y se la comienza a acariciar. Pregunto si han pensado en tener algún hijo. “En esas vueltas ando”, dice Neck, la boca llena. Si de elegir se trata, prefiere que sea varón, como Jonathan.
De la nada aparece Mish. Se apoya en el vano y se dirige a Neck.
—Llecuneva hocunoras encerracunado, ¿no puecuneden sacunacar a Cocunoco un racunato?
—No, no… No. Ahí que se quede, carnal. El vato ahí que se quede, mucha plancha ya.
Mish no insiste. Da media vuelta y desaparece rumbo hacia las celdas. Ante mi gesto de desconcierto, Neck explica que con esas palabrejas le ha pedido que dejen libre un rato a Coco, uno de los internos del Módulo al que los demás han encerrado bajo llave. Los pandilleros operan aquí adentro igual que afuera, con rígidas normas de disciplina interna.
Brigitte, sin ser pandillera activa, también ha entendido todo lo que dijo Mish.
La jerigonza se la volveré a escuchar en distintas situaciones durante los próximos días. Se trata de un sistema de comunicación entre pandilleros, compartido por dieciocheros y por salvatruchos, que garantiza intimidad en presencia de oídos extraños. Más preocupante que conocer o no lo que dicen, pienso, es el hecho de nunca antes haber tenido referencia alguna sobre este sistema, ni en libros o investigaciones supuestamente especializadas. Me pregunto cuánto se han molestado las sociedades centroamericanas en conocer el fenómeno de las maras.
Parecunece que pocunoco.
*
Las noches que Brigitte pasa separada de su esposo transcurren en Tierra Nueva I, una colonia en el área metropolitana de Ciudad de Guatemala. Pertenece al municipio de Chinautla, pero está más volcada hacia Mixco. Ahí vive desde hace tres años junto a sus hijos y a Mamá Corina.
La colonia no tiene mayores secretos. Es una carretera principal asfaltada y decenas de calles polvosas que salen de forma perpendicular y que lo llevan a uno a la escuela, al estadio de fútbol, al mercadito. A ambos lados de cada una de esas arterias, una casa tras otra, de bloque y tejado de lámina la mayoría, sin parques, sin árboles. La escuela de parvularia tiene en su muro un gran mural que dice En el alma del niño sembramos las doradas semillas del bien. Pero a pesar de esta siembra, Tierra Nueva I, como casi todo Mixco, es tierra de pandillas. Y Jonathan tiene 13 años.
—¿Y está fuerte el Barrio en Tierra Nueva? –pregunté a Brigitte.
—Sí, pero gracias a Dios mis hijos no salen a la calle. De la escuela para la casa; y cuando no, en la casa de su tía pasan.
Mamá Corina tiene 81 años, el pelo blanco como la espuma y lucidez de sobra. Nunca se casó ni tuvo hijos, pero intentó criar a Brigitte y su hermana, y ahora hace lo propio con Jonathan y su hermana. Mamá Corina desde hace años mira a su alrededor, y en su propia casa se siente como la última de una estirpe.
—Antes no era así. Mi papá jamás –y remarca el jamás– trató mal a mi mamá. Cuando murió, mi mamá mi dijo que fue un hombre que nunca le dijo ni babosa.
Ahora se queja de que Brigitte es muy enojada, de que levanta seguido la mano a sus hijos, de que Jonathan pega a su hermana, de que la hermana pega a Jonathan…
Los cuatro viven hacinados en un condominio. Alquilan por 500 quetzales (US$60) al mes una pieza sin ventanas de apenas 5 por 4 metros. El baño es compartido con los vecinos. Las celdas del Módulo son más grandes que el cuarto en el que viven.
*
—No confío en nadie. He visto a muchos compadres asesinar a sus mismos compadres, ¿mentendés? Por una mujer, por varas, por vicio… Incluso adentro del Barrio ya no confío en nadie, ¿mentendés? Porque hasta tu homeboy… Si vos vas para arriba, ¿mentendés? Existe aquello de… ¡la maldita envidia! ¿Mentendés?
Es lo que me respondió Neck hace un rato, justo antes de sentarnos a almorzar. Le había preguntado si no tiene algún homeboy al que considera un buen amigo.
Su familia es desde hace meses el único pilar emocional para sobrellevar el encierro, aunque quizá no sea él quien más se esté beneficiando de la relación. Brigitte ha conseguido una figura paterna para sus hijos, sobre todo para Jonathan. Neck se ha convertido en un referente al que escucha y al que llama papá cuando no tendría por qué hacerlo. Hay sintonía.
Brigitte lo cuenta mientras recoge platos después del almuerzo. Se calla cuando aparece en el Módulo el director del penal, David Barillas, que asumió el cargo hace un par de meses. Tiene 37 años, pero parece mayor, quizá por su evidente sobrepeso. Es moreno y viste informal: camisa de botones, pantalón, tenis. Lo acompaña un joven agente uniformado y de gesto serio del Sistema Penitenciario.
Mish aprovecha para proponer una idea: que la dirección permita a los internos del Módulo montar una pequeña granja de conejos. Neck y Brigitte tienen su propia propuesta: instalar un puesto de venta de comida arriba, junto al resto de puestos. Brigitte cocina realmente rico, de eso se gana la vida. El director Barillas escucha con aparente atención, asiente y les invita a que envíen las propuestas por escrito, una manera elegante de evadir el tema.
En unas semanas tendré la oportunidad de preguntar al ministro de Cultura y Deportes, Jerónimo Lancerio, si cree en la rehabilitación. Responderá como un político: “Si bien es cierto que el porcentaje de personas que logran una reinserción social completa es bajo, todos los reclusos tienen el derecho a la oportunidad de rehabilitarse para retomar su puesto en la sociedad productiva y así mejorar sus condiciones de vida y las de sus familias”. Retomar su puesto en la sociedad, dice.
Salimos del Módulo con el director Barillas poco antes de las 2 de la tarde. El matrimonio se queda adentro. A ella espero verla mañana en Tierra Nueva I, pero sé que pasará tiempo hasta que vuelva a ver a Neck.
*
Han transcurrido más de seis semanas desde mi última visita al Módulo. Aquí adentro ha habido cambios. La milpa que rodea el edificio está pidiendo ser doblada y junto a la entrada hay una mata de güisquil que florea. Ya no son 10 sino 13, y el aumento ha obligado a ocupar como dormitorio el cuarto cuadrado tres por tres de las inyecciones. A la camilla le han arrancado la parte acolchada para ablandar el suelo sobre el que uno de los nuevos duerme.
En el penal el director ya no es David Barillas.
También encuentro distinto a Neck. La mano huesuda sigue en su sitio, cautivadora siempre, pero él luce demacrado, el pelo más largo y desordenado, los ojos hinchados como solo los hinchan las lágrimas o el crack. Parece incluso más bajo, más poca cosa.
Me pide que le describa cómo es Tierra Nueva I. Él no conoce las calles por las que a diario caminan su esposa y sus hijos. Hablamos sobre Jonathan, sobre la visita a su escuela, sobre los dibujos que escandalizan a su profesora. Resuenan las palabras que Brigitte dijo en la visita anterior: él le hace ver a Jonathan todas las consecuencias que trae ser pandillero.
—¿Y qué tipo de consejos le das? –pregunto.
—Que no ande con gente que anda tatuada, que no ande con gente que sabe que roba…
Neck baja la mirada, se empequeñece, consciente quizá de que su siguiente frase debería ser: “Que no ande con gente como yo”.
—A él le digo que como persona se tiene que desarrollar, ¿mentendés? Tiene que aprender a hablar y a expresarse.
—¿Y qué te gustaría que fuera de mayor?
Neck calla un par de segundos, tres, cuatro. Baja la mirada de nuevo. Al fin responde que le gustaría que Jonathan se convirtiera algún día en médico o en arquitecto. Pero su respuesta me suena improvisada y hueca, como si nunca antes nadie le hubiera preguntado algo parecido, como si nunca antes hubiera pensado que existe un futuro.
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martes 2 de febrero de 2010

La herencia de Tomás - Cristian Alarcón



Juan Granica, el fundador de la Editorial Granica, un hombre alto de pelo blanco, con el cuerpo de un viejo maestro de judo, se desplaza por el salón funerario con lentitud y aplomo. Desde un rincón observa en silencio a los hijos de Tomás Eloy Martínez. A los mayores los identifica con facilidad: los conoce desde pequeños, tienen casi la misma edad que sus propios hijos. A los más chicos los adivina en los rasgos. Todos, los siete, varones y mujeres, comparten una mirada transparente y honda. Algunos llegan a ser sorprendentes calcos del padre cuyo cuerpo ahora, hace minutos, ya no está en eso que llaman de manera tan equívoca “capilla ardiente”. Ha sido trasladado al sector en el que lo cremarán para luego ser sepultado en una pequeñísima urna. Mientras tanto, en el salón amplio y lleno de sillones donde la gente conversa y nadie llora, la vida y la muerte de Tomás Eloy se desplazan, como Juan, el primer editor de su libro La pasión según Trelew (1973), con elegante parsimonia. En unos y otros, el recuerdo del escritor y del padre, la memoria del maestro, va y viene, sin estridencias, en charlas matizadas con gin tonic, el trago que Tomás elegía a la hora del crepúsculo.
Granica observa a los Martínez y en ellos ve la huella de un hombre que tuvo muchos hijos y varias mujeres. Ve, el amigo editor, el invisible hilo de la herencia, aquello que alguien deja a la hora de su muerte. A unos pasos, en la mentada “capilla” donde ya no está el cuerpo, quedan los objetos que eligió el escritor para dejar junto a sus restos, y como ofrenda póstuma. Uno a uno, uno al lado del otro, sus libros sobre una mesa. No todos, al menos diez. Entre ellos una edición original de Sagrado, su primera novela. Y La pasión... aunque en la versión reciente de Alfaguara. A un costado los discos que eligió para musicalizar su velorio: Marrón y azul, de Piazolla, con el Octeto Buenos Aires; Setting Standars New York Sessions, de Keith Jarret, Gary Peacock y Jack Dejohnette y la Misa en mi menor, de Mozart.
Suena lo mejor del jazz contemporáneo y Gonzalo, el hijo fotógrafo, muestra los libros a algunos familiares. En el centro de la pared cubierta en madera de cedro, hay un retrato de su padre que también fue cuidadosamente seleccionado, hecho, claro, por él mismo. Le digo a Granica que mi amigo Gonzalo es quizás, de todos, el hijo más parecido a Tomás. Y el editor dice que no, que a él, sin embargo, le resulta inquietante mirar a Ezequiel, que conversa con una antigua dama en el living central. Es, dice el editor, la viva estampa de Tomás Eloy más o menos a esa misma edad, los 47. Una de las nietas se encarga de cambiar el disco cuando se apaga el jazz y pasa al tango sin vueltas. Ezequiel se acerca a conversar con Juan, quiere contarle que la edición original de Pasión... no está allí con los demás libros porque era demasiado valorada por su padre, que la hizo encuadernar en tapas duras para conservarla para siempre. La atesoran en la biblioteca que heredaron los hermanos Martínez, junto a otros miles de ejemplares de lo mejor de la literatura latinoamericana y universal.
La malsana curiosidad de un lector puede más que la corrección a la hora de las ceremonias: ¿qué harán con los libros de Tomás? La sonrisa de Ezequiel le llena la cara de su padre. No puede ocultar el orgullo que da el honor. Tomás Eloy no sólo anoto con obsesión y minuciosidad cada detalle de lo que pretendía fuera su funeral. También dejó instrucciones precisas sobre qué hacer con esos volúmenes, con las libretas de anotación donde apuntó cada reportaje de Lugar común la muerte, los planos de sus novelas, las grabaciones de sus entrevistas con el General Perón, los libros dedicados por sus amigos escritores del mundo entero. Todo ello es un tesoro que le tocará custodiar a Ezequiel, al que nombró su albacea literario. Por eso el hijo del parecido inquietante sonríe así. Su padre ha pedido que con todo ello como capital creen una fundación que llevará su nombre y que dirigirá Ezequiel, periodista. Además Tomás imaginó una beca que beneficie a un escritor joven para que pueda terminar un proyecto de escritura, una especie de sustento para un working progress. Es la pensada huella de Tomás Eloy Martínez en las nuevas generaciones.
A unos metros de esa conversación un chico moreno, de lentes para leer y acné juvenil, cuenta su admiración por el viejo maestro Tomás. Alessandro Villegas es el hijo de Isabel y Daniel, que hace años trabajan en mantenimiento del diario Página/12, donde el escritor dirigió el suplemento Primer Plano. Alessandro fue con su padre una vez, cuando tenía nueve años, a escuchar una conferencia de Tomás. Cuando terminó se acercó y le entregó algunos cuentos de él mismo, por entonces, ya, un decidido escritor. Al poco tiempo, a través de su madre, Tomás le envió un mensaje: tiene futuro, dijo. Y le regaló cuatro libros: uno de Borges –que ahora, a los 14 años, Alessandro no recuerda cuál fue-, El Conde de Montecristo, de Alexandre Dumas, El cantor de tango y La pasión según Trelew. En la dedicatoria de Pasión... puso “Para mi colega escritor”.
Fue un empujón hacia la literatura que Alessandro no olvidó. Pasó un tiempo creyéndose escritor pero se escapó luego hacia el teatro. Hace poco Macri cerró su escuela de teatro, en el Centro Cultural Adán Buenosyres, y Alessandro volvió a la literatura. Volvió, dice, sobre todo a leer. En las últimas semanas también escribió. Hizo dos cuentos, dice. El primero es la historia de un joven que está todo el tiempo pensando que está vivo, pero durante el relato no puede recordar nada. “Yo los pienso con remate, porque Tomás decía que había que pensar así”. Por eso al final el personaje se da cuenta de pronto que no recuerda nada porque en realidad está muerto. En el segundo cuento un joven cree que está muerto, y no puede más que recordar lo que le ha pasado a lo largo de su vida, no lo puede evitar. El remate del cuento es que en realidad el joven está vivo. “El que olvida está muerto. El que recuerda está vivo”, dice el joven escritor más joven del funeral.
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jueves 28 de enero de 2010

Un día perfecto para el pez banana- J.D. Salinger


J. D. Salinger nos vio demasiado guachos leerlo en el fondo del patio, bajo la parra, como si se tratara de una iniciación sexual con la vecinita de al lado. Para cualquier cronista bien portado Salinger es un abuelo necesario, y siempre adolescente, en los brazos de aquella malvada prostituta neoyorquina. Lo homenajeamos como el maestro en las sombras que ha sido con el primer relato de Nueve historias, aquel libro de tapas duras que, después de El cazador oculto, nos robamos de la biblioteca de un amigo, creyéndonos ya iniciados.

En el hotel había noventa y siete publicitarios neoyorquinos, y monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia de tal manera que la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. En una revista femenina de bolsillo leyó una nota titulada El sexo es divertido... o infernal. Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada al lado de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda.
Era una chica a la que una llamada telefónica no le hacía gran efecto. Daba la impresión de que el teléfono hubiera estado sonando constantemente desde que ella alcanzó la pubertad.
Mientras el teléfono llamaba, con el pincelito del esmalte se repasó la uña del dedo meñique, acentuando el borde de la luna. Tapó el frasco y, poniéndose de pie, abanicó en el aire su mano pintada, la izquierda. Con la mano seca, tomó del asiento junto a la ventana un cenicero repleto y lo llevó hasta la mesita de luz, donde estaba el teléfono. Se sentó en una de las dos camas gemelas ya tendida y -ya era la cuarta o quinta llamada- levantó el tubo del teléfono.
-Hola -dijo, manteniendo extendidos los dedos de la mano izquierda lejos de la bata de seda blanca, que era lo único que tenía puesto, salvo las chinelas: los anillos estaban en el cuarto de baño.
-Su llamada a Nueva York, señora Glass -dijo la operadora.
-Gracias -contestó la chica, e hizo lugar en la mesita de luz para el cenicero.
A través del auricular llegó una voz de mujer:
-¿Muriel? ¿Eres tú?
La chica alejó un poco el auricular del oído.
-Sí, mamá. ¿Cómo estás? -dijo.
-He estado preocupadísima por ti. ¿Por qué no llamaste? ¿Estás bien?
-Traté de telefonear anoche y anteanoche. Los teléfonos acá han...
-¿Estás bien, Muriel?
La chica aumentó un poco más el ángulo entre el auricular y su oreja.
-Estoy perfectamente. Con calor. Este es el día más caluroso que ha habido en la Florida desde...
-¿Por qué no llamaste? Estuve tan preocupada...
-Mamá, querida, no me grites. Puedo oírte perfectamente -dijo la chica-. Anoche te llamé dos veces. Una vez justo después...
-Le dije a tu padre que seguramente llamarías anoche. Pero no, él tenía que... ¿Estás bien, Muriel? Dime la verdad.
-Estoy perfectamente. Por favor, no me preguntes siempre lo mismo.
-¿Cuándo llegaron?
-No sé... el miércoles, a la madrugada.
-¿Quién manejó?
-El -dijo la chica-. Y no te asustes. Condujo bien. Yo misma estaba asombrada.
-¿Manejó él? Muriel, me diste tu palabra de que...
-Mamá -interrumpió la chica-, acabo de decírtelo. Condujo perfectamente. No pasamos de ochenta en todo el camino, ésa es la verdad.
-¿No trató de hacerse el tonto otra vez con los árboles?
-Vuelvo a repetirte que manejó muy bien, mamá. Vamos, por favor. Le pedí que se mantuviera cerca de la línea blanca del centro, y todo lo demás, y entendió perfectamente, y lo hizo. Hasta se esforzaba por no mirar los árboles... podía notarse. Entre paréntesis, ¿papá hizo arreglar el auto?
-Todavía no. Piden cuatrocientos dólares, sólo para...
-Mamá, Seymour le dijo a papá que pagaría él. No hay motivo, entonces...
-Bueno, ya veremos. ¿Cómo se portó? Digo, en el auto y demás...
-Muy bien -dijo la chica.
-¿Siguió llamándote con ese horroroso...?
-No. Ahora tiene uno nuevo.
-¿Cuál?
-Mamá... ¡qué importancia tiene!
-Muriel, insisto en saberlo. Tu padre...
-Está bien, está bien. Me llama Miss Buscona Espiritual 1948 -dijo la chica, con una risita.
-No tiene nada de gracioso, Muriel. Nada de gracioso. Es horrible. Realmente, es triste. Cuando pienso cómo...
-Mamá -interrumpió la chica-, escúchame. ¿Te acuerdas de aquel libro que me mandó de Alemania? Acuérdate... esos poemas en alemán. ¿Qué hice con él? Me he estado rompiendo la cabeza...
-Tú lo tienes.
-¿Estás segura? -dijo la chica.
-Por supuesto. Es decir, lo tengo yo. Está en el cuarto de Freddy. Lo dejaste aquí y no había lugar en la... ¿Por qué? ¿El te lo pidió?
-No. Simplemente me preguntó por él, cuando veníamos en el auto. Me preguntó si lo había leído. -¡Pero está en alemán!
-Sí, querida. Ese detalle no tiene importancia -dijo la chica, cruzando las piernas-. Dijo que casualmente los poemas habían sido escritos por el único gran poeta de este siglo. Me dijo que debería haber comprado una traducción o algo así. O aprendido el idioma... nada menos...
-Espantoso. Espantoso. En verdad es triste. Anoche dijo tu padre.
.. -Un segundito, mamá -dijo la chica. Cruzó hasta el asiento junto a la ventana en busca de sus cigarrillos, encendió uno y volvió a sentarse en la cama-. ¿Mamá? -dijo, exhalando el humo.
-Muriel... mira, escúchame.
-Te estoy escuchando.
-Tu padre habló con el doctor Sivetski.
-¿Ajá? -dijo la chica.
-Le contó todo. Por lo menos, así me dijo... ya sabes cómo es tu padre. Los árboles. Ese asunto de la ventana. Las cosas horribles que le dijo a la abuela acerca de sus proyectos sobre la muerte. Lo que hizo con esas fotos tan hermosas de las Bermudas... todo.
-¿Y entonces...? -dijo la chica.
-En primer lugar, dijo que era un verdadero crimen que el ejército lo hubiera dado de alta en el hospital. Palabra. En definitiva, dijo a tu padre que hay una posibilidad... una posibilidad muy grande, dijo, de que Seymour pierda por completo la cabeza. Te lo juro.
-Aquí en el hotel hay un psiquiatra -dijo la chica.
-¿Quién? ¿Cómo se llama?
-No sé. Rieser o algo así. Dicen que es muy bueno.
-Nunca lo oí nombrar.
-De todos modos dicen que es muy bueno.
-Muriel, por favor, no seas inconsciente. Estamos muy preocupados por ti. Lo cierto es que... anoche tu padre estuvo a punto de cablegrafiarte que volvieras inmediatamente a casa...
-Por ahora no pienso volver, mamá. Así que tómalo con calma...
-Muriel... palabra... El doctor Sivetski dijo que Seymour podía perder por completo la...
-Mamá, acabo de llegar. Hace años que no me tomo vacaciones, y no pienso meter todo en la valija y volver a casa porque sí -dijo la chica-. De cualquier modo, ahora no podría viajar. Estoy tan quemada por el sol que ni me puedo mover.
-¿Te quemaste mucho? ¿No usaste ese bronceador que te puse en la valija? Está...
-Lo usé. Me quemé lo mismo.
-¡Qué horror! ¿Dónde te quemaste?
-Me quemé toda, mamá, toda.
-¡Qué horror!
-No me voy a morir.
-Dime, ¿le hablaste a ese psiquiatra? -Bueno... sí... más o menos... -dijo la chica.
-¿Qué dijo? ¿Dónde estaba Seymour cuando le hablaste?
-En la Sala Océano, tocando el piano. Tocó el piano las dos noches que hemos pasado aquí. -Bueno, ¿qué dijo?
-¡Oh, no mucho! El fue el primero en hablar. Yo estaba sentada anoche a su lado, jugando al Bingo, y me preguntó si el que tocaba el piano en la otra sala era mi marido. Le dije que sí, y me preguntó si Seymour no había estado enfermo o algo por el estilo. Entonces yo le dije...
-¿Por qué te hizo esa pregunta?
-No sé, mamá. Tal vez porque lo vio tan pálido, y qué sé yo -dijo la chica-. La cuestión es que después de jugar al Bingo, él y su mujer me invitaron a tomar una copa. Y yo acepté. La mujer es espantosa. ¿Te acuerdas de aquel vestido de noche tan horrible que vimos en la vidriera de Bonwit? Que tú dijiste que había que tener un chico, chiquísimo...
-¿El verde?
-Lo tenía puesto. Con esas caderas. Se la pasó preguntándome si Seymour estaba emparentado con esa Suzanne Glass que tiene una tienda en la avenida Madison... la mercería...
-¿Pero él qué dijo? El médico.
-¡Ah! sí... Bueno... en realidad, mucho no dijo. Sabes, estábamos en el bar. Había un bochinche terrible. -Sí, pero... ¿le... le dijiste lo que trató de hacer con el sillón de la abuela?
-No, mamá. No abundé en detalles -dijo la chica-. Seguramente podré hablarle de nuevo. Se pasa todo el día en el bar.
-¿No dijo si había alguna posibilidad de que pudiera ponerse... tú sabes, raro, o algo así...? ¿De que pudiera hacerte algo...?
-En realidad, no -dijo la chica-. Necesita conocer más detalles, mamá. Tienen que saber todo sobre la infancia de uno... todas esas cosas. Ya te digo, el ruido era tal que apenas podíamos hablar.
-En fin. ¿Y tu abrigo azul?
-Bien. Le aliviané un poco el forro.
-¿Cómo es la ropa este año?
-Terrible. Pero encantadora. Por todos lados se ven lentejuelas -dijo la chica.
-¿Y tu habitación?
-Está bien. Pero nada más que eso. No pudimos conseguir la habitación que nos daban antes de la guerra -dijo la chica-. Este año la gente es un espanto. Tendrías que ver a los que se sientan al lado nuestro en el comedor. Parece que hubieran venido en un camión.
-Bueno, en todas partes es igual. ¿Y tu vestido tipo bailarina?
-Demasiado largo. Te dije que era demasiado largo.
-Muriel, te lo voy a preguntar una vez más... ¿En serio estás bien?
-Sí, mamá -dijo la chica-. Por enésima vez.
-¿Y no quieres volver a casa?
-No, mamá.
-Tu padre dijo anoche que estaría encantado de hacerse cargo si quisieras irte sola a algún lado y pensarlo bien. Podrías hacer un hermoso crucero. Los dos pensamos...
-No, gracias -dijo la chica, y descruzó las piernas-. Mamá, esta llamada va a costar una flor...
-Cuando pienso cómo estuvieste esperándolo a ese muchacho durante toda la guerra... quiero decir, cuando una piensa en esas esposas tan locas que...
-Mamá -dijo la chica-. Colguemos. Seymour puede llegar en cualquier momento.
-¿Dónde está?
-En la playa.
-¿En la playa? ¿Solo? ¿Se porta bien en la playa?
-Mamá -dijo la chica-. Hablas de él como si fuera un loco furioso.
-No dije nada de eso, Muriel.
-Bueno, ésa es la impresión que das. Mira, todo lo que hace es estar tendido en la arena. Ni siquiera se quita la salida de baño.
-¿No se quita la salida de baño?¿Por qué no?
-No lo sé. Tal vez porque tiene la piel tan blanca.
-Dios mío, necesita tomar sol. ¿Por qué no lo obligas?
-Lo conoces muy bien -dijo la chica, y volvió a cruzarse de piernas-. Dice que no quiere tener un montón de imbéciles alrededor mirándole el tatuaje.
-¡Si no tiene ningún tatuaje! ¿O acaso se hizo tatuar cuando estaba en la guerra?
-No, mamá. No, querida -dijo la chica, y se puso de pie-. Escúchame, a lo mejor te llamo otra vez mañana.
-Muriel. Hazme caso.
-Sí, mamá -dijo la chica, cargando su peso sobre la pierna derecha.
-Llámame en el mismo momento en que haga, o diga, algo raro..., tú me entiendes. ¿Me oyes?
-Mamá, no le tengo miedo a Seymour.
-Muriel, quiero que me lo prometas.
-Bueno, te lo prometo. Adiós, mamá -dijo la chica-. Cariños a papá -colgó.
-Ver más vidrio (*) -dijo Sybil Carpenter, que estaba alojada en el hotel con su mamá-. ¿Viste más vidrio?
-Gatita, por favor, no sigas repitiendo eso. La vas a enloquecer a mamita. Quédate quieta, por favor.
La señora Carpenter untaba la espalda de Sybil con bronceador, repartiéndolo sobre sus omóplatos, delicados como alas. Sybil estaba precariamente sentada en una enorme y tensa pelota de playa, mirando el océano. Usaba un traje de baño de color amarillo canario, de dos piezas, una de las cuales no necesitaría realmente por nueve o diez años más.
-En verdad no era más que un pañuelo de seda común... una podía darse cuenta cuando se acercaba a mirarlo -dijo la mujer sentada en la reposera contigua a la de la señora Carpenter-. Ojalá supiera cómo lo anudó. Era una preciosura.
-Por lo que usted me dice, parece precioso -asintió la señora Carpenter.
-Quédate quieta, Sybil, gatita...
-¿Viste más vidrio? -dijo Sybil.
La señora Carpenter suspiró.
-Muy bien -dijo. Tapó el frasco de bronceador-. Ahora vete a jugar, gatita. Mamita va a ir al hotel a tomar un copetín con la señora Hubbel. Te traeré la aceituna.
Cuando quedó en libertad, Sybil corrió de inmediato hacia la parte asentada de la playa y echó a andar hacia el Pabellón de los Pescadores. Se detuvo únicamente para hundir un pie en un castillo inundado y derruido, y enseguida dejó atrás la zona reservada a los clientes del hotel.
Caminó cerca de medio kilómetro y de pronto echó a correr oblicuamente, alejándose del agua hacia las arenas flojas. Se detuvo al llegar al sitio en que un hombre joven estaba echado de espaldas.
-¿Vas a ir al agua, ver más vidrio? -dijo.
El joven se sobresaltó, y se llevó la mano derecha, instintivamente, a las solapas de su salida de baño. Se volvió boca abajo, dejando caer una toalla enrollada como una salchicha que tenía sobre los ojos, y miró de reojo a Sybil.
-¡Ah!, hola Sybil.
-¿Vas a ir al agua?
-Te estaba esperando -dijo el joven-. ¿Qué hay de nuevo?
-¿Qué? -dijo Sybil.
-¿Qué hay de nuevo? ¿Qué programa tenemos?
-Mi papá llega mañana en avión -dijo Sybil, pateando la arena.
-No me tires arena a la cara, nena -dijo el joven, tomando con una mano el tobillo de Sybil-. Bueno, era hora de que tu papi llegara. Lo he estado esperando cada minuto. Cada minuto.
-¿Dónde está la señora?
-¿La señora? -el joven hizo un movimiento, sacudiéndose la arena del pelo ralo-. Difícil saberlo, Sybil. Puede estar en miles de lugares. En la peluquería. Haciéndose teñir el pelo de color visón. O haciendo muñecos para los chicos pobres en su habitación.
Poniéndose boca abajo cerró los dos puños, apoyó uno encima del otro y acomodó el mentón sobre el de arriba.
-Pregúntame algo más, Sybil -dijo-. Tienes un traje de baño muy lindo. Si hay algo que me gusta, es un traje de baño azul.
Sybil lo miró fijo, y después contempló su barriga sobresaliente.
-Este es amarillo -dijo-. Es amarillo.
-¿En serio? Acércate un poco más.
Sybil dio un paso adelante.
-Tienes toda la razón del mundo. Qué tonto soy.
-¿Vas a ir al agua? -dijo Sybil.
-Lo estoy considerando seriamente, Sybil. Lo estoy pensando muy en serio, si quieres saberlo. Sybil hundió los dedos en el flotador de goma que el joven usaba a veces como almohadón. -Necesita aire -dijo.
-Es verdad. Necesita más aire de lo que estoy dispuesto a reconocer -retiró los puños y dejó que el mentón descansara en la arena-. Sybil -dijo-, estás muy linda. Es un gusto verte. Cuéntame algo de ti -estiró los brazos hacia adelante y tomó en sus manos los dos tobillos de Sybil-. Yo soy capricorniano.
¿Cuál es tu signo?
-Sharon Lipschutz dijo que la dejaste sentarse a tu lado en el taburete del piano -dijo Sybil.
-¿Sharon Lipschutz dijo eso?
Sybil asintió enérgicamente.
Le soltó los tobillos, encogió los brazos y recostó el costado de la cara en el antebrazo derecho.
-Bueno -dijo-. Tú sabes cómo son estas cosas, Sybil. Yo estaba sentado ahí, tocando. Y tú te habías perdido de vista totalmente y vino Sharon Lipschutz y se sentó a mi lado. No podía sacarla de un empujón, ¿no es cierto?
-Sí que podías.
-!Ah!, no. No era posible -dijo el joven-. Pero, ¿sabes lo que hice, en cambio?
-¿Qué?
-Hice de cuenta que eras tú.
Sybil inmediatamente bajó la cabeza y empezó a cavar en la arena.
-Vamos al agua -dijo.
-Bueno -replicó el joven-. Creo que puedo arreglarme para hacerlo.
-La próxima vez, sácala de un empujón -dijo Sybil.
-¿Que saque a quién?
-A Sharon Lipschutz.
-¡Ah!, Sharon Lipschutz -dijo él-. ¡Cómo aparece siempre ese nombre! Mezcla de recuerdos y deseos -repentinamente se puso de pie y miró el mar-. Sybil -dijo-, ya sé lo que podemos hacer. Vamos a tratar de pescar un pez banana.
-¿Un qué?
-Un pez banana -dijo, y desanudó el cinto de su salida de baño.
Se la quitó. Tenía los hombros blancos y angostos y el pantalón de baño era azul eléctrico. Plegó la salida, primero a lo largo, después en tres dobleces. Desenrolló la toalla que había puesto sobre los ojos, la tendió sobre la arena y puso encima la salida plegada. Se agachó, recogió el flotador y lo sujetó bajo su brazo derecho. Luego, con la mano izquierda tomó la de Sybil.
Los dos echaron a andar hacia el mar.
-Me imagino que ya habrás visto unos cuantos peces banana -dijo el joven. . -¿En serio que no? Pero, ¿dónde vives, entonces?
-No sé -dijo Sybil.
-Claro que sabes. Tienes que saber. Sharon Lipschutz sabe donde vive, y no tiene más que tres años y medio.
Sybil se detuvo y de un tirón arrancó su mano de la de él. Recogió una conchilla común y la observó con estudiado interés. Luego la tiró.
-Whirly Wood, Connecticut -dijo, y echó nuevamente a andar, con la barriga hacia adelante. -Whirly Wood, Connecticut -dijo el joven-. ¿Eso, por casualidad, no está cerca de Whirly Wood, Connecticut? Sybil lo miró:
-Ahí es donde vivo -dijo con impaciencia-. Vivo en Whirly Wood, Connecticut.
Se adelantó unos pasos, tomó el pie izquierdo con la mano izquierda y dio dos o tres saltos.
-No te imaginas cómo eso aclara todo -dijo él.
Sybil soltó su pie: -¿Has leído El negrito sambo? -dijo.
-Es gracioso que me preguntes eso -dijo él-. Da la casualidad que acabé de leerlo anoche -se inclinó y volvió a tomar la mano de Sybil-. ¿Qué te pareció? -le preguntó.
-¿Los tigres corrían todos alrededor de ese árbol?
-Creí que nunca iban a parar. Jamás vi tantos tigres.
-No eran más que seis -dijo Sybil.
-¡Nada más que seis! -dijo el joven-. ¿Y dices nada más?
-¿Te gusta la cera? -preguntó Sybil.
-¿Si me gusta qué? -dijo el joven.
-La cera.
-Mucho. ¿A ti no?
Sybil asintió con la cabeza. -¿Te gustan las aceitunas? -preguntó.
-¿Las aceitunas?... Sí. Las aceitunas y la cera. Nunca voy a ningún lado sin ellas.
-¿Te gusta Sharon Lipschutz? -preguntó Sybil.
-Sí. Sí, me gusta. Lo que me gusta más que nada de ella es que nunca le hace cosas feas a los perritos en la sala del hotel. Por ejemplo a ese bulldog enano de la señora canadiense. Te resultará difícil creerlo, pero hay algunas nenas que se divierten mucho molestándolo con los palitos de los globos. Pero Sharon, jamás. Nunca es mala ni grosera. Por eso la quiero tanto.
Sybil no dijo nada.
-Me gusta masticar velas -dijo ella por último.
-¡Ah!, ¿y a quién no? -dijo el joven mojándose los pies-. ¡Caracoles! Está fría. -Dejó caer el flotador en el agua-. No, espera un segundo, Sybil. Espera a que estemos un poquito más afuera.
Avanzaron hasta que el agua llegó a la cintura de Sybil. Entonces el joven la levantó y la depositó boca abajo en el flotador.
-¿Nunca usas gorra de baño ni nada de eso? -preguntó.
-No me sueltes -dijo Sybil-. Sujétame, ¿quieres?
-Señorita Carpenter. Por favor. Yo sé lo que estoy haciendo -dijo el joven-. Sólo ocúpate de ver si aparece un pez banana. Hoy es un día perfecto para peces banana.
-No veo ninguno -dijo Sybil.
-Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas. Muy curiosas.
Siguió empujando el flotador. El agua no le alcanzaba al pecho.
-Llevan una vida muy triste -dijo-. ¿Sabes lo que hacen, Sybil?
Ella meneó la cabeza.
-Bueno, te diré. Entran en un pozo que está lleno de bananas. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero una vez adentro, se portan como cochinos. ¿Sabes?, he oído hablar de peces banana que han entrado nadando en pozos de bananas y llegaron a comer setenta y ocho bananas -empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más cerca del horizonte-. Claro, después de eso engordan tanto que no pueden volver a salir. No pasan por la puerta.
-No vayamos tan lejos -dijo Sybil-. ¿Y qué pasa después con ellos?
-¿Qué pasa con quiénes?
-Con los peces banana.
-Bueno, ¿te refieres a después de comer tantas bananas que no pueden salir del pozo?
-Sí -dijo Sybil.
-Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren.
-¿Por qué? -preguntó Sybil.
-Contraen fiebre bananífera. Es una enfermedad terrible.
-Ahí viene una ola -dijo Sybil nerviosa.
-La ignoraremos. La mataremos con la indiferencia -dijo el joven-, como dos engreídos. -Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó para adelante y para abajo. El flotador levantó la proa por encima de la ola. El agua empapó los cabellos rubios de Sybil, pero sus gritos eran de puro placer. Cuando el flotador estuvo nuevamente en posición horizontal, se apartó de los ojos un mechón de pelo pegado, húmedo, y comentó: -Acabo de ver uno.
-¿Un qué, mi amor?
-Un pez banana.
-¡No, por Dios! -dijo el joven-. ¿Tenía alguna banana en la boca?
-Sí -dijo Sybil-. Seis.
El joven de pronto tomó uno de los empapados pies de Sybil que colgaban por el borde del flotador y le besó la planta.
-¡Eh! -dijo la propietaria del pie, volviéndose.
-¿Cómo, eh? Ahora volvamos. ¿Ya te divertiste bastante?
-¡No!
-Lo siento -dijo, y empujó el flotador hacia la playa hasta que Sybil descendió. El resto del camino lo llevó bajo el brazo.
-Adiós -dijo Sybil y salió corriendo, sin lamentarlo, en dirección al hotel.
El joven se puso la salida de baño, cruzó bien sus solapas y metió la toalla en el bolsillo. Recogió el flotador mojado y resbaloso y lo acomodó bajo el brazo. Caminó solo, trabajosamente, por la arena caliente, blanda, hasta el hotel.
En el primer nivel de la planta baja del hotel -que los bañistas debían usar según instrucciones de la gerencia- entró con él en el ascensor una mujer con la nariz cubierta de pomada de zinc. -Veo que me está mirando los pies -dijo él, cuando el ascensor se puso en marcha.
-¿Cómo dice? -dijo la mujer.
-Dije que veo que me está mirando los pies.
-¡Cómo dijo! Casualmente estaba mirando el piso -dijo la mujer, y se dio vuelta enfrentando las puertas del ascensor.
-Si quiere mirarme los pies, dígalo -dijo el joven-. Pero, maldita sea, no trate de hacerlo con tanto disimulo.
-Déjeme salir, por favor -dijo rápidamente la mujer a la ascensorista.
Las puertas se abrieron y la mujer salió sin mirar hacia atrás.
-Tengo los pies completamente normales y no veo por qué demonios tienen que mirármelos -dijo el joven-. Quinto piso por favor.
Sacó la llave del cuarto del bolsillo de su salida de baño.
Bajó en el quinto piso, caminó por el pasillo y abrió la puerta del 507. La habitación olía a valijas nuevas de cuero de vaquillona y a quitaesmalte de uñas.
Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas. Después fue hasta una de las valijas, la abrió y extrajo una automática debajo de una pila de calzoncillos y camisetas -Ortgies calibre 7.65-. Sacó el cargador, lo examinó y volvió a colocarlo. Corrió el seguro. Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se descerrajó un tiro en la sien derecha.

(*) Se refiere a Seymour Glass (pronunciado simor glas) y confunde el sonido con la expresión see more glass (ver más vidrio).
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miércoles 27 de enero de 2010

La gripe que supimos conseguir – Ana Prieto



Antes de salir se puso un gorro de lana y se tapó la boca con doble vuelta de bufanda. El pelo rubio le quedó atrapado entre tanto abrigo, y hundió sus manos en la nuca para liberarlo. Volvió a toser. Ariel abrió la puerta del acompañante y Natalia se agarró la base de la panza para protegerla al entrar al camión mosquito, esos que sirven para transportar autos y con el que Ariel se gana la vida. Cuando su mujer terminó de acomodarse, llamó a su cuñado.
- Cristian, estoy llevando a Nati a la Bessone, viste que se estaba resfriando, mejor que la vean allá-. La clínica Bessone de San Miguel no les quedaba muy lejos; allí había nacido Ludmila, la primera hija de Natalia y Ariel hacía dos años, y allí esperaban tener a la segunda, tres meses después.
Las calles de General Pacheco estaban vacías; la gente ya se había guardado en sus casas por el frío y porque era casi la hora de cenar. La guardia tampoco estaba atestada, como temía Ariel, pero demoraron en atenderlos. Si Natalia hubiera esperado de pie tal vez se le habría notado bien la panza y hubiera tenido algún tipo de prioridad. Pero ellos fueron respetuosos del orden de llegada y la salud de Natalia siempre había sido buena, con su alimentación cuidada y su cuerpo fuerte de profesora de gimnasia. Por una tos no iban armar lío.
El chequeo duró dos minutos, abrí la boca, estetoscopio en el pecho, respirá hondo, Reposo, Ibupirac y Tafirol.
- ¿Y ese virus que anda por todos lados?
- No, no, esto es una gripe común-, le dijo a Ariel el médico de guardia, y anotó en su recetario Ibupirac y Tafirol, uno cada ocho horas, de los dos.
Cerca de la clínica había una farmacia de turno y Ariel bajó a comprar los remedios. Cuando llegaron a casa Natalia se fue a acostar porque estaba cansada y le dolía la cabeza. Ariel cocinó y le llevó la cena a la cama. Fiebre no tenía.
- No, no le encontraron nada, le dieron Tafirol y que descanse- le contó por teléfono Ariel a Cristian, su cuñado. También le dijo que tenía que salir con el camión muy temprano y le pidió que fuera llamando a Natalia durante el día para ver cómo estaba.
Así que el 19 de junio Cristian estuvo pendiente de su hermana desde el maxikiosco que tiene con su papá en el Tigre. Igual que Ariel, se había quedado disconforme con la guardia de la Bessone. Él mismo había ido varias veces y no le gustaba que despacharan a la gente tan rápido. Y como Natalia seguía tosiendo y el Ibupirac y el Tafirol no habían mejorado las cosas, Cristian le compró un nebulizador y se lo llevó a su casa cuando salió de trabajar. Pero no la vio bien; ella misma, que no solía quejarse, dijo que se sentía peor que el día anterior. Así que Cristian, su hermano menor y único hermano, le dijo que se abrigara, que se iban al Austral. Dejaron a Ludmila, la hija de dos años de Natalia, en la casa de los padres de ambos, y siguieron a la clínica. Cristian sabía que era buena, porque a un vecino suyo lo habían operado por un tiro que le había destrozado la pierna en un asalto. Y quedó perfecto. También sabía que era uno de los hospitales más caros de Buenos Aires, pero la obra social, que con esfuerzo pagaban mes a mes, lo cubría.
La guardia del Austral es mucho más impresionante que la de la Bessone; todo el hospital lo es. Está dentro de una enorme zona verde del partido de Pilar, y se divide en dos cuerpos con una fachada uniforme de vidrios espejados y paredes de ladrillo. Fue fundado en el 2000 por lo que el Opus Dei llama “una obra de apostolado corporativo”, y como tal, tiene la “garantía moral” de la prelatura. La carta institucional del Austral dice que la clínica tiene personal laico y religioso, y que considera al paciente, tenga fe o no, “en toda su dignidad”.
Cristian entró al hospital con más miedo que su hermana; la idea del nuevo virus le daba vueltas pero trataba de no pensar en eso y no mencionó que había escuchado por radio esa mañana que en Argentina había siete muertos y más de mil casos positivos. A Natalia la atendió un doctor muy joven que tomó sus datos, le revisó la garganta, y puso el estetoscopio en su pecho para escuchar un silbido brumoso, como si el aire quisiera abrirse paso a través de una sinuosa capa de nubes. “Principio de neumonía”, dijo, y la mandó a hacer nebulizaciones con salbutamol, el medicamento del famoso ventolín que inhalan los asmáticos. Durante una hora y media estuvo en una piecita con una máscara en la nariz y la boca, aspirando esa corriente amarga y húmeda.
- No está bien, no mejora, le duele la cabeza- le dijo Cristian al médico cuando salieron.
- Es normal quedar así después de las nebulizaciones- contestó, y les dio una receta de amoxicilina y otra vez Ibupirac y reposo. Cristian tomó la prescripción y la palabra del chico de guardapolvo y caminó rodeando los hombros de su hermana, otra vez al auto.
Aun con los coches que pasaban y el ruido del motor, la tos seca de Natalia era lo único que ocupaba el universo auditivo de Cristian. Sacaba la vista de la ruta Panamericana para mirar a su hermana, que tenía los ojos hinchados y no decía nada.
- Vamos, vamos de vuelta a la Bessone- le propuso.
- No, estoy cansada, llevame a casa-. Antes de llegar, Cristian se bajó en una farmacia de turno a comprar amoxicilina. Ibupirac no, ya tenían.
Natalia pasó esa noche en casa de sus padres y no durmió bien. Vio por la ventana cómo empezaba el 20 de junio sin noción de las horas. Ariel la pasó a buscar cuando se hizo de día, pero dejó a la nena con sus suegros. Cuando llegaron a la casa que alquilaban en Pacheco desde hacía pocos meses, Natalia volvió a acostarse y trató de dormir. Ariel iba y venía entre la pieza, la cocina y las ventanas que daban al patiecito mientras hacía el almuerzo.
- Me duelen las costillas- dijo Natalia frente a la bandeja con la comida intacta.
Ariel la miraba y no sabía si llevarse la bandeja o no. Ya va a mejorar, no le encontraron nada, no me la van a mandar a la casa si no le encontraron nada, pensaba, cuando su mujer empezó a toser de nuevo. Y la tirita de Tafirol, la caja de Ibupirac, la botella de amoxicilina, ordenadas sobre la mesita de luz, se le aparecieron de pronto a Ariel en el colmo de la quietud; en una exagerada pasividad al lado del cuerpo estremecido de Natalia.
Así que la ayudó a vestirse, a abrigarse, sacó el acoplado del camión y la llevó de nuevo al Austral. Esperaron en la guardia casi una hora. Esta vez la atendió una doctora un poco menor a Natalia, que había cumplido 29 años en abril. Llevaba una pantalla portátil; el sistema digital con el que los doctores del Austral cargan la información de los pacientes. Allí estaban sus datos: tos, principio de neumonía, nebulizaciones con salbutamol, se le receta amoxicilina. Natalia vio el estetoscopio acercarse una vez más a su pecho; parecía un estribillo, una coreografía en su tercer ensayo.
-Me duelen las costillas de tanto toser, acá-, le dijo a la médica, apretándose el hueco entre el pecho y la panza de seis meses.
- Sí, yo cuando estaba embarazada también tenía esos dolores-. Y la médica cerró los ojos para concentrarse en lo que oía.
Ariel sintió algo cercano a la envidia al ver a esa mujer tan sana al lado de la suya, que nunca había tenido esas ojeras ni ese cansancio en la mirada. Observó el tubo fluorescente que emitía esa blanca luz hospitalaria y allí quiso encontrar la razón de la palidez en la cara de Natalia.
-Tiene ruido en los dos pulmones-, dijo la doctora, sacándose los auriculares y volviéndose a Ariel. - Le vas a dar jarabe para la tos. Y suban a ver al obstetra.
- ¿Una placa no le vas hacer?- preguntó Ariel.
- No, las placas son peligrosas para al feto. Vayan a ver cómo está el bebé y luego bajen a buscar la receta.
Fueron al primer piso, donde estaba el obstetra de guardia, que llenó la panza de Natalia con un gel helado que le tensó la piel y le enfrió todo el cuerpo. Deslizó la sonda hasta que los tres escucharon unos latidos rápidos y regulares.
- El bebé está bien- dijo el doctor y Natalia quiso sonreír.
- Es nena- aclaró Ariel, y pensó que si su beba estaba bien, las cosas no podían estar tan mal.
Y ese día Natalia tuvo una mejoría. Incluso quiso comer una empanada. Pero al anochecer la tos empeoró y con cada espasmo su cabeza estallaba y la base de las costillas le dolía como si alguien estuviera dándole con los puños.
- Vamos al hospital-, le dijo Ariel a la noche.
- No, dejame, me van a volver a decir lo mismo.
- Volvamos, Natalia- insistió.
- No, me van a volver a mandar a la casa, quiero dormir-. Y más tarde vio por la ventana cómo empezaba el 21 de junio sin noción de las horas que pasaban y recordando que era el día del padre y que no había podido comprarle nada a Ariel.
Cristian pasó a la mañana a llevarle a Ludmila, y arregló con su cuñado para volver al hospital a la noche. Hubiera querido quedarse, pero sin la ayuda de Natalia tenía el doble del trabajo en el maxikiosco. A la noche, cuando estaba a punto de cerrarlo, Ariel lo llamó y le dijo que no fuera, que su hermana se sentía mejor. El dolor de cabeza había bajado y la tos también; parecía que el Ibupirac, el Tafirol, la amoxicilina y el jarabe para la tos, todo junto, al fin estaban haciendo efecto.
Cuando llegó a casa, Cristian dio la buena noticia a sus padres y se fue a dormir, cansado y más tranquilo, pero no duró mucho porque la mañana del lunes tuvo que salir disparado a lo de su hermana, que había empezado a toser sangre. Cuando llegó vio que se había levantado de la cama, harta ya de estar acostada, pero allí, en el sillón sobre el que se había sentado, parecía más postrada que nunca. A Cristian se le aceleró el pulso y el miedo le hundió el pecho con un manotazo helado cuando vio a Natalia, que tenía los párpados entornados y apenas si podía levantar la mirada para saludar a su hermano. De sus labios morados salía un silbido que era el hilo de aire que volvía después de entrar a tientas por sus pulmones. Ariel estaba llamando a una ambulancia, a otra, a otra, 24 horas de espera, en todos lados. Dejaron a la nena en lo de una vecina y cargaron a Natalia en el asiento trasero del auto de Cristian.
- Me siento mal- repetía. -Mal, mal…
Fueron a todo lo que da, no saben cómo llegaron al hospital, Cristian sólo recuerda que miró a su hermana por el espejo retrovisor. Había cerrado los ojos. “Duerme, está durmiendo”, pensó, y de pronto Natalia se incorporó con una fuerza que no había tenido en días, porque sintió que no podía respirar, y en el ahogo su garganta dio un espasmo y devolvió encima de ella un líquido viscoso.
- ¡Me estoy por morir!-, se puso a llorar con la voz que le quedaba. -Me voy a morir.
Cristian entró gritando a emergencias.
- ¡Atendémela, por favor atendémela que está muy mal!- le rogó a la primera médica que se le cruzó.
- No se trata de por favor, se trata de que haya lugar-, respondió la mujer, que al ver la panza de Natalia la llevó a un costado donde le puso un broche en el dedo y le hizo una oximetría para medir la cantidad de oxígeno en la sangre de Natalia. Y mientras los números del aparato se movían en un rango incomprensible para Cristian y Ariel, Natalia tosió.
- ¡No tosás! –ordenó la médica - ¡que nos contagiás a todos!

El hospital de la gripe
“El hospital de la gripe A”. Así empezó a llamar la prensa al hospital Federico Abete del partido bonaerense de Malvinas Argentinas a fines de junio de 2009. Y es que en pocos días se convirtió en una suerte de sanatorio de campaña que se especializó en la epidemia y abrió sus puertas a pacientes graves de toda la provincia. Está a poco más de 37 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires. El 3 de julio Cristina Fernández de Kirchner y su flamante Ministro de Salud, Juan Manzur, dieron una conferencia de prensa desde allí. Y al día siguiente esa conferencia se convirtió en primera plana porque Manzur se despachó de pronto con que los infectados en el país rondaban los 100 mil, cuando según el último parte oficial, previo a las elecciones legislativas del 28 de junio, la cifra no llegaba a los 2 mil. Si la intención de Manzur era hablar con la verdad, o pasar a la historia como el ministro que habló con la verdad, es algo que nunca podrá saberse.
El distrito de Malvinas Argentinas es uno de los más pobres de la provincia de Buenos Aires. Su intendente, Jesús Cariglino, ha ocupado ese cargo desde 1995, cuando Carlos Menem estaba en la presidencia. Su slogan de campaña supo ser “peronista y buen vecino”, estuvo preso entre 2003 y 2004 por malversación de fondos públicos, y se pasó de las filas duhaldistas a las kirchneristas antes de las elecciones presidenciales de 2007. Cuando Cristina inauguró el hospital Abete en mayo de 2008, no se olvidó de agradecer a los vecinos de Malvinas por su apoyo en las elecciones. Y es que ese fue el distrito bonaerense en el que la presidenta obtuvo el mayor porcentaje de votos, aunque sólo el 68% del padrón fue a votar.
Para llegar al Abete hay que bajar en la estación de trenes Pablo Nogués, cruzar la vía y doblar a la izquierda hasta encontrar la calle Miraflores. No hay negocios ni avenidas ni gente; no son todavía las 10 de la mañana pero todo alrededor recuerda a la obligatoria siesta cuyana. El asfalto está inmaculado; al parecer lo han puesto hace poco. Sólo se ven casas bajas y algún perro solitario; ninguna triste mole de cemento amarillo que indique que allí hay un hospital público del conurbano bonaerense. Pero al llegar a la intersección con la ruta 197, aparece una estructura moderna de una sola planta cuyas escalinatas de entrada están rodeadas de pasto verde y palmeras. Tiene puertas automáticas y ventanales revestidos que impiden la invasión molesta de la luz solar en sus salas de espera. “Hospital de Trauma y Emergencias Dr. Federico Abete”.
- Parece el hospital de doctor House.
- ¿Cómo? - pregunta Gustavo Caprotta, el doctor que guiará la visita.
No hay clima para repetir el chiste malo, pero es que en realidad lo parece. El pasillo por el que caminamos, y que cruza el área de cirugía robótica, bien podría pasar por el de un hotel: tiene reproducciones de un imitador de Jackson Pollock en la pared, el piso reluce, la luz no deprime. Cuando Cristina Kirchner dio el discurso inaugural, poco más de un año antes, dijo: “No es un hospital más, es un hospital en el que, tal vez, la persona más rica podría sentirse igual que en su casa.”
- Que es muy moderno, ¿no?
- Sí, sí- dice Caprotta.
- Digo, para ser público… –. La insistencia no encuentra respuesta. Detrás de alguna de esas puertas deben estar los dos robots quirúrgicos Da Vinci, que costaron 5 millones de dólares. Sólo hay cinco en América Latina. La intendencia de Malvinas Argentinas gasta el 35% de su presupuesto de 180 millones de pesos anuales en salud; es una cifra que supera a la que invierten los demás partidos.
- En Malvinas Argentinas hay una decisión política de privilegiar la salud- asegura Caprotta.
Estamos a fines de agosto, el pico de la epidemia terminó hace tres semanas, y nadie sabe cuántos enfermos hubo, cuántos murieron, cuántos diagnósticos fueron negativos de las miles de muestras que se supone que se analizaron. El doctor Caprotta ha prometido cifras. Y justo ese día una comitiva de médicos españoles, anticipándose a la epidemia que de seguro llegará a su país, visitará el hospital para enterarse de cómo se manejó durante la contingencia. Caprotta hablará de lo que le toca, que es la terapia infantil. Me ha invitado a la charla, y como falta todavía más de una hora para que empiece, me muestra buena parte del hospital.
El doctor sorprende por lo joven. No tuve el tino de preguntar su edad, pero no debe llegar a los 45. Es jefe de la Unidad de Terapia Intensiva Pediátrica del hospital Abete, y la municipalidad de Malvinas Argentinas lo envió hace poco en un viaje de capacitación al Miami Children’s Hospital, iniciativa que a Caprotta le enorgullece: “No conozco a ningún médico que haya sido enviado por su municipio en una misión así”. Y la misión consistió en traer ideas y know how para la próxima apertura del Hospital Regional de Pediatría, que decenas de albañiles están levantando al lado del hospital.
Caprotta muestra primero un trailer que está frente a la puerta principal, cruzando la calle. Ahora no hay nadie y el mobiliario consiste en bancos vacíos y una pequeño escritorio. Pero durante el pico de la gripe, que en Malvinas Argentinas comenzó el 15 de junio, ese lugar se convirtió en un consultorio anexo que recibía a todos los pacientes con síntomas.
- Si alguno tenía diagnóstico de gripe A y necesidades de internación, entonces sí entraba al hospital- cuenta Caprotta.
- ¿Cómo diagnóstico? Tenía entendido que el único lugar que podía hacer los análisis y dar resultados era el Instituto Malbrán.
- Es que acá hicimos los estudios casi todo el tiempo porque tenemos un equipo PCR.
- ¿Uno como el que tiene el Malbrán?
- Noooo, uno mejor.
Y Caprotta me lleva al área de biología molecular para que contemple la última adquisición tecnológica del municipio: un equipo PCR Real Time que costó 50 mil dólares, y que en cuatro horas le dice al paciente, con un 100% de exactitud, si tiene gripe A o no. El aparato es negro y compacto y parece más un equipo de música que un analizador de células. Las preguntas se agolpan: ¿No que el Instituto Malbrán era el único centro habilitado, confiable y completamente equipado para obtener el diagnóstico de influenza H1N1? ¿No fue eso lo que dijo el gobierno nacional, obligando no sólo a la ciudad y a la provincia de Buenos Aires, sino a todo el país a enviar los análisis allí? ¿Cómo puede ser que en este pequeño cuarto tengan, entonces, semejante joya?
- Sí, las muestras estaban centralizadas –dice Caprotta. –La directiva era que había que vehiculizarlas a través del Malbrán y que era la forma oficial de diagnosticar la enfermedad.
La “joya” llegó a Malvinas Argentinas a principios de julio. Pero antes de esa compra, Caprotta eligió no enviar los hisopados de sus pacientes –en su mayoría niños menores de dos años- al Malbrán, sino a una colega suya del hospital Gutiérrez, donde tenían el equipo.
Cuando la gripe empezó a expandirse a mediados de junio, los mismos rumores corrían por toda la ciudad: que tal persona había muerto sin diagnóstico, que tal otra se curó pero no se sabe todavía si lo que tuvo fue gripe A; que ya no se hacen los análisis, que sí se hacen, que sólo el Malbrán puede hacerlos, que los laboratorios privados también. En cualquier caso, por una orden del gobierno nacional, las estadísticas argentinas de la gripe A en la Organización Mundial de la Salud se llenaban día a día sólo con los números que provenían del Instituto Malbrán. Con sus lentos, colapsados y restrasados números. Y quién sabe en cuántos lugares más se podía dar el diagnóstico antes de que, a fuerza del disgusto generalizado, se decidiera la descentralización de los análisis el 30 de julio.
Caprotta me lleva después al lugar en el que prácticamente vive: la Unidad de Terapia Intensiva Pediátrica. Apenas entra le pide a un enfermero que enciendan más luces, haciendo un ademán con los brazos:
- Andrés, prendé todo, tenelo iluminado.
Aun antes de tanta luz alcanzo a ver dos bebés diminutos llenos de tubos y de sondas. Cuenta Caprotta que son los últimos bebés de la gripe que quedan en terapia. Que el virus ya abandonó sus cuerpos, pero ha dejado secuelas respiratorias muy graves. Pasamos a una salita detrás, donde me invita a sentarme y a hacerle las preguntas que quiera. No estoy acostumbrada a visitar hospitales; la imagen de los bebés se demora en desaparecer de mis ojos que de pronto están frente a un escritorio y una taza de café que me alcanza Caprotta. Me cuenta que a los pacientes se les hizo dos valoraciones: la de laboratorio y la clínica. Para cuando estaban listos los análisis, fuesen o no positivos para gripe A, el estudio clínico ya había comenzado, para ver cómo estaban los pulmones, el corazón y el estado general del paciente. La mayoría no tuvo que internarse; se les dio Oseltamivir marca Tamiflú y listo. Los más graves se quedaron y cuando el hospital ya no dio abasto con las camas, tuvieron que ser derivados a otros lugares. Dice que el 60% de los pacientes que murieron tenían enfermedades previas o venían de familias que vivían hacinadas y tenían un bajo nivel de ingresos. Dice que la gripe H1N1 no es más grave que otras enfermedades, pero que el contagio fue tremendo y que sí es cierto que a mediados de junio el 90% del virus gripal que recorría Buenos Aires era de ese tipo.
- ¿Por qué tanto lío con esta gripe, si no es más grave que otras enfermedades?
- Bueno, todos los años mueren pacientes por gripe común, pero todos los años sabemos a qué nos estamos enfrentando. Esta vez era una cosa nueva, y no podíamos saber cuál iba a ser el impacto real.
Y toma aire para interpelarme:
- Y disculpame, pero el lío lo hicieron ustedes. Nosotros venimos y trabajamos. Si nos ponen un enfermo de gripe A, trabajamos con gripe A; si nos ponen un enfermo con dengue, trabajamos con dengue, Chagas, Chagas. Estamos acá para ayudar a los pibes enfermos, ese es nuestro trabajo. Las epidemias vienen y van y los medios son los que deciden a cuál darle publicidad y a cuál no.
Le pregunto si conoce el caso de Natalia Lanzi, la chica embarazada con gripe A que fue internada en el Austral. Me dice que no, pero que las embarazadas son un caso muy particular y que no se termina de saber el efecto del Oseltamivir en el feto. Que sólo se recomienda para casos demasiado graves y con consentimiento familiar.
- No quiero hacer corporativismo médico, hay médicos que yo reventaría, pero en el caso de esa chica tomá todo con pinzas. A veces hay una tendencia desinformada de culpar al doctor.
La presentación para los médicos españoles está a punto de empezar. Será en un espacio del hospital construido especialmente para las charlas y la capacitación; tiene varias sillas, una pantalla y un proyector. El lugar se empieza a llenar de médicos. Se saludan, se presentan, y se me antojan de pronto como una especie de hermandad que posee un conocimiento que ninguno de nosotros tiene, y que nos dejan sin otra alternativa que la de ponernos en sus manos y confiar, sino en la primera, en la segunda opinión, si no en la segunda, en la tercera. No hay más opción que la de entregarnos a ellos en toda la ignorancia de nuestros propios cuerpos, y en eso estoy cuando viene Gustavo Caprotta a decirme que le dicen que no puedo quedarme. Yo muy amable me hago la comprensiva; todavía quiero mis números, pero le digo que entiendo perfectamente y antes de irme le pregunto si puedo pasar por la terapia pediátrica otra vez. Me dice que sí, pero que está prohibido sacar fotos. Le digo que no pensaba sacar fotos y que ni cámara tengo.

Natalia
- ¡No tosás que nos contagiás a todos!- ordenó la médica y los dejó helados hasta que llegó otro doctor que se alarmó por el resultado del análisis y le dijo a Natalia que se levantara y fuera hasta la silla de ruedas que estaba a unos metros. “Si los médicos le piden que camine, es porque no está tan mal”, pensó Cristian, que se había quedado inmóvil y veía cómo Ariel ayudaba a su hermana a caminar y a sentarse, y cómo el médico tomaba las manivelas de la silla para llevarla detrás de esa puerta a la que sabía que ya no lo iban a dejar entrar. Y Ariel iba casi trotando al lado de Natalia, repitiendo que todo iba a estar bien, ya vas a ver, vas a salir bien, y la insoportable espera entre decenas y decenas de rostros anónimos que iban y venían ese 22 de junio, incorporándose cada vez que la puerta se abría, y sentándose cada vez porque nadie salía a decirles nada; en medio de un desfile de barbijos que sólo dejaban ver los ojos nerviosos o cansados de esos rostros cubiertos, viendo camillas y doctores que pasaban como la luz por los pasillos, hasta que el médico que había llevado a Natalia dentro se les acercó con la noticia de que estaba con un cuadro respiratorio muy grave, que se podía morir, que cómo no la habían traído antes.
Hubo un segundo de silencio, en el que las conciencias de Ariel Paladea y Cristian Lanzi intentaron procesar esa frase de pesadilla.
“¡Tres veces la trajimos! ¡Tres veces nos mandaron a la casa!”
Y los ojos del médico se abrieron bajo un ceño que apenas frunció. Pero no dijo nada más.

Natalia Lanzi murió en la madrugada del 26 de junio, horas después de que le hicieran una cesárea de emergencia porque al bebé también empezó a faltarle el oxígeno. El bebé tampoco sobrevivió. El médico de guardia de la clínica Bessone y los dos médicos de guardia del hospital Austral que atendieron a Natalia y la mandaron de vuelta a su casa tienen una causa abierta por homicidio culposo. El análisis que fue enviado al Instituto Malbrán el día que finalmente la internaron dio positivo para H1N1 y llegó recién a mediados de julio. Ludmila, la hija de dos años de Natalia y Ariel, tuvo síntomas de gripe mientras su madre estaba internada, y su tía la llevó a una salita del barrio de Pacheco en la que le dieron Tamiflú de inmediato. Ariel empezó a toser mientras se pasaba los días y las noches en el Austral, y fue en esa misma sala donde recibió la medicación.
El día en que Natalia llegó a la guardia del Austral, el hospital ya hacía casi un mes que estaba preparado para tratar a pacientes con gripe A siguiendo las instrucciones de la Dirección de Epidemiología de Pilar, como la limitación de consultas obstétricas a mujeres embarazadas por ser pacientes de riesgo, la derivación inmediata de casos respiratorios graves a emergencias, el aumento de médicos en ese área y el suministro directo de Oseltamivir desde la farmacia del hospital. Las recomendaciones sobre cómo medicar a las embarazadas habían sido difundidas por el ANMAT, la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica, por lo menos el 9 de junio. Y decían que era pertinente medicar con Oseltamivir o Zanamivir a las mujeres embarazadas si presentaban los síntomas. A mediados de junio y durante todo el mes de julio fue el pico máximo de la epidemia. El Austral internó a 33 pacientes con neumonía grave y 20 tuvieron diagnóstico confirmado de gripe A. La única que murió fue Natalia.

La foto tiene una textura parecida a la del pergamino, y está llena de pequeñas arrugas que trazan sobre la imagen una especie de telaraña blanca, finísima. Aun así la imagen se distingue bien: Natalia y Ludmila dentro del agua; Natalia sonríe con su hija en brazos, que frunce la cara para protegerse los ojos de la intensa luz del sol. Dice Ariel que tomó la foto en Colón, Entre Ríos, en las primeras vacaciones que hicieron los tres juntos. Y que está así porque la tuvo entre sus manos todo el tiempo que su mujer estuvo internada.
La única que murió fue Natalia y la negligencia de los médicos no tiene explicación posible. Hago esfuerzos por tomar el asunto con pinzas, como aconsejó el doctor Caprotta, pero no entiendo cómo pasó lo que pasó. Los médicos de terapia intensiva, cuentan Cristian y Ariel, no durmieron para salvar a Natalia. El mismo jefe de la terapia les dijo que si se hubiera agarrado el asunto desde un principio, la cosa hubiera sido distinta; no sabe si se hubiera salvado o no, pero todo habría sido diferente.
Los médicos del “piso de abajo”, los que no derivaron a Natalia a tiempo, no hablan por recomendación de sus abogados y el Austral está arreglando una indemnización económica que ni Ariel ni Cristian quieren. Ellos quieren llegar a un juicio penal.
Pero no responsabilizan sólo a los médicos de la guardia por la muerte de Natalia: “Si hubiéramos estado un poco más informados les exigíamos que le enchufaran el antiviral enseguida”, dice Cristian. “Si nosotros hubiéramos tenido la información que necesitábamos, yo a mi mujer la tengo hoy conmigo, porque entro a la clínica y le digo al doctor: tiene los síntomas, aplicale los antivirales aunque esté embarazada. Yo perdí todo, perdí mi hija y perdí mi mujer. Aplicarle el antiviral era todo lo que tenían que hacer”. La impotencia de Ariel es infinita, y la descarga acariciando una y otra vez esa foto que lo acompañó en el hospital.
En Argentina la información y la alerta sanitaria se hicieron esperar hasta que pasaran las elecciones legislativas del 28 de junio, dos días después de la muerte de Natalia. Hasta ese momento, para todos los que no teníamos por costumbre asomarnos a un hospital, la gripe A era poco menos que un invento de los medios y de Roche. Ya el 15 de junio el hospital Federico Abete había recibido su primer caso grave de gripe A: una nena de año y medio, previamente sana, que murió a los tres días. A esa fecha el Austral ya tenía 81 casos con diagnóstico positivo, con y sin internación. Graciela Ocaña, por entonces Ministra de Salud de la Nación, había pedido que se declarara una emergencia sanitaria similar a la de México y que las elecciones se postergaran. Pero no se hizo ni lo uno ni lo otro y ella presentó su renuncia el 29 de junio.
Así que lo único que Cristian y Ariel sabían cuando Natalia se enfermó era lo de las manos limpias, lo del alcohol en gel, lo de no compartir cubiertos o vasos, lo de mantener la distancia a la que nos forzaban las maestras en la primaria cuando fuéramos a votar; por entonces ni siquiera se había dicho que el barbijo no servía realmente para nada, ni que había que estornudar o toser sobre la cara interna del codo en lugar de hacerlo sobre las manos. No sabían que el Oseltamivir debe suministrarse dentro de las 48 horas de la aparición de los síntomas para ser efectivo ni que el virus podía tener la levedad de una gripe común o que podía desencadenar neumonías graves en pacientes previamente sanos. No sabían lo que en México y en Estados Unidos ya se sabía desde mayo.
- Los vecinos me preguntaban si de verdad se había muerto de gripe A, si eso existía, si no era un cuento –dice Cristian.
- No estamos como en la época de la fiebre amarilla -dice Ariel. -Esto el gobierno ya sabían cómo tratarlo, cómo venía. En México cerraron por 15 días todo, acá no fueron capaces de hacer eso. Cerraron los teatros pero abrían los cines, ibas a votar y tenías 50 personas en la fila. Y todos los partidos políticos, todos, no sólo el oficialismo, estaban ahí con su boleta, a la expectativa.
No sabían tampoco qué debía hacerse con un cuerpo infectado. Y como no sabían, Cristian, por pura prevención, decidió hacer el funeral de su hermana, el mismo 26 de junio, a cajón cerrado.
El recuerdo de esa tarde les duele a ambos. Preguntarles si fueron a votar dos días después parece fuera de lugar, pero antes de intentarlo siquiera, Ariel me saca de la duda:
- A mí que ni me esperen a votar nunca más en la vida, si tengo que ir en cana, iré en cana. Pero no voto más a nadie.
Cristian, en cambio, sí fue, a instancias de su padre, “un tipo correctísimo”. Votaron en contra del oficialismo.

Ramiro y María
Patricia, una enfermera joven de la terapia pediátrica, me lleva a ver a los bebés. Primero nos acercamos a Ramiro, que duerme panza arriba con los brazos y piernas extendidos y completamente destapado. Las tiras de su pañal tienen dibujos de elefantes azules. Había cumplido cinco meses cuando lo internaron y hace ya 73 días que está en esa cama que casi se parece a una cuna porque le han traído sonajeros y un muñequito. Todo recordaría a una pieza de niño y a un bebé normal si no fuera por ese tubo que le perfora el cuello y penetra en su tráquea. Sus brazos serían los brazos rechonchos de cualquier otro bebé si no fuera por ese catéter que se hunde en su antebrazo para medir la presión de la sangre. Por la nariz, otro tubo: el que le lleva aire desde el coloso digital que se yergue a un lado de la cama, y que se llama Neuvomen Graph. Es un respirador.
Patricia descifra los gráficos de colores del Neuvoment, al que llama “respi”, a secas, con la holgura con que un músico interpreta su partitura: presión arterial, oxígeno en sangre, frecuencia cardíaca, frecuencia respiratoria, todo sobre un fondo sonoro que es el constante pip-pip-pip de los diminutos latidos de Ramiro. Le hicieron una traqueostomía para ayudarlo a abandonar el respirador, y aunque ese tubo en el cuello no le impide comer, Ramiro recibe el alimento a través de una sonda, porque todo lo que había aprendido en sus cinco meses de vida lo perdió cuando se enfermó de H1N1.
- Es el consentido de la terapia- dice Patricia mientras le acaricia los pies. -Estuvo mal muchísimo tiempo; mil veces casi se murió y mil veces resucitó.
Además de entrenarse para salir del respirador, Ramiro tiene sesiones de kinesiología para recuperar la memoria corporal. Ya puede sostener la cabeza y sentarse y los médicos están enseñándole a sus padres cómo cambiar la cánula traqueal, cómo controlar la mucosidad, cómo evitar infecciones, todo lo que tendrán que hacer en su casa, solos, durante mínimo seis meses más, cuando a Ramiro le den el alta.
Esas son las secuelas que dejó la gripe A en su cuerpo. Lo internaron el 17 de junio, cuando los partidos estaban en plena carrera por las elecciones legislativas, entre campañas, debates, y recomendaciones para no contagiarnos cuando nos hacináramos para ir a votar. El día en que los desesperados padres de Ramiro lo llevaron al hospital, el “comité de expertos” del Ministerio de Salud de la Nación admitía una “alta circulación del virus en la Capital y el conurbano” y las manos limpias y el autocuidado seguían siendo las medidas oficiales para disminuir los contagios.
María está en una cama, a la izquierda de Ramiro. No duerme a sus anchas y está tapada. Cumplió su segundo y tercer mes de vida en el hospital. Llegó el 4 de julio, un día después de la visita en la que Juan Manzur anunció los 100 mil casos de gripe en el país. El día que internaron a María, el Ministerio decidió “unificar criterios de protocolo y tratamiento para que ante la sospecha de un caso de gripe, todos podamos actuar de la misma manera”. Con “todos” se refería a todo el país, porque cada provincia y municipio venía manejándose hasta entonces como le parecía o como podía. El Ministerio no dijo nada sobre el Malbrán, que siguió siendo el único centro oficial para diagnosticar la gripe hasta el 30 de julio. Por suerte para María, El PCR que acababan de comprar en el Abete confirmó H1N1 en su cuerpo, y empezaron a medicarla.
Lleva una especie de brochecito ajustado a su palma izquierda, y lo aprieta con el reflejo prensil de los primates pequeños; esa fuerza atávica que enternece a los padres cuando su bebé los toma de un dedo y se aferra a él como si se agarrara del mundo. Pero sus padres no están allí, tienen horario de visita y no pueden poner el dedo sobre la palma de María sin entorpecer la tarea de los aparatos que la mantienen con vida. Su ventana nasal es casi transparente, y tan diminuta que cuesta creer que quepa allí ese tubo que se prolonga dando una vuelta por su oreja y continúa hacia esa nodriza digital que es el Neumovent Graph. En su cuello hay cintas adhesivas que cubren con gasa la cánula que tuvieron que introducir en su tráquea el día anterior.
Está dormida, en inmóvil, pero ya fuera de peligro.

Es mediodía y hay algo más de movimiento en el barrio; varios chicos con guardapolvo blanco han salido del colegio. Hace mucho frío, pero el sol reluce sobre ese asfalto recién colocado. Pienso que los médicos no quisieron que me quedara en la charla a los españoles para que no fuera a publicar y malinterpretar cifras haciendo quedar mal al hospital. Pienso que tal vez en su lugar yo hubiera hecho lo mismo: los medios hicieron un conteo diario de los muertos como no se hace nunca con ninguna otra enfermedad, y pocas veces dieron detalles sobre el historial médico de los enfermos. Nadie buscó datos acerca de cuántas personas con H1N1 se habían curado, ni cuántos “casos sospechosos” fueron en realidad casos de gripe común. Y aunque el gobierno pidiera calma todos los días, sus datos cruzados y sus silencios no ayudaron a mantenerla. Me voy sin números pero hubieran sido, al fin y al cabo, los números de un solo hospital. Pienso que en un país como éste pretender cifras absolutas es una tarea imposible. Y pienso que, después de haber visto a Ramiro y a María, las cifras ya no me interesan para nada.
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viernes 22 de enero de 2010

El pibe millonario. Homicidio y misterio en Chascomús- Javier Sinay


La historia de Mauricio Ponce de León, conocido como Perico, integra el libro "Sangre joven. Matar y morir antes de la adultez", escrito por Javier Sinay. Perico fue asesinado en el verano de 2005, pocos días antes de cumplir 20 años, en una aparente trampa que le tendieron uno o varios amigos. Aunque el crimen todavía no ha sido aclarado lo suficiente, Sinay viajó a Chascomús -la ciudad de la provincia de Buenos Aires donde todo ocurrió- para examinar lo que quedó de aquella historia.

La crónica sobre el homicidio de Perico es el capítulo VI de "Sangre joven", publicado por Tusquets.

Click aquí para ver en pantalla completa:
Sangre Joven. Capitulo VI - El pibe millonario. Por Javier Sinay Leer más...

miércoles 20 de enero de 2010

En las calles de Haití: entrevista a Jon Lee Anderson - Por Amy Davidson


Publicado en el blog Close Read, The New Yorker, 16/01/10
Traducción: Ana Prieto


El periodista Jon Lee Anderson, que ha cubierto Afganistán, Irak y Somalía para The New Yorker, viajó a Haití poco después del terremoto del 12 de enero. Lo entrevisté en Puerto Príncipe vía mensaje de texto. Aquí, lo que contó.

¿Cómo llegó a Haití?
Volé a Santo Domingo y entré en contacto con Ángela Tejada, una dominicana que trabaja en varias ONGs, a través del cineasta haitiano Raoul Peck. (Raoul estaba en París, intentando viajar también. Me lo presentó el escritor Russell Banks, que tiene una larga relación con Haití). Ángela y su hija me recogieron en el aeropuerto, junto con otro auto que manejaba un sobrino. Habían recolectado un modesto cargamento de donaciones –cajas de galletas, algunas medicinas, guantes de cirugía y toallas húmedas, latas de comida- y querían asegurarse de que se las diera a quienes las necesitaban. Viajamos a Haití por la noche. Cuando llegamos a la frontera, la milicia dominicana nos dejó pasar; del lado haitiano había unos pocos hombres que nos abrieron las puertas -sin controlar nuestros pasaportes-, y seguimos hasta Puerto Príncipe.

Usted llegó a Haití cuando la posibilidad de encontrar a personas con vida estaba a punto de cerrarse. ¿Hay todavía esperanzas para ellas? ¿Los esfuerzos se concentran aún en rescatar a las personas sepultadas por el terremoto?
Hay esperanzas, sí, y aunque no lo creas todavía quedan varios días para encontrar a personas con vida. Recuerdo el caso de un niño que fue rescatado a los once días del terremoto de México D.F., mucho después de que se haya encontrado a nadie vivo. Por supuesto que cada hora cuenta, pero en este momento hay equipos de rescate en toda la ciudad, y hoy, en el centro, estuve allí cuando la gente contaba, llena de alegría, que dos personas acababan de ser rescatadas. A esta altura, sin embargo, la mayoría de los que quedaron atrapados han muerto; serán muy pocos los que sobrevivan. La esperanza y el dolor de los sobrevivientes, que están decididos a encontrar a sus seres queridos –y el compromiso de los rescatistas- mantendrán viva la esperanza durante los próximos días. Cuando los rescatistas se vayan, cuando los parientes finalmente se den cuenta de que ya no quedan esperanzas, será cuando el alcance de la pérdida golpee a este país, y la tragedia llegue a su máxima dimensión.

¿Hay quien piense más allá del ahora: acerca el futuro, la reconstrucción, acerca de cómo continuar su vida cotidiana en Haití después de esto?
La gente está ocupada en el aquí y el ahora; sin embargo, he escuchado a muchos decir: “Haití llegó a su fin. Mi país terminó”, como si su futuro hubiese terminado también, y tuvieran que rehacer sus vidas en otra parte.

¿Qué tipo de actividades se ve en las calles? ¿La gente puede moverse por la ciudad? En ese caso, ¿dónde intentan ir?
Caminan, caminan por todas partes, en toda dirección, constantemente, una procesión hirviente y constante. La mayoría no tiene casa; van y vienen en expediciones para encontrar agua, comida o combustible, que acarrean en sus espaldas, manos, cabezas, y bebés también, y los ves yendo por caminos que conducen fuera de la ciudad. Muchos se están yendo.

¿Dónde duermen?
En la calle. En las zonas residenciales la usan entera: una familia al lado de otra, que se repliegan hacia los bordes de la calle durante el día. También en bulevares y parques. Todos esos lugares se han convertido en pequeñas ciudades de carpas, repletas de gente. Y en el hospital general –una escena de terrible sufrimiento: los pacientes, muchos de ellos gravemente heridos, están fuera, con cadáveres tendidos muy cerca.

¿Hay algún indicio de que el gobierno haitiano esté funcionando?
Ninguno que haya visto. Excepto por lo siguiente: ayer observé cómo los camiones de basura del gobierno recogían cuerpos en media docena de lugares, y también cómo arrojaban montones de cadáveres en una zona rota del muro del cementerio.

¿Ha visto tropas estadounidenses? ¿Cómo reaccionan los haitianos a ellas?
Todavía no. He visto rescatistas de Colombia, Alemania y España, y he visto tropas de Naciones Unidas por todas partes –incluso de Filipinas. El grueso de los soldados estadounidenses no ha llegado aún. Pienso que serían muy bienvenidos, ya que ahora Haití necesita una fuerza única, fuerte y amplia que pueda unir al resto y ayudar a coordinar esfuerzos a una escala masiva. Lo que se está haciendo en este momento es poco sistemático e insuficiente.

Hemos escuchado reportes sobre saqueos. ¿Los ha visto? ¿A quiénes se saquea?
Vi algunos ayer, hacía calor y estaba en la zona más devastada del centro de la ciudad. Un grupo grande de jóvenes trepaba por una construcción -no pude distinguir para qué-, y después corría con cosas. Había un aire de violencia. Nos pasó por al lado un joven con un puñal en alto, y tras él lo que parecía un grupo o una pequeña pandilla, para proteger lo que sea que habían robado o para impedir que alguien se los quite. No pude ver qué era. Estaba con dos mujeres en un auto y nos sentimos inseguros. Me puse al volante y nos fuimos. Tenía un potencial de turba que me preocupó.

Usted también cubrió el desastre del huracán Katrina. ¿Cómo se compara a él la situación de Haití?
La escala del desastre es mucho mayor en términos humanos, pero muy similar en lo que se refiere a la devastación de la vida cotidiana y la psiquis de una sociedad única. Y por supuesto creo que el mundo está –o debería estar- vigilando cómo la “comunidad internacional”, en especial Estados Unidos, maneja esta situación. Habrá un antes y un después en la conciencia global, porque se trata de una tragedia enorme, sin nombre todavía –tal y como, justamente, Katrina lo fue para el mundo. Porque estos dos lugares comparten muy especialmente el abandono de sus gobiernos, y en el caso de Haití, a pesar de todo lo que se ha hecho, el abandono del resto del mundo. Haití ha estado fuera de la vista y de las mentes por demasiado tiempo; es como el Lower Ninth Ward* con casi 10 millones de habitantes.

¿Cuáles son los mayores desafíos para hacer periodismo desde Haití? ¿Tienen que ver con elementos prácticos o con las emociones?
El mayor desafío es logístico. Como la infraestructura está destruída, las preocupaciones inmediatas de uno son iguales a las del resto: agua, luz, refugio, seguridad, y también que las comunicaciones funcionen. Cosas como botellas de agua y linternas se han vuelto indispensables. La comida, aunque suene raro, se ha convertido en una necesidad secundaria, que viene después del agua.
En cuanto al impacto emocional de lo que estoy viendo, está allí, pero no puede compararse con el impacto de aquellos que sobrevivieron al terremoto y han perdido seres queridos –sentirse abrumado es poca cosa en tales circunstancias. Te golpea cuando ves a alguien que llora sobre un cadáver que acaba de encontrar. El resto del tiempo todo gira alrededor de la supervivencia básica, de entender qué ocurre, de conseguir agua para beber, de comprender lo que uno está viendo cuando buena parte de ello es un estado alterado, surreal, un horror al que de pronto se despertó.

¿Qué le ha sorprendido?
El amor al país. O quizá debería decir la profundidad y el alcance de ese amor. Ayer, un haitiano que miraba su tierra asolada me dijo: “yo he viajado, he estado en Miami y en París. Pero este es el país para mí. Yo amo mi país. Por eso siempre volví.


*
Barrio de Nueva Orleans, cuya población era de 14.008 habitantes en el año 2000.Leer más...

lunes 18 de enero de 2010

La Cazadora Oculta

Nati por las calles de Ciudad Oculta, llevando flores por el Día de la Madre. © Carolina Camps

Texto por Josefina Licitra, fotografías por Carolina Camps. Crónica publicada en la Revista Nuestra Mirada (http://revistanuestramirada.org/)

Natalia Ferreyra vive en Ciudad Oculta, una villa de la Ciudad de Buenos Aires. Allí, un taller de fotografía –dictado por la ONG “Ph15”- la ayuda a utilizar el arte para comprender y reescribir el mundo en el que vive: un universo signado por la violencia, la religión, la pobreza y la desesperada búsqueda de una salida.

I
Acá hubo una esperanza.
Fue en la década de 1940, cuando miles de personas migraron del interior argentino a la Ciudad de Buenos Aires para formar parte de la mano de obra industrial. Sin dinero, pero con la promesa de un futuro, construyeron su mundo en lo que entonces se llamaba Barrio General Belgrano: un territorio húmedo y de suelos sinuosos, ubicado a metros del Mercado de Hacienda y del Frigorífico Lisandro de la Torre: dos establecimientos donde aún hoy se recibe, faena, almacena y vende la carne en Buenos Aires.
Allí, en el límite oeste de la ciudad, en esa patria oscura y lindante con un imperio de sangre, se instalaron los obreros que habían llegado a la capital del país para hacerse grandes.
Hubo una esperanza, acá, en el Barrio General Belgrano. En ese entonces, los argentinos seguían los discursos del presidente Juan Domingo Perón: una figura de arengas hipnóticas que hablaba de sustitución de importaciones, de un país sólido y de un porvenir. Hasta que, en cuestión de pocos años, algo se partió y empezó a haber más gente que industria. Las personas comenzaron a sobrar. Y esas “sobras sociales”, pasado un tiempo, devinieron un ejército de gente sin rumbo. Sin lugar a donde ir, sin lugar –menos aún- al que volver, esa multitud terminó apiñada en formas de vivienda precarias e ilegales.

Villas.
El Barrio General Belgrano pronto se transformó en la Villa 15. Y la Villa 15 fue rebautizada como “Ciudad Oculta” durante el Mundial de fútbol de 1978, cuando los funcionarios de la dictadura militar levantaron un paredón para esconder de las miradas extranjeras esta postal infeliz.
Hoy, acá, en este lugar donde ya no hay esperanza, viven 16 mil personas.
Una de ellas es Nati.

En la planta baja de su casa, donde viven más de diez personas (entre su novio, su suegra y sus cuñados, alguno de ellos menores de cuatro años). © Carolina Camps

II
Todos los ingresos a Ciudad Oculta se parecen entre sí. Son, en resumen, insinuaciones de polvo o asfalto malogrado que, conforme se adentran en la urbanización, se ramifican hasta perder el rumbo. No se sabe bien adónde van las calles de Ciudad Oculta. Pero al menos es posible saber cómo empiezan.
Son las diez de la mañana de un día sábado y uno de los ingresos –el de la calle Crisóstomo Álvarez- parece dormir al sol. En una esquina se ve el movimiento errático de algunos cuerpos. Son chicos que pasaron la noche consumiendo paco, un residuo de cocaína que se vende a un peso la dosis (25 centavos de dólar) y que está diezmando a las poblaciones jóvenes de los barrios bajos.
Por esa calle y entre esa gente, como una flor que sobrevivió al paisaje, llega caminando Nati.
Tiene, para empezar, una rara belleza. La superficie de su rostro se ve suave y carnosa -como si alguien la hubiera extendido con las manos- y el cabello negro, largo, se desarma sobre los hombros con una sensualidad antigua. Nati, aun en ropa de deportes, recuerda a las madonnas renacentistas. Camina cinco cuadras con un paso lerdo, redondo, y finalmente se detiene frente a una casa de colores alegres, ubicada afuera de la villa. Es el “Centro Cultural Conviven”. El lugar al que Nati, desde hace cinco años, viene a tomar clases de fotografía.
Adentro del edificio hay ocho compañeros más. Todos viven en Ciudad Oculta y todos, sin saberlo, usan el lenguaje de la luz para nombrar el universo roto en el que viven. Esa, justamente, es la intención de Ph15, una organización sin fines de lucro que desde hace diez años dicta un curso de fotografía pensado para que los chicos de la zona puedan relatar el mundo que les tocó en suerte.
El Ph15 vive de los subsidios de organismos nacionales e internacionales –de diversos niveles- y de las donaciones “en
especies” de donantes particulares. Además, percibe un ingreso mínimo por el mercadeo online de las imágenes tomadas por sus alumnos (quienes a su vez perciben un ingreso por cada venta) y cada tanto es invitado a exponer los trabajos en el interior de Argentina, en Europa y en Estados Unidos La foto de Nati que más recorrió el mundo muestra una escena barrial: un grupo de vecinos –entre ellos, su madre- toman aire en una calleja angosta, durante una tarde de verano asfixiante.
Eso es, por el momento, lo que puede verse.
Luego está lo otro.


El PH15 dicta, todos los sábados a la mañana, un curso de fotografía para los jóvenes que viven en la Villa 15. © Carolina Camps


Algunas asociaciones culturales contratan a los fotógrafos de PH15 para cubrir eventos. Aquí, Nati registra la obra de teatro que el grupo Kossa Nostra presentó en el terraplén de El Hospitalito: un edificio semi abandonado, ubicado en el corazón de Ciudad Oculta. © Carolina Camps

III
En la casa de Nati –de diecinueve años- hay una foto en blanco y negro. Se la ve niña, seria y flaca, mirando a la cámara con las pupilas vacías. En ese entonces, a sus once años, Nati pasaba sus días en compañía de unos amigos terribles. Algunos eran del colegio primario, otros simplemente habían aparecido por ahí, y si no hay más detalle es porque la vida de Nati tiene esos momentos ciegos: la gente, los lugares, los desastres; todo llega y se va sin hacer ruido.
Una tarde, cuenta Nati, una tarde de sus once años, uno de esos amigos la llevó en auto a un terreno baldío y le enseñó a conducir. Algunas semanas después, otro amigo la invitó a comprarse ropa nueva. Y unos días más tarde le dieron la noticia:
- Preparate –dijeron-, porque hoy salimos a pasear.
Ella se preparó: la ropa intacta, las trenzas refulgentes.
Nati y sus amigos salieron. El destino aparente era el Parque de la Costa, una especie de Walt Disney en mínima escala ubicado en la zona norte –elegante- del conurbano bonaerense. Pero el destino real era otro. Antes de llegar al Parque, el coche se detuvo frente a una concesionaria de autos y uno de los amigos habló.
- Nati –le dijo- quedate en el volante un segundito que ya venimos.
Ella se quedó. Uno, dos segunditos. Hasta que, pasado un par de minutos, todos
llegaron corriendo y saltaron al auto como se salta a un bote en un naufragio.
- ¡Arrancá! –gritaron.
Nati –la ropa intacta, las trenzas refulgentes- arrancó. Aturdida, sorda, muda,
recorrió las calles como si estuviera armando la coreografía de su propia confusión. Alguien, en algún momento, le dijo que se detuviera y abandonara el volante. La escena siguiente encontró a todos en la casa de uno de los miembros de la banda, repartiendo el botín. Recién ahí, cuando vio los doscientos pesos (55 dólares) en su mano, Nati terminó de entender.
- Qué divertido –dijo-. ¿Cuándo salimos otra vez?
Así estuvo cuatro años: divirtiéndose. Hasta que sus amigos comenzaron a caer presos, a casarse, a dejarla –dice ella- sola. Y ahí, cuando el delito le cerró la puerta en la nariz, Nati empezó a cambiar.
Una tarde, por hacer algo, acompañó a su cuñada Mariela –hermana de su novio, Juan- a un taller de fotografía. Mariela se fue a los dos meses y pronto encontraría la felicidad en Cristo. Pero Nati se quedó cinco años.
Así, a veces, sin grandes anticipos, suceden las cosas buenas. Del mismo modo en que suceden las malas.


Nati vive con Juan desde hace dos años, y lleva ya un noviazgo de cinco. Duermen en el mismo espacio donde luego, quitando el colchón, arman la mesa y pasan el resto del día. © Carolina Camps

El sueño de Nati y Juan es tener una casa con jardín en Berisso, zona sur del conurbano bonaerense. Pero aún no hablan de hijos. © Carolina Camps

IV
La cumbia suena fuerte en la casa de Nati, que es también la de Juan. El lugar –un cuarto donde ambos viven en pareja desde hace dos años- está en el primer piso de una construcción húmeda y fría donde hay más gente que espacio. En la planta baja, en la que residen la madre y algunos de los veinte hermanos de Juan, hay un par de habitaciones chicas, cubiertas por una luz lívida donde varias criaturas -¿hermanos? ¿sobrinos?- juegan a esconderse bajo los colchones.
Arriba, luego de trepar una escalera sostenida con alambres, es posible acceder a cuatro estancias. En una de ellas –la que da a la calle- están Nati y Juan tomando mate y discutiendo.
- Vos tenés que viajar, Nati. Vos tenés un futuro con la fotografía.
El problema de estos días –de estos meses- es que Nati no quiere irse. Desde hace ya un tiempo, el taller de Ph15 la viene seleccionando para hacer trabajos que le implican desplazarse al interior de la Argentina, donde Nati da clases de fotografía estenopeica; y también a Brasil, Holanda y Ecuador. Pero ella rechazó las ofertas del exterior. Cuando está lejos extraña, dice. Se aburre.
- A afuera no quiero porque son como tres meses lejos de casa. Es mucho. Acá me voy una semana a otra provincia y ya me siento reaburrida, me agarra la melancolía.
Afuera llueve y el agua pega contra el techo. Cada tanto las gotas se filtran y caen escandalosamente adentro de la casa.
- No entiendo qué te da melancolía –dice Juan.
- Nada, que me aburro. Me falta mi música. Y vos tampoco estás. Con Juan –dice Nati y gira la cabeza- con Juan vamos a todos lados juntos. Capaz que salimos, nos tomamos el primer colectivo que vemos y nos vamos a cualquier lado.
Nati y Juan se conocieron cinco años atrás, cuando Nati se divertía robando y él era el resto de una persona. Juan solía emborracharse y drogarse frente a la casa de Nati, que en entonces vivía con su familia. Una tarde de verano en la que Nati y su hermana jugaban con agua en la vereda, se vieron. Y a Nati, a pesar de todo, le gustó lo que vio. Al tiempo de estar juntos, le pidió que dejara los vicios y él, a su mañosa manera, terminó haciéndole caso.
- Ella me rescató –dice Juan-. Porque yo no tenía ni una familia.


Todos los días Nati limpia y ordena su casa; esa es una de las formas de sobrellevar el tedio. © Carolina Camps

Juan nació en Chaco, norte argentino, una de las provincias más pobres del país. A los dos meses llegó a Buenos Aires, a los ocho años empezó a trabajar con su padre y a los doce se fue de su casa. Durmió en plazas, esquinas, debajo de los puentes. Y conoció todo lo que suele conocerse en esos casos. Hasta que a los veintidós años –en 2004- conoció a Nati. Y en 2007 ambos se mudaron juntos a este cuarto donde hay mucho más que dos personas. Hay, por ejemplo, bolsas de ropa y juguetes (que Nati compra en una feria y vende en la villa); adornos, toallas húmedas, un ventilador, zapatos impares y una lámpara de vidrio opaco que adentro esconde un revólver. Juan nunca sale sin el arma.
- Vos sacás el fierro y los pibitos te dejan de bardear –explica-. Acá nadie está seguro de nada, pero el fierro siempre se respeta.
Nati también sale armada, pero a su manera: lleva consigo un cuchillo que Juan le confeccionó con dedicación y oficio. El mango tiene canaletas donde poder calzar la empuñadura de los dedos, y el filo tiene dobleces –similares a los de una hoja dentada- para que la entrada del cuchillo en la carne provoque una muerte segura.
- Si metés el cuchillo y lo girás así –dice Juan y lo rota- entra aire en el cuerpo y la persona se muere en el acto. Yo le enseñé a Nati que lo primero es defenderse. Si te van a buscar tenés que darles lo que se merecen. Acá todos se quieren hacer los piolas, los que saben estar presos, todo, y yo les digo: ustedes saben estar presos, pero yo estoy loco.
Nati escucha la explicación como si oyera llover. Su rostro, cada tanto, asume estas posturas lacias, desprendidas de todo.
- Yo tengo que estar las veinticuatro horas enfierrado –sigue Juan-. Hace un tiempo había unos canas que entraron a la villa persiguiendo a unos pibitos buenitos, que no molestaban a nadie, y llegaron con la camioneta 4×4 pero no se animaban a entrar a la villa. Si daban diez pasos más yo les empezaba a tirar. Desde acá les tiraba. Mirá.
Juan se asoma por la ventana. Los callejones de Ciudad Oculta parecen desteñidos por la lluvia. Hay algo demasiado gris en el paisaje; una tonalidad fatal que ya no tiene que ver con los colores del barrio, sino con la forma en que los tonos pierden su razón de ser. Todo –los ladrillos, los carteles, las bicicletas rotas, las montañas de basura habitadas por ratas- todo termina siendo gris, como si en cada esquina el destino diera la última palabra.
Nati y Juan quieren irse del barrio. Pero sus razones no tienen tanto que ver con la comodidad.
- Son todos extranjeros acá –dice Juan mirando por la ventana-. Demasiados paraguayos.
Ciudad Oculta está habitada por un 60 por ciento de argentinos y un 40 por ciento de bolivianos y paraguayos. Esa división es uno de los tantos motivos por los que las bandas se pelean adentro de la villa. El otro motivo es, por decirlo de algún modo, de “rivalidad barrial”. Esto se debe a que Ciudad Oculta se divide en cuatro partes: está el “centro” (la zona más antigua y peligrosa); el “fondo” (donde viven Nati y Juan); la “bajadita” (a metros de allí está el Centro Cultural Conviven) y el “barrio nuevo”: un espacio que se construyó durante el gobierno militar, a la vera de la Avenida Eva Perón, con el fin de sacar paulatinamente a las familias del asentamiento y llevarlas a edificaciones transitorias más “organizadas” (ese sería el paso previo a una mudanza definitiva a un departamento). Pero nada de eso se cumplió. Hoy, se sabe que el “barrio nuevo” fue un invento para sacar a la gente de la villa y llevarla a un lugar más impersonal, donde no hubiera posibilidad de organización y –menos aún- de reclamo social.
En la actualidad, en ese núcleo de viviendas rige un criterio más individualista que en el resto de Ciudad Oculta. Por eso, dentro de la villa hay un especial encono con los vecinos del “barrio nuevo”. A veces, cuenta Nati, se enfrentan a escopetazos y los perdigones bailan sobre las chapas de las casas. Y otras veces los disparos son bastante más localizados. La construcción de Nati y Juan, por ejemplo, tiene las marcas de dos balaceras en la fachada. Los disparos no iban dirigidos, necesariamente, a Juan. Él tiene veinte hermanos -siete por vía materna, doce por paterna, y uno que llegó de afuera y nunca más se fue- y siempre hay alguien que llega a la casa a saldar cuentas.
Los hermanos de Juan integran, a grandes rasgos, dos grandes grupos. Uno de ellos resuelve los entuertos de un modo expeditivo, y el otro está encabezado por Mariela, hermana mayor de Juan: una mujer que se hizo catequista en una iglesia de la zona y que luego impulsó a dos hermanos más a ir a un “encuentro con Dios”. En ese evento los exorcizaron, les hablaron del pasado y del futuro, y los invitaron a cambiar.
Cambiaron.
En cuestión de tiempo los chicos empezaron a hablar bien, a saludar con abrazos y a meter a Cristo en casi todas las charlas. Hasta que una vez, durante un problema con un muchacho ajeno a la familia, se reunieron todos los hermanos (los evangélicos y los otros), se pararon frente al individuo “problemático”, y uno de los cristianos resolvió la escena de un modo salomónico:
- Ustedes cáguenlo a piñas –dijo- que yo lo voy a orar.
Nati, que estaba presente, vio en esa frase una verdad honda y libre de
máscaras. Fue ahí que decidió que su trabajo fotográfico de largo aliento –para el taller de Ph15- se llamaría “Biblias y armas”.
Desde entonces, principios de 2009, Nati intenta documentar el mundo paradojal donde transcurren sus días. Pero no ha podido tomar muchas imágenes. Cada vez que quiere registrar a algún cuñado –porque lo ve desprevenido- él la descubre y posa para la cámara. La actitud siempre es la misma: el cuñado de turno saca su revólver y se lo apoya en la sien. Nati tiene infinidades de retratos como éste. Pero hay una foto –una sola- que aún no saca.
A veces, cuando está borracho, Juan apunta con su revólver a la cabeza de Nati.
Sobre esa imagen hay silencio.


© Natalia Ferreyra/PH15

V
Nati barre y ordena su casa. Los muebles hoy están cambiados de lugar. Todas las semanas hay modificaciones en la casa mínima de Nati y Juan. Barrer, ordenar y reubicar objetos son, de algún modo, distintas formas de pasar el tiempo. Ahora, sentada, con los ojos como un papel sin ningún tipo de escritura, Nati dice que su mayor lucha es el aburrimiento.
- Quiero poner una librería –dice-. No es lo mismo estar atendiendo un negocio que estar todo el día acá, sola y aburrida. Siempre termino de limpiar y me voy a la casa de mi mamá, pero allá también me aburro.
Nati se levanta y, por hacer algo, sale de la casa. Para llegar a lo de Pity, su madre, debe caminar siete cuadras por el interior de la villa. El camino es siempre el mismo: polvo, niños, perros, cumbia, zanjas de agua fétida y calles como pasillos. Sobre uno de esos pasadizos –en una casa hecha de chapa, madera: pedazos- vive Pity.
- Hola mi bebé –saluda a Nati.
Pity tiene 34 años y el cabello largo y negro como su hija. A su lado está Antonio, padre de Nati, que masculla un “hola” sin quitar los ojos del televisor. Minutos más tarde él se levanta, toma un escarbadientes, cruza una cortina y se recuesta sobre la cama. Pronto ha de volver a su puesto en el supermercado, donde trabaja catorce horas por día como repositor. En el comedor quedan madre e hija. Pity, encimada sobre la mesa, borda cinturones de cuero. Cada pieza se vende luego en Puerto Madero –el barrio más caro de la Ciudad de Buenos Aires- bajo la categoría de “artesanía étnica” y a un precio de cuarenta pesos (doce dólares). A Pity, en cambio, por cada cinturón le pagan 80 centavos de peso (15 centavos de dólar).
- Vení mi bebé –le dice a Nati-. Sentate y ayudame un poquito.
Pity parió a su hija en un instituto para menores. Allí la llevaron sus padres, luego de hacer una ecuación que nadie –ni siquiera ahora- ha puesto en cuestionamiento: como el padre de Pity era alcohólico y la madre trabajaba todo el día, creyeron que una opción razonable era encerrar a su hija. Además, claro, el aislamiento separaría a Pity –de catorce años- de Antonio, quien entonces ya era su novio. Pero el esfuerzo no alcanzó. Pity, aun encerrada, se embarazó de Antonio. Y parió a una criatura a la que nombró Natalia en honor a una empleada del instituto.
- Mi mamá siempre me cuenta que una vez, cuando estaba embarazada, se cayó de una escalera caracol. Pero yo nací bien igual.
Sobre su gestación, su nacimiento y su primera infancia, Nati no puede decir mucho más que esto. No le han contado -ni recuerda- nada de esos años. No recuerda el encierro, ni las salidas de fin de semana con su madre. Ni recuerda el día en que Pity se fue y la dejó a ella, sola, viviendo en el asilo. Nati tenía cuatro años.
- Pasame el hilo, mi bebé.
Nati no guarda rencor a su madre. Tampoco la interpeló sobre el pasado. Hay vidas como estas: sin lugares simbólicos; sin espacio para las preguntas. Nati recién salió del instituto cuando su abuelo materno, quien la iba a visitar los fines de semana, la sacó a pasear y nunca más la devolvió. Ahí, el hombre la llevó con su madre –Pity- y la vida cobró un nuevo giro. A los cinco años, Nati empezó a salir diariamente con su abuelo y su tío a juntar cartones por la ciudad.
- Si tenían que pedir mercadería en un negocio me mandaban a mí. Porque yo sabía pedir y me daban de todo.
Del encierro a las calles. Ese es, según Nati, su recuerdo del paraíso.
En esos tiempos en los que Nati juntaba cartones, Pity tuvo una hija más, de modo que llegó a los 19 años con dos criaturas (a la que se sumaría un tercer niño a los 25 años). La tasa de natalidad de Pity es comparativamente baja: en Ciudad Oculta, como en todas las zonas pobre del país, las niñas empiezan a parir a los doce años. De ahí que Nati, con 19 años y ningún hijo, sea vista como un fenómeno social. En su propia familia, incluso, le insisten para que quede encinta. Pero ella se niega. Antes de tener hijos, dice, quiere tener un futuro, un trabajo.
- Yo sí –dice Nati- yo sí quiero tener un plan.

En Ciudad Oculta, como en todas las zonas pobres del país, la tasa de natalidad es alta y temprana. Las chicas empiezan a parir a los doce años, y llegan a los veinte con una prole abundante. Pity, la madre de Nati –en esta foto- quiere que su hija ya quede encinta. © Carolina Camps

Juan tiene veinte hermanos y muchos de ellos conviven con Nati. La relación hasta el momento es buena, pero a veces se acercan pandilleros para ajustar cuentas con alguno de ellos. © Carolina Camps

En la casa de Pity, su madre, adonde Nati va diariamente para pasar su tiempo. © Carolina Camps

VI
Es sábado a la mañana y Nati hace su limpieza, mientras “el gordo Luis” –su cumbiero favorito- canta desde la pantalla del televisor. El orden y la limpieza son categorías insondables en este tipo de hogares. La basura –como el verbo “elegir”- es un concepto burgués, y eso significa que hay casos donde todo –esto es: todo- reúne condiciones suficientes para no ser descartado. Nati, sin embargo –y sin saberlo- lucha contra esta lógica: quitó trastos y basura de su casa, y hasta sacó la caja de herramientas de Juan, porque lucía desprolija.
Ahora, sobre el mantel blanco de la mesa, en el cuarto recién aseado, sólo queda el revólver. La luz de la mañana rebota en el metal y llena el cuarto de una chispa pesada. Un par de metros más allá, arrumbados en un rincón, hay una bolsa de juguetes nuevos, comprados en el conurbano bonaerense. A Nati se le da bien la reventa, tanto que en Ph15 suelen bromear al respecto. Dicen que es imposible pasar media hora con Nati sin haberle comprado nada.
En un futuro, Nati se imagina fabricando y vendiendo zapatillas. O juguetes. O cortando el cabello en su propia peluquería. O vendiendo productos de librería (hay pocas en la villa). O sacando fotos.
En este último caso, debería perfeccionarse. Aprender, por ejemplo, a hablar mejor.
- En el PH dicen que tengo que aprender a explicar bien las cosas –reconoce-. Porque yo a veces, cuando vamos al interior, tengo que explicar lo de la estenopeica y yo soy muy mal hablada. No me salen las palabras. En el PH me preguntaron si quiero ser docente de estenopeica y yo dije que sí y me dijeron que cuando pueda, sería muy importante que yo termine el secundario. Además, yo quiero aprender a hablar inglés.
Una inolvidable mañana de sábado, recuerda Nati, fue al Centro Cultural “Conviven” una delegación norteamericana que incluía a Anthony Wayne, Embajador de Estados Unidos en Argentina. El hombre fue muy amable y los invitó a todos a sacar fotos a la Embajada, pero el problema no fue ése –todo lo contrario- sino que Wayne no les hablaba español.
- Nos hablaba como si entendiéramos. Y yo lo único que entendí era “hello”. Por eso, más me vale aprender a hablar.
Después, cuenta Nati, apareció una traductora. Y, con esa ayuda, Wayne le pidió a Nati que le mostrara sus fotos. Ella le hizo caso. Mostró una pileta de lona en el medio de la calle; una familia en blanco y negro; niños golpeados; siestas calientes; y una tirante mansedumbre en cada esquina. Ante cada imagen, Wayne decía “oh”.
- Oh, oh –recuerda Nati y se ríe-. Y también me decía “Nataly, Nataly, oh Nataly”. Hasta que yo me cansé y le dije “Nataly no. Me llamo Natalia. Natalia Ferreyra. N-a-t-a-l-i-a”.
Nati repite su nombre en voz alta: lo dice todo junto, letra por letra, y de todas las otras maneras posibles. Como si las formas fueran muchas, y como si todas entraran acá: en Nati.
En Nati y su quieta, luminosa sonrisa.
© Carolina Camps
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jueves 14 de enero de 2010

Derecho de familia. Tradición y cambio en los grupos tradicionales del Carnaval de Barranquilla- Sonia Budassi


Una versión de este texto fue publicado en la antología Que viva la fiesta. Crónicas de fiestas populares recientemente editado por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. Es el resultado del taller de Crónica Cultural dictado por Cristian Alarcón, uno de los compiladores, en Barranquilla, en febrero de 2009.

Carlos Andrés tiene seis años y no registra el costado más siniestro de la pregunta que está por hacer.
-Papá, ¿tu cuando vas a morirte?
-Pues…no sé hijo la verdad… ¿Por qué me preguntas eso?
-Quiero saber cuando voy a dirigir yo la danza.
Doce años después de aquella escena la lógica hereditaria de los clanes carnavaleros se mantiene aún hoy en Barranquilla: la dirección de un grupo folklórico se pasa siempre a alguien de la familia, en general a los hijos, cuando el líder de la generación anterior muere.


En la pared del comedor donde algunos cuelgan imágenes de sus antecesores o modernas piezas de arte, los Maestre exhiben una foto de un metro al cuadrado en la que se ve a Andrés a sus siete meses, disfrazado, pobre niño, con el traje típico que se usa para “desfilar”.

“Hay que cuidarse de quienes se les ocurra inventar algo diferente saliéndose de la tradición”, dice, ahora, Carlos Maestre. La frase, con sus variantes que incluyen palabras como “desvirtuar”, “preservar” o “traicionar” es recurrente entre líderes de cumbiambas y congos. Fuera de contexto, estas expresiones podrían, qué peligro, ser tildadas de excesivamente reaccionarias. Pero aquí es natural que importen más los lazos de sangre que las “relaciones democráticas”. Recién llegada a Barranquilla, saco a relucir ciertos porcentajes de alumna aplicada que traje prolijitos desde Buenos Aires. Si las generaciones, se dice, cambian cada cinco años, y las diferencias entre una y otra se acrecientan tan rápido; me pregunto cómo se da la tensión entre tradición y cambio en las familias que participan del carnaval. Si los más jóvenes festejarán este destino impuesto; si elaboran esa herencia. Si la transforman; cómo la soportan.
Carlos Maestre cuenta que durante esta “genuina fiesta popular” es capaz de curarse de cualquier enfermedad, todo el año se prepara para la época de la “sana euforia”, en la que todos “están contentos”. Por lo pronto, todavía no vi bailar a nadie ni se muy bien a qué se refieren con eso de la fiesta. Mi misión no se define pero tomo envión: sigo, cargada de ignorancia, saturada de prejuicios, hacia el barrio las Nieves.

Sobre la puerta del garage hay un cartel: “Fundación Folclórica de Cumbiamba El Gallo Giro”. Es la casa de Enrique Guzmán, la que fue de su padre ex rey Momo, Bernardo. Acá vive su hermana Alexandra y los sobrinos adolescentes de Enrique: Randy y Johan. Hay un tercer sobrino que se llama Gabriel, hijo de Roberto, líder de un grupo de Marimondas. La excepción está en la figura de otra hermana que se volvió evangelista y dejó atrás la tradición familiar. Además del difunto Bernardo, ronda esta casa otro fantasma: el señor Parish, cónsul inglés que se enamoró de Alesandra como en los culebrones y fue un mecenas del Gallo Giro.
Entramos a la casa despacio; prudentes. Al fondo hay un escritorio como en la recepción de una empresa y sillas contra la pared que asocio a un consultorio de barrio. Espero al líder y me imagino cronista chica James Bond del subdesarrollo: estudio el terreno buscando indicios para entender lo que todavía no entiendo, es decir todo, casi todo lo referido al carnaval. Sobre estos muros veo color pero también gris institucional en certificados de participación y reconocimientos al Gallo Giro por tal o cual actuación. Sobre la mesa de la computadora pantalla plana, premios “congos de oro” de los que Enrique hablará en un rato. Pero detengámonos en las fotos: de varios tamaños y enmarcadas muestran parejas bailando la cumbiamba. Los hombres usan camisas blancas, fajas del mismo color que el pañuelo que llevan al cuello y sombreros claros. Veo una niña y una mujer morenas con un tocado azul platinado, las dos el mismo potente maquillaje: sombra azul y delineador negro en primeros planos sonrientes. Otra. Plano medio de Alesandra, capitana del grupo. La botella se mantiene quieta sobre su cabeza equilibrista. Volados, puntillas y cintas de raso me recuerdan a los disfraces de dama antigua en los actos patrios de la escuela primaria de mi ciudad natal. Aquellas siempre eran blancas con bucles armados para la ocasión; se codeaban con próceres libertadores pero las morenas de los actos patrióticos no. En el sur los que fueron esclavos, morenos y mestizos no encuentran su lugar como, según dicen, en este carnaval: la cumbiamba, tiene orígenes africanos como el congo, otras nacen de la confluencia indígena y española. Camino batiendo las palmas como si sólo buscara a Enrique: tengo que disimular mi intención de espía. Me asomo por la puerta abierta al fondo del garage para chusmear el comedor. Una pintura de Bernardo vestido de rey renacentista: cetro y capa roja con bordes blancos y dorados. El rostro anguloso y los ojos demasiado grandes; el pelo blanco. Las piernas larguísimas y flexibles como finos troncos de un pequeño árbol parecen fuera de proporción. Intento pensar esa imagen fuera del grotesco, desechando lo kitch; es muy difícil.
Escucho ruidos y retrocedo. Vuelvo a mi afectada posición de visitante de museo: inmóvil miro los cuadros de la pared; que nadie vaya a creer que soy una metida. El anfitrión entra en escena; finjo un leve sobresalto. Enrique es grandote, usa lentes y sus ojos siempre miran a los ojos. Camina sabiéndose parte de una dinastía a la que se refiere con épica prolija, estudiada palabra por palabra, retórica tan legible como elaborada; en Buenos Aires los empleados de Call Center, los Gerentes de Marketing y los vendedores de celulares hacen cursos en los que les enseña como vender y hablar de su labor. El discurso seguro de Enrique parece salir de un lugar así aunque lo más probable es que sea su propio talento de evangelizador en temas de carnaval. Invita a sentarnos luego del --como se usa aquí-- breve, y leve apretón de manos y toma posición detrás del escritorio. Enrique tiene 56 años y hasta hace un mes trabajaba como agente de tránsito. Ahora esa dependencia pasó a manos de la policía y están todos desempleados, en medio de negociaciones gremiales.


El heredero de Bernardo Guzmán dice que se perdió “la magia de antes, aunque es verdad que con los desfiles se mejoró la organización, los trajes y las coreografías”. Habla de la época en que su padre comenzó con el grupo, cuando el carnaval vivía en el barrio; manifestación espontánea que se recuerda con pesada -¿sobreactuada?- nostalgia. Ahora, dice, no todos se disfrazan. Como Carlos Maestre, Guzmán se enorgullece de haber crecido en ese ambiente y de su intento por “preservar la tradición lo más pura que se pueda”. La nueva generación, según él, no vivió esa “fiebre” que había en los barrios cuando el carnaval no era sólo un desfile. “Los chicos hoy tienen otra mentalidad” dice y parece la declaración universal de un abuelo frente a casi cualquier tema. Antes el turista (¿algo que no vendría a ser, estrictamente, yo?) se metía por todos lados y era una fiesta que salía de cada casa hacia la calle. Enrique impulsó un proyecto que recrea lo que se llama “asalto a los palacios reales” para “recuperar” esa práctica en la que los grupos se visitaban entre sí.
“Debemos tratar de que no muera esta fiesta sin distingo de clase, porque ahí están los de arriba y los de abajo”. A modo de evidencia despliega muchísimos álbumes de fotos sobre la mesa. La exposición de las pruebas se hace demasiado larga. Veo unas mil fotos con los disfraces del grupo a lo largo de los años. El padre alto con su sombrero de Rey Momo es impresionante en una foto de registro, sin pose; grandilocuente solemnidad en un gesto duro que no traduce necesariamente ese estigma de la alegría. Aunque es más triste, por supuesto, el homenaje a Bernardo durante su entierro en un libro de un fotógrafo local. Me sorprende la cantidad de gente llorándolo; otra de las pruebas de que el Rey Momo es aquí en verdad una figura pública respetada como en otro lugar puede serlo un actor, un activista de Derechos Humanos, un deportista o un político, no sé.
-¡Alesandra! ¡Ven! ¡Enciende la computadora!
Alessandra es la chica cabeza equilibrista de la foto. La capitana del grupo de mujeres llega al instante aunque camina lento para encargarse del asunto. Está sin maquillar y viste calzas, es notable la transformación: aunque sigue siendo linda, ya no tiene aspecto de princesa, de actriz de teatro en Broadway. La capitana expeditiva ahora parece sólo una hermana menor. Obediente pero sin sonrisas toma posición frente a la computadora y abre la carpeta de imágenes que le señala Enrique.
Espero que estas nuevas pruebas en su versión digital aporten a la causa, den pistas que determinen mi misión o, por lo menos, sean entretenidas.
Una de las fotos muestra: el cielo azul (demasiado parecido al fondo de pantalla preseteado del Windows) y apenas a contraluz un gran crucero. Adelante posan tres parejas con sus trajes de cumbia; los colores estallan, saturados. La imagen es como como la postal de un crucero caribeño en las oscuras agencias de viajes del microcentro de Buenos Airesporteño, imagen ajustada para esos folletos o para un poster exhibido en sus vidrieras (imprescindible la palabra “tour”, todo muy internacional). “Eso fue en Cartagena, en una presentación que nos invitaron”. También actuaron en España y Alemania. Habla de la importancia de “difundir afuera” esta tradición y “de llevar al extranjero” el carnaval de Barranquilla. Lo dice con el tono de quien se refiere a su objetivo como a una misión necesaria, solidaria y social. Importantísima. Me pregunto si el show for export contiene a la tradición real, si la palabra negocio está mal vista en este contexto.

“Jerarquías cambiadas”, “igualdad”, “ricos” y “pobres”. El campo semántico de esta fiesta popular (“¡Campo semántico!”; me desubiqué) sugiere en cierto imaginario una suerte de festiva utopía transitoria, casi socialista: integración, solidaridad y alegría compartida. ¿Alegría?
-Hay que ser el mejor.
Para lograrlo todo es importante: desde el vestuario a la coreografía. Y espiar los movimientos del adversario no es una práctica desleal. Enrique confiesa que siempre se presta atención a lo que hacen los otros grupos para superarlos y ganar en el concurso del último día de carnaval, donde suelen estrenar los nuevos atuendos.
Todavía enmarañada en mis falsas ideas de la liberación a través de la danza, pienso que cada uno debe bailar siguiendo sus impulsos bajo el lema ¡Dejate llevar! Pero cuando pregunto cómo se hace para formar parte de esta elite popular, de esta fiera competencia, me explican un método bien preestablecido. Sólo digamos que, lejos de la espontaneidad, hay un sistema de audiciones con sus respectivas reglas de selección. Se evalúa la “aptitud para el baile” de los aspirantes: el movimiento de las manos, la sincronización o el gesto del rostro son todavía conceptos abstractos para mí. Pienso pobrecito postulante: si no tiene “condiciones naturales” se lo rechaza. Premio consuelo: se le sugiere que tome clases y talleres. Qué raro que ningún productor de televisión no haya pensado todavía en hacer una suerte de Operación Triunfo con estos personajes.
Mi misión se va dibujando; necesito acción. Tengo un objetivo. Tengo más recursos. Lo tengo a Enrique que promete lo que busco: presentarme, al día siguiente, a los futuros herederos del Gallo Giro, sus sobrinos adolescentes Randy, Johan y Gabriel. Tengo que conocer a Los Sobrinos cuanto antes.


Después de mi visita a los barrios, cumplo con todos los requisitos que se me imponen. En las recepciones que se nos ofrecen en nuestra calidad de cronistas extranjeros bailo aunque no tenga ganas para evitar que se ofendan. Es la primera noche de cumbia para mí y sigo las instrucciones a pesar de que sea un poco torturante que todo el tiempo te estén diciendo cómo hay que moverse. Estamos en la casa del Carnaval, espacio tomado por excelentes grupos de danza cuyas representantes femeninas son verdaderas diosas. Pero no sólo tengo que bailar para quedar en ridículo al lado de ellas. No. Esa humillación no fue suficiente para esta pobre chica James bond convertida, más que en la 99, en el propio Maxwell Smart en versión de torpeza femenina.

Compañero de baile: ¡Dí huapajé!
Cronista: ¿Eh?
Compañero de baile: ¡Que digas huapajé!
Cronista: Disculpame, no te entiendo…
Compañero de baile: ¡Pero que digas huapajé, mujer!
Cronista: ¡HUAPAJÉ! ¡HUAPAJÉ! ¡HUAPAJÉ! ¿Está bien así?

En un plano más, digamos, profesional, cumplo en llamar, siempre desde un telefono publico al que suelo buscar desesperada, a la hora convenida para confirmar mi encuentro con Los Sobrinos. Pero al teléfono él dice: no. En cambio, me invita a ir a Buena Vista, el shopping de la ciudad donde ese día un artista local presentará su libro de fotografía del carnaval y Éxito, la cadena de supermercados, entregará un “reconocimiento” a los líderes de los grupos más importantes. Por supuesto Enrique está incluido. En el libro, cuenta, también aparecen fotografiados los “mejores grupos”. Desde luego, “La cumbiamba del Gallo Giro”, está incluida. Modestia aparte.
Es verdad que caminando por estas calles me siento como pintada con resaltador. Y cuando pregunto dónde puedo tomar un colectivo a la recepcionista del hotel, ella insiste en que tome un taxi. No le hago caso. Este viaje “no muy exclusivo, así muy popular” como dijo la chica es de lo más tranquilo. Cliché de conocida orquesta urbana, los gritos de un taxista que casi choca se mezclan con las bocinas de los autos de atrás. El hombre del otro coche responde, sin soltar el celular, con una puteada a la altura. La pelea ralenta el tránsito, humo de caños de escape aún más denso porque hace calor; quizá sólo sea efecto de la sensorial conspiración de olor, temperatura y sonido. Funcional en su desorden, la ciudad se reacomoda: el otro conductor rechaza una firme invitación a pelear. El bus por fin avanza y giro la cabeza para seguir observando en la vereda el video clip mental de dos adolescentes con cups que caminan con ritmo, ¿con cuál? Pasos largos tipo zancadas; la marcha, imagino (imaginación extranjera) tiene algo así como de reggaeton.

Entro al shopping como una cazadora en busca de su presa. Suspicaz, salvaje, sutil. Ante todo, temeraria. Recupero mis más atávicos instintos porque cada estímulo visual, cada pequeña señal auditiva podrían revelarme, lo intuyo, algún nuevo significado, una nueva importantísima pista. Esta colonizada selva de consumo esconde, lo sé, una cifra secreta. Sólo tengo que estar alerta para descubrir los matices, las huellas mestizas del carnaval. ¿Dónde será el evento? Desisto de ir a Informes. Felina hambrientacebada por el aroma de la sangre, cronista autosuficiente, me valgo de mis propios medios: escucho, a lo lejos, un sonido de tambores. Me dejo guiar a través de gente con changuitos de supermercado, chicas excitadas y gritonas con bolsas de compras que hablan por celular. No lograrán desviarme de mi objetivo. Avanzo. Un joven mulato de rastas vestido como en una feria de diseño pregunta si le “regalo la hora”. No logrará distraerme. Ni siquiera me confunden sus intentos de iniciar un productivo diálogo que podría resultar en una experiencia antropológica riquísima. No me dejo engañar. Mi fina percepción auditiva me lleva a la puerta del supermercado Éxito. Resulta lógico, Watson, que el evento esponsoreado sea en este preciso lugar. Avanzo. Puertas automáticas se abren frente a mí, familias con carros vienen en sentido contrario. Una larguísima fila de cajas y el bullicio característico no hacen que olvide que mis tambores siguen ahí, cada vez más cerca. Avanzo. Entre góndolas de ropa interior masculina. Entre lacteos y fiambrerías. Entre electrodomésticos. Tum tum tum, cada vez más próximo. ¿Serán los mismísimos Sobrinos tocando? Los tambores se detienen… es sólo un minuto que me deja escuchar una voz, dar un paso más y descubrir…no lo que esperaba. No hay vestuario tradicional. No hay Los Sobrinos. No está la reina. No está el rey.
Cuatro morochos, bueno, sí, con dos tambores. Visten remeras con la leyenda “Quien lo vive es quien lo goza” (slogan oficial del carnaval) y otra que dice: “Pastas La Muñeca”. Uno de ellos vocifera: “Quedan cinco minutos de oferta. ¡Compra tu pasta! ¡Compra tu harina!”
Humillación y derrota. Como un cazador que no ha conseguido atrapar a su presa y debe volver con comida a casa y, abatido, se resigna a pasar por la carnicería y comprar. Así de frustrada vuelvo a la recepción de “Informes” del shopping y me entrego sumisa a las instrucciones que me da la chica: caminar por pasillo, dar la vuelta, encontrar hall central.
El hall central podría ser uno de cualquier shopping del mundo. Hay dos grupos de sillas de plástico vestidas de rojo para la ocasión dispuestas en L. Unas para el público, invitados especiales y prensa. Las otras para coloridas figuras vestidas de cumbiamba: las 10 agrupaciones contratadas para el evento que a la vez serán premiadas, con niños incluidos; impecables como muñequitos de souvenir que representan a un país, en venta en los Freeshops de los aeropuertos. Cierra la doble L, formando un cuadrado, una mesa larga en la que está el jurado. Allí está la reina Mariana aburrida que juega con el cartel que dice su nombre; Wilfredo, el rey momo, se toma un vino que le ofrecen. La reina y el rey están sentados a una silla de por medio. Ella es joven. Él ronda los 50. Él mulato, ella blanquísima. Son la pareja imperfecta, y quizá ese sea el efecto buscado: las reinas deben tener una dote considerable para ser elegidas y en general son jovencitas. Los reyes resultan electos en función de su verdadera trayectoria en el carnaval y, como lo indica la tradición, son de barrios populares. O, por lo menos, no tienen que pagar para entrar en juego.
Cuando arranca la ceremonia, los protocolos de siempre: discurso del gerente de marketing de Supermercados Éxito. Discurso más emotivo aunque por momentos vanidoso (discurso de artista) del fotógrafo Samuel Scherassi que también felicita a la reina (sic) “por ser tan linda” y cuenta que su libro está escrito en cinco idiomas. Enrique recibe el premio y, canchero, me guiña un ojo. Los Sobrinos tampoco están acá.

Volvamos al barrio Rebolo. Tardecita, empiezan a prenderse las luces de la calle pero todavía queda cierta rosada claridad del sol; la de las publicidades ambientadas en barrios bajos. Llego a la puerta de la casa de Carlos Maestre, la mejor adornada de la cuadra.
La esposa de este líder del congo mira una telenovela venezolana de médicos. Se acerca para saludarme, me muestra la capa roja bordada con apliques de lentejuelas y piedras que cubre parte de esta pared y vuelve a la tele. Carlos busca una silla. Ya le conté que estoy trabajando sobre los hijos de los carnavaleros más importantes; como su hijo Andrés, de 18 años. Carlos pega un grito. Mi futuro entrevistado entra con paso cansino por la puerta sin quitarse su mp3 de las orejas. Está escuchando champeta; ese género musical que mezcla el autóctono mapalé con sonidos de reggae y que, al mismo tiempo, ha influido en el reggaeton. El padre le ordena que me salude. Él se quita los auriculares y, tímido, apenas me da una mano suave cuando yo, torpe, me levanto y me acerco, quizá demasiado, para darle un beso en la mejilla que termina siendo un roce próximo e inesperado; choque cultural: Andrés se pone colorado como si yo fuera una vil acosadora. Advierto mi error, debí recordar cómo se saluda aquí. Andrés nota que todavía sostiene, suave, mi mano, y la suelta bruscamente; incómodo. Identifico pronto la ubicación del padre. Veo que está trayendo una silla de la mesa. Me pregunto si vio lo que acaba de pasar. Moriré con esa incógnita. Aunque hay indicios para elaborar alguna hipótesis. Porque Carlos coloca la silla de Andrés al lado de la suya, enfrente de la mía, a una distancia, digamos, demasiado prudencial. Los dos se sientan. El padre no se va. El Hijo mira para abajo. Digo que me gustaría que Andrés me llevara a conocer el barrio. Pero la respuesta de Carlos es que es tarde y que él tendría que acompañarnos. Pensar otro viejo truco para sacarme al padre de encima aunque sea un poco. ¡Lo tengo!: el momento álbum de fotos y recortes periodísticos.
Maestre dice que antes se disfrazaban todos pero que ahora a los jóvenes no les gusta taparse la cara. “Y prefieren escuchar la música que está de moda en la televisión”. Se viene el álbum, es mi oportunidad:
-Andrés, ¿te podés sentar al lado mío así me contás quienes son los que aparecen en las fotos?... Por ejemplo, ¿éste chiquito es tu sobrino?
Funciona. Ya lo tengo a mi lado y optimista imagino que esta distancia va posibilitar que podamos hablar sin tanta injerencia paterna. Él habla sólo un poco más suelto.
-¿Tus compañeros de la escuela participan de los carnavales?.
-No, yo soy el único
Trato de verlo en clase. Imaginar si será para sus pares del tipo “exótico atractivo” o del “bicho raro” o si, a esta altura, participar del carnaval es para los adolescentes lo mismo que elegir entre hacer karate, jugar a la playstation o al fútbol.
Vuelve a poner la silla enfrente mío. Y el padre vuelve a responder las preguntas que formulo para el hijo. Hablan de la disciplina que se necesita para desfilar bailando el congo: “algunos se cansan y se salen de la fila” y otros “no cuidan el traje al que hay que proteger como si fuera el vestido de una novia”, dicen con el horror de quien describe un delito grave. La esposa de Carlos sigue mirando tele y en esta parte del comedor hay un tenso triángulo isósceles aislado que, creo, no está funcionando del todo bien.

Hoy es la guacherna. Enrique me invitó a ir con ellos, Carlos Maestre y su Danza del Torito Cimarrón no van a participar porque esta ciudad tiene su circuito alternativo de carnaval como el de las bandas under de cualquier capital. Maestre y su grupo participan del de suroccidente. Enrique, en cambio, forma parte del desfile oficial, ese que marca una extraña tensión entre lo hiper organizado “simil Río de Janeiro” y lo “tradicional espontáneo” de los barrios en otra época. Paso una vez más por lo de Andrés; no me sorprende que no esté. Maestre le ordena a su hija Sujei Caterine que me acompañe hasta lo del otro líder.
Hace mucho calor y los pocos árboles que hay en la cuadra no llegan a darnos sombra; pasan pocos autos, vamos por el medio de la calle de tierra. Una toma clásica de western, esta vez caribeño, contemporáneo y femenino, versiones libres del sheriff y su aliado que caminan entre polvorientas calles desiertas; plano fijo, general.

La puerta del garage de Enrique está abierta. Sujei Caterine no parece apurada por irse. Entro y aplaudo. Aparece Alesandra y dice que Quique no está porque tuvo que ir a una reunión con los “esponsors” pero que ya me localiza a Los Sobrinos. Cuando me doy vuelta un plano vacío, error de continuidad: la hija de Carlos ya no está. No estoy resignada ni preparada para la derrota pero hay signos que he leído bien: no me sorprendería que los Sobrinos hoy tampoco estén.
No pasa más que un minuto y sólo un desmayo sería una reacción proporcionada para expresar la intensidad del momento. No sé de dónde salieron: tres chicos me preguntan si soy yo la que quiere hablar con ellos. ¿ Los tres pequeños mulatos son los Sobrinos en verdad? Randy de catorce años, tiene mechones teñidos de rubio, es el más bajito y relajado, ese aspecto de estar siempre pensando en otra cosa. Gabriel usa lentes, es alto y flaco, mira siempre para abajo, espalda encorvada; la cara poco feliz de la adolescencia, la de la introspectiva inseguridad. Johan tiene 16, usa una cup, una camisa escocesa enorme y pantalones cargo. Se presentan dándome la mano y se sientan, disciplinados, en la fila de sillas de enfrente. El alivio de no ver a ningún adulto entrometido a la redonda.
Entusiasmados a pesar del calor aceptan pasear conmigo por Las Nieves. Cuentan que participan del carnaval desde chicos. Es Johan, el hijo de Alesandra, quien le dedica más horas a la música y está más avanzado tocando el tambor, lo mismo que toca el resto.
El barrio es un pueblo abandonado; siesta y calor. La calle se transforma en camino de tierra otra vez.
- Hay que cuidarse, hay mucha droga en el carnaval-dice Gabriel.
-La gente a veces se descontrola, van armados, toman mucho. Hay muertes- advierte Randy y pienso que los carnavaleros adultos que conocí no hablan de eso jamás.
-Pero a nosotros nos encanta ir. Además, el verdadero músico tiene que tocar en su casa y en el desfile -dice Johan- A nosotros nos cuidan cuando vamos y volvemos temprano. ¿Tu irás hoy?¿Quieres venir con nosotros? Puedo preguntarle a mi tío si quieres.
Los tres se sorprenden cuando les digo que Enrique ya me invitó a ir con ellos. Nos sentamos en el cordón de la vereda de una esquina.
-¿Te gusta el reggaeton?- pregunta Johan.
Y ahora todos se pelean por darme su listado de bandas preferidas: Arcangel, Dady Yankee, Joel y Randy, Edy D. Y Zyon. Especialmente me recomiendan la canción “Amor de pobre”, un verdadero hit. “¿Podemos ir a Argentina contigo?¿Nos llevas?”.
La conversación conduce al fútbol colombiano, al argentino, al internacional. Éste es el momento de reafirmar mi conquista. Hago un soberano esfuerzo por recuperar mis pocos conocimientos futboleros. Comentan rumores de compra de jugadores argentinos para el Junior, el equipo local que, aseguran, tiene mucha chance de ganar el campeonato y, como casi todos quienes me descubren argentina, recuerdan esa mítica goleada que Colombia le hizo a mi selección (5-0). Me preguntan si conozco a un Director técnico argentino que trabaja acá, un tal “Oscar Quintabali”. Miento que sí. Un grupo de chicos cruza la calle y se acerca a saludar. Los Sobrinos me presentan como argentina y aseguran –algo que yo nunca dije- que los voy a llevar a conocer mi país. Y que me gusta el fútbol. Entonces ahora soy la atracción de esta esquina. Todos me rodean, hacen preguntas, opinan y hacen chistes. Y otra vez fútbol. Tengo que fijar posición y lo hago diciendo que mi jugador preferido es Carlos Tevez. No miento. Hablo de sus expulsiones, de Fuerte Apache, anécdotas de cuando jugaba en Brasil y en Inglaterra; la selección y el Manchester; trato de armar la historia más épica y graciosa posible.
-A mí me gusta más Ronahldino- dice Johan
-Yo no me pierdo ningún partido del Inter- dice Gabriel
-A mí me gusta este negro…¿cómo se llama?...Uno que no me acuerdo el país, no se si era Sudáfrica…-dice Randy y otra vez tengo mi oportunidad. El famoso arcón de los recuerdos tiene que ser útil ahora que ellos arriesgan nombres indecisos o equivocados.
-¿Drogba?-pregunto.
-¡Sí!- un coro de ángeles adolescentes sorprendidos.
-Sabes de fútbol en serio-dicen- A ver si te acuerdas de dónde es…
Dudo unos segundos. Imágenes del último mundial. Recuerdo que era un negro enorme, me daba miedo de que lastimara a algún jugador argentino porque todos los nuestros eran muy chiquitos. El cliché de la emotiva mirada femenina sobre ese deporte ahora podría hacer que estos chicos me discriminen. No es lo que buscamos. Pienso. Hago memoria. Y…de pronto…¡flash!¡el chico afroamericano de Costa de Marfil!
-¡Costa de Marfil!- digo a los gritos.
-¡Sí!¡De veras que sabes de fútbol!- dicen- Espera que en un rato, entonces, te armamos un partido así nos miras-propone Johan.
Se nos acerca un chico con cup, morrudito de musculosa blanca, tendrá como mucho veinte años. Maneja una bicicleta con un carro atrás que contiene botellas de gaseosas llenas. Saluda y todos me presentan como argentina y a él con el más meritorio rótulo de maestro de letanías. Le insisten para que me cante una y él se niega hasta que se lo pido yo.
Tremendo: Improvisa una letra ajustadísima con rima perfecta, que comienza diciendo: “Para mi amiga argentina”. Lástima que la amiga argentina retrocede diez casilleros como una oca desplumada: sólo recuerdo el primer verso de esa impresionante composición. Todos aplaudimos. Él, tan educado y ceremonioso como el resto, agradece para despedirse rápido.
-La semana que viene hay una berbena-dice Randy- Si quieres venir un ratico…
Ante mi desconcierto, Randy abre la billetera y saca una foto que muestra un escenario en la calle y al costado dos parlantes rectangulares, muy altos.
-Es como una miniteca al aire libre- dice Johan.
-Mi papá tiene y los alquila-dice Randy.
Como en un boliche, se paga entrada y un DJ toca toda la noche, se venden tragos aunque ellos aseguran –tendré pinta de policía- que jamás toman cerveza. Pero que quizá, a veces, un poco de ron, apenas un pequeñísimo trago…

-Mi película preferida es El señor de los anillos –dice Johan
-Pero siempre van saliendo películas nuevas y las que a tí te gustan van pasando de moda. Por eso a mí me gustan todas- dice Gabriel.
-No, pero esa ganó como doce Oscars. Es buena en serio.

Son las cinco de la tarde.
Todavía tengo tiempo para hacer el último intento de hablar con Andrés. Johan me acompaña. “¿Vale muy caro el pasaje a Argentina?” “¿Tienes que tener una Visa o algo así difícil?”.Antes de llegar va a decirme, no logro saber el motivo, que esta noche quizá no toque con el Gallo Giro en la Guacherna. Y tiene reservada su última confesión:
-En verdad, lo que a mí me gustaría ser, cuando sea grande, es ser cantante de reggaeton.

Hoy es el día de la revancha: Andrés y yo, por fin juntos, por fin solos. Después de caminar casi cayéndonos de las angostas veredas de la avenida, doblamos y ahora son las calles las que se vuelven más delgadas. Las casas mantienen sus contrastes de color más gastadas que en Las Nieves; desde las puertas caen tiras de hule a modo de cortinas, hay varias paredes sin revocar. Se nos suma al paseo su prima. La cancha de fútbol tiene piso de arena (arena de verdad, arena de playa; no tierra dura como en los míticos potreros argentinos) y está al lado de la plaza. Algunos de los veintidós jugadores, de entre 10 y 15 años, juegan descalzos. A Andrés también le gusta el fútbol.
-¿No vas a ir a la guacherna, primo?
-No…
-¿Por qué?
-Porque mi papá no va, entonces no se con quién voy a ir.
A Marcela el carnaval no le interesa tanto, le gusta la música pop y nunca le salió bailar el congo. Andrés sigue concentrado en la pelota, se lamenta por algún pase perdido sólo por lamentarse porque resulta que no es hincha, ni siquiera momentáneo, de ninguno de estos dos equipos aunque conoce a casi todos los jugadores.
-Pero soy fanático del Junior. ¿Tú de qué cuadro eres?
Una vez más quiero hablar del carnaval pero me hablan de fútbol. Como vengo de obtener un éxito importante no me preocupa. Es más, creída sabelotodo, pura seguridad al borde incendiario de la soberbia contesto con orgullo:
-De Independiente.
-¿Y cómo se llama su estadio? El de Boca es la Bombonera, ¿no?
-Se…
-¿Y el de Independiente?
Maldición otra vez. Es mi oportunidad, como con Los Sobrinos, de ganarme su confianza. Hago un gran esfuerzo por recordar el nombre del bendito estadio pero esta vez ni siquiera sé si alguna vez lo supe.
-Mmm. No…creo que no tiene nombre…se llama… de Independiente…
-¿Qué?¿Cómo no va a tener nombre? ¿Estás segura? Es muy raro…no te debes acordar, pero es tu equipo…-sonríe apenas, gesto de “no puede ser cierto”.

Momento de indefinición. Retractarme, asumir mi ignorancia con humildad o continuar con pretendida seguridad con la endeble (y estúpida) mentira de que el estadio de mi equipo no fue bautizado jamás.
Segunda opción.
Error. Grave error.
Andrés, que ya de por sí tiene aspecto de vivo, lo es. Me doy cuenta de que no me cree, de que sabe que me puso nerviosa no saber, de que era un truco para que se suelte un poco más. Caballero, no vuelve a insistir, pero se genera ese clima paranoico de que “él sabe que yo se que él sabe que le mentí” pero ninguno de los dos dice nada.
La prima se aburre de mirar el partido y se va. Al rato, nosotros también. Pasamos por una casa que tiene un parlante fuera, más chico que el de la foto que me mostró Randy. En varias cuadras alrededor se escucha esa champeta.
-Me gusta ir a la berbena pero no bailar. Me da vergüenza.
-¿En serio? Pero si bailás en el congo debés bailar muy bien
-Pero en el congo somos varios y tienes una coreografía. En la berbena estás solo. No me gusta.
Éste año Andrés termina el colegio secundario. No tiene novia porque se considera muy joven todavía; primero hay que estudiar y trabajar: le gustaría casarse recién a los 25.
-Quiero estudiar criminalística. Esos de la policía que investigan los cuerpos y de ahí saben como el tipo se murió. Eso se estudia acá…pero en realidad mi sueño es irme a Bogotá a terminar la carrera. No conozco y todos me dicen que es un lugar muy grande, como cuatro veces lo que es Barranquilla. Tengo que ver de donde saco la plata…
Le pido su dirección de mail así seguimos en contacto y como si le hubiera sugerido asaltar a pobres ancianitas indefensas, contesta casi con revulsión.
-Noooo…yo no tengo eso. No me gusta el mail ni nada que tenga que ver con Internet. En el colegio tenemos pero a mí no me va.

En lo de Enrique, la situación preguacherna es algo chillona y caótica. A cada rato para un taxi del que se bajan chicas con esas polleras blancas largas con volados cuadrillé, lentejuelas, y apliques de flores también azules en el pelo. En el garage-escritorio Alesandra les da el toque final al maquillaje. En el comedor un grupo de hombres ya vestidos para el desfile rodea a Enrique que tiene una planilla en la mano y le indica a uno de ellos que le alcance una bolsa de nylon de la que extrae cintas amarillas que dicen “Éxito”: tienen que atarlas alrededor de sus sombreros. Algunos beben ron que guardan en botellas pequeñas que caben en los bolsillos. Johan me sonríe mientras toca el tambor. Enrique le pide que busque otra bolsa. Johan sin su cup pero aún sin vestir como los otros lo hace y Enrique le encomienda una misión: “Estos faroles los guardas y no se lo entregas a nadie”. Tienen impresa la palabra “Éxito”.
Ya en la vereda, abajo del ómnibus, Enrique grita: ¡Tamboreros, hoy vamos defender esta cumbiamba que es y será la primera! Gritos y aplausos.

No es fácil entrar al desfile, que para mí es, por el momento, sólo una multitudinaria calle cercada por vallas. Parece el campo de algún estadio en un recital esperadísimo. Te aprietan y te empujan, algunos sin querer pisan las impecables polleras de las mujeres. José, un amigo de Enrique que vive en Puerto Rico y viaja para bailar con el grupo cada año es mi custodio. Me toma de la mano y me ayuda a avanzar pero quedamos últimos. Hay tanta gente que me siento mareada. Todavía no pudimos atravesar las vallas porque otros grupos, la ley del más fuerte, se metieron gracias a sus empujones antes que nosotros. Del otro lado, Enrique grita que hay que tomar posición más adelante; avanzan.
Por fin entramos: vemos carrozas con Regaetton, disfraces de animales, chicas panteras, mujeres sombreros, Gorilas, Mujer Maravilla, monocucos, marimondas y bailarines de mapalé que pasan demasiado rápido aunque en realidad somos nosotros quienes corremos para alcanzar al resto del Gallo… El público alienta a los disfrazados. El pasaje de un grupo o comparsa a otra implica un cambio de música. Empiezo a sentir la cadencia de la cumbiamba: pasamos en medio de chicas con velas en la mano, en alto, que giran soberbias junto a sus parejas que, inclinadas, las cortejan. Se parecen a las del Gallo pero no, sólo son parecidos.
Avanzamos hasta que veo a Enrique dando indicaciones delante de su grupo. Los bailarines, profesionales, lo siguen mientras se acomodan bailando.
Quiero localizar a Randy y Johan, quiero verlos tocar, pero no están en el grupo de tamboreros. Me pego a las vallas y avanzo hacia delante. Pienso que deben haberse distribuido en más de un conjunto de tambores.
Me apuro y logro pasar a Enrique aunque no creo que los chicos puedan estar antes que él. Pero sí.
Los herederos caminan cinco metros delante de su tío, que les da la espalda. Los sobrinos están a sólo otros cinco metros de la comparsa que los precede, cuya música pop se escucha mejor, desde donde están, que la de El Gallo Giro.
Randy y Johan no están tocando ni en pose de hacerlo. Tampoco bailan. Ni se parecen al resto del grupo; ni al propio, ni al de la comparsa de disfraces que les sigue.
Randy y Johan caminan y tampoco llevan disfraz. Visten jean y remeras amarillas que dicen “Viva la cumbia con Éxito”. Disfraz de promotores.
Randy serio, rígido, sostiene una gran bandera con la misma leyenda que flamea violenta gracias al viento nocturno de esta época del año. Johan cara de disgusto camina despacio a su lado y hace como si no me viera. En sus manos un palo de escoba sostiene un cartel rígido, como de cartón, que repite lo del Éxito y la cumbia, pero que, a causa del viento ya mencionado, se suelta en su parte de abajo.
Johan lucha para que no se vuele y empieza a caminar más lento; con una mano sostiene el palo, con la otra el cartón. Randy mira hacia delante revoleando su bandera, indiferente hasta que su primo se le acerca para preguntar si tiene un hilo o algo; si se le ocurre cómo podrán solucionar este problema. Son los únicos dos que no bailan de este lado de la valla, sufriendo tremenda fatalidad cuando la guacherna recién comienza y aún quedan las cuarenta cuadras de fiesta por delante.
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lunes 4 de enero de 2010

Soledad, mujeres y flores- Javier Valdez


Javier Valdez, del semanario Río Doce, autor de Miss Narco, escribió esta crónica dónde relata el funeral de Arturo Beltrán Leyva, el “Jefe de Jefes” del cártel de Sinaloa, alcanzado por los tiros de la Marina mexicana el pasado 16 de diciembre en la ciudad de Cuernavaca, en el estado de Morelos.

Su padre quería tenerlo ahí, junto a su madre. Ella, en vida, le habría dicho lo mismo: que nos entierren juntos, en la misma sepultura. Y también él, Marcos Beltrán Leyva, lo quería así: mi ataúd junto al de mi madre, allá, arriba, en la sierra, en lo alto, en La Palma, municipio de Badiraguato.
Es conocido como Arturo Beltrán Leyva, El Barbas, El Botas Blancas, El jefe de jefes. Pero su acta de nacimiento dice Marcos. Y ya está muerto. Ahí llega, en su traje de madera, grande, lujoso, café, rectangular, al Aeropuerto Internacional de Culiacán.
Lo trajo hasta la capital sinaloense un avión de la empresa Mexicana, en el vuelo 7466, que llegó a las seis de la tarde del día 19. Lo recibieron algunos parientes, pocos. Y también los militares, muchos, cerca de un centenar, apostados en todos lados, manchando de verde olivo todos los rincones de la terminal aérea.
En las salidas, esperaban personal y carroza de la empresa Moreh Inhumaciones. Luego del papeleo de rigor, el ataúd fue llevado a la carroza y de ahí al velatorio. Tras la breve fila del cortejo y los cerca de cinco kilómetros de camino, los militares, en varias unidades, entre ellas camionetas de modelo reciente.
En la funeraria, ubicada por el bulevar Emiliano Zapata, casi esquina con Álvaro Obregón, se instaló otro operativo. Los militares tenían puntos de observación y revisión, retenes, en todos los accesos, pero sobre todo en el principal. Los vehículos que circulaban por ahí eran detenidos y revisados, aunque no tuvieran como destino acudir al velatorio. Lo mismo hicieron con las personas.
Unidades artilladas, conocidas como Humvee, y Hummer, además de camionetas y camiones, estaban en los alrededores. Los militares eran altos y jóvenes. El oficial, quien parecía dirigir el operativo, dijo desconocer todo: no sabía el destino del cadáver, la hora de la misa, el momento en que los relevarían o se llevarían el ataúd. Nada. Era un tipo alto y accesible. De pocas palabras. Con una escuadra colgando de su muslo derecho. Y en ocasiones, después de bajar de la camioneta aparentemente blindada, doble cabina, con antena en la parte superior, empuñaba una ametralladora MP-5.
No sé. No sé nada. Estoy como ustedes, no sé: solo espero órdenes.

Alrededor de las ocho de la noche ya estaba instalado en el velatorio. Le dieron las salas centrales, las que tienen paredes plegables para ampliarlas si hay más gente, si no caben las coronas o si tienen que oficiar misa y contar con más espacio. El nombre lo dice todo: salas Premier.
Hasta ahí llegan los arreglos florales: monumentales, monstruosos, grotescos, con cientos, miles de flores, rosas rojas que predominan, pero también hay lirios blancos y otras amarillas.
Dos de estos arreglos parecen manos. Una de ellos es cargado por cerca de diez hombres. Avanzan rápido sobre el bulevar Zapata para que rinda el esfuerzo. Se gritan así, así, abajo, un poco más, empuja, ahí, sale de allá. Y al fin logran meter uno de ellos. El otro no cupo en la sala, donde ya suman cerca de treinta arreglos florales, de esos que parecen mausoleos policromáticos y frescos, redondos, gigantescos e imponentes. Afuera, en los pasillos, hay otra docena. Y afuera otros. Entre ellos, el que tiene forma de mano. Muchas de estas ofrendas no tienen nombres en los listones. Algunas solo dedicatorias que contienen mensajes religiosos y cariñosos, como aquel que dice, en lo alto, apenas legible, que Marcos Beltrán fue siempre como un padre, y el que reza Dios te bendiga, en uno más está escrita la leyenda Botas Cuadra, de un supuesto fabricante de botas de pieles exóticas, y otra con el mensaje De su amigo el parrita. Tienen un costo cercano a los 40 mil pesos. Pero la mayoría son remitentes silentes, sin rostro, nombre ni apellido. Las pocas bandas de color negro engrapadas en lo ancho de las coronas fueron retiradas por una mujer después de la misa. Lo único que se sabe y se percibe es que hay miedo, un denso ambiente de miradas esquivas, ojos que esculcan, rostros que se agachan, como rezando, y se pierden entre tantos visitantes. Tantos y tan pocos a la sala Premier.

Durante la noche hay mucho movimiento. Van y vienen coronas, arreglos, empleados de la funeraria y de florerías. También visitantes. Los hombres no llegan, está prohibido. Hace mucho que en los velorios de supuestos sicarios en Culiacán, de jóvenes muertos acusados de estar involucrados con el narcotráfico, de serlo, de vender, cobrar, malpagar, en este negocio, no son visitados por otros varones. Solo mujeres, se lee en las miradas, las siluetas corvas, de mujeres vestidas de negro, en los sillones negros, acojinados y cómodos.
La visita de un hombre puede marcar su destino. Invariablemente los involucran y señalan. Queda marcado. A la salida, en el reporte de la policía o el ejército, o en el que llega a manos de los capos rivales. Hay casos de jóvenes que fueron “levantados” en pleno funeral y que aparecieron muertos. Todo por haber asistido. Alimento para las listas negras. Expedientes que terminan donde empezaron: los sepelios.

“Parece mentira, pero es cierto: el hecho de que esté aquí el ejército, los soldados, ha generado confianza, por eso ha venido gente, porque están aquí, se corre la voz, y entonces deciden venir… pero son menos, mucho menos, de los que querían venir, y más de lo que esperábamos”. Es la voz apurada, temblorosa y aparentemente franca de un hombre que es pariente cercano de Marcos Beltrán Leyva.
Se ha hecho cargo de todo. De acompañar a la hermana del capo para identificarlo, en el Distrito Federal. Y luego a las hijas y otros familiares, pocos, a recibirlo al aeropuerto. Y a permanecer en el funeral, la misa, los arreglos, las escasas visitas, el cementerio, la cripta.
Se le pregunta si es ese ataúd de un millón 200 mil pesos que apareció en los diarios, chapeado en oro, el que cubre los restos de El barbas. Dice que no, que es lujoso y caro, pero no a ese nivel. “Ese vinieron y lo ofrecieron, pero no, ya quedamos en ese, el que traía desde allá, que formaba parte del paquete de traslado y todos los servicios que otorgó la funeraria”.

Cerca de un centenar de mujeres están en misa. Antes de salir, de soltar el ataúd, lloran. Le gritan. Alguien pregunta por qué. Otra mas dice que lo ama, que siempre será así. La mayoría se sonroja. Los pocos niños se acercan, abrazan la caja. Otras permanecen sentadas, mirándose, enjuagando en silencio los ojos. Inundando cavidades. Y penas.
Hay dos hombres ahí, de aspecto jóvenes, ni siquiera treintañeros. Pero apenas se asoman, musitan algo, y se van. En el panel de los nombres de las personas que están velando no aparece el de Beltrán Leyva. Pero sí el de otros tres más.
Los del ejército toman fotos. Un civil que no es periodista hace lo mismo. Una, dos, tres, a los periodistas. Un grupo de mujeres, aturdidas por el dolor, pero engalladas, van y les piden a los reporteros que se retiren. Los comunicadores han permanecido en los pasillos y afuera del edificio. Pero las mujeres dicen por favor y lo repiten enérgicamente: ahorita es por favor, ahorita… retírense, respeten, déjennos en paz. Son unas siete. Todas de negro, en bola. Y así se regresan. Compactas.

El cortejo empezó a eso de la una de la tarde. Una carroza salió de pronto, cuando se abrió uno de los portones, y detrás se fue una patrulla militar. Es un señuelo, pero nadie cae. A los pocos minutos regresó la unidad del ejército y permaneció casi escondida, en otra esquina, a pocos metros. A los minutos salió una carroza más y entonces sí abrieron paso los militares y luego, entreverados en cinco vehículos de lujo de los familiares, avanzaron hacia el cementerio Jardines del Humaya, ubicado en la salida sur de la ciudad, un panteón con mausoleos que parecen residencias, castillos, fincas de descanso: con vidrios blindados, aire acondicionado, balcones, salas, sillones, plantas de energía eléctrica, granito, mármol, cantera y ornamentaciones de lujo.
El cortejo avanzó por la avenida Obregón, la principal de Culiacán, hasta la calzada De las ciudades hermanas, luego por la avenida Heroico Colegio Militar, hasta llegar al camposanto.
No hubo banda ni grupo norteño, narcocorridos, tambora, y poco, muy poco tiempo para el llanto colectivo y reconfortante, en las exequias. Tampoco tramos a pie, tocando la carroza y el atuendo café de la caja de madera. Todo fue rápido e instantáneo. Exequias fastrack y con apenas lapsos para tomar agua y refrescos servidos por los meseros contratados por la familia, para llorar mientras cae lentamente el ataúd en la cripta familiar, dejar acomodados, suavemente, los arreglos florales a los lados, en la cabecera, y partir. Partir ya. Así, a solas, a prisa, sin sus hombres, los hombres. Rodeado de mujeres de negro, altivas, sufridas y tristes.
Su padre quería llevárselo allá, a la sierra. Él mismo, en vida, les pidió que si moría, si lo mataban, que lo llevarán a su casa, su tierra, en el panteón de allá, de la serranía, donde está su madre, en La Palma.
Pero ellas no quisieron. A la hora de decidir decidieron: se queda, aquí, con su familia, junto al ataúd de la abuela, en la cripta de la familia, en la ciudad, el chapopote, para tenerlo cerca y llorarle. En Culiacán, la ciudad violenta, capital del estado con cerca de mil 200 asesinatos este año, en medio de la guerra.
La ciudad de la guerra, que ya se extendió a casi todo el país: como su semilla, la de Marcos Beltrán Leyva, sus cenizas.
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sábado 2 de enero de 2010

Feliz 2010

Aguilas Humanas celebra su primer año nuevo con la dicha de la abundancia gracias a todas las crónicas que pudimos y supimos subir. Es justicia agradecer a cada uno de nuestros autores, jóvenes y atrevidos, empecinados y arriesgados al vuelo del trapecio, el de las aguilas humanas que inspiraron el blog. Es un honor contar con 54seguidores, con mas de diez mil visitas únicas y muchas mas de nuestros lectores habitués. Gracias a cada uno de ellos. Que los próximos 365 días sean certidumbre, claridad, dinero, salud, amor y sexo del mejor.

Que la energía luminosa llueva sobre nuestros deseos y los prenda de verdad.

Cristian Alarcón, el domador domado en su faz esperanzada.Leer más...

martes 29 de diciembre de 2009

Pasión galguera – Martín Ale



Crónica publicada en el periódico Miradas al Sur.

Black Lee se despertó a las 6:00 y desayunó un Actimel de vainilla. Mientras el sol levantaba el rocío de las veredas y los baldíos, trotó desde la puerta de la casa hasta el álamo de la esquina, ida y vuelta dos veces. El pelo negro le brillaba como en una publicidad de shampoo. Después tomó unas pastillas de vitaminas A y B y sorbió un poco de agua fresca. Le bastó oler la pomada de átomo para saber que se venía un momento de placer. Cuando le acariciaron las piernas sacó un poco la lengua, y jadeó al sentir dos manos recorrer sus caderas. Finalizada la sesión de masajes, Black Lee se recostó sobre un colchón. La respiración rápida delataba ansiedad. Madrugada, Actimel, vitaminas, átomo, masajes: era un día de carreras. Y aunque faltaban como seis horas para entrar a la pista, Black Lee quería correr ya, ser el más veloz y que lo acariciaran y le dijeran “¡vamo, Tordo, viejo nomá!”
Tordo, Tordito, así llaman a Black Lee los que lo quieren. El otro es el nombre profesional, el que usa para correr domingo por medio en los canódromos de Navarro, San Pedro, Pergamino, 9 de Julio o Chacabuco.
-Sino no mea cada tres horas, cuatro a lo sumo, se le joden los riñones –dice Colacho, que jura y recontra jura que él mismo despierta cada tres o cuatro horas a los seis galgos que viven en su casa para que meen.
Colacho también dice que lo del Actimel no es vital pero todos lo usan. Esa especie de yogur para gente sana que Pancho Ibáñez promociona en la TV se puso de moda entre los galgueros y hoy no hay perro de alta competencia que no tome uno al desayuno. En el patio de la casa de Colacho, entre cubiertas de camión y chapas oxidadas, hay una carretilla repleta de envases de Actimel.
Jorge “Colacho” Campos vive en Máximo Paz, partido de Cañuelas, en un barrio de casas bajas y calles de tierra, sin gas, cloacas ni cable. Hace cuatro años dejó un trabajo de dos décadas en La Serenísima, se separó de su mujer y se dedicó a lo que entonces era un hobbie: los galgos. Ahora, con 55 años y la agilidad de un gato, vive para los perros. Contratar sus servicios puede costar entre 200 y 500 pesos mensuales, dependiendo del tipo de cuidado que exija el galguero. El de Tordo es un cuidado intensivo: tres comidas diarias que incluyen carne picada, arroz integral, manzana rallada y zanahoria; un vareo de dos mil metros diarios; higiene y masajes en patas, cuartos y lomo; complejos vitamínicos suministrados en días preestablecidos y visitas periódicas al veterinario.
-Yo les hago el cuidado de un caballo de carrera. El galgo puede tener la mejor sangre, pero si está mal cuidado no es un ganador. Cuando me trajeron al Tordito estaba casi muerto, no movía las patas. Y miralo ahora. Fijate lo que son los músculos de las patas.
Colacho revisa que las jaulas/cuchas donde descansan los otros cinco galgos queden bien cerradas. Después se calza una boina bordó sobre las canas y lo sube a Tordo en la cúpula de una Ford 100 blanca. Pega dos aceleradas y parte echando humo a la casa del dueño de Tordo.

***

-¿Y? ¿Cómo amaneció el campeón?
-Diez puntos, Pechito.
Oscar “Pecho” Gómez, el dueño de Tordo, abre la cúpula de la camioneta y acaricia el lomo del galgo. Tordo ni se mosquea. El sol de las nueve de la mañana calienta el pavimento de la calle Alberdi de Máximo Paz, donde Pecho tiene su casa a medio terminar. La panza, los anteojos negros y los brazos separados del cuerpo al caminar le dan a Pecho un aire maradoniano. Del bolsillo de la bombacha de gaucho saca una foto. Tordo posa junta a un cachorro de galgo hembra. Pecho la muestra, orgulloso.

-Esta es Princesa, hija del mismo padre de Tordo y una perra campeona que un galguero amigo se trajo de Estados Unidos. Es chiquita todavía, tiene dos meses. Pero la va a romper, acordate.
Princesa le costó cuatro mil pesos, el doble que Tordo. Pecho trabaja como encargado en dos granjas avícolas de la zona. Cobra mil ochocientos en blanco y un plus en negro.
Tordo sigue en la cúpula de la Ford, la mirada extraviada y la respiración entrecortada. Hace cuatro horas que se despertó y todavía no se le escuchó un ladrido. Tampoco dio la patita, ni hizo el muertito. Tiene dos años y medio y quizá ya no recuerde cuándo fue la última vez que corrió a buscar un palito o escarbó la tierra. Los veterinarios dicen que la inactividad prolongada de cualquier comportamiento elimina los recuerdos de la memoria de los perros. Quizá Tordo ya no recuerde cuando era solo un perro, sin las exigencias de un atleta con futuro de campeón.

***

Tema tabú del submundo galguero: el doping. Pecho pone el pecho:
-Si hablás acá con los galgueros, te dicen “yo no le doy nada”, “el mío corre sin ayudín”. Nunca vi un perro que no precise vitamina o algo. No es normal que alcancen estas velocidades. Como mínimo tienen que tener una buena base de vitaminas. Si yo agarro un perro y le doy pata con los remedios y le pido más y más velocidad lo que hago es exigirle el organismo. El perro necesita tener los pulmones más abiertos y que el corazón bombée más. Para eso le das un cardiotónico, que le regula el ritmo cardíaco y un broncodilatador que lo hacer respirar taca taca taca. Si solamente lo tenés bien de aire y lo largás a correr, éste –Pecho se toca el corazón- no le da. No bombea bien y se ahoga. Y después está el boludo que le mete y le mete anabólicos, gilada, y el perro le dura un año y después no sirve más. Las vitaminas son legales, todo lo otro no. Pero nadie lo controla.

***
El canódromo está sobre la ruta que une Navarro con Lobos. La entrada cuesta diez pesos y viene con el programa de las veintidós carreras. La hojita doblada en dos también tiene algunas aclaraciones: en caso de lluvia se pasa todo para el próximo domingo y la comisión del Navarro Galgo Club suspendió por tiempo indeterminado a los perros Lalo y Gitano de un tal Moreno por “ocasionar disturbios”. Parece que Moreno protestó el resultado de una carrera, primero a los gritos y después a las trompadas.
La pista del canódromo es una recta de tierra de trescientos metros de largo. Está cercada por un alambrado donde los galgueros se apoyan para seguir las carreras. Sobre uno de los laterales hay una cantina fabricada con un tablón y cuatro caballetes donde venden gaseosas, empanadas y choripanes. Nada de alcohol. Pegadito al tablón se erigen dos rectángulos de ladrillos sin revocar, cada uno con su letrina. Un poco más allá hay un corral de tres por tres donde los galgos aguardan el turno para entrar a la pista. Los eucaliptos ponen la sombra y un poco de olor que se mezcla con la baranda a mierda de perro. El de Navarro es un canódromo medio pelo si se lo compara con el de Pergamino, conocido como “el San Isidro de los galgos”, o el de Marcos Juárez, Córdoba, que vendría a ser el equivalente al hipódromo de Palermo.
-Pero tenemos mejor infraestructura que Cañuelas o Campana –dice Carlos Rodríguez, presidente del Navarro Galgo Club, antes de subirse a un camión regador para mojar la tierra de la pista. Rodríguez habla poco, desconfía. En el último año el Navarro Galgo Club se comió dos escraches de asociaciones protectoras de animales. Eran pocos pero bullangueros y desde la ruta gritaban basta de usar a los perros para divertimento y beneficio humano, porque los animales tienen derecho a vivir su vida y encima los galgueros abandonan a los galgos en los basurales cuando ya no le ganan a nadie.
-Yo tengo cinco galgos en mi casa, están viejos, no corren más. ¿Querés ir a ver cómo viven? –dice Rodríguez y no dirá más nada en toda la tarde.
Los protectores también lograron que el intendente suspendiera en forma provisoria el canódromo. Presentaron un escrito diciendo que los galgueros de Navarro violaban la ley provincial 12.449 que prohíbe “la realización de carreras de perros, cualquiera sea su raza, con excepción de las que se realicen en aquellos canódromos creados y habilitados por ley”. Hasta el momento el único canódromo habilitado por ley provincial es el de Villa Gesell. La mayoría de los casi 40 canódromos bonaerenses funcionan con habilitaciones provisorias extendidas por los municipios. A cambio, los organizadores de las carreras donan una parte de lo recaudado (entradas, cantina y hasta porcentaje de apuestas) a una institución de la ciudad.
Cuando se acallaron los gritos de los protectores, el intendente habilitó en forma provisoria el canódromo

***

Las carreras se dividen por categorías a las que llaman “destreza”. Hay destreza inicial, superbaja, baja, destreza 00 o detreza 4, en las que los galgos corren 175 y 200 metros. También está el campeonato de “furia”, donde la pista se acorta a 125 o 150 metros. Para definir en qué categoría corre cada galgo no interesa la edad, ni el peso ni si es macho o hembra. Lo que importa es el desempeño del perro en las carreras anteriores. El Navarro Galgo Club tiene un fichero con el historial de cada galgo y sus señas particulares: color, pesaje, la oreja magullada, una mancha en la pata trasera. Todos los detalles necesarios para evitar que nadie “meta el perro”: que traiga a un futuro campeón en lugar del matungo que había traído hace dos domingos.
Según el programa, Black Lee –el nombre Tordo quedó en la tranquera del canódromo- corre a las 12:30 en “destreza 0” contra Meteoro, Felipe, Trapito, Retacón, Groso, Pitador y Talismán
Black Lee espera su turno bajo la sombra de un eucalipto. De tanto en tanto Colacho le da agua del pico de una botella de plástico, le moja el lomo y las bolas y le susurra algo al oído. Al lado de la Ford, una familia estaciona su Renó 4. Del paragolpe trasero traen enganchada una casucha con ruedas, techo y rejas. Adentro, acostado, jadea un galgo atigrado. En menos de diez minutos el barbudo del Renó encendió ramas secas y carbón, puso la parrillita y le tiró encima unos chorizos y una tira de asado. El olor a carne asada es conmovedor pero ningún galgo se acerca a olisquear.

***

Tema tabú del submundo galguero: las apuestas. Pecho pone el pecho:
-Legal legal no es. ¿Pero a quién jodemos? Acá viene la familia a pasar el día, a comer un asadito, a ver correr a su galgo. Y de paso te podés hacer unos pesitos. En la mayoría de los galgódromos hay apuestas. El sistema es siempre el mismo: hay un tipo que va cantando los nombres de los perros y vos comprás un boleto de diez, quince, veinte o cien pesos. Si gana, te llevás lo que apostaste multiplicado por la cantidad de perros que corrieron. Más vale que los favoritos pagan menos. El 20% del pozo queda siempre para el organizador. Después podés apostar contra otro, ahí ya es un arreglo entre dos o más. Un decir: yo te juego cincuenta mangos a que Black Lee le gana al tuyo. O te juego a sacar al favorito que seguro gana y apostamos a ver quién sale segundo. No le hacemos mal a nadie. Dicen que todo lo tiene que regular Lotería de la Provincia, pero son gilada. Si viene Lotería y pum, se te lleva de un saque el 50%, ¿cuánto le queda a los que organizan y cuánto a los que apuestan? Una miseria. Yo me traje doscientos manguitos para apostar. Tengo varias fijas y con mi perro voy a dar el batacazo. Lo que gane lo gasto en vitaminas, le pago al Colacho, al Cuis y si sobra le compro algo a mi señora.

***
Con los brazos apoyados en el alambre que cerca la pista, Colacho observa pasar los galgos rumbo a las gateras. Se detiene una hembra marrón, la escruta de arriba abajo.
-Esta no gana. Fijate los ojos, está desanimada. Aquel otro, el negro de la punta, tampoco. Tiene una pata medio chueca, se debe haber lesionado hace poco.
Largan. En menos de trece segundos los siete galgos cruzan la línea de llegada. La perra desanimada terminó sexta; el negro chueco, quinto.
Colacho arranca un pastito, se lo lleva a la boca y pone cara de “qué te dije”.
Las gateras del canódromo son como las de un hipódromo pero en miniatura. Las puertas se abren cuando se apaga la luz roja de un semáforo. Al mismo tiempo la liebre empieza a correr. En realidad no es una liebre ni corre: es un pedazo de cuero sin pelos, atado a una tanza que atraviesa la pista desde las gateras hasta la otra punta, donde hay un motor eléctrico que transporta al señuelo más rápido que lo cualquier galgo pueda correr.
En las gateras sólo pueden estar los galgos con sus largadores. No son los dueños ni los cuidadores: son especialistas en largadas. Antes de cada carrera, el dueño se acerca a un largador y arregla una plata que varía según la posición en la que termine el perro. Hoy en Navarro hay una decena de largadores y todos los conocen. Algunos son muy buscados, como el Cuis, un morocho de 32 años, torso desnudo y fibroso, que se inició como largador cuando todavía iba a la escuela primaria. El Cuis tiene clientes fijos, como Pecho Gómez y su Black Lee.
-La clave es la largada. Si yo hago las cosas bien y el perro es bueno, seguro que gana. El galgo puede estar muy bien cuidado, pero si lo largo mal, cagó, porque la diferencia la hacen en los primeros metros.
El Cuis se acomoda la gorrita roja y mientras llegan los otros largadores empareja el piso de tierra delante de su gatera. Después tira de la correa para que Yeison, un galgo blanco con manchas marrones, lo siga hasta la “liebre”. El Cuis toma el hocico del perro y lo pone contra el cuero. Le acaricia el lomo, le habla. Después se acomoda en la gatera. Yeison corre con otros cuatro galgos. Cada largador se coloca detrás de su perro; algunos lo sostienen del lomo, otros del hocico. El Cuis le pone una mano en los cuartos y otra en el hocico. Las quinientas personas que pagaron su entrada se apoyan en el alambrado. La línea de llegada es imaginaria y está marcada por el fotochart o fotofinish, una cámara antigua que será la prueba del orden exacto en que llegaron los galgos. Hay carreras que se han definido por una lengua. Se enciende la luz roja del semáforo. Pasan siete segundos, se apaga la luz, el cuero sale disparado y todos gritan: los largadores, los dueños, los cuidadores, los familiares, los amigos.
La carrera es a 200 metros. Pecho y Colacho la siguen parados frente a la línea de llegada. Pecho tiene un cronómetro. Cuando el primer galgo pasa frente a él aprieta el botón rojo.
-Once siete –dice Pecho.
-¿Once siete? ¡¡Paaa!! –responde Colacho.
Pecho saca una libretita y una birome del bolsillo y toma nota del tiempo y el nombre del perro. Ahí lleva sus estadísticas.
Los dueños de Yeison saltan a la pista. Se abrazan, revolean las gorras. Los perros siguen corriendo, ahora hacia las gateras. Los largadores se les abalanzan para frenarlos.
Uno de los organizadores le acerca al dueño del galgo un trofeo de más de un metro de alto. El dueño, sus hijos, sus amigos, el cuidador, el largador, el perro y el trofeo posan para la foto. Aunque no hizo falta porque la carrera se definió por un cuerpo, igual se imprime el fotofinish. El dueño, un hombre corpulento, de camisa arremangada y malla con palmeras le pasa sus datos a la chica que saca fotos y después va a cobrar el premio de quinientos pesos. Lo hace en ese orden: primero la foto, después la plata.
-Es así. Lo más importante no es la plata, que serán hoy quinientos y mañana dos mil. Lo que importa es tener el cuadrito con la foto del perro, el fotofinish, el trofeo. Eso es lo mejor –dice Pecho y toma nota de los galgos que corren en la próxima. Dos carreras más y le toca a Black Lee, que sigue echado en la sombra de un eucalipto.

***
-¡Pechooo! ¡Peechoooo!
-Paráaa, no grités. ¿Qué pasa?
-Vení, te digo.
Colacho agita una mano y con la otra acaricia el lomo de Black Lee.
-¿Qué pasa, Colacho? –pregunta Pecho, con tono sobrador, dando por sentado que no hay motivos para semejantes gritos.
-Agachate, mirá –dice Colacho. El cuidador de Black Lee, su educador, el hombre que lo vio crecer, le prohibió jugar y le enseñó a correr, el que lo llamó Tordo, Tordito, el que da un Actimel en la boca todas las mañanas, ese hombre está ahora en cuatro patas, con los ojos y la nariz pegados el pasto.
-¿Sangre?
-Sangre. Meó sangre –dice Colacho, todavía en cuatro patas.
-Pero la puta madre. ¿Qué le pasó? ¿Se te golpeó cuando lo bajaste de la camioneta?
-No sé. Anoche y esta mañana meó normal. Comió lo de siempre, las vitaminas de siempre. Yo no vi que se haya golpeado. ¿Cuánto falta pa la carrera?
-Quince, veinte minutos.
Pecho se pone en cuclillas. Toca los pastos manchados de sangre. Se olfatea los dedos. Acaricia al galgo. Piensa. En medio segundo se para, saca el teléfono celular del bolsillo y mientras espera que lo atiendan, camina. Con la mano izquierda cubre su boca y el micrófono del teléfono. Habla bajito.
-Dice que algún riesgo puede haber, pero mínimo. Así que dale agua a ver si mea de nuevo y en quince traelo al corral –dice Pecho y se va hacia donde están los organizadores a confirmar la presencia de Black Lee en la prueba “destreza 0”.
-Llamó al Colorado, que es el veterinario de toda la vida de Tordito. Cada tanto le pasa esto que mea sangre. Es mucha exigencia: la dieta estricta, los horarios para dormir, para mear, para entrenar, las vitaminas así, las vitaminas asá. Una lástima, porque estaba para ganar. Igual, vamo a ver que pasa.
Colacho le pone una correa roja a Black Lee, le moja otra vez el lomo y las bolas, le da de tomar de agua de la botella y juntos se van para el corral.

***
Tema tabú del submundo galguero: los galgos abandonados. Pecho pone el pecho:
-Tordo es el cuarto galgo que tengo. Antes tuve a Princesa, Cacique y Cacique II. Prefiero los machos porque las perras se alzan y cuando están en celo no corren. Un perro a los quince meses ya puede correr y a los dos años alcanzan su pico de máximo rendimiento. Hay perros que corren hasta los tres años, otros hasta los cuatro; eso depende mucho de la sangre. Cuando un perro mío deja de correr yo se lo dejo al cuidador, que ahora es Colacho, porque el perro vivió siempre con él. Colacho los tiene un tiempo con él y después los regala. A Cacique II se lo regaló a mi sobrino Kevin. El primer Cacique murió, lo atropelló una camioneta. Y Princesa creo que la tiene un amigo del Colacho. Cuando deje de correr, a Tordo lo voy a usar como reproductor un tiempito. Y después lo vamos a vender como padrillo porque tiene una sangre espectacular. Así que los que dicen que los galgueros abandonamos a los perros, hablan gilada.
***
En la pizarra, escrito con tiza blanca y letra manuscrita, se lee “Destreza 0”. Y más abajo: Trapito, Meteoro, Felipe, Black Lee, Groso y Talismán. Si se definiera por el nombre, Black Lee pelearía cabeza a cabeza con Meteoro. Pero hay que correr y con el nombre no alcanza. Importan la genética, la preparación previa, la alimentación, las vitaminas, la concentración, la largada, los topetazos del perro que corre al lado y hasta el estado de la pista.
Cuis, el largador estrella, lleva de la correa a Black Lee, desde el corral hasta la gatera número tres, por el borde de la pista. Los otros largadores –los hay panzones, adolescentes y hasta uno rengo- hacen lo mismo. Black Lee tiene una pechera amarilla con el número seis. Cuis repite su técnica exitosa: pone el hocico del perro contra el cuero/liebre, lo acaricia, con la suela de la zapatilla empareja la tierra y después se ubica con Black Lee en la gatera tres.
Pecho y Colacho se paran donde siempre: contra el alambrado, frente a la llegada marcada por la cámara del fotochart. Cuis levanta el brazo, con el pulgar hacia arriba. Pecho y Colacho responden con el mismo gesto. Es una de las últimas carreras de la tarde. El dueño de Talismán, un joven de no más de 25 años, pelo largo y lacio hasta los hombros y camiseta de San Lorenzo, se acerca a Pecho y le comenta algo. Pecho sonríe y dice que sí. Apostaron 150 pesos a ganador. Si Black Lee o Talismán no ganan, nadie debe pagar. Pecho hace lo mismo con el dueño de Groso: 200 pesos a ganador. Al dueño de Trapito le juega 100. A un tipo de cara chupada y bigotes mostachos le hace una apuesta más compleja: si gana Black Lee Pecho cobra 500, y el flaco bigotón cobra 500 si gana Felipe, 400 si gana Trapito, 300 si gana Groso, 200 si gana Talismán y 100 si gana Meteoro. En la escala de esta apuesta puede estar la clave de las chances de cada perro.
Carlitos Rodríguez, el organizador de todo el circo, es el responsable del semáforo. Cuando la luz roja se apague, se abrirán las puertas de las gateras. Black Lee tiene los ojos negros clavados en el cuero y la pata derecha apenas despegada del suelo. Las aletas nasales se le dilatan con cada respiración. Cuis lo toma con una mano de los cuartos y otra del hocico. Meteoro, que parece el rival a vencer, está en la gatera de al lado, la cuatro. Es marrón, con rayas como tigre y más fornido que el galgo de Pecho.
-¿Todos listos? –pregunta Rodríguez. Los largadores dicen que sí o hacen señas con la cabeza.
Se prende la luz roja del semáforo. A lo largo del alambrado hay un silencio expectante. Pasa un segundo, dos, cinco, siete. Se apaga la luz y se abren las gateras. Meteoro pica en punta. Black Lee le va a la saga. En cada tranco los galgos quedan con las cuatro patas en el aire, las costillas marcadas, el cogote bien estirado. Un tercer perro, Talismán, se mete en la pelea. El cuero va más rápido, inalcanzable.
-¡Vamo Tordo, viejo nomá! –gritan Pecho y Colacho. Y todos gritan cosas parecidas y agitan sus brazos y se paran en el alambrado.
Desde la línea de llegada parece que Black Lee viene primero. Pero no. Gana Meteoro. Black Lee segundo. Por menos de medio cuerpo. Talismán entra tercero y atrás el lote de rezagados. Once ocho marca el cronómetro de Pecho.
Después de pagarle 100 pesos al bigotón que le apostó a todos los perros contra Black Lee, Pecho salta a la pista. Colacho lo sigue. Cuis trae a Black Lee de la correa. El galgo tiene los ojos desorbitados, la lengua afuera, el pecho latiendo a mil.
-¡Bien, Tordito, bien! –grita Colacho y se abalanza contra el perro.
-Mañana llevalo al veterinario. Que vea eso de la meada de sangre –dice Pecho. Después le paga 50 pesos al Cuis, saluda a todo el mundo y se va. Colacho tira de la correa y se va con Black Lee hacia la Ford. Cuando llegan, le da agua y le moja el lomo y las bolas.
Son las siete de la tarde. En tres horas Black Lee estará acostado, en cinco echará la primera meada de la noche y en siete trotará por las calles de Máximo Paz, bajo la atenta mirada de Colacho.
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domingo 27 de diciembre de 2009

Lágrimas de sangre en Navidad- Gonzalo Sánchez


Crónica publicada en el diario Crítica de la Argentina
Elba, una rubia de cincuenta bien puestos, amasaba pizza en la cocina de su casa cuando la Virgen sangró por primera vez. Era sábado a la noche y advirtió que la tensión eléctrica bajaba hasta el apagón. Su hijo gritó desde la pieza: “¡Mamá, qué está pasando!”. Y la mujer –el bollo con la consistencia justa– respondió: “Debe estar apareciendo la Virgen”. Diez minutos después, con la forma de un mensaje de texto, la epifanía iluminó su celular: “Trajeron al barrio una Virgen que llora sangre”, leyó Elba, y debió releer para convencerse de que era cierto.

En el Oeste cercano, del lado de la provincia, Lomas del Mirador le araña los bordes a la General Paz. Es una localidad habitada por trabajadores de clase media baja, un barrio sin contornos, que se pierde en la inmensidad del partido de San Justo. En vísperas de Navidad, la zona parece despojarse de la inseguridad que la jaquea y teñirse de un color especial. Una cierta atmósfera festiva se alimenta del tumulto de la gente que atiborra las calles en busca de ofertas al por mayor y regalos para la Nochebuena: esa copia de la camiseta de Messi, la última de Boca, los pescadores “Adiddas”, con doble d, que servirán para el verano, ese topcito que te quedará tan bien. Propia de la época, la dinámica se ve alterada por el ruido de motores que compiten por saber cuál de todos es el que más aturde, si el de la Zanella con escape libre de aquel pibe que reparte empanadas descalzo o el de ese colectivo de la 620 que pide un service antes de perderse por las entrañas de Villa Dorrego, donde el peronismo triunfa sin pausa desde el año 83. Pero esa convulsión se desvanece dos cuadras más allá de la avenida Alicia Moreau de Justo, no la del Faena, sino la de este lugar de veredas negras, donde una pequeña imagen de yeso de la Virgen Desatanudos, el sábado a la noche, lloró por primera vez.

Alentada por el mensaje, Elba suspendió las pizzas y salió a la puerta para ver qué pasaba. Una vecina, Gabriela Maldonado, corrió con la buena nueva. Le dijo: “Allá, en la casa de la puerta de madera, parece que dejaron una virgencita que está llorando sangre”. A las mujeres se sumó otra vecina y otro vecino. Pronto fueron un puñado reunidos como en asamblea sobre una esquina coronada por un paraíso. La noche se había desplomado sobre ese rincón oscuro del conurbano, pero ese rincón, en ese momento, latía con la vitalidad del día.

Se abrió la puerta de aquella casa de paredes sucias, ahora habitada por una familia que arribó al barrio hace pocos días, y un hombre pelado, medio tuerto, salió con la imagen en sus brazos. Efectivamente, la cara de la réplica de María Desatanudos estaba atravesada por un surco seco de algún líquido de tono bermellón, que tranquilamente pasa por sangre a la vista de cualquiera. A César Vivares –así se llamaba el portador de la estatuilla– le preguntaron si la virgen era suya. “Es de todos”, respondió. “Así que veamos qué hacer”.

Un grupo de mujeres comenzó a orar. Otras lloraron. Los hombres se persignaban. La piba de la esquina fue a buscar a su madre y la trajo en una silla de ruedas para que contemplara el milagro. Un móvil de Crónica TV llegó al lugar para contarlo. Su movilero arribó a una conclusión brutal: “La Virgen –dijo– llora sangre por la inseguridad”. El radioaficionado de la casa de rejas verdes lanzó un ICQ: “Hay una virgen santa”, dijo por radio. Alguien llamó al párroco de la zona para ponerlo al corriente del asunto. El cura, cuando lo supo, frunció el ceño, levantó la vista hacia el techo y suspiró. Al día siguiente fue y la bendijo.

Ahora, martes 22 de diciembre, tres de la tarde, en el cruce de las calles Cavia y Melo ya nada es igual. El barrio está convulsionado. El domingo, dicen, casi dos mil personas llegaron para venerar a la virgencita. “Sanguinó –dice Gabriela Maldonado– en total tres veces”.

–¿Y nadie filmó el momento en que caen las lágrimas de sangre?

–No, nadie, porque imaginate que es un momento de mucha emoción.

Los vecinos no terminan de aclarar cómo sucedieron las cosas. Pero la historia es más o menos así. Una gente de San Miguel llegó hace dos semanas a la casa de la puerta de madera y paredes sucias y le obsequió la imagen a una mujer que se hizo humo. Se llamaría Marta Varela, según rumores, pero los vecinos no quieren ofrecer más datos porque prefieren preservarla. El misterio, entonces, apunta a ese hombre pelado, el medio tuerto, César, que parece ocultar algo, pero se reserva y suelta unas pocas palabras con cuentagotas. La gente, sin embargo, no quiere, o no necesita, saber más. No se cuestionan, no sospechan, no les interesa. La fe, el don de creer sin ver, se ha expandido entre los hogares y ha sembrado un espíritu de plenitud que los hace sentir elegidos para pasar unas fiestas diferentes.

Acaban de traer la imagen hasta la esquina y vienen llegando devotos de la Desatanudos para venerarla y rezar. “Mirá –dice Vivares, el misterioso–, dicen que tiene un dispositivo para hacerla llorar, pero, ¿vos lo ves?”.

–¿Qué significa para ustedes que una virgen llore sangre?

La pregunta es para todos. Pero Gabriela Maldonado se adelanta.

–Significa que estamos ante un milagro y que tenemos que cuidar a nuestra madre porque ella nos ha elegido para acompañarnos y darnos paz. Pero tenemos un problema: necesitamos construirle un altarcito para que pueda estar resguardada y los peregrinos la puedan ver. Escuché por tele que otra virgencita lloró en Valentín Alsina. Esto es como en México, como en Francia, es la gracia de Dios.

La vírgenes lloran más a menudo de lo que parece. Lo que no sabemos es por qué. Pero no es el propósito de este texto abundar en revelaciones.

A la misma hora en que contemplamos las lágrimas secas de la de Lomas del Mirador, se habla por TV de otro milagro –o de otro fraude– con una virgen en Lanús. La semana pasada ocurrió un hecho similar en Córdoba. Meses atrás en Itatí, Corrientes. A los fieles de la calle Melo les gustaría que su barrio, donde casi nunca ocurre nada, se convierta en el punto de encuentro de miles de fieles venidos de todas partes como ocurre en San Nicolás, donde una aparición reemplazó a la metalúrgica Somisa como motor de la economía local.

El 25 de septiembre de 1983, Gladys Herminia Quiroga de Motta se hallaba en su habitación rezando cuando de pronto vio cómo la Virgen le extendía la mano y le entregaba su rosario. A partir de ese momento comenzó una serie de experiencias espirituales en las que veía y recibía mensajes de María. Pero aun cuando ella estaba segura de que se trataba de una aparición de la Virgen decidió callarse y no comentárselo a nadie, pues temía que la tomasen por loca. El 5 de octubre volvió a suceder una nueva aparición en la habitación de Gladys, pero esta vez la mujer se animó a preguntarle qué quería de ella. Se produjo una luminosidad en el cuarto y la Virgen le señaló en el centro de ese fulgor un templo de dimensiones descomunales.

Gladys decidió comentarle al padre Carlos Pérez lo que le estaba sucediendo, ya que necesitaba expresar sus visiones a alguien confiable. El sacerdote le recomendó guardar silencio. Durante siete años hubo apariciones de la Virgen en San Nicolás, desde 1983 hasta 1990. Por aquellos tiempos, en varias casas de la zona, se iluminaban los rosarios que tenían las familias colgados en su pared. De pronto comenzaban a brillar y saltaban chispas pequeñas, como relámpagos. Nunca pudo darse una explicación racional de aquel hecho ya que no la encontraron. Pero las peregrinaciones a San Nicolás, donde un templo majestuoso se levantó en homenaje a la Virgen, son hoy un acontecimiento multitudinario que cada año reúne a peregrinos de todo el país. Las veredas de la casa de Gladys siempre están atestadas de gente. Gladys nunca habla ni se deja ver. En Loma Verde, sin embargo, ahora son veinte, veinticinco, no más. Hora de ver al cura.

La parroquia Santísimo Nombre de María es una iglesia típica del conurbano. Un arco de medio punto se levanta sobre una explanada de baldosas grises y la secretaría parroquial se impone, como la antesala del atrio. Allí, dos mujeres esperan la llegada del cura para la celebración del día.

“¿Viste qué milagro el de acá a la vuelta, nene?”, le dicen a este cronista sudado, que necesita la voz del cura para saber más. “Lo llamo al padre, pero no sé dónde está. Anoche le hicimos la cena por sus 25 años de sacerdocio y a lo mejor está descansando”. Hablamos sobre los años de Acción Católica, sobre los hijos misioneros en África, sobre San Justo, La Tablada y la inseguridad. Ninguna de las dos mujeres duda de lo que ocurre a pocas cuadras, con esa imagen sangrante de la Virgen Desatanudos. Los medios de comunicación suelen subestimar este tipo de acontecimientos. Los miden con la vara del prejuicio, a la distancia, y sólo analizan el fenómeno, con falsa sabiduría, sin valorar las reacciones de la gente, por cierto, expresiones de descarnada humanidad. Pero acá estamos, decididos a comprender que la idea de la fe cristiana supone también un conflicto. El filósofo Martin Heidegger decía que una fe que no se cuestiona a sí misma deriva peligrosamente en fanatismo. Su idea de la fe viva era la de una fe en crisis, que todo el tiempo conducía a los creyentes hacia una misma pregunta: ¿por qué creo?

“Ésa es la doctrina de la fe”, dice, ahora, después de la celebración el presbítero Jorge De Menditte, descendiente de polacos de acá a la legua. “Quiero decir, tomá nota para que quede claro, que uno debe creer en que la virgen María fue concebida por obra y gracia del Espíritu Santo y eso es un pilar de la fe católica. Después puede haber revelaciones o apariciones de Cristo y de la Virgen, pero el aceptarlas no queda en la faz individual de la fe de cada persona. O sea, este suceso no contradice la doctrina”, explica el cura. “Ante todo, hay que respetar a la gente. Fui y la bendije. Y ahora, con suma cautela, he preparado un informe que mañana será elevado al obispo. No hay mucho más”.

De Menditte me recuerda al padre descendiente de polacos de un amigo entrañable. Los ojos azules, el pelo ondulado, las mejillas rosadas. El pecho lampiño y levemente colorado le asoma por la V de la chomba arrugada. Parece tener resaca. Viene de celebrar sus 25 años de servicio y está frito. Pero es claro y agradable. “Es eso y no es más. Cautela y respeto por la gente”, dice. Considera que el caso debe tomarse con pinzas pero también que no hay mucho más para discutir. Hay, en realidad, situaciones más tremendas. “El barrio está dominado por banditas de narcos. Hace unos días, se metieron dos pibes a la casa parroquial y me apretaron con un 38, me lo pusieron acá abajo”, dice y señala su abdomen. “No me pegaron, pero me llevaron los mil pesos que había cobrado del sueldo del colegio parroquial. Me amenazaron, me dijeron que me dejara de joder y se fueron”.

–¿Por qué le dijeron que se dejara de joder?

–Porque a éstos los envió un dealer con el que tengo problemas porque yo voy por la calle y trato de sacar a los chicos, los agarro del forro del culo y los ayudo a salir de la droga. Entonces no quieren que joda más.

–Pesado.

–¿Pesado? Vos no sabés lo que es esta zona del conurbano. No te imaginás. Los dos pibes que entraron acá cayeron detenidos a la semana, y hace unos días murieron en el interior de una comisaría donde hubo un motín. En fin, ésa es la realidad. Lo otro, una virgencita milagrosa, es una noticia que siembra esperanza entre la gente. De todos modos, lo tomamos con cautela.

Dice De Menditte, el polaco loco, y pide disculpas por su estado deplorable. Le avisan que en el barrio donde la Desatanudos lloró aparentemente sangre la gente lo está esperando. “Hoy no”, dice. “Hoy no”.
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martes 22 de diciembre de 2009

El fantasma del museo – Ulises Rodríguez


Crónica publicada en diario Crítica de la Argentina.

Desde hace más de un siglo, un espectro recorre los viejos pasillos y laboratorios del Museo de Ciencias Naturales de La Plata: el del cacique tehuelche Modesto Inakayal, apresado por Julio A. Roca en la Campaña del Desierto. Los testigos hablan de puertas que se cierran solas y lamentos tristes. El indio vencido fue encerrado junto a otros como pieza viva de exhibición en el museo –donde murió– para aprendizaje de los sabios carapálidas.

Francisco Pascasio Moreno le dio la orden precisa a uno de sus ayudantes:

–Vigílelo de cerca a Inakayal; anda todo el día borracho y perdido, parece un fantasma.

Corría la primavera de 1888 y, tal como decía el futuro Perito, el cacique llevaba unas cuantas semanas mirando la nada. Caminaba encorvado, arrastrando los pies. Hablaba solo y se le caían los pantalones de lo flaco que estaba. Quedaba poco del fiero tehuelche; su espíritu aguerrido lo había abandonado después de ser capturado en la Campaña del Desierto. Y sólo él sabía que su alma en pena deambularía para siempre por su cárcel y su tumba: el Museo de Ciencias Naturales de La Plata.

Con los años, aquello de “fantasma” se volvió leyenda en el museo; uno al que se le atribuyen portazos, súbito desorden de cajones, escozores sutiles en la espalda. Por las noches se lo escucha jadear, y dicen que el pobre hombre reniega en su lengua. A principios del siglo XX, un sereno del museo lo bautizó Gabino, como el indio lenguaraz de Moreno. Pero hay otros que sostienen una versión distinta: están convencidos de que se trata de Inakayal.

– Muchas veces nos pasa que estamos yendo de laboratorio en laboratorio con otros compañeros y escuchamos que alguien golpea la puerta. Nos vamos a fijar y nunca hay nadie.

Así lo cuenta Roque Díaz, hombre de 74 años y auxiliar en el museo desde los 12. Roque anda por el lugar con un jogging negro, el elástico hasta el ombligo y una camisa de jean descolorida. Aunque está jubilado, sigue trabajando. Con el mate y la radio, se pasa horas en el laboratorio de Antropología Biológica. Es un espacio del subsuelo en que el aire es una mezcla de formol y cloacas. Entre cráneos numerados y esqueletos embolsados, el empleado más antiguo recuerda: “Una vez, cuando no había nadie en el edificio, vino gente de la Fundación Francisco Pascasio Moreno. Ya era tarde así que les abrí para que hicieran el relevamiento de unos cuadros. Después me fui a la entrada. Al cabo de unas horas apareció en la puerta un señor que venía a avisarme que esta gente lo había llamado porque se habían quedado encerrados en un laboratorio.”

Aquella vez el fantasma, indignado seguramente con razón, cerró tan fuerte la puerta que se trabó el picaporte. Lo que han percibido otros es algo así como pasos persecutorios mientras caminan por el subsuelo.

– Como este es un edificio viejo –dice Roque–, de noche se escuchan muchos ruidos y el crujir de las maderas hace que uno se asuste un poco. En los años en que había menos iluminación varios serenos no aguantaron y renunciaron.

La mirada científica sobre esta controversia en torno de lo paranormal la aporta el Grupo Universitario de Investigación en Antropología Social (GUIAS). Desde 2006 el equipo trabaja para identificar y devolver piezas humanas pertenecientes a pueblos originarios de Sudamérica. Ellos descubrieron que, a pesar de que los restos de Inakayal fueron restituidos a su comunidad en 1994, el cuero cabelludo y el cerebro permanecían en la colección del museo. A partir de ese momento la leyenda sobre su espíritu cobró otro sentido. La comunidad mapuche-tehuelche reclamó los faltantes para que el alma del cacique descanse en paz junto a sus huesos en Tecka, Chubut, donde fueron enterrados.

– Hemos encontrado también dos corazones disecados. Hay altas probabilidades de que uno de ellos pertenezca a Inakayal. Estamos esperando que nos entreguen las pruebas de ADN para confirmarlo –, dice Patricio Harrison, uno de los coordinadores de GUIAS.

Paisaje de tolderías

En sus toldos, a orillas del río Limay, Modesto Inakayal era amo y señor. En la Patagonia mandaba el gran Sayhueque, y junto a Foyel, eran sus lugartenientes de confianza. Vacas, ovejas y caballos conformaban su riqueza. Convivía con dos mujeres, estaba al mando de 900 hombres, montaba un caballo overo y cazaba ñandúes con boleadoras. El explorador chileno Guillermo Cox lo describió en sus memorias como un hombre de “cara inteligente, cuerpo rechoncho pero bien proporcionado”. No sabía escribir pero entendía el castellano. En términos siempre pacíficos recibía a los científicos y exploradores con manzanas, y a la hora de la cena mandaba a sacrificar a sus mejores animales.

Inakayal jamás imaginó que aquel explorador de anteojos y cara bonachona sería, en pocos años, su carcelero. El primer encuentro con Francisco Moreno se dio en 1879. El trato fue cordial entre ambas partes y hasta se podría decir que entablaron una amistad. Entre 1878 y 1885 el presidente Julio Argentino Roca impulsó la ofensiva militar conocida como Campaña del Desierto. El indio pasó a ser el enemigo del blanco. Y Moreno estaba del lado de los blancos.

Inakayal, junto a Sayhueque y Foyel, cayó prisionero del teniente Francisco Insay en Junín de los Andes, en 1885. Antes de que lo embarcaran con destino a Buenos Aires en el vapor Villarino, el Ejército argentino le robó sus caballos y repartió sus hijos entre las familias de los generales, para que los usaran como sirvientes.

El destino de los caciques fue la isla Martín García. Fueron humillados, vestidos con la ropa que descartaban los soldados, obligados a hachar quebrachos y comer las sobras de la milicia. Sayhueque pudo volver a la Patagonia. Inakayal y Foyel fueron “rescatados” por Francisco Moreno y pasaron a formar parte de la colección viviente –literalmente viviente, aunque fuera una vida de mierda– del museo de La Plata.

Francisco Pascasio Moreno, explorador de la Patagonia, científico autodidacta, fundó ese museo en 1884. Allí expuso su colección personal de restos óseos: desde huesos de animales prehistóricos hasta los de restos humanos extraídos de cementerios indígenas. En una carta a su padre, en 1875, el joven explorador había contado: “Hice abundante cosecha de esqueletos y cráneos en los cementerios de los indígenas sometidos que vivían en las inmediaciones de Azul y de Olavarría y en Blanca Grande. Aunque creo que no podré completar el número de cráneos que yo deseaba, estoy seguro de que mañana tendré 70”.

Los cautivos del Partenón

Cuesta imaginar que el edificio con aires de Partenón, ubicado en el centro del bosque platense, haya sido la prisión y la tumba de una decena de indígenas. El subsuelo donde hoy funcionan laboratorios y áreas de estudio, fue el lugar donde estuvieron cautivos “los vencidos” de la Campaña del Desierto. Si bien es cierto que durante el día circulaban libremente por los pasillos del museo, por las noches una pesada puerta de madera se cerraba con candado hasta el amanecer.

Mientras Don Francisco Moreno –como lo llamaban sus empleados– habitaba en el amplio y luminoso segundo piso rodeado de libros y una salamandra para el invierno, los indios “rescatados” por él se amontonaban, con unas pocas frazadas malolientes, en la humedad y oscuridad del subsuelo.

En el mismo lugar en el que recibían una olla de sopa para todos, hombres, mujeres y niños hacían sus necesidades en un rincón. No había forma de salir hasta la mañana siguiente, cuando uno de los empleados del museo abría el candado. En el listado de prisioneros figuraban Inakayal, una de sus mujeres y su hija; Foyel junto a su compañera y su hija Margarita y Tafá (una alacaluf de Tierra del Fuego) y otros que nunca fueron identificados.

Cada uno tenía tareas asignadas. Las mujeres se encargaban de la limpieza del museo, el lavado de las ropas del personal y la confección de telares para la venta. Los hombres estaban confinados a tareas más duras como cavar pozos, limpiar los desagües cloacales y trabajar en la construcción del edificio que aún no estaba terminado.

Cuando los científicos lo disponían, los indios debían prestarse a ser examinados desnudos, fotografiados durante horas o quedarse quietos frente a un pintor que los retrataba. Era la época de la ciencia en que los sabios blancos medían, tasaban, archivaban todo lo que fuera el Otro. Francisco Moreno mostraba orgulloso su “colección viviente” a los colegas del extranjero, mientras el lenguaraz Gabino traducía la lengua originaria al castellano. La mayoría de los indios aceptaba sin chistar los mandatos del director del museo. Pero Inakayal no estaba acostumbrado a recibir órdenes: se quejaba de que los blancos le habían matado a sus hijos, robado sus caballos y arrancado de su tierra.

Al igual que Sayhueque, Foyel pudo regresar a la Patagonia a cambio de reivindicarse como argentino. Se le “cedieron” algunas hectáreas, ya por entonces en manos del Estado. Inakayal, en cambio, se negó a resignar su identidad y siguió en cautiverio.

El antropólogo Herman Ten Kate escribió, en la Revista del Museo (1904), que Inakayal “era reservado, desconfiado, orgulloso y rencoroso. Comunicativo solamente cuando estaba ebrio. Dormía casi todo el día, discutía fácilmente, muy apático y sin ninguna preocupación por su persona”. Estaba claro que el cacique no se sentía a gusto en la galería de exotismos de Moreno.

Morir sin morir

En 1887 los indios prisioneros comenzaron a morir de manera extraña. El 21 de septiembre murió Margarita. El 2 de octubre, la mujer de Inakayal. El 10, la mayor del grupo, Tafá. Algunos diarios de la época dieron cuenta de estas muertes en cadena. El Eco de Córdoba, asociado a grupos católicos, acusó a Moreno de “caballero de la noche”. Un periódico porteño, L’Operario Italiano, lo cuestionó por no respetar las disposiciones municipales acerca del tratamiento que debía darse a los difuntos. El matutino platense La Capital también menciona la “muerte de una niña india en el Museo”. A partir de este dato el grupo GUIAS está tratando de verificar si uno de los esqueletos pequeños hallados pertenece a la hija de Inakayal.

El cacique tehuelche, uno de los últimos en resistir, veía a diario cómo los cuerpos de su gente eran descarnados y expuestos a los visitantes tras su muerte. Inakayal sabía que corría el mismo destino. La tristeza le había quitado hasta las ganas de dormir. Se pasaba horas mirando los restos de su mujer, exhibida en una vitrina junto a otros esqueletos. Francisco Moreno ya no era el amigo blanco que lo visitaba a orillas del Limay. El saco negro de funebrero y ese pantalón con olor a rancio de tanto orín impregnado distaban mucho del aura combativa que mostraba el cacique en otras épocas. Tenía 45 años, los pelos chuzos y un bigote desprolijo. A su amplia cara morena la atravesaban arrugas taciturnas.

Sin fuerzas y sin alma, Inakayal prefería la muerte. Los inventarios del Museo certifican que falleció el 24 de septiembre de 1888. Algunas versiones hablan de un suicidio, otras que fue empujado por unas escaleras. El naturalista italiano Clemente Onelli, mano derecha de Moreno, dejó asentado que “Inakayal se arrancó la ropa, la del invasor de su patria, desnudó su torso, hizo un ademán al sol y otro larguísimo hacia el Sur, habló palabras desconocidas... Esa misma noche Inakayal moría”. De inmediato su esqueleto fue descarnado y expuesto al público.

Esperando nacer

Tras reclamar durante más de medio siglo, en abril de 1994 la comunidad tehuelche logró que los restos de Inakayal fueran trasladados al valle de Tecka. En medio de actos protocolares, rituales indígenas, discursos políticos en cada parada y cerca del hotel que lleva su nombre, los huesos del cacique volvieron a su tierra. En 2006 el grupo GUIAS comprobó que la restitución fue parcial: faltaban el cuero cabelludo, el cerebro, una oreja y quizás el corazón.

Las comunidades originarias lo calificaron como “una ofensa más a sus ancestros” y llegaron a dudar de que el esqueleto enviado fuera el de Inakayal. Las autoridades del museo dijeron que la falta se debió a un “error administrativo”.

La tradición tehuelche manda que sus muertos deben ser enterrados como si estuvieran en el seno materno, rodeados de los objetos que pudieran necesitar al renacer en otra parte. En épocas remotas mataban al caballo y al perro preferido del extinto. Al lado del cadáver depositaban las armas, los utensilios y el alimento para la hora del despertar. Lejos de estos rituales, el cuerpo del cacique Inakayal fue cuereado como si se tratase de una vaca. Por 120 años su cadáver y su alma no descansaron esperando el renacimiento tehuelche. No es de extrañar que su espíritu deambule por los pasillos de su prisión y de su tumba: el Museo de Ciencias Naturales de La Plata.
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martes 15 de diciembre de 2009

Los hermanos Alfaro y la muerte que los persigue



* Esta crónica es parte de un proyecto coordinado por la Coalición Centroamericana para la Prevención de la Violencia Juvenil [2] con el auspicio de Cordaid.

Auner, Pitbull y El Chele huyen, como muchos de sus compatriotas, desde El Salvador a Estados Unidos. Escapan de la muerte y no saben quién está detrás de ella. Quizás las pandillas, tal vez otros. En cada esquina hay un nuevo peligro y ellos pisan, inexpertos, un terreno desconocido en la ruta mexicana de los migrantes centroamericanos, donde la muerte parece estar en cada rincón. ¿Dónde están, cómo están?

—Huyo porque tengo miedo de que me maten –dice Auner cabizbajo.

Minutos antes me había dicho que migraba porque quería probar suerte. Dijo aquella frase hecha de que buscaba una mejor vida. Es normal, cuando uno huye, desconfía y entonces miente. Es hasta ahora cuando estamos solos, apartado de sus hermanos que juegan cartas en el albergue para migrantes, ahora a la par de las vías del tren con un cigarro en los labios él acepta responder las verdades que hacen que su verbo sea escapar, no migrar.

—¿Volverías? –pregunto.

—No, nunca –sigue con los ojos clavados en la tierra.

—¿Renunciás a tu país?

—Sí.

—¿No volverías nunca?

—No… Bueno… Solo si tocan a mi mujer o mi hija.

—Y entonces, ¿a qué volverías?

—A matarlos.

—¿A quiénes?

—No sé.

Huye de una muerte sin rostro. Allá atrás, en su mundo, sólo queda un agujero repleto de miedo. Aquí, ahora, sólo queda huir. Esconderse y huir. Ya no es tiempo de reflexiones. De nada vale detenerse a pensar cómo es que él y sus hermanos tienen que ver con aquellos cadáveres. De nada serviría.

Salió de El Salvador hace dos meses y desde entonces camina con sigilo y guía a sus hermanos con paciencia. A los 20 años, dueño de su miedo, Auner, no quiere dar un paso en falso. No quiere caer en manos de la migración, no quiere ser deportado, no quiere que le desanden su camino, porque eso significaría tener que volver empezar. Como él dice: “Para atrás, sólo para tomar impulso”.

Auner se levanta silencioso y pensativo. Camina la vereda polvorienta que termina en el albergue para migrantes de Ixtepec, en el sur mexicano. Se une a El Chele y Pitbull, sus hermanos menores, y hacen rueda allá por los lavaderos a medio construir. Nos envuelve un calor húmedo que casi puede tocarse. Discuten cómo continuarán su huida. La pregunta es una: ¿seguiremos en el tren como polizones o iremos en buses por pueblos indígenas de la sierra esperando que no haya retenes policiales?

*

El viaje por la sierra los llevaría a partir lo verde y espeso de la selva oaxaqueña, a transitar lo irregular. Los llevaría a internarse en un camino poco conocido por los migrantes. Es una ruta alterna utilizada principalmente por coyotes y que llegó a oídos de Auner gracias a que Alejandro Solalinde, el sacerdote que fundó este albergue, entendió que no estaba de más darles una opción extra a los que huyen.

El viaje en tren los obligaría a encaramarse como garrapatas en el lomo del gusano metálico. Aferrarse a las parrillas circulares del techo de “la bestia”, como le dicen en este camino. Seguir así durante seis horas, hasta llegar a Medias Aguas en medio de la oscuridad. Tumbarse en el suelo, en las afueras de ese pueblo escondido a esperar que salga otro tren para seguir avanzando. Dormir con un ojo cerrado y el otro medio abierto a la espera de señales para echarse a correr. Medias Aguas es base de Los Zetas, la organización criminal vinculada al narcotráfico. Los Zetas, ex militares del comando élite de lucha contrainsurgente, integraron desde 2008 a sus actividades el secuestro masivo de migrantes centroamericanos.

La respuesta podría parecer lógica para cualquiera que no conozca las reglas de este camino. Sin embargo, el riesgo que conlleva la sierra tampoco es leve. De cada diez indocumentados centroamericanos seis son asaltados por las mismas autoridades mexicanas. Esa sería una catástrofe para unos muchachos que atesoran los 50 dólares que su padre les envía desde Estados Unidos cada cuatro días. Los atesoran porque con ellos compran las tortillas y los frijoles que comen una vez al día cuando no están en un albergue y se sientan entre matorrales a recuperar aliento para seguir en esta huida.

La decisión es aún más complicada para quienes huyen de la muerte, porque el retorno no significa volver a casa con los hombros abajo y las bolsas vacías. El retorno puede costarles la vida, igual que el tren, que a tantos ha despedazado. Las dos opciones pueden terminar en muerte.

Hoy mismo me enteré de que José perdió su cabeza bajo el tren. Era el menor de tres salvadoreños con los que hace dos meses hice un recorrido por los cerros de México, bordeando la carretera para no enfrentar a las autoridades. Un rebane limpio, me contaron. Acero contra acero. Fue allá por Puebla, unos 500 kilómetros arriba de donde ahora estamos. El viaje es intenso. El sueño es leve. El cansancio a veces gana y eso mata.

José cayó en uno de los tambaleos de la bestia, que sin problemas se sacudió a un hombre débil y medio dormido. Me lo contó Marlon, uno de los que viajaba con él. Ellos también huían. En su caso, sí tenían certeza de por qué. Escapaban de las pandillas, que les arruinaron su negocio de pan cuando les impusieron una renta impagable: 55 dólares semanales o la vida. La empresa entera emprendió la retirada. Eduardo, el propietario y panadero; José, el repartidor; y Walter, el ayudante. Uno de ellos ya volvió a El Salvador en una bolsa negra.

Los hermanos Alfaro decidirán esta noche qué hacer. Tienen que decidir con tino porque si no pueden encontrar aquí lo que buscan dejar allá abajo.

El primer cadáver

—¡Ey, hijueputa! –escuchó Pitbull en su retaguardia el grito amenazador.

Giró la cabeza y vio un cañón 9 milímetros. Pensó que le apuntaba a él. Directo en la frente. Dio un salto de gato y antes de caer escuchó las dos detonaciones. Los tiros no eran para él. Le atravesaron la cara y la espalda a Juan Carlos Rojas. Unos pedazos de sesos le mancharon a Pitbull la camisa polo que se había puesto para salir a conquistar chicas con su amigo el pandillero al lugar de las maquinitas en el centro de Chalchuapa. Era un día soleado de enero o febrero de 2008.

A Pitbull se le subió a la cabeza esa rabia descontrolada que le nace del estómago. Esa que hace que se le crucen los cables allá arriba. Cuando eso pasa, durante unos cinco minutos, no hay quién lo detenga. Se vuelve un animal. Un pitbull.

Echó un vistazo hacia atrás y, entre el desparrame de materia viscosa, no le quedaron dudas de que su amigo estaba muerto. Pitbull echó a correr con furia, gritando incoherencias. Vio al asesino y a su cómplice. Escapaban. El que disparó relegado. Jadeando. Esa es la presa, pensó Pitbull. Le importó un carajo que tuviera en la mano una 9 milímetros cargada. El hombre, un viejo borracho de unos 50 años, retomaba la huida y se volteaba para apuntarle a Pitbull, y decirle entre exhalaciones:

—¡Parate que te disparo, pendejo!

No había negociación posible. Entre el estómago y el cerebro de Pitbull, la efervescencia subía. Cuando estaba a tres pasos del borracho, Pitbull brincó hacia adelante, con las manos extendidas como garras. Tumbó al hombre que le arruinó su tarde. Le dio vuelta y no se preocupó del arma que quedó un metro adelante. Dice que se cura más la rabia si es a puño limpio. Así, con los nudillos, empezó a deformarle el rostro.

La policía se había acercado después de tanto barullo. Entre dos agentes atraparon al muchacho que daba cabriolas. Levantaron al borracho del suelo, inconsciente.

Lo primero que hicieron los policías fue sacar conclusiones que en un país como El Salvador pueden parecer obvias: joven en medio de una escena del crimen igual a pandillero. El primer cuestionado por aquel desbarajuste fue el muchacho:

—¿De qué mara sos? –le preguntó un agente.

—De ninguna, pendejo –le respondió Pitbull, ya no por la rabia, sino porque así es él.

—Sos de la 18 como tu amigo al que mataron, ¿vea? –continuó el policía que ya conocía a Juan Carlos, porque en uno de estos pueblos con título de ciudad, a pesar de haber 73,000 habitantes, los policías conocen a los pandilleros por su nombre, su mara, su apodo y hasta su función.

—¿Que sos sordo, chimado? –le refutó Pitbull al agente que ya estaba a punto de ponerse violento.

De repente, llegó el subinspector que había recogido testimonios de la gente alrededor, y dijo mandón:

—A ver, muchacho, ya me dijeron que actuaste en venganza. Decime, ¿querés venir a la delegación a testificar para que podamos encerrar al asesino?

—Va, juega–respondió Pitbull que con sus 17 años (y sus 18 ahora que huye) siempre andaba buscando cómo meterse en alguna aventura que, por peligrosa, le espabilara.

Eso consiguió. Un día sin aburrimiento. Se fue, vestido de policía, a buscar en las colonias del centro de Chalchuapa al cómplice del que mató a su amigo el pandillero. Se internó por las calles adoquinadas que parten de la avenida central de esta ciudad comercial y bulliciosa, repleta de tiendas, almacenes y puestos callejeros. Una gracia para él. Un relato divertido en su mundo.

—Bien vergón andar vacilando en la patrulla. Lástima que ligerito encontramos al viejo chimado ese –diría después Pitbull.

Pitbull fue al reconocimiento en la delegación y lo dijo claro. En sus caras:

—Esos dos viejos cerotes son los que mataron a Juan Carlos.

Pero esos dos viejos también lo vieron a él. En aquel pueblo para nadie es difícil reconocer a alguien del casco urbano, que vive en el centro, y no en los cantones alejados que rodean el municipio. Saber que Pitbull era el hijo de doña Silvia Yolanda Alvanez Alfaro, la de la tiendita que está enfrente de la pupusería, a la par de la fábrica Conal. Que ese chico de pelo rapado y arete plateado era Jonathan Adonay Alfaro Alvanez. Albañil, agricultor, carpintero, fontanero. Todólogo. Johny. Pitbull.

En bus rumbo a Santiago Ixcuintepec

—Tenés que tener alguna idea –le insisto a Pitbull en las vías del tren de Ixtepec, mientras tomamos un refresco y fumamos unos cigarrillos.

Después de que Auner me revelara por qué viajaban, y como quien pide a un padre una cita con una de sus hijas, le pedí permiso para hablar con sus hermanos. Auner aceptó.

Uno a uno empiezo a alejarlos del barullo del albergue. Primero a Pitbull. Lo escondo entre los matorrales de las vías, para que se sienta con tranquilo y recuerde.

—No, loco, no sé quiénes putas eran esos viejos. Solo sé que cuando íbamos para las maquinitas, mi chero me dijo que tenía que recoger algo en la cantina. Salió bien tranquilo. Empezamos a caminar, y ahí fue cuando salieron esos chimados y lo mataron -dice.

—¿No creés que sean ellos quienes los están amenazando de muerte?

—Ahí sí que no sé. No tengo idea de quiénes putas son.

*

Nada. Ni una pista. Pitbull huye, pero no sabe. Si fuera un personaje de ficción, seguro la trama lo obligaría a investigar, a mover sus contactos en el barrio, a ponerle nombre a los dos viejos borrachos. Pero esto es la realidad y Pitbull es solo un joven de 18 años, del país más violento de Latinoamérica, acostumbrado a la muerte que cuando suena sus alarmas poco más importa.

Qué más da si ni los reportes policiales contienen mucho. Esos mismos meses, cuando mataron a Juan Carlos -enero o febrero, Johny no lo recuerda a cabalidad- otros nueve jóvenes fueron asesinados en Chalchuapa. Todos entre las edades que Juan Carlos tenía, entre los 18 y los 25 años. Pitbull reconoce que ni siquiera sabe si Juan Carlos era su nombre real.

—Él así decía que se llamaba, pero como era de la pandilla y tenía problemas en otras colonias, yo le escuché otros nombres.

William, José, Miguel, Carlos, Ronal, no identificado, cualquiera de estos podrían ser los nombres reales de Juan Carlos. Todos ellos murieron en Chalchuapa en los meses en los que él cayó. Cualquiera podría ser el registro policial de su cadáver. Aunque alguien quisiera saber la verdad sobre esa muerte, la verdad sería tan esquiva como lo que jamás ocurrió.

Pitbull voltea a ver con lascividad a las muchachas migrantes que salen del albergue. “¡Ricas!”. Huir no siempre es una romería fúnebre. Al menos no para este muchacho. Depende de qué tan acostumbrado se esté. Da una calada a su cigarrillo. Vuelve la calma. Continúa respondiendo preguntas echado en los rieles, con una roca como almohada y la vista fija en el cielo. Parece un paciente de psicoanalista.

Después del primer cadáver, Pitbull se largó un tiempo de Chalchuapa. Dos viejos borrachos estaban siendo juzgados por homicidio gracias a que él los señaló en la cara. Lo mejor era retirarse un tiempo.

Alcanzó en Tapachula, la ciudad mexicana fronteriza con Guatemala, a su hermano menor, a Josué, El Chele, de 17. Josué llevaba ya más de cinco meses en aquel bochornoso lugar. Desde que emprendió el viaje a finales de 2007 rumbo a Estados Unidos, Josué seguía esperando mientras reparaba carros y dormía en el taller mecánico de la zona maquilera. Esperaba que su padre, como le había prometido, le llamara diciendo que el coyote que lo guiaría hasta Estados Unidos estaba listo, que el dinero había sido reunido y que la promesa terminaría de cumplirse:

—Nos vamos al norte, hijo, verás cómo allá sí hay chamba, buen jale, buen dinero –había dicho el padre con su español migrante, esa mezcla de acento centroamericano y diccionario chicano.

Josué y Pitbull nunca fueron amigos ni enemigos tampoco. Son dos tipos diferentes obligados a compartir historias. Auner seguía en lo suyo, allá en El Salvador, labrando el campo y esperando que su esposa pariera. Ninguno de los tres se comunicaba. Siempre han tenido esa relación de campesinos, que parecen tener como regla la prohibición de mostrar el cariño con los gestos y las palabras.

El Chele, de pocas palabras, tenía la confianza de los dueños del taller mecánico. Le permitían llevar muchachitas para pasar la tarde con los pantalones abajo. El Chele no se metía con nadie, no hizo ningún amigo en Tapachula. Se engominaba en extremo el pelo rizado a eso de las 5 de la tarde, luego de darse una buena ducha para sacarse el hollín de su piel blanca. Se ponía una camiseta estampada que cubría la de manga larga que llevaba por dentro. Se calzaba sus imitaciones de Converse y se lanzaba a las esquinas de las cafeterías de la plaza central, al céntrico y seudocolonial quiosco blanco, a las paleterías donde los muchachos y las muchachas van a hablarse. “A enamorarse”, dice él. A veces triunfaba y seguía citándose con la muchacha, en alguna banca del parque. Comían un helado, hasta que un día conseguía llevarla al taller y luego se olvidaba de ella y volvía a iniciar la rutina.

Pitbull en cambio iba donde podía. Vivía en casa del compañero de trabajo que le diera posada. Se movía por la zona de Indeco, una colonia de las más peligrosas de este municipio mexicano, zona de fábricas y maquilas. Ahí, gracias el cemento elevado de las industrias manchado con pintadas de la Mara Salvatrucha, la calle que hace de columna vertebral parece amurallada, una especie de límite entre dos países en conflicto. Pitbull trabajó de albañil, de ayudante de mecánico, de carga bultos en el mercado. Todo era provisional. Todo era acostumbrarse a aquel pueblo con aires de ciudad. Un tiempo para hacer amigos y volver a vivir en esa cuerda floja que lo mantiene siempre en el límite de convertirse en cadáver. Esa misma donde caminaba en El Salvador, decidiendo si lo mejor no era ser como sus amigos, meterse a la pandilla, ganarse el miedo con el que se trata a esa familia de desahuciados.

—Yo no es que me quisiera meter a la pandilla, sé que es un pedo andar en eso, pero es que como nos parecíamos… Así, pues, que somos bichos que no estudiaron, que andamos solo vagando y viendo cómo nos divertimos –define Pitbull sus razones.

En Tapachula divertirse siguió significando lo mismo: caminar en la cuerda floja, que si no hay riesgo de caer tampoco hay entretenimiento.

Se topó con otro de su estirpe, “un chavo ratero”, que le hizo la oferta como quien ofrece un pedazo de pan. Eso bastó para que Pitbull volviera a las andadas:

—¿Qué onda, vamos a chingarnos algo por ahí?

—Vamos –respondió Jonhy.

Robaron a mano limpia carteras y bicicletas a señoras y niños. Afuera de las escuelas, en la clase mediera colonia Laureles, en las calles que rodean el mercado. Una de esas carteras lo devolvió a El Salvador. La rapiñó, corrió, pero a la vuelta de la esquina había una patrulla. Pitbull no quiso dejar la bicicleta en la que huía. En lugar de escapar por callejones siguió por las aceras hasta que otra patrulla más lo alcanzó y lo llevó a la comisaría.

—A ver, pinche marerito, a mi país vienes a hacer tus fechorías. Te vamos a recomendar tres años para que aprendas a no venir a joder.

Ya ni intentó explicar que no era ningún “maroso”, sino solo un joven de Centroamérica. Lo único que se le pasó por la cabeza en aquel momento fueron los años.

—Tres años… Voy a salir casi de 21… Ya viejo.

En lo otro no reparó. Siempre que un policía lo detenía, le preguntaba lo mismo: ¿de qué mara? Lo que es costumbre, por definición, ya no llama la atención.

La amenaza fue solo eso. Pitbull se fue a la prisión de menores de Tapachula durante ocho meses. Nadie lo visitó nunca. Ni El Chele ni Auner ni Silvia, su madre.

—Entré como pollo comprado –recuerda tieso y temeroso.

La recibida no fue calurosa. En su primera ducha le pidieron por las malas sus tenis y su bermuda.

Con el paso de los días aprendió a escuchar. Y lo que escuchó le resultó familiar. Cuando oyó palabras como perrito, chavala, boris, chotas, empezó a sentirse en casa. Era el lenguaje de la pandilla, esta vez de la Mara Salvatrucha. Entonces sí supo que hacer. Se volvió a convertir en el muchacho jodón y temerario que siempre fue. Cuatro días tardó en que su jerga le abriera el acceso al grupo dominante de la prisión: el de los pandilleros centroamericanos.

Ahí, en la banda, estaba el líder, El Travieso, un pandillero guatemalteco de 18 años, preso a los 14, cuando ya llevaba tres homicidios, tatuados como lágrimas negras en su rostro; el Smookie, con sus dos gotas de la muerte y el MS en el labio inferior interno; El Crimen, también guatemalteco, también con dos lágrimas; El Catracho y Jairo, ambos hondureños.

—Todos eran letras (MS), todos de Centroamérica, y éramos los meros chingones de la cárcel. Vendíamos la mota, los cigarros y la coca, y poníamos orden a todos los demás pendejitos.

No es difícil suponer que así se construyen identidades. ¿De qué se trata ser joven? Y la respuesta de Pitbull concluye que de ser temerario. Como Juan Carlos, el que reventó a la par suya en Chalchuapa, como El Travieso, como El Crimen, como sus amigos de toda la vida. Como él mismo, que ahora huye de nuevo. ¿Y cuándo ese joven es más reputado? Cuando tiene lágrimas negras en el rostro, cuando siendo niño tiene el currículum de un sicario, cuando dentro de la cárcel él es quien manda y no quien entrega su bermuda ni sus tenis en las duchas.

*

—Lo primero que hice ya siendo de los chingones fue recuperar mis cosas y hueviarles las suyas. Ja ja ja. Se cagaron los bichos cuando llegué con la otra raza a ponerles en la madre. Así era la onda ni modo que anduviera con los vergones y no arreglara eso. Así que reventamos a esos cerotes en el baño –recuerda Pitbull en el albergue de migrantes.

Nos acercamos a la mesa a terminar la partida de conquián, el juego de cartas predilecto de los migrantes, con sus dos hermanos. Por un momento, todos se olvidan de aquellos cadáveres que sin saber por qué les marcaron el destino en El Salvador.

Echan algunas risas. Pienso si no es así, con esa confianza convertida en insultos amables, que se expresan el cariño, la alegría de estar juntos en esta huida. Cuando uno de ellos lanza la carta incorrecta en este juego de velocidad y reacción los otros sueltan carcajadas. Balbucean adjetivos. Pendejo, cerote, burro. El que los recibe también ríe. Ríen juntos.

Auner me aparta por un momento de la mesa. Quiere contarme la decisión que ha tomado:

—Nos vamos en bus por la sierra… Pero… La onda es que… Quiero ver si nos podés echar la mano, porque… Es que no conocemos ni nada.

Acordamos que en lo que se pueda así será. Viajaremos juntos hasta Oaxaca. Acordamos vernos por la mañana en el parque de Ixtepec. Nos despedimos.

En la mañana, el sol aún no calcina en este pueblo que parece capaz de derretir a un ser humano. Una marcha popular recorre las calles adoquinadas, encabezada por el pick up que hace las veces de vocero del periódico local. La gente de los puestos callejeros de ropa y verduras se asoma a ver a los marchantes, unas 100 personas. Esta vez el carro de las noticias ha prestado sus servicios para denunciar la supuesta violación por parte de ocho policías municipales de una prostituta local. No es de extrañar. Hace dos años estuve aquí mismo haciendo un reportaje sobre cómo la banda de secuestradores de migrantes estaba conformada por municipales y judiciales.

—¡Puta madre! –exclamo– la violaron entre ocho.

Auner y El Chele bajan la cabeza. Murmuran un “qué paloma” y siguen viendo las revistas del puesto. Pitbull tarda más en responder. Se queda pensativo hasta que lanza su evaluación:

—¿Y no era puta la chimada, pues?

Quién sabe qué es lo que hace que entre tres muchachos hermanos con la misma historia, el mismo barrio y la misma madre, haya uno que sea más padre, Auner; otro más un adolescente cualquiera, El Chele; y otro que parece un ex convicto de toda la vida. Unos minutos de más un día en la tienda de la esquina donde se conoció a un amigo, un partido de fútbol, una golpiza en un mal momento por parte del padre. Supongo que es eso, algo tan sutil e impredecible como el descenso de una pluma.

Nos embutimos en el autobús de tercera que viaja repleto de indígenas hacia la sierra. Pocas horas tardamos en descubrir por qué esta ruta es utilizada por los migrantes que llevan algunos pesos para el boleto. La calle es una angostura de pavimento que sube, baja y se curva como un intestino indigestado. Bordea precipicios interminables. Corta cerros de piedra caliza. Es comprensible por qué el Instituto Nacional de Migración no incluye a esta dentro de su ruta de retenes.

Sin mucho espanto para un camino diseñado para aterrar al indocumentado, llegamos a Santiago Ixcuintepec. Es un pequeño pueblo de indígenas en medio de la bruma, la llovizna y la sierra tupida. Nos arrimamos al portal de la iglesia para descansar las 9 horas que tenemos libres antes de que el otro autobús salga rumbo a la ciudad de Oaxaca capital. Algunos jóvenes nos ven con mala cara y Pitbull vacila si responderles con otra mirada más lasciva o seguir como debería, cabizbajo, asumiendo que huye y que este camino está del todo en su contra. Por suerte, no dice nada.

Tres indígenas se nos acercan con diferencia de minutos. Enjutos, con caras bondadosas y sandalias de caucho. Todos con mentiras. Dicen que nos llevan a sus casas, en un pueblo intermedio. Dicen que ahí dormiremos bien y tendremos un plato de frijoles con tortillas para llenar la panza. Que solo cobran 2,000 pesos por el grupo. Que el bus que esperamos no saldrá. Son una panda de timadores. El bus sí saldrá y su precio es de 100 pesos por cabeza. Este pueblito, como otros tantos que he visto en este camino, no tardará mucho en convertirse en un nido de rateros. Los migrantes son la presa perfecta. Huyen de las autoridades. Se esconden, quieren ser invisibles.

Los muchachos me voltean a ver sin saber qué contestar. Es obvio que la idea no les resulta mala. Avanzar es avanzar de todas formas. Aún son ingenuos en estas rutas de la mentira.

*
Los otros cadáveres

—Ey, madrecita, aliviánenos con unas sodas –dijeron Los Chocolates a doña Silvia.

Los Chocolates eran dos hermanos pandilleros de Chalchuapa. Ambos de la 18. Pasaban las mañanas y ocasos frente a la tienda de doña Silvia, la madre de los hermanos Alfaro. Pedían un refresco regalado, con ese deje de poder que recubre a los pandilleros en sus zonas. Fumaban marihuana y montaban guardia en su barrio.

Era el 19 de junio de 2008. Un día de lo más normal. Una rutina diaria.

—Otra vez esos muchachos. Que no podrán irse a poner a… –intentó terminar la frase doña Silvia cuando escuchó ocho detonaciones y los alaridos de su hija mayor, que estaba afuera con sus pequeñas.

La madre salió corriendo. Encontró a su hija y sus nietas amontonadas en una esquina pegando gritos. Un taxi aceleraba dando vuelta en U. Los Chocolates, Salvador y Marvin, de 36 y 18 años, yacían desparramados en el suelo. Cara, pecho, piernas, todo había sido partido por el metal.

El taxi había llegado segundos antes, con sus vidrios polarizados hasta arriba. Se estacionó frente a Los Chocolates, que descansaban en el murillo de la tienda. Como quien va a bajar el vidrio para pedir una dirección, el taxi se mantuvo inmóvil. En efecto, los vidrios se bajaron, los de adelante y los de atrás del lado derecho del coche. Salieron cuatro cañones de 9 milímetros. Empezó y terminó la masacre.

Silvia se quedó mirando el taxi en su huida. Petrificada.

Escenas fugaces e incomprensibles. Esa es la materia de la que se componen los campos de la violencia. No son zonas de traqueteos de metralleta ni de hombres y mujeres corriendo constantemente. Son silencios y ocasos que se rompen por esa fugacidad en las banquetas donde los niños juegan, en las esquinas donde los jóvenes conversan, en las tiendas donde las madres despachan.

Después, como quien despierta a medianoche, todo vuelve a la normalidad. Silvia dijo a las niñas que entraran. Cerró la tienda. Nadie se quedó para ver cómo los forenses levantaban los cadáveres. Nadie se quedó a dar ninguna respuesta.

Pero a Silvia algo le daba vueltas en la cabeza. Ella creció en este país, en zona de pandillas. Ahí crió a sus hijos. En su mente, una cosa, quien sabe cómo, podía derivar en otra. Corazonadas de madre, supongo. Al día siguiente llamó a sus dos hijos, a Auner y a Pitbull que recién había llegado deportado de la prisión de menores de Tapachula y les pidió que se fueran a Tacuba, a chapodar los campos del abuelo. El Chele seguía en la ciudad fronteriza mexicana y nadie le contó que dos cadáveres de pandilleros cayeron en el porche de la tienda de su mamá.

Quién sabe qué le cruzó por la cabeza a Doña Silvia. ¿Sabía algo? Nunca lo averiguarán. Nadie los apuntaba aún, pero su madre presintió algo. Ella dio el pistoletazo de salida: huyan muchachos.

Auner y Pitbull hicieron caso. Se fueron. Chapodaron, pastorearon vacas y afilaron machetes en Tacuba, pero aquello era muy aburrido. Para Pitbull era como volver a ser un joven campesino cuando intentaba por todos los medios ser un joven moderno, jugar a las maquinitas, comprarse camisas polo, conquistar a las chicas y ponerse aretes. Para Auner era inviable. Él tenía una mujer y un sueño de mantenerla. Su abuelo le pagaba en frijoles y tarros de arroz con tortillas. Eso no era suficiente.

Por aquellos meses de mediados de 2008, los dos se fueron a Tapachula. Auner durmió una última noche con su mujer. Pitbull probó por primera vez fuera de los barrotes la marihuana con sus amigos de Chalchuapa. Al día siguiente se juntaron y montaron un autobús rumbo a Tapachula.

Allá, en la ciudad de frontera, se dieron la mano, se dijeron adiós y continuaron con esa relación de hermanos campesinos que no se abrazan ni construyen destinos juntos. Hasta que el destino mismo los obliga. Uno albañil, Auner; el otro carga bultos, Pitbull. El Chele, en lo suyo, en sus esquinas de parques, sus chicas, su taller mecánico y su pelo engominado.

Una noche de agosto Auner volvía del trabajo caminando por el parque de Tapachula. Cuando aquel aire caliente le atravesaba el pelo negro y tupido, el tiempo que dejó atrás lo obligó a juntar a sus hermanos. Auner recibió una llamada de su tío en el celular. Aquella tarde, el mayor de los hermanos escuchó la peor noticia de su vida con la sequedad de mensaje de quien sólo recibe una mala noticia. Un problema cotidiano: Auner, hoy nos cortaron el agua; Auner, hoy me rompí una pierna.

—Auner, hoy mataron a tu mamá.

Doña Silvia Yolanda Alvanez, a sus 44 años, murió de un balazo en el centro de la frente o de un balazo en su sien izquierda. Quien sabe cuál entró primero. Fueron dos muchachos. Uno manejaba la bicicleta, el otro iba parado en los tornillos de las ruedas. Aparcaron frente a la tienda. Ella lavaba trastos en la piedra. Caminaron silenciosos frente al hermano de Silvia, el tío de los muchachos. Se pararon junto a ella. Uno enfrente, el otro al lado. Le volaron la cabeza.

*
La melancolía del que huye

—¡Ve que hijueputa este! –dice Pitbull levantando la voz con toda la intención de ser escuchado.

El autobús que va de Ixcuintepec a la capital de Oaxaca traquetea más que el anterior. Esto sí es romper la oscuridad. La luz de los faros que se extiende genera dos remolinos de mosquitos y mariposas nocturnas que giran allá adelante cuando salen de la selva que atravesamos. Pitbull cede ante la impotencia y se echa a dormir. Desde hace varias horas está intentando que el motorista quite la monótona música norteña que nos ha impuesto desde que salimos. Pitbull quiere un disco que asoma en el tablero, un disco de reguetón.

El Chele y Auner duermen allá atrás. Previendo que algún policía pudiera subirse decidimos repartirnos en diferentes asientos. La buscada confusión poco hubiera funcionado. Los muchachos son casi fluorescentes en el autobús: entre indígenas, tres jóvenes con pantalones flojos y zapatos tenis. Más que viajar, huyen. Eso se nota. Son los tres de sueño ligero. Son los que se despiertan a asomarse por las ventanas cada vez que el bus se detiene. No importa si es para que el motorista orine, salude a algún indígena en un pueblito o suba a otro que espera entre los árboles. Se asoman.

Amanece entre las montañas. La vereda de tierra se ha convertido en una carretera de curvas cuando abrimos los ojos. El Chele ha viajado en silencio. No ha pronunciado palabra y ha mantenido la mirada perdida entre los montes. Pitbull, mientras ha estado despierto, ha sido el mismo muchacho inquieto de siempre, volteando a ver para todos lados, lanzando una que otra broma, insultando al motorista, tarareando tonos que le vienen a la mente. Auner iba cansado y eligió dormir casi todo el camino, pero ahora que ha despertado, una mirada triste se le escapa por la ventana. Con el ceño fruncido de quien recuerda, el mayor de los hermanos viaja con gesto de preocupación cuando me siento a su lado.

—¿Qué te pasa, viejo? –pregunto

—Aquí, dándole vueltas a la cabeza.

—¿La familia?

—La familia.

—¿Qué pensás?

—Solo que espero que estén bien… Que las amenazas que nos llegaron no fueran para ellos también… Es que como fueron así tan raras… Sin decir para quién iban, pues… Solo que para la familia.

*

La familia, para Auner, se traduce en los muchachos que lo acompañan en este autobús, en su hermana mayor que se quedó atrás, en su mujer y su hija de dos meses. El resto de su familia, su abuelo, sus tíos, sus primos, todos los que se quedaron callados ante la muerte de doña Silvia, le importan un pito.

—A esos que se los lleve la bestia si quiere.

Aquella noche calurosa de Tapachula cuando Auner recibió el llamado de su tío, juntó a sus hermanos para que iniciaran la marcha fúnebre para despedir a su madre.

Ninguno quiso contarme cómo vivió el momento. Solo me dijeron frases cortas: fue duro, nos ahuevamos, bien pura mierda.

Dos días viajaron como migrantes a la inversa, buscando el sur, alejándose de Estados Unidos, pidiendo aventón, cruzando la frontera de México a Centroamérica por el río que los divide. Llegaron tarde, sólo para ver cómo metían la caja con su madre bajo tierra.

El Chele llevaba adentro la rabia de un niño asustado. Enojado, pero con más ganas de llorar que de pegar. Pitbull y Auner, sin decirse nada, querían matar. ¿Pero a quién?

Una lápida de silencio cayó sobre el cadáver de su madre. El tío que vio pasar a los sicarios enmudeció: no, no sé nada, no los vi, me quedé paralizado. Fue todo lo que dijo. El abuelo, el patriarca de la familia, desde su Tacuba campesina y con su biblia de pastor evangélico como escudo repetía su monserga: confórmense, déjenla en manos de Dios, así lo quiso él, dejen de preguntar.

Pasaron los meses. Ellos insistiendo y el silencio respondiendo. Las preguntas se fueron atenuando. La rabia se convirtió en tristeza. Las dudas quedaron ahí. ¿Habrá sido una venganza de los borrachos a los que Pitbull encerró? ¿Habrá sido la mara que no quería testigos de la muerte de Los Chocolates?

—Quizá una vieja que es bruja y que odiaba a mi mamá –agrega Pitbull.

En un país como El Salvador, la muerte no tiene una sola cara. No viene de un solo lado. Se presenta a veces en forma de abanico. Sus mensajeros son tantos que cuesta pensar en uno solo. Es como cuando en el mar sientes que algo te picó en el pie que enterraste en la arena. ¿Un cangrejo, una medusa, un erizo? ¿Un borracho, un marero, una bruja?

Los meses pasaron bajo el calendario del luto. Dos meses de rabia y preguntas. Dos meses de conformismo intermitente. Un mes de tristeza a secas.

Después, los muchachos recogieron lo que sembraron. Aquellas preguntas que hicieron nunca parieron respuestas, pero sí amenazas. La misma semana su tío y su abuelo, desde Tacuba y Chalchuapa, recibieron la misma advertencia que trasladaron a Auner para luego volver a enmudecer.

—Muchacho, alguien los quiere matar, me dijeron que van a matarlos a ustedes tres y a toda la familia.

Nada más.

El verdugo clandestino regresó como siempre lo hizo en la vida de los hermanos Alfaro. Regresó a los meses, cuando el último estallido de violencia se había disuelto en el tiempo. El verdugo volvía a hacer gala de su paciencia y memoria. Sin dar explicaciones, sin mostrar la cara. Las únicas decisiones que permite son esperar o huir.

Sintieron la condena de su región, la fuerza con la que su país lanza los escupitajos hacia afuera o el bagazo de 14 cadáveres diarios en promedio. Ellos son escupitajo. Hicieron maletas y emprendieron el viaje por sus vidas.

Se unieron a la romería de los vomitados centroamericanos. Se metieron en este flujo de los que escapan. Unos de la pobreza, otros de la imposibilidad de superarse. Muchos, de la muerte. Esa que todo lo cruza y que toca a los jóvenes, viejos, pandilleros y policías.

*

No puedo evitar pensar en otras historias que conocí en este camino. La sorprendente indiferencia con que las amenazas caen a la par de personajes distintos. Recuerdo como ejemplo claro de esto el gesto similar de susto con el que la policía hondureña y el pandillero guatemalteco me contaban lo mismo: tuve que escapar. Y enfatizaban el “tuve”.

El pandillero se llamaba Tirson. Tenía 18 años, 15 de vivir en Los Ángeles con su madre. Desde hacía cinco años pertenecía a la pandilla 18 en su gueto latino. Lo deportaron cuando ya no estaba en activo, por un robo que cometió contra una tienda 24 horas.

Lo conocí durante tres días. Fue a medio México, cuando viajábamos en tren hacia Medias Aguas, colgados de las parrillas de aquella bestia nocturna. Una lluvia torrencial caía mientras el gusano rompía los cerros intransitables para otro vehículo. Fumábamos haciendo cuenco con las manos. Él hablaba desbocado haciendo énfasis en una frase que según la interpreté buscaba que yo entendiera que él no tenía opción, que hay gente en el mundo que no tiene dos ni tres sino solo una alternativa.

El efecto del tren es siempre el mismo. Allá arriba no hay periodistas y migrantes. Hay gente colgada de una máquina que lleva sus vagones vacíos. Allá arriba sólo hay marginación y velocidad. Y todos somos iguales, porque el suelo está al mismo palmo de nuestros pies y porque las sacudidas nos sacuden a todos por igual. Es todo lo que importa.

Tirson volvió deportado a Guatemala, un país que no conocía. Hizo lo que pudo, llamar a su tío paterno a Los Ángeles con la única llamada que le dieron las autoridades migratorias de su país. Consiguió una dirección. Hacia allá fue, a buscar a un señor que no conocía.

Llegó a un barrio marginal, a la par de un río. Eso me contó. Entró caminando, como cualquiera entraría a cualquier barrio. Le pasó lo que le pasaría a cualquier joven inexperto en Centroamérica, que no sabe que estos no son barrios cualquieras. Una turba de muchachos salió de un callejón. Le cayeron a patadas y le arrancaron la camiseta.
—¡Ajá, un chavala hijueputa! –gritaron hambrientos cuando le vieron el uno y el ocho en su espalda.

Tirson alcanzó a gritar el nombre del señor al que buscaba.

—¡Alfredo Guerrero, Alfredo Guerrero!

La turba se calmó por un segundo. Se voltearon a ver entre sí y lo arrastraron por la colonia como quien arrastra un animal. El cuerpo moreteado de Tirson fue lanzado a los pies de un hombre en el interior de una casa. En una mejilla el hombre tenía una M; en la otra, una S.

—Ajá, chavala de mierda, ¿para qué me buscás? –dijo el hombre.

—¿Alfredo Guerrero? –repitió Tirson.

—Ajá –contestó el hombre.

—Soy Tirson, tu hijo, me acaban de deportar.

El hombre -así lo recordó en aquel tren Tirson- abrió los ojos hasta más no poder. Después respiró hondo y volvió a tener aquella mirada de rabia.

—Yo no tengo hijos chavala –zanjó su padre.

El hombre, sin embargo, le hizo el único regalo que Tirson recibió de su padre. Reconoció ante su barrio que ese era su hijo. Le entregó como obsequio un hilo de vida.

—No vamos a matar a este culero, pero le vamos a aplicar el destierro. Y si te vuelvo a ver, hijueputa, creéme que yo mismo te voy a matar.

Lo desterraron. Lo dejaron en calzoncillos, con su 18 expuesto, en otra zona de la Mara Salvatrucha, de la que Tirson logró salir embarrándose de lodo y aparentando ser un loco.

A la policía la conocí con meses de diferencia de Tirson. Se llama -o se llamaba, quién sabe si logró llegar a Estados Unidos- Olga Isolina Gómez Bargas. Rondaba los 30 años. Su historia también era la de un terreno donde no hay que entrar. Su relato también llevaba tatuadas dos letras. MS.

La hondureña decidió huir de su país porque una bala iba a atravesarle la cabeza. La bala iba a salir de una pistola 9 milímetros. Una que ella portaba en el cinturón cada día. Olga Isolina era policía.

A su primer marido, también policía, se lo mató la Mara Salvatrucha en un operativo. Una leve descoordinación. Entró cuando los refuerzos aún no llegaban a una zona del barrio El Progreso. Una lluvia de 30 balas le mojó de sangre todo el cuerpo. Ocurrió dos años antes de que Olga me llorara su historia en las vías, cuando escapaba de sí misma.

A su segundo marido, otro policía, se lo mataron un año y medio después que al primero. Ella vivía en una colonia de la Salvatrucha, pero había sabido cómo rebuscarse para que no se enteraran de que era policía. Trabajaba en otras zonas. Regresaba a su casa vestida de civil cada fin de semana. A su marido la cautela le importó un comino. Él entraba al barrio vestido de policía y con la pistola en el cinto.

Un día, por atrás, tres balas en la nuca le explicaron al segundo marido de Olga Isolina que la soberbia y la violencia no se llevan bien. Desde entonces, ella empezó a ver a su pistola de a diario como una salida de aquel huracán.

—Me mato, mato a mis hijas y a mi perro para no dejar a nadie desamparado –pensó muchas veces acariciando la cacha de su 9 milímetros.

Hasta que eligió mejor separarse de su pistola. Salir de la policía e ir a buscar al norte un trabajo donde no hubiera balas con las que suicidarse.

La violencia, como bien sabe Olga Isolina, no sólo espanta a punta de cañón. También a insistencia de la tristeza. La violencia, bien lo saben los hermanos Alfaro, ahuyenta incluso cuando no tiene rostro.

*
Adiós, muchachos

El centro de la ciudad de Oaxaca se muestra colorido y dominical cuando nos bajamos del taxi. Hace unos minutos llegamos a la terminal de buses de tercera, provenientes de la sierra de Oaxaca. Niños rubios pasean de la mano de sus globos a la par de sus padres también rubios y sanos que fotografían a las indígenas que venden artesanías en la plaza.

Auner, Pitbull y El Chele sonríen con recato ante aquello, como si no se lo merecieran. Abren los ojos y tuercen la nuca de un lado a otro. Uno sigue los pasos del otro que a su vez sigue los pasos del anterior. Buscan guía en este pequeño mundo perfecto. Esta plaza de paletas y manzanas acarameladas. Caminan como un gusano torpe que no logra coordinar ninguna de sus patas. Parecen el extracto de una película blanco y negro en una de color.

Ya sabemos que aquí nos diremos adiós. Los acompaño en su última negociación. Su padre, desde Estados Unidos, les dictó un número de celular. Les dijo que es un amigo oaxaqueño que conoció en el norte, con quien trabajó. Él les echará una mano.

Se preguntan en qué los ayudará. ¿Es un coyote al que su padre le ha pagado para que los lleve seguros hasta su encuentro? Ojalá, suspiran los tres hermanos. ¿Es solo un amigo que les dará comida y casa para que descansen antes de continuar su huida? Bueno, algo es algo, repiten.

Les doy el celular para que salgan de la duda. Queda claro que en cuanto a migrar se trata, los tres Alfaro son inexpertos. Escapar es otra cosa, no hay alternativa ni mucha estrategia. Solo aquella que la prisa permita. En este camino hay lobos y caperucitas. Ellos no se mueven como lobos. Me queda claro cuando ni por un momento se preguntan qué hacer si el amigo de su padre es un coyote. Con uno de esos ases del camino hay que saber qué palabras utilizar, qué negociarle. Son expertos subiendo cuotas, cobrando servicios extras. Si detectan que enfrente tienen a un primerizo le harán perder su virginidad sin compasión.

La llamada termina. Auner me devuelve el celular con el vacío en los ojos. Es solo un amigo. Un plato de comida, una cama caliente y algunos consejos.

A partir de ahora, seguirán solos en su huida. La noticia les cae como balde de agua fría, porque aunque puedan seguir tomando algún que otro autobús, los espera el tren. La bestia. Tarde o temprano. Sus asaltantes, cuatro puntos más donde puede haber secuestros y la región norte mexicana, donde más operativos policiales de migración ha habido en el último año.

*

Las tardes en la plaza de Oaxaca te llenan de calma. Hojas secas tapizan el suelo o vuelan por ahí. Ancianos descansan en bancas forjadas frente a las que la gente pasa saludando con alegría.

En una de esas bancas, en un remanso en la huida, luego de lanzar una mirada humilde y cómplice a El Chele y Pitbull, Auner me hizo su pregunta:

—Disculpá, espero que no te ofenda, pero hay algo que no entendemos. ¿Por qué nos ayudás? ¿Por qué te importa?

Parece sencilla de responder. Porque voy a contar su historia. Pero en el contexto del adiós es un enorme nudo introducido de golpe en la garganta. Sin bisturí. A mano limpia.

Aquella pregunta escondía otras miles. ¿A quién le pueden interesar tres condenados a muerte? ¿Por qué seguir a unos hermanos campesinos que solo dejaron cadáveres atrás? ¿Qué tienen de raro los cadáveres? ¿Por qué ayudarnos? ¿Por qué, si hasta nuestro propio país nos echó? ¿Qué de importante puede haber en lo que ha sido escupido?

No hubo tiempo de nada más. Un hombre prieto se acercó a la banca. Era el amigo del padre de los hermanos Alfaro. Hizo un gesto rápido con la mano. Nos dimos un fuerte abrazo y vi a Auner, Pitbull y El Chele perderse en la plaza, entre niños y juegos. Ellos continúan escapando.

Los días pasan y la comunicación con los muchachos se reduce a intercambio de mensajes de celular.

—¿Dónde están? ¿Cómo están?

—Bien. Vamos a tomar un bus para DF.

Los días pasan. En Chalchuapa y Tacuba varios jóvenes siguen cayendo como Auner, Pitbull y El Chele estaban condenados a caer. Roberto, Mario, Jorge, Yésica, Jonathan, José, Edwin, todos entre los 15 y los 27 años fueron asesinados en estos meses de agosto y septiembre.

—¿Dónde están? ¿Cómo están?

—Aquí vamos. Ya no nos queda de otra, vamos a subirnos al tren.

La comunicación se interrumpe. Mis mensajes se quedan sin respuesta. Hoy, principios de septiembre, hubo un secuestro masivo en Reynosa, frontera norte de México. Al menos 35 migrantes centroamericanos fueron bajados por un comando armado de Los Zetas cuando los indocumentados llegaban a esa ciudad montados como polizones en el tren de carga.

—¿Dónde están? ¿Cómo están?
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miércoles 2 de diciembre de 2009

La misteriosa desaparición de los Pomar- Candelaria Schamun


Esta nota fue publicada en el diario Crítica de la Argentina. Es, a nuestro humilde entender, lo mejor que se ha escrito sobre la desaparición de los Pomar. Y su autora, nada menos que nuestra querida posteadora y coordinadora oficial –Cristian Alarcón–

A Fernando Pomar le dicen “El Puma”. Juan Castro, un amigo de Pergamino, convivió cinco años con él en un departamento de San Telmo y lo eligió como testigo de su casamiento. Él no cree que Fernando haya tomado la decisión de irse y no lo ve capaz de tomar una determinación trágica. El lunes 16 de noviembre Fernando tenía una entrevista de trabajo en una empresa avícola en Pergamino. Pero los investigadores sospechan que no iba a ir a cita: la ropa que usaba siempre para esas ocasiones -un pantalón de vestir claro y una camisa- quedó doblada sobre la colcha estirada de la cama matrimonial en su casa de José Mármol. También quedaron los zapatos de cuero. Por esa, entre otras causas, la Justicia lo investiga. La familia más buscada de Argentina desapareció el sábado 14 de noviembre. Cuando en los canales de noticias se dan informaciones sobre ellos el rating –medido minuto a minuto– trepa varios puntos.
–En el matrimonio había violencia verbal y en el último tiempo mi hija había empezado a reaccionar. Él le gritaba a las nenas o tenía una actitud violenta con mis nietas. Fernando tiene mano pesada– cuenta la madre de Gabriela, María Cristina Roberts.
La mujer también dice que iban a terapia de pareja porque a Fernando le costaba integrar a Franco, el hijo que Gabriela tuvo con un novio anterior. El nene de 13 años está refugiado con su padre en Pergamino. Lo mantienen lejos de los televisores. Extraña que su mamá no haya vuelto a buscarlo y dice que tiene que haber una razón muy fuerte para que ella no esté con él.
Franco es callado. Le gusta jugar al fútbol en el patio de su casa con los amigos del colegio. También pasaba horas con la Play Station. Los cumpleaños se los organizaba Gabriela, que lo protegía mucho. Era el hombrecito de la casa, se llevaba muy bien con sus hermanas. Su padre ahora lo lleva al psicólogo y a una maestra particular por las materias que tiene que rendir. Gabriela era la encargada de comprarle los regalos a sus hijos. “Cuando los chiquitos se mandaban una macana, las reprimendas no eran iguales para las nenas que para Franquito”, dice María Cristina.
La policía allanó por cuarta vez el chalet de los Pomar: se llevaron peines para extraer material genético y los dibujos de las nenas para que los peritos psicológicos analicen si existe algún indicio de violencia familiar. Cuando terminaron la requisa le pusieron faja de clausura a las puertas y ventanas.
–El Puma construía relaciones rápidas y era un tipo entrador y simpático– dice Juan.
Así la conoció a Gabriela Viagrán, en 1998, en un bar en la avenida principal de Pergamino. Fernando hacía cinco años que vivía en Buenos Aires. Ella estaba un poco deprimida porque se había separado de su ex pareja. Fernando sabía que sus ojos celestes eran su principal arma de seducción. Siempre hacía alarde de ellos. Pero con unos kilos de más se veía los cachetes gordos y lamentaba que sus ojos no resaltaran tanto.
Estuvieron de novios poco más de dos años. Fernando viajaba los fines de semana a verla. En 2003, Gabriela quedó embarazada y se casaron en una capilla. Hicieron un almuerzo en el Club El Fortín.
“Fue una fiesta sencilla. Ella se puso un trajecito”, recuerda Cecilia Pomar, hermana de Fernando, sentada en la puerta de su casa en Pergamino.
Gabriela dejó el trabajo como secretaria en el Club Libanés; pese a la opinión en contra de su familia, se fue a vivir a Buenos Aires. Alquilaban una casa en Adrogué.
–No sabía quién era ese chico. Hacía años que vivía en Buenos Aires. Yo no quería que se llevara a mi nieto Franco a Capital– dice María Cristina.
Gabriela cambió su vida. Ya no trabajó más y se dedicó a ser la esposa de Fernando Pomar: cocinar, hacer los mandados, llevar a los chicos al colegio.
–Escucharlo hablar de ella era emocionante. Era una relación de mucho amor– recuerda Juan.
En el último viaje que Fernando hizo a Mendoza –una semana antes de desaparecer– los amigos dicen que Gabriela escribió en el Facebook de su marido: “Volvé Gordo que te extraño”.
Juan y Fernando se conocieron cuando tenían 16 años. En esa época, El Puma jugaba al básquet en el Club Gimnasia y Esgrima de Pergamino. Y Juan lo hacía en un equipo contrario. De a poco el grupo se fue fusionando y se hicieron amigos. Fernando era hincha de Douglas Haig de Pergamino, un equipo que juega en el torneo Argentino B de fútbol, una categoría del ascenso.
Fernando hizo cuarto, quinto y sexto año en el colegio Albert Thomas de La Plata porque en Pergamino no había escuelas con orientación técnica.
Cuando terminó viajó hacia Buenos Aires y se anotó en la UBA. La facultad no la terminó. “No sabía hacer ni lavandina”, dice Ariel.
Según Juan, era medio vago para estudiar y muchas veces le quedaban finales colgados; “pero era inteligente”, dice. Era un tipo que no se quedaba quieto. El primer emprendimiento del Puma fue comprar ropa en Buenos Aires y venderla en Pergamino. El negocio le duró unos seis meses.
Las tareas en el departamento donde vivía con Juan estaban divididas: El Puma siempre prefería cocinar antes que limpiar. Hacía unas tartas muy ricas.
La última vez que Juan lo vio fue en agosto de este año, en un cumpleaños en Pergamino “Estaba buscando trabajo. Me dijo que tenía algo en Munro pero nada estable. Tenía planes de volverse a Pergamino”, dice Juan.
Unas semanas atrás, Ariel Orive, otro amigo de Fernando, chateó con él.
–Tengo ganas de comprar una máquina para fabricar bolsas de polietileno –le contó El Puma.
–¿Querés venir a Mar del Plata para ir a la cancha a ver a Douglas? Juega con Alvarado– le propuso Ariel.
Su amigo dudó, quizá tuvo ganas de aceptar la invitación, pero al final le respondió:
–No, gracias, estoy complicado con la guita. Además tengo una entrevista de laburo.
–Venite a Pergamino que acá conseguís trabajo sí o sí– insistió Ariel.
Ariel dice que Fernando estaba firme con la idea de volver a vivir a Pergamino. Si no vendía la casa tenía pensado alquilarla.
Fernando estaba preocupado por los problemas de la inseguridad. Hace diez años lo asaltaron. Le robaron su Fiat Palio. Lo obligaron meterse adentro del baúl de un Coupé Fuego. Eso lo había marcado y ahora no le gustaba salir de noche y había enrejado todas las ventanas del chalet de José Mármol.

Pergamino
–Nos invadieron los porteños–, dice el señor Torres, una pintura del pueblo de Pergamino: boina escocesa, pantalón de vestir y pulóver celeste, mientras mira uno de los tantos móviles de televisión estacionados enfrente de su casa que tapa la salida del auto.
En la puerta de la fiscalía un grupo de periodistas espera alguna noticia de la familia Pomar. Los chicos luego de dar unas volteretas en la plaza principal pasan delante de las cámaras y saludan.
El ruido de los generadores de electricidad de las camionetas de TV aturden. Una señora con una bolsa llena de verduras le pregunta a un periodista: “¿Alguna novedad de los que faltan?”
En la peatonal un par de amigos se juntan a tomar cerveza. Charlan sobre la familia que mantiene en estado de alerta permanente esta ciudad de cien mil habitantes a 220 kilómetros de Buenos Aires.
“Para mí a la familia se la chuparon los ovnis. El hombre debe estar trabajando como remisero con el Duna rojo en Marte”, bromea uno de los diareros de la ciudad.
Algunos vecinos dicen que la familia más buscada del país fue secuestra por una organización de tráfico de órganos. Otros, que Fernando Pomar andaba en algo raro en Buenos Aires. “De Pergamino se fue hace 15 años. La papa está en Capital. Acá no van a encontrar nada. Igual en el pueblo no mostramos las pelusitas ajenas”, dice Pedro sentado en un bar en pleno centro.
A las siete de la tarde, cuando arrancan los noticieros y las cámaras se prenden para dar las noticias en vivo, los curiosos se amontonan y ven y se ven en simultaneo en los televisores de los bares. El café se les enfría: podría estar jugando Argentina su última chance para el mundial de Sudáfrica. Pero no. Escuchan atentos a Carlos del Valle, un hombre que conoce a la familia Pomar, hablar ante los micrófonos de Telenoche.

El último día
En la puerta del chalet de la casa de José Mármol hay dos carteles inmobiliarios que anuncian que la casa está en venta. Está tasada en 78 mil dólares. Fernando había tomado la decisión de volverse a Pergamino. Gabriela estaba cómoda en el barrio. Dos amigas de ella dice que cada vez que un posible comprador iba a ver la casa ella lloraba porque se quería quedar.
Al chalet, según sus vecinos, entraban pocas personas. Los domingos almorzaban con un matrimonio amigo.
El sábado 14 en esa localidad del sur del conurbano bonaerense hizo un calor pegajoso. Gabriela, después de almorzar con Candelaria y Pilar, lavó los platos y los vasos y los dejó sobre la mesada. En el freezer quedó carne y pollo congelado, algunas milanesa que habían comprado la semana anterior en la carnicería de José Luis:
- Fernando estuvo deprimido tres o cuatro meses. La última vez que vino a comprar milanesas, ocho días antes de desaparecer, estaba contento porque se iba a comprar una máquina para hacer bolsas. Me dijo que eso dejaba plata. Ella cuando venía hablaba de política- recuerda José Luis mientras acomoda una media res en la cámara frigorífica.
Ese sábado, como siempre a las dos de la tarde, pasó el camión de basura a retirar las bolsas de residuo.
Las nenas a la tarde estuvieron en el patio en bombacha y descalzas: dieron algunas vueltas en la calesita y jugaron con una pelota.
Fernando estuvo todo el día afuera de su casa. A las cinco de la tarde volvió. Dijo que había tenido una entrevista de trabajo en Olivos.
Cargaron las cosas en el Duna Weekend rojo. Revisaron que todo estuviera cerrado. Por descuido o no los documentos de Candelaria, Pilar y Gabriela quedaron en la casa.
Dejaron en la jaula del canario la suficiente cantidad de alpiste para los tres días que iban a faltar de su casa. Por las dudas dejaron la luz prendida del patio. Cuando cerraron las rejas, como siempre, las cañas del “atrapa sueños” sonaron con el impacto de la puerta.
Fernando se sentó en al asiento del conductor. Al lado Gabriela y Pilar a upa. Atrás Candelaria y Franco, el hijo de la mujer. Por primera vez en dos años no le avisaron a Ana María, una vecina, que se iban de viaje. Tampoco le dejaron la comida para la perra.
A una de las pocas cosas que la policía le sacó fotos en la casa del matrimonio en José Mármol fue a unos lobulitos y a unas gotas homeopáticas que estaban en una alacena de la cocina. Juan dice que El Puma siempre andaba con esas gotitas encima y las tomaba para adelgazar.
El barrio donde vivía la familia es tranquilo. Los sauces llorones dan un poco de sombra, las flores de los jacarandás se desparraman en las veredas como alfombras color lavanda. Huele a pasto recién cortado. No se escuchan bocinazos, sólo pájaros que trinan.
Primero fueron hasta Claypole a dejar a Franco en la casa de un amigo. El nene estaba contento de quedarse.
Antes de bajarse del auto le dio un beso a su familia y Gabriela le dijo:
– Nos vemos el lunes, hijo.
A las seis de la tarde en esa zona sur del conurbano los lubricentros y los desarmaderos aún están abiertos. En las paradas de colectivos hay colas de gente esperando.
En el Camino de Cintura un castillo inflable de colores se mueve con el viento y las Pelopinchos de un local de piletas todavía están en la vereda.
Al costado del Camino Negro un perro hinchado se descompone y el resto de un Fiat quemado sirve de apoyo de un pizarrón negro: “morrones veinte pesos, sandia diez”.
Sobre el Puente La Noria una caravana de gente arrastra las bolsas de ropa que compró en La Salada.
Los Pomar subieron a la General Paz y después tomaron el Acceso Oeste a la altura de Liniers. Luego agarraron la ruta 7. El corredor 14 del peaje de “El Rodeo” filmó el paso del Duna rojo. Unos kilómetros más adelante quedó registrada la última imagen en el peaje de Villa Espil.
En el patio de la casa aún está la luz prendida, los broches de ropa quedaron tal cual los acomodó Gabriela. Las zapatillas de cuero blancas siguen tiradas en el pasto que Fernando cortó el viernes antes de desaparecer.
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lunes 30 de noviembre de 2009

Ciudad Gótica- María de los Ángeles Alemandi


Nada de grises. Las uñas de negro. Y los ojos. El jean oscuro, la remera también, los zapatos por supuesto. El detalle de los aros, con un anillo negro de casualidad. Estoy lista o al menos a tono. Soledad viene conmigo, dice que estas cosas la divierten.
El taxi frena en la puerta de un barcito de San Telmo, a la una y media de la mañana. Adentro, abajo, hay una fiesta: la Gothic BA. La entrada sale $15, es un numerito celeste de esos talonarios que se usan para hacer las rifas escolares.
La escalera está a unos metros, por ella sube una música que suena satánica. Allá vamos. Con cada paso se descubre otro centímetro de ese sótano. Trastabillo cuando piso el tercer escalón y Sole me tira un manotazo. Ahora se ven unos borcegos. Brillan como recién lustrados y están acordonados con fuerza. Después aparece una falda que toca el piso; la luce una mujer de angosta cintura, que tiene en el cuello un volado blanco y que ahora me mira a los ojos. Es Noemí. Sonríe. Tiene un vestido renacentista, como los que cuelgan en los percheros de su tienda de ropa. Lleva el cabello recogido y parece otra, porque su pelo fue lo que más llamó la atención la primera vez que la vi: rubio y bien batido, con mechones que hacían punta y caían para cualquier lado.
Noemí nos recibe con un beso y una tarjeta para promocionar las prendas que diseña “con una estética romántica y porqué no oscura”. Estudió Bellas Artes, tomó clases en las escuelas de diseño más importantes de Londres (Central Saint Martins College of Art y London College of Fashion) y se graduó en Alta Costura.
Ama el negro. Esperó hasta cumplir los 15 para que sus padres la dejaran vestir como a una viuda. Ese día tiñó toda la ropa que tenía. Ahora está casada, tiene dos hijos y no se escapa de ese momento de la vida en que la edad no se dice “por coquetería”.
Es una especie de Morticia platinada. Lógico, su nena de cinco años quiere ser como ella, pero mamá le llena los cajones con ropa de color: “Que en su ropero como en su cabeza tenga variedad, que no piense que lo que hacen sus padres es lo único”, dice.
Para Noemí el negro no es buen gusto, ni síntoma de pesimismo, ni pariente de la muerte. Es la negación de lo otro: la antimoda, la anarquía. Decir no a un sistema o a una forma de vida.
En aquella fiesta la ropa oscura apesta: los vuelve a todos iguales. Eso que escandaliza en la calle ahora los condena a lo homogéneo. Después de un rato lo raro es un pibe de campera de jean, una rubia con un vestido azul, un flaco de camisa a cuadros.

La nena
En el medio del salón hay un pequeño escenario donde los DJ pasan música “gótica + deathrock + electro + classic”. Recostado contra una pared hay un piano. Telarañas de cotillón caen sobre la pista. Y al fondo está la barra -el placer de los lugares comunes.
Soledad pide un gancia y saca fotos. No muchas: no vaya a ser que nos confundan con floggers. Se asombra cuando Pamela (alias 1: Bloody - alias 2: Pink) viene a saludarnos. Le parece imposible que a esa chica la voz le salga tan dulzona y se le achinen los ojos cuando ríe.
Pame tiene 19 y nos saca más de una cabeza. Es una gótica sensual, con el pelo teñido de un fucsia descarado, que supo ser un rojo aburrido cuando la madre aún le ponía a raya la rebeldía. A raya:
- Tapate, sacate eso, qué van a decir los vecinos.
La nena entonces cerraba el pico y se camuflaba con polleras largas y camperas que hasta el cuello le escondían. Pero cuando llegaba a la matiné del boliche Réquiem Gothic pasaba directo al baño y zaz: volaba el disfraz y aparecían las medias en red, el corset super ajustado y la falda irregular de vinilo. Más o menos la facha que luce ahora. Esta vez salió así de casa, sólo era cuestión de negociar un poco con la vieja, que hay que entenderla también: viuda, criando sola a su única hija. La que en vez del look Para Ti prefiere modelitos del tiempo del Romanticismo. Que no lee Polly Bird sino Oscar Wilde o Edgar Allan Poe. Que cuando alquila una peli elije Entrevista con el vampiro en lugar de El Diario de Bridget Jones. Que en la ducha no canta Luis Miguel sino temas de Christian Death.
Pamela ahora se da un beso de lengua con su novio y corre para salir en la foto con un grupo de amigas. Mujeres de negro, con minifaldas y tiradores, collares de bulldog, bijouterie con cruces, cintos con tachas y aros en las narices.

Rarezas
Soledad tiene los ojos clavados en las chicas góticas. Pone cara de desconcierto, de lo veo-no lo creo. Pero aún no vio nada, lo sé cuando la escucho decir que se muere. Yo también me muero.
Atrás nuestro aparece un tipo con una túnica de monje, con la cara y las manos que parecen ensangrentadas. Se abre camino con un sol de noche y el cráneo de un animal. Cuando sube al escenario se quita la capucha, mira con unos ojos blancos, fosforescentes y toma el micrófono. Entonces no sé si canta o si es el demonio el que le sale por esa boca con colmillos.
Es el invitado especial de la noche: Uxor Mortis o La esposa de la muerte. Gente temible. Los godos o góticos fueron un pueblo germánico del siglo I después de Cristo. La civilización más bárbara y los primeros en saquear Roma, dicen. Desaparecieron hacia el año 700. O no: dejaron catedrales imponentes, gárgolas, vitrales, arcos en punta y torres elevadas que pretendían acercarse a dios, a la luz, aunque se interpretaron como algo oscuro, pasado de moda.
Fantasmas, leyendas, criptas y castillos desembarcaron con el Reino de las Sombras, la contracara del Iluminismo. Se vieron los primeros destellos del esplendor furioso del negro. Y llegó Drácula con arrastre de vampiros y monstruos como los del Dr. Frankenstein.
Uxoria, como lo llaman los amigos, hace música oscura y espanta el horror que se inventa. Eso es lo que quiere, que la gente lo vea y diga “Ah, la mierda”. Tiene 21 años, canta un poco en inglés y mete palabras que saca del diccionario en alemán o latín. Aunque uno no entiende nada, cuenta la historia de un hombre que mata a su mujer y arrepentido decide revivirla por medio del ocultismo.
Cuando el show termina recupera su tono de voz:
- Para los que van a salir a decir que hice karaoke: sí, hice karaoke –dice como si se quitara una careta o como si se lavara la cara pintada con sangre artificial. - Es difícil hacer música que nadie hace y estar solo en un escenario por no tener plata para pagarle a los músicos. Así que si no les gustó, y bueno, ya pagaron la entrada.

Cruz diablo
Son las cuatro de la mañana y el negro se nos destiñe. Estamos aturdidas, llenas de humo y mi amiga dice que un pibe nos está mirando feo. Tiene maquillaje para lograr una palidez de ultratumba. Los labios pintados de morado. Y look total de anticura con una cruz invertida que le cuelga en el pecho.
Carolina Robles está por recibirse de Licenciada en Comunicación Social y tiene un blog: Oscuridad mediática, donde analiza cómo los medios muestran a la cultura gótica. Harta de las malas interpretaciones en uno de sus posts se enfrenta con los vínculos al satanismo.
Asegura que la sociedad no ve más allá de la estética y que relaciona “lo oscuro con el mismísimo Diablo”, sin entender que ellos se definen a sí mismos en base al arte y no a la religión.
La Iglesia Católica no piensa igual. En una nota publicada en el sitio web de Radio Cristiandad, se teme por los adolescentes porque “lo mínimo que les puede pasar al entrar en contacto con esos grupos es que se les corrompan la mente y el alma”.
Carolina dice que es cierto que existe cierta fascinación por el ocultismo o la magia, pero eso no los vuelve satánicos. Que los hay, los hay. Así como también están los católicos, musulmanes, judíos, ateos o los que profesan el laicismo. La cruz invertida que muchos llevan a veces es sólo un modo de cuestionar la religión, los dogmas.
El 26 de marzo de 1997, Sandra Banegas se suicidó en Las Heras, Santa Cruz. La periodista Leila Guerreiro comienza su libro Los suicidas del fin del mundo, con esa historia, la de una chica rara que se maquillaba pálido, dibujaba calaveras, escuchaba rock pesado, y que su madre deducía “tenía pactos con el diablo”. Satán tenía la culpa del estrago que produce la falta de proyectos en lugares desolados y sin futuro del sur al sur.
Cuando el 28 de septiembre de 2004 en un colegio de Carmen de Patagones, Junior vació un cargador dentro del aula matando a tres compañeros, el titular de un diario decía: “El joven asesino era fanático de la música satánica”. Como si a eso pudiera reducirse la causa de aquella masacre.
El 31 de mayo de este año en la localidad bonaerense de Manuel Alberti, Pitín de 15 años mató a su hermanastra y al hijo de ésta, de 90 puñaladas. La policía sospechaba que había sido un rito satánico, porque el chico empapelaba la habitación con posters de Marilyn Manson, era solitario y tenía un look oscuro.
No sé qué piensa Soledad, no sé si recuerda estos casos, pero insiste en que el anticura nos mira feo. En verdad nos está mirando mucho, como para el levante.

Paseo guiado
A Femme la conocí en la tienda de Noemí, trabaja ahí y eso le permite reinventarse casi a diario. En dos meses cambió tres veces el color de pelo: azul, verde, lila.
Es una de esas personas en las que resulta imposible asociar el cuerpo con la voz. Por teléfono suena a nena domesticada cuando dice “te espero”, “besito”, “cuidate”. Personalmente es avasallante. Anda por la vida con unos ojos celestes bien delineados, la ropa lo más agujereada posible y aros desparramados por la nariz, las cejas, la boca, la lengua.
Se llama Jesica, tiene 18 años, pero nadie la conoce por su nombre. Si Femme existe es porque un día escuchó The Cure y le gustó. O quizá porque sus primos metaleros le hicieron conocer el gothicmetal y la llenaron de cadenas. O tal vez porque un amigo la paseó por las noches góticas de Réquiem y del Teatro Arlequines.
Una mañana se compró una tintura en el supermercado chino del barrio y se tiñó el pelo de negro. La madre no le habló durante tres días, fue el tiempo que le llevó digerir que la nena era gótica, aunque no tan diferente a la de siempre. Nunca descuidó el colegio, jamás se llevó una materia, no dejó de ayudar en casa, ni olvidó cuidar a sus tres hermanitos (como lo hacía desde que el viejo se fue de la casa y la mamá pasaba muchas horas trabajando como Maestra Mayor de Obras).
Aquel miércoles de fin de mes que pasé por el local era –definitivamente- un día miércoles. En el rato que estuve entró sólo una chica y se llevó una camisa negra para el novio. Sí, se aceptan tarjetas de crédito.
Femme ofreció un recorrido guiado por los percheros. Lo primero que me mostró fue el corset diseñado por Noemí que usó Anne Numi, la cantante de Lacrimosa (una reconocida banda gótica alemana) cuando estuvo en Buenos Aires y con el que publicitó el último CD. Después largó sin-repetir-y-sin-parar la historia del gótico.
En los ’70, cuando el punk amagaba a desaparecer, David Bowie sacudió un poco la movida con un álbum acerca de la vida de Ziggy Stardust, (un extraterrestre bisexual de imagen andrógina que se convertía en estrella de rock). Después vinieron bandas que siguieron ese estilo, como Joy Division, Siouxsie, Sex Gang Children, 45 Grave o UK Decay.
Y fue Bauhaus el grupo que compuso la primera canción del gothic rock. El himno: Bela Lugosi’s dead, sacaba de la tumba al gran actor que interpretó la primera película de Drácula. Para los ’80 el Soho londinense ya tenía su club gótico y la estética se hizo epidemia. Marca registrada.

Una coca y dos cortados
El jueves de la semana siguiente con Femme y Pamela, que son amigas íntimas, fuimos a tomar algo al Bar Dark. Un sucucho oscuro que tiene su dosis de encanto y tinieblas en permanente producción de tantos puchos encendidos.
En la planta baja no hay más de seis mesas y en el entrepiso otras diez. Cuadros llenos de grises, sobrecargados de negro y con destellos de rojo se mezclan con el afiche de la película “Ángeles o demonios”. El Guasón saca la lengua sobre las escaleras y sobre una silla duerme un gato negro y gordo. En una repisa de la barra también hay lugar para un pequeño santuario protagonizado por San Expedito, Santa Rita y San Cayetano.
Podría ser un barcito como cualquier otro, pero lo atiende Ana: La madre Dark. Camina en zapatillas sobre sus 78 años, no guarda en el ropero ni una prenda de color, ni una, y porta arrugas a discreción. Cada 15 días se tiñe el pelo de un azabache brilloso que es tan irreal como ella. Ella que sabe que Siouxsie es la amiga de The Cure que lo salvó de la droga.
- Mi hijo Gustavo me arrastró a esto, es que lo tuve siempre así– dice mientras señala la bandeja en la que lleva la picada a una mesa. Primero ella vendía entrada para las fiestas que él organizaba, preparaba hasta 400 tragos por noche o limpiaba los baños. Hasta que se hicieron socios.
- Me das otra– la interrumpe un pibe que tiene el vaso vacío y reclama otra cerveza con maní. La vieja le pasa la Quilmes Bock, cerveza negra, obvio.
Femme y Pame piden un cortado. A mí el humo me da sed, quiero una coca. Bueno, pepsi está bien. Las chicas cuentan anécdotas de su vida como góticas. De cuando iban al colegio con uniforme y collares con tachas, de cómo se camuflan con ropa normal a la hora de buscar trabajo, de los tatuajes que planean hacerse y de que no creen que se les vaya a pasar.
- Porque ser gótico no es una moda- dice Femme. Detesta eso de “tribu urbana” y le indigna que los medios “te quieran poner en ridículo, como si fueras un bicho raro”. Una vez un periodista de un programa de TV le preguntó si el aro que tenía en la lengua no le molestaba al hacer sexo oral.
Ana, al contrario, dice que ella es eso que uno ve:
- Vos poneme gótica, poneme dark, lo que quieras.
Es que la vieja vive de eso y con lo demás convive. El humo no le molesta, la música no la aturde, el negro no la aburre. O con tanto laburo no ha pensado en el asunto.

Esa comisura
La Gothic BA es una fiesta que organiza una vez al mes Hadrian, el marido de Noemí. Es Licenciado en Ciencias Económicas, trabaja en un banco y mientras sus colegas planean ir a jugar al golf, él organiza estas citas. En la primera no había más de 30 personas, en la más importante hubo 300 y en ésta, en la que se festeja el octavo aniversario, no llegan a 100. Es Noche de Vampiros.
Llueve a propósito, con refucilos y truenos que parecen de películas de terror. El taxista frena en la puerta de Cerrito 1060 – donde sólo hay una puerta- poco convencido, pero la mujer rubia, de unos 50 años, le dice que sí, que es ahí.
- ¿Qué busca?– pregunta el tipo de la entrada. Pone la misma cara de desconcierto que el taxista.

- Soy la poeta invitada– responde Beatriz Schaefer Peña y para convencerlo le muestra los colmillos filosos.

- Pase, pase.

Abajo la recibe Noemí. La fiesta cambió de lugar, parece que el anterior fue clausurado. Es otra vez en un subsuelo y Noemí sigue firme al pie de la escalera, aunque ya no es una mujer del siglo anterior sino Mirian Blaylock, la vampiresa de la película El Ansia (1983).
Madame Noemí se cortó el pelo carré, lo lleva con raya al costado y con un gorrito que cosió a las apuradas la noche anterior. Viste una pollera gris oscura, larga hasta la rodilla, una faja, camisa negra de seda, guantes y anteojos de sol con marcos rojos puntiagudos. Ahora se los saca y me los presta. Divinos, pero no se ve nada.
Una foto que le tomaron esa noche será el flyer publicitario para el desfile que está organizando para cerrar el 2009. La cara de la invitación para esta fiesta era la de Samantha.
Samy tiene 19 y está sentada en un sofá con su novio, especialista en hacer colmillos. Ella lleva unos hechos por él. Se hacen a medida, como una muela, y calzan perfecto. Por ellos pagan hasta $150. Tiene los ojos redondos, inmensos, con pequeñas florcitas pintadas a su alrededor, la nariz mínima y los labios tristes, con una línea de sangre que se vuelca por la comisura.
Estudia abogacía en la UIA, quiere aprender a defenderse. Fue abusada por su padre, tuvo anorexia, la madre la abandonó hace unos años. Hasta fantaseó con la idea de la muerte por desesperación, por querer escapar de ciertas cosas.
Un trabajo llevado a cabo por investigadores de la Universidad de Glasgow, dice que entre las diferentes subculturas, en ésta se producen el 53% de los casos de autolesiones y el 47% de las tentativas de suicidio. Ella no sabe de números, lo que sí sabe es que “tuve una vida de mierda. Muchos góticos han tenido una vida de mierda”.

Devorar

Desnuda sobre el lecho,

piernas y brazos extendidos,

también soy un símbolo

debajo del poder.


Beatriz Schaefer Peña está sobre el escenario, se balancea sobre sus piernas, por momentos se oculta detrás de una capa negra con inmensa capucha que compró en Marruecos y recita agitada sus poemas. Son más de las tres de la mañana.
También soy una presa en esta cacería... pronuncia mientras sacude la melena rubia. Los colmillos le brillan. Escribe literatura gótica y piensa que todo empezó como una cosa de chicos.
- Mi hermano tenía una colección de revistas que se llamaba Narraciones terroríficas y cuando se descuidaba yo me metía en la cama, tapada hasta la cabeza y las leía. Era una mezcla de miedo y placer.
A los 15 publicó su primer libro de poemas y el año pasado salió a la venta el séptimo: El que devora, poesías acerca de asesinos seriales. Ha ganado muchos premios y concursos, ha recibido distinciones por su trayectoria, integró la Comisión Argentina de Escritores y hoy forma parte de la Comisión de Cultura de la Fundación El Libro y del Grupo Némesis. Su poesía está traducida al catalán, italiano, portugués y alemán.
La literatura fue una de las primeras manifestaciones del gótico. La novela El castillo de Otranto (1764), escrita por Horace Walpole, psería el texto inaugural. Luego siguió El Vampiro (1816) de John Polidori; Drácula (1897) del irlandés Bram Stoker y la lista se despliega hasta el día de hoy en que la saga Crepúsculo de Stephenie Meyer se agota en las librerías.

Entonces, acerqué mi corazón

y el calor sediento de la sangre

fue tu beso en mi piel y fue la noche.

Y el Reino de la Noche,

para siempre.



Los góticos la escuchan en silencio. Un vaso se rompe en la barra y el estruendo parece oportuno. La fiesta se detiene, se congela unos minutos hasta que los versos se desvanecen y vuelve entonces, a todo volumen, el deathrock.

Vicios
Aquella noche de vampiros fui sola a la fiesta. Me había hecho amiga del negro, no necesité maquillarme y hasta caí con una camperita roja. Al verme llegar tan relajada, Noemí dijo que lo mío ya era vicio.
La primera vez que salí en busca de historias anduve por la placita que está frente al Ministerio de Educación y recorrí la galería Bond Street, donde los sábados colapsan floggers, emos, punks, frikis, góticos y otros que no saben/ no contestan. Vestía forzadamente con ropa oscura y tenía a la vista el libro A Sangre Fría, de Capote, como para despistar.
Pero todos me despistaron a mí. Ellos también se mezclan y se confunden. Nunca hubiera dicho que Elías, el chef del Hard Rock Café de Recoleta era el organizador de la fiesta de Halloween.
Necesité ver el fotolog de Andrea, la Poly Vampire, para creer que esa piba era cana y era gótica. En las fotos muestra el tatuaje de Carpe Diem que tiene en la cintura, posa con un velo sobre la cara, lleva una cruz sobre el pecho o intimida con ojos amarillos. Pero en otras aparece uniformada, con el cabello negro, largo hasta la cintura, escondido bajo un gorro azul que dice POLICIA.
Jamás se me hubiera ocurrido que Diego, el cartero que alguna vez trabajó en Mac Donalds, sería el conductor del programa Gargoland de música oscura que se escucha los viernes de 21 a 23 hs por FM Fénix.
Menos que Femme, que mientras trabajó como empleada administrativa usaba el pelo suelto para que nadie descubriera que tenía la cabeza rapada a los costados, esté a punto de comenzar la carrera de Farmacia y Bioquímica.
O que Hadrian vaya a trabajar todos los días al banco vestido de saco y corbata.
Ellos se ríen de lo que dice la gente, de lo aburrido que debe ser tener una vida de esas que llaman normales. No se escapan de pagar los impuestos, de ahorrar para comprar la casa propia, de los celos, las infidelidades o de cambiarles los pañales a los hijos. Huyen del pelo castaño, el reguetón, los chupines, de cualquier cosa que se ponga de moda y hasta de sus propios nombres.
Yo también me río mientras pienso en lo lindas que son esas polleritas de vinilo y en que teñirme el pelo de negro azabache me quedaría mortal.
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viernes 27 de noviembre de 2009

Vida Loca mara 18- Documental de Christian Poveda


Durante casi un año y medio, el director Christian Poveda se infiltra en una de las llamadas maras salvadoreñas, pandillas que se enfrentan entre sí con gran violencia, integradas por jóvenes tatuados de la cabeza a los pies que se dedican principalmente a la extorsión, al robo y al tráfico de drogas.

En la colonia La Campanera, en Soyapango, “La vida loca”, filmada con cámara al hombro, recoge la cotidianidad de miembros de una de las principales agrupaciones pandilleras de El Salvador, La Mara 18, que se caracteriza por tener su propio lenguaje, tatuajes, códigos y elevados niveles de agresividad, violencia y criminalidad. Esta pandilla y la Mara Salvatrucha, iguales una y otra en crueldad, impulsadas por la negación de todo y la muerte, viven una guerra sin piedad. Algunos de estos jóvenes fueron asesinados en el transcurso de la grabación, tal y como muestra el documental.

En América Central se les llama maras y son una copia del modelo de las pandillas de Los Ángeles creadas por los salvadoreños que emigraron durante la guerra civil a principios de los años 80. Allí surgieron la Mara Salvatrucha y la Mara 18, las dos principales pandillas que se enfrentan hoy día y entre las que no existe diferencia ideológica o religiosa que pueda explicar esta lucha a muerte, esta lucha que enfrenta a pobres contra pobres
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jueves 19 de noviembre de 2009

Un par de días con McEwan- Ana Prieto



Una versión mas corta de esta crónica fue publicada en la Revista Ñ del diario Clarín.
Camino a Valparaíso, Annalena McAfee dice que su esposo sólo contó la mitad de la historia. “No dijo que la guitarra eléctrica que le regalé también incluía clases”. Y baja la voz, entornando apenas sus ojos azules, para agregar: “Pero a Ian el profesor no le gustó; le pareció un engreído que sólo quería lucirse con sus punteos”.
- ¿Por eso dejó la guitarra en un rincón y no volvió a tocarla?
- Sí, pero le regalamos una de aire-. Y Annalena tiene que explicar que la llamada “guitarra de aire” es un juguete con un sistema de sensores y un pequeño amplificador que permite al usuario hacer de cuenta que toca, y sonar como un experto.
De alguna manera no resulta imposible imaginarse a Ian McEwan rasgando cuerdas invisibles al son de “Smoke on the water”. El escritor que pobló sus primeros relatos de personajes retorcidos, siniestros y depravados, y que saltó a la fama como la pluma maestra de lo macabro, se pone colorado y sonríe cuando se da cuenta de que las ocupantes del asiento trasero del auto cuchichean sobre su corta y malograda carrera como guitarrista.
“No hice mucho para convertirme en una estrella de rock, pero estoy en la edad justa para serlo”, había dicho la noche anterior en el Aula Magna de la Universidad Católica de Chile, donde el escritor argentino Gonzalo Garcés lo entrevistó frente a más de quinientas personas como parte del seminario “La ciudad y las palabras”. Es una iniciativa original, por no decir extraña. No la organiza la carrera de Letras, sino el Doctorado en Arquitectura y Estudios Urbanos, para explorar cruces posibles entre sociedad, urbanismo y cultura. Y ha llevado a Santiago a más autores progres juntos que las universidades más progres de Chile, como a Michel Houllebecq, Julian Barnes, Javier Marías y Richard Ford. Pero esa no fue la única razón del paso de McEwan por Chile. A principios de septiembre estuvo en el gigantesco encuentro “El legado intelectual de Darwin en el siglo XXI” con una ponencia titulada “Originalidad en las Ciencias y en las Artes”. Después de aclarar, a modo de disculpa, que los artistas suelen diferenciarse de los científicos en el hecho esencial de que “no llevan Power Point a sus presentaciones”, planteó que esos campos, que parecen tan alejados, suelen converger profundamente a nivel humano.
Y la novela Sábado, publicada en 2005 y protagonizada por un neurocirujano, ha sido uno de sus grandes manifiestos en ese sentido. En el lobby del hotel Hyatt, donde McEwan me recibe en una mañana llena de sol, dice que una de las razones por las que escribió ese libro fue sugerir que es hora de superar la noción de que la racionalidad y la búsqueda de la verdad son actividades frías para almas insensibles. “Al contrario, son cualidades muy humanas. De ellas, por ejemplo, surge nuestra noción de justicia”. Nos interrumpe de pronto una chica joven de uniforme para preguntarnos, en inglés, qué queremos a tomar. Como yo hablo español y ella en realidad también, me da un poco de vergüenza contestarle en inglés, pero si no lo hago, vamos a dejar a McEwan fuera de la conversación. El único idioma que maneja aparte del materno, me dirá después, es el francés. Opto entonces por un bilingüismo aparatoso: “water-agua, con gas-…with gas”. La chica asiente y mira al escritor, que dice que tomará “exactamente lo mismo”. Cuando nos quedamos solos, McEwan retoma lo que venía diciendo como si nunca hubiese cortado: “Pero también dos amantes que discuten esperan del otro argumentos consistentes; si la inconsistencia nos parece mal, es porque demandamos cierto nivel de racionalidad”.
McEwan lleva sus 61 años dentro de un cuerpo delgado y no tan alto como sugieren las fotos que uno puede ver en las contratapas de sus libros y en los suplementos culturales. Su mirada sigue el ritmo de sus pensamientos, y aunque esto es cierto para casi todo el mundo, en él sobresale porque sus ojos son pequeños y rasgados y cuando se asombra –o describe algo que lo asombra- se agrandan y le dan un aire de sorpresa infantil a todo su rostro. Se toma su tiempo para contestar cada pregunta y olvida que sobre la mesa el agua que pidió se entibia sin remedio. Tiene la agenda del día colmada, pero se entrega al diálogo acomodado en un sillón que da al enorme jardín del hotel, sin mirar siquiera una vez su reloj de pulsera. Como uno de los más destacados representantes de la brillante generación de escritores británicos a la que pertenece, sabe que dar entrevistas es parte del asunto. “Los escritores del siglo XIX no tenían que explicarse de la manera en que se espera que hoy lo hagamos nosotros. En Los perros negros se me ocurrió poner un prefacio explicando el libro para no tener que hacerlo después. Pero luego tuve que explicar el prefacio. Así que no hay salida”, dice, y se encoje de hombros. En la vorágine de la promoción de sus novelas recién publicadas, no da más de dos o tres entrevistas por día, y cuando está escribiendo, intenta no dar ninguna. “Es que hacerlo en ese momento tiene algo de contradictorio; para escribir hay que estar en el interior mismo del trabajo, no en esa suerte de extensión de la autoconciencia que exige la explicación de lo que uno hace”. Y piensa unos segundos antes de agregar: “Por otro lado, explicar un libro es algo que el lector debe hacer”.
Hasta hace algunos años repartía sus manuscritos entre un pequeño grupo de amigos, incluyendo al historiador Timothy Garton Ash. Tras leer la que pronto sería su multipremiada novela Expiación, Garton Ash lo llamó y le dijo que le había encantado, que era lo mejor que había escrito hasta entonces, pero que tenía que ir ya a su casa a decirle algo. “Vive a diez minutos así que llegó rápido”, recuerda McEwan. “Se plantó allí y me dijo: ‘Tenés que cambiar el título’”. Sin la recomendación, la novela se habría llamado “Una expiación”. “Fue un gran consejo. Los buenos lectores son muy importantes para un escritor”.

Evoluciones y constantes
Después del encuentro sobre Darwin, McEwan y Annalena siguieron parte del viaje que el naturalista hizo sobre el célebre Beagle, capitaneado por Robert Fitzroy (curiosidad aparte, la pareja vive en la calle Fitzroy de Londres). Empezaron en la Patagonia y terminaron en Galápagos. Allí McEwan hizo snorkel, nadó cerca de tiburones y se tuvo que poner litros de bloqueador solar para no chamuscar su blanca piel inglesa, mientras hacía una de las cosas que más le gusta hacer en el mundo: caminar. El amor por las excursiones es famoso en McEwan. Clive, el compositor de su novela Amsterdam, se va a caminar todo un día por el Distrito de los Lagos, el parque nacional más grande de Inglaterra, para ver si eso le ayuda a salir del horror de la partitura en blanco.
“¿Y usted qué espera que le pase cuando sale a caminar?”
“Colapsar en el presente, llenarme de todo lo que hay alrededor, del placer visual que me da el paisaje”. Entiendo bien la parte del placer visual, pero no tan bien la del colapso. McEwan aclara: “No soy un gran naturalista y no trato de identificar todo lo que veo, pero cuando estoy en espacios abiertos me acuerdo de que todavía somos parte del reino animal, que dependemos de las plantas y que las plantas dependen de microorganismos… A eso llamo meterse en el presente”.
Lo que más le maravilló de sus caminatas por las islas Galápagos fue que los animales no le tuvieran miedo, ni siquiera los pájaros, porque han evolucionado sin mamíferos alrededor que se los quieran comer. Y bajo la sombra de su turístico sombrero de paja, observó tortugas gigantes, piqueros de patas azules, iguanas que parecen no haberse movido de lugar desde la era mesozoica y enormes rocas volcánicas que al levantarlas pesan sólo unos cuantos gramos. En las islas que le dieron a Darwin la evidencia que necesitaba para cerrar su teoría de la evolución, McEwan, su gran admirador, sintió lo que los fanáticos de Elvis deben sentir cuando entran a su casa de Memphis: aquí se cocinó todo.
Puede que esté cansado de que le pregunten sobre su ateísmo, pero lo hago igual: “Si asumimos que las mejores explicaciones son las más simples, Dios no tiene nada que decirle a la biología. Y no entenderíamos nada sobre biología sin la evolución, que ya es lo suficientemente asombrosa. Sus detalles son muy complejos, pero su principio es sencillísimo: la adaptación”. Hace una pausa para al fin tomar un poco de agua. Y pierde la vista en el jardín del Hyatt, la cascada artificial, la pileta exagerada. Su relato es apasionado, pero su gestualidad no. Parece que toda su fuerza corporal la pusiera en las palabras, en limpiar su discurso antes de decir nada. Nunca vuelve atrás, no retoma, no se va por las ramas. Muchas veces no me mira al hablar; de hecho no parece que mirara nada. La impresión que me da es que se está inspeccionando por dentro, achicando esos ojos que de por sí ya son chicos para elaborar la frase necesaria. “Lo que pasa”, dice finalmente, enderezándose en el sillón y ya mirándome, “es que la evolución nos pone frente al hecho de que no tiene ningún propósito; de que no responde al gran diseño de nadie. Simplemente brota desde abajo. Y es interesante cómo para algunos la idea es aterradora: les hace pensar que el universo es un lugar desolador. A mí, en cambio, eso me libera”. Y sonríe con todos los dientes, contento por su libertad.
Que ame la naturaleza no significa que desprecie la tecnología. Para McEwan es otra expresión del ingenio humano y por lo tanto también parte de la evolución. No cambiaría la paz de la biblioteca de su casa de Londres ni los libros que lo han acompañado toda su vida por nada, pero le fascinan los lectores digitales. “No tengo ningún prejuicio en contra, no son más que herramientas útiles. La palabra siempre va a ser la palabra”. Llevar centenares de horas de música en un aparatito que cabe en la palma de la mano le resulta “increíble y delicioso”, y puede hablar de la era digital con la cadencia de un poeta. Sin embargo, algo de lo que nos rodea le molesta. Extiende un brazo apuntando a ningún lugar en especial porque el malestar está en todas partes: unas melodías de fondo, incomprensibles y superpuestas. “Una de las cosas que no me gustan de la tecnología es que estemos sentados acá y tengamos que escuchar esa música todo el tiempo. Me vuelve loco”. Y me cuenta sobre una de sus últimas adquisiciones: auriculares que anulan el sonido. “Son fantásticos. Reducen el sonido ambiente en un 40%, y si nos los pusiéramos ahora, no tendríamos que escuchar nada que nos impongan”.
En fin, las especies y las máquinas pueden cambiar, pero la esencia del ser humano, no. Para McEwan, el lenguaje de las emociones es universal y constante, y lo único que ha hecho a través de épocas y culturas ha sido, en todo caso, cambiar de expresión. Y él ha dedicado los últimos 30 años de su vida al género literario que mejor explora esas emociones: la novela. “Es una inversión en seres imaginarios”, dice McEwan, “que los hombres inventaron y siguen refinando con la intención fundamental de conocerse”. A principios de 2010 llegará a las librerías el último ser imaginario en el que espera que los lectores inviertan: Michael Beard.

Solar
Si uno cerraba los ojos, parecía que en Santiago diluviaba. Si uno los abría, estaba sentado dentro de la gran biblioteca de dos niveles que es el Aula Magna de la Universidad Católica de Chile. Eso que parecía lluvia eran cientos de manos aplaudiendo. Y esa figura delgada, de pie bajo una luz cenital y frente a una mesita de orador, era Ian McEwan leyendo su última novela, Solar. No era la primera vez que leía ese mismo capítulo, ya lo había hecho en Londres algunas veces, ya se lo había leído a su esposa Annalena. Con astucia y buen ojo editor, antes de que la novela salga al mercado elige hacer pública una zona en la que uno podrá hacerse una buena idea del tono general del libro pero, sobre todo, del personaje. Y si esa mañana me había parecido que en el plano expresivo McEwan no era muy distinto de la idea típica que suele tenerse acerca de la formalidad y corrección de los ingleses, esta vez en cambio, todos quedamos conmovidos por su inagotable expresividad. No cualquiera puede mantener a 500 personas sentadas y unas cuantas decenas de pie con la atención al tope durante doce páginas A4. Parece haber nacido para ese tipo de momentos: maneja la oralidad del texto con la cadencia de un músico talentoso, con el suspenso de un atento director de cine policial, con la dosis justa de humor que nadie sabe dónde está pero, por naturaleza, la intuimos, y con la pasión de quien se ha enamorado de su texto tras años de trabajo, de relectura, en fin, de criarlo para que haya llegado a ser lo mejor que podía ser. Al volver sobre la grabación que hice de esa noche, le presto mucha atención a las reacciones del público. Son reacciones que sólo he escuchado en el cine.
Al momento en que entrevisté a McEwan, el 22 de septiembre, hacía sólo dos semanas que había terminado de escribir Solar. Su protagonista, Michael Beard, es un físico que ganó el Nobel en los ’80 y que sigue siendo una celebridad del mundo científico a pesar de no haber vuelto a investigar. McEwan lo describe como “mentiroso, falso, ladrón, autocompasivo, pero bastante inteligente”. Beard está todo el día apurado, su vida privada es un desastre, se ha casado cinco veces y come demasiado. “Se volvió famoso por hacer unas alteraciones al trabajo de Einstein, y se supone que a partir de entonces existe en los libros la llamada ‘combinación Beard-Einstein’, que no tengo idea de lo que es”. Si para escribir Sábado McEwan siguió el trabajo de un neurocirujano durante dos años, para Solar prefirió no consultar a ningún físico. “Me iban a decir que mi planteo era imposible”.
Con esa licencia, McEwan se permitió empujar los límites del realismo. “Por eso me parece que es mi primer intento de escribir una novela cómica”, y se siente en el deber de aclarar que odia los libros cómicos. Le molesta que traten de ser graciosos en cada página. “Lo que hice aquí fue aflojar el control de la realidad, y fabricar coincidencias que el lector sólo podría aceptar en un marco de comicidad”.
El germen de Solar fue un viaje que McEwan hizo al fiordo noruego de Spitsbergen en 2005, con un grupo de científicos especializados en clima, y algunos artistas, como el escultor inglés Antony Gormley. Fue la primera vez que McEwan colapsaba en un presente tan helado y uniforme, sólo interrumpido por las ocasionales huellas de osos polares. Los 25 expedicionarios se alojaban en un barco y cada vez que volvían del frío tenían que dejar los equipos para la nieve en un cuarto al que bautizaron “la pieza de las botas”, y que a los dos días se había convertido en un lío no sólo de botas, sino de cascos y camperas en el que nadie encontraba nada. De noche, el grupo se reunía a hablar sobre cómo salvar al planeta del desastre ecológico, mientras en la pieza de al lado había un pequeño caos que ninguno de ellos podía resolver. “Una novela sobre el cambio climático debería ser una novela sobre la naturaleza humana”, dice McEwan, cuyo personaje hace un descubrimiento que podría salvar al mundo, pero corre el riesgo de interponer su torpe y ruin humanidad en el camino.

Sobre la creación
McEwan dice que si no fuese escritor sería la primera guitarra de una banda de blues de poca monta, o biólogo. Lo dice en serio, pero con la paz de quien ha elegido bien el camino de su vida. En 1973 la muy prestigiosa revista American Review publicó el cuento “Disfraces”, incluido en su primer libro, por entonces inédito, Primer amor, últimos ritos. “La tapa era de un rosa brillante. Y en letras blancas decía: ‘Susan Sontag, Günter Grass, Philip Roth, Ian McEwan’. Ahí fue cuando pensé ¡Voy a ser escritor!” Y acompaña el recuerdo con brazos triunfales en alto, reviviendo otra vez la emoción de ese día. Tenía sólo 23 años.
Para McEwan, la creatividad está hecha de la materia del tiempo. En el origen de su trabajo no hay temas ni personajes ni estilos. Lo que aparece primero es una especie de área. “Antes de escribir Chesil Beach, mi última novela… ¿la leíste?”, quiso saber de pronto, y por suerte sí lo había hecho. “Bueno, antes de escribirla, pensé que sería interesante hacer una novela corta sobre lo que pasa en las horas inmediatas a un casamiento, si tanto el hombre como la mujer son vírgenes. La fiesta se termina, la puerta se cierra, y quedan solos. Así que escribí la primera oración”. McEwan cita de memoria: “Eran jóvenes, instruidos y vírgenes en esa, su noche de bodas, y vivían en un tiempo en el que hablar de las dificultades sexuales era imposible”. El mar y los personajes vinieron después. “La mayoría de mis novelas son así: nacen de una corazonada sobre un tema general y luego, con paciencia y muchas vacilaciones, relleno. Para un escritor la duda es muy importante; si se apura cierra posibilidades”.
Chesil Beach va a ir al cine de la mano de Sam Mendes, director de Belleza americana y de la más reciente Revolutionary Road, basada en la novela del estadounidense Richard Yates sobre un matrimonio suburbano y caótico.
“¿Qué le pareció esa película?”
“Tal vez me hubiera gustado más si no adorara tanto el libro.” Muchas novelas de McEwan han sido llevadas al cine: El inocente, Los perros negros, Amor perdurable y Expiación, que llegó a América Latina con el título de Expiación, deseo y pecado, y quién sabe cómo reaccionaría Timothy Garthon Ash si se enterara. La adaptación que más le gusta a McEwan es la que hizo Andrew Birkin de su primera novela, El jardín de cemento; una historia sobre cuatro hermanos que se quedan huérfanos, y que se inserta en toda su trayectoria temprana de escritor sórdido. Todavía no sabe si va a colaborar en la escritura del guión de Chesil Beach, y se tiene que juntar con Sam Mendes para tomar decisiones sobre el lenguaje que debería tener una película basada en una novela donde hay poca acción pero mucha vida mental. Para McEwan la tarea es colosal y le entusiasma tanto como lo abruma: “¿Vamos a usar voz en off, la contamos desde dos puntos de vista, quién va a ser la cámara?” se pregunta, adelantándose varias semanas a la reunión con Sam Mendes, ahí frente a los jardines del Hyatt.

A la mañana siguiente, con Gonzalo Garcés pasamos a buscar a McEwan y a su esposa por el hotel. Del apretón de manos de la mañana anterior al beso confianzudo de ese momento han pasado las horas suficientes para que ambos ya se sientan entre amigos. Cerca de Valparaíso, anticipamos a los turistas algunas singularidades de la ciudad: “Fue fundada en 1536”; “es patrimonio de la humanidad”; “huele a madera”; “no tiene playa porque siempre fue un puerto”. Cuando nos bajamos del auto, Ian y Annalena se ponen sus sombreros de paja y con ellos toda la pinta de turistas. Miran los cargueros de la armada y sonríen sin entender cuando varios lancheros se acercan a ofrecerles un paseo por la costa. Lo primero que hacemos es ir al restaurante donde vamos a almorzar. Mientras caminamos hacia el funicular que va a llevarnos a lo alto de esas colinas repletas de casonas de colores que parecen abalanzarse sobre el mar, McEwan dirá de pronto: “Ahí está. Ahí siento el olor a madera”. Y la observación es reveladora en un escritor que tiene una conciencia extraordinaria del peso y el valor de los detalles. Para él la fuerza emocional de la literatura se juega en ellos, y por eso sus segundos borradores son siempre más cortos que los primeros: McEwan busca la síntesis en un detalle que lo diga todo.
El restaurante La Colombina tiene una vista privilegiada hacia el mar por el frente y hacia la ciudad por la izquierda. McEwan iba a pedir vino pero por pura cortesía pidió agua con gas, al ver que su sedienta compañía ordenaba eso. Frente al gran plato de fetuccini con mariscos –lo mismo que, a su lado, comía Annalena-, habló sobre el parecido que tiene Valparaíso con la California de los ’70, sobre un proyecto ruso de poner ADN de mamuts en elefantes, y sobre su infancia de nómade en bases militares de África. Contó que le hubiera gustado escribir Expiación antes de la muerte de su padre, que peleó en Dunkirk durante la Segunda Guerra Mundial, al igual que su personaje Robbie Turner. La descripción que McEwan hace en el libro de la famosa evacuación de soldados aliados de esa playa francesa es impresionante en sus detalles. Y es que aparte de las anécdotas familiares, investigó con el rigor de un historiador y estaba obsesionado por no equivocarse con los datos. Lo mismo puede decirse de Sábado; tanto se compenetró con el trabajo de un neurocirujano, que en el hospital un grupo de estudiantes lo tomó por un médico y él terminó explicándoles –correctamente- el diagnóstico de un paciente recién operado.
Después de comer y de paseo por la ciudad, él y Annalena sólo se separarán una vez del reducido grupo para caminar abrazados y hablar en su mutua complicidad. McEwan saca muchas fotos y deja que le tome unas cuantas para la nota. No sale mal en ninguna y no le incomoda posar; a esta altura de su carrera, sabe que es un trámite necesario. Le comentará a su esposa que menos mal que no ordenaron vino, porque no hubiera tenido la energía para caminar después. Y es que a Valparaíso hay que ponerle músculos.
Pasadas las cinco propone ir a tomar el té, como en cualquier tarde inglesa. A pesar del efecto de Coriolis que padecemos hace más de media hora y que nos lleva una y otra vez a las mismas escalinatas, los mismos graffitis, los mismos pasillos estrechos entre las mismas casonas amontonadas, encontramos un barcito. Él pide de veras un té, y Annalena una soda con un limón exprimido. Allí recuerdan que les gustaría comprar un ejemplar de la revista chilena The Clinic. Saben que apareció en 1998, cuando Pinochet, por entonces senador vitalicio, fue arrestado por el Scotland Yard mientras estaba internado en la London Clinic, cuya fachada, que dice The Clinic a secas, dio la vuelta al mundo. Camino al auto, encontramos un kiosco y Annalena me pide que elija un ejemplar por ella. El segundo número de septiembre no le interesa porque trae un especial de fútbol. Elijo entonces el tercero, cuya tapa se me escapa, pero en la que dentro hay una nota del periodista Rafael Gumucio en la que menciona a McEwan y su paso por el seminario de Darwin. Con bastante esfuerzo, voy haciendo la traducción en voz alta en el viaje de regreso. La tarde se toma todo el tiempo del mundo para llegar a su fin y para retrasar el feroz embotellamiento que nos espera a la entrada de Santiago.
- ¿Cómo es Ian cuando trabaja?- le pregunto a Annalena.
- Bueno, él siempre dice que ser un artista no te exime de vaciar el lavaplatos.
Se conocieron en 1994, cuando ella era editora del Financial Times. “Fui a hacerle una entrevista por su libro En las nubes. Ni siquiera quería ir, pero lo había ilustrado un amigo mío”. Saturado de exposición y del chismorreo mediático que se había armado por la separación de su primera esposa, McEwan tampoco estaba de humor para dar notas. La conexión que lograron en la charla sorprendió a ambos. “Al tiempo recibí una carta en la que me agradecía por la entrevista y ponía: ‘Espero no tener que escribir otro libro para volver a verte’”.
- ¿Leés lo que va escribiendo?
- Sí, desde el principio. ¿Lo viste anoche en la Universidad? Lee muy hermoso. Me siento con una copa de vino o un té, y lo escucho-. Annalena mira el paisaje calmo y verde de la ruta chilena con la sonrisa suave de quien disfruta de un recuerdo. Su voz es apenas más baja cuando se vuelve y dice: “Soy muy afortunada”.
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domingo 15 de noviembre de 2009

Patón Basile, el campeón de los Moyano- Cristian Alarcón






Crónica publicada en el Diario Crítica de la Argentina
El Patón Basile se concentra en la ropa que usará para defender dos títulos de campeón como si al sacarla del bolso, en el gimnasio de boxeadores de Huracán, se ocupara de la oriental ceremonia del té. Con la mano derecha que hace dos meses un sparring nuevo le fracturó en ese mismo salón de piso flotante y enormes fotos de los ídolos del boxeo, saca las piezas con el color verde de los camioneros una a una y las cuelga de las sogas del ring en el que se entrena. Primero un chaleco blanco de ribetes verdes lleno de lentejuelas y con el nombre del líder sindical al que le tributa todo su aprecio: Hugo Moyano. Luego, con parsimonia, cuelga el pantalón de lentejuelas verdes. Se distancia uno, dos pasos, mira su vestimenta campeona como quien observa una obra de arte y levanta las manos hacia los fotógrafos que, respetuosos, disparan, pero de lejos. “¡Ahí, papá! Tomame el escudo –ruge con el vozarrón suburbano y muestra el emblema del Partido Justicialista–. ¿Quién tuvo esta banda? –pregunta–. Gatica, con Perón. Y El Patón con Moyano”.

En el Club Huracán el gimnasio de la calle Caseros, en la sede social, tiene hoy clavado un ring en el centro. Y a los cuatro costados unas sillas de plástico bien alineadas y repletas. En las graderías, todo el fondo, y a lo largo de la cancha, la gente del Paton se vuelve hinchada. El verde de camioneros se repite en manchones por todas partes: el merchandising del sindicato que más plata pone en el deporte argentino abunda. “Team Patón”, “Camioneros” se lee en las remeras de tantos fieles de estos festivales de boxeo itinerantes por capital, el conurbano y algunas provincias del interior. Una bandera flamea cuando en una de las peleas preliminares una piba musculosa y recia le dedica tres directos a su rival y le pone a trompada limpia la jeta roja y la cara bordó. Es, ella también, una boxeadora de camioneros: el gremio banca, esponsorea y sigue a cinco profesionales y a decenas de amateurs. Cada afiliado que tenga inclinación por el deporte, cierto talento y voluntad para dedicarse de pleno a ello, será auspiciado por la gigantesca y creciente estructura de los Moyano. Ya lo había hecho en los 70 la UOM de Lorenzo Miguel, cuando creó el campeonato José Ignacio Rucci.

El Patón se llama Gonzalo, tiene 35 y largó en el boxeo a los catorce años. A esa edad ya había dado pruebas suficientes a don Carlos y doña Silvia, vecinos de Lomas de Zamora, que la escuela no era para él. Peleas con compañeros en las que, humilde, dice que perdía, lo fueron llenando de plantones en la dirección durante la primaria, y de amonestaciones en la secundaria, en la que duró menos de un año. Mayor de cinco hermanos que luego estudiaron y no dieron problemas, su padre lo mandó a laburar. Al Patón le pareció perfecto. Eso lo dejaba tener unos mangos y meterse en el gimnasio a entrenarse. Fue en el Club Independencia, de Lomas. Al comienzo iba a escondidas de su vieja. Ahora ella lo sigue a cada pelea como un amuleto de verdad y le grita desde las sillas de las primeras filas como si fuera todavía un guacho que anda jodiendo en la vereda: “Pegá, hijo, pegá”. Ése, ahora, es su laburo, al menos desde que dejó el camión recolector de basura en el que levantaba bolsas hasta hace unos dos años, cuando Camioneros lo apadrinó. Laburar, siempre laburó: fue ayudante en una verdulería, de albañilería, de carpintero, cavó pozos de agua, zanjas para instalar cloacas, y al fin, ese laburo estable que le cambió la vida: basurero.

–¿Te cabía ese trabajo?

–Yo lo hacía con ganas, me gustaba. Me gusta correr, estar con la gente de la calle. Aunque tenés que laburar bajo calor, lluvia y a veces es duro. Si tuviera que volver a tener un trabajo formal, de todo lo que sé hacer es lo que volvería a elegir.

EL CAMERiNO.
En Huracán hay un vestuario para los deportistas y allí están poniéndose a punto para salir otros dos boxeadores de esta noche de festival: el Ruso Jonatan Spesny, de Morón, con sus 29 años y cinco peleas, y su contrincante, el camionero Patricio Valentín Pitto, el “Grande”, protegido de Pablo Moyano también. El Patón Basile es el preferido, la estrella de la velada, y por eso tiene un camerino especial y amplio, el mismísimo gimnasio recién remodelado, en la otra punta. El Patón se deja ver antes de empezar la pelea entre la gente: todavía de bermudas y camiseta normales, sin brillos, pero con la inscripción del gremio y de la CGT bien visibles. Antes de que el cronista pueda acercársele el Patón toma en brazos a siete niños y bebés y con cada uno le sacan una foto. Sonríe para todos. Es el clásico gigante bonachón: no ranquea ni para el malvado de las habichuelas. Los tatuajes, incluso la nueve milímetros que lleva en el costado izquierdo de la cabeza rapada y que lo hizo famoso después de esa foto en la tapa del diario Clarín, son desmentidos por la bonhomía con que se desplaza y por la simpatía que cosecha entre sus fans. El Patón invita al vestuario y se despacha como obrero peronista que se considera. No en vano lleva en la espalda las caras de Cristo, de Perón –el joven militar de boina– y de Evita, más la de Moyano, claro.

–Dijeron que sos el custodio de Pablo Moyano.

–Como mido dos metros, peso 120 kilos y tengo tatuada hasta la cara, los que quieren tirarle mierda al sindicato de camioneros salieron con que yo era un matón. Desde que empecé como basurero que voy a las marchas y admiro al compañero Hugo Moyano por su lucha. Nunca fui delegado. Ni fui seguridad del gremio. El día de la foto volvía de entrenarme, con la ropa transpirada y supe que en Constitución a los de la rama de Atmosféricos los había reprimido infantería. Fui a apoyar con mi persona, nada raro ni nada mafioso.

–¿Qué opinaron los Moyano?

–Me llamó Pablo Moyano y me dijo: “¿Compraste el diario? ¿Viste la tapa de hoy, loco?” Yo no caía. Empezaron a llamarme de radios, de medios, todos querían la foto. Consulté con mis compañeros y me dejaron salir a hablar: “Dale, decí la verdad, contá por qué te sacaron la foto, qué hacías ahí”. Me salió a favor mío porque a raíz de eso me empecé a hacer más conocido. Al que me sacó esa foto le agradezco porque la publicaron con esa intención de mensaje de mafioso pero me abrió la puerta.

LA PELEA.
La charla con el campeón se interrumpe cuando Oscar Trotta, ancho y de pelo blanco, ex boxeador y mánager desde el 72, siempre en Huracán, pide tiempo para poner las vendas. El preparador físico termina de pasarle aceite por todo el cuerpo al Patón y el salón se despeja. La piba de Camioneros que entrena largando piñas contra su entrenador hace sonar los guantes en cada puñetazo. Trotta cuida a su muchacho. Es de oro. Sabe que casi no hay espónsores en el boxeo. Los del sindicato de lecheros apoyan a un par de pibes, pero Camioneros ya banca a cinco. El suyo, El Patón, es el mejor. El lo tiene que hacer ganar. Es un día complicado. Los dos títulos, el de campeón del mundo latino y el de peso pesado de la OBM vencen hoy domingo 15. La última vez que Basile peleó fue hace seis meses. Cuando estaba listo para defender los títulos se le fracturó en dos el dedo gordo y hubo que ponerle dos clavos. Tardó en curar. Llegan jugados. Pero Trotta sabe que tiene banca desde que a las dos peleas profesionales de su representado recibieron un llamado de Pablo Moyano a la central del sindicato. “Me preguntó cómo andaba, le dije que bien, que tenía futuro, y lo miró y le dijo: ‘Bueno, hay que entrenar en vez de trabajar, y no faltar al entrenamiento. Que le consigan peleas como para poder ir progresando’”.

Eso fue en 2003. El Patón lleva tres títulos ganados –el próximo lo defiende el 18 de diciembre en un festival de box de Huracán donde pelearán los cinco boxeadores de Moyano– y acumula 42 victorias (20 por KO), y sólo cuatro derrotas. En el final de 2009 el Patón se ha convertido en un ícono que rinde en popularidad. Huracán estalla de camioneros que lo vitorean cuando aparece en un rincón del gimnasio con su hijo menor, Rodrigo, de ocho años, vestido también con bata verde y camionera. Lo precede un pibe vestido como rapero que pide: DJ, poné la pista. Es por qué estrenan el rap del Patón. La masa aplaude al ritmo y Lucano, el cantante, de Quilmes, contratado por el sindicato, larga un rimado increíble que hace honor al sindicato y al boxeador: “Actuando / representando / de la mano del sindicato de camioneros / representando / es el Patón que viene llegando”.

El rival es Saúl “El Fénix Asesino” Farah, un campeón boliviano que mide 17 centímetros menos que el Patón pero tiene un torso más grueso y la fortaleza andina a la que el mismo entrenador dice temerle. Una de las derrotas más tremendas del Patón fue contra Alexander Dimitrenko, en Estados Unidos, cuando en el 96 lo bajó de un solo gancho en el primer round. El mal recuerdo lo persigue, y El Fénix peleó dos veces con el ruso; las dos veces aguantó toda la pelea y perdió por puntos. Por eso, dice, es de respetar.

En la esquina del ring, abajo, como una fanática más, La China, la actual mujer de El Patón, pequeña, boxeadora y de Huracán, le calienta la oreja durante los primeros rounds. Ella iba a pelear hoy y su rival cordobesa no llegó. Así que descarga su furia dándole ordenes al campeón que parece al comienzo lento e indeciso: “¡Dale, boludo! ¿Qué te pasa? ¡Despertate, matalo!”. Trotta dirá después que era una estrategia. Pero lo cierto es que el Patón recién hace tambalear al boliviano en el tercer round, en el quinto, y cuando llegamos al octavo parece que la cosa no avanzará. La moral camionera está en alto, una banda de pibes de pelos teñidos y rapados en los costados salta con una bandera que dice “Sector Recolección”. “Dale campeón. Dale campeón”.

El Patón parece reaccionar a la única voz que escucha mientras ruge la leonera, la de su mujer. Y avanza, de pronto rápido, de súbito veloz, hacia su rival, sorprendido por un gancho de derecha que lo hace trastabillar. Otra arriba, directa, y el tambaleo de la mole andina se hizo fatal: el Patón envalentonado, seguro de que el público camionero merece un knock out, esos ciento cuatro kilos de enemigo en el suelo, encaja los últimos dos directos descendentes y lo hace morder la lona. La masa camionera se para, entera, y grita, campeón, dale campeón. El árbitro cuenta. No llega a diez. La toalla vuela desde el rincón. El Patón sigue siendo campeón.

Fernanda y Patricio, los otros boxeadores del sindicato
Si la pelea del Patón Basile y El Fénix Asesino Farah fue buena sólo a la hora de los ganchos que voltearon al visitante, el ring estuvo más interesante en las preliminares. Con Fernanda Alegre, la chica que precalentaba en el camerino junto al campeón, se encendió la tribuna. La peso welter le dedicó tantos directos a la cara de Etel Cristina Arano que el juez decidió darle el KO técnico. Alegre es una reciente incorporación de Camioneros y se perfila como una promesa que los Moyano siguen de cerca.

El camionero Patricio Valentín “Grande” Pitto prometía en el combate de semifondo. Y no lo hizo nada mal. En categoría crucero la suya fue la mejor pelea de una jornada moyanista. En el combate de semifondo se enfrentó al bonaerense Jonatan “El Ruso” Spesny. Se dieron duro y parejo. Así, el ascenso de Pitto, que en sus cuatro primeras peleas había sido imparable, con 3 KO, se frenó con la decisión ajustada del jurado. Las tarjetas fueron de 39-39, y dos de 39-38 y medio. El público lo aplaudió igual.
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sábado 14 de noviembre de 2009

El luminoso sendero de Meteoro


Crónica publicada en el diario Página/12 el Domingo, 23 de abril de 2006

Meteoro hizo un mal cálculo de última hora. Se sintió seguro en su nuevo territorio, la Villa 31 Bis, detrás de la Facultad de Derecho, como si fuera el mismo jefe de célula que supo ser cuando estaba en los veinte años, en su Lima natal. Creyó que había heredado el poder de su hermano, Ruti, el narco peruano preso por la masacre del Bajo Flores. Supuso que controlaría militar y comercialmente las manzanas 7, 8 y 9 del barrio, donde funcionan los más rentables kioscos de cocaína, marihuana y pasta base. Pero no. Ni su preparación como viejo cuadro de Sendero Luminoso en la década del ’80 le alcanzó para salvarse del escarmiento de los traidores de su propio bando. Fue el 6 de abril pasado, aunque los combates por el poder duraron dos noches. Al cabo de la segunda, su cuerpo, de un metro 52 de altura, cayó bajo el fuego cerrado de tres calibres. Su homicidio es un capítulo más de la sorda guerra urbana por los tráficos ilegales que se vive en algunos territorios de la ciudad de Buenos Aires.

Hace dos semanas, en los pasillos de la villa 1.11.14, en el otro extremo de la ciudad, el rumor llegó a este cronista, sin certezas, apenas como un dato lábil en boca de un pibe allegado a los poderosos del lugar. “Parece que mataron a Meteoro”, dijo. La frase no era una noticia de ficción sobre uno de los abuelos del animé, el famoso dibujo animado de los que andan en los treinta y tantos. Meteoro, el narco, había logrado cierta fama durante los ’90 como mano derecha de su hermano menor, Alionso Rutillo Ramos Mariño, alias Ruti, en el Bajo Flores. Su nombre real era Esidio Teobaldo Ramos Mariño. Había nacido en 1959 en Lima, con lo cual tenía ya unos 46, cuatro más que Ruti. Parecidos –los dos petisos, morochos y delgados– solían usar los mismos lentecitos de carey, pequeños, sobre los ojos achinados. Fieles el uno al otro, habían pasado juntos los tres años de cárcel que les tocó pagar después de una investigación federal por tráfico de drogas. Y de regreso a la calle, juntos habían entrado para mandar en la 31, donde esperaban hacerse lo suficientemente fuertes como para volver a competir por el territorio perdido.

Los senderos narcos

La gran escena que eligieron para quebrar al enemigo fue el 29 de octubre. Así lo dice el procesamiento de Ruti, dictado el 9 de marzo por el juez en lo criminal Domingo Altieri. El magistrado, que conoce no sólo el nombre de Meteoro, sino el de otros sospechosos de haber colaborado en el ataque, limitó sus dardos a Ruti, señalado en algunas escuchas telefónicas y por dos testigos de identidad reservada como el autor ideológico y material del operativo. Cuando un millar de creyentes y devotos del Señor de los Milagros, el cristo moreno de los peruanos, caminaban en procesión por la avenida Bonorino, un grupo de por lo menos cinco sicarios atacó con armas automáticas, cortas y ametralladoras, dejando un tendal de muertos. Fueron cinco los fallecidos, entre niños, mujeres y hombres. Y más de ocho los heridos. Esa tarde, entre los presentes no estaba el hombre al que se supone que los matadores querían bajar: Salvador, como se lo ha nombrado en estas crónicas del narco.

Lo más sorprendente de las estructuras que hay detrás de esta guerra urbana es el nivel de organización y control militar de sus zonas que logran. En el caso de Bajo Flores ya se ha contado cómo Salvador maneja el barrio en el que viven ochenta mil habitantes gracias a un pequeño ejército de 60 soldados, jóvenes desocupados y pobres, que prestan servicios diarios a 30 pesos la jornada como campanas, vigilantes y vendedores de la que dicen, es la mejor cocaína de la ciudad.

La muerte de Meteoro permite comprender otros pliegues de esa misma historia. Desde los comienzos de esta investigación, diversas fuentes, testigos directos de personas vinculadas a los negocios ilegales y relatos judiciales, aseguran que los capos del narcotráfico peruano en Buenos Aires tuvieron relación con la organización guerrillera Sendero Luminoso durante la guerra que vivió Perú a lo largo de toda la década del ’80 y comienzos de los ’90. El propio juez Altieri envió pedidos de informes a Interpol y a la policía de Perú para saber si los hombres a los que investiga fueron preparados militar y políticamente por el brazo armado del Partido Comunista peruano, acorralado por la represión ilegal tras la caída en 1992 de su líder, Abimael Guzmán. En la causa por la masacre de octubre no ingresaron pruebas al respecto.

Cicatrices

Donde sí quedaron documentos que confirman el pasado senderista, al menos de Meteoro, es en la vieja causa que investigó la propia Unidad Antiterrorista de la Policía Federal durante 2001. Allí se pueden encontrar dos faxes enviados por Interpol al juzgado federal que investigó a los capos en los que se comunica a las autoridades argentinas la orden de captura por el delito de terrorismo para Esidio Ramos Mariño. Es decir, Meteoro.

“Piel trigueña, ojos pardos, cabellos lacios negros, estatura 1,52 centímetros, nariz recta, frente amplia, labios medianos, cejas semipobladas”, lo describe el parte. Con el alias de Carlos, Meteoro era buscado bajo las siguientes “señas particulares”: “Cicatriz en el pómulo izquierdo (8 centímetros). En la ceja del ojo izquierdo (3 centímetros). Altura de axila izquierda (8 centímetros). Cadera lado izquierdo. Dos tatuajes en el pómulo derecho (lunares). Otro tatuaje con el rostro de una mujer con la inscripción ‘Dios y mi madre’ en el antebrazo derecho y otro en el dorso de la mano derecha con las letras E.T.”

Esidio Teobaldo había escrito sus iniciales sobre la piel. Y en su prontuario llevaba varios párrafos de acusaciones. En el resumen de los hechos, Interpol informaba que era buscado desde 1994 por un juzgado penal del Callao, Lima. “El día 07 mayo 86, miembros de la Policía Nacional contra el Terrorismo intervienen el inmueble ubicado en MZ. SI. LOTE 20. Urbanización Taboadita Callao, encontrándose en su interior abundante material bibliográfico (volantes, folletos, hojas mecanografiadas y manuscritos) perteneciente a la organización subversiva ‘Sendero Luminoso’ encontrándose, entre éstos, el informe de aniquilamiento de miembros de las fuerzas armadas y fuerzas policiales elaborado por el procesado Esidio Teobaldo Ramos Mariños (a) Carlos”. El documento lo marca como un “integrante de uno de los destacamentos del Comité Zonal Este de Lima Metropolitana del partido comunista peruano”.

El diario La Nación –particularmente interesado en divulgar en sus páginas internacionales presuntos resurgimientos guerrilleros en diversos puntos de Latinoamérica– fue el único medio argentino que se hizo eco, el 17 de agosto de 2001, de la caída de Meteoro y su hermano Ruti en Buenos Aires. “Detienen a un supuesto ex terrorista”, dice el título de la nota en la que se da cuenta de la investigación exitosa de la DUIA. Lo que había llevado a la Justicia a investigar a los hermanos y sus socios del momento –entre otros el propio Salvador, hoy capo absoluto de la 1.11.14– era en realidad un triple homicidio, el de Julio Chamorro, otrora jefe de la banda narco, y dos de sus guardaespaldas y parientes. Los Chamorro fueron encerrados en lo que se conoce como la canchita de los Peruanos, en el medio de la villa, cuando descansaban después de un partido de fútbol con las camisetas de San Lorenzo todavía puestas. A lo largo de la causa judicial en la que terminaron presos los Ramos Mariño, se puede leer el derrotero de otras víctimas, mucho de ellos paraguayos expulsados del barrio por “los muchachos”, como les dicen los vecinos aún hoy a los soldados narcos que controlan sus pasillos.

De todas formas, Meteoro estuvo preso por tres años. Cayó en la puerta del pool que administraba sobre la avenida Bonorino, a metros de donde cuatro años después sería la masacre del Señor de los Milagros. Entonces declaró ante el juez: “Vine a trabajar en 1997. Empecé cortando cueros para zapatos durante ocho meses y por no tener documentos tuve que trabajar después en un vivero como jardinero un año y medio, y con la plata que ahorré, compré un Ford Taunus, para trabajar de remisero. Así logramos poner un pool en la villa. Soy inocente, no sé ni manejar un arma. Ni siquiera fui al ejército por mi baja estatura”. Los informes de Interpol lo pintan, en cambio, como un cuadro: “Participó en reuniones de adoctrinamiento ideológico, incursiones, investigaciones de aniquilamiento de dos miembros de las fuerzas policiales, como del movimiento de un coronel del ejército peruano en Ayacucho. Participó en atentados terroristas a los locales del PAIT –un polémico programa de empleo temporal de la época– y del Coprode –Comité de Promoción del Desarrollo– del distrito de Canto Grande, Lima, utilizando para perpetración de estos actos sustancias inflamables”.

El bis de la 31

Hasta acá la historia, el pasado lejano de Meteoro Ramos. Tras aquel golpe frente al pool, en el que fue esposado y sacado en un coche policial de la villa, volvió a la calle el 6 de julio de 2004, antes que Ruti, quien tuvo que cumplir una condena más larga porque le encontraron encima documentos falsos. Desde entonces lo ven caminar, tranquilo y bien educado por los pasillos de la Villa 31 bis. “Cuando mataron a la gente en la procesión del año pasado en el Bajo Flores, acá escuchábamos que festejaban porque les había salido bien”, le cuenta desde el más secreto de los nombres una mujer a este cronista. La villa, en la que viven cinco mil familias, además de las diez mil que hay en la 31 propiamente dicha, se extiende entre la autopista y la avenida Libertador, justo detrás de la Facultad de Derecho. “Ese sábado a la noche ellos vinieron a festejar acá, como si lo que habían hecho hubiera sido ganar un partido de fútbol”, cuenta un pibe que los escuchaba cuando iban a cargarse de cerveza.

Puede resultar extraño, pero en los dos extremos de la ciudad, los porteños tienen noticias de sus vecinos remotos. Así como en la 1.11.14 se supo enseguida que los sicarios fueron sacados del Bajo en una combi blanca hacia Retiro, en Retiro supieron lo ocurrido en el Bajo. “Sabemos, pero no podemos hacer nada cuando nos enteramos de algo porque no tenemos manera de ir en contra de los transas. Una vecina se quejó ante el comisario de la 46ª porque está lleno de kioscos, y a los tres días los propios narcos la apretaron porque ya sabían quién había hablado”, se lamenta la mujer ante este cronista. Ella pudo escuchar los tiros que anunciaban, la madrugada del 5, el fin para Meteoro. Fueron ráfagas de ametralladora –como las que sonaron en la masacre– y de pistolas automáticas. En los ranchos y las casas de las manzanas 7 y 8 se ven hoy los agujeros que dejaron las balas. “Esa noche el rumor era que había muerto uno, pero lo sacaron del barrio envuelto en una sábana”, dice un testigo desde el anonimato.

La noche siguiente, el tiroteo fue más duro. Los peruanos, cuentan los vecinos, habían pasado el día entero reunidos en una esquina, esperando a alguien. Todo el barrio sabía que el combate continuaría a la noche. Por eso nadie se movió después de las doce. A las dos y media volvieron las balas. “Era sabido que perdía un peruano al que se le habían rebelado los de la banda. El intentó retener el poder, pero esa noche le dieron con todo. El cuerpo dicen que quedó destrozado”, cuenta la mujer en voz muy baja. Fuentes judiciales confirmaron a Página/12 que la policía tardó tres días en identificar el cuerpo de Meteoro, al que le habían sacado las armas y las identificaciones. La fiscalía en lo criminal 10 allanó varias casas. En una de ellas se encontró con 7 kilos de marihuana, lo que implicó la apertura de una investigación en el Juzgado Federal 2. “Cuando lo mataron vinieron y desaparecieron los kioscos de drogas por unos días, pero ya volvió todo a la normalidad. Ellos tienen mujeres solas con hijos que les trabajan de campana, sistemas de timbre para avisar quién entra, y sólo se cuidan cuando hay algunos cambios en la guardia de la policía. “Nosotros vimos morir muchos peruanos en los últimos años. Por eso pensamos que con la muerte de Meteoro, no va a cambiar nada”, se atreve a decir un hombre cuando anochecía el viernes sobre la villa. La luz del sendero de Meteoro apenas si alcanza a iluminar las nuevas fuerzas en los territorios de la paralegalidad.
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miércoles 11 de noviembre de 2009

Jon Sobrino, el obseso- Roberto Valencia


Foto: Francisco Campos

Roberto Valencia es un periodista freelance nacido en el País Vasco, pero que desde el año 2001 reside en El Salvador, Centroamérica. Sus relatos han sido publicados en revistas como Gatopardo (México), Revista C (Argentina) o Séptimo Sentido (El Salvador). Escribe de forma habitual en el diario El Mundo (España) y en el blog Crónicas guanacas.

El nombre de un periodista no es algo importante para Jon Sobrino. En realidad, el periodismo en sí, tal y como está concebido en la actualidad, no es algo importante. “No me interesa todo eso, ese mundo de los millones, de los medios que son más o menos de derecha o un poquito de izquierda”, me dijo la tercera vez que hablamos frente a frente. La segunda vez había sido el 30 de noviembre, poco después de oír cómo cantaba el “Cumpleaños feliz”. Me le acerqué una vez finalizada su misa, como habíamos acordado por teléfono.

—A ver, ¿tú eres Antonio Valencia? –preguntó.
—Roberto, padre, Roberto Valencia.
—Roberto... ah, entonces sí te conozco. Vamos a ver –enérgico–, ya te dije que ahora no te voy a recibir, pero ¿qué es lo que quieres tú?

Siete días después salió con eso de que no le interesa el mundo de los millones ni aparecer en los medios. Esa tercera plática fue más cordial. Fijamos una entrevista larga en su despacho para las 4 de la tarde del día siguiente y volvió a confundirme con Antonio. Se justificó diciendo que Antonio Valencia le sonaba a un portero que tuvo hace unos años el Athletic de Bilbao, el equipo de fútbol de la Liga española. Pero ese portero se llamaba Juanjo Valencia.

“Yo soy diabético, de dos inyecciones diarias, para que lo pongas.” Su mala memoria selectiva –solo para nombres y rostros– la atribuye a la diabetes. Y es selectiva porque Sobrino, el jesuita salvadoreño amonestado hace ya un par de años por el Vaticano, tiene 70 años, pero es uno de los teólogos más leídos y traducidos en todo el mundo, continúa celebrando misa en la misma iglesia donde lo ha hecho por casi 20 años y se mantiene firme en lo que décadas atrás alguien bautizó como la opción preferencial por los pobres. Y sigue publicando cuanto puede. Y sigue con sus pensamientos enfocados en lo que él cree que es importante.

En la entrevista de las 4 en su despacho, tras casi dos horas de plática, le pedí que me firmara un ejemplar de uno de sus libros. Lo abrió y con letra clara y legible, de estudiante aplicado, escribió: “Para Antonio Valencia. Con agradecimiento y esperanza. Jon Sobrino”.

***

Faltan segundos para las 8 de la mañana. Hoy es 30 de noviembre, domingo. Sobrino sale de la sacristía serio, mirada perdida, casulla morada de Adviento. Lleva pegada al pecho una Biblia verde con un cordelito rojo para separar páginas. Camina hacia el altar despacio, casi arrastrando los pies. El coro, nutrido y voluntarioso, está cantando una canción que dice que los pobres esperan el amanecer de un día sin opresión. Quizá eso llegue alguna vez, pero hoy se tienen que conformar con un día de cielo azul intenso pero fresco. Sobrino se frota las manos, se acomoda los lentes.

Esta es la iglesia de El Carmen, en el centro de Santa Tecla, una ciudad que forma parte del área metropolitana de San Salvador, la capital del país. El párroco aquí desde 1991 es otro jesuita llamado Salvador Carranza, alto, barbado, septuagenario también. Al poco de su designación, pidió a su amigo Sobrino que le ayudara a celebrar. Y le aceptó. Salvo viaje al extranjero o quebranto serio de salud, todos los domingos a las 8 de la mañana inicia su misa, como está sucediendo en este instante.

Llamar templo a esto es una cortesía. La centenaria iglesia dedicada a la Virgen del Carmen quedó semiderruida por un terremoto en 2001. Las misas reiniciaron meses después en este improvisado, largo y estrecho galerón de láminas con ventanas por doquier, techo falso y luces fluorescentes. Lo levantaron a la par. Trajeron las bancas, un pequeño retablo, dos atriles de madera tallados y cuanta escultura sobrevivió al sismo. Y se logró un lugar acogedor, pero que está a años luz de la solemnidad de catedrales ciclópeas o milenarias. A Sobrino la sencillez que le rodea no parece incomodarle; al contrario. Y lo explicitará durante la homilía.
—Jesús jamás habló de que él estaría en una catedral bellísima...

La frase entera la podrán leer más luego. Ahora el coro sigue cantando la canción que dice que los pobres esperan un día sin opresión, la primera de nueve. Las dos últimas serán “Las mañanitas” y “Cumpleaños feliz”. Hoy es el cumpleaños de Salvador Carranza, a quien acá todos conocen como padre Chamba. Cumple 72, una edad que dicen que es muy bíblica. Español de nacimiento, llegó al país en 1956, un año antes que Sobrino. Ambos forman parte de ese grupo de jesuitas sin el que resulta complicado explicar la historia reciente de El Salvador. Son los que crearon la Universidad Centroamericana (UCA), los que abrazaron la Teología de la Liberación, los que educaron, los que fueron llamados comunistas, los masacrados, los involuntarios protagonistas del Museo de los Mártires, los que al final de la misa estarán acá, septuagenarios, escuchando a 200 parroquianos cantar en una iglesia-galera algo tan poco eclesial como “Las mañanitas”. Juntos en el altar, el padre Chamba y Sobrino cantarán también, sonrientes.

***

La sinopsis de sus primeros 68 años de vida sería así: Jon Sobrino Pastor Gaztañaga Larrazabal nació en plena Guerra Civil española, el 27 de diciembre de 1938. Nació en Barcelona. Sus padres –Juan y Rosario– habían escapado un año antes desde Barrika, un minúsculo pueblo del País Vasco. La familia regresó a su tierra cuando Jon tenía 10. Con apenas 17 años, ingresó en el noviciado de la Compañía de Jesús en Orduña, cerca de Bilbao. Con apenas 18 años, fue enviado al noviciado de la Compañía de Jesús en Santa Tecla, cerca de San Salvador. Fiel al espíritu jesuítico, tuvo una sólida formación en algunas de las mejores universidades del mundo. Estudió en Cuba, en Estados Unidos y en Alemania. Para 1973 ya tenía las carreras en Filosofía, Ingeniería Mecánica y Teología, de la que se doctoró. Regresó a El Salvador para instalarse de forma definitiva. Vivió la metamorfosis de Monseñor Óscar Arnulfo Romero. Sufrió lo peor de la guerra. Se nacionalizó. La masacre. Se esperanzó con la firma de los Acuerdos de Paz en 1992. Sintió –siente– vergüenza por este mundo. Y mientras, publicó cuanto pudo sobre Cristología, sobre Romero, sobre los pobres, sobre liberación. Todo eso y más hizo en sus primeros 68 años de vida. Pero ahora tiene 70.

En noviembre de 2006 se aprobó la Notificación. Tras largos años de estudio de dos de sus libros –“Jesucristo Liberador” (1991) y “La fe en Jesucristo” (1999)–, el papa Benedicto XVI mandó publicar el documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe que catapultó a Sobrino. De ser un teólogo respetado y reconocido en círculos religiosos pasó a encarnar la víctima del conservadurismo que se le achaca al Papa. No es que partiera de cero, pero lo convirtió en un fenómeno mundial. Si se busca entre las páginas en inglés que aparecen en Google, “Jon Sobrino” tiene más entradas que “Antonio Saca”, el presidente de El Salvador. En Wikipedia hay artículos sobre Sobrino en 10 idiomas diferentes. En inglés, en francés, en alemán, en japonés y hasta en húngaro siempre aparece como uno de los estandartes de la Teología de la Liberación.

Sin embargo, la realidad es que la tan traída y llevada Notificación, aun siendo un hecho extraordinario dentro de la Congregación, fue un sopapo moral público, pero no acarreó sanción concreta alguna. Sobrino siguió haciendo lo que para él sí es importante: oficiar misa, publicar libros, denunciar lo denunciable, continuar como director del Centro Monseñor Romero de la UCA, dar clases.

***

—Buenos días tengan todas y todos ustedes.

Las palabras resuenan amplificadas en el galerón por un sistema de sonido rústico pero eficaz. Siempre repite las mismas.

Sobrino apoya sus manos sobre una mesa hueca cubierta por un mantel blanco con bordados. Iluminada por dentro, sirve de sepulcro a un Jesucristo yaciente y ensangrentado que el Adviento todavía no ha ocultado. La figura es una de las esculturas sobrevivientes del terremoto, de una finura que contrasta con el ambiente espartano a su alrededor. Hay afiches colgados con las fotografías de Monseñor Romero y del sacerdote jesuita Rutilio Grande, asesinados ambos. La presencia de esas imágenes en la iglesia no es casual ni decorativa. Rutilio y Romero también están en su despacho de la UCA y en el diminuto cuarto donde duerme. Son algo importante.

Ahora Sobrino está leyendo con desgana las intenciones, que hoy son todas de acción de gracias. Visto desde aquí, encanecido y delgado, parece poca cosa. Nadie diría que alguien así ha soliviantado durante años a Joseph Ratzinger, la persona que hoy rige el destino de la Iglesia católica bajo el nombre de Benedicto XVI. Ratzinger fue quien como prefecto le abrió los procesos y Ratzinger fue quien firmó la Notificación. Y aunque a Sobrino no le haga mucha gracia, esa representación de David contra Goliat que le ha tocado interpretar siempre ha sido muy atractiva para el “establishment” que él combate. Es discutible si convence, pero no hay duda de que su lucha seduce. En el popular portal de internet Facebook hay un grupo que se llama Friends of Jon Sobrino SJ. Del extranjero lo invitan con frecuencia para dar charlas y seminarios, es hombre de mundo y conoce algunos buenos hoteles. Y ni siquiera en El Salvador escapa a situaciones en las que él se siente como pez fuera del agua. En sus apariciones públicas, rara es la que no concluye con la firma de autógrafos o con él posando junto a admiradores frente a alguna microcámara de un teléfono celular.

Sobrino no cree que sea para tanto.

—Tú pon lo que quieras, pero yo creo que la gente que se acerca a mí no es por famoso. Es por amistad o quizá por agradecimiento, porque yo represento un poquito a los mártires; un poquito, ¿verdad? Desde luego, con Beckham no tengo nada que ver. Ni yo ni el padre Ellacuría ni Monseñor Romero.

***

Sobrino está vivo por conocer el idioma del imperio.

La segunda y la tercera, junto a la iglesia de El Carmen. Pero la primera vez que hablamos frente a frente fue el 24 de marzo de 2008. Sobrino entonces ni siquiera sabía que alguien llevaba tiempo siguiéndolo para este perfil. Aquella resultó una conversación imprevista, fugaz, recelosa y a tres bandas. El tercer interlocutor era Leonardo Boff, teólogo brasileño que se encontraba de visita en el país y me había aceptado una entrevista. Él es otro referente mundial de la Teología de la Liberación. Boff, franciscano hasta entonces, colgó los hábitos en 1992.

A mitad de la entrevista, un taxi se paró frente a la entrada principal. De él bajó Sobrino. El rencuentro lo habían fijado para justo después de la entrevista. Y Sobrino, fiel a sí mismo, se adelantó a la hora fijada. Cruzó la puerta de vidrio con un portafolios bajo el brazo, se acercó despacio, casi arrastrando los pies. Vestía sencillo: pantalón, una chaqueta sobre la camisa y zapatos negros. Boff se levantó y salió a su encuentro.

—Caro Leonardo, caro Leonardo.

Los dos tienen la misma edad, estudiaron en Alemania e intimaron cuando en los ochenta participaron en un proyecto que pretendía sistematizar toda la Teología de la Liberación en 50 tomos. Pero además les une un vínculo especial. Cuando el 16 de noviembre de 1989 ocurrió la masacre de los seis jesuitas en la UCA, Sobrino se encontraba fuera del país. Eso le salvó. La orden que tenían quienes ejecutaron la matanza era no dejar testigos. Uno de los cadáveres, el del padre Juan Ramón Moreno, lo arrastraron hasta la habitación de Sobrino. Pero él estaba en Tailandia. Lo habían invitado para impartir un curso sobre Cristología en inglés, el idioma de lo que él llama el imperio. Ese curso lo iba a dar Boff. Había recibido la invitación primero, pero la rechazó. “En esa invitación pedían inglés, y yo no lo podía bien, pero les dije a los organizadores que invitaran a Jon Sobrino.”

Aquel rencuentro entre los dos teólogos fue cordial. Sonrisas y abrazo. Intercambiaron unas pocas palabras inaudibles.

—Te veo, te veo, te veo –elevó el tono Sobrino, palmeando la panza de Boff– Los ojos, eso no has cambiado. La vivacidad... y estás aquí.
—... Termino aquí, porque quiero hablar mucho contigo, Jon... Ah, Jon, él –por mí– me ha dicho que va a tu misa.

No era el plan original, pero tuve que intervenir.
—Yo llego a la iglesia de El Carmen, padre.
—Ah, no me digas.
—Ayer estuve.
—¿Ayer a las 11?

Su misa había sido a las 8 de la mañana, pero supuse que me estaba probando. Meses después quise saber si mi suposición era acertada, pero me dijo que no recordaba haberme visto nunca antes. Su memoria en verdad es mala para los rostros y los nombres.

***

El joven Marcello Rodríguez se sienta en el suelo, saca la videocámara de su funda, la apoya sobre su rodilla derecha y comienza a grabar. La homilía de Sobrino está comenzando.

—Que el señor esté con ustedes
—Y con tu espíritu.
—Lectura del Evangelio, según San Marcos.
—Gloria a ti, señor.

Marcello –16 años, voz sonora, guitarrista aficionado– llega todos los domingos a El Carmen y busca lugar en primera fila, cerca del atril de madera tallada que se usa para las lecturas. Lo acompañan su hermano Gabriello, de 15, y una cámara de video Samsung modelo SCL906. Desde hace unos cinco años –no saben precisar la fecha– graban la revolucionaria interpretación del Evangelio. A Sobrino no le entusiasma la idea, pero tampoco le molesta lo suficiente. Las decenas de cintas acumuladas desde entonces las conservan en cajas con naftalina. Los videos no los suben a YouTube ni nada por el estilo. De vez en cuando los ven en familia. Es algo para consumo propio, pero han creado un archivo que quizás algún día sea codiciado.

Pero volvamos a la homilía. Sobrino también hoy está explicitando su opción preferencial por los pobres.

—Jesús está –y señala con el dedo hacia adelante– en esos pobres de la puerta, de esta iglesia y de tantas.

Una iglesia parece incompleta si no hay alguien en la entrada pidiendo limosna. En El Carmen este fenómeno roza el surrealismo. Un domingo de octubre había 24 personas suplicando unos centavos. Cuando Sobrino dice eso de pueden ir en paz, los pobres de la puerta se colocan en dos filas. En la formación hay muletas de madera, artritis, manos extendidas, vasos con vocación de monedero, delgadez extrema, canas sucias, olores, rostros cansados de la vida, arrugas infinitas, síndromes de abstinencia, sueño, insultos para el que toma fotografías y dioselopagues. La feligresía pasa en medio. La mayoría, con indiferencia; algunos sí tienen unas monedas, unas palabras o un saludo como recompensa. Esta es la pobreza que cada día respira Sobrino, la que le lleva a escribir frases como esta: “Que los multimillonarios pasen hambre alguna vez, para ver si eso los convierte”. Pero lo cierto es que son pocos, casi ninguno, los pobres de la puerta que entran a escucharlo. Parece que no les interesa oír al que predica por y para ellos.

Mientras habla en la homilía Sobrino gesticula con los brazos. Se ve entusiasmado, como si lo hiciera por primera vez. Aún se le reconoce su acento de Bilbao. Sonríe, se muerde el labio inferior.

—Jesús jamás habló de que él estaría en una catedral bellísima, y ojalá que las catedrales sean bonitas, que no tengo nada en contra de eso. Pero sí dijo que allá donde haya hambre y sed y enfermedad y gente que se muere de sida, nos guste o no nos guste, ahí estará él.

El Evangelio de hoy es San Marcos 13:33-37. Es corto y se refiere a cuando Jesucristo pide a sus discípulos que estén alerta siempre, como cuando unos empleados esperan la llegada del dueño de la casa. Esta lectura le está sirviendo de excusa para hablar de los pobres de la puerta, de las catedrales, de los atentados en los hoteles de la India, de Monseñor Romero y de la masacre de los jesuitas. Raro es que sus sermones bajen de los 20 minutos.

***

El Salvador transpira cristianismo desde su mismo nombre. El lema de su escudo dice Dios, Unión y Libertad, en ese orden. La capital se llama San Salvador. Las dos ciudades más importantes tienen también nombre de santo: San Miguel y Santa Ana. El listado con los nombres de los municipios parece santoral. Sin embargo, al mismo tiempo es el país con la mayor tasa de asesinatos de todo el continente. Y con pobreza y desigualdad, el caldo de cultivo de la Teología de la Liberación. Aún hoy, 30 años después del boom de la doctrina, este país centroamericano con casi 6 millones de habitantes presenta cifras que hablan de un 14% de analfabetismo, de una escolaridad promedio de seis años, de 173,000 niños que trabajan, de un 26% de hogares sin agua por cañería, de un 35% que vive bajo la línea de pobreza, 44% en el área rural. Y de casi 400,000 familias que reciben remesas de parientes que tuvieron que emigrar.

Sobrino cayó en El Salvador hace más de medio siglo. Llegó sin pretenderlo, para cubrir el déficit de vocaciones en Centroamérica. Hoy no hay quien lo saque de aquí.

—Estoy convencido de que le han ofrecido la posibilidad de dar clases fuera.
—Sí.
—Pero sigue aquí. ¿Cómo se explica eso?
—A ver. Tu pregunta presupone que es raro. Que es raro que si una universidad un poco importante de Estados Unidos me ofrece una cátedra, que yo me quede aquí. Bueno, pues sí, he tenido algunas ofertas, pero nunca jamás se me ha ocurrido irme.

Él y muchos otros jesuitas del grupo obtuvieron sus papeles salvadoreños en 1989, en los días previos a la llegada al poder de ARENA. Este partido político de derecha, que lleva 20 años consecutivos en el poder, fue fundado por el Mayor Roberto d´Aubuisson, a quien la Comisión de la Verdad de la ONU identificó tras los Acuerdos de Paz como el autor intelectual del asesinato de Monseñor Romero.

Pero la nacionalidad de Sobrino va más allá de lo que diga su pasaporte. Cuando se le oye hablar, queda claro que en su concepto de Nosotros están los salvadoreños, los pobres, el Tercer Mundo. El Primer Mundo donde a él lo educaron lo encuadra en ideas como el Allá o el Ellos. A su país, El Salvador, dice que le debe haber aprendido a sentirse como un ser humano, algo que le permite comprender lo que ocurre en el Congo, por citar un su ejemplo recurrente. Y aquí también dice haber conocido a gente de mucho amor y a gente de esperanza, de esa esperanza honda tan difícil de ver en Europa o en Estados Unidos.

Quizá por esa coherencia entre lo que escribe y su manera de vivir es que se haya ganado un notable grado de respeto y de admiración.

“Dentro de la gama de teólogos de la Liberación, Jon Sobrino es para mí alguien que realmente supo sacarle el jugo más positivo a esta teología. Ha sabido administrar, con bastante coherencia y equilibrio, todo el patrimonio teológico de El Salvador y de América Latina.” Fernando Lugo, ex obispo y actual presidente del Paraguay.

“Normalmente el teólogo es solo teólogo, reflexivo, al que no le importa mucho la espiritualidad. Pero Jon Sobrino es teólogo y lo que más hace es predicar de forma espiritual, sin abandonar el rigor muy jesuita, muy alemán, de la reflexión teológica. Por eso es peligroso.” Leonardo Boff, teólogo de la Liberación.

“No es amigo de protagonismos, todo lo contrario a Leonardo Boff; son dos hombres muy diferentes. Sobrino es de diálogo más íntimo, así es como se siente a gusto. Pienso que en parte se debe a su manera de ser, reservada y más bien intimista.” Gregorio Rosa Chávez, obispo auxiliar de San Salvador.

“Es una de esas personas que tienen una fe muy profunda en Jesucristo y en el Evangelio, una fe de la auténtica, de la que duele y causa dudas... no la fe anquilosada en unas normas y códigos de Derecho Canónico.” Jesús Bastante, periodista español.

***

Avanza la misa en El Carmen. Bajo la batuta de Sobrino los presentes ya le han rogado al Señor. Le han dado gracias. Algunos han dejado unas monedas en bolsas de trapo verde amarradas a un palo. Se ha cantado el padrenuestro. Y hace apenas unos segundos todos se daban fraternalmente la paz. Este acto resulta emotivo. Los parroquianos se dan abrazos o se agarran de las manos mirándose a los ojos. Y no se limitan a los que tienen alrededor. Hay movimiento de unas bancas a otras. Niños suben a abrazar a un Sobrino que corresponde el gesto con una sonrisa y con ligeras palmaditas en la cabeza. Luego baja a estrechar su mano a las personas que están en primera fila. Cuando presencié esto el 24 de agosto, anoté en la libreta unas palabras que entonces creí urgentes: “Hay algo en la atmósfera, posible entrada para la nota”. Aquí dentro, por un instante, uno se olvida de que está en el país más violento del continente.

Comienza la eucaristía con una canción de fondo que dice que el pueblo gime de dolor y que el pueblo está en la esclavitud. Sobrino reparte los cálices entre sus colaboradores y se sienta. Él no da las hostias. Hace meses, Salvador Carranza, el párroco, dijo que es por la diabetes, que se cansaba mucho. También me contaron que en la comunidad de jesuitas donde vive tuvo una vez una crisis, rompió una jarra de vidrio, se cayó sobre los cristales, se cortó la mano y hubo que llevarlo al hospital. A Sobrino no le gusta hablar mucho sobre su salud. En su humildad, cree que no le interesa a nadie más.

—Me habían dicho que estaba mal de salud, pero lo he visto muy activo.
—Hace cuatro años tuve un coma del que sobreviví. Fueron tres días en coma... Bueno, que sí es serio lo de la diabetes. Ahora, ¿en qué se nota para mí la enfermedad? Yo antes trabajaba ocho horas, por así decirlo, y ahora trabajo cuatro. ¿Y por qué? Pues porque no da para más.

Regresemos a la misa, donde ya todos comulgaron. Está a punto de terminar. Están dando unos avisos. Uno invita a donar juguetes para niños pobres y otro es para que los feligreses se animen a comprar CD con las canciones del coro. Solo queda cantar al padre Chamba “Las mañanitas” y el “Cumpleaños feliz”. Han pasado 65 minutos desde que inició la misa. Esto acaba.

***

El tramo final de la entrevista en su despacho fue el momento para cuestionarlo sobre el que parece ser el único punto débil dentro de su filosofía de vida: su fiel permanencia dentro de la Iglesia católica, una institución cuyas máximas autoridades en El Salvador y en Roma lo han desacreditado en público. Y, quizá más importante, que tiene actitudes y actuaciones que cuestionan eso de que los pobres estén en el centro de todo, que cuestionan lo que para Sobrino es una obsesión. Su último libro se titula “Fuera de los pobres no hay salvación”.

—¿Cómo encaja la opción preferencial por los pobres en una institución como la Iglesia católica, dueña de tantas riquezas?
—La opción por los pobres no quiere decir: usted estudió un doctorado en Teología en Alemania, y gastó no sé cuánto dinero, y sabe mucho más que todos, ¿y usted quiere ser pobre? Pues olvídese de eso. ¡No! Sino ponga todo eso al servicio de los pobres.
—La Iglesia posee acciones en grandes multinacionales y en la banca. Es parte activa del sistema.
—Que las instituciones tengan acciones me parece inevitable en nuestro mundo. Eso sí, con mucho cuidado. Que no caigan en la mística de que cuanto más, mejor. Y que los beneficios se usen para proyectos a favor de los oprimidos. Acumular capital, para acumular poder y buen vivir, para irse de turismo o para comprar jugadores de fútbol a precios que representan un buen porcentaje del presupuesto del Chad, eso es caer en el dinamismo del capitalismo inhumano.
—¿Y qué hace con las acciones su congregación?
—La Compañía necesita recursos para formar a los jóvenes jesuitas que todavía no producen, por así decirlo. También patrocina servicios para refugiados, oficinas de derechos humanos, y los fondos que se necesitan para eso no caen del aire. Siempre queda la ambigüedad. Por lo que yo sé, no invertimos en empresas que fabrican armas, por ejemplo. Es capitalismo, pero digamos que de lo pecaminoso, pues lo menos.
—No ve mayor problema, entonces.
—El dinero y la riqueza siempre me dan miedo. Pero si los defensores del capital nos atacan, entonces es porque quizás no lo estamos haciendo tan mal. En los últimos 30 años, 49 jesuitas han sido asesinados en el Tercer Mundo. Repito, todo lo que sea dinero y poder tenemos que usarlo con temor y temblor. Pero creo, espero, que esos mártires nos redimen de nuestras equivocaciones.

***

La misa ha terminado, y Sobrino se retira a la sacristía. Ayer acordamos por teléfono que ahora me recibirá para que le explique cuál es mi interés en hacerle este perfil. Se acerca caminando, casi arrastrando los pies. Viene sin casulla y viste sencillo: pantalón, una chaqueta sobre la camisa y zapatos negros. No lleva anillos ni nada ostentoso. Lo único reseñable es su viejo reloj de pulsera. Sobrino, uno de los intelectuales salvadoreños más leídos y traducidos, no tiene carro, celebra misa en una iglesia de láminas y vive en comunidad con otros jesuitas. Su cuarto mide 20 metros cuadrados, quizá menos. Es una cama, una computadora sobre una mesa y libros. No hay aire acondicionado ni televisor. Hay coherencia entre él y su discurso.

—A ver, ¿tú eres Antonio Valencia? –pregunta.
—Roberto Valencia, padre, Roberto.
Sentados en una de las bancas de madera frente al galerón, comparte algunos de sus temores. Lo hace a su manera, con el sutil velo de reprimenda con el que envuelve sus argumentaciones. Dice que él es alguien al que Roma le ha dicho que es malo y que eso no es así nomás. Dice que el periodismo le ha generado ya algunos sinsabores. Y dice que en el arzobispado lo tienen en la mira. Me está sonando a que me pedirá algo que no podría cumplirle: que le baje el perfil a lo que le he escuchado y leído sobre el imperio, sobre el capitalismo, sobre los oligarcas, sobre el Congo. Para salir de dudas, le recuerdo que acaba de afirmar eso de que Jesús y las catedrales bellísimas no son el binomio ideal.

—Sin duda, sin duda... Sí, sí, sí. Eso ponlo, por supuesto, sin dudarlo.
Empiezo a entender lo que para Jon Sobrino es importante.
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lunes 9 de noviembre de 2009

Marcha del orgullo gay- Cristián Alarcón.


Crónica publicada en el diario Crítica de la Argentina
La marcha gay parece repetirse, pero no. Al comienzo, en las preliminares de la fiesta, el que tanto ha caminado los comienzos de noviembre el trecho entre Plaza de Mayo y el Congreso, mira y no consigue ver lo diverso. Más bien piensa: ¿será que antes lo miraba drogado? ¿Será que si no tomo cerveza como todo el mundo nada divertido pasará? ¿Será que ahora sí es una manifestación política que reclama derechos muy juiciosa, y para colmo, los consigue?

Porque este año parece que la gran diferencia es que se viene el matrimonio gay. Está ahí nomás, apenas salimos a ritmo de trompetas, de la plaza, a la vuelta de la esquina, como alguna vez estuvo la revolución. Lo pienso y veo otra vez a Philippe, mi viejo profesor de francés, darse un beso largo y profundo, con Marcelo, su novio de bodas de plata ante una cámara de televisión que parece excitarse con el ejemplo de amor gay. ¿Se irán a casar? Quiero boda, quiero fiesta, y tirar la cinta, pero no sacar el anillo.

No, no se repite, amigos. Se vuelve a inventar. Novedades en el frente: la estética policial. Sí, se les ha dado por emular el uniforme del enemigo. Sin pudor. Al frente de las columnas caóticas de jóvenes danzantes un grupete lookeado de azul llama la atención. Son cinco, pero parecen diez. La tela pegada la cuerpo onda catsuit en las travestis del grupo rinde ante el chonguerío rapaz. La de los chicos muestra bultos acomodados a la derecha, como exagerados, como alimentados por quien sabe qué. Por todos habla Lola: “somos amigos de toda la vida y compartimos el gusto erótico por los policías”, dice mientras pasan las señoras de San Telmo, los turistas, con sus camaritas. “Todos tenemos amantes policías. Yo tengo uno que abajo del uniforme usa lencería erótica”, dice Lola.

Entre tanto disfraz, la Barbie, gigante trans, despierta pasiones cholulas: le piden que se acerque, que los bese, que les firme autógrafos. Una doña se le prende del brazo y la Barbie, entrenada en la pantalla basura de la tele, la desplaza de un solo empujoncito: “¡Ah! Vos sos lesbiana. ¡Salí de acá!”. La doña ni se inmuta. Le parece un piropo. Festeja. La mezcla de activistas, gays, lesbianas y travestis del montón con público porteño votante de Macri es atroz. Desde las mesitas de los bares de la Avenida de Mayo toman sus bebidas sin alcohol y sonríen, bobos, ante el show. Así es la diversidad porteña. Porque si se da el paso, y se adentra uno en la multitud –fueron más de cuarenta mil, ¿cincuenta mil?– se lo ve distinto: según el ritmo que sale de los megaparlantes que lleva cada camión.

Es así, la Marcha del Orgullo se divide por camiones –aunque parece que Moyano aquí no rige como en todos los demás–. Lo más llamativo es que casi todos son de la misma empresa. Y en la frente de la carrocería el mismo nombre, puro paradigma: “Néstor”. Adelante va la rama gay del Partido Socialista. Atrás uno de la Federación GLTTB, que lleva orquesta con trompetas del grupo Tumba La Tá. Al costado, como romería, las bailarinas, los bailarines. Buena decisión de los organizadores: la música y los artistas primero. La diversidad se puede apreciar a lo largo de la Avenida de Mayo. El acoplado de Diversidad Lésbica, un éxito. Lleno, repleto de chicas. Están por todas partes, son cada vez más. Hace años la marcha era más gay y travesti. Las mujeres solían ponerse máscaras. Sólo se atrevían las punks. Ahora las hay darks, hippies, militantes, feministas, jóvenes y mayores, maestras jardineras, motoqueras.

En el camión del suplemento Soy montaron un escenario lleno de ficus, dice la escritora María Moreno. Algo tiene que ver con lo selvático, medio seco, onda el Tigre en otoño. Tiran manzanas: “Me dieron en la trompa”, dice la Moreno. Pecar, de eso se trata. La alegoría se completa con el poeta Fernando Noy montado por la pintora Alejandra Fenochio de serpiente incitadora, con tocado a lo Carmen Miranda. Y en la otra punta, el diseñador Martín Churba, de infartante minishort. Al del Soy le continúan todos los boliches: Bach, el de las chicas, mixto como siempre. Y para cerrar, América, el bendito antro multitudinario que ha hecho dar el buen paso a más de un convencido heterosexual. En el medio la Lohana Berkins con la arenga de siempre: “Somos tortas, queremos ser pasteles”. Y para terminar, amigos: el chico más lindo de la fiesta, Leandro, 18 años, trepado sobre un buzón en Avenida de Mayo y 9 de Julio, vestido de marinerito, Speedo azul, remerita con cuello, los brazos en alto, el vello como recién nacido. Todos los que pasan le toman fotos. El cronista lo indaga: ¿por qué lookeado así? “Porque soy puto y soy divertido”, dice, el tremendo. ¿Pensará casarse algún día?Leer más...

jueves 5 de noviembre de 2009

Un país de mutilados- Alberto Salcedo Ramos


I) El cantar de Claudia

Esta crónica obtuvo el premio SIP Excelencia Periodística 2009. Alberto está en Buenos Aires para recibirlo. El próximo lunes conversará con Leila Guerriero y Josefina Licitra sobre periodismo literario y crónica latinoamericana a las 19 en la Facultad de Periodismo de La Plata --sede del Bosque (63 y Diag. 113)-- .


A sus once años, Claudia Ocampo tiene claro que si no fuera porque a su padre lo despedazó una bomba, ella jamás habría conocido a su ídolo, el cantante Juanes.
El encuentro ocurrió en diciembre de 2006, en Cocorná, un pueblo encajonado entre montañas, a ochenta kilómetros de Medellín. Un año atrás, Juanes había creado la Fundación Mi Sangre, para ayudar a las víctimas de las minas antipersonales en Colombia. Su propósito al visitar el oriente de Antioquia, la zona del país más afectada por el problema, era llevarles regalos a los damnificados.
Cuando los presentaron – recuerda Claudia – él le dio un beso amable en la frente pero enseguida se desentendió de ella, tal vez porque había demasiadas personas acosándolo para retratarse a su lado y conseguir su autógrafo. Sin embargo – agrega, vanidosa – a los pocos minutos, cuando ella empezó a tocar su guitarra y a entonar los únicos versos que ha compuesto hasta ahora, él dejó de hacer lo que estaba haciendo en ese momento, para dedicarle toda su atención. Y no sólo la oyó, concentrado, sino que además le pidió repetir la canción para él grabarla en su teléfono celular.
Claudia es una niña frágil, de nariz fileña y ojos vivaces. Lleva una blusa rosada ajustada al torso y una falda de ruedo ancho, también rosada, que ciñe su cintura de junco y deja al descubierto sus muslos escuálidos. Su largo cabello castaño, sujetado con ganchos en las sienes, está recogido en una cola de caballo amarrada con un lazo morado. Calza unas zapatillas blancas gastadas en las puntas que, en conjunto con el resto de su atuendo, le confieren el semblante de una Cenicienta sin Hada Madrina y sin Nochebuena. Todo a su alrededor testimonia miseria: el piso roñoso, las paredes descoloridas, la litografía del Papa Juan Pablo II ensartada en un clavo oxidado; la angosta cama de hierro que domina la sala, la cual sirve indistintamente como dormitorio de los residentes y como sofá de los visitantes. Claudia – temperamento efusivo, gracia natural – lejos de ensombrecerse en este entorno tan calamitoso, pareciera fulgurar en él, especialmente cuando toca la guitarra, como ahora. La canción que tararea es la misma que le cantó a Juanes:

Bienvenidos, bienvenidos
Vamos todos a cantar
Este tema de las minas,
De las minas quiebrapatas
No lo entiendo, no lo entiendo
Me lo tienen que explicar


El veintidós de diciembre de 2002, Claudia y sus padres, Samuel Antonio Ocampo y Carmen Julia Gallego, regresaban a su casa, en la vereda Campo Alegre, a bordo de una de esas camionetas desvencijadas que se utilizan en los caseríos remotos del oriente de Antioquia para transportar los víveres. Se habían pasado el día en Cocorná comprando los aguinaldos de sus cinco hijas. Durante el viaje de vuelta, al final de la tarde, venían planeando la cena navideña. Los esposos proponían cerdo asado, y Claudia, que apenas contaba seis años, prefería arroz de gallina. De pronto, al subir una cuesta empinada, el conductor dio la voz de alarma: acababan de vararse. Los pasajeros se apearon para empujar el carro a pulso, pero el motor no respondió. Todos decidieron entonces quedarse allí, a la espera de que llegara algún vehículo y los sacara del apuro. La zona – advertía uno de los lugareños – estaba plagada de minas explosivas sembradas por la guerrilla. El chofer los alertó de nuevo: era posible que sólo a la mañana siguiente apareciera otra camioneta por esos parajes. Samuel Antonio y Carmen Julia se impacientaron. Tenían a cuatro de sus niñas en el rancho – repetían una y otra vez – y por ninguna razón permitirían que durmieran solas. De modo que se irían a pie. Varios paisanos trataron, en vano, de disuadirlos.
Desde el principio acordaron no caminar el uno al lado del otro, sino en fila india, como los burros. El hombre encabezaba la marcha, seguido por su mujer y, más atrás, por su hija. Aunque nadie lo comentó en ese momento, lo que se pretendía con tal disposición era proteger a la niña. En caso de una explosión, los dos adultos le servirían de escudo. Carmen Julia sugirió pisar en los puntos donde hubiera huellas humanas, ya que así disminuiría el riesgo de tropezar con una bomba. Samuel Antonio acató la recomendación, pero aseguró que no les sería útil durante mucho tiempo: dentro de pocos minutos, cuando anocheciera, resultaría imposible distinguir rastros de gente o de animales en el sendero. Avanzaron, tal vez, medio kilómetro bajo un crepúsculo anaranjado. De repente, una descarga que pareció surgir desde el fondo de la tierra los arrojó por el aire. Todavía hoy, Carmen Julia ignora cuánto tiempo duró inconsciente. Sólo sabe que, cuando abrió de nuevo los ojos, el cielo se había encapotado y ella se sintió como la única sobreviviente de una catástrofe. Sin embargo, en la medida en que recuperaba plenamente el conocimiento, pensaba que también ella moriría. Le dolía la cabeza, le ardía el vientre. Palpando su propio cuerpo con espanto, descubrió, a través de su vestido hecho jirones, la masa de arena y sangre que le ensopaba los senos. Por un instante se preguntó quién era ella, de dónde venía, por qué andaba a gatas sobre aquellos rastrojos que le lastimaban las rodillas. Necesitó varios segundos para que sus oídos, aturdidos aún por el estampido, percibieran el llanto desgarrado de Claudia, que se encontraba, quizá, a unos cinco metros de distancia. De un solo golpe se le reveló, completo, el tamaño de su desgracia: su marido yacía en el suelo, destrozado. Entonces, Carmen Julia vio cómo la noche le caía encima y – según dice ahora, mientras zurce una enagua – desde ese día su vida se volvió oscura. Está sentada en la estrecha cama de la sala, vestida con un riguroso traje negro.
-- En el abdomen tengo una esquirla que nunca pudieron sacarme – dice, con la mirada enterrada en el piso --. La niña tiene un nudo en la rodilla izquierda y una cicatriz en el bracito derecho.
En principio, lo que más impresiona de Carmen Julia Gallego es que, a sus cincuenta años, tenga la espalda encorvada, el cuello arrugado y las piernas llenas de várices. En realidad no parece la madre sino la abuela de Claudia. Camina con la parsimonia de las ancianas, y ostenta el aspecto fantasmal de esas viudas anticuadas que renuncian al mundo exterior, para encerrarse a solas con su luto perpetuo. Ciertamente – admite – el dolor sigue fresco, como si la tragedia hubiera ocurrido apenas ayer. Pero aclara que no sólo se ha aislado por tristeza, sino también por falta de opciones. Al morir el marido, se quedó sin ingresos y, de paso, perdió el rancho con todos sus arreos. Fue desterrada cruelmente de su patria chica, la vereda en la cual ella y sus hijas habían vivido siempre, el sitio donde estaban sepultados los restos de su padre, el único lugar del mundo que conocía. Ni siquiera le ofrecieron la oportunidad de llevarse una colcha que les sirviera a las niñas como techo bajo el sol y como abrigo bajo el frío. Deambuló por diferentes pueblos, recorrió distintos albergues de caridad, se enfermó de las arterias, pidió limosna en las calles. Las personas que le expresaban sus condolencias en público, se negaban, en privado, a emplearla como doméstica, pues en el fondo desconfiaban de ella, debido a que procedía de una zona influenciada por la guerrilla. A mediados de 2005 se mudó a las afueras de Cocorná, con su madre y sus dos hijas menores. Las mayores – informa – se enamoraron en el camino, durante la peregrinación, y se fueron quedando con sus maridos.
Actualmente pasa las horas cortando leña que nadie le compra, remendando vestidos que nunca se pone y tratando de olvidar las penas. La indemnización que le dio el Estado por la muerte de su esposo y por las lesiones de Claudia – doce millones de pesos, unos seis mil dólares – se le ha ido en gastos, ya que le tocó volver a comprar los bártulos de la casa. Todas las noches – dice, con los ojos llorosos -- le pide a Dios que le dé salud para terminar de levantar a las dos muchachitas que permanecen a su cargo.
En este punto, Claudia, que ha estado escuchando la conversación, le arroja a su madre el único salvavidas que tiene a la mano.
-- No se preocupe, mami, que si usted se muere, yo vendo la guitarra y monto una tienda.


II) La ruta de la infamia

El avión acaba de aterrizar en el Aeropuerto José María Córdova, del municipio de Rionegro, cuarenta minutos después de haber despegado de Bogotá. Son las once de la mañana de un lunes soleado. Mientras espero que la banda transportadora de equipajes empiece a girar, consulto el mapa de bolsillo: me encuentro a treinta y ocho kilómetros de Medellín. En este sector principia el oriente de Antioquia, la región colombiana más vulnerada por las minas antipersonales. Desde 1990 hasta el primero de diciembre de 2007, se han presentado en el área dos mil trescientos sesenta y ocho accidentes, que han dejado mil quinientas veinte víctimas – casi la cuarta parte del total registrado en el país --. Doscientas ochenta y una de ellas murieron en el momento de la explosión. Las otras personas, entre las cuales hay casi doscientos niños, quedaron condenadas a soportar durante el resto de sus vidas los traumas físicos y sicológicos más crueles: órganos cercenados, parálisis, rostros deformados por las quemaduras, cicatrices atroces, ojos descuajados, pánico, depresión, irritabilidad, derrumbe de la autoestima. Algunos sobrevivientes somatizaron su angustia y se volvieron enfermizos: empezaron a padecer arritmia cardiaca, dolencias estomacales, alteraciones en la piel, náuseas. Otros se aislaron del mundo. Casi todos son campesinos humildes que, después del percance, abandonaron sus parcelas y emprendieron un éxodo doloroso en busca de auxilio. Se convirtieron así en parte de los tres millones de desplazados menesterosos que, según la Agencia de las Naciones Unidas Para los Refugiados – Acnur –, ha generado el conflicto en Colombia.
Ahora me dirijo en un taxi hacia la estación de gasolina conocida como La Mañosa, situada en la autopista que comunica a Medellín con Bogotá. Allí me recogerá Oveida Morales, una de las asistentes sicosociales de los damnificados, quien me llevará a San Francisco, primera escala de mi travesía por el oriente de Antioquia. El chofer, un cincuentón corpulento de bigote bismarckiano, oye las noticias deportivas en la radio, mientras yo repaso el expediente que me entregaron en el Observatorio de Minas de la Vicepresidencia de la República. Varios de los datos que tengo subrayados son aterradores. Hay bombas sembradas en treinta y uno de los treinta y dos departamentos del país – la excepción es el Archipiélago de San Andrés y Providencia --. Los municipios perjudicados son seiscientos setenta y nueve, que equivalen al sesenta por ciento del territorio nacional. Desde el año 2005 se presentan, en promedio, tres víctimas diarias, entre muertos, heridos y mutilados. De 1990 a 2007 se han registrado, en total, seis mil seiscientos treinta y siete mártires. Esta última cifra posiblemente se queda corta, pues muchos casos no son reportados, a veces por negligencia o por ignorancia de los afectados, y a veces por el aislamiento de los lugares donde ocurren los accidentes.
¿Qué son seis mil seiscientos treinta y siete cristianos reducidos a un diagrama de barras? Un simple guarismo en una hoja de cálculo. Sin embargo, si apeláramos a ciertas comparaciones, los áridos números nos servirían para establecer la magnitud del problema. Con esos damnificados se podría fundar una villa casi tan habitada como el famoso balneario de Punta del Este y seis veces más poblada que Ciudad del Vaticano. También se podrían llenar hasta el tope veintidós salas de cine con capacidad para trescientos espectadores. Si viéramos a las víctimas en carne y hueso, juntas en un espacio único, advertiríamos que son una multitud. Y así, la cifra escueta que ahora tengo frente a mis ojos, resaltada con tinta verde, parecería más dramática. Si esa situación imaginaria se materializara, si cerráramos los ojos durante un tiempo y al abrirlos nos encontráramos en un coliseo ocupado por seis mil seiscientos treinta y siete lisiados de guerra, lo que más nos impresionaría sería, justamente, la abultada cantidad. Luego nos asombraría lo insólito de la reunión. Tras más de cuarenta años de conflicto armado, los colombianos hemos ido perdiendo la facultad de sorprendernos frente a la violencia. Lo trágico nos conmueve cuando es exótico o monumental. Un anciano ahogado con su propia caja de dientes o un enamorado reventado de infarto mientras hace el amor en un motel, nos resultan más impactantes que un campesino inmolado en su parcela. Testigos rutinarios de un circo donde se combinan a diario lo grave y lo risible, sólo seguimos con interés los actos extremos, sobre todo cuando presentan un ángulo folletinesco de la realidad o cuando comprometen la vida de mucha gente, pues creemos que quince cadáveres son más perturbadores que tres y menos perturbadores que veinticinco. Lo demás nos produce apatía.
El chofer se detiene en una bahía de estacionamiento para revisar una de las llantas delanteras. Al bajarse del carro, enrosca con la mano derecha las puntas de su bigote bismarckiano. Una ráfaga de viento tibio me pega en el rostro. A un lado de la autopista, un perrillo rengo y enclenque trata de montar a una perra mucho más grande que él. Tres niños alborozados tocan las palmas, como si estuvieran alentándolo. El perrillo se encabrita, pero sus arrestos naufragan en las corvas de la perra. Luego de un par de enviones fallidos, el pobre animal boquea, impotente, y se queda quieto. Bismarck regresa y dice que la llanta está bien. Me mira por el espejo retrovisor, reanuda la marcha. Después sintoniza un programa de boleros. Oigo entonces a Leo Marini, con su exquisitez de barítono, cantando que quisiera llorar y no tiene más llanto. Cuando el taxi arranca, volteo hacia atrás y veo por última vez el cuadro de los chiquillos sonrientes y el cachorro atribulado. ¡Ah, los niños y su típica perversidad!, pienso. La escena sugiere también una celebración inocente de la vida, a través de lo más simple de la cotidianidad. Es un gozo en el que se refleja la despreocupación irracional propia de los muchachos, esa fe absoluta en el orden del Universo. Nada los desvela, ni la muerte ni ninguna otra adversidad. Sin embargo, el reino al que pertenecen es frágil y podría desmoronarse en un segundo, es decir, en el tiempo que dura un abrir y cerrar de ojos. Bastaría una pisada, una sola pisada, para desestabilizarles el suelo que ahora se les antoja firme. Y para arruinarles el futuro. Adiós, euforia. Adiós, primavera. ¿Quién pondrá el sol en su sitio cuando la calamidad lo borre del horizonte? Imaginarlo es cruel, de acuerdo, pero no descabellado: los tres chicos habitan en una zona invadida de artefactos explosivos. Además, es así como ocurren estos accidentes: la gente está tranquila, caminando hacia la escuela o hacia el huerto, asando arepas o endulzando el café, arando la tierra o tomando el fresco de la tarde, vaticinando la suerte de las cosechas o festejando un suceso gracioso, cuando sobreviene el fogonazo letal.
Mientras el chofer desciende por una ladera bordeada de maleza y helechos, pienso que es muy bellaco mimetizar una bomba entre matorrales o disfrazarla con tierra, y más cuando se trata de lugares por donde transitan civiles inocentes, incluidos menores de edad. El propósito, está claro, es evitar que los caminantes se prevengan, atacarlos por sorpresa. Acaso lo más execrable del método es, precisamente, su marrullería, porque asalta la confianza necesaria para la supervivencia de las comunidades. Es como una humillación que se le añade al dolor y lo recrudece, como un escupitajo en el ánimo de la gente. Con sus bombas, el agresor mutila físicamente a la víctima. Con su engaño, le quebranta la psiquis. Quizá sea esto último lo que más les interesa a los terroristas que siembran las minas antipersonales. Al inundar de explosivos los caminos, el enemigo se hace sentir pese a que no da la cara. Y así, produce la sensación de que está en todas partes aunque no se le encuentre en ninguna. El hombre tiende a deificar las fuerzas invisibles, justamente porque no puede descifrarlas. Respeta la mano criminal que camufla la bomba en el suelo y luego se esconde, tanto como al poder supremo que desata las centellas y los aluviones. Ambos le resultan inalcanzables, ambos le resultan irrebatibles. De atentado en atentado, los verdugos se van granjeando una reputación intimidante que les sirve para su proyecto de dominio territorial, pues una vez que el miedo se generaliza, los pueblos huyen, despavoridos, y ellos, los bárbaros, se quedan en el área como amos y señores.
Vuelvo a los expedientes que me dieron en el Observatorio de Minas de la Vicepresidencia de la República. Examino una página titulada “Ruta de atención integral a las víctimas”, que contiene los diferentes momentos del drama, desde cuando estalla la mina hasta cuando a la persona amputada le instalan el órgano ortopédico y le entregan una remuneración por su discapacidad física. Aparentemente, al informe no le falta ninguna etapa. En él figuran tanto la atención en urgencias como la asistencia sicológica. Incluso, se contempla la posibilidad de que el convaleciente muera y, en ese caso, se le asigna un rubro llamado “gastos funerarios”. Veo otra vez los diagramas, las flechas, y me pregunto cuánto dolor se agazapa tras estos datos lacónicos.
Habrá un momento, sin embargo, en que “la ruta de las víctimas” no será un croquis impreso en una hoja sino una sucesión de hechos terribles descritos en testimonios desgarradores. Entonces comprenderé, paso a paso, este Calvario. En principio está la explosión a mansalva, infame, que desmantela el cuerpo y acobarda. Varios de los afectados, después del aturdimiento inicial, cuando observan su pierna desmembrada, les piden a sus acompañantes que los rematen con cualquier herramienta agrícola que lleven a la mano -- un machete o un martillo, por ejemplo --. Luego sigue el traslado hacia un centro de salud donde les presten los primeros auxilios. Por lo general, los accidentes ocurren en áreas distantes que no cuentan ni con vías de acceso ni con recursos clínicos. Toca transportar a pie o en bestia a los heridos, y las marchas a veces se prolongan durante cinco horas. Como no existen camillas ni ambulancias, son acarreados en una hamaca suspendida entre dos palos, o en mecedoras levantadas a pulso por los socorristas voluntarios. Las caminatas se tornan más inclementes cuando se realizan al mediodía y el calor arrecia, o cuando se efectúan de noche, ha llovido y la trocha se encuentra enfangada. Después vienen las camillas, los quirófanos, los médicos, las enfermeras, las intervenciones quirúrgicas, las prótesis, las consultas, las terapias. La andadura permanente por los hospitales transforma la vida en una penitencia. Que se intensifica, aún más, con los problemas económicos y sociales. El mutilado renuncia a sus escasas pertenencias y abandona el terruño donde es productivo y conocido por su comunidad, para irse con su familia a cualquier sitio extraño, donde se convierte de inmediato en un ser ignorado, nulo, que habita casi siempre en tugurios de mala muerte y sobrevive gracias a actividades degradantes, como mendigar en los espacios públicos. Es cierto que le corresponde una indemnización y una ayuda humanitaria, de acuerdo con la gravedad del daño sufrido. Pero hasta este proceso de resarcimiento puede añadir mortificaciones. Hay que reunir documentación personal, corretear por dependencias oficiales, tramitar peticiones, autenticar papeles, someterse a antesalas exasperantes. Tales diligencias, aparte de ostentar un tinte burocrático abrumador, desbordan, a menudo, el exiguo nivel de educación de las personas accidentadas. Algunas de ellas, según lo comprobaré más adelante, desconocen cuál es su mano derecha y cuál es su mano izquierda, carecen de cédula de ciudadanía y ni siquiera saben qué día nacieron. Sin embargo, la ley establece que si no solicitan su compensación en un plazo que oscila entre seis meses y un año, pierden el derecho a reclamar. Como si los perjuicios que ocasionan las bombas tuvieran fecha de vencimiento. O como si los lisiados hubiesen quedado así por su propio gusto. La insensatez de la legislación y la ignorancia de tantos pueblos olvidados, contribuyen a que haya muchas más víctimas desamparadas. Se estima que para saldarles la deuda a todas las que permanecen sin reportar, se requiere un monto de ciento cuarenta y dos mil millones de pesos, es decir, setenta millones de dólares. Además, las lesiones son evaluadas con un criterio avaro. Lo máximo que se reconoce por concepto de invalidez absoluta, sumando la indemnización y la ayuda humanitaria, son veinticuatro millones de pesos – unos doce mil dólares --.
Cuando regrese a Bogotá y vea en perspectiva la ruta que deben transitar los afectados, me preguntaré si acaso antes y después de la explosión no habrá elementos tan crueles como la bomba misma. El abandono en que viven muchas regiones, por ejemplo. O la indiferencia de la mayoría de los colombianos frente a un problema que percibimos como lamentable, pero ajeno. Al final del viaje quedaré con la sensación de haber sobrepasado los límites del horror. Pero aún entonces oiré más declaraciones alarmantes. Luz Piedad Herrera, directora del Observatorio de Minas, contará que muchas de las bombas contienen excremento, puntillas viejas y desechos plásticos, razón por la cual no sólo destrozan, sino que, además, infectan. “Hay personas”, dirá, “que pierden una pierna durante el atentado y a la semana siguiente, debido a alguna esquirla contaminada que les queda, también son amputadas de un brazo”. Por su parte, Álvaro Jiménez, director de la Campaña Colombiana Contra Minas, una organización que defiende los derechos de las víctimas, hará énfasis en los estragos sicológicos. “En muchos pueblos a los niños les da miedo ir a los patios para jugar y alcanzar mangos, y en esas condiciones la vida ya no vale la pena”.


III) El refranero de Manuel Ceballos

Manuel Ceballos es un campesino apacible que suele expresarse por medio de refranes y diminutivos. Por ejemplo, para interpretar el accidente que hace tres años le mutiló la pierna derecha, dice que “lo que viene liso desde el cielo, cae a la tierra sin arrugas”. Cuando algunos paisanos lo culpan de su propia tragedia – y de la calamidad de su hija Nancy y de su nieta Luisa Fernanda --, debido a que eligió un camino peligroso, él responde que “en esta vida, el que no se cae de un empujón, se resbala solito”. Una desgracia, según él, puede sucederle hasta a la persona más buena, porque “siempre hay malos bajo las sombritas”. Ceballos se cala su sombrero aguadeño, espanta con una bayetilla a un moscardón que merodea frente a su rostro. Entonces cuenta que unos minutos después de la explosión le pidió a su hijo Henry que lo matara, pues no soportaba la angustia de ver su pierna vuelta ripios y a punto de desprenderse totalmente. Durante mucho tiempo estuvo obsesionado con la idea de suicidarse. Nada lo consolaba. Quería encerrarse en un cuarto adonde no se filtrara ni el más mínimo rayo de luz y dejarse morir segundo a segundo, en calma, sin alharacas, lejos de los demás seres humanos. Pero una mañana cualquiera, sin que mediara ningún motivo comprensible, descubrió que había recuperado las ganas de llegar a viejo. En este punto invoca una antigua sentencia de su abuelo materno, un arriero de carriel al hombro y machete al cinto: “indio muerto no tira flecha”.
A menudo, cuando no tiene un refrán a la mano, Ceballos se torna inexpresivo. Habla con monosílabos o con frases muy cortas, o se calla. Entonces luce distante, pero no llega a ser hosco. Justo cuando parece que ni con ganzúa le sacarán una nueva palabra, lanza otro proverbio. Esta vez su intención es explicar cómo, a pesar de que el hombre crea en Dios y se porte bien, está expuesto a las desventuras.
-- Usted sabe – dice --: la cruz en el pecho y el diablo en los hechos.
A principios de 2004, la vereda La Iraca – donde nació Ceballos – se encontraba sitiada por campos minados. Cada semana se registraba, por lo menos, una tragedia en el área rural. Los habitantes, versados ya en el alfabeto de la barbarie, eran capaces de anticipar la desgracia hasta en los detalles más sutiles. Sabían, por ejemplo, que cuando se oía a lo lejos el ladrido desesperado de los perros, y cuando, a continuación, las gallinas abandonaban sus nidos, cacareando azoradas como si las hubiese espantado el mismísimo demonio, era porque se acercaba una comitiva de paisanos que traían en andas a algún mutilado. Nadie tenía que llamarlos para que acudieran inmediatamente a la calle principal del pequeño caserío, dispuestos a recibir a la víctima de turno. Si había muerto, la enterraban sin honores en una fosa rústica cavada por ellos mismos, dentro del lote baldío improvisado como cementerio. Y si seguía viva, la trasladaban como fardo hacia cualquier lugar que contara con hospital o con puesto de salud. La reiteración de esta escena implantó el pánico y obligó a los moradores a emprender el éxodo. A finales de ese año, La Iraca, perteneciente al municipio de San Rafael, era ya un pueblo fantasma, devorado por la maleza y las sabandijas.
Manuel Ceballos, su esposa María Jesús Valencia y los siete hijos de ambos, abandonaron la vereda a mediados de abril. Erraron por distintos lugares, ofreciéndose como jornaleros a destajo: él cortaba leña, cargaba bultos, podaba jardines y arreaba agua. Ella lavaba ropa y cocinaba a domicilio. Nancy y Henry, los muchachos mayores, también se fletaban para realizar oficios domésticos. Los otros, como todavía eran muy pequeños, permanecían recluidos en su morada. Cuando no conseguían trabajo ni hospedaje, se apostaban todos como pordioseros en cualquier bulevar, sentados en el suelo. Portaban esos carteles típicos de los desplazados, escritos a mano, en los cuales suplicaban ayuda e informaban que habían sido desterrados de su pueblo por la violencia. Algunos peatones se conmovían y les daban frazadas, comida o monedas, pero la mayoría los ignoraba. Muchos, incluso, los miraban con desconfianza o con repulsión. Manuel Ceballos se sentía humillado y por eso le proponía a su mujer que se devolvieran para La Iraca. Allá en su vereda, decía, por lo menos tenían una pequeña finca – llamada El Jardín – donde contaban con dos hectáreas de frijol, tres de maíz y una de café. El día que ellos emigraron forzosamente, la tierra se encontraba recién sembrada. Ceballos consideraba que ya había transcurrido el tiempo suficiente para que los cultivos estuviesen florecidos. Cuando la mujer le respondía que no expondría la vida de sus hijos llevándolos a un territorio repleto de bombas, él planteaba ir, solamente, a recoger las tres cosechas para venderlas y montar un negocio en otra parte. Su mejor argumento para tratar de convencerla era – cómo no – uno de esos refranes que le aprendió al abuelo.
-- Para disfrutar del perro hay que entenderse con las pulgas.
Pero ella no cedía.
La vida lejos de su pueblo – advierte Manuel Ceballos – era un suplicio. Había días en que los muchachos solo comían un mendrugo de pan acompañado con refresco de panela. Y otros en que todos los miembros de la familia, es decir, nueve personas, dormían en una sola habitación, sobre un par de colchonetas desnudas tendidas en el piso. La situación se complicó aún más cuando Nancy, la hija mayor, que apenas tenía veinte años, quedó embarazada de un joven con el que mantuvo una relación pasajera. Entre tanto, Azucena, la menor, empezó a presentar síntomas de asma.
Ceballos es un hombre de baja estatura, piel lechosa y expresión melancólica. Su bigote, delgado y de punteras impecablemente recortadas, le otorga un aire de caballero arcaico. Cuando se quita el sombrero, deja al descubierto un cabello peluqueado al ras y engominado, con la raya correcta al costado izquierdo de la cabeza y las patillas atildadas. Está sentado en un banco de madera, dentro del kiosco de guadua que adquirió cuando el Estado le pagó su indemnización. Allí, en ese espacio de apenas dos metros cuadrados, se pasa los días vendiendo víveres y mirando las historietas de Condorito que le prestan los comerciantes vecinos. Solo se fija en los dibujos, debido a que es analfabeto. A su alrededor hay otros negocios idénticos al suyo, que la Alcaldía de San Luis – el municipio donde hoy vive – les entregó en concesión a varios desplazados por la violencia. Uno de esos locales, exactamente el que queda diagonal al de Manuel, es ocupado por Nancy Ceballos, quien de nuevo se encuentra embarazada.
Casi todas las calles de San Luis -- ciento veinticuatro kilómetros al sureste de Medellín -- son empinadas y se estrellan contra un cerro imponente. Quizá la topografía tan agreste moldeó el carácter parco y laborioso de los habitantes. Pasan la mayor parte del tiempo ocupados, bien sea barriendo las terrazas de sus casas, o regando las matas, o arreando una yunta de bueyes. Serios, concentrados, como si de esos oficios cotidianos dependieran sus propias vidas. Al atardecer, muchos acuden a las cantinas del pueblo. Beben el aguardiente sin moverse de sus taburetes, ceñudos, silenciosos, como si no estuvieran de juerga sino cumpliendo uno más de sus deberes trascendentales. Algunas veces se integran pero, por lo general, cada quien se entretiene por su cuenta, sin prestar demasiada atención a los demás. A ello contribuye, entre otras cosas, el volumen tan estridente del tocadiscos. Diríase que suena así porque lo que se pretende no es incitar a nadie a la fiesta, sino, precisamente, resguardar el aislamiento encarnizado de estos individuos. Oyen una música de carrilera despechada, prostibularia, en la cual la mujer es presentada, casi siempre, como un ser abominable. La canción de moda por estos días es una en la que un cantante ametralla a su ex amada con calificativos ponzoñosos como “rata de dos patas” y “bicho rastrero”. Los campesinos se emborrachan al compás de esos improperios, sin despeinarse, sin exaltarse, con el mismo rostro inconmovible con el que siegan sus trigales.
Justo en este momento se oyen los versos de la descarnada canción, procedentes de algún bar cercano.

Maldita sanguijuela
Maldita cucaracha
Que infectas donde picas
Que hieres y que matas


Ceballos es abstemio. Sin embargo, durante un periodo posterior al accidente, cuando aún tenía frescas las heridas, fue morador frecuente de las cantinas, donde encontraba algún alivio para sus pesares. Hoy, retirado de aquellas andanzas que, según él, le causaron más daño a su familia, se refiere al aguardiente como “una roya” que arruina los bolsillos.
-- Y al hombre pobre todo le cuesta el doble – añade, mientras dirige su mirada hacia el mostrador. En seguida, aplasta por fin al moscardón impertinente, con un golpe seco de su bayetilla. Luego empieza a recordar, afligido, cómo fue que él y su familia, tras casi un año de ausencia, volvieron a La Iraca, donde les aguardaba la fatalidad.
A principios de marzo de 2005, Ceballos se topó casualmente con su paisano Oliverio Gil, quien también había huido de su vereda natal por temor a las minas antipersonales. Esa tarde, a la sombra de un algarrobo, compartieron sus cuitas. Coincidieron en que la vida del desterrado es aciaga, no sólo por sus ahogos económicos sino, además, por el trato despectivo que recibe de la sociedad. La mayoría de la gente lo ve como un embaucador que utiliza la máscara del menesteroso para vivir campante a costillas del prójimo. Lo desprecian, lo esquivan. El desplazado es el margen de error del censo. No cuenta como ciudadano sino como chusma, como ser de las madrigueras. Para hacerse visible – valga decir, para existir – se sitúa en los espacios públicos más concurridos: debajo de los semáforos, en los separadores de las grandes avenidas, sobre los andenes de las zonas comerciales, en los alrededores de los templos. Su patria, que alguna vez fue un patio entrañable humedecido por el rocío del amanecer, es ahora el trozo de pavimento duro donde pernocta día a día. Desguarnecido, huérfano, el desplazado se va entumeciendo bajo la lluvia y desliendo bajo el sol. Es embestido por los carros, fustigado por la Policía. Hay que estar dentro de su piel para entender la confusión que se siente al pasar de la llama del candil a la luz de neón. Pero, ¿a quién le interesa ponerse en sus zapatos? Al contrario: la intención de los apresurados habitantes citadinos es permanecer tan lejos del desplazado como sea posible. En consecuencia, conocen poco o nada sobre él y sobre la realidad que encarna. ¿Qué es un desplazado cuando se le contempla desde el interior de un vehículo confortable, blindado contra las inclemencias de la vida urbana? Un gazapo del paisaje, un desventurado que, por fortuna para nosotros, se encuentra allá afuera, al otro lado de la ventana. Sabemos, porque lo hemos advertido en los noticieros, que emigró de su lugar de origen debido a la violencia, pero ignoramos la letra menuda de su catástrofe: la extorsión de los paramilitares o de los guerrilleros, las amenazas de muerte, la zozobra incesante, el descuartizamiento público de uno de sus parientes, el asedio de las bombas. Si le prestáramos atención un momento, nos enteraríamos de los pormenores de su desarraigo: la pérdida de sus pertenencias, la caminata humillante por un atajo encharcado, la incertidumbre frente al porvenir, la enfermedad del hijo menor, el luto de su familia. Pero nos resulta más cómodo dar la espalda, claro, convencidos de que el asunto no nos incumbe. Y ahí sigue el desplazado, aguantando nuestra indiferencia y la hostilidad del entorno. En cada trance de la jornada se juega la cabeza, en disputas que no eligió pero que le resultan inevitables. Más le vale que tenga agallas si quiere sobrevivir y granjearse el respeto. Eso sí: ninguna bravura le servirá cuando abandone la áspera calle y se quede a solas con sus miedos más íntimos. Una noche cualquiera descubrirá que el pueblo donde nació y creció, el pueblo en el que amó los guisos de su madre y el vuelo del colibrí, le duele en las entrañas. Añora sus casas de bahareque con el mismo ardor con el que un mutilado echa de menos el órgano que le arrebataron. Llora, desfallece. Al amanecer, enardecido por el desvelo, el desplazado habrá tomado una decisión radical.
Eso fue, precisamente, lo que hizo Manuel Ceballos el día de su encuentro con Oliverio Gil. Mientras tomaba café sentado en el borde del catre, le contó a su esposa, María Jesús Valencia, la decisión de retornar a La Iraca. No usó un tono vacilante, como en las insinuaciones anteriores, sino una voz marcial que desautorizaba de tajo cualquier argumento en contra. Pero la mujer volvió a plantarse firme: le advirtió que quien quisiera llevarse a sus hijos sin el consentimiento de ella, debería pasar antes por encima de su cadáver. Ceballos conocía a su compañera lo suficiente como para entender que hablaba en serio y que no se amedrentaría ante ninguna bravuconada. Entonces resolvió persuadirla con argumentos. Primero apeló al que se le antojaba más convincente: casi todos los habitantes habían regresado ya a la vereda. ¿Por qué iban a ser ellos los únicos que seguirían en una ciudad hostil soportando hambre y desprecios? La segunda razón que esgrimió fue un disparate que se le ocurrió de repente: después de once meses, las tales bombas seguramente se encontraban desactivadas. Quizá – agregó – se dañaron con los aguaceros de octubre o con los soles de enero.
Todavía hoy, tres años después de haber perdido la pierna derecha, Ceballos desconoce que la vida útil de las minas antipersonales puede ser de hasta cincuenta años. Si fuera cronista de Bogotá, oiría a Luz Piedad Herrera, la directora del Observatorio de Minas, diciendo que “cada bomba de esas dura lo suficiente como para destrozar a los nietos de quienes la sembraron”. Pero como es un analfabeto de las orillas remotas, jamás contará con la oportunidad de escuchar una voz oficial que le ayude a defenderse del peligro. En este momento, mientras acomoda un rimero de papas en el mostrador del kiosco, su aspecto sigue siendo el de un hombre a la deriva. Luce menoscabado, desvalido. No es exagerado conjeturar que el primer detonante de su infortunio fue la falta de educación. Cuando estaba en edad de instruirse, solo recibió un abecedario garrapateado en la brisa: el refranero de sus ancestros antioqueños. Se trata, ciertamente, de un compendio de inteligencia que, en condiciones normales, le bastaría a un campesino como él para descifrar los senderos por donde transita. Pero en medio de verdugos tan inhumanos, capaces de convertir la Tierra, la Madre Tierra, en simple alacena del terror, los saberes atávicos son letra muerta. La barbarie no se conjura con proverbios, ni siquiera con los más iluminados, como este que pronuncia Ceballos ahora, al terminar de ordenar las papas en el mesón.
-- Mal camino no conduce a buen sitio.
No era eso lo que pregonaba a comienzos de marzo de 2005, cuando andaba con la cantaleta de devolverse para La Iraca. Ya en aquel momento conocía el refrán, por supuesto. Sin embargo, consideraba inconveniente mencionarlo en las conversaciones con su mujer. Su vuelta al pueblo – insiste -- se debió, en parte, a las desdichas que padeció en el exilio, y, en parte, a su idea de que las bombas ya eran piezas caducas. Si alguien le hubiese asegurado que las minas conservaban aún su capacidad de destrucción – admite en seguida -- habría regresado, de todos modos, porque al sopesar en una balanza los riesgos que corría y los provechos que se derivaban del retorno, la decisión adquiría sentido. En La Iraca quizá moriría reventado entre dos hileras de alambre de púas, claro, pero también podría ser otra vez un hombre productivo y autosuficiente, al que nadie abochornaría ni miraría con desconfianza. En cambio, en la ciudad ancha y ajena siempre sería maltratado y jamás tendría, como contraprestación, una esperanza mínima a la cual aferrarse.
Ceballos se arrellana de nuevo en el banco de madera. Al parecer no se da cuenta de que la bota derecha del pantalón se le ha levantado un poco. Entonces me dedico a bosquejar ciertas deducciones. Algo debe andar muy mal para que los desplazados se sientan forzados a inmolarse en sus peligrosas veredas, porque no caben en el resto del país. ¿Habría, acaso, una forma más ignominiosa de cerrar este círculo de horror? Primero los dejamos a merced de los bárbaros. No les garantizamos el derecho a la tranquilidad, como tan fastuosamente promete la Constitución Nacional. Luego, cuando aparecieron frente a nosotros llorando por su tragedia, giramos los rostros hacia otro lado, distantes, insensibles. Les negamos una segunda oportunidad, los arrinconamos. De ese modo, los empujamos de vuelta hacia sus caseríos inseguros, y es posible que hayamos contribuido, además, a accionar la mecha explosiva de su desgracia. ¡Cuánta miseria, Dios mío, la del hombre que, por falta de opciones, elige el “mal camino” a sabiendas de que “no conducirá a buen sitio”! La conclusión es aún más punzante viendo ahora la prótesis lastimera de Ceballos – símbolo de la infamia -- incrustada en un zapato descascarillado.
María Jesús Valencia accedió, por fin, a repatriarse a La Iraca. El argumento que la convenció fue el hecho de que muchos paisanos se encontraban de regreso y la vereda llevaba otra vez una vida normal. Además, su marido, empeñado en ganarle ese pulso a como diera lugar, le asestó la estocada final con una promesa irresistible: cuando retornaran al pueblo, bautizarían a Luisa Fernanda, su primera ni