viernes 27 de noviembre de 2009

Vida Loca mara 18- Documental de Christian Poveda


Durante casi un año y medio, el director Christian Poveda se infiltra en una de las llamadas maras salvadoreñas, pandillas que se enfrentan entre sí con gran violencia, integradas por jóvenes tatuados de la cabeza a los pies que se dedican principalmente a la extorsión, al robo y al tráfico de drogas.

En la colonia La Campanera, en Soyapango, “La vida loca”, filmada con cámara al hombro, recoge la cotidianidad de miembros de una de las principales agrupaciones pandilleras de El Salvador, La Mara 18, que se caracteriza por tener su propio lenguaje, tatuajes, códigos y elevados niveles de agresividad, violencia y criminalidad. Esta pandilla y la Mara Salvatrucha, iguales una y otra en crueldad, impulsadas por la negación de todo y la muerte, viven una guerra sin piedad. Algunos de estos jóvenes fueron asesinados en el transcurso de la grabación, tal y como muestra el documental.

En América Central se les llama maras y son una copia del modelo de las pandillas de Los Ángeles creadas por los salvadoreños que emigraron durante la guerra civil a principios de los años 80. Allí surgieron la Mara Salvatrucha y la Mara 18, las dos principales pandillas que se enfrentan hoy día y entre las que no existe diferencia ideológica o religiosa que pueda explicar esta lucha a muerte, esta lucha que enfrenta a pobres contra pobres
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jueves 19 de noviembre de 2009

Un par de días con McEwan- Ana Prieto



Una versión mas corta de esta crónica fue publicada en la Revista Ñ del diario Clarín.
Camino a Valparaíso, Annalena McAfee dice que su esposo sólo contó la mitad de la historia. “No dijo que la guitarra eléctrica que le regalé también incluía clases”. Y baja la voz, entornando apenas sus ojos azules, para agregar: “Pero a Ian el profesor no le gustó; le pareció un engreído que sólo quería lucirse con sus punteos”.
- ¿Por eso dejó la guitarra en un rincón y no volvió a tocarla?
- Sí, pero le regalamos una de aire-. Y Annalena tiene que explicar que la llamada “guitarra de aire” es un juguete con un sistema de sensores y un pequeño amplificador que permite al usuario hacer de cuenta que toca, y sonar como un experto.
De alguna manera no resulta imposible imaginarse a Ian McEwan rasgando cuerdas invisibles al son de “Smoke on the water”. El escritor que pobló sus primeros relatos de personajes retorcidos, siniestros y depravados, y que saltó a la fama como la pluma maestra de lo macabro, se pone colorado y sonríe cuando se da cuenta de que las ocupantes del asiento trasero del auto cuchichean sobre su corta y malograda carrera como guitarrista.
“No hice mucho para convertirme en una estrella de rock, pero estoy en la edad justa para serlo”, había dicho la noche anterior en el Aula Magna de la Universidad Católica de Chile, donde el escritor argentino Gonzalo Garcés lo entrevistó frente a más de quinientas personas como parte del seminario “La ciudad y las palabras”. Es una iniciativa original, por no decir extraña. No la organiza la carrera de Letras, sino el Doctorado en Arquitectura y Estudios Urbanos, para explorar cruces posibles entre sociedad, urbanismo y cultura. Y ha llevado a Santiago a más autores progres juntos que las universidades más progres de Chile, como a Michel Houllebecq, Julian Barnes, Javier Marías y Richard Ford. Pero esa no fue la única razón del paso de McEwan por Chile. A principios de septiembre estuvo en el gigantesco encuentro “El legado intelectual de Darwin en el siglo XXI” con una ponencia titulada “Originalidad en las Ciencias y en las Artes”. Después de aclarar, a modo de disculpa, que los artistas suelen diferenciarse de los científicos en el hecho esencial de que “no llevan Power Point a sus presentaciones”, planteó que esos campos, que parecen tan alejados, suelen converger profundamente a nivel humano.
Y la novela Sábado, publicada en 2005 y protagonizada por un neurocirujano, ha sido uno de sus grandes manifiestos en ese sentido. En el lobby del hotel Hyatt, donde McEwan me recibe en una mañana llena de sol, dice que una de las razones por las que escribió ese libro fue sugerir que es hora de superar la noción de que la racionalidad y la búsqueda de la verdad son actividades frías para almas insensibles. “Al contrario, son cualidades muy humanas. De ellas, por ejemplo, surge nuestra noción de justicia”. Nos interrumpe de pronto una chica joven de uniforme para preguntarnos, en inglés, qué queremos a tomar. Como yo hablo español y ella en realidad también, me da un poco de vergüenza contestarle en inglés, pero si no lo hago, vamos a dejar a McEwan fuera de la conversación. El único idioma que maneja aparte del materno, me dirá después, es el francés. Opto entonces por un bilingüismo aparatoso: “water-agua, con gas-…with gas”. La chica asiente y mira al escritor, que dice que tomará “exactamente lo mismo”. Cuando nos quedamos solos, McEwan retoma lo que venía diciendo como si nunca hubiese cortado: “Pero también dos amantes que discuten esperan del otro argumentos consistentes; si la inconsistencia nos parece mal, es porque demandamos cierto nivel de racionalidad”.
McEwan lleva sus 61 años dentro de un cuerpo delgado y no tan alto como sugieren las fotos que uno puede ver en las contratapas de sus libros y en los suplementos culturales. Su mirada sigue el ritmo de sus pensamientos, y aunque esto es cierto para casi todo el mundo, en él sobresale porque sus ojos son pequeños y rasgados y cuando se asombra –o describe algo que lo asombra- se agrandan y le dan un aire de sorpresa infantil a todo su rostro. Se toma su tiempo para contestar cada pregunta y olvida que sobre la mesa el agua que pidió se entibia sin remedio. Tiene la agenda del día colmada, pero se entrega al diálogo acomodado en un sillón que da al enorme jardín del hotel, sin mirar siquiera una vez su reloj de pulsera. Como uno de los más destacados representantes de la brillante generación de escritores británicos a la que pertenece, sabe que dar entrevistas es parte del asunto. “Los escritores del siglo XIX no tenían que explicarse de la manera en que se espera que hoy lo hagamos nosotros. En Los perros negros se me ocurrió poner un prefacio explicando el libro para no tener que hacerlo después. Pero luego tuve que explicar el prefacio. Así que no hay salida”, dice, y se encoje de hombros. En la vorágine de la promoción de sus novelas recién publicadas, no da más de dos o tres entrevistas por día, y cuando está escribiendo, intenta no dar ninguna. “Es que hacerlo en ese momento tiene algo de contradictorio; para escribir hay que estar en el interior mismo del trabajo, no en esa suerte de extensión de la autoconciencia que exige la explicación de lo que uno hace”. Y piensa unos segundos antes de agregar: “Por otro lado, explicar un libro es algo que el lector debe hacer”.
Hasta hace algunos años repartía sus manuscritos entre un pequeño grupo de amigos, incluyendo al historiador Timothy Garton Ash. Tras leer la que pronto sería su multipremiada novela Expiación, Garton Ash lo llamó y le dijo que le había encantado, que era lo mejor que había escrito hasta entonces, pero que tenía que ir ya a su casa a decirle algo. “Vive a diez minutos así que llegó rápido”, recuerda McEwan. “Se plantó allí y me dijo: ‘Tenés que cambiar el título’”. Sin la recomendación, la novela se habría llamado “Una expiación”. “Fue un gran consejo. Los buenos lectores son muy importantes para un escritor”.

Evoluciones y constantes
Después del encuentro sobre Darwin, McEwan y Annalena siguieron parte del viaje que el naturalista hizo sobre el célebre Beagle, capitaneado por Robert Fitzroy (curiosidad aparte, la pareja vive en la calle Fitzroy de Londres). Empezaron en la Patagonia y terminaron en Galápagos. Allí McEwan hizo snorkel, nadó cerca de tiburones y se tuvo que poner litros de bloqueador solar para no chamuscar su blanca piel inglesa, mientras hacía una de las cosas que más le gusta hacer en el mundo: caminar. El amor por las excursiones es famoso en McEwan. Clive, el compositor de su novela Amsterdam, se va a caminar todo un día por el Distrito de los Lagos, el parque nacional más grande de Inglaterra, para ver si eso le ayuda a salir del horror de la partitura en blanco.
“¿Y usted qué espera que le pase cuando sale a caminar?”
“Colapsar en el presente, llenarme de todo lo que hay alrededor, del placer visual que me da el paisaje”. Entiendo bien la parte del placer visual, pero no tan bien la del colapso. McEwan aclara: “No soy un gran naturalista y no trato de identificar todo lo que veo, pero cuando estoy en espacios abiertos me acuerdo de que todavía somos parte del reino animal, que dependemos de las plantas y que las plantas dependen de microorganismos… A eso llamo meterse en el presente”.
Lo que más le maravilló de sus caminatas por las islas Galápagos fue que los animales no le tuvieran miedo, ni siquiera los pájaros, porque han evolucionado sin mamíferos alrededor que se los quieran comer. Y bajo la sombra de su turístico sombrero de paja, observó tortugas gigantes, piqueros de patas azules, iguanas que parecen no haberse movido de lugar desde la era mesozoica y enormes rocas volcánicas que al levantarlas pesan sólo unos cuantos gramos. En las islas que le dieron a Darwin la evidencia que necesitaba para cerrar su teoría de la evolución, McEwan, su gran admirador, sintió lo que los fanáticos de Elvis deben sentir cuando entran a su casa de Memphis: aquí se cocinó todo.
Puede que esté cansado de que le pregunten sobre su ateísmo, pero lo hago igual: “Si asumimos que las mejores explicaciones son las más simples, Dios no tiene nada que decirle a la biología. Y no entenderíamos nada sobre biología sin la evolución, que ya es lo suficientemente asombrosa. Sus detalles son muy complejos, pero su principio es sencillísimo: la adaptación”. Hace una pausa para al fin tomar un poco de agua. Y pierde la vista en el jardín del Hyatt, la cascada artificial, la pileta exagerada. Su relato es apasionado, pero su gestualidad no. Parece que toda su fuerza corporal la pusiera en las palabras, en limpiar su discurso antes de decir nada. Nunca vuelve atrás, no retoma, no se va por las ramas. Muchas veces no me mira al hablar; de hecho no parece que mirara nada. La impresión que me da es que se está inspeccionando por dentro, achicando esos ojos que de por sí ya son chicos para elaborar la frase necesaria. “Lo que pasa”, dice finalmente, enderezándose en el sillón y ya mirándome, “es que la evolución nos pone frente al hecho de que no tiene ningún propósito; de que no responde al gran diseño de nadie. Simplemente brota desde abajo. Y es interesante cómo para algunos la idea es aterradora: les hace pensar que el universo es un lugar desolador. A mí, en cambio, eso me libera”. Y sonríe con todos los dientes, contento por su libertad.
Que ame la naturaleza no significa que desprecie la tecnología. Para McEwan es otra expresión del ingenio humano y por lo tanto también parte de la evolución. No cambiaría la paz de la biblioteca de su casa de Londres ni los libros que lo han acompañado toda su vida por nada, pero le fascinan los lectores digitales. “No tengo ningún prejuicio en contra, no son más que herramientas útiles. La palabra siempre va a ser la palabra”. Llevar centenares de horas de música en un aparatito que cabe en la palma de la mano le resulta “increíble y delicioso”, y puede hablar de la era digital con la cadencia de un poeta. Sin embargo, algo de lo que nos rodea le molesta. Extiende un brazo apuntando a ningún lugar en especial porque el malestar está en todas partes: unas melodías de fondo, incomprensibles y superpuestas. “Una de las cosas que no me gustan de la tecnología es que estemos sentados acá y tengamos que escuchar esa música todo el tiempo. Me vuelve loco”. Y me cuenta sobre una de sus últimas adquisiciones: auriculares que anulan el sonido. “Son fantásticos. Reducen el sonido ambiente en un 40%, y si nos los pusiéramos ahora, no tendríamos que escuchar nada que nos impongan”.
En fin, las especies y las máquinas pueden cambiar, pero la esencia del ser humano, no. Para McEwan, el lenguaje de las emociones es universal y constante, y lo único que ha hecho a través de épocas y culturas ha sido, en todo caso, cambiar de expresión. Y él ha dedicado los últimos 30 años de su vida al género literario que mejor explora esas emociones: la novela. “Es una inversión en seres imaginarios”, dice McEwan, “que los hombres inventaron y siguen refinando con la intención fundamental de conocerse”. A principios de 2010 llegará a las librerías el último ser imaginario en el que espera que los lectores inviertan: Michael Beard.

Solar
Si uno cerraba los ojos, parecía que en Santiago diluviaba. Si uno los abría, estaba sentado dentro de la gran biblioteca de dos niveles que es el Aula Magna de la Universidad Católica de Chile. Eso que parecía lluvia eran cientos de manos aplaudiendo. Y esa figura delgada, de pie bajo una luz cenital y frente a una mesita de orador, era Ian McEwan leyendo su última novela, Solar. No era la primera vez que leía ese mismo capítulo, ya lo había hecho en Londres algunas veces, ya se lo había leído a su esposa Annalena. Con astucia y buen ojo editor, antes de que la novela salga al mercado elige hacer pública una zona en la que uno podrá hacerse una buena idea del tono general del libro pero, sobre todo, del personaje. Y si esa mañana me había parecido que en el plano expresivo McEwan no era muy distinto de la idea típica que suele tenerse acerca de la formalidad y corrección de los ingleses, esta vez en cambio, todos quedamos conmovidos por su inagotable expresividad. No cualquiera puede mantener a 500 personas sentadas y unas cuantas decenas de pie con la atención al tope durante doce páginas A4. Parece haber nacido para ese tipo de momentos: maneja la oralidad del texto con la cadencia de un músico talentoso, con el suspenso de un atento director de cine policial, con la dosis justa de humor que nadie sabe dónde está pero, por naturaleza, la intuimos, y con la pasión de quien se ha enamorado de su texto tras años de trabajo, de relectura, en fin, de criarlo para que haya llegado a ser lo mejor que podía ser. Al volver sobre la grabación que hice de esa noche, le presto mucha atención a las reacciones del público. Son reacciones que sólo he escuchado en el cine.
Al momento en que entrevisté a McEwan, el 22 de septiembre, hacía sólo dos semanas que había terminado de escribir Solar. Su protagonista, Michael Beard, es un físico que ganó el Nobel en los ’80 y que sigue siendo una celebridad del mundo científico a pesar de no haber vuelto a investigar. McEwan lo describe como “mentiroso, falso, ladrón, autocompasivo, pero bastante inteligente”. Beard está todo el día apurado, su vida privada es un desastre, se ha casado cinco veces y come demasiado. “Se volvió famoso por hacer unas alteraciones al trabajo de Einstein, y se supone que a partir de entonces existe en los libros la llamada ‘combinación Beard-Einstein’, que no tengo idea de lo que es”. Si para escribir Sábado McEwan siguió el trabajo de un neurocirujano durante dos años, para Solar prefirió no consultar a ningún físico. “Me iban a decir que mi planteo era imposible”.
Con esa licencia, McEwan se permitió empujar los límites del realismo. “Por eso me parece que es mi primer intento de escribir una novela cómica”, y se siente en el deber de aclarar que odia los libros cómicos. Le molesta que traten de ser graciosos en cada página. “Lo que hice aquí fue aflojar el control de la realidad, y fabricar coincidencias que el lector sólo podría aceptar en un marco de comicidad”.
El germen de Solar fue un viaje que McEwan hizo al fiordo noruego de Spitsbergen en 2005, con un grupo de científicos especializados en clima, y algunos artistas, como el escultor inglés Antony Gormley. Fue la primera vez que McEwan colapsaba en un presente tan helado y uniforme, sólo interrumpido por las ocasionales huellas de osos polares. Los 25 expedicionarios se alojaban en un barco y cada vez que volvían del frío tenían que dejar los equipos para la nieve en un cuarto al que bautizaron “la pieza de las botas”, y que a los dos días se había convertido en un lío no sólo de botas, sino de cascos y camperas en el que nadie encontraba nada. De noche, el grupo se reunía a hablar sobre cómo salvar al planeta del desastre ecológico, mientras en la pieza de al lado había un pequeño caos que ninguno de ellos podía resolver. “Una novela sobre el cambio climático debería ser una novela sobre la naturaleza humana”, dice McEwan, cuyo personaje hace un descubrimiento que podría salvar al mundo, pero corre el riesgo de interponer su torpe y ruin humanidad en el camino.

Sobre la creación
McEwan dice que si no fuese escritor sería la primera guitarra de una banda de blues de poca monta, o biólogo. Lo dice en serio, pero con la paz de quien ha elegido bien el camino de su vida. En 1973 la muy prestigiosa revista American Review publicó el cuento “Disfraces”, incluido en su primer libro, por entonces inédito, Primer amor, últimos ritos. “La tapa era de un rosa brillante. Y en letras blancas decía: ‘Susan Sontag, Günter Grass, Philip Roth, Ian McEwan’. Ahí fue cuando pensé ¡Voy a ser escritor!” Y acompaña el recuerdo con brazos triunfales en alto, reviviendo otra vez la emoción de ese día. Tenía sólo 23 años.
Para McEwan, la creatividad está hecha de la materia del tiempo. En el origen de su trabajo no hay temas ni personajes ni estilos. Lo que aparece primero es una especie de área. “Antes de escribir Chesil Beach, mi última novela… ¿la leíste?”, quiso saber de pronto, y por suerte sí lo había hecho. “Bueno, antes de escribirla, pensé que sería interesante hacer una novela corta sobre lo que pasa en las horas inmediatas a un casamiento, si tanto el hombre como la mujer son vírgenes. La fiesta se termina, la puerta se cierra, y quedan solos. Así que escribí la primera oración”. McEwan cita de memoria: “Eran jóvenes, instruidos y vírgenes en esa, su noche de bodas, y vivían en un tiempo en el que hablar de las dificultades sexuales era imposible”. El mar y los personajes vinieron después. “La mayoría de mis novelas son así: nacen de una corazonada sobre un tema general y luego, con paciencia y muchas vacilaciones, relleno. Para un escritor la duda es muy importante; si se apura cierra posibilidades”.
Chesil Beach va a ir al cine de la mano de Sam Mendes, director de Belleza americana y de la más reciente Revolutionary Road, basada en la novela del estadounidense Richard Yates sobre un matrimonio suburbano y caótico.
“¿Qué le pareció esa película?”
“Tal vez me hubiera gustado más si no adorara tanto el libro.” Muchas novelas de McEwan han sido llevadas al cine: El inocente, Los perros negros, Amor perdurable y Expiación, que llegó a América Latina con el título de Expiación, deseo y pecado, y quién sabe cómo reaccionaría Timothy Garthon Ash si se enterara. La adaptación que más le gusta a McEwan es la que hizo Andrew Birkin de su primera novela, El jardín de cemento; una historia sobre cuatro hermanos que se quedan huérfanos, y que se inserta en toda su trayectoria temprana de escritor sórdido. Todavía no sabe si va a colaborar en la escritura del guión de Chesil Beach, y se tiene que juntar con Sam Mendes para tomar decisiones sobre el lenguaje que debería tener una película basada en una novela donde hay poca acción pero mucha vida mental. Para McEwan la tarea es colosal y le entusiasma tanto como lo abruma: “¿Vamos a usar voz en off, la contamos desde dos puntos de vista, quién va a ser la cámara?” se pregunta, adelantándose varias semanas a la reunión con Sam Mendes, ahí frente a los jardines del Hyatt.

A la mañana siguiente, con Gonzalo Garcés pasamos a buscar a McEwan y a su esposa por el hotel. Del apretón de manos de la mañana anterior al beso confianzudo de ese momento han pasado las horas suficientes para que ambos ya se sientan entre amigos. Cerca de Valparaíso, anticipamos a los turistas algunas singularidades de la ciudad: “Fue fundada en 1536”; “es patrimonio de la humanidad”; “huele a madera”; “no tiene playa porque siempre fue un puerto”. Cuando nos bajamos del auto, Ian y Annalena se ponen sus sombreros de paja y con ellos toda la pinta de turistas. Miran los cargueros de la armada y sonríen sin entender cuando varios lancheros se acercan a ofrecerles un paseo por la costa. Lo primero que hacemos es ir al restaurante donde vamos a almorzar. Mientras caminamos hacia el funicular que va a llevarnos a lo alto de esas colinas repletas de casonas de colores que parecen abalanzarse sobre el mar, McEwan dirá de pronto: “Ahí está. Ahí siento el olor a madera”. Y la observación es reveladora en un escritor que tiene una conciencia extraordinaria del peso y el valor de los detalles. Para él la fuerza emocional de la literatura se juega en ellos, y por eso sus segundos borradores son siempre más cortos que los primeros: McEwan busca la síntesis en un detalle que lo diga todo.
El restaurante La Colombina tiene una vista privilegiada hacia el mar por el frente y hacia la ciudad por la izquierda. McEwan iba a pedir vino pero por pura cortesía pidió agua con gas, al ver que su sedienta compañía ordenaba eso. Frente al gran plato de fetuccini con mariscos –lo mismo que, a su lado, comía Annalena-, habló sobre el parecido que tiene Valparaíso con la California de los ’70, sobre un proyecto ruso de poner ADN de mamuts en elefantes, y sobre su infancia de nómade en bases militares de África. Contó que le hubiera gustado escribir Expiación antes de la muerte de su padre, que peleó en Dunkirk durante la Segunda Guerra Mundial, al igual que su personaje Robbie Turner. La descripción que McEwan hace en el libro de la famosa evacuación de soldados aliados de esa playa francesa es impresionante en sus detalles. Y es que aparte de las anécdotas familiares, investigó con el rigor de un historiador y estaba obsesionado por no equivocarse con los datos. Lo mismo puede decirse de Sábado; tanto se compenetró con el trabajo de un neurocirujano, que en el hospital un grupo de estudiantes lo tomó por un médico y él terminó explicándoles –correctamente- el diagnóstico de un paciente recién operado.
Después de comer y de paseo por la ciudad, él y Annalena sólo se separarán una vez del reducido grupo para caminar abrazados y hablar en su mutua complicidad. McEwan saca muchas fotos y deja que le tome unas cuantas para la nota. No sale mal en ninguna y no le incomoda posar; a esta altura de su carrera, sabe que es un trámite necesario. Le comentará a su esposa que menos mal que no ordenaron vino, porque no hubiera tenido la energía para caminar después. Y es que a Valparaíso hay que ponerle músculos.
Pasadas las cinco propone ir a tomar el té, como en cualquier tarde inglesa. A pesar del efecto de Coriolis que padecemos hace más de media hora y que nos lleva una y otra vez a las mismas escalinatas, los mismos graffitis, los mismos pasillos estrechos entre las mismas casonas amontonadas, encontramos un barcito. Él pide de veras un té, y Annalena una soda con un limón exprimido. Allí recuerdan que les gustaría comprar un ejemplar de la revista chilena The Clinic. Saben que apareció en 1998, cuando Pinochet, por entonces senador vitalicio, fue arrestado por el Scotland Yard mientras estaba internado en la London Clinic, cuya fachada, que dice The Clinic a secas, dio la vuelta al mundo. Camino al auto, encontramos un kiosco y Annalena me pide que elija un ejemplar por ella. El segundo número de septiembre no le interesa porque trae un especial de fútbol. Elijo entonces el tercero, cuya tapa se me escapa, pero en la que dentro hay una nota del periodista Rafael Gumucio en la que menciona a McEwan y su paso por el seminario de Darwin. Con bastante esfuerzo, voy haciendo la traducción en voz alta en el viaje de regreso. La tarde se toma todo el tiempo del mundo para llegar a su fin y para retrasar el feroz embotellamiento que nos espera a la entrada de Santiago.
- ¿Cómo es Ian cuando trabaja?- le pregunto a Annalena.
- Bueno, él siempre dice que ser un artista no te exime de vaciar el lavaplatos.
Se conocieron en 1994, cuando ella era editora del Financial Times. “Fui a hacerle una entrevista por su libro En las nubes. Ni siquiera quería ir, pero lo había ilustrado un amigo mío”. Saturado de exposición y del chismorreo mediático que se había armado por la separación de su primera esposa, McEwan tampoco estaba de humor para dar notas. La conexión que lograron en la charla sorprendió a ambos. “Al tiempo recibí una carta en la que me agradecía por la entrevista y ponía: ‘Espero no tener que escribir otro libro para volver a verte’”.
- ¿Leés lo que va escribiendo?
- Sí, desde el principio. ¿Lo viste anoche en la Universidad? Lee muy hermoso. Me siento con una copa de vino o un té, y lo escucho-. Annalena mira el paisaje calmo y verde de la ruta chilena con la sonrisa suave de quien disfruta de un recuerdo. Su voz es apenas más baja cuando se vuelve y dice: “Soy muy afortunada”.
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domingo 15 de noviembre de 2009

Patón Basile, el campeón de los Moyano- Cristian Alarcón






Crónica publicada en el Diario Crítica de la Argentina
El Patón Basile se concentra en la ropa que usará para defender dos títulos de campeón como si al sacarla del bolso, en el gimnasio de boxeadores de Huracán, se ocupara de la oriental ceremonia del té. Con la mano derecha que hace dos meses un sparring nuevo le fracturó en ese mismo salón de piso flotante y enormes fotos de los ídolos del boxeo, saca las piezas con el color verde de los camioneros una a una y las cuelga de las sogas del ring en el que se entrena. Primero un chaleco blanco de ribetes verdes lleno de lentejuelas y con el nombre del líder sindical al que le tributa todo su aprecio: Hugo Moyano. Luego, con parsimonia, cuelga el pantalón de lentejuelas verdes. Se distancia uno, dos pasos, mira su vestimenta campeona como quien observa una obra de arte y levanta las manos hacia los fotógrafos que, respetuosos, disparan, pero de lejos. “¡Ahí, papá! Tomame el escudo –ruge con el vozarrón suburbano y muestra el emblema del Partido Justicialista–. ¿Quién tuvo esta banda? –pregunta–. Gatica, con Perón. Y El Patón con Moyano”.

En el Club Huracán el gimnasio de la calle Caseros, en la sede social, tiene hoy clavado un ring en el centro. Y a los cuatro costados unas sillas de plástico bien alineadas y repletas. En las graderías, todo el fondo, y a lo largo de la cancha, la gente del Paton se vuelve hinchada. El verde de camioneros se repite en manchones por todas partes: el merchandising del sindicato que más plata pone en el deporte argentino abunda. “Team Patón”, “Camioneros” se lee en las remeras de tantos fieles de estos festivales de boxeo itinerantes por capital, el conurbano y algunas provincias del interior. Una bandera flamea cuando en una de las peleas preliminares una piba musculosa y recia le dedica tres directos a su rival y le pone a trompada limpia la jeta roja y la cara bordó. Es, ella también, una boxeadora de camioneros: el gremio banca, esponsorea y sigue a cinco profesionales y a decenas de amateurs. Cada afiliado que tenga inclinación por el deporte, cierto talento y voluntad para dedicarse de pleno a ello, será auspiciado por la gigantesca y creciente estructura de los Moyano. Ya lo había hecho en los 70 la UOM de Lorenzo Miguel, cuando creó el campeonato José Ignacio Rucci.

El Patón se llama Gonzalo, tiene 35 y largó en el boxeo a los catorce años. A esa edad ya había dado pruebas suficientes a don Carlos y doña Silvia, vecinos de Lomas de Zamora, que la escuela no era para él. Peleas con compañeros en las que, humilde, dice que perdía, lo fueron llenando de plantones en la dirección durante la primaria, y de amonestaciones en la secundaria, en la que duró menos de un año. Mayor de cinco hermanos que luego estudiaron y no dieron problemas, su padre lo mandó a laburar. Al Patón le pareció perfecto. Eso lo dejaba tener unos mangos y meterse en el gimnasio a entrenarse. Fue en el Club Independencia, de Lomas. Al comienzo iba a escondidas de su vieja. Ahora ella lo sigue a cada pelea como un amuleto de verdad y le grita desde las sillas de las primeras filas como si fuera todavía un guacho que anda jodiendo en la vereda: “Pegá, hijo, pegá”. Ése, ahora, es su laburo, al menos desde que dejó el camión recolector de basura en el que levantaba bolsas hasta hace unos dos años, cuando Camioneros lo apadrinó. Laburar, siempre laburó: fue ayudante en una verdulería, de albañilería, de carpintero, cavó pozos de agua, zanjas para instalar cloacas, y al fin, ese laburo estable que le cambió la vida: basurero.

–¿Te cabía ese trabajo?

–Yo lo hacía con ganas, me gustaba. Me gusta correr, estar con la gente de la calle. Aunque tenés que laburar bajo calor, lluvia y a veces es duro. Si tuviera que volver a tener un trabajo formal, de todo lo que sé hacer es lo que volvería a elegir.

EL CAMERiNO.
En Huracán hay un vestuario para los deportistas y allí están poniéndose a punto para salir otros dos boxeadores de esta noche de festival: el Ruso Jonatan Spesny, de Morón, con sus 29 años y cinco peleas, y su contrincante, el camionero Patricio Valentín Pitto, el “Grande”, protegido de Pablo Moyano también. El Patón Basile es el preferido, la estrella de la velada, y por eso tiene un camerino especial y amplio, el mismísimo gimnasio recién remodelado, en la otra punta. El Patón se deja ver antes de empezar la pelea entre la gente: todavía de bermudas y camiseta normales, sin brillos, pero con la inscripción del gremio y de la CGT bien visibles. Antes de que el cronista pueda acercársele el Patón toma en brazos a siete niños y bebés y con cada uno le sacan una foto. Sonríe para todos. Es el clásico gigante bonachón: no ranquea ni para el malvado de las habichuelas. Los tatuajes, incluso la nueve milímetros que lleva en el costado izquierdo de la cabeza rapada y que lo hizo famoso después de esa foto en la tapa del diario Clarín, son desmentidos por la bonhomía con que se desplaza y por la simpatía que cosecha entre sus fans. El Patón invita al vestuario y se despacha como obrero peronista que se considera. No en vano lleva en la espalda las caras de Cristo, de Perón –el joven militar de boina– y de Evita, más la de Moyano, claro.

–Dijeron que sos el custodio de Pablo Moyano.

–Como mido dos metros, peso 120 kilos y tengo tatuada hasta la cara, los que quieren tirarle mierda al sindicato de camioneros salieron con que yo era un matón. Desde que empecé como basurero que voy a las marchas y admiro al compañero Hugo Moyano por su lucha. Nunca fui delegado. Ni fui seguridad del gremio. El día de la foto volvía de entrenarme, con la ropa transpirada y supe que en Constitución a los de la rama de Atmosféricos los había reprimido infantería. Fui a apoyar con mi persona, nada raro ni nada mafioso.

–¿Qué opinaron los Moyano?

–Me llamó Pablo Moyano y me dijo: “¿Compraste el diario? ¿Viste la tapa de hoy, loco?” Yo no caía. Empezaron a llamarme de radios, de medios, todos querían la foto. Consulté con mis compañeros y me dejaron salir a hablar: “Dale, decí la verdad, contá por qué te sacaron la foto, qué hacías ahí”. Me salió a favor mío porque a raíz de eso me empecé a hacer más conocido. Al que me sacó esa foto le agradezco porque la publicaron con esa intención de mensaje de mafioso pero me abrió la puerta.

LA PELEA.
La charla con el campeón se interrumpe cuando Oscar Trotta, ancho y de pelo blanco, ex boxeador y mánager desde el 72, siempre en Huracán, pide tiempo para poner las vendas. El preparador físico termina de pasarle aceite por todo el cuerpo al Patón y el salón se despeja. La piba de Camioneros que entrena largando piñas contra su entrenador hace sonar los guantes en cada puñetazo. Trotta cuida a su muchacho. Es de oro. Sabe que casi no hay espónsores en el boxeo. Los del sindicato de lecheros apoyan a un par de pibes, pero Camioneros ya banca a cinco. El suyo, El Patón, es el mejor. El lo tiene que hacer ganar. Es un día complicado. Los dos títulos, el de campeón del mundo latino y el de peso pesado de la OBM vencen hoy domingo 15. La última vez que Basile peleó fue hace seis meses. Cuando estaba listo para defender los títulos se le fracturó en dos el dedo gordo y hubo que ponerle dos clavos. Tardó en curar. Llegan jugados. Pero Trotta sabe que tiene banca desde que a las dos peleas profesionales de su representado recibieron un llamado de Pablo Moyano a la central del sindicato. “Me preguntó cómo andaba, le dije que bien, que tenía futuro, y lo miró y le dijo: ‘Bueno, hay que entrenar en vez de trabajar, y no faltar al entrenamiento. Que le consigan peleas como para poder ir progresando’”.

Eso fue en 2003. El Patón lleva tres títulos ganados –el próximo lo defiende el 18 de diciembre en un festival de box de Huracán donde pelearán los cinco boxeadores de Moyano– y acumula 42 victorias (20 por KO), y sólo cuatro derrotas. En el final de 2009 el Patón se ha convertido en un ícono que rinde en popularidad. Huracán estalla de camioneros que lo vitorean cuando aparece en un rincón del gimnasio con su hijo menor, Rodrigo, de ocho años, vestido también con bata verde y camionera. Lo precede un pibe vestido como rapero que pide: DJ, poné la pista. Es por qué estrenan el rap del Patón. La masa aplaude al ritmo y Lucano, el cantante, de Quilmes, contratado por el sindicato, larga un rimado increíble que hace honor al sindicato y al boxeador: “Actuando / representando / de la mano del sindicato de camioneros / representando / es el Patón que viene llegando”.

El rival es Saúl “El Fénix Asesino” Farah, un campeón boliviano que mide 17 centímetros menos que el Patón pero tiene un torso más grueso y la fortaleza andina a la que el mismo entrenador dice temerle. Una de las derrotas más tremendas del Patón fue contra Alexander Dimitrenko, en Estados Unidos, cuando en el 96 lo bajó de un solo gancho en el primer round. El mal recuerdo lo persigue, y El Fénix peleó dos veces con el ruso; las dos veces aguantó toda la pelea y perdió por puntos. Por eso, dice, es de respetar.

En la esquina del ring, abajo, como una fanática más, La China, la actual mujer de El Patón, pequeña, boxeadora y de Huracán, le calienta la oreja durante los primeros rounds. Ella iba a pelear hoy y su rival cordobesa no llegó. Así que descarga su furia dándole ordenes al campeón que parece al comienzo lento e indeciso: “¡Dale, boludo! ¿Qué te pasa? ¡Despertate, matalo!”. Trotta dirá después que era una estrategia. Pero lo cierto es que el Patón recién hace tambalear al boliviano en el tercer round, en el quinto, y cuando llegamos al octavo parece que la cosa no avanzará. La moral camionera está en alto, una banda de pibes de pelos teñidos y rapados en los costados salta con una bandera que dice “Sector Recolección”. “Dale campeón. Dale campeón”.

El Patón parece reaccionar a la única voz que escucha mientras ruge la leonera, la de su mujer. Y avanza, de pronto rápido, de súbito veloz, hacia su rival, sorprendido por un gancho de derecha que lo hace trastabillar. Otra arriba, directa, y el tambaleo de la mole andina se hizo fatal: el Patón envalentonado, seguro de que el público camionero merece un knock out, esos ciento cuatro kilos de enemigo en el suelo, encaja los últimos dos directos descendentes y lo hace morder la lona. La masa camionera se para, entera, y grita, campeón, dale campeón. El árbitro cuenta. No llega a diez. La toalla vuela desde el rincón. El Patón sigue siendo campeón.

Fernanda y Patricio, los otros boxeadores del sindicato
Si la pelea del Patón Basile y El Fénix Asesino Farah fue buena sólo a la hora de los ganchos que voltearon al visitante, el ring estuvo más interesante en las preliminares. Con Fernanda Alegre, la chica que precalentaba en el camerino junto al campeón, se encendió la tribuna. La peso welter le dedicó tantos directos a la cara de Etel Cristina Arano que el juez decidió darle el KO técnico. Alegre es una reciente incorporación de Camioneros y se perfila como una promesa que los Moyano siguen de cerca.

El camionero Patricio Valentín “Grande” Pitto prometía en el combate de semifondo. Y no lo hizo nada mal. En categoría crucero la suya fue la mejor pelea de una jornada moyanista. En el combate de semifondo se enfrentó al bonaerense Jonatan “El Ruso” Spesny. Se dieron duro y parejo. Así, el ascenso de Pitto, que en sus cuatro primeras peleas había sido imparable, con 3 KO, se frenó con la decisión ajustada del jurado. Las tarjetas fueron de 39-39, y dos de 39-38 y medio. El público lo aplaudió igual.
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sábado 14 de noviembre de 2009

El luminoso sendero de Meteoro


Crónica publicada en el diario Página/12 el Domingo, 23 de abril de 2006

Meteoro hizo un mal cálculo de última hora. Se sintió seguro en su nuevo territorio, la Villa 31 Bis, detrás de la Facultad de Derecho, como si fuera el mismo jefe de célula que supo ser cuando estaba en los veinte años, en su Lima natal. Creyó que había heredado el poder de su hermano, Ruti, el narco peruano preso por la masacre del Bajo Flores. Supuso que controlaría militar y comercialmente las manzanas 7, 8 y 9 del barrio, donde funcionan los más rentables kioscos de cocaína, marihuana y pasta base. Pero no. Ni su preparación como viejo cuadro de Sendero Luminoso en la década del ’80 le alcanzó para salvarse del escarmiento de los traidores de su propio bando. Fue el 6 de abril pasado, aunque los combates por el poder duraron dos noches. Al cabo de la segunda, su cuerpo, de un metro 52 de altura, cayó bajo el fuego cerrado de tres calibres. Su homicidio es un capítulo más de la sorda guerra urbana por los tráficos ilegales que se vive en algunos territorios de la ciudad de Buenos Aires.

Hace dos semanas, en los pasillos de la villa 1.11.14, en el otro extremo de la ciudad, el rumor llegó a este cronista, sin certezas, apenas como un dato lábil en boca de un pibe allegado a los poderosos del lugar. “Parece que mataron a Meteoro”, dijo. La frase no era una noticia de ficción sobre uno de los abuelos del animé, el famoso dibujo animado de los que andan en los treinta y tantos. Meteoro, el narco, había logrado cierta fama durante los ’90 como mano derecha de su hermano menor, Alionso Rutillo Ramos Mariño, alias Ruti, en el Bajo Flores. Su nombre real era Esidio Teobaldo Ramos Mariño. Había nacido en 1959 en Lima, con lo cual tenía ya unos 46, cuatro más que Ruti. Parecidos –los dos petisos, morochos y delgados– solían usar los mismos lentecitos de carey, pequeños, sobre los ojos achinados. Fieles el uno al otro, habían pasado juntos los tres años de cárcel que les tocó pagar después de una investigación federal por tráfico de drogas. Y de regreso a la calle, juntos habían entrado para mandar en la 31, donde esperaban hacerse lo suficientemente fuertes como para volver a competir por el territorio perdido.

Los senderos narcos

La gran escena que eligieron para quebrar al enemigo fue el 29 de octubre. Así lo dice el procesamiento de Ruti, dictado el 9 de marzo por el juez en lo criminal Domingo Altieri. El magistrado, que conoce no sólo el nombre de Meteoro, sino el de otros sospechosos de haber colaborado en el ataque, limitó sus dardos a Ruti, señalado en algunas escuchas telefónicas y por dos testigos de identidad reservada como el autor ideológico y material del operativo. Cuando un millar de creyentes y devotos del Señor de los Milagros, el cristo moreno de los peruanos, caminaban en procesión por la avenida Bonorino, un grupo de por lo menos cinco sicarios atacó con armas automáticas, cortas y ametralladoras, dejando un tendal de muertos. Fueron cinco los fallecidos, entre niños, mujeres y hombres. Y más de ocho los heridos. Esa tarde, entre los presentes no estaba el hombre al que se supone que los matadores querían bajar: Salvador, como se lo ha nombrado en estas crónicas del narco.

Lo más sorprendente de las estructuras que hay detrás de esta guerra urbana es el nivel de organización y control militar de sus zonas que logran. En el caso de Bajo Flores ya se ha contado cómo Salvador maneja el barrio en el que viven ochenta mil habitantes gracias a un pequeño ejército de 60 soldados, jóvenes desocupados y pobres, que prestan servicios diarios a 30 pesos la jornada como campanas, vigilantes y vendedores de la que dicen, es la mejor cocaína de la ciudad.

La muerte de Meteoro permite comprender otros pliegues de esa misma historia. Desde los comienzos de esta investigación, diversas fuentes, testigos directos de personas vinculadas a los negocios ilegales y relatos judiciales, aseguran que los capos del narcotráfico peruano en Buenos Aires tuvieron relación con la organización guerrillera Sendero Luminoso durante la guerra que vivió Perú a lo largo de toda la década del ’80 y comienzos de los ’90. El propio juez Altieri envió pedidos de informes a Interpol y a la policía de Perú para saber si los hombres a los que investiga fueron preparados militar y políticamente por el brazo armado del Partido Comunista peruano, acorralado por la represión ilegal tras la caída en 1992 de su líder, Abimael Guzmán. En la causa por la masacre de octubre no ingresaron pruebas al respecto.

Cicatrices

Donde sí quedaron documentos que confirman el pasado senderista, al menos de Meteoro, es en la vieja causa que investigó la propia Unidad Antiterrorista de la Policía Federal durante 2001. Allí se pueden encontrar dos faxes enviados por Interpol al juzgado federal que investigó a los capos en los que se comunica a las autoridades argentinas la orden de captura por el delito de terrorismo para Esidio Ramos Mariño. Es decir, Meteoro.

“Piel trigueña, ojos pardos, cabellos lacios negros, estatura 1,52 centímetros, nariz recta, frente amplia, labios medianos, cejas semipobladas”, lo describe el parte. Con el alias de Carlos, Meteoro era buscado bajo las siguientes “señas particulares”: “Cicatriz en el pómulo izquierdo (8 centímetros). En la ceja del ojo izquierdo (3 centímetros). Altura de axila izquierda (8 centímetros). Cadera lado izquierdo. Dos tatuajes en el pómulo derecho (lunares). Otro tatuaje con el rostro de una mujer con la inscripción ‘Dios y mi madre’ en el antebrazo derecho y otro en el dorso de la mano derecha con las letras E.T.”

Esidio Teobaldo había escrito sus iniciales sobre la piel. Y en su prontuario llevaba varios párrafos de acusaciones. En el resumen de los hechos, Interpol informaba que era buscado desde 1994 por un juzgado penal del Callao, Lima. “El día 07 mayo 86, miembros de la Policía Nacional contra el Terrorismo intervienen el inmueble ubicado en MZ. SI. LOTE 20. Urbanización Taboadita Callao, encontrándose en su interior abundante material bibliográfico (volantes, folletos, hojas mecanografiadas y manuscritos) perteneciente a la organización subversiva ‘Sendero Luminoso’ encontrándose, entre éstos, el informe de aniquilamiento de miembros de las fuerzas armadas y fuerzas policiales elaborado por el procesado Esidio Teobaldo Ramos Mariños (a) Carlos”. El documento lo marca como un “integrante de uno de los destacamentos del Comité Zonal Este de Lima Metropolitana del partido comunista peruano”.

El diario La Nación –particularmente interesado en divulgar en sus páginas internacionales presuntos resurgimientos guerrilleros en diversos puntos de Latinoamérica– fue el único medio argentino que se hizo eco, el 17 de agosto de 2001, de la caída de Meteoro y su hermano Ruti en Buenos Aires. “Detienen a un supuesto ex terrorista”, dice el título de la nota en la que se da cuenta de la investigación exitosa de la DUIA. Lo que había llevado a la Justicia a investigar a los hermanos y sus socios del momento –entre otros el propio Salvador, hoy capo absoluto de la 1.11.14– era en realidad un triple homicidio, el de Julio Chamorro, otrora jefe de la banda narco, y dos de sus guardaespaldas y parientes. Los Chamorro fueron encerrados en lo que se conoce como la canchita de los Peruanos, en el medio de la villa, cuando descansaban después de un partido de fútbol con las camisetas de San Lorenzo todavía puestas. A lo largo de la causa judicial en la que terminaron presos los Ramos Mariño, se puede leer el derrotero de otras víctimas, mucho de ellos paraguayos expulsados del barrio por “los muchachos”, como les dicen los vecinos aún hoy a los soldados narcos que controlan sus pasillos.

De todas formas, Meteoro estuvo preso por tres años. Cayó en la puerta del pool que administraba sobre la avenida Bonorino, a metros de donde cuatro años después sería la masacre del Señor de los Milagros. Entonces declaró ante el juez: “Vine a trabajar en 1997. Empecé cortando cueros para zapatos durante ocho meses y por no tener documentos tuve que trabajar después en un vivero como jardinero un año y medio, y con la plata que ahorré, compré un Ford Taunus, para trabajar de remisero. Así logramos poner un pool en la villa. Soy inocente, no sé ni manejar un arma. Ni siquiera fui al ejército por mi baja estatura”. Los informes de Interpol lo pintan, en cambio, como un cuadro: “Participó en reuniones de adoctrinamiento ideológico, incursiones, investigaciones de aniquilamiento de dos miembros de las fuerzas policiales, como del movimiento de un coronel del ejército peruano en Ayacucho. Participó en atentados terroristas a los locales del PAIT –un polémico programa de empleo temporal de la época– y del Coprode –Comité de Promoción del Desarrollo– del distrito de Canto Grande, Lima, utilizando para perpetración de estos actos sustancias inflamables”.

El bis de la 31

Hasta acá la historia, el pasado lejano de Meteoro Ramos. Tras aquel golpe frente al pool, en el que fue esposado y sacado en un coche policial de la villa, volvió a la calle el 6 de julio de 2004, antes que Ruti, quien tuvo que cumplir una condena más larga porque le encontraron encima documentos falsos. Desde entonces lo ven caminar, tranquilo y bien educado por los pasillos de la Villa 31 bis. “Cuando mataron a la gente en la procesión del año pasado en el Bajo Flores, acá escuchábamos que festejaban porque les había salido bien”, le cuenta desde el más secreto de los nombres una mujer a este cronista. La villa, en la que viven cinco mil familias, además de las diez mil que hay en la 31 propiamente dicha, se extiende entre la autopista y la avenida Libertador, justo detrás de la Facultad de Derecho. “Ese sábado a la noche ellos vinieron a festejar acá, como si lo que habían hecho hubiera sido ganar un partido de fútbol”, cuenta un pibe que los escuchaba cuando iban a cargarse de cerveza.

Puede resultar extraño, pero en los dos extremos de la ciudad, los porteños tienen noticias de sus vecinos remotos. Así como en la 1.11.14 se supo enseguida que los sicarios fueron sacados del Bajo en una combi blanca hacia Retiro, en Retiro supieron lo ocurrido en el Bajo. “Sabemos, pero no podemos hacer nada cuando nos enteramos de algo porque no tenemos manera de ir en contra de los transas. Una vecina se quejó ante el comisario de la 46ª porque está lleno de kioscos, y a los tres días los propios narcos la apretaron porque ya sabían quién había hablado”, se lamenta la mujer ante este cronista. Ella pudo escuchar los tiros que anunciaban, la madrugada del 5, el fin para Meteoro. Fueron ráfagas de ametralladora –como las que sonaron en la masacre– y de pistolas automáticas. En los ranchos y las casas de las manzanas 7 y 8 se ven hoy los agujeros que dejaron las balas. “Esa noche el rumor era que había muerto uno, pero lo sacaron del barrio envuelto en una sábana”, dice un testigo desde el anonimato.

La noche siguiente, el tiroteo fue más duro. Los peruanos, cuentan los vecinos, habían pasado el día entero reunidos en una esquina, esperando a alguien. Todo el barrio sabía que el combate continuaría a la noche. Por eso nadie se movió después de las doce. A las dos y media volvieron las balas. “Era sabido que perdía un peruano al que se le habían rebelado los de la banda. El intentó retener el poder, pero esa noche le dieron con todo. El cuerpo dicen que quedó destrozado”, cuenta la mujer en voz muy baja. Fuentes judiciales confirmaron a Página/12 que la policía tardó tres días en identificar el cuerpo de Meteoro, al que le habían sacado las armas y las identificaciones. La fiscalía en lo criminal 10 allanó varias casas. En una de ellas se encontró con 7 kilos de marihuana, lo que implicó la apertura de una investigación en el Juzgado Federal 2. “Cuando lo mataron vinieron y desaparecieron los kioscos de drogas por unos días, pero ya volvió todo a la normalidad. Ellos tienen mujeres solas con hijos que les trabajan de campana, sistemas de timbre para avisar quién entra, y sólo se cuidan cuando hay algunos cambios en la guardia de la policía. “Nosotros vimos morir muchos peruanos en los últimos años. Por eso pensamos que con la muerte de Meteoro, no va a cambiar nada”, se atreve a decir un hombre cuando anochecía el viernes sobre la villa. La luz del sendero de Meteoro apenas si alcanza a iluminar las nuevas fuerzas en los territorios de la paralegalidad.
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miércoles 11 de noviembre de 2009

Jon Sobrino, el obseso- Roberto Valencia


Foto: Francisco Campos

Roberto Valencia es un periodista freelance nacido en el País Vasco, pero que desde el año 2001 reside en El Salvador, Centroamérica. Sus relatos han sido publicados en revistas como Gatopardo (México), Revista C (Argentina) o Séptimo Sentido (El Salvador). Escribe de forma habitual en el diario El Mundo (España) y en el blog Crónicas guanacas.

El nombre de un periodista no es algo importante para Jon Sobrino. En realidad, el periodismo en sí, tal y como está concebido en la actualidad, no es algo importante. “No me interesa todo eso, ese mundo de los millones, de los medios que son más o menos de derecha o un poquito de izquierda”, me dijo la tercera vez que hablamos frente a frente. La segunda vez había sido el 30 de noviembre, poco después de oír cómo cantaba el “Cumpleaños feliz”. Me le acerqué una vez finalizada su misa, como habíamos acordado por teléfono.

—A ver, ¿tú eres Antonio Valencia? –preguntó.
—Roberto, padre, Roberto Valencia.
—Roberto... ah, entonces sí te conozco. Vamos a ver –enérgico–, ya te dije que ahora no te voy a recibir, pero ¿qué es lo que quieres tú?

Siete días después salió con eso de que no le interesa el mundo de los millones ni aparecer en los medios. Esa tercera plática fue más cordial. Fijamos una entrevista larga en su despacho para las 4 de la tarde del día siguiente y volvió a confundirme con Antonio. Se justificó diciendo que Antonio Valencia le sonaba a un portero que tuvo hace unos años el Athletic de Bilbao, el equipo de fútbol de la Liga española. Pero ese portero se llamaba Juanjo Valencia.

“Yo soy diabético, de dos inyecciones diarias, para que lo pongas.” Su mala memoria selectiva –solo para nombres y rostros– la atribuye a la diabetes. Y es selectiva porque Sobrino, el jesuita salvadoreño amonestado hace ya un par de años por el Vaticano, tiene 70 años, pero es uno de los teólogos más leídos y traducidos en todo el mundo, continúa celebrando misa en la misma iglesia donde lo ha hecho por casi 20 años y se mantiene firme en lo que décadas atrás alguien bautizó como la opción preferencial por los pobres. Y sigue publicando cuanto puede. Y sigue con sus pensamientos enfocados en lo que él cree que es importante.

En la entrevista de las 4 en su despacho, tras casi dos horas de plática, le pedí que me firmara un ejemplar de uno de sus libros. Lo abrió y con letra clara y legible, de estudiante aplicado, escribió: “Para Antonio Valencia. Con agradecimiento y esperanza. Jon Sobrino”.

***

Faltan segundos para las 8 de la mañana. Hoy es 30 de noviembre, domingo. Sobrino sale de la sacristía serio, mirada perdida, casulla morada de Adviento. Lleva pegada al pecho una Biblia verde con un cordelito rojo para separar páginas. Camina hacia el altar despacio, casi arrastrando los pies. El coro, nutrido y voluntarioso, está cantando una canción que dice que los pobres esperan el amanecer de un día sin opresión. Quizá eso llegue alguna vez, pero hoy se tienen que conformar con un día de cielo azul intenso pero fresco. Sobrino se frota las manos, se acomoda los lentes.

Esta es la iglesia de El Carmen, en el centro de Santa Tecla, una ciudad que forma parte del área metropolitana de San Salvador, la capital del país. El párroco aquí desde 1991 es otro jesuita llamado Salvador Carranza, alto, barbado, septuagenario también. Al poco de su designación, pidió a su amigo Sobrino que le ayudara a celebrar. Y le aceptó. Salvo viaje al extranjero o quebranto serio de salud, todos los domingos a las 8 de la mañana inicia su misa, como está sucediendo en este instante.

Llamar templo a esto es una cortesía. La centenaria iglesia dedicada a la Virgen del Carmen quedó semiderruida por un terremoto en 2001. Las misas reiniciaron meses después en este improvisado, largo y estrecho galerón de láminas con ventanas por doquier, techo falso y luces fluorescentes. Lo levantaron a la par. Trajeron las bancas, un pequeño retablo, dos atriles de madera tallados y cuanta escultura sobrevivió al sismo. Y se logró un lugar acogedor, pero que está a años luz de la solemnidad de catedrales ciclópeas o milenarias. A Sobrino la sencillez que le rodea no parece incomodarle; al contrario. Y lo explicitará durante la homilía.
—Jesús jamás habló de que él estaría en una catedral bellísima...

La frase entera la podrán leer más luego. Ahora el coro sigue cantando la canción que dice que los pobres esperan un día sin opresión, la primera de nueve. Las dos últimas serán “Las mañanitas” y “Cumpleaños feliz”. Hoy es el cumpleaños de Salvador Carranza, a quien acá todos conocen como padre Chamba. Cumple 72, una edad que dicen que es muy bíblica. Español de nacimiento, llegó al país en 1956, un año antes que Sobrino. Ambos forman parte de ese grupo de jesuitas sin el que resulta complicado explicar la historia reciente de El Salvador. Son los que crearon la Universidad Centroamericana (UCA), los que abrazaron la Teología de la Liberación, los que educaron, los que fueron llamados comunistas, los masacrados, los involuntarios protagonistas del Museo de los Mártires, los que al final de la misa estarán acá, septuagenarios, escuchando a 200 parroquianos cantar en una iglesia-galera algo tan poco eclesial como “Las mañanitas”. Juntos en el altar, el padre Chamba y Sobrino cantarán también, sonrientes.

***

La sinopsis de sus primeros 68 años de vida sería así: Jon Sobrino Pastor Gaztañaga Larrazabal nació en plena Guerra Civil española, el 27 de diciembre de 1938. Nació en Barcelona. Sus padres –Juan y Rosario– habían escapado un año antes desde Barrika, un minúsculo pueblo del País Vasco. La familia regresó a su tierra cuando Jon tenía 10. Con apenas 17 años, ingresó en el noviciado de la Compañía de Jesús en Orduña, cerca de Bilbao. Con apenas 18 años, fue enviado al noviciado de la Compañía de Jesús en Santa Tecla, cerca de San Salvador. Fiel al espíritu jesuítico, tuvo una sólida formación en algunas de las mejores universidades del mundo. Estudió en Cuba, en Estados Unidos y en Alemania. Para 1973 ya tenía las carreras en Filosofía, Ingeniería Mecánica y Teología, de la que se doctoró. Regresó a El Salvador para instalarse de forma definitiva. Vivió la metamorfosis de Monseñor Óscar Arnulfo Romero. Sufrió lo peor de la guerra. Se nacionalizó. La masacre. Se esperanzó con la firma de los Acuerdos de Paz en 1992. Sintió –siente– vergüenza por este mundo. Y mientras, publicó cuanto pudo sobre Cristología, sobre Romero, sobre los pobres, sobre liberación. Todo eso y más hizo en sus primeros 68 años de vida. Pero ahora tiene 70.

En noviembre de 2006 se aprobó la Notificación. Tras largos años de estudio de dos de sus libros –“Jesucristo Liberador” (1991) y “La fe en Jesucristo” (1999)–, el papa Benedicto XVI mandó publicar el documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe que catapultó a Sobrino. De ser un teólogo respetado y reconocido en círculos religiosos pasó a encarnar la víctima del conservadurismo que se le achaca al Papa. No es que partiera de cero, pero lo convirtió en un fenómeno mundial. Si se busca entre las páginas en inglés que aparecen en Google, “Jon Sobrino” tiene más entradas que “Antonio Saca”, el presidente de El Salvador. En Wikipedia hay artículos sobre Sobrino en 10 idiomas diferentes. En inglés, en francés, en alemán, en japonés y hasta en húngaro siempre aparece como uno de los estandartes de la Teología de la Liberación.

Sin embargo, la realidad es que la tan traída y llevada Notificación, aun siendo un hecho extraordinario dentro de la Congregación, fue un sopapo moral público, pero no acarreó sanción concreta alguna. Sobrino siguió haciendo lo que para él sí es importante: oficiar misa, publicar libros, denunciar lo denunciable, continuar como director del Centro Monseñor Romero de la UCA, dar clases.

***

—Buenos días tengan todas y todos ustedes.

Las palabras resuenan amplificadas en el galerón por un sistema de sonido rústico pero eficaz. Siempre repite las mismas.

Sobrino apoya sus manos sobre una mesa hueca cubierta por un mantel blanco con bordados. Iluminada por dentro, sirve de sepulcro a un Jesucristo yaciente y ensangrentado que el Adviento todavía no ha ocultado. La figura es una de las esculturas sobrevivientes del terremoto, de una finura que contrasta con el ambiente espartano a su alrededor. Hay afiches colgados con las fotografías de Monseñor Romero y del sacerdote jesuita Rutilio Grande, asesinados ambos. La presencia de esas imágenes en la iglesia no es casual ni decorativa. Rutilio y Romero también están en su despacho de la UCA y en el diminuto cuarto donde duerme. Son algo importante.

Ahora Sobrino está leyendo con desgana las intenciones, que hoy son todas de acción de gracias. Visto desde aquí, encanecido y delgado, parece poca cosa. Nadie diría que alguien así ha soliviantado durante años a Joseph Ratzinger, la persona que hoy rige el destino de la Iglesia católica bajo el nombre de Benedicto XVI. Ratzinger fue quien como prefecto le abrió los procesos y Ratzinger fue quien firmó la Notificación. Y aunque a Sobrino no le haga mucha gracia, esa representación de David contra Goliat que le ha tocado interpretar siempre ha sido muy atractiva para el “establishment” que él combate. Es discutible si convence, pero no hay duda de que su lucha seduce. En el popular portal de internet Facebook hay un grupo que se llama Friends of Jon Sobrino SJ. Del extranjero lo invitan con frecuencia para dar charlas y seminarios, es hombre de mundo y conoce algunos buenos hoteles. Y ni siquiera en El Salvador escapa a situaciones en las que él se siente como pez fuera del agua. En sus apariciones públicas, rara es la que no concluye con la firma de autógrafos o con él posando junto a admiradores frente a alguna microcámara de un teléfono celular.

Sobrino no cree que sea para tanto.

—Tú pon lo que quieras, pero yo creo que la gente que se acerca a mí no es por famoso. Es por amistad o quizá por agradecimiento, porque yo represento un poquito a los mártires; un poquito, ¿verdad? Desde luego, con Beckham no tengo nada que ver. Ni yo ni el padre Ellacuría ni Monseñor Romero.

***

Sobrino está vivo por conocer el idioma del imperio.

La segunda y la tercera, junto a la iglesia de El Carmen. Pero la primera vez que hablamos frente a frente fue el 24 de marzo de 2008. Sobrino entonces ni siquiera sabía que alguien llevaba tiempo siguiéndolo para este perfil. Aquella resultó una conversación imprevista, fugaz, recelosa y a tres bandas. El tercer interlocutor era Leonardo Boff, teólogo brasileño que se encontraba de visita en el país y me había aceptado una entrevista. Él es otro referente mundial de la Teología de la Liberación. Boff, franciscano hasta entonces, colgó los hábitos en 1992.

A mitad de la entrevista, un taxi se paró frente a la entrada principal. De él bajó Sobrino. El rencuentro lo habían fijado para justo después de la entrevista. Y Sobrino, fiel a sí mismo, se adelantó a la hora fijada. Cruzó la puerta de vidrio con un portafolios bajo el brazo, se acercó despacio, casi arrastrando los pies. Vestía sencillo: pantalón, una chaqueta sobre la camisa y zapatos negros. Boff se levantó y salió a su encuentro.

—Caro Leonardo, caro Leonardo.

Los dos tienen la misma edad, estudiaron en Alemania e intimaron cuando en los ochenta participaron en un proyecto que pretendía sistematizar toda la Teología de la Liberación en 50 tomos. Pero además les une un vínculo especial. Cuando el 16 de noviembre de 1989 ocurrió la masacre de los seis jesuitas en la UCA, Sobrino se encontraba fuera del país. Eso le salvó. La orden que tenían quienes ejecutaron la matanza era no dejar testigos. Uno de los cadáveres, el del padre Juan Ramón Moreno, lo arrastraron hasta la habitación de Sobrino. Pero él estaba en Tailandia. Lo habían invitado para impartir un curso sobre Cristología en inglés, el idioma de lo que él llama el imperio. Ese curso lo iba a dar Boff. Había recibido la invitación primero, pero la rechazó. “En esa invitación pedían inglés, y yo no lo podía bien, pero les dije a los organizadores que invitaran a Jon Sobrino.”

Aquel rencuentro entre los dos teólogos fue cordial. Sonrisas y abrazo. Intercambiaron unas pocas palabras inaudibles.

—Te veo, te veo, te veo –elevó el tono Sobrino, palmeando la panza de Boff– Los ojos, eso no has cambiado. La vivacidad... y estás aquí.
—... Termino aquí, porque quiero hablar mucho contigo, Jon... Ah, Jon, él –por mí– me ha dicho que va a tu misa.

No era el plan original, pero tuve que intervenir.
—Yo llego a la iglesia de El Carmen, padre.
—Ah, no me digas.
—Ayer estuve.
—¿Ayer a las 11?

Su misa había sido a las 8 de la mañana, pero supuse que me estaba probando. Meses después quise saber si mi suposición era acertada, pero me dijo que no recordaba haberme visto nunca antes. Su memoria en verdad es mala para los rostros y los nombres.

***

El joven Marcello Rodríguez se sienta en el suelo, saca la videocámara de su funda, la apoya sobre su rodilla derecha y comienza a grabar. La homilía de Sobrino está comenzando.

—Que el señor esté con ustedes
—Y con tu espíritu.
—Lectura del Evangelio, según San Marcos.
—Gloria a ti, señor.

Marcello –16 años, voz sonora, guitarrista aficionado– llega todos los domingos a El Carmen y busca lugar en primera fila, cerca del atril de madera tallada que se usa para las lecturas. Lo acompañan su hermano Gabriello, de 15, y una cámara de video Samsung modelo SCL906. Desde hace unos cinco años –no saben precisar la fecha– graban la revolucionaria interpretación del Evangelio. A Sobrino no le entusiasma la idea, pero tampoco le molesta lo suficiente. Las decenas de cintas acumuladas desde entonces las conservan en cajas con naftalina. Los videos no los suben a YouTube ni nada por el estilo. De vez en cuando los ven en familia. Es algo para consumo propio, pero han creado un archivo que quizás algún día sea codiciado.

Pero volvamos a la homilía. Sobrino también hoy está explicitando su opción preferencial por los pobres.

—Jesús está –y señala con el dedo hacia adelante– en esos pobres de la puerta, de esta iglesia y de tantas.

Una iglesia parece incompleta si no hay alguien en la entrada pidiendo limosna. En El Carmen este fenómeno roza el surrealismo. Un domingo de octubre había 24 personas suplicando unos centavos. Cuando Sobrino dice eso de pueden ir en paz, los pobres de la puerta se colocan en dos filas. En la formación hay muletas de madera, artritis, manos extendidas, vasos con vocación de monedero, delgadez extrema, canas sucias, olores, rostros cansados de la vida, arrugas infinitas, síndromes de abstinencia, sueño, insultos para el que toma fotografías y dioselopagues. La feligresía pasa en medio. La mayoría, con indiferencia; algunos sí tienen unas monedas, unas palabras o un saludo como recompensa. Esta es la pobreza que cada día respira Sobrino, la que le lleva a escribir frases como esta: “Que los multimillonarios pasen hambre alguna vez, para ver si eso los convierte”. Pero lo cierto es que son pocos, casi ninguno, los pobres de la puerta que entran a escucharlo. Parece que no les interesa oír al que predica por y para ellos.

Mientras habla en la homilía Sobrino gesticula con los brazos. Se ve entusiasmado, como si lo hiciera por primera vez. Aún se le reconoce su acento de Bilbao. Sonríe, se muerde el labio inferior.

—Jesús jamás habló de que él estaría en una catedral bellísima, y ojalá que las catedrales sean bonitas, que no tengo nada en contra de eso. Pero sí dijo que allá donde haya hambre y sed y enfermedad y gente que se muere de sida, nos guste o no nos guste, ahí estará él.

El Evangelio de hoy es San Marcos 13:33-37. Es corto y se refiere a cuando Jesucristo pide a sus discípulos que estén alerta siempre, como cuando unos empleados esperan la llegada del dueño de la casa. Esta lectura le está sirviendo de excusa para hablar de los pobres de la puerta, de las catedrales, de los atentados en los hoteles de la India, de Monseñor Romero y de la masacre de los jesuitas. Raro es que sus sermones bajen de los 20 minutos.

***

El Salvador transpira cristianismo desde su mismo nombre. El lema de su escudo dice Dios, Unión y Libertad, en ese orden. La capital se llama San Salvador. Las dos ciudades más importantes tienen también nombre de santo: San Miguel y Santa Ana. El listado con los nombres de los municipios parece santoral. Sin embargo, al mismo tiempo es el país con la mayor tasa de asesinatos de todo el continente. Y con pobreza y desigualdad, el caldo de cultivo de la Teología de la Liberación. Aún hoy, 30 años después del boom de la doctrina, este país centroamericano con casi 6 millones de habitantes presenta cifras que hablan de un 14% de analfabetismo, de una escolaridad promedio de seis años, de 173,000 niños que trabajan, de un 26% de hogares sin agua por cañería, de un 35% que vive bajo la línea de pobreza, 44% en el área rural. Y de casi 400,000 familias que reciben remesas de parientes que tuvieron que emigrar.

Sobrino cayó en El Salvador hace más de medio siglo. Llegó sin pretenderlo, para cubrir el déficit de vocaciones en Centroamérica. Hoy no hay quien lo saque de aquí.

—Estoy convencido de que le han ofrecido la posibilidad de dar clases fuera.
—Sí.
—Pero sigue aquí. ¿Cómo se explica eso?
—A ver. Tu pregunta presupone que es raro. Que es raro que si una universidad un poco importante de Estados Unidos me ofrece una cátedra, que yo me quede aquí. Bueno, pues sí, he tenido algunas ofertas, pero nunca jamás se me ha ocurrido irme.

Él y muchos otros jesuitas del grupo obtuvieron sus papeles salvadoreños en 1989, en los días previos a la llegada al poder de ARENA. Este partido político de derecha, que lleva 20 años consecutivos en el poder, fue fundado por el Mayor Roberto d´Aubuisson, a quien la Comisión de la Verdad de la ONU identificó tras los Acuerdos de Paz como el autor intelectual del asesinato de Monseñor Romero.

Pero la nacionalidad de Sobrino va más allá de lo que diga su pasaporte. Cuando se le oye hablar, queda claro que en su concepto de Nosotros están los salvadoreños, los pobres, el Tercer Mundo. El Primer Mundo donde a él lo educaron lo encuadra en ideas como el Allá o el Ellos. A su país, El Salvador, dice que le debe haber aprendido a sentirse como un ser humano, algo que le permite comprender lo que ocurre en el Congo, por citar un su ejemplo recurrente. Y aquí también dice haber conocido a gente de mucho amor y a gente de esperanza, de esa esperanza honda tan difícil de ver en Europa o en Estados Unidos.

Quizá por esa coherencia entre lo que escribe y su manera de vivir es que se haya ganado un notable grado de respeto y de admiración.

“Dentro de la gama de teólogos de la Liberación, Jon Sobrino es para mí alguien que realmente supo sacarle el jugo más positivo a esta teología. Ha sabido administrar, con bastante coherencia y equilibrio, todo el patrimonio teológico de El Salvador y de América Latina.” Fernando Lugo, ex obispo y actual presidente del Paraguay.

“Normalmente el teólogo es solo teólogo, reflexivo, al que no le importa mucho la espiritualidad. Pero Jon Sobrino es teólogo y lo que más hace es predicar de forma espiritual, sin abandonar el rigor muy jesuita, muy alemán, de la reflexión teológica. Por eso es peligroso.” Leonardo Boff, teólogo de la Liberación.

“No es amigo de protagonismos, todo lo contrario a Leonardo Boff; son dos hombres muy diferentes. Sobrino es de diálogo más íntimo, así es como se siente a gusto. Pienso que en parte se debe a su manera de ser, reservada y más bien intimista.” Gregorio Rosa Chávez, obispo auxiliar de San Salvador.

“Es una de esas personas que tienen una fe muy profunda en Jesucristo y en el Evangelio, una fe de la auténtica, de la que duele y causa dudas... no la fe anquilosada en unas normas y códigos de Derecho Canónico.” Jesús Bastante, periodista español.

***

Avanza la misa en El Carmen. Bajo la batuta de Sobrino los presentes ya le han rogado al Señor. Le han dado gracias. Algunos han dejado unas monedas en bolsas de trapo verde amarradas a un palo. Se ha cantado el padrenuestro. Y hace apenas unos segundos todos se daban fraternalmente la paz. Este acto resulta emotivo. Los parroquianos se dan abrazos o se agarran de las manos mirándose a los ojos. Y no se limitan a los que tienen alrededor. Hay movimiento de unas bancas a otras. Niños suben a abrazar a un Sobrino que corresponde el gesto con una sonrisa y con ligeras palmaditas en la cabeza. Luego baja a estrechar su mano a las personas que están en primera fila. Cuando presencié esto el 24 de agosto, anoté en la libreta unas palabras que entonces creí urgentes: “Hay algo en la atmósfera, posible entrada para la nota”. Aquí dentro, por un instante, uno se olvida de que está en el país más violento del continente.

Comienza la eucaristía con una canción de fondo que dice que el pueblo gime de dolor y que el pueblo está en la esclavitud. Sobrino reparte los cálices entre sus colaboradores y se sienta. Él no da las hostias. Hace meses, Salvador Carranza, el párroco, dijo que es por la diabetes, que se cansaba mucho. También me contaron que en la comunidad de jesuitas donde vive tuvo una vez una crisis, rompió una jarra de vidrio, se cayó sobre los cristales, se cortó la mano y hubo que llevarlo al hospital. A Sobrino no le gusta hablar mucho sobre su salud. En su humildad, cree que no le interesa a nadie más.

—Me habían dicho que estaba mal de salud, pero lo he visto muy activo.
—Hace cuatro años tuve un coma del que sobreviví. Fueron tres días en coma... Bueno, que sí es serio lo de la diabetes. Ahora, ¿en qué se nota para mí la enfermedad? Yo antes trabajaba ocho horas, por así decirlo, y ahora trabajo cuatro. ¿Y por qué? Pues porque no da para más.

Regresemos a la misa, donde ya todos comulgaron. Está a punto de terminar. Están dando unos avisos. Uno invita a donar juguetes para niños pobres y otro es para que los feligreses se animen a comprar CD con las canciones del coro. Solo queda cantar al padre Chamba “Las mañanitas” y el “Cumpleaños feliz”. Han pasado 65 minutos desde que inició la misa. Esto acaba.

***

El tramo final de la entrevista en su despacho fue el momento para cuestionarlo sobre el que parece ser el único punto débil dentro de su filosofía de vida: su fiel permanencia dentro de la Iglesia católica, una institución cuyas máximas autoridades en El Salvador y en Roma lo han desacreditado en público. Y, quizá más importante, que tiene actitudes y actuaciones que cuestionan eso de que los pobres estén en el centro de todo, que cuestionan lo que para Sobrino es una obsesión. Su último libro se titula “Fuera de los pobres no hay salvación”.

—¿Cómo encaja la opción preferencial por los pobres en una institución como la Iglesia católica, dueña de tantas riquezas?
—La opción por los pobres no quiere decir: usted estudió un doctorado en Teología en Alemania, y gastó no sé cuánto dinero, y sabe mucho más que todos, ¿y usted quiere ser pobre? Pues olvídese de eso. ¡No! Sino ponga todo eso al servicio de los pobres.
—La Iglesia posee acciones en grandes multinacionales y en la banca. Es parte activa del sistema.
—Que las instituciones tengan acciones me parece inevitable en nuestro mundo. Eso sí, con mucho cuidado. Que no caigan en la mística de que cuanto más, mejor. Y que los beneficios se usen para proyectos a favor de los oprimidos. Acumular capital, para acumular poder y buen vivir, para irse de turismo o para comprar jugadores de fútbol a precios que representan un buen porcentaje del presupuesto del Chad, eso es caer en el dinamismo del capitalismo inhumano.
—¿Y qué hace con las acciones su congregación?
—La Compañía necesita recursos para formar a los jóvenes jesuitas que todavía no producen, por así decirlo. También patrocina servicios para refugiados, oficinas de derechos humanos, y los fondos que se necesitan para eso no caen del aire. Siempre queda la ambigüedad. Por lo que yo sé, no invertimos en empresas que fabrican armas, por ejemplo. Es capitalismo, pero digamos que de lo pecaminoso, pues lo menos.
—No ve mayor problema, entonces.
—El dinero y la riqueza siempre me dan miedo. Pero si los defensores del capital nos atacan, entonces es porque quizás no lo estamos haciendo tan mal. En los últimos 30 años, 49 jesuitas han sido asesinados en el Tercer Mundo. Repito, todo lo que sea dinero y poder tenemos que usarlo con temor y temblor. Pero creo, espero, que esos mártires nos redimen de nuestras equivocaciones.

***

La misa ha terminado, y Sobrino se retira a la sacristía. Ayer acordamos por teléfono que ahora me recibirá para que le explique cuál es mi interés en hacerle este perfil. Se acerca caminando, casi arrastrando los pies. Viene sin casulla y viste sencillo: pantalón, una chaqueta sobre la camisa y zapatos negros. No lleva anillos ni nada ostentoso. Lo único reseñable es su viejo reloj de pulsera. Sobrino, uno de los intelectuales salvadoreños más leídos y traducidos, no tiene carro, celebra misa en una iglesia de láminas y vive en comunidad con otros jesuitas. Su cuarto mide 20 metros cuadrados, quizá menos. Es una cama, una computadora sobre una mesa y libros. No hay aire acondicionado ni televisor. Hay coherencia entre él y su discurso.

—A ver, ¿tú eres Antonio Valencia? –pregunta.
—Roberto Valencia, padre, Roberto.
Sentados en una de las bancas de madera frente al galerón, comparte algunos de sus temores. Lo hace a su manera, con el sutil velo de reprimenda con el que envuelve sus argumentaciones. Dice que él es alguien al que Roma le ha dicho que es malo y que eso no es así nomás. Dice que el periodismo le ha generado ya algunos sinsabores. Y dice que en el arzobispado lo tienen en la mira. Me está sonando a que me pedirá algo que no podría cumplirle: que le baje el perfil a lo que le he escuchado y leído sobre el imperio, sobre el capitalismo, sobre los oligarcas, sobre el Congo. Para salir de dudas, le recuerdo que acaba de afirmar eso de que Jesús y las catedrales bellísimas no son el binomio ideal.

—Sin duda, sin duda... Sí, sí, sí. Eso ponlo, por supuesto, sin dudarlo.
Empiezo a entender lo que para Jon Sobrino es importante.
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lunes 9 de noviembre de 2009

Marcha del orgullo gay- Cristián Alarcón.


Crónica publicada en el diario Crítica de la Argentina
La marcha gay parece repetirse, pero no. Al comienzo, en las preliminares de la fiesta, el que tanto ha caminado los comienzos de noviembre el trecho entre Plaza de Mayo y el Congreso, mira y no consigue ver lo diverso. Más bien piensa: ¿será que antes lo miraba drogado? ¿Será que si no tomo cerveza como todo el mundo nada divertido pasará? ¿Será que ahora sí es una manifestación política que reclama derechos muy juiciosa, y para colmo, los consigue?

Porque este año parece que la gran diferencia es que se viene el matrimonio gay. Está ahí nomás, apenas salimos a ritmo de trompetas, de la plaza, a la vuelta de la esquina, como alguna vez estuvo la revolución. Lo pienso y veo otra vez a Philippe, mi viejo profesor de francés, darse un beso largo y profundo, con Marcelo, su novio de bodas de plata ante una cámara de televisión que parece excitarse con el ejemplo de amor gay. ¿Se irán a casar? Quiero boda, quiero fiesta, y tirar la cinta, pero no sacar el anillo.

No, no se repite, amigos. Se vuelve a inventar. Novedades en el frente: la estética policial. Sí, se les ha dado por emular el uniforme del enemigo. Sin pudor. Al frente de las columnas caóticas de jóvenes danzantes un grupete lookeado de azul llama la atención. Son cinco, pero parecen diez. La tela pegada la cuerpo onda catsuit en las travestis del grupo rinde ante el chonguerío rapaz. La de los chicos muestra bultos acomodados a la derecha, como exagerados, como alimentados por quien sabe qué. Por todos habla Lola: “somos amigos de toda la vida y compartimos el gusto erótico por los policías”, dice mientras pasan las señoras de San Telmo, los turistas, con sus camaritas. “Todos tenemos amantes policías. Yo tengo uno que abajo del uniforme usa lencería erótica”, dice Lola.

Entre tanto disfraz, la Barbie, gigante trans, despierta pasiones cholulas: le piden que se acerque, que los bese, que les firme autógrafos. Una doña se le prende del brazo y la Barbie, entrenada en la pantalla basura de la tele, la desplaza de un solo empujoncito: “¡Ah! Vos sos lesbiana. ¡Salí de acá!”. La doña ni se inmuta. Le parece un piropo. Festeja. La mezcla de activistas, gays, lesbianas y travestis del montón con público porteño votante de Macri es atroz. Desde las mesitas de los bares de la Avenida de Mayo toman sus bebidas sin alcohol y sonríen, bobos, ante el show. Así es la diversidad porteña. Porque si se da el paso, y se adentra uno en la multitud –fueron más de cuarenta mil, ¿cincuenta mil?– se lo ve distinto: según el ritmo que sale de los megaparlantes que lleva cada camión.

Es así, la Marcha del Orgullo se divide por camiones –aunque parece que Moyano aquí no rige como en todos los demás–. Lo más llamativo es que casi todos son de la misma empresa. Y en la frente de la carrocería el mismo nombre, puro paradigma: “Néstor”. Adelante va la rama gay del Partido Socialista. Atrás uno de la Federación GLTTB, que lleva orquesta con trompetas del grupo Tumba La Tá. Al costado, como romería, las bailarinas, los bailarines. Buena decisión de los organizadores: la música y los artistas primero. La diversidad se puede apreciar a lo largo de la Avenida de Mayo. El acoplado de Diversidad Lésbica, un éxito. Lleno, repleto de chicas. Están por todas partes, son cada vez más. Hace años la marcha era más gay y travesti. Las mujeres solían ponerse máscaras. Sólo se atrevían las punks. Ahora las hay darks, hippies, militantes, feministas, jóvenes y mayores, maestras jardineras, motoqueras.

En el camión del suplemento Soy montaron un escenario lleno de ficus, dice la escritora María Moreno. Algo tiene que ver con lo selvático, medio seco, onda el Tigre en otoño. Tiran manzanas: “Me dieron en la trompa”, dice la Moreno. Pecar, de eso se trata. La alegoría se completa con el poeta Fernando Noy montado por la pintora Alejandra Fenochio de serpiente incitadora, con tocado a lo Carmen Miranda. Y en la otra punta, el diseñador Martín Churba, de infartante minishort. Al del Soy le continúan todos los boliches: Bach, el de las chicas, mixto como siempre. Y para cerrar, América, el bendito antro multitudinario que ha hecho dar el buen paso a más de un convencido heterosexual. En el medio la Lohana Berkins con la arenga de siempre: “Somos tortas, queremos ser pasteles”. Y para terminar, amigos: el chico más lindo de la fiesta, Leandro, 18 años, trepado sobre un buzón en Avenida de Mayo y 9 de Julio, vestido de marinerito, Speedo azul, remerita con cuello, los brazos en alto, el vello como recién nacido. Todos los que pasan le toman fotos. El cronista lo indaga: ¿por qué lookeado así? “Porque soy puto y soy divertido”, dice, el tremendo. ¿Pensará casarse algún día?Leer más...

jueves 5 de noviembre de 2009

Un país de mutilados- Alberto Salcedo Ramos


I) El cantar de Claudia

Esta crónica obtuvo el premio SIP Excelencia Periodística 2009. Alberto está en Buenos Aires para recibirlo. El próximo lunes conversará con Leila Guerriero y Josefina Licitra sobre periodismo literario y crónica latinoamericana a las 19 en la Facultad de Periodismo de La Plata --sede del Bosque (63 y Diag. 113)-- .


A sus once años, Claudia Ocampo tiene claro que si no fuera porque a su padre lo despedazó una bomba, ella jamás habría conocido a su ídolo, el cantante Juanes.
El encuentro ocurrió en diciembre de 2006, en Cocorná, un pueblo encajonado entre montañas, a ochenta kilómetros de Medellín. Un año atrás, Juanes había creado la Fundación Mi Sangre, para ayudar a las víctimas de las minas antipersonales en Colombia. Su propósito al visitar el oriente de Antioquia, la zona del país más afectada por el problema, era llevarles regalos a los damnificados.
Cuando los presentaron – recuerda Claudia – él le dio un beso amable en la frente pero enseguida se desentendió de ella, tal vez porque había demasiadas personas acosándolo para retratarse a su lado y conseguir su autógrafo. Sin embargo – agrega, vanidosa – a los pocos minutos, cuando ella empezó a tocar su guitarra y a entonar los únicos versos que ha compuesto hasta ahora, él dejó de hacer lo que estaba haciendo en ese momento, para dedicarle toda su atención. Y no sólo la oyó, concentrado, sino que además le pidió repetir la canción para él grabarla en su teléfono celular.
Claudia es una niña frágil, de nariz fileña y ojos vivaces. Lleva una blusa rosada ajustada al torso y una falda de ruedo ancho, también rosada, que ciñe su cintura de junco y deja al descubierto sus muslos escuálidos. Su largo cabello castaño, sujetado con ganchos en las sienes, está recogido en una cola de caballo amarrada con un lazo morado. Calza unas zapatillas blancas gastadas en las puntas que, en conjunto con el resto de su atuendo, le confieren el semblante de una Cenicienta sin Hada Madrina y sin Nochebuena. Todo a su alrededor testimonia miseria: el piso roñoso, las paredes descoloridas, la litografía del Papa Juan Pablo II ensartada en un clavo oxidado; la angosta cama de hierro que domina la sala, la cual sirve indistintamente como dormitorio de los residentes y como sofá de los visitantes. Claudia – temperamento efusivo, gracia natural – lejos de ensombrecerse en este entorno tan calamitoso, pareciera fulgurar en él, especialmente cuando toca la guitarra, como ahora. La canción que tararea es la misma que le cantó a Juanes:

Bienvenidos, bienvenidos
Vamos todos a cantar
Este tema de las minas,
De las minas quiebrapatas
No lo entiendo, no lo entiendo
Me lo tienen que explicar


El veintidós de diciembre de 2002, Claudia y sus padres, Samuel Antonio Ocampo y Carmen Julia Gallego, regresaban a su casa, en la vereda Campo Alegre, a bordo de una de esas camionetas desvencijadas que se utilizan en los caseríos remotos del oriente de Antioquia para transportar los víveres. Se habían pasado el día en Cocorná comprando los aguinaldos de sus cinco hijas. Durante el viaje de vuelta, al final de la tarde, venían planeando la cena navideña. Los esposos proponían cerdo asado, y Claudia, que apenas contaba seis años, prefería arroz de gallina. De pronto, al subir una cuesta empinada, el conductor dio la voz de alarma: acababan de vararse. Los pasajeros se apearon para empujar el carro a pulso, pero el motor no respondió. Todos decidieron entonces quedarse allí, a la espera de que llegara algún vehículo y los sacara del apuro. La zona – advertía uno de los lugareños – estaba plagada de minas explosivas sembradas por la guerrilla. El chofer los alertó de nuevo: era posible que sólo a la mañana siguiente apareciera otra camioneta por esos parajes. Samuel Antonio y Carmen Julia se impacientaron. Tenían a cuatro de sus niñas en el rancho – repetían una y otra vez – y por ninguna razón permitirían que durmieran solas. De modo que se irían a pie. Varios paisanos trataron, en vano, de disuadirlos.
Desde el principio acordaron no caminar el uno al lado del otro, sino en fila india, como los burros. El hombre encabezaba la marcha, seguido por su mujer y, más atrás, por su hija. Aunque nadie lo comentó en ese momento, lo que se pretendía con tal disposición era proteger a la niña. En caso de una explosión, los dos adultos le servirían de escudo. Carmen Julia sugirió pisar en los puntos donde hubiera huellas humanas, ya que así disminuiría el riesgo de tropezar con una bomba. Samuel Antonio acató la recomendación, pero aseguró que no les sería útil durante mucho tiempo: dentro de pocos minutos, cuando anocheciera, resultaría imposible distinguir rastros de gente o de animales en el sendero. Avanzaron, tal vez, medio kilómetro bajo un crepúsculo anaranjado. De repente, una descarga que pareció surgir desde el fondo de la tierra los arrojó por el aire. Todavía hoy, Carmen Julia ignora cuánto tiempo duró inconsciente. Sólo sabe que, cuando abrió de nuevo los ojos, el cielo se había encapotado y ella se sintió como la única sobreviviente de una catástrofe. Sin embargo, en la medida en que recuperaba plenamente el conocimiento, pensaba que también ella moriría. Le dolía la cabeza, le ardía el vientre. Palpando su propio cuerpo con espanto, descubrió, a través de su vestido hecho jirones, la masa de arena y sangre que le ensopaba los senos. Por un instante se preguntó quién era ella, de dónde venía, por qué andaba a gatas sobre aquellos rastrojos que le lastimaban las rodillas. Necesitó varios segundos para que sus oídos, aturdidos aún por el estampido, percibieran el llanto desgarrado de Claudia, que se encontraba, quizá, a unos cinco metros de distancia. De un solo golpe se le reveló, completo, el tamaño de su desgracia: su marido yacía en el suelo, destrozado. Entonces, Carmen Julia vio cómo la noche le caía encima y – según dice ahora, mientras zurce una enagua – desde ese día su vida se volvió oscura. Está sentada en la estrecha cama de la sala, vestida con un riguroso traje negro.
-- En el abdomen tengo una esquirla que nunca pudieron sacarme – dice, con la mirada enterrada en el piso --. La niña tiene un nudo en la rodilla izquierda y una cicatriz en el bracito derecho.
En principio, lo que más impresiona de Carmen Julia Gallego es que, a sus cincuenta años, tenga la espalda encorvada, el cuello arrugado y las piernas llenas de várices. En realidad no parece la madre sino la abuela de Claudia. Camina con la parsimonia de las ancianas, y ostenta el aspecto fantasmal de esas viudas anticuadas que renuncian al mundo exterior, para encerrarse a solas con su luto perpetuo. Ciertamente – admite – el dolor sigue fresco, como si la tragedia hubiera ocurrido apenas ayer. Pero aclara que no sólo se ha aislado por tristeza, sino también por falta de opciones. Al morir el marido, se quedó sin ingresos y, de paso, perdió el rancho con todos sus arreos. Fue desterrada cruelmente de su patria chica, la vereda en la cual ella y sus hijas habían vivido siempre, el sitio donde estaban sepultados los restos de su padre, el único lugar del mundo que conocía. Ni siquiera le ofrecieron la oportunidad de llevarse una colcha que les sirviera a las niñas como techo bajo el sol y como abrigo bajo el frío. Deambuló por diferentes pueblos, recorrió distintos albergues de caridad, se enfermó de las arterias, pidió limosna en las calles. Las personas que le expresaban sus condolencias en público, se negaban, en privado, a emplearla como doméstica, pues en el fondo desconfiaban de ella, debido a que procedía de una zona influenciada por la guerrilla. A mediados de 2005 se mudó a las afueras de Cocorná, con su madre y sus dos hijas menores. Las mayores – informa – se enamoraron en el camino, durante la peregrinación, y se fueron quedando con sus maridos.
Actualmente pasa las horas cortando leña que nadie le compra, remendando vestidos que nunca se pone y tratando de olvidar las penas. La indemnización que le dio el Estado por la muerte de su esposo y por las lesiones de Claudia – doce millones de pesos, unos seis mil dólares – se le ha ido en gastos, ya que le tocó volver a comprar los bártulos de la casa. Todas las noches – dice, con los ojos llorosos -- le pide a Dios que le dé salud para terminar de levantar a las dos muchachitas que permanecen a su cargo.
En este punto, Claudia, que ha estado escuchando la conversación, le arroja a su madre el único salvavidas que tiene a la mano.
-- No se preocupe, mami, que si usted se muere, yo vendo la guitarra y monto una tienda.


II) La ruta de la infamia

El avión acaba de aterrizar en el Aeropuerto José María Córdova, del municipio de Rionegro, cuarenta minutos después de haber despegado de Bogotá. Son las once de la mañana de un lunes soleado. Mientras espero que la banda transportadora de equipajes empiece a girar, consulto el mapa de bolsillo: me encuentro a treinta y ocho kilómetros de Medellín. En este sector principia el oriente de Antioquia, la región colombiana más vulnerada por las minas antipersonales. Desde 1990 hasta el primero de diciembre de 2007, se han presentado en el área dos mil trescientos sesenta y ocho accidentes, que han dejado mil quinientas veinte víctimas – casi la cuarta parte del total registrado en el país --. Doscientas ochenta y una de ellas murieron en el momento de la explosión. Las otras personas, entre las cuales hay casi doscientos niños, quedaron condenadas a soportar durante el resto de sus vidas los traumas físicos y sicológicos más crueles: órganos cercenados, parálisis, rostros deformados por las quemaduras, cicatrices atroces, ojos descuajados, pánico, depresión, irritabilidad, derrumbe de la autoestima. Algunos sobrevivientes somatizaron su angustia y se volvieron enfermizos: empezaron a padecer arritmia cardiaca, dolencias estomacales, alteraciones en la piel, náuseas. Otros se aislaron del mundo. Casi todos son campesinos humildes que, después del percance, abandonaron sus parcelas y emprendieron un éxodo doloroso en busca de auxilio. Se convirtieron así en parte de los tres millones de desplazados menesterosos que, según la Agencia de las Naciones Unidas Para los Refugiados – Acnur –, ha generado el conflicto en Colombia.
Ahora me dirijo en un taxi hacia la estación de gasolina conocida como La Mañosa, situada en la autopista que comunica a Medellín con Bogotá. Allí me recogerá Oveida Morales, una de las asistentes sicosociales de los damnificados, quien me llevará a San Francisco, primera escala de mi travesía por el oriente de Antioquia. El chofer, un cincuentón corpulento de bigote bismarckiano, oye las noticias deportivas en la radio, mientras yo repaso el expediente que me entregaron en el Observatorio de Minas de la Vicepresidencia de la República. Varios de los datos que tengo subrayados son aterradores. Hay bombas sembradas en treinta y uno de los treinta y dos departamentos del país – la excepción es el Archipiélago de San Andrés y Providencia --. Los municipios perjudicados son seiscientos setenta y nueve, que equivalen al sesenta por ciento del territorio nacional. Desde el año 2005 se presentan, en promedio, tres víctimas diarias, entre muertos, heridos y mutilados. De 1990 a 2007 se han registrado, en total, seis mil seiscientos treinta y siete mártires. Esta última cifra posiblemente se queda corta, pues muchos casos no son reportados, a veces por negligencia o por ignorancia de los afectados, y a veces por el aislamiento de los lugares donde ocurren los accidentes.
¿Qué son seis mil seiscientos treinta y siete cristianos reducidos a un diagrama de barras? Un simple guarismo en una hoja de cálculo. Sin embargo, si apeláramos a ciertas comparaciones, los áridos números nos servirían para establecer la magnitud del problema. Con esos damnificados se podría fundar una villa casi tan habitada como el famoso balneario de Punta del Este y seis veces más poblada que Ciudad del Vaticano. También se podrían llenar hasta el tope veintidós salas de cine con capacidad para trescientos espectadores. Si viéramos a las víctimas en carne y hueso, juntas en un espacio único, advertiríamos que son una multitud. Y así, la cifra escueta que ahora tengo frente a mis ojos, resaltada con tinta verde, parecería más dramática. Si esa situación imaginaria se materializara, si cerráramos los ojos durante un tiempo y al abrirlos nos encontráramos en un coliseo ocupado por seis mil seiscientos treinta y siete lisiados de guerra, lo que más nos impresionaría sería, justamente, la abultada cantidad. Luego nos asombraría lo insólito de la reunión. Tras más de cuarenta años de conflicto armado, los colombianos hemos ido perdiendo la facultad de sorprendernos frente a la violencia. Lo trágico nos conmueve cuando es exótico o monumental. Un anciano ahogado con su propia caja de dientes o un enamorado reventado de infarto mientras hace el amor en un motel, nos resultan más impactantes que un campesino inmolado en su parcela. Testigos rutinarios de un circo donde se combinan a diario lo grave y lo risible, sólo seguimos con interés los actos extremos, sobre todo cuando presentan un ángulo folletinesco de la realidad o cuando comprometen la vida de mucha gente, pues creemos que quince cadáveres son más perturbadores que tres y menos perturbadores que veinticinco. Lo demás nos produce apatía.
El chofer se detiene en una bahía de estacionamiento para revisar una de las llantas delanteras. Al bajarse del carro, enrosca con la mano derecha las puntas de su bigote bismarckiano. Una ráfaga de viento tibio me pega en el rostro. A un lado de la autopista, un perrillo rengo y enclenque trata de montar a una perra mucho más grande que él. Tres niños alborozados tocan las palmas, como si estuvieran alentándolo. El perrillo se encabrita, pero sus arrestos naufragan en las corvas de la perra. Luego de un par de enviones fallidos, el pobre animal boquea, impotente, y se queda quieto. Bismarck regresa y dice que la llanta está bien. Me mira por el espejo retrovisor, reanuda la marcha. Después sintoniza un programa de boleros. Oigo entonces a Leo Marini, con su exquisitez de barítono, cantando que quisiera llorar y no tiene más llanto. Cuando el taxi arranca, volteo hacia atrás y veo por última vez el cuadro de los chiquillos sonrientes y el cachorro atribulado. ¡Ah, los niños y su típica perversidad!, pienso. La escena sugiere también una celebración inocente de la vida, a través de lo más simple de la cotidianidad. Es un gozo en el que se refleja la despreocupación irracional propia de los muchachos, esa fe absoluta en el orden del Universo. Nada los desvela, ni la muerte ni ninguna otra adversidad. Sin embargo, el reino al que pertenecen es frágil y podría desmoronarse en un segundo, es decir, en el tiempo que dura un abrir y cerrar de ojos. Bastaría una pisada, una sola pisada, para desestabilizarles el suelo que ahora se les antoja firme. Y para arruinarles el futuro. Adiós, euforia. Adiós, primavera. ¿Quién pondrá el sol en su sitio cuando la calamidad lo borre del horizonte? Imaginarlo es cruel, de acuerdo, pero no descabellado: los tres chicos habitan en una zona invadida de artefactos explosivos. Además, es así como ocurren estos accidentes: la gente está tranquila, caminando hacia la escuela o hacia el huerto, asando arepas o endulzando el café, arando la tierra o tomando el fresco de la tarde, vaticinando la suerte de las cosechas o festejando un suceso gracioso, cuando sobreviene el fogonazo letal.
Mientras el chofer desciende por una ladera bordeada de maleza y helechos, pienso que es muy bellaco mimetizar una bomba entre matorrales o disfrazarla con tierra, y más cuando se trata de lugares por donde transitan civiles inocentes, incluidos menores de edad. El propósito, está claro, es evitar que los caminantes se prevengan, atacarlos por sorpresa. Acaso lo más execrable del método es, precisamente, su marrullería, porque asalta la confianza necesaria para la supervivencia de las comunidades. Es como una humillación que se le añade al dolor y lo recrudece, como un escupitajo en el ánimo de la gente. Con sus bombas, el agresor mutila físicamente a la víctima. Con su engaño, le quebranta la psiquis. Quizá sea esto último lo que más les interesa a los terroristas que siembran las minas antipersonales. Al inundar de explosivos los caminos, el enemigo se hace sentir pese a que no da la cara. Y así, produce la sensación de que está en todas partes aunque no se le encuentre en ninguna. El hombre tiende a deificar las fuerzas invisibles, justamente porque no puede descifrarlas. Respeta la mano criminal que camufla la bomba en el suelo y luego se esconde, tanto como al poder supremo que desata las centellas y los aluviones. Ambos le resultan inalcanzables, ambos le resultan irrebatibles. De atentado en atentado, los verdugos se van granjeando una reputación intimidante que les sirve para su proyecto de dominio territorial, pues una vez que el miedo se generaliza, los pueblos huyen, despavoridos, y ellos, los bárbaros, se quedan en el área como amos y señores.
Vuelvo a los expedientes que me dieron en el Observatorio de Minas de la Vicepresidencia de la República. Examino una página titulada “Ruta de atención integral a las víctimas”, que contiene los diferentes momentos del drama, desde cuando estalla la mina hasta cuando a la persona amputada le instalan el órgano ortopédico y le entregan una remuneración por su discapacidad física. Aparentemente, al informe no le falta ninguna etapa. En él figuran tanto la atención en urgencias como la asistencia sicológica. Incluso, se contempla la posibilidad de que el convaleciente muera y, en ese caso, se le asigna un rubro llamado “gastos funerarios”. Veo otra vez los diagramas, las flechas, y me pregunto cuánto dolor se agazapa tras estos datos lacónicos.
Habrá un momento, sin embargo, en que “la ruta de las víctimas” no será un croquis impreso en una hoja sino una sucesión de hechos terribles descritos en testimonios desgarradores. Entonces comprenderé, paso a paso, este Calvario. En principio está la explosión a mansalva, infame, que desmantela el cuerpo y acobarda. Varios de los afectados, después del aturdimiento inicial, cuando observan su pierna desmembrada, les piden a sus acompañantes que los rematen con cualquier herramienta agrícola que lleven a la mano -- un machete o un martillo, por ejemplo --. Luego sigue el traslado hacia un centro de salud donde les presten los primeros auxilios. Por lo general, los accidentes ocurren en áreas distantes que no cuentan ni con vías de acceso ni con recursos clínicos. Toca transportar a pie o en bestia a los heridos, y las marchas a veces se prolongan durante cinco horas. Como no existen camillas ni ambulancias, son acarreados en una hamaca suspendida entre dos palos, o en mecedoras levantadas a pulso por los socorristas voluntarios. Las caminatas se tornan más inclementes cuando se realizan al mediodía y el calor arrecia, o cuando se efectúan de noche, ha llovido y la trocha se encuentra enfangada. Después vienen las camillas, los quirófanos, los médicos, las enfermeras, las intervenciones quirúrgicas, las prótesis, las consultas, las terapias. La andadura permanente por los hospitales transforma la vida en una penitencia. Que se intensifica, aún más, con los problemas económicos y sociales. El mutilado renuncia a sus escasas pertenencias y abandona el terruño donde es productivo y conocido por su comunidad, para irse con su familia a cualquier sitio extraño, donde se convierte de inmediato en un ser ignorado, nulo, que habita casi siempre en tugurios de mala muerte y sobrevive gracias a actividades degradantes, como mendigar en los espacios públicos. Es cierto que le corresponde una indemnización y una ayuda humanitaria, de acuerdo con la gravedad del daño sufrido. Pero hasta este proceso de resarcimiento puede añadir mortificaciones. Hay que reunir documentación personal, corretear por dependencias oficiales, tramitar peticiones, autenticar papeles, someterse a antesalas exasperantes. Tales diligencias, aparte de ostentar un tinte burocrático abrumador, desbordan, a menudo, el exiguo nivel de educación de las personas accidentadas. Algunas de ellas, según lo comprobaré más adelante, desconocen cuál es su mano derecha y cuál es su mano izquierda, carecen de cédula de ciudadanía y ni siquiera saben qué día nacieron. Sin embargo, la ley establece que si no solicitan su compensación en un plazo que oscila entre seis meses y un año, pierden el derecho a reclamar. Como si los perjuicios que ocasionan las bombas tuvieran fecha de vencimiento. O como si los lisiados hubiesen quedado así por su propio gusto. La insensatez de la legislación y la ignorancia de tantos pueblos olvidados, contribuyen a que haya muchas más víctimas desamparadas. Se estima que para saldarles la deuda a todas las que permanecen sin reportar, se requiere un monto de ciento cuarenta y dos mil millones de pesos, es decir, setenta millones de dólares. Además, las lesiones son evaluadas con un criterio avaro. Lo máximo que se reconoce por concepto de invalidez absoluta, sumando la indemnización y la ayuda humanitaria, son veinticuatro millones de pesos – unos doce mil dólares --.
Cuando regrese a Bogotá y vea en perspectiva la ruta que deben transitar los afectados, me preguntaré si acaso antes y después de la explosión no habrá elementos tan crueles como la bomba misma. El abandono en que viven muchas regiones, por ejemplo. O la indiferencia de la mayoría de los colombianos frente a un problema que percibimos como lamentable, pero ajeno. Al final del viaje quedaré con la sensación de haber sobrepasado los límites del horror. Pero aún entonces oiré más declaraciones alarmantes. Luz Piedad Herrera, directora del Observatorio de Minas, contará que muchas de las bombas contienen excremento, puntillas viejas y desechos plásticos, razón por la cual no sólo destrozan, sino que, además, infectan. “Hay personas”, dirá, “que pierden una pierna durante el atentado y a la semana siguiente, debido a alguna esquirla contaminada que les queda, también son amputadas de un brazo”. Por su parte, Álvaro Jiménez, director de la Campaña Colombiana Contra Minas, una organización que defiende los derechos de las víctimas, hará énfasis en los estragos sicológicos. “En muchos pueblos a los niños les da miedo ir a los patios para jugar y alcanzar mangos, y en esas condiciones la vida ya no vale la pena”.


III) El refranero de Manuel Ceballos

Manuel Ceballos es un campesino apacible que suele expresarse por medio de refranes y diminutivos. Por ejemplo, para interpretar el accidente que hace tres años le mutiló la pierna derecha, dice que “lo que viene liso desde el cielo, cae a la tierra sin arrugas”. Cuando algunos paisanos lo culpan de su propia tragedia – y de la calamidad de su hija Nancy y de su nieta Luisa Fernanda --, debido a que eligió un camino peligroso, él responde que “en esta vida, el que no se cae de un empujón, se resbala solito”. Una desgracia, según él, puede sucederle hasta a la persona más buena, porque “siempre hay malos bajo las sombritas”. Ceballos se cala su sombrero aguadeño, espanta con una bayetilla a un moscardón que merodea frente a su rostro. Entonces cuenta que unos minutos después de la explosión le pidió a su hijo Henry que lo matara, pues no soportaba la angustia de ver su pierna vuelta ripios y a punto de desprenderse totalmente. Durante mucho tiempo estuvo obsesionado con la idea de suicidarse. Nada lo consolaba. Quería encerrarse en un cuarto adonde no se filtrara ni el más mínimo rayo de luz y dejarse morir segundo a segundo, en calma, sin alharacas, lejos de los demás seres humanos. Pero una mañana cualquiera, sin que mediara ningún motivo comprensible, descubrió que había recuperado las ganas de llegar a viejo. En este punto invoca una antigua sentencia de su abuelo materno, un arriero de carriel al hombro y machete al cinto: “indio muerto no tira flecha”.
A menudo, cuando no tiene un refrán a la mano, Ceballos se torna inexpresivo. Habla con monosílabos o con frases muy cortas, o se calla. Entonces luce distante, pero no llega a ser hosco. Justo cuando parece que ni con ganzúa le sacarán una nueva palabra, lanza otro proverbio. Esta vez su intención es explicar cómo, a pesar de que el hombre crea en Dios y se porte bien, está expuesto a las desventuras.
-- Usted sabe – dice --: la cruz en el pecho y el diablo en los hechos.
A principios de 2004, la vereda La Iraca – donde nació Ceballos – se encontraba sitiada por campos minados. Cada semana se registraba, por lo menos, una tragedia en el área rural. Los habitantes, versados ya en el alfabeto de la barbarie, eran capaces de anticipar la desgracia hasta en los detalles más sutiles. Sabían, por ejemplo, que cuando se oía a lo lejos el ladrido desesperado de los perros, y cuando, a continuación, las gallinas abandonaban sus nidos, cacareando azoradas como si las hubiese espantado el mismísimo demonio, era porque se acercaba una comitiva de paisanos que traían en andas a algún mutilado. Nadie tenía que llamarlos para que acudieran inmediatamente a la calle principal del pequeño caserío, dispuestos a recibir a la víctima de turno. Si había muerto, la enterraban sin honores en una fosa rústica cavada por ellos mismos, dentro del lote baldío improvisado como cementerio. Y si seguía viva, la trasladaban como fardo hacia cualquier lugar que contara con hospital o con puesto de salud. La reiteración de esta escena implantó el pánico y obligó a los moradores a emprender el éxodo. A finales de ese año, La Iraca, perteneciente al municipio de San Rafael, era ya un pueblo fantasma, devorado por la maleza y las sabandijas.
Manuel Ceballos, su esposa María Jesús Valencia y los siete hijos de ambos, abandonaron la vereda a mediados de abril. Erraron por distintos lugares, ofreciéndose como jornaleros a destajo: él cortaba leña, cargaba bultos, podaba jardines y arreaba agua. Ella lavaba ropa y cocinaba a domicilio. Nancy y Henry, los muchachos mayores, también se fletaban para realizar oficios domésticos. Los otros, como todavía eran muy pequeños, permanecían recluidos en su morada. Cuando no conseguían trabajo ni hospedaje, se apostaban todos como pordioseros en cualquier bulevar, sentados en el suelo. Portaban esos carteles típicos de los desplazados, escritos a mano, en los cuales suplicaban ayuda e informaban que habían sido desterrados de su pueblo por la violencia. Algunos peatones se conmovían y les daban frazadas, comida o monedas, pero la mayoría los ignoraba. Muchos, incluso, los miraban con desconfianza o con repulsión. Manuel Ceballos se sentía humillado y por eso le proponía a su mujer que se devolvieran para La Iraca. Allá en su vereda, decía, por lo menos tenían una pequeña finca – llamada El Jardín – donde contaban con dos hectáreas de frijol, tres de maíz y una de café. El día que ellos emigraron forzosamente, la tierra se encontraba recién sembrada. Ceballos consideraba que ya había transcurrido el tiempo suficiente para que los cultivos estuviesen florecidos. Cuando la mujer le respondía que no expondría la vida de sus hijos llevándolos a un territorio repleto de bombas, él planteaba ir, solamente, a recoger las tres cosechas para venderlas y montar un negocio en otra parte. Su mejor argumento para tratar de convencerla era – cómo no – uno de esos refranes que le aprendió al abuelo.
-- Para disfrutar del perro hay que entenderse con las pulgas.
Pero ella no cedía.
La vida lejos de su pueblo – advierte Manuel Ceballos – era un suplicio. Había días en que los muchachos solo comían un mendrugo de pan acompañado con refresco de panela. Y otros en que todos los miembros de la familia, es decir, nueve personas, dormían en una sola habitación, sobre un par de colchonetas desnudas tendidas en el piso. La situación se complicó aún más cuando Nancy, la hija mayor, que apenas tenía veinte años, quedó embarazada de un joven con el que mantuvo una relación pasajera. Entre tanto, Azucena, la menor, empezó a presentar síntomas de asma.
Ceballos es un hombre de baja estatura, piel lechosa y expresión melancólica. Su bigote, delgado y de punteras impecablemente recortadas, le otorga un aire de caballero arcaico. Cuando se quita el sombrero, deja al descubierto un cabello peluqueado al ras y engominado, con la raya correcta al costado izquierdo de la cabeza y las patillas atildadas. Está sentado en un banco de madera, dentro del kiosco de guadua que adquirió cuando el Estado le pagó su indemnización. Allí, en ese espacio de apenas dos metros cuadrados, se pasa los días vendiendo víveres y mirando las historietas de Condorito que le prestan los comerciantes vecinos. Solo se fija en los dibujos, debido a que es analfabeto. A su alrededor hay otros negocios idénticos al suyo, que la Alcaldía de San Luis – el municipio donde hoy vive – les entregó en concesión a varios desplazados por la violencia. Uno de esos locales, exactamente el que queda diagonal al de Manuel, es ocupado por Nancy Ceballos, quien de nuevo se encuentra embarazada.
Casi todas las calles de San Luis -- ciento veinticuatro kilómetros al sureste de Medellín -- son empinadas y se estrellan contra un cerro imponente. Quizá la topografía tan agreste moldeó el carácter parco y laborioso de los habitantes. Pasan la mayor parte del tiempo ocupados, bien sea barriendo las terrazas de sus casas, o regando las matas, o arreando una yunta de bueyes. Serios, concentrados, como si de esos oficios cotidianos dependieran sus propias vidas. Al atardecer, muchos acuden a las cantinas del pueblo. Beben el aguardiente sin moverse de sus taburetes, ceñudos, silenciosos, como si no estuvieran de juerga sino cumpliendo uno más de sus deberes trascendentales. Algunas veces se integran pero, por lo general, cada quien se entretiene por su cuenta, sin prestar demasiada atención a los demás. A ello contribuye, entre otras cosas, el volumen tan estridente del tocadiscos. Diríase que suena así porque lo que se pretende no es incitar a nadie a la fiesta, sino, precisamente, resguardar el aislamiento encarnizado de estos individuos. Oyen una música de carrilera despechada, prostibularia, en la cual la mujer es presentada, casi siempre, como un ser abominable. La canción de moda por estos días es una en la que un cantante ametralla a su ex amada con calificativos ponzoñosos como “rata de dos patas” y “bicho rastrero”. Los campesinos se emborrachan al compás de esos improperios, sin despeinarse, sin exaltarse, con el mismo rostro inconmovible con el que siegan sus trigales.
Justo en este momento se oyen los versos de la descarnada canción, procedentes de algún bar cercano.

Maldita sanguijuela
Maldita cucaracha
Que infectas donde picas
Que hieres y que matas


Ceballos es abstemio. Sin embargo, durante un periodo posterior al accidente, cuando aún tenía frescas las heridas, fue morador frecuente de las cantinas, donde encontraba algún alivio para sus pesares. Hoy, retirado de aquellas andanzas que, según él, le causaron más daño a su familia, se refiere al aguardiente como “una roya” que arruina los bolsillos.
-- Y al hombre pobre todo le cuesta el doble – añade, mientras dirige su mirada hacia el mostrador. En seguida, aplasta por fin al moscardón impertinente, con un golpe seco de su bayetilla. Luego empieza a recordar, afligido, cómo fue que él y su familia, tras casi un año de ausencia, volvieron a La Iraca, donde les aguardaba la fatalidad.
A principios de marzo de 2005, Ceballos se topó casualmente con su paisano Oliverio Gil, quien también había huido de su vereda natal por temor a las minas antipersonales. Esa tarde, a la sombra de un algarrobo, compartieron sus cuitas. Coincidieron en que la vida del desterrado es aciaga, no sólo por sus ahogos económicos sino, además, por el trato despectivo que recibe de la sociedad. La mayoría de la gente lo ve como un embaucador que utiliza la máscara del menesteroso para vivir campante a costillas del prójimo. Lo desprecian, lo esquivan. El desplazado es el margen de error del censo. No cuenta como ciudadano sino como chusma, como ser de las madrigueras. Para hacerse visible – valga decir, para existir – se sitúa en los espacios públicos más concurridos: debajo de los semáforos, en los separadores de las grandes avenidas, sobre los andenes de las zonas comerciales, en los alrededores de los templos. Su patria, que alguna vez fue un patio entrañable humedecido por el rocío del amanecer, es ahora el trozo de pavimento duro donde pernocta día a día. Desguarnecido, huérfano, el desplazado se va entumeciendo bajo la lluvia y desliendo bajo el sol. Es embestido por los carros, fustigado por la Policía. Hay que estar dentro de su piel para entender la confusión que se siente al pasar de la llama del candil a la luz de neón. Pero, ¿a quién le interesa ponerse en sus zapatos? Al contrario: la intención de los apresurados habitantes citadinos es permanecer tan lejos del desplazado como sea posible. En consecuencia, conocen poco o nada sobre él y sobre la realidad que encarna. ¿Qué es un desplazado cuando se le contempla desde el interior de un vehículo confortable, blindado contra las inclemencias de la vida urbana? Un gazapo del paisaje, un desventurado que, por fortuna para nosotros, se encuentra allá afuera, al otro lado de la ventana. Sabemos, porque lo hemos advertido en los noticieros, que emigró de su lugar de origen debido a la violencia, pero ignoramos la letra menuda de su catástrofe: la extorsión de los paramilitares o de los guerrilleros, las amenazas de muerte, la zozobra incesante, el descuartizamiento público de uno de sus parientes, el asedio de las bombas. Si le prestáramos atención un momento, nos enteraríamos de los pormenores de su desarraigo: la pérdida de sus pertenencias, la caminata humillante por un atajo encharcado, la incertidumbre frente al porvenir, la enfermedad del hijo menor, el luto de su familia. Pero nos resulta más cómodo dar la espalda, claro, convencidos de que el asunto no nos incumbe. Y ahí sigue el desplazado, aguantando nuestra indiferencia y la hostilidad del entorno. En cada trance de la jornada se juega la cabeza, en disputas que no eligió pero que le resultan inevitables. Más le vale que tenga agallas si quiere sobrevivir y granjearse el respeto. Eso sí: ninguna bravura le servirá cuando abandone la áspera calle y se quede a solas con sus miedos más íntimos. Una noche cualquiera descubrirá que el pueblo donde nació y creció, el pueblo en el que amó los guisos de su madre y el vuelo del colibrí, le duele en las entrañas. Añora sus casas de bahareque con el mismo ardor con el que un mutilado echa de menos el órgano que le arrebataron. Llora, desfallece. Al amanecer, enardecido por el desvelo, el desplazado habrá tomado una decisión radical.
Eso fue, precisamente, lo que hizo Manuel Ceballos el día de su encuentro con Oliverio Gil. Mientras tomaba café sentado en el borde del catre, le contó a su esposa, María Jesús Valencia, la decisión de retornar a La Iraca. No usó un tono vacilante, como en las insinuaciones anteriores, sino una voz marcial que desautorizaba de tajo cualquier argumento en contra. Pero la mujer volvió a plantarse firme: le advirtió que quien quisiera llevarse a sus hijos sin el consentimiento de ella, debería pasar antes por encima de su cadáver. Ceballos conocía a su compañera lo suficiente como para entender que hablaba en serio y que no se amedrentaría ante ninguna bravuconada. Entonces resolvió persuadirla con argumentos. Primero apeló al que se le antojaba más convincente: casi todos los habitantes habían regresado ya a la vereda. ¿Por qué iban a ser ellos los únicos que seguirían en una ciudad hostil soportando hambre y desprecios? La segunda razón que esgrimió fue un disparate que se le ocurrió de repente: después de once meses, las tales bombas seguramente se encontraban desactivadas. Quizá – agregó – se dañaron con los aguaceros de octubre o con los soles de enero.
Todavía hoy, tres años después de haber perdido la pierna derecha, Ceballos desconoce que la vida útil de las minas antipersonales puede ser de hasta cincuenta años. Si fuera cronista de Bogotá, oiría a Luz Piedad Herrera, la directora del Observatorio de Minas, diciendo que “cada bomba de esas dura lo suficiente como para destrozar a los nietos de quienes la sembraron”. Pero como es un analfabeto de las orillas remotas, jamás contará con la oportunidad de escuchar una voz oficial que le ayude a defenderse del peligro. En este momento, mientras acomoda un rimero de papas en el mostrador del kiosco, su aspecto sigue siendo el de un hombre a la deriva. Luce menoscabado, desvalido. No es exagerado conjeturar que el primer detonante de su infortunio fue la falta de educación. Cuando estaba en edad de instruirse, solo recibió un abecedario garrapateado en la brisa: el refranero de sus ancestros antioqueños. Se trata, ciertamente, de un compendio de inteligencia que, en condiciones normales, le bastaría a un campesino como él para descifrar los senderos por donde transita. Pero en medio de verdugos tan inhumanos, capaces de convertir la Tierra, la Madre Tierra, en simple alacena del terror, los saberes atávicos son letra muerta. La barbarie no se conjura con proverbios, ni siquiera con los más iluminados, como este que pronuncia Ceballos ahora, al terminar de ordenar las papas en el mesón.
-- Mal camino no conduce a buen sitio.
No era eso lo que pregonaba a comienzos de marzo de 2005, cuando andaba con la cantaleta de devolverse para La Iraca. Ya en aquel momento conocía el refrán, por supuesto. Sin embargo, consideraba inconveniente mencionarlo en las conversaciones con su mujer. Su vuelta al pueblo – insiste -- se debió, en parte, a las desdichas que padeció en el exilio, y, en parte, a su idea de que las bombas ya eran piezas caducas. Si alguien le hubiese asegurado que las minas conservaban aún su capacidad de destrucción – admite en seguida -- habría regresado, de todos modos, porque al sopesar en una balanza los riesgos que corría y los provechos que se derivaban del retorno, la decisión adquiría sentido. En La Iraca quizá moriría reventado entre dos hileras de alambre de púas, claro, pero también podría ser otra vez un hombre productivo y autosuficiente, al que nadie abochornaría ni miraría con desconfianza. En cambio, en la ciudad ancha y ajena siempre sería maltratado y jamás tendría, como contraprestación, una esperanza mínima a la cual aferrarse.
Ceballos se arrellana de nuevo en el banco de madera. Al parecer no se da cuenta de que la bota derecha del pantalón se le ha levantado un poco. Entonces me dedico a bosquejar ciertas deducciones. Algo debe andar muy mal para que los desplazados se sientan forzados a inmolarse en sus peligrosas veredas, porque no caben en el resto del país. ¿Habría, acaso, una forma más ignominiosa de cerrar este círculo de horror? Primero los dejamos a merced de los bárbaros. No les garantizamos el derecho a la tranquilidad, como tan fastuosamente promete la Constitución Nacional. Luego, cuando aparecieron frente a nosotros llorando por su tragedia, giramos los rostros hacia otro lado, distantes, insensibles. Les negamos una segunda oportunidad, los arrinconamos. De ese modo, los empujamos de vuelta hacia sus caseríos inseguros, y es posible que hayamos contribuido, además, a accionar la mecha explosiva de su desgracia. ¡Cuánta miseria, Dios mío, la del hombre que, por falta de opciones, elige el “mal camino” a sabiendas de que “no conducirá a buen sitio”! La conclusión es aún más punzante viendo ahora la prótesis lastimera de Ceballos – símbolo de la infamia -- incrustada en un zapato descascarillado.
María Jesús Valencia accedió, por fin, a repatriarse a La Iraca. El argumento que la convenció fue el hecho de que muchos paisanos se encontraban de regreso y la vereda llevaba otra vez una vida normal. Además, su marido, empeñado en ganarle ese pulso a como diera lugar, le asestó la estocada final con una promesa irresistible: cuando retornaran al pueblo, bautizarían a Luisa Fernanda, su primera nietecita, la hija de Nancy, que había nacido un mes atrás, exactamente el cuatro de febrero. La niña – agregó – debía hacerse a un nombre en el lugar en el que se hallaban las raíces de la familia. Arribaron al pueblo el martes quince de marzo de 2005, un poco antes del mediodía. De inmediato se dedicaron a recuperar el rancho, invadido por la maleza. María Jesús Valencia se puso muy contenta cuando verificó que sus enseres estaban completos: las colchas de retazos, la vajilla de totumo, los platos de peltre, las dos linternas de querosene, la mesa de cedro rústico. En la ciudad – le comentó a su compañero – ninguna de esas cosas habría sobrevivido a la rapacidad de la gente. A la mañana siguiente adelantaron el operativo de limpieza en la finca El Jardín, ubicada a unos treinta kilómetros de distancia.
Estas labores de saneamiento resultaban inaplazables, debido a que La Iraca acusaba los estragos propios del abandono: cundía la mugre, abundaban los zancudos. Los cerdos, que se habían vuelto cimarrones, andaban descarriados por los montes, irreconocibles e inalcanzables para sus dueños. Los sapos y las lagartijas se enseñoreaban por los patios, los zarzales recubrían las tapias, el moho arropaba las tinajas. Todo era un caos, como en el principio de la Creación. De modo que aquellas primeras jornadas de arreglo y aseo se asimilaron a una refundación. Al desbravar la maleza, fumigar a los insectos, raspar el verdín de las cacerolas, barrer los pisos y poner cada objeto en su sitio correspondiente, el pueblo resurgía de entre sus ruinas y el Universo mismo recobraba su razón de ser.
Manuel y María Jesús acordaron celebrar el bautizo el veintitrés de marzo -- Jueves Santo --. El miércoles veintidós, un poco después del mediodía, decidieron ir al caserío Agua Bonita para comprar los víveres con los cuales prepararían la comida de la fiesta. Iban acompañados, como dice Manuel, por “toda la recua”, es decir, por Nancy, Henry, Claudio, Ricardo, Zoraida, Giovanni y Azucena, los hijos, y por Luisa Fernanda, la nieta, que entonces tenía cuarenta y siete días de nacida. Avanzaban a pie a través de una senda angosta tapizada por la hojarasca de los algarrobos. Delante de ellos, encabezando la caravana con su paso cansino, viajaba una de las dos mulas de la familia. De pronto, Ceballos voló un par de metros y cayó bruscamente al suelo, en medio de un estruendo de cataclismo. Hoy, cuando recuerda el suceso, recurre a una metáfora: aquello fue como si justo bajo sus pies brotara un martillo descomunal que desfondara el piso y lo arrojara a él por el aire. Sintió un desgarrón debajo de la rodilla derecha. La tierra empezó a dar vueltas, el horizonte fue eclipsado por un hongo negruzco que expelía arena a raudales. Lejanos, amortiguados por los últimos coletazos de la explosión, se oyeron los gritos de los muchachos. Segundos después, cuando por fin se despejó el panorama, Ceballos descubrió que su pierna derecha, despedazada, pendía de un delgado ripio, lo cual le pareció más espeluznante que si se le hubiese desprendido del todo. Fue en ese momento cuando le imploró a su hijo Henry que lo rematara con un machetazo en la frente. Ni entonces, ni ahora – aclara, de manera tajante – vio el accidente como consecuencia de su decisión de volver al pueblo. ¿Quién le garantiza que al seguir en el destierro se hubiera ahorrado el percance? Su abuelo materno decía que ningún hombre viene al mundo con la vida escriturada. Lo único seguro es la muerte, y cuando ésta llega no hay excusa ni escondite que valgan. Ceballos cita de nuevo el primer refrán que invocó esta tarde en su testimonio:
-- Lo que viene liso desde el cielo, cae a la tierra sin arrugas.
Al decir que la vida es prestada y transitoria – aclara -- no insinúa que le importe poco. Cuando le pidió a Henry que lo matara, aquella tarde fatídica de marzo de 2005, fue porque durante un instante supuso que sería un hombre inservible, un estorbo para su familia, y pensó que en esas condiciones no valía la pena seguir vivo. En el fondo es consciente de que planteó esa solicitud extrema porque sabía que su hijo la descartaría. No imaginaba que casi en seguida sería testigo de un hecho atroz que le haría concebir, entonces sí de verdad, la idea de morir con la cabeza tronchada. Apenas cesó la avalancha de tierra, Ceballos divisó a Nancy, que corría hacia él con los brazos abiertos y el rostro transfigurado por el horror. Detrás venía María Jesús, quien traía cargada a Luisa Fernanda. Estarían quizá a cuatro metros de distancia cuando desaparecieron de vista, envueltas en un fogonazo de espanto. Durante varios segundos que le parecieron interminables, Ceballos sólo vio un nubarrón plomizo que se expandía en espirales, dejando a su paso un reguero de guijarros y de ceniza. Inmovilizado en el suelo, con un tarugo en la garganta, reconoció en aquella polvareda su propio Apocalipsis. Si perder una pierna significaba quedar inútil, perder a su familia era ya el verdadero fin del mundo, el acabose. Sintió una punzada en el costado derecho del bajo vientre. Lamentó, con toda su alma, haber sobrevivido a la primera bomba. Y soltó sin más demora el grito que tenía atrancado en el pecho.
-- ¡Hijueputaaaaaaaaa!
Entonces, por fin, divisó los tres cuerpos tirados en el piso. No recuerda más, salvo que, mientras desfallecía, mientras el universo se oscurecía y se borraba, la mula lanzó un relincho azorado. Ceballos ignora cuánto tiempo permaneció inconsciente. Tal vez un par de minutos, le dijo su hijo Claudio. Al despertar, se puso a atar los cabos sueltos de la tragedia con la información fragmentaria que le iban entregando sus hijos: la segunda mina, sembrada cerca de la primera, le mutiló a Nancy la pierna derecha. A María Jesús la derrumbó pero no le ocasionó lesiones graves. Y a Luisa Fernanda le inundó el torso y la pierna izquierda de esquirlas incandescentes que le ulceraron la piel. Ceballos contempló a las tres mujeres – “a mis tres flores”, dice ahora, con una expresión de dulzura en el rostro – y se asustó tanto que volvió a perder el conocimiento. Cuando lo recobró, alguien le indicó que Ricardo se había ido en la mula para La Iraca, en busca de ayuda. Ceballos conserva en la memoria retazos atropellados de los hechos que sucedieron a continuación, ya que sufrió nuevos desmayos que le impidieron lograr una visión continua de la realidad. Cada vez que reabría los ojos, escuchaba voces desesperadas y percibía impresiones fugaces del entorno, instantáneas terribles que, casi en seguida, se transmutaban en tinieblas. Así, a punta de imágenes intermitentes y fantasmagóricas, fue captando lo que ocurría a su alrededor. Vio a Nancy pidiendo a gritos que le llevaran a Luisa Fernanda para cargarla. Vio a María Jesús aconsejándole que se tranquilizara. Vio a Azucena acurrucada en el suelo con la cabeza hundida entre las manos. Vio a Claudio apeándose de la mula. Vio a la mula orinando. Vio al gentío que vino del pueblo a socorrerlos. Vio a tres paisanos mayores tendiendo un par de hamacas entre dos vigas nudosas. Vio el sol ocultándose en el horizonte. Vio a Oliverio Gil abrazando a Henry. Vio a un muchacho de espaldas, indicándole a la multitud que ya eran las seis y media de la tarde. Después cayó la noche y Ceballos ya no pudo ver nada, a excepción de algunas sombras esporádicas. Eso sí: a ratos oía frases que le permitían deducir lo que estaba pasando.
-- No camine tan rápido, Venancio, que me lleva al trote y el camino está muy resbaloso.
-- Camine siempre por el centro de la trocha.
-- Preciso tenía que llover hoy.
Ceballos notó que la caravana avanzaba por un sendero fangoso. Advirtió el chapoteo de los viandantes en el barro, el jadeo afanoso de alguno de sus conciudadanos. Se percató, además, de que a veces su hamaca se deslizaba hacia un extremo del palo donde iba colgada.
-- No se preocupe, Nancy. La niña va con Oliverio.
-- ¡Ay, Dios mío, qué mala hora!
-- Se me acabaron los cigarrillos.
-- Manténgase en el centro, Venancio, en el centro. No vaya a pisar el borde del camino.
-- Menos mal que por acá ya no está lloviendo.
Durante un momento percibió en la atmósfera un penetrante tufo de aguardiente.
-- Ese cigarrillo está mojado. Deme otro.
-- ¡Con cuidado, que me duele la pierna!
-- ¿Falta mucho?
Ceballos sintió una quemazón en la pierna cercenada y una resequedad intensa en la boca. Quiso pedir agua pero desistió porque, súbitamente, fue poseído por la idea de que había perdido la voz. Por mucho que gritara – pensó – nadie lo oiría. ¿Estaba dormido? ¿Alucinaba? Hoy cree que sí. Incluso, cuenta que en uno de esos raptos de desvarío avistó una hoguera crepitante que se levantaba como a dos metros de altura. Las llamas formaban arabescos de colores, luego se transformaban en el rostro de Ceballos, después se volvían una estatua de ceniza y, al final, convertidas ya en un montón de polvo, se esparcían por el aire. ¿Contenía su pesadilla un mensaje cifrado, una señal de humo de la fatalidad? “Tal vez”, responde, mientras saca la llave para abrir la puerta de su casa.
La tropa arribó a La Iraca a las diez de la noche. De inmediato, los heridos fueron transbordados a un camión de estacas que los llevaría a la ciudad de Rionegro. También de este nuevo viaje – que culminó a las cuatro de la madrugada – Manuel Ceballos conserva recuerdos fragmentarios. Lo más dramático, dice, ocurrió al poco tiempo de haber llegado al hospital, cuando una enfermera le arrancó la pierna que pendía del delgado ripio, y luego la forró con gasa y la embaló en una bolsa. Tanto Ceballos como su hija Nancy fueron sometidos a cirugía el Jueves Santo por la mañana. La muchacha reaccionó bien en la fase post-operatoria pero su padre sufrió dos infartos, debido, entre otros factores, a que el muñón se le gangrenó y eso le produjo una obstrucción vascular. El Sábado de Gloria – señala ahora, mientras cuelga las llaves en una clavija engarzada en la pared -- tuvieron que someterlo a una segunda amputación, esta vez por encima de la rodilla. Su convalecencia en el hospital duró dos meses, al cabo de los cuales comenzó a gestionar el reclamo de la indemnización. El Estado le reconoció a él quince millones de pesos y a Nancy, ocho millones. Con ese dinero abastecieron los kioscos que les entregó en concesión la Alcaldía de San Luis. La compensación por los daños que sufrió Luisa Fernanda – concluye Ceballos – aún no ha sido aprobada.
Los Ceballos se encuentran esta noche en la casa donde viven en arrendamiento desde agosto de 2005. Es una residencia de apenas dos habitaciones, ubicada al pie de una cuesta adoquinada en el centro de San Luis. María Jesús Valencia – mujer enjuta, cuarenta años, labio leporino – cuece frijoles en la cocina. Luce una camisola violeta y un pantalón gris. Da la impresión de que podría estar medio siglo callada pero no un solo minuto sin realizar sus oficios domésticos. Luisa Fernanda – cabello castaño, tres años, mejillas rubicundas – juega con una vecina de su edad que ha venido a visitarla. Lleva una blusa roja de manga sisa y una falda de jean. Las quemaduras que sufrió en la pierna izquierda le afectaron los tendones y, en consecuencia, es coja. Además, presenta retraso en el habla. Incapaz de construir oraciones, apenas balbucea algunas palabras sueltas, como “mami” y “tete”. Nancy – veinticuatro años, siete meses de embarazo, pómulos sobresalientes – está sentada en la sala, al lado de su padre. Tiene una camiseta roja que parece a punto de romperse en su imponente panza y un pantalón azul. Aparte de haber padecido la amputación de la pierna derecha, permaneció seis meses con la pierna izquierda repleta de tornillos ortopédicos. El tema de conversación es la edad de Manuel Ceballos.
-- Tengo como cuarenta y pico – dice.
-- Pero papá – interviene Nancy --. El señor quiere saber es la edad exacta.
-- Como cuarenta y dos. Más o menos cuarenta y dos.
Nancy le recuerda a su padre que en la cédula de ciudadanía aparece la fecha precisa de su nacimiento. Ceballos baja la mirada y, enmudecido, saca un envoltorio del bolsillo de la camisa. Lo desdobla con desgano, lo vacía. De manera repentina, su rostro se ha tornado más serio que de costumbre. Ahora extrae un mazo de papeles que va desplegando con displicencia frente a sus ojos. Allí está, por fin, el documento de identidad, amarilleado por el tiempo pero con el blindaje de plástico intacto. Ceballos lo examina un momento, antes de soltar el esperado reporte.
-- Sí, tengo cuarenta y dos.
Entonces, Nancy le pide la cédula. Y también ella se dedica unos segundos a inspeccionarla.
-- Papá – observa a continuación, con un rostro inocente --. Aquí dice que usted nació el diecinueve de agosto de 1963. Usted tiene son cuarenta y cuatro años.
Ceballos se queda en silencio. Al parecer, avergonzado. Luce apocado, indefenso. El bochorno que le produce su ignorancia es también una consecuencia de su accidente. Si estuviera en La Iraca, ¿a quién le importaría su edad? Allá todo era elemental. Se nacía o se moría, se era joven o se era viejo. Fácil, simple. En la Iraca, quien fuera capaz de pronosticar la duración de la niebla, quien supiera resguardarse de los tornados y de las heladas, quien distinguiera el tiempo conveniente para la siembra, quien pudiera mantener su huerto libre de plagas y de zarzas, quien gozara de salud suficiente para asestarle a la tierra un buen golpe de azadón, era un hombre feliz y respetable. Daba lo mismo que tuviera veinte o cincuenta y tres años. Como era posible conseguir lo que se necesitaba sin recurrir a papeleos engorrosos, la cédula permanecía archivada en el cajón de los trastos inservibles. Esa cédula, a propósito, esa puñetera cédula que Nancy contempla todavía con curiosidad, es ahora un símbolo del derrumbamiento de Manuel Ceballos. Sintetiza los sobresaltos de su destierro físico y sicológico. Lo hace aparecer en público como un pobre diablo, borrando de un solo tajo el hecho de que allá en su pueblo él fuera un hombre apreciado por su inteligencia. La cédula, además, representa su insignificancia frente a la maquinaria aplastante de las oficinas públicas, donde hoy, por fin, después de perder la pierna y la tranquilidad, oye hablar de sus derechos. En La Iraca esa cédula valía lo mismo que un comino, porque allá no se requerían certificados para ser ciudadano, ni escrituras para honrar los compromisos, ni pasaportes para pasar de un lugar a otro.
El incidente de Ceballos con la cédula plantea una conclusión más alarmante: las minas antipersonales, además de destrozar a la víctima, la subyugan para siempre. Se trata de una tiranía sutil pero monstruosa. Cada vez que el lisiado se entrega, desamparado, a su rutina sombría; cada vez que se aferra a su muleta como el náufrago al salvavidas, cada vez que embetuna el zapato triste de su prótesis, la bomba de su desgracia le resuena de nuevo en la conciencia. Todo lo que le permita recordar su invalidez es una prolongación del atentado. Esta conjetura, aunque parezca exagerada, se entiende mejor cuando Luisa Fernanda se viene corriendo para donde su abuelo y, de manera imprevista, le agarra la pierna ortopédica, mientras repite a media lengua una de las pocas palabras que sabe pronunciar.
-- ¡Pata, pata, pata!


IV) El cielo que perdimos

Oveida Morales, la asistente sicosocial de los damnificados en San Francisco, y un chofer apodado “El canta rana”, me recogen en la estación de gasolina La Mañosa, tal y como habíamos acordado por teléfono. El jeep campero recorre cerca de un kilómetro en terreno plano y, a continuación, empieza a trepar por una ladera empinada, bordeada en el costado izquierdo por un abismo profundo. La vía por la que nos trasladamos rodea una montaña elevadísima y de vegetación tupida, que fue colonizada recientemente. Por eso, los habitantes de San Francisco le llaman “la carretera nueva”. Pero en realidad es una trocha que parece vieja. O, más bien, obsoleta. Es sinuosa y está cundida de escalerillas ásperas, por lo cual pegamos unos brincos tremendos que nos hacen golpear las cabezas contra el techo del carro. La polvareda es tan feroz que se cuela por los intersticios de las ventanas cerradas y se nos incrusta en los ojos.
La región que empiezo a recorrer – el oriente de Antioquia – es una superficie de ocho mil kilómetros cuadrados, conformada por veintitrés municipios y poblada por seiscientas cuarenta mil personas. El periodista Guillermo Zuluaga, a quien he consultado muchas veces por teléfono, me ha informado que en este lugar, rico en recursos hídricos, se genera el treinta y cinco por ciento de la energía eléctrica que se consume en el país. Su posición geográfica es privilegiada, porque lo mismo permite acceder a la zona aurífera del Bajo Cauca que a la petrolera del Magdalena Medio y a la caficultora del Eje Cafetero. Esos factores, sumados al vigor productivo de los habitantes, resultan atractivos para los grupos armados al margen de la ley. Durante años, cuatro frentes guerrilleros – de las Farc y del Eln -- sometieron a los ganaderos y agricultores a un régimen de chantaje, secuestro y exterminio. Después llegaron tres bloques paramilitares y, con el pretexto de que urgía recuperar la paz, aumentaron la expoliación y la carnicería. Estos actores del conflicto necesitaban desplazarse obligatoriamente por el oriente de Antioquia para transportar sus mercaderías y sus armas. Por tanto, desataron una guerra sin cuartel para lograr el dominio del área. Entonces, la población civil quedó atrapada en medio del fuego cruzado. Un día sucumbía una familia entera, embestida por los tambores de gas propano de un grupo guerrillero, y al día siguiente los paramilitares descuartizaban con motosierras a los bailadores de una fiesta pública. Los verdugos ultimaban a sus víctimas en las plazas -- a la vista de sus conciudadanos --, o les tendían emboscadas en las arboledas, o las asaltaban a media noche en sus dormitorios. La gente se convirtió de pronto en mera carne de cañón: la ametrallaban desde un lado, la ametrallaban desde el otro, en episodios de horror cada vez más degradados y crueles. Prestarle a un forastero un servicio normal -- como venderle un almuerzo, o plancharle una camisa, o transportarlo en un taxi – equivalía a firmar la orden de ajusticiamiento proferida por los enemigos de ese forastero. Negarse era ofrecerle la cabeza al forastero mismo. Hasta el gesto más pacífico podía ser interpretado por los combatientes como una afrenta digna de penitencia. Unos consideraban peligrosos a los peludos. Los otros, a los rapados. A aquellos les disgustaba que los tenderos abrieran sus establecimientos demasiado temprano. A los de más allá les fastidiaba que los muchachos oyeran música hasta tarde en los parques. Todos se creían ungidos de una autoridad divina que los facultaba para despellejar al incómodo, al diferente, al que no encajaba en sus planes. Y así, en esa orgía de sangre que no respetaba ni credo, ni edad, ni sexo, la muerte se volvió moneda corriente. A los ciudadanos inermes los mataban por retaliación, por negocio o por estrategia bélica. Los mataban aun cuando fueran inocentes, porque quienes manejaban los hilos de la barbarie consideraban que eran peones insignificantes, susceptibles de ser sacrificados a cambio de conquistar nuevas posiciones en el ajedrez macabro de la guerra. El fin último de la apuesta era apoderarse del territorio para obtener beneficios económicos y operativos. Y tal objetivo justificaba apelar a cualquier táctica, incluso a la más inhumana. Por ejemplo, el uso de las minas terrestres.
De acuerdo con un reporte de la Vicepresidencia de la República, el Eln ha sido responsable del 38,8 por ciento de las minas antipersonales sembradas en Antioquia. Las Farc, del 24,2 por ciento. Y las autodefensas, del 2,3 por ciento. La autoría del 29,6 por ciento de las bombas es desconocida.
Ahora, mientras el motor del jeep campero gruñe con dificultad, Oveida Morales plantea de modo espontáneo el tema de la violencia en su región. Es evidente que, como conoce el motivo de mi viaje, ha venido preparada. Lo primero que debo saber –advierte – es que en el oriente de Antioquia, especialmente en las zonas rurales, nadie, lo que se dice nadie, se ha salvado de las angustias del conflicto. Quien no lo ha sufrido en carne propia, por lo menos ha visto el padecimiento de algún familiar cercano, o el de algún vecino. Comprobar su afirmación – añade, en tono desafiante – es fácil: basta con sondear a las personas que encontremos en el camino. Para no ir muy lejos, “El canta rana”, nuestro chofer, es amigo de Delio Enrique Daza, un campesino de San Francisco al que sus paisanos le estampillaron el sobrenombre de “Culo roto”, debido a que cayó de nalgas dentro de un hueco parapetado con hojas y relleno de varillas puntiagudas. A ese tipo de dispositivo de guerra, bastante común en la zona, se le llama “trampa cazabobos”. “El canta rana” fue testigo del momento en que Daza atravesó a pie la calle principal de San Francisco, dando alaridos y con una estaca filosa hundida en el trasero. Cualquiera en el oriente de Antioquia – insiste Oveida, de manera enfática – puede contarme una historia similar. Ella, por ejemplo, presenció el asesinato de su padre. El hecho ocurrió en la vereda El Portón, el ocho de septiembre de 1990, veintidós días antes de que ella cumpliera los ocho años. Después, en la adolescencia, le tocó asistir al entierro de su hermano José Heriberto, fusilado en público por los paramilitares, y más tarde fue golpeada por las desapariciones sucesivas de otros hermanos: Carlos Julio, Luis Eduardo y Orfa María, de quienes nunca más hubo noticias en la comarca. A mediados de 2004 vivió una tarde de pánico imborrable, cuando varios guerrilleros irrumpieron en El Portón y empezaron a sacar a los hombres de sus casas, para llevarlos a algún lugar desconocido. Oveida sintió que se moría cuando vio a dos tipos de uniformes camuflados y rostros cubiertos con pasamontañas, arreando a su marido, Marcelino Soto, hacia la calle, donde ya estaban agrupados los otros varones adultos del pueblo. Las tres horas siguientes fueron de espanto. Oveida temía un desenlace trágico como el de su padre y sus hermanos. Y se preguntaba cómo se las arreglaría para criar sola a Juan Diego, su hijo, que apenas tenía un año.
Al final de la tarde le volvió el alma al cuerpo, cuando vio entrar a Marcelino por la puerta del patio. En seguida, sin preámbulos, su marido le contó que los guerrilleros los condujeron a un solar baldío, ubicado como a unos ocho kilómetros de distancia, para darles un ultimátum humillante: al día siguiente, antes de que saliera el sol, todo el mundo debía abandonar El Portón. Quien incumpliera el mandato – les advirtieron – sería fusilado. La determinación obedecía a que el ejército regular venía hostigándolos demasiado, y por eso el comandante del frente sospechaba que algunas personas de la vereda suministraban información contra ellos. La última parte de la arenga contenía el anuncio más brutal: a la mañana siguiente, cuando los habitantes se marcharan, cuando El Portón quedara convertido en un pueblo fantasma, ellos, los guerrilleros, se encargarían de minar los alrededores del lugar, de modo que si a algún necio o sordo se le ocurría la pésima idea de devolverse, moriría desmembrado. En este punto, Oveida apoya súbitamente su cabeza en mi hombro izquierdo y comienza a llorar. Le sugiero suspender el relato, pero ella se niega con un argumento que me asombra: nunca antes había hablado de su pasado con nadie, y ahora siente que necesita hacerlo. Se seca las lágrimas con la manga derecha de su blusa, esboza una sonrisa lánguida. Cuenta entonces los pormenores del éxodo, calcula las pérdidas materiales. De su narración torrencial hay dos hechos que me impresionan. El primero se presentó en San Francisco el mismo año de su desplazamiento forzoso, durante la Navidad, cuando un muchacho que pasaba frente a su casa encendió de pronto una luz de bengala. Oveida desconocía esos fuegos artificiales. Y como, además, estaba traumatizada por su retahíla de calamidades familiares, supuso que la llamarada que acababa de divisar correspondía a un ataque dirigido contra ella. Todavía recuerda el grito de terror que lanzó, antes de caer desmayada en los brazos de su vecina.
-- ¡Virgen del Carmen, nos mataron!
El segundo hecho ocurrió a los dos años del destierro. Una mañana, Oveida amaneció con ganas de retornar a El Portón. No para quedarse a vivir allí otra vez – aclara -- sino simplemente para echarle un vistazo a su antigua casa. Sabía que era una idea temeraria, absurda. Pero también sabía que se trataba de un deseo irresistible y que nadie la detendría hasta satisfacerlo. Para sorpresa suya, su marido le siguió la corriente y, además, se ofreció a acompañarla. Eso sí: puso dos condiciones: la primera, que dejaran a su hijo en casa de la vecina en San Francisco. Y la segunda, que ambos llevaran sendas cañas de bambú en las manos, para tantear previamente cada pedazo de tierra donde fueran a pisar. Oveida todavía recuerda los detalles más conmovedores de aquella jornada. Se ve a sí misma, al lado de Marcelino, palpando el suelo con la caña. Las manos le sudan, el mentón le tiembla. Ve su casa deteriorada, mustia, con las paredes revestidas de hiedras y la ventana única destronada. En la sala huele a humedad, a óxido. Ve la cama del niño a merced de las polillas. Ve un balón de plástico despachurrado en un rincón. En el patio, en la misma cuerda donde ella la dejó colgada el día que salió expulsada de la vereda, está la ropa de la familia, tiesa por la acumulación de lluvias y soles, acometida por un ejército de hormigas coloradas. ¿Y la gallina jabada? ¿Y los diecinueve pollos de engorde? Un cerdo cerrero y de hocico peludo pasa entonces frente a ella como una exhalación, y se pierde dentro de un bosque de helechos. Oveida se ve a sí misma llorando recostada contra el marco de la puerta. Después ve cómo ella y su marido regresan a San Francisco, sin pronunciar ni una sola palabra durante el camino.
Oveida es consciente de que su aventura pudo haber derivado en tragedia. ¿Por qué, entonces, cometió la imprudencia de regresar a El Portón? Por toda respuesta, calla. Mueve la cabeza hacia los lados, como si estuviera negando algo. Se seca de nuevo las lágrimas con la manga derecha de su blusa. Más adelante, cuando oiga la voz de Oveida en la grabadora y relea los apuntes de mi diario de campo, evocaré este silencio. Entonces su imagen me llegará nítida: piel cobriza, cabello marchito sujetado con una peineta de carey, baja estatura, cuerpo rollizo. La recordaré sentada dentro de este jeep campero invadido por el polvo, hablando a borbotones a pesar del llanto, como si acabara de ser rescatada de un naufragio. Y luego, subiendo las calles empinadas de San Francisco, guiándome generosamente hacia las casas de los personajes que ella misma ha anotado en un retazo de papel.
Más adelante, durante la escritura de esta crónica, pensaré de nuevo en Oveida Morales. Me preguntaré por qué regresó a su vereda, afrontando el peligro de caer despedazada en cualquier recodo. Muchos desplazados se devuelven debido a sus penurias económicas. Otros, porque se cansan del maltrato que reciben en las ciudades. Ninguna de esas dos razones influyó en Oveida. Lo suyo aquella tarde era la melancolía, el dolor de patio. Y un sentimiento furibundo que la impulsaba a desafiar cualquier fatalidad sin detenerse a medir las consecuencias. Ciertamente, ella andaba con una larga caña de bambú que, en caso de que hubiese alguna mina antipersonal enterrada, le serviría como parachoques. Sin embargo, no hay que olvidar que la idea de portar ese frágil escudo protector fue de su marido. Oveida muy bien habría podido apañárselas para ir a su vereda sin tomar ninguna precaución, porque en el fondo lo que quería era ofrendarse en cuerpo y alma por la gracia de reencontrar sus propios pasos perdidos. Más adelante, cuando arribe a esa parte de la historia, sentado ya frente a la pantalla de mi computadora, tendré a la vista el hermoso verso de Khalil Gibran: “la nostalgia del paraíso es el paraíso”. Entonces, conmovido hasta el tuétano, le tributaré mis respetos a Oveida y a todas las personas que son capaces de perseguir hasta el final el rastro de sus añoranzas, a sabiendas de que la patria que buscan ya no existe, porque se la llevaron los malos vientos y el carajo, y lo único que quedó de ella fue una quimera dolorosa.
Al final del viaje, cuando empiece a transcribir los testimonios de las víctimas, me sentiré abrumado por tantas historias de horror parecidas y, sin embargo, diferentes. Oiré a Ariela Ramírez, una señora de la vereda Los Cedros, declarando que el petardo que le desfiguró el rostro y el cuello estaba metido en el fogón, y explotó justo cuando ella puso a hervir el primer café de la mañana. Oiré a Evelio Quintero, un tendero de Aquitania, contando que cuando llegó herido al hospital empezó a presentar incontinencia urinaria, y por eso la enfermera de turno se negó a atenderlo. Oiré a Numberto Ruiz, un leñador del caserío El Pescado, relatando cómo la ambulancia que lo trasladaba hacia el hospital el día que perdió la pierna derecha, se volcó en la carretera. Oiré a Julio Velásquez, un electricista de Cocorná, diciendo que el paquete cerrado en el cual se hallaba la plancha-bomba que le malogró la cara y le arrebató el setenta y cinco por ciento de la visión, fue enviado al taller donde trabajaba por enemigos de su patrón. Oiré a Luis Alfonso Quintero, un jornalero de la vereda El Venado, describiendo el ardor que sentía en el muñón de la pierna izquierda. Oiré a Delio Daza Giraldo, “Culo roto”, cantando una ranchera que narra su accidente, y que, según me anunció bajando la voz misteriosamente, piensa mandarle a Juanes:

Caí a un hueco de más de dos metros
Y una varilla me vino a matar
Soy desplazado, vivo sufriendo
Y en este mundo todo es crueldad


Al final del viaje, cuando revise las declaraciones de algunos funcionarios encargados de combatir el problema, tropezaré con más datos aterradores. Oiré a Nancy Marín, líder comunitaria de Cocorná, afirmando que sembrar una bomba apenas vale un dólar, mientras que desactivarla, vale mil. La oiré leyendo en un documento la célebre frase de Pol Pot, aquel sanguinario militar asiático: “una mina es un soldado perfecto: no necesita comida ni agua, no tiene sueldo ni descanso, y espera a su víctima por treinta años o más”. Luego oiré a Álvaro Jiménez, el director de la Campaña Colombiana Contra Minas, revelando que Colombia es el país del mundo donde más afectados se registran al año, por encima de Camboya y Afganistán.
Al final del viaje, la grabadora también me permitirá tomar nota de mi propia voz. Me oiré averiguando por detalles como el tamaño de la onda explosiva. Me oiré pidiéndoles a los entrevistados reconstruir el accidente paso a paso. En algunos casos percibiré suspiros graves, silencios prolongados que me mostrarán la procesión que va por dentro. Me apiadaré de sus heridas frescas pero consideraré que sus testimonios son necesarios para el país. Y me percataré de un gaje del oficio de cronista: a menudo, para documentar la memoria, nos toca mencionar la soga en la casa del ahorcado.
Al final del viaje evocaré la escena que estoy presenciando ahora. El que habla es Álex Cardona, un muchacho que se desempeña como facilitador de la Campaña Colombiana Contra Minas. Su labor consiste en enseñarle a la gente estrategias de prevención de accidentes y en identificar a las nuevas víctimas para ayudarlas a tramitar el reclamo de la indemnización. En este momento se encuentra reunido en un colegio de San Luis con varios campesinos que han venido desde la vereda La Tebaida. En su exposición, acompañada por diapositivas proyectadas en la pared, Cardona advierte que poner el pie donde antes no ha estado el ojo, es un lujo que ya nadie debe permitirse.
-- ¿Cómo es el dicho que tenemos en Antioquia para hablar de los descuidados? – pregunta, levantando las dos manos con una cierta elocuencia de orador.
Un campesino cuarentón, sombrero aguadeño ladeado y pañuelo raboegallo al hombro, grita la respuesta desde el fondo del salón:
-- Al cocodrilo que se duerme, lo vuelven cartera.
Cardona explica a continuación que algunas minas se activan con la simple proximidad del caminante, es decir, sin necesidad de entrar en contacto con ellas. Por eso, si se descubre en el terreno alguna cosa rara, desconocida, es preciso quedarse quieto y observar minuciosamente los alrededores, antes de dar el siguiente paso. El catálogo de medidas preventivas que, según él, resultan obligatorias, es bastante amplio. En principio, conviene mantenerse siempre en el centro del camino, a una distancia prudente de los bordes, que es donde, por lo general, son camufladas las bombas. Hay que evitar las marchas nocturnas y el tránsito por aquellos lugares donde la maleza es muy alta, pues eso es indicio de que hace rato no circulan por allí ni personas ni animales. No se debe entrar en una casa deshabitada. La presencia en el suelo de un alambre o de un pedazo de cable es una posible señal de bomba. Y, ojo, no hay que andar por ahí echándole mano a todo lo que parezca que no tiene dueño. Desde hace un tiempo, los terroristas abandonan en las vías objetos como libros y pelotas de fútbol, que en realidad son petardos disimulados. Cardona señala entonces, en la pared improvisada como pantalla, la fotografía de una grabadora arrojada en el pasto, la cual lleva sobreimpreso este enorme letrero verde: “si no la botó, no la recoja”.
Oyendo la disertación de Cardona, viendo a los campesinos enfrascados en las recomendaciones perentorias de las diapositivas, me pregunto cuál es el país que nos quedará al cabo de toda esta paranoia. La vida pierde sentido cuando el acto de caminar desprevenidamente sobre la tierra de los ancestros es como jugar a la siniestra ruleta rusa. El alma se desmorona, cae en la trampa mortal mucho antes que el pie. Y nos va dejando cada vez más rotos y más jodidos.
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sábado 31 de octubre de 2009

La guerra del narco. Cristian Alarcón


Foto: Diego Levy

Crónica publicada en el Diario Crítica de la Argentina.

A Javier Valdez, el cronista que mejor cuenta el narcotráfico en México, le gusta prepararle el desayuno a su hijo cada mañana en la cocina de su casa en Culiacán, Sinaloa. Es el momento cuando el chico suele tenerlo para él, cuando le hace las preguntas que lo inquietan, sobre todo después de que un comando hizo explotar una granada en las oficinas de Río Doce, el periódico donde trabaja su padre. “Papá, tengo miedo. ¿Te pueden matar?”, le dice el pibe, y Javier –un hombre de pelos pirincho y barba bien recortada en los ojos chinos y radiantes, la mirada sensible compite con el porte rudo– lo traquiliza: que claro que no, que no hay que tener miedo porque allí está él y nada malo va a pasar. Es sólo que la ciudad está revuelta, caliente, y ahí afuera suelen darse tiros que perforan blindados, unos batos a los que les gusta banderear con sus cuernos de chivo, como le dicen a las AK47; y ya, mejor disfrutemos la comida, que el día es largo, hijo.

El día puede ser tan largo como impredecible para un periodista mexicano que se dedica a seguir la huella que deja el paso de la violencia. Mucho más desde que el presidente Felipe Calderón, apenas asumió, débil, acusado de fraude y por una diferencia mínima, declaró con una retórica aprendida ya en tiempos de Fox, “la guerra contra el narco”. El pequeño y enjuto hombre de pocas pulgas que gobierna el país leyó bien las encuestas –que nunca han dejado de decir la misma cantinela—y se decidió a ganarse el apoyo popular con la vieja receta de la mano dura contra un enemigo con aspecto de monstruo. Las grandes organizaciones criminales mexicanas, divididas por intereses económicos sobre el tráfico en todo el territorio, el control de plazas y el mercado norteamericano, les han dado de comer a Calderón y al discurso bélico: la performática de la violencia –como la define la antropóloga Rossana Reguillo– no ahorra en innovaciones y creatividad a la hora de matar. El corte de cabezas, el descuartizamiento, los cuerpos colgados en los puentes de la frontera, las bombas y sus esquirlas, la muerte de inocentes en tiroteos despiadados entre grupos de sicarios y policías o militares, le ponen sal a la herida magnificada hasta el hartazgo por Calderón.

Javier Valdez lleva veinte años reporteando el narco, siempre en la ciudad de Culiacán, la capital del estado de Sinaloa, patria del Chapo Guzmán, capo de la organización que lleva el nombre de sus pagos. Conocido como el Cartel de Sinaloa, el grupo se ha dividido –los hermanos Beltrán Leyva se aliaron con los Carrillo Fuentes del Cartel de Juárez– y el reguero de sangre que deja la pelea por el territorio se estampa en las paginas de Río Doce bien contado, bien investigado, y –lo más extraordinario para México– sin presiones ni autocensura. Río Doce es un medio pequeño, independiente, propiedad de cuatro periodistas que pusieron en él sus ahorros y no se han dejado callar ni apretar. No son muchos en este país de grandes corporaciones, pero los hay. Sí está lleno de periodistas que viven cubriendo el narcotráfico y lo hacen con miedo y la prevención del que mira para atrás en el callejón oscuro, por pura costumbre. Esos mismos periodistas, sobre todo en los medios del interior mexicano donde las grandes organizaciones criminales se allanan el camino con el ofrecimiento de sobresueldos o la amenaza de una muerte dolorosa, conviven con la sospecha sobre sus propios colegas. En algunos medios, nadie está seguro de quién puede ser el delator, de quién acepta el sobre mensual de un capo porque, además, claro está, en los diarios se cobran salarios miserables. Cada diario de la frontera merecería un reportaje en profundidad sobre cómo se trabaja en el límite con lo siniestro.

Javier Valdez tiene muchos miedos, y se los conoce como los pelos de la barba que se cuida y emprolija cada mañana. No los desdeña, no los deja pasar ni los niega: los mira de cerca, como quien busca en ese síntoma la tranquilidad que sólo viene por precaución, seriedad y experiencia. Esta semana, en el seminario “Narcotráfico y violencia en las ciudades de América Latina: retos para un nuevo periodismo”, organizado por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano –dirigida por el Nobel Gabriel García Márquez–, Javier habló para medio centenar de periodistas, académicos, guionistas, escritores que llevan años trabajando en historias e investigaciones sobre el narcotráfico. “No es motivo de vergüenza tener miedo, yo sí ando con el culo en la mano, así hago mi trabajo –nos contó–. No está prohibido tener miedo. Hay que enfrentar el miedo. En Culiacán, el miedo es latente. En Culiacán, es un peligro estar vivo. Vivir ahí da miedo, pues los pistoleros no son limpios en su trabajo: traen consigo armas duras, cualquier persona es capaz de morir por estar trabajando o caminando por la calle. Los sicarios disparan sin preguntar a las gentes que están alrededor de la víctima. El narco, al igual que el miedo, es una forma de vida”.

El miedo asume formas distintas en cada quien, y se vuelve una presencia palpable, audible, a medida que el peligro se siente más cerca. Para Francisco Castellanos, corresponsal de la revista Proceso en Morelia –patria grande de la Familia Michoacana, famosa por imponer el decapitamiento como práctica común en las ejecuciones– es el miedo a volver a ser secuestrado por los capos para obligarlo a hacer una entrevista. Para Alejandro Almazan, gran cronista de la revista Emeequis y autor de la novela Entre perros, es volver a cometer la pendejada de dejarse llevar a un oscuro rincón de Ciudad Juárez por un guía poco conocido que lo abandonó ante los narcos y tener que huir de la ciudad temblando. O el miedo, dice Alejandro, es enterarse justo después de publicar un reportaje con un capo que otro grupo masacre a los familiares de su entrevistado, uno por uno, cada día, hasta llegar a viente. Y verse el cronista Almazan amenazado y cuidado por dos policías que le dicen: “Igual, no te aflijas, porque si te quieren matar, por más que estemos nosotros, igual te van a matar”. El miedo en México se respira. Se huele. Se puede palpar como a un arma cargada y celosa escondida en el sobaco.

El seminario que se hizo el lunes y martes pasado en el Museo Rufino Tamayo del DF no puede resumirse aquí. Se podrá consultar todo lo dicho en la página de la FNPI. Sólo habría que subrayar. El periodista Diego Osorno, del diario Milenio, pronto a publicar un libro sobre el Cartel de Sinaloa, se remontó a las cifras para desmitificar la guerra contra el narco creada por Calderón. “La desnutrición y el hacinamiento que provoca la propagación de la tuberculosis matan más que los cuernos de chivo, y eso es ignorado”, dijo y marcó las cifras: 17 mil muertos por la mafia, contra casi 23 mil muertos por la enfermdad curable. El discurso de Calderón entra en crisis en una sociedad que comienza, a través de sus mejores periodistas, a cuestionar la supuesta verdad del monstruo narco. Desde Jorge Castañeda, ex ministro de Relaciones Exteriores de Fox que publica esta semana el libro El narco: la guerra fallida, hasta las crónicas de la vida cotidiana de las víctimas y los protagonistas del narco, marcan la falacia de una guerra ficcionada por el poder para buscar legitimidad. Mientras Calderón se reúne con Álvaro Uribe y renuevan su misión de luchar contra el narcotráfico, Javier Valdez en Culiacán enfrenta las esquirlas y el miedo con palabras: no sólo las que ofrece en su columna semanal Mala Yerba, sino las que ahora escribió en su libro Miss Narco, historias de mujeres en los lodazales del Chapo. Mientras 50 mil hombres armados por Calderón no han cambiado nada del horror que viven los mexicanos, estos cronistas lo hacen sólo con palabras. Como las que Javier le entrega a su hijo por las mañanas. “Nada nos pasará, hijo, tranquilo, no está tan malo tener miedo, así nos cuidamos, sigamos con el desayuno”.
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jueves 29 de octubre de 2009

Burdel de burras - Margarita Garcia Robayo


Crónica publicada en la revista Soho. Ed. 55, 2004.
Margarita Garcia Robayo autora del libro "Hay ciertas cosas que una no puede hacer descalza"
La respuesta de Andrés fue muy directa. Me dijo que le gustaba tener sexo con burras porque no se sentía en la obligación de demostrarle nada a nadie, que estaba él solo con ella dejándose llevar por lo único que le interesaba en ese momento: tener un orgasmo.
Mientras me cuenta pienso en ese juego de cumpleaños infantiles que se llama “ponerle la cola al burro”. Cada niño debe caminar con los ojos vendados hasta la pared donde está colgado el muñeco de cartón y tratar de pegarle el rabo lo más cerca posible de la crucecita roja que señala el nacimiento de la cola. Recuerdo un cumpleaños en que casi todas las rifas se sortearon con ese juego. El regalo que todos queríamos –un game boy que traía el juego de Mario Bross– se lo ganó Danielito, un niño de la cuadra a quien la mamá le sopló dónde estaba la crucecita roja. La señora le gritaba “¡dale Dani, más a la izquierda, eso, eso, en el culito del burro!”. Después de ese día Danielito no volvió a salir a la puerta de su casa a jugar con el game boy, porque los demás niños le decían que se lo había ganado por darle en el culo a un burro. Pobre Danielito, cómo lloraba. Yo no entendía por qué.
Ahora, cuando se lo cuento, Andrés pone cara de no entender tampoco: él nunca jugó a ese juego. Por lo menos no cuando era chiquito.
Me dice que todo comenzó a sus doce años, cuando el capataz de su finca en Turbaco (un pueblo a 40 minutos de Cartagena, hacia el sur) le empezó a llenar la cabeza con historias sobre las bondades de las burritas -de las que hoy él da fe. Describe su aventura zoofílica como una “maldad de pelao”. Cuando lo hizo por primera vez tenía trece. Esa es la edad más habitual para las burras: entre los doce y los dieciséis, más o menos.
Andrés y sus amigos pasan los veinte. Son cinco: dos paisas, un monteriano y dos cartageneros –la variedad de sus orígenes desmiente el mito de que la burricie sea una práctica exclusiva de los costeños. Todos aseguran que ya no tienen contacto sexual con las burritas, que ahora tienen novias y les basta con ellas. Pero todavía se van de paseo los fines de semana a la finca de Turbaco.
–La vuelta de ahora es otra.
Me dice el paisa. Y me explica que se dedican a llevar “pelaitos” de catorce y quince, para hacer lo que ellos ya hicieron: perderle el miedo al sexo. Pero no se trata de filantropía: el cupo vale $2.000 y “usar” las burritas cuesta entre $5.000 y $7.000, según la que se escoja.
–Mejor dicho, con diez mil pesitos que el pelao ahorre en la semana ya está hecho.

El paseo
Los cinco muchachos salen todos los sábados a las 7:30 de la mañana en la camioneta de Andrés. Es una Ford verde muy vieja a la que bautizaron Miss Donkey. Tiene los vidrios polarizados, lo que les permite camuflarme en el paseo de este sábado. En el camino recogen a los clientes, que por lo general no suman más de diez, y casi siempre se repiten.
Esta mañana salimos por el corredor de carga que a esa hora está casi vacío. La carretera termina en el cementerio Jardines de Paz, donde todos nos santiguamos. A la subida de la loma de Turbaco (aproximadamente 180 m de altura) hay una señal de carretera que dice “Revise su culo antes de viajar”. Cuando la pasamos todos los chicos, en la parte trasera de la camioneta, sueltan una carcajada descomunal.
–Siempre que pasamos por aquí es la misma maricada.
Me dice Andrés, que está al volante. Luego frena y se baja del carro.
–¡Se les va a acabar el chiste a estos tarados!

Andrés camina hasta el cartel, recoge una piedra y repasa las letras que alguien borró delante de la palabra “CULO”: “VEHI”. Los chicos lo abuchean.
A las ocho llegamos a la finca. El clima de Turbaco es fresco (25°C promedio) y se siente mucha humedad porque por ese terreno corre un arroyo. El lugar es agreste pero cómodo, tiene lo que una finca de fin de semana en Cartagena necesita tener: un gran palo de caucho que da mucha sombra y sirve para recostar las butacas, acomodar la caja de cervezas e improvisar sobre las raíces enormes una mesita de dominó. Y al fondo: un corral lleno de burras.
Los chicos saltan de la camioneta y se dispersan. Se van hacia la parte de atrás de la casa, yo aprovecho para bajarme. Nos recibe Orlando, el capataz. Dice que ha preparado seis burras y un burrito adicional:
–Las más sanas y pollinitas.
En la puerta de la casa hay tres hamacas, cuatro butacas y dos mecedoras. En el medio hay una nevera de icopor gastada y sucia. A los clientes no se les da trago, pero los cinco patrones siempre se sientan a tomar cerveza y a oír vallenato mientras los demás hacen lo suyo.
Huele a sancocho. Las dos hijas de Orlando preparan un caldo para “después”.
–¿Después de qué?
Les pregunto a las niñas. Se ríen. Clara y Cecilia tienen 11 y 13 años y son huérfanas de madre.

Todos quieren con Marylin
Los muchachos también se ríen. Les hizo gracia que les preguntara si hay preferidas entre las burras, porque todavía les parece increíble que los clientes se peleen por una en especial. Es chiquita, huesuda y mansita. Y es pollina, pero lleva rato en el negocio. Les sugiero bautizarla Marylin, como la de la telenovela*. Más risas.
Parece que el secreto de Marylin y de otras veteranas está en la temperatura que alcanzan. Andrés asegura que eso es un indicador de que la burrita “lo está disfrutando”. Veinte metros más allá, en el corral, las burras corren, se escapan. Orlando las ataja, las echa para adentro. La jornada apenas empieza.
Después le pregunto a Orlando si ellas sufren. Se ríe y me pregunta si alguna vez he visto a un burro. Se supone que debo ruborizarme, pero por alguna razón Orlando no me parece un tipo gracioso.
–Las que corren es porque se asustan de ver tanto pelao alrededor, pero no porque sufran. Claro que hay unas a las que les gusta más. Eso es como todo.
El “como todo” suena raro. Me pregunto si querrá decir que son como con las mujeres. Si estará comparando su negocio con cualquiera de los que funcionan en la Medialuna (zona de tolerancia en Cartagena). “Hay unas a las que les gusta más”, dijo. Le faltó agregar: “Esas son las más putas”.
Al fondo veo a los clientes en fila india. Son tan chiquitos. Me recuerdan a Danielito con su game boy de Mario Bros. Algunos, sin embargo, parecen muy curtidos en el asunto. Hay uno que hace chistes todo el tiempo y se agarra con una mano la cremallera de su bermudita Nike: como si en cualquier momento le fuera a estallar.
–Venga, no se deje ver por los clientes.
Me dice uno de los paisas y me ofrece cerveza. Después me da su versión de por qué es tan bueno estar con una burra. Vuelve a mencionar lo de la temperatura: “Es que lo tienen muy caliente”. Y también menciona con cierto dejo de nostalgia (o calentura, vaya a saber) el popular “chancleteo”, que se hace con burros. Entonces entiendo lo del burrito adicional.
–Para chancletear usted amarra con la cabuya las bolas del animal, se la pasa después por debajo del pie y la tensa por un extremo, y la chancletea así: chan, chan, chan (él chancletea). ¿Me entiende? Y cuando el burro aprieta, ¡uno ve el mismísimo cielo!
Se pone rojo y me queda mirando, como buscando palabras menos obvias. No las encuentra. Entonces me dice, todavía nervioso, que él prefiere a las mujeres.

El negocio
Todo el negocio está presentado de manera muy profesional. Se trata de una forma de proxenetismo barato en el que todos se llevan su parte, hasta las burras:
–A las burritas les dejamos buena comida y las mantenemos bien cuidadas. Orlando se ocupa de ellas toda la semana y el sábado las tiene al pelo. Él se gana una comisión: por ahí el 10 por ciento de lo que recojamos. Hay otra parte que se va en gasolina y en la caja de cerveza que nos tomamos para pasar el rato. Yo cojo el 20 por ciento de lo que queda y el resto se divide en cuatro partes iguales para mis amigos, que son quienes consiguen a los pelaos. Pero lo más importante, claro, es que el cliente quede satisfecho.
Expone Andrés con cara de gerente. El negocio no genera grandes utilidades (unos $400.000 netos al mes), pero tampoco presenta riesgo porque los clientes deben confirmar con dos días de anticipación y, si es el caso, reservar a la burrita de su preferencia. Cuando no hay gente suficiente no se hace el paseo, el punto de equilibrio se determina por los costos fijos: la gasolina, la comisión de Orlando y la cerveza. Los cinco coinciden en que si un día no hay utilidad, no pasa nada. El paisa lleva las cuentas.
Si el sexo con burras no fuera un tema tan delicado para la mayor parte de la sociedad, estoy segura de que los cinco empresarios tendrían folletos promocionales de su negocio. Se ven tan orgullosos de su emprendimiento como cualquier joven local de tercer o cuarto semestre de administración de empresas, que pone un kiosco de cervezas frente a la universidad.
Le pregunto a Andrés quién fija las tarifas de cada ejemplar.
–Orlando.
–¿Y por qué él?
–Porque él las conoce y las lidia en la semana. Y él también es quien recibe las sugerencias de los clientes y se da cuenta de cuál es la que les gusta.
–O sea, son algo así como “sus chicas”.
–Sí, algo así.

Riesgos
Ellos insisten en que la burras no son portadoras de enfermedades venéreas. Aún así, algunos clientes prefieren usar preservativos. Pero a Orlando no le gusta, dice que eso no es bueno para el animal, porque las burras no están acostumbradas al material sintético.
–A una la tuvimos que retirar porque se enfermó de sus partes. Después supimos que había sido una irritación causada por el condón. Por eso yo prefiero asignarle una a cada cliente. Antes uno podía compartirlas, pero es que no existían esas enfermedades de ahora.
Explica Orlando, cual apoderado responsable del gremio, y yo pienso que Marylin no la debe pasar muy bien.
El peligro está en compartir la burra –porque, según los patrones, ella solita no te contagia de nada. En esos casos sí recomiendan a sus clientes que usen condón, muy a pesar de la burra.
De todas formas, todos coinciden en que el mayor riesgo sigue siendo que los papás se enteren. Ni los papás de Andrés, ni los de sus cuatro amigos, ni los de los clientes adolescentes se imaginan en lo que andan sus hijos. Todos se creen el cuento del paseo de fin de semana a la finca de algún amigo en Turbaco. En Cartagena hay muchos amigos con fincas en Turbaco. Orlando les hace “la segunda” porque le parece que los muchachos no están haciendo nada malo. Al contrario, cree que está bien que aprendan esas cosas. Después de todo, dice: “A los quince años ya se está en edad de merecer”.

Ponerle la cola al burro
Ponerle la cola al burro es un juego complicado. Algunos lo definen como una adaptación sofisticada de la gallina ciega. Puede ser. La gran diferencia es que en este juego no basta con encontrar al muñeco de cartón en la pared, la destreza del niño se pone a prueba en su precisión para ponerle el rabo en el lugar exacto. Y algo parecido sucede en la vida real.
Tener relaciones con burras requiere de toda una parafernalia. Por ejemplo, como la mayoría de los niños no las alcanzan, toca buscarles banquitos para que se suban y queden a la altura del animal. Esa fue la primera inversión que hicieron los muchachos: más bancos de madera para que los clientes no tuvieran que turnarse el único que había.
Lo que sigue es casi un ritual que empieza por alzarle el rabo a la burrita y jalárselo fuerte mientras se procede con el asunto. Me cuentan que ese es el mejor momento para el cliente, pero el peor para la burra. Porque aún con banquito para emparejar las alturas, sigue siendo una relación desigual.
Algunos de los clientes entran al corral con una vara de madera y casi todos llevan su respectiva cabuya. Orlando me explica que la vara es para animarlas, para que se muevan. No sé qué expresión habré hecho, pero ahora Orlando me mira con cara de preocuación, me dice que no me angustie tanto y me explica, condescendiente:
–…ellas son casi mujeres, niña, todo eso les gusta.
Y sigue hablando y hablando, pero ya yo no lo escucho. No aclares que oscurece, dicen por ahí.
Se supone que no debo llegar hasta el corral, pero me acerco un poco. Orlando me sigue. El monteriano está justo debajo del palo de caucho tomando fresco. Le paso por delante y ni se inmuta. Me agacho detrás de una matarratón y veo a todos esos muchachitos encaramados en sus burritas. Algunos revoloteando, esperando su turno, calentando motores, haciéndose chistes. Parece una piñata.
Hay uno que está sentado, empapado de sudor. Detrás hay otro de gorrita roja en plena faena, tiene los ojos cerrados, está concentrado. Hace como si hiciera fuerza: le tiene las uñas enterradas en las ancas al animal, se acerca y se mueve rápido, tembleque, sin ninguna gracia. Luego suelta a la burra y cae extenuado al lado de su amiguito, el sudoroso. Alcanzo a ver algunas nalgas rosadas al aire, la mayoría se deja la bermuda en los tobillos y las camisetas colgadas en la cabeza. Están tan ansiosos que ninguno se demora más de dos minutos en cumplir con su deber.
–¡Ven Horacio, que te toca otra vez! – grita el más alto desde el fondo del corral.
Horacio está echado boca abajo, como un bulto de papas.
–Ya no puedo más marica, deja que tome aire.
–¡Ayyyy, mariquita!
Le gritan los demás.
–¿No te estarás volviendo impotente?
Le dice el alto, burlón. Horacio se pone de pie, le tiemblan las piernas. Se quita los tenis y se manosea un poco.
–Ya, parece que ahora sí.
Dice. Y corre hasta donde está la burra, se sube al banquito, se baja rápidamente la bermuda, la agarra y se le pega. A leguas se nota que simula. En la otra esquina del corral hay un rubito que decidió no esperar tanto y entregó sus afanes a sí mismo.

Referencias culturales
En la Costa pocos reconocen abiertamente haber tenido sexo con burras, pero el asunto es de dominio público. Lo decente es que escandalice, lo exagerado es que enorgullezca.
El rey de los exagerados fue Raúl Gómez Jattin, un poeta costeño muy prestigioso que se terminó matando. Le decían “El Putas”, y fue un erudito en temas de zoofilia. También fue drogadicto y demente, y el autor del conocido poema Te quiero burrita: “Te quiero burrita porque no hablas ni te quejas/ ni pides plata/ ni lloras/ ni me quitas un lugar en la hamaca/ ni te enterneces/ ni suspiras cuando me vengo/ ni te frunces/ ni me agarras/ Te quiero sola, como yo/ sin pretender estar conmigo/ compartiendo tu crica con mis amigos/ sin hacerme quedar mal con ellos/ y sin pedirme un beso”.
Orlando defiende un discurso similar. Se confiesa parte de toda una línea ancestral que tuvo sexo con burras desde los ocho, nueve años. Me cuenta además que uno de sus tíos nunca se casó porque se enamoró perdidamente de su burra: la bautizó Yolanda. Su padre, dice, también fue burrero hasta viejo.
Andrés y el segundo cartagenero no se imaginan a sus papás en esos menesteres, pero tampoco les extrañaría. Los paisas ni por plata lo aceptan. El monteriano guarda silencio.
Los muchachos cambian el tema, son pudorosos. Prefieren darme todas las explicaciones de su negocio –que suponen muy original, pero que en verdad no presenta ninguna innovación en el formato. Todo lo que hace es poner en evidencia algo que todavía muchos consideraban un mito. No es un mito. Es una práctica que puede definirse rural por simple oportunidad, pero que a veces consigue colarse en las ciudades y convertirse, como en el caso de Andrés, en un negocio.
Según ellos, les venden a los más chicos la posibilidad que la calle les niega: ese viene siendo el componente moralista. Y el romántico se lo da Orlando, por supuesto.
–Las burras son para los niños algo así como el primer amor.
En medio de la conversación se asoman Clara y Cecilia con caritas burlonas. No se atreven a salir hasta la terraza donde estamos sentados.
–¡Vayan pa’dentro culicagadas, ¿no ven que esto es pa’ grandes?!
Grita Orlando. Las niñas corren soltando carcajadas y se esconden otra vez en la casa.
–¡Pa, es que ya está la sopa!
Gritan en coro desde adentro.
Los cinco “doctores” prosiguen con su exposición. En una de esas habla, por fin, el monteriano:
–Nuestra estrategia consiste en facilitarle las cosas a los pelaos. Peor es que se vayan a la Medialuna a acostarse con esas mujeres que los pueden contagiar de enfermedades, y a exponerse a que se los lleve la policía por ser menores. Además les sale mucho más caro.
Mejor dicho, según los dueños de este chuzo, el asunto consiste en ofrecer condiciones más favorables a un mejor precio. Así de sencillo. Acá todo lo que se discute es si acostarse con una mujer o con una burra. Me pregunto si los usuarios de la Medialuna tendrán esta opción en mente y si las trabajadoras del sector sabrán quiénes se vislumbran como su potencial competencia.
El monteriano se pone de pie y camina perezoso hacia el comedor, al otro extremo de la terraza. Los demás lo siguen. Andrés me dice que ya vuelve, que va a traer sopa para los dos.
Ahora las burritas están pastando justo delante de mí: “las más sanas y pollinitas”, la selección de Orlando para la semana, sin duda el mejor catador. En la esquina, ya fuera del corral, está Marylin o una que se le parece. Masca hierba y se ve cansada: ha trabajado mucho hoy.
Los clientes están en la mesa tomándose la sopa.
Para leer otras crónicas de margarita: www.margaritagarciarobayo.com/blog/archivos/category/cronicas
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jueves 22 de octubre de 2009

La casa de Norberto Freyre- Patricia Serrano


La casa está en un barrio olvidado de San Vicente. Alguna vez fue el proyecto de un barrio obrero, pero con el tiempo los terrenos que iban a ser destinados a una plaza y a un centro de salud fueron ocupados. En el barrio El Fortín la plaza más cercana está a más de diez cuadras y para llegar al hospital hay que atravesar todo el pueblo. El único servicio básico que todos comparten es la luz eléctrica. Cuando Norberto Freyre vivió en esa casa, ni siquiera había luz.
Por tres meses, Freyre fue otro vecino del barrio. La casa la compró con el mismo documento que había utilizado para escribir “Operación Masacre”, cuando por primera vez sintió la urgencia de una identidad falsa y papeles apócrifos. Más de quince años después ese documento permitió a Rodolfo Walsh ser Norberto Freyre otra vez, en San Vicente.
La última casa de Walsh y la primera que fue suya después de varias mudanzas obligadas, está ocupada por una familia desde hace más de 20 años. La Municipalidad de San Vicente busca convertirla en un espacio de Memoria. Patricia Walsh está de acuerdo, con la condición de que además cuente con algún servicio para el barrio, como un centro de salud o una biblioteca.
Que el último refugio de Walsh esté ocupado por una familia con muchos niños no resulta paradójico. Que esa casa esté ligada a un policía bonaerense quizá sí. Y que esa familia no quiera enterarse de la historia de fuego cruzado y el secuestro de sus últimas palabras escritas, también. La caída de la casa Freyre todavía no fue contada. En papeles de la Agencia de Recaudación de la Provincia de Buenos Aires (ARBA), Norberto Freyre sigue siendo su único dueño y deudor.


La ocupante
María Salas lava ropa en el patio de su casa. Detrás, los altísimos eucaliptos no se mueven. Es verano y en la casi media hectárea de los cuatro terrenos sólo unos pocos metros están ocupados por la casa de ladrillos rojos, de techo bajo.
Si fuera invierno y lloviera, María tendría que caminar más de diez cuadras de calles embarradas hasta llegar al asfalto, justo enfrente de la vieja estación de tren de San Vicente. Hace treinta años también había que caminar esas calles embarradas. El barrio no cambió mucho desde entonces. Siguen las calles de tierra apelmazada, las vías del tren. Pero hay más casas, pequeñas prefabricadas y ranchos de chapa de cartón. Nuevas familias pobladas de niños que ocupan terrenos baldíos.
María escucha el grito de un chico de unos 16 años, morocho, flaco.
- Mamá, golpean.
Se seca las manos grandes y brillosas de lavandina y jabón blanco. Camina hasta el portón de su casa tapiada de ligustrinas. No dice nada. Camina con la mirada fija en el portón de dos hojas encadenadas.
María cierra el candado, levanta la vista, se refriega las manos brillosas, tira hacia atrás su pelo negro y corto. Y repite un discurso dicho muchas veces.
- Yo no sé nada de ese hombre y no me interesa. Si quieren pueden tomar fotos desde la calle, pero acá no entra nadie más.
María se acostumbró a que de vez en cuando llegue gente interesada por la historia de un hombre que vivió tres meses allí en un tiempo remoto. Hubo una época en que los dejaba pasar y tomar fotos en el patio, donde hace más de treinta años había un aljibe seco y una pequeña huerta.
En verdad nunca fueron muchos los interesados en la casita de San Vicente. Pero María se asustó. Que quieren sacarme de acá. Que quieren hacer un centro cultural. Expropiar los terrenos. Declararlo monumento histórico.
- Hasta me ofrecieron plata. Algunos me la quisieron comprar. Pero no cambio esta tranquilidad por nada.
Ni ella ni los vecinos del barrio El Fortín supieron hasta bien entrados los ’90 quién había vivido poco menos de tres meses en esa casa. Sólo sabían que una noche de marzo del ’77 llegó el ejército y la destruyó. Dicen que eran extremistas.
La casita de San Vicente era el lugar en que Walsh se replegaba del mundo cercado de la gran ciudad, en su camino hacia al sur, con escala en el primer pueblo con agua. El refugio en que dedicó sus últimas noches sin luz ni agua ni cloacas a la redacción de la Carta Abierta de un Escritor a la Junta Militar.
Para María es más simple. Un hombre que vivió tres meses, y sólo tres meses, en una casa en la que ella vive hace más de veinte años. Fin de la discusión. La casa es de ella y fue de su madre y será de sus hijos. A pesar de los impuestos y de los títulos. A pesar de que la familia Salas se metió en esa casa cuando supo que ya nadie vendría a reclamarla.
- Esta casa estaba destruida. Nosotros la arreglamos. Es nuestra casa- María sentencia. Fija la vista más allá del portón y del campo de enfrente. Asegura que tiene que irse a trabajar. Da media vuelta. No se despide. Camina hasta la pileta del patio con eucaliptos y vuelve a mojar sus manos brillosas con espuma blanca.

Norberto Freyre
Llueve en San Vicente. Norberto Freyre camina sobre el plástico que envuelve sus zapatos marrones. Los entierra en el barro apenas cruza el portón de su casa y se pregunta si es posible que en estas dos cuadras de barro y sin veredas pueda llegar a ensuciarse también el pantalón. Seguramente sí. Ahora saluda a Carlos, el vecino de la esquina, que también va a tomar el tren de las 12 en la estación. Unos cien metros más y se suma Moreno. Otro para el tren de las 12. Deciden caminar una cuadra más por el barro de la calle y después subir a la vereda, un poco más transitable.
Algunas veces, en los días soleados, Norberto prefiere el camino de las vías del tren. Media cuadra hasta la esquina de su casa, dos cuadras hasta las vías y desde ahí hasta la estación saltando tablones de madera.
Mientras caminan, Moreno empieza a quejarse del estado de los trenes y el miedo de su joven mujer que lo espera en casa hasta tan tarde. Parece que Moreno también tiene miedo a veces, aunque hasta ahora nunca le haya pasado nada.
- Hace unos días pararon el colectivo en Capital. Nos hicieron bajar a todos y se llevaron a dos pibes y una chica. Los metieron en unos autos y nos ordenaron subir otra vez al colectivo. Seguimos viajando, como si nada.
Moreno espera alguna respuesta, quizás algo que no le haga sentir miedo, quizá compartir experiencias similares. Pero Freyre lo mira y no dice nada. O mejor sí dice algo, que nada tiene que ver ni con los militares ni con las injusticias.
- Va a dejar de llover.
Lo dice como una sentencia. Algo definitivo. Moreno es peronista. Toda su familia es peronista y ahora piensa que nunca más va a hablar con este profesor de inglés sobre esas cosas; debe estar del otro lado, debe ser uno de ellos. Se persigue. Piensa en el hijo de un vecino del barrio, escondido hace varios meses.
Norberto Freyre no era nada eso. En el barrio salía a hacer las compras con su compañera, Lilia, y un carrito para las bolsas, saltando en el tramo de ida, encajándose a la vuelta en la tierra por el peso de las bolsas. Los vecinos lo conocían y saludaban. Había propuesto que unos terrenos baldíos se utilizaran para construir una plaza y hasta se sumó a una protesta de vecinos frente a la Municipalidad de San Vicente para reclamar por la falta de luz.
Ahora ya están en la estación. El tren acaba de llegar, la locomotora es desenganchada y dirigida hasta el final de la vía para dar la vuelta, ser colocada en el extremo opuesto y volver a Capital. En la estación hay dos carteles: “trenes para afuera” y “trenes para adentro”. Adentro significa Capital Federal. Afuera cualquier pueblo del interior. Norberto apaga su cigarrillo en una de las escupideras llenas de un líquido marrón espeso y siente el olor del fluido Manchester, el desinfectante que cada mañana es arrojado en el piso de madera de la vieja estación.
Durante tres meses, Freyre viajó desde San Vicente a Capital casi todos los días. Cuando estaba en el pueblo se encargaba de la casa, preparar la tierra para la huerta que estaría en el fondo, pensar en las dos hileras de álamos plateados que planeaba para la entrada, llegar caminando hasta la laguna. La cercanía del agua siempre fue importante en su vida: de chico vivió cerca del río en una estancia de Río Negro y antes de llegar a San Vicente estuvo en varias casas del Delta bonaerense.
La casa en este pueblo fue comprada con dinero prestado por su primera mujer. Necesitaba algo barato pero que estuviese conectado con Capital y cerca del agua. El viejo Matute, dueño de una inmobiliaria del pueblo, se la vendió a un precio módico.
Por las noches, Freyre podía ver las estrellas reventarse contra sus ojos y señalar las constelaciones. La noche en San Vicente era más oscura que la del Tigre, quizá tan negra como las de su infancia en Choele-Choel, con la única luz de la lámpara a kerosén.
El verano era cálido. Habían llegado en enero y soportado las lluvias, el barro en los zapatos, los mosquitos por la noche. Tal vez pasar el invierno fuera más difícil, pero el barrio le gustaba. Los vecinos eran amables y no preguntaban demasiado. Freyre era uno más, decía buenos días y buenas tardes camino a su casa y según la hora. Hablaba de historia y de la posibilidad de la plaza. El Fortín era un barrio obrero en crecimiento. La mayoría de las familias eran jóvenes recién casados con hijos pequeños o en proyecto.
A veces se asombraba por las palmeras salteadas. Se podían ver cada par de cuadras, detrás del techo de alguna casa, pero nunca en las veredas. En su casa también había una.
En ese tiempo, San Vicente era un pueblo que ya había dejado de ostentar palmeras en su plaza principal y en las calles del centro. Quedaban algunas en los campos y en calles alejadas. Hoy pocos recuerdan las palmeras, la mayoría ni siquiera sabe que alguna vez fueron lo que hacía al pueblo distinto de tantos pueblos iguales del interior, como la quinta de Perón y su mausoleo; o como podría ser ahora la casa de Freyre.
Aldo Rodríguez vive a dos cuadras de esa casa, desde toda la vida. Y sí recuerda. Tiene 80 años y un traje guardado en una bolsa de tintorería.
- Lo veía pasar por acá, hablábamos poco, era un buen vecino. Usaba el mismo traje que yo. Lo habrá comprado en la misma tienda. Se llamaba Spencer y estaba en la esquina de Cabildo y Juramento.
El saco que guarda desde que supo que Freyre era Walsh es el saco de las fotos más conocidas, marrón opaco, de solapas duras. Aldo también recuerda las palmeras taladas en todo el pueblo, por orden de un intendente que quiso combatir de esa forma una invasión de ratas. Y a Evita galopando en una yegua por la calle de tierra que ahora es Triunvirato o Rodolfo Walsh.
Freyre sube al tren, se sienta del lado de la ventanilla, ve desfilar los árboles del campo y en veinte minutos ya empiezan las casas cada vez más seguidas; en una hora más estará en Capital, volverá ya entrada la noche y Lilia lo estará esperando, cenarán juntos, mirarán el cielo. Y después seguirá con la trascripción a máquina de la Carta Abierta a la Junta Militar. Faltarán pocos días para que sea asesinado y la casa de San Vicente quede destruida, sin la huerta y sin los álamos.

El policía
Está agazapado, oculto en la noche. Espera que empiece el roce de los cuerpos en el auto desdibujado por los árboles que bordean la laguna. En San Vicente no hay hoteles de alojamiento y la intimidad se busca a la orilla del agua.
Rubén Salas, policía del pueblo, comienza a sudar en su escondite, adivina la mano del hombre en la entrepierna de la mujer y más arriba y más adentro. Se acerca con la linterna apagada. Llega hasta la ventanilla del coche y la enciende.
Alguien alguna vez lo denunció por pedir coimas para obviar el débil delito de tener sexo en un espacio público. Pero a Rubén Salas le interesan otras cosas. Ya no es más policía, ahora conduce un remís en Alejandro Korn, la segunda localidad de San Vicente, y se preocupa por lo que pueden inventar “estos de los derechos humanos”.
Rubén es alto y morrudo. Vive en San Vicente, a unas veinte cuadras de la casa de Norberto Freyre o María Salas, su hermana, y recuerda en el patio de su casa sin rejas que “todo esto” fue culpa de su madre, ya bien muerta hace unos años.
- Viste cómo son las viejas cuando se les mete algo en la cabeza.
Las viejas cuando se obsesionan con una idea son, en este caso y según Rubén, mujeres que quieren ocupar una casa abandonada y acribillada por el ejército. Y él es el hijo policía que la acompaña y ayuda a levantar las paredes caídas.
Rubén fue policía durante 32 años. En el ’78 o unos años más, no recuerda bien, este policía decidió hacer caso a su madre y organizar la mudanza de parte de la familia a la casa de Norberto Freyre, en el mismo barrio y a pocas cuadras de la casa en que vivía con su mujer junto a su madre y hermanos. Así todos iban a estar más cómodos.
Cada fin de año y navidad la familia Salas pasó las fiestas en el gran parque de Triunvirato al 900, hoy Rodolfo Walsh, aunque no haya un solo cartel que lo recuerde.
A Rubén, como a María, tampoco le gusta hablar de esa casa. Dice que hace seis años que ni siquiera visita a su hermana, que no sabe cómo está la casa ahora, que no tiene nada que ver ni él ni su familia. Pero sigue preocupado.
-Tengo miedo. Viste cómo son los de Derechos Humanos, con esto de que soy policía retirado pueden hacer cualquier cosa, inventar.
Cuando Rubén tiene que explicar qué podrían inventar esos de los Derechos Humanos, arquea las cejas duras y mira el cielo gris invierno de la tarde en San Vicente. Detrás de su ancha espalda está su casa de ladrillos sin revoque ni barniz.
Otra vez el cielo. Y después de frente.
- No quiero declarar, no tengo nada que ver con esa casa.
Pero tiene. Su madre vivió ahí hasta el día de su muerte. Ahora vive su hermana. Sus brazos levantaron paredes y cortaron malezas.
Rubén camina hacia su casa. Se da vuelta.
- No confío en este gobierno. Hubo dos bandos y ahora están buscando venganza.

La hija
Patricia Walsh no recuerda cuándo fue la última vez que estuvo en San Vicente. Más de veinte años, seguro. Volvió hace unos meses, sorprendida porque el tren dejó de llegar, aunque todo lo demás siga casi igual y no le haya costado mucho reconocer la última casa de su padre. Desde el asfalto, Sarmiento y Triunvirato o Walsh, hasta la segunda casa con palmera en el patio. Calles de tierra seca y sol caliente en la siesta de domingo de primavera.
Mientras el auto se acerca, Patricia recuerda la primera vez que llegó a esa casa. Era el 26 de marzo de 1977. Walsh iba a conocer a su primer nieto varón, Mariano, el segundo hijo de Patricia. Para ese entonces, ya había muerto la hija mayor, Victoria, también montonera, en un enfrentamiento con el ejército.
Esa vez Patricia iba en la parte trasera del Ami 8 verde loro, con su hija de tres años y el bebé. Adelante, su marido y Lilia Ferreyra. Walsh debía esperarlos con el fuego encendido para el asado. Unas cuadras antes no se veía el humo y, aunque no lo supo en ese momento, ahora Patricia sabe que fue la primera señal de que algo no estaba bien.
- Tengo el recuerdo de la casa como una foto borrada. Papeles en el patio, todo desordenado, como algo que no encajaba.
Del Ami 8 se bajó Lilia y regresó corriendo y gritando “la casa está toda tiroteada”.
Patricia pensó que iba a morirse, que iban a matarlos a todos y puso a sus dos hijos sobre el piso del auto, que empezó su carrera hacia delante, a campo traviesa, hasta que sin saber cómo encontraron una calle de tierra que desembocaba en una ruta. Recién ahora, treinta años después, Patricia Walsh se entera que se trataba de la ruta 6, que pasa por detrás de San Vicente.
Volvió unas semanas después, con un mapa dibujado en una hoja de papel. Los vecinos le contaron la historia de la caída de la casa, como volvieron a contarla ahora y como deberán hacerlo en el juicio el año que viene, en el marco de la reapertura de la megacausa ESMA.
Unos diez minutos antes de que ellos llegaran, se había ido el ejército. El operativo comenzó a la madrugada con la detención de Matute, el dueño de la inmobiliaria de San Vicente que vendió la casa a Rodolfo Walsh.
La casa nunca hubiese sido hallada si Matute no hubiese distinguido a Freyre en medio del gentío en Constitución, en la tarde del 25 de marzo del ’77, y si no le hubiese entregado el boleto de compraventa.
Hacía unos días que tenía el boleto y esperaba cruzarse a Freyre para dárselo. Ese día, Freyre lo guardó en su maletín. Al fin era suyo ese lugar tranquilo “en donde nada es demasiado difícil, donde no se gasta demasiado tiempo en labores domésticas, viajes innecesarios, en comunicarse con los demás. Un lugar más bien agradable para vivir, porque tenés que estar ahí muchas horas al día. Todas tus cosas están ahí, tus libros, tus archivos, tus papeles”.
La historia que sigue ya fue contada muchas veces: Walsh cae en una emboscada, una cita cantada, se defiende con su revólver Tala .22 y es asesinado. El grupo de tareas de la ESMA encuentra el boleto de compraventa guardado en el maletín y esa madrugada acribilla la casa de San Vicente. Walsh estaba muerto, Lilia no estaba. Destruyen todo y roban su obra inédita.
Pero antes se confunden de casa. Sale una mujer en camisón con una nena en brazos llorando. La casa de Freyre es la que sigue, no esa. Los vecinos que se asoman son obligados a volver a sus casas. Las familias del barrio no duermen esa noche. Los nenes lloran. Las madres se esconden con ellos debajo de sus camas.
Algunos, muchos años después, aseguran que había camionetas del Ejército en diez cuadras a la redonda. Otros dicen haber visto tanques de guerra, escuchado la explosión de granadas. Nada parece exagerado en un barrio donde aún hoy el mayor ruido es producido por el viento en las hojas de los álamos, un ruido como de lluvia fina. Freyre había pensado plantar una doble hilera de álamos en el frente de la casa para escuchar ese ruido por las noches.
Durante más de seis horas la casa de Freyre es acribillada. Cerca del mediodía se van los militares y Roberto Moreno, vecino del barrio, entra en la casa. Lo primero que ve es una pared caída y en el baño las marcas del lavatorio arrancado y desaparecido. Cenizas en el patio del fondo, nada distinguible, salvo el cartón de una caja de cigarrillos 43/70. Ya no queda nada.
-Mamá, golpean.
Patricia es atendida por el chico de unos 16 años, morocho, flaco.
María Salas camina hasta al portón. Asegura que no es María, que María era su madre. Dice que está dispuesta a acordar un resarcimiento económico por la casa, que no se quiere ir, que la tranquilidad, que no la molesten más.
Entonces Patricia explica. El jueves de esa semana vencía el plazo para la presentación de pruebas en la causa Walsh, reabierta junto a la megacausa de la ESMA. El juicio va a comenzar el año que viene y, por primera vez, la Justicia va a reconstruir la historia de la casa destruida en San Vicente, donde se perdieron los escritos inéditos de Rodolfo Walsh y todas sus pertenencias.
María Salas es uno de los testigos que los abogados de Patricia Walsh quieren tener en el juicio, junto a Rubén Salas y varios vecinos del barrio El Fortín de San Vicente, que en la madrugada del 26 de marzo escucharon o vieron cómo fue destruido el último refugio del escritor.
Por eso Patricia volvió a San Vicente. Para advertir a María que va a ser citada como testigo, a pesar de que ella no quiera.
Aunque María asegura que no sabe quién fue Walsh, esta vez acepta haber escuchado algo sobre él.
-Una vez alguien me regaló un libro “Operación Masacre”, lo leí, pero no recuerdo de qué hablaba.
Patricia le deja su tarjeta y le dice que vuelva al prólogo de ese libro, donde Walsh por primera vez es Freyre.

La deuda
La deuda de Norberto Freyre sigue creciendo cada mes. Aumenta el monto: 28 pesos por tasas municipales, unos 31 pesos por Rentas de la provincia de Buenos Aires. Con la prescripción de parte de la deuda según pasan los años, del ’77 hasta hoy, Norberto Freyre debe a la Agencia de Recaudación de la Provincia de Buenos Aires un total aproximado de 1117 pesos. Y a la Dirección de Rentas municipal: 3213 pesos. Unos cinco mil pesos fáciles de saldar con un plan de pagos.
No sólo crece el monto de la deuda mes a mes, también crecen los expedientes, se engrosa el número de deudores perseguidos por Santiago Montoya. Freyre es uno más en los registros digitales, un deudor perseguido hasta el mismísimo recóndito lugar en donde puedan encontrarse aquellos que por deudas desaparecen del mapa.
Pero Freyre es Walsh, un desaparecido que nunca podrá pagar nada.
Tampoco lo podrá hacer la familia Salas. En marzo de este año, y por pedido de la Dirección de Cultura, la Municipalidad de San Vicente bloqueó las partidas de los cuatros terrenos. La misma inhibición se pidió a ARBA de la Provincia de Buenos Aires, aunque hasta ahora no fueron bloqueadas. El bloqueo de las partidas tiene un fin que, en parte, se concretó hace unos días: la declaración de la casa como Patrimonio Cultural del distrito de San Vicente.
Se trata de cuatro partidas: las 004411, 059749, 059750 y 059751. Todas con una valuación fiscal de 7.091 pesos, salvo en la que está construida la casa que asciende un poco más: 7.745 pesos.
Tres de esos terrenos están a nombre de Norberto Freyre en el Registro de la Propiedad de la Provincia de Buenos Aires. Sólo en uno no llegó a realizarse el cambio de nombre, por cuestiones de muerte y dictadura. En ese caso figura a nombre de “Berretta y otros”, seguramente el dueño que precedió a Freyre.

La casa Museo
La casa Freyre será alguna vez espacio de memoria, museo de recuerdos de barrio con biblioteca y el traje igual al de Walsh que guarda un vecino, las historias que cuentan otros, la huerta, quizá la hilera de álamos en la entrada, como quería Freyre.
Esealguna vez comenzó el pasado 17 de diciembre, cuando el Concejo Deliberante de San Vicente aprobó el proyecto de la Dirección de Cultura para declarar la casa de Norberto Freyre “Patrimonio Cultural, Histórico y Arquitectónico” del distrito de San Vicente”.
El Instituto Cultural bonaerense está al tanto del proyecto; también Patricia Walsh, que decidió no incluir a esa casa en el juicio de sucesión por los bienes de su padre.
Ya lograda en el distrito, la declaración histórica tendrá que realizarse a nivel provincial. Y todo este papelerío deberá encontrar una solución a la familia Salas, ocupante de la casa desde el ’78 o ’79. En todo ese tiempo nunca se pagaron los impuestos, salvo unas pocas partidas el año pasado, cuando María comenzó a preocuparse.
El Municipio quiere encontrar una salida elegante. Quizá entregar otra casa a los Salas con un subsidio provincial. Patricia Walsh cree que es posible que se queden en uno de los tres terrenos donde no hay ninguna construcción, con una casa nueva. Todos coinciden en que Freyre / Walsh no hubiera pedido un desalojo.

Escritos de Walsh robados en la casa de San Vicente
-“Ese hombre”, relato reconstruido a partir de seis versiones, ninguna completa, rescatadas del saqueo en la casa de San Vicente. Publicado en “Ese hombre y otros papeles personales”, Ediciones De La Flor, 2006.
-“Juan se iba por el río”, cuento robado en la casa de San Vicente. Walsh leyó ese cuento, que antes iba a ser novela, a Lilia Ferreyra y Martín Grass asegura haberlo leído en la ESMA, entre otros textos robados del escritor. El cuento nunca se recuperó.
-“Carta a Vicky”, texto robado en la casa de San Vicente, luego reconocido y rescatado por un sobreviviente de la ESMA.
-Papeles personales, cuentos en que trabajaba, archivos. Robados en la casa de San Vicente. Reconstruidos, a partir de lo rescatado de la ESMA, en “Ese hombre y otros papeles personales”.
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lunes 19 de octubre de 2009

El rojo amanecer de Willy Oddo (o el rasguño letal de la doncella travesti)- Pedro Lemebel


Sobre todo a esa hora de tanto tráfico, el cortejo fúnebre recorrió las calles del centro venteando el púrpura de las banderas. Como un paréntesis de historia, pasó entre los comerciantes ambulantes, las bocinas de las micros y los gritos estrangulados de las Juventudes Comunistas que no dejaron de corear La Internacional a todo tarro. Sin ton ni son, sin precisar dónde poner la emoción, en qué frase, en qué verso combativo de aquella gloriosa marcha. Más bien desconcertados, sin saber dónde acentuar la rabia, dónde apuntar al asesino del Willy, muerto a manos de la noche cafiola y travesti. .

El funeral no tenía la espectacularidad de otros cortejos de izquierda en la pasada dictadura. Apenas media cuadra de caras famosas y destempladas por el asombro. Algún político, algún figurín de teleserie y la murga bulliciosa de máscaras, zancos y saltimbanquis de teatro callejero, conocidos de Willy Oddo, uno de los integrantes de QUILAPAYÚN, el grupo musical pionero del neofolclor revolucionario, recién retornado al Chile democrático, recién instalado en Santiago, cuando aún al Willy le costaba relacionar esta puta ciudad moderna con el pueblucho que dejó al partir como refugiado político, cuando tenía tantos planes y proyectos como agente cultural de la Municipalidad. Y se lo pasaba recorriendo las calles en su autito, conversando con la gente, recogiendo antecedentes de todo lo ocurrido en el país de su ausencia, Porque la verdad, éste era un Chile desconocido para el Willy tantos años lejos, cantando las mismas canciones, la misma «Plegaria del labrador» para gringos solidarios. La misma cantata del «Pueblo unido jamás será vencido», que tanto emocionaba a los italianos chupando pastas con tuco. El mismo «Potito embarrado» del niño Luchín para la elegancia francesa. Las mismas huijas dolorosas de la Violeta Parra, reestrenadas mil veces para la piedad europea. El mismo avión, los mismos estadios y peñas de exiliados entonando la cueca del regreso, comiendo la empanada sintética y la humita de choclo congelado. Era mucho revolotear por el mundo, como la paloma roja expulsada del arca que nunca encontraba su islita. Y luego, después del diluvio, recién regresado, después de tanto cantar la protesta del martirio chileno, venir a encontrarse con esta muerte de tango de página amarilla, de riña callejera. Esta muerte sin ideología, de otra partitura musical, bolereada por el alcohol y la euforia del trasnoche. Porque el Willy nunca imaginó que ese sábado la ciudad llevaba un aguijón en el escote.

El Willy ya nunca sería tan feliz como en esa última fiesta. Nunca más se vería tan buen mozo, con ese atractivo madurón de los soñadores que musicaron la gesta. Con tanto amigo, tanto reencuentro, tanta gente cultural y artistas raros que tornaban y tomaban brindando por el Santiago postnoventa. Por eso cuando se acabó el alcohol, y todos se fueron a un lugar underground a seguir la fiesta, el Willy aún necesitaba estrechar su abrazo de retorno con la calle patipelá y lujuriosa. Aún le faltaba conversar cara a cara con la urbe pringada por el deseo ambulante.

Sobre todo al hundir el acelerador y llegar a la ganada Plaza Italia, la diva de los mítines, la estrella del NO, el epicentro de todas las marchas, donde flameó la primera bandera del plebiscito. Donde el bar Prosit repleto, aún humeaba del maraqueo sodomita y las cervezas. Y allí justamente bajo el neón azuloso, la pendejuela patín ofreciendo sus diecisiete veranos de encanto travesti. Tan joven, que de lejos pasaba por mujer. Tan lampiña, que hasta de hombre, en la penumbra, pasaba por mina la diabla, tan niñita y ya laburando esos trotes.

Y quizás si el Wílly no la hubiera visto, si no hubiera chispeado el taco coliza en esa acera, llamándolo, frenando el auto para echarla arriba. Como quien se rapta un maniquí o una esquina de la ciudad para alargar la farra del «Nunca amanezca». Y si sólo hubiera sido eso, una canción de Serrat, una metáfora que pasa de largo, un deseo perlado en un rostro que esfuma el tráfico. Si no hubiera estado el semáforo en rojo, más encima en rojo. Tal vez, si la mocosa hubiera sabido quién era el Willy, si hubiera escuchado por casualidad al QUILAPAYÚN en el retumbar de su cultura disco. Si por lo menos no hubieran hablado de tarifas enfriando la comedia sentimental. Si no se hubiera atravesado el precio de la carne, musicalizado por «Todos los pobres del mundo». Esa tensión del tanto por cuánto, el forcejeo, el tira y afloja, el me pagaí o me bajo. Porque la pendeja no tenía sueños románticos que alteraran su tranza prostibular. Había una familia que mantener y por eso estaba trabajando. No tenía tiempo para conversar del ayer, y menos para escuchar canciones de protesta. Se lo dijo.

Y él pareció no escucharla,

Y ella amurrada, tragó saliva

Y él miraba afuera como si lloviera,

Y ella insistió con lo de la plata,

Y él se rió, pensando que no era por eso,

Y ella quiso bajarse del auto,

Y él la sujetó del hombro,

Y ella apretó algo en su cartera,

Y él sólo quería abrazarla,

Y ella no entendió el gesto,

Y él estiró el brazo,

Y ella hundió el puñal en la axila del Willy.

Porque nunca quise matarlo, dijo en la tele temblorosa la pendeja. Solamente darle un pinchazo para que se asustara. Y por eso salió huyendo, sin saber que la insignificante cortaplumas había roto esa arteria del sobaco que desangra el cuerpo en cinco minutos. «La vida no era eterna», como decía la canción de Víctor Jara. Y la mala sangre con la mala leche son hermanas de la misma suerte. Ella con sus cortos años ya lo sabía. Por eso enfrentó la prensa a cara lavada. Más bien, prisionera de su fatal adolescencia, cautiva de la noche pelleja y, su ingrato porvenir. Cantó su vida como si doblara una canción. Lo dijo todo, no omitió ningún detalle, cargando analfabeta la responsabilidad de asesinar un mito. Posó mansa, sumisa y nerviosa para el golpe eléctrico de los flashes. Cruzó, casi transparente, por el odio de la izquierda como si desfilara bajo un aluvión rosado de copihues. Dijo a todo que no, como diciendo sí. Pero fue enfática al aclarar que no era un crimen político.

Y por esa función televisiva le dieron varios años de condena. Largas vacaciones en la penitenciaría, en el siniestro patio que congrega a las locas convictas. Allí no tuvo problemas, al reencontrarse con viejas amigas del patín mohosas tras los barrotes. Tampoco le fue difícil ganarse un novio con su juventud, en esa jungla de machos templados por el encierro. As¡ mismo, con tanta facilidad como quien pisa un chicle, se pegó la sombra, que en el sidario penitencial crece como musgo venenoso por las paredes. Las desgracias nunca vienen solas, la colegiala travesti lo sabía desde chiquitita. Por eso no le pareció tan terrible esa catacumba terminal Ni siquiera los alaridos a media noche, ni esos brochazos de sangre que decoraban las celdas continuamente.

Quizás la pendeja, después de escuchar al QUILAPAYÚN en los cassettes que le prestaron los presos políticos. Luego de oír por horas «En esa carta me dicen que cayó preso mi hermano... ». Tal vez, se encontró con un Willy que hubiera deseado conocer en otro momento. A lo mejor, por eso asumió el sida como una doble condena privada y sentimental, pensando que la vida era sabia, pero a veces tan injusta, por donde pecas pagas al degollar un gorrión con la caricia de un filo.
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sábado 17 de octubre de 2009

Tartagal, la tragedia- Dante Leguizamón


Esta crónica obtuvo el cuarto premio del concurso internacional “América Latina y los Objetivos de Desarrollo del Milenio”, convocado por el Programa Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y la agencia IPS.
Dante Leguizamón es ex alumno del taller de crónica.

Los rayos de sol caen como puñaladas dejando grietas en el suelo. Carmen, acostumbrada a los 45 grados a la sombra de la siesta tartagalense, alza a su bebé y me mira con ironía:
“¿Querés saber cómo está Tartagal a un mes del alud? Mirá nomás. Igual que el día después, nada más que con la tierra un poco más seca y con ratas del tamaño de mi brazodeambulando por todos lados”, escupe antes de invitarme a ingresar en su casa. La escucho y no puedo evitar mirar ese brazo en el que sostiene al sexto de sus hijitos, un gordito de piel oscura y ojos redondos que acaba de despertar llorando de la siesta.
“Mis hijos duermen en el suelo y las ratas deambulan por todos lados –continúa Carmen, que tiene 29 años y está embarazada de dos meses– imaginate cómo puedo dormir yo”, afirma y me pregunto si conviene o no decirle que ayer mismo en el hospital de la ciudad murió un hombre enfermo de hanta virus, cuyo germen se multiplica justamente a través de la orina de las ratas.
La charla se extiende hasta el patio trasero de su casa en barrio Santa María, el más afectado por el alud del 9 de febrero pasado. Aquella mañana, Carmen tuvo la suerte de que su marido no fue a trabajar temprano y estuvo presente cuando la ola de barro lo inundó todo.
Entre los dos rescataron a los más chicos y los subieron al techo. El más grande, de 9 años, fue corriendo a la casilla de al lado donde duerme su abuela, pero nunca llegó porque un tronco lo golpeó y lo fue arrastrando por varios metros rumbo a la muerte. Por milagro
Carmen alcanzó a agarrarlo de los pelos y tironeó hasta salvarlo. “El día anterior habíamos estado peleando con él porque no se quería cortar el pelo, gracias a eso lo pude manotear, si no me lo llevaba…”, dice la mujer.
Esquivando las nubes de mosquitos que se multiplican en todos los rincones, ella asegura que el alud le llevó todo. Es cierto, a Carmen y a muchas personas el alud les llevó todo, pero antes de eso mucha más gente de esta ciudad no tenía nada.

Ese lugar.
Es imposible hablar del alud sin hablar de Tartagal. Es imposible hablar de Tartagal sin hablar de la pobreza. Las principales víctimas del alud fueron pobres. La catástrofe hizo que el país volviese la mirada hacia esta ciudad donde gran parte de la población vive con sólo 150 pesos por mes, y donde los 11 concejales que integran el órgano legislativo aprobaron para sí mismos –hace algo más de un mes– sueldos de 6.700 pesos. El polvo lo cubre todo en esta tierra olvidada, pero no esconde la desigualdad.

La Catástrofe.
El alud no anunció su llegada. Todos dormían cuando de repente una gran ola de barro arrasó con sus casas. El río que durante la mayor parte del año es sólo un hilo de agua, ese día bajó con un frente de varias cuadras arrastrando primero tierra, madera y árboles, y después casas con todo lo que tenían en su interior: camas, cocinas, heladeras, modulares, etc.
Además de Santa María, la ola marrón atacó fuerte a otros sectores humildes como Villa Saavedra, y con menor intensidad a barrio Supe, el asentamiento Toba, Barrio 365 Viviendas y Nueva Esperanza, conglomerados ubicados al sur del río Tartagal, que en días normales cruza pacíficamente la ciudad de 60 mil habitantes partiéndola en dos.
Primero se habló de dos personas muertas y diez desaparecidas. Cuando se temía que las segundas engrosarían la lista de muertos, comenzaron a aparecer sanos y salvos. El fenómeno se produjo a las 9.05. Todo el mundo dice que algo extraño ocurrió porque la cuenca del río es relativamente estrecha (unos 30 kilómetros) y en la ciudad no llovió en cantidades como para justificar un desborde de las aguas como el que se desató. Algunos hablan de lluvias al sur de Bolivia y otros de una obra de la empresa provincial de agua que
habría producido un endicamiento (obstrucción del paso de las aguas) que fue acumulando líquido y desperdicios e hizo que el río se desbordara.

Milagros.
En cada casa hay un héroe. Alguien que salvó a alguien. En cada casa ocurrió un milagro. Cuando Catástrofes llegó a la casa de Margarita Medrano, ésta se negó a hablar.
Tuvieron que intervenir sus familiares para convencerla. Junto a sus hijos y Claudia, su hermana, estaban sentados sobre las vías del tren, a 30 metros de la vivienda, como si en realidad estuviesen en el living de su hogar. La casa de Margarita es de material, la de su hermana era de madera. Ambas viviendas estaban una al lado de la otra, ubicadas a unos 400 metros del río, pero el día del alud el río les pasó por encima. La casa de Margarita quedó destruida; la de Claudia desapareció, se fue con la ola de barro.
Aquella mañana el agua ingresó a la casa de Margarita y el barro hizo que las puertas se trabaran. El líquido comenzó a acumularse en el interior. “El agua subía, teníamos un remolino dentro de la casa y nos trepamos a la ventana para no ahogarnos. No teníamos por dónde salir, los chicos gritaban de miedo. Mi marido comenzó a patear el techo de chapa y cuando lo rompió yo le fui pasando los chicos para escaparnos por ahí”, cuenta Margarita, y el techo ya no está, los muebles que dice que flotaban en la casa quedaron destruidos o se fueron con el barro y los únicos que todavía están son sus chicos que, como intentando confirmar que lo que dice su mamá es la verdad, se suben a la ventana y muestran lo que hicieron esa noche para salvarse.
Todo es difícil de creer porque el panorama es desolador y parece mentira que Claudia, la hermana de Margarita, señale por la ventana hacia donde estaba su casilla de madera y en ese lugar sólo se pueda ver el vacío.

La ciudad sin nacimiento.
Los problemas en Tartagal no comenzaron en la mañana del 9 de febrero pasado. En realidad lo hicieron diez días antes del alud, cuando las cloacas de toda la ciudad colapsaron. Para ser justos, podríamos decir que los problemas se remontan a hace unos meses, cuando el dengue comenzó a multiplicarse nuevamente. O al año 2006, la última vez que el río desbordó. O a comienzos de la década de 2000, cuando cansados del olvido los piqueteros quemaron el Banco Provincia, la Municipalidad y la Comisaría. O al momento en que el dengue apareció por segunda vez en la ciudad en 1998; o a 1962, cuando se produjo el primer caso. O quizá a cuando privatizaron YPF, que hasta 1991 les daba trabajo a miles; o a varios años antes, cuando se fue La Forestal.
Nadie sabe cuándo comenzó exactamente la catástrofe de Tartagal, pero nadie duda de que estamos en territorio de catástrofes. No sólo por el alud, sino por la sucesión de tragedias sociales, políticas y económicas que sufre la ciudad. La paradoja más grande es que parece que las cosas fueron confusas desde siempre. El lugar es uno de los pocos (si no el único) en el territorio nacional que nunca fue fundado. No tiene fecha de nacimiento y por eso se la conoce como “la ciudad infundada”. Como un niño al que su padre no registró, Tartagal pasó varios años sin identidad, y a su identidad se la dieron las empresas que explotaron sus recursos naturales.

Historia.
Lo primero en llegar fue el ferrocarril, que hizo pie porque allí estaba uno de los asentamientos de La Forestal, la compañía que dominó durante decenas de años la explotación obrajera del nordeste argentino. Cuando ésta se fue, el lugar se convirtió en un pueblo fantasma que recién volvió a la vida con la llegada de la Standard Oil, y después con YPF, que realizó un intenso trabajo en la zona. Eso se acabó con la privatización menemista.
El departamento San Martín, donde están Tartagal y General Mosconi, es el más rico de Salta, y aunque resulta clave para cualquier político que pretenda gobernar la provincia, la calificación de “Salta la linda” parece estar destinada sólo para la capital, mientras que la pobreza se concentra en las localidades antes citadas. En 2000, la desocupación de General Mosconi era del 60 por ciento.
Un ejemplo basta: fuentes de la intendencia local le dijeron a Catástrofes que el departamento produce 23 millones de metros cúbicos de gas por día, pero que ese gas termina en viaductos que alimentan los ingenios más importantes de las provincias vecinas.
Los tartagalenses –que se ríen cuando les prometen gas natural– utilizan gas envasado que llega a la ciudad en camiones provenientes de Tucumán. En la ciudad, ubicada a 365 kilómetros de Salta Capital y a sólo 55 de Bolivia, viven alrededor de 60 mil personas.

Refugiados.
Tras el paso del río unas 600 personas debieron ser evacuadas y fueron alojadas en tres escuelas. “La Uriburu, de la calle Warnes, la Escuela Frontera, de la Güemes, y la Divina Misericordia”. Un mes después del alud, Catástrofes visitó la Escuela Frontera, donde todavía quedaban 45 de las 302 personas que llegaron allí el 9 de febrero. La coordinadora de las tareas de contención es una empleada municipal llamada Cintia Ramos (28) que a esa altura soportaba presiones de todos lados sin saber qué hacer con los refugiados. Las autoridades de la escuela le reclamaban que liberara el lugar, la gente se negaba a irse y desde el municipio le exigían celeridad.
En pocos minutos, Catástrofes tuvo una interesante mirada de lo que pasó durante el mes de refugio. Cintia debió mudarse a la escuela porque las demandas de los refugiados eran constantes. Al mismo tiempo tuvo que instalarse en un aula (eligió la biblioteca del jardín) y llevar allí todas las mercaderías y colchones para evitar los robos. Al respecto, la directora de la escuela, Marta López de Chalap, que confesó estar cansada de la falta de definiciones, aseguró que lo más difícil fue mantener la convivencia con unos cincuenta aborígenes Tobas que se autoevacuaron el día del alud. Según la Directora “esa gente no quería usar los baños y hacía sus necesidades en la tierra, robaba cosas y llegó a pegarle a la vice directora. Además
–remató– a ellos el alud no les hizo nada”.
En ese edificio donde en lugar de “Primero C” o “Jardín” se leen los apellidos de las familias que ocupan cada aula, Cintia dio una versión diferente. Los Tobas reaccionaron porque los trataban de “indios sucios y por eso se vengaron”. Los Tobas son una de varias tribus aborígenes que habitan Tartagal. La mayoría de esos grupos vive en esa “pobreza estructural” de la que tanto se habla en la ciudad norteña, sin baño, sin ningún tipo de confort y en la mayoría de los casos gracias a alguno de los tantos subsidios de 150 pesos que se entregan en Tartagal.
Catástrofes visitó el asentamiento Toba más importante (antes de salir, Cintia, la empleada municipal, roció a todos los que íbamos con un repelente que hacía arder la piel) donde en los días anteriores voluntarios habían ayudado a los aborígenes a pintar de blanco las
maderas que hacen de cerco de sus ranchos. Allí, una de las mujeres Tobas más representativas, Rosa Yaqué, habló con nosotros mientras sus familiares revolvían felices las donaciones de ropa que les habían llevado de regalo desde el municipio. La mujer se limitó a pedir calzado, camas y mercadería. Está claro que para ella la catástrofe es una oportunidad y no piensa dejarla pasar.
“Me han dado colchones nuevos pero mire, no tengo camas para ponerlos. Nosotros vivimos de changas, así que si me puede conseguir algo se lo agradezco, sabe”, comentó Rosa mientras sus hijos pedían que les sacaran una foto.
En Tartagal existen asentamientos de siete tribus diferentes. Además de los Tobas, hay Wichis, Chiriguanos, Chanes, Tapietés, Chorotes y Chulipíes. El racismo es una moneda corriente. Cuando Catástrofes llegó al asentamiento Toba acompañando a los empleados municipales que llevaban la ayuda a los ex refugiados, uno de los empleados se quejó de que lo hicieran ingresar al sector que identificó como “territorio indio”. Los pueblos aborígenes
representan la cuarta parte de la población del Departamento San Martín que, a su vez, define las elecciones provinciales.

Piqueteros carajo.
La ciudad es un baluarte del movimiento piquetero, pero en la actualidad los líderes de esas agrupaciones son muy poco populares y, lejos de ser considerados excluidos del sistema, se los acusa de vivir de él, extorsionando a los mismos políticos que critican.
Al respecto, el intendente kirchnerista, Sergio Leavy, aseguró que en su ciudad existe una “industria del piquete”, y blanqueó lo que todos repiten. Comerciantes y transportistas pagan coimas a los piqueteros para que éstos los dejen pasar cuando hay un corte de ruta.
Lo cierto es que el corte de ruta es la opción más simple para conseguir algo en esta zona del país. Un día después del alud, la policía salteña cortó la Ruta Nacional 34 en reclamo de un aumento de sueldos. El contenido de al menos cuatro camiones con ayuda para refugiados proveniente de distintas ciudades argentinas no pudo llegar a destino después de intentar cruzar diferentes cortes de ruta.
Durante los pocos días que estuvimos en Tartagal, los empleados municipales cortaron la salida de los camiones de la comuna por mejores sueldos; tres movimientos piqueteros cortaron la ruta de acceso (en diferentes horarios y lugares) en reclamo de más planes sociales; un cuarto grupo piquetero amenazó al intendente con cortar la calle céntrica porque pretendían que se les pagase 80 centavos por cada metro cuadrado de desmonte al costado de la ruta; los vecinos de Villa Saavedra cortaron la ruta enojados por la lentitud de
los trabajos de reconstrucción del barrio y otro grupo lo hizo para pedir que se declare la emergencia sanitaria por la existencia de nuevos casos de dengue hemorrágico.
No se trata de juzgar las razones. Lo que está claro es que Tartagal es un lugar en el que el diálogo es un asunto complicado. Todo el tiempo alguien decide hacerse escuchar afectando la vida de los otros. El que no está de acuerdo con la protesta se convierte rápidamente en enemigo. Al respecto, Dante Ríos, el cura párroco de la iglesia La Purísima, la más importante de la ciudad, explicó: “Yo estuve en Buenos Aires trabajando en Fuerte Apache
y la Villa 31. En ninguno de esos lugares sentí tanta presión como acá. En esta ciudad todos los días te obligan a tomar una posición a favor o en contra de alguien, y lo peor es que todos tienen un poco de razón”.

¡Guarda con el Dengue!
Un baño para quitarse un poco de ese calor sofocante que se siente por dentro. Después un poco de repelente en crema para distribuirlo meticulosamente por todo el cuerpo. Elegir la ropa y vestirse tratando de estar frescos y, al mismo tiempo, no
ser carne para los mosquitos. Luego tomar el otro repelente, en aerosol, y rociar generosamente sobre la ropa. Después salir a la calle con un tremendo olor a insecticida y con la mejor cara de “nooo, no me puse nada contra los mosquitos”, por miedo a ofender.
Todo eso para que, apenas 10 minutos después de salir, uno empiece a sentir la espalda sudorosa y pastosa de tanto producto artificial para prevenir el dengue.
El dengue en Tartagal no es una amenaza. Es una realidad. Todos los días 150 personas ingresan al Hospital Juan Domingo Perón con fiebre, dolores musculares y signos de abatimiento. Síntomas compatibles con dengue. La ciudad convive con eso casi sin problemas. Lo que fue novedoso tras el alud fue la aparición del dengue hemorrágico. Una variación del dengue común que se produce cuando un enfermo sufre en su cuerpo dos variedades del germen original. Ocurre que el dengue no inmuniza, por lo que uno puede tener una variedad de dengue y posteriormente enfermarse de la otra.
El dengue clásico se transmite por la picadura del mosquito Aedes Aegypty, que se propaga en la temporada de lluvia. No es grave si se lo trata a tiempo, pero en el caso de la segunda picadura puede derivar en dengue hemorrágico, que sí puede ser mortal. Fiebre alta, dolores de espalda y de cabeza, y posteriores erupciones en la piel son los principales síntomas.
En Bolivia (a 50 km de Tartagal) ya hay epidemia de dengue hemorrágico. Las autoridades de aquel país informaron la semana pasada que el bicho ha “mutado” y ahora el virus se reproduce en agua sucia, cosa que, al parecer, antes no ocurría.

¿La tragedia que viene?
Tras el alud tres personas murieron y dos de ellas tenían dengue hemorrágico. La tercera persona murió de un cuadro cuya sintomatología es compatible con el hanta virus. Las autoridades sanitarias de Tartagal ocultaron los tres casos en un intento de tapar el sol con las manos. Los medios de comunicación, las autoridades de la sede local de la Universidad de Salta y representantes de 20 organizaciones entre las que estaban Cáritas, Trabajadores del Estado y demás, decidieron exigir que la provincia declare la emergencia sanitaria. Recién el viernes (después de un corte de ruta) el gobernador tomó esa medida.
Fuentes de Defensa Civil le confirmaron a Catástrofes que el miedo es que, además del dengue, crezca el hanta y también surjan casos de paludismo, leptospirosis, hepatitis, hepatitis B y meningitis.

Vivir en la escuela.
“Nací, crecí y me estoy haciendo vieja en este lugar”, dice Elena Mari Singh mientras con su mano derecha acuna el cochecito donde duerme su nieto más chico, que estuvo a punto de morir en el mismo lugar donde ella creció. Estamos en el patio interno del colegio La Frontera, donde desde hace un mes ella permanece refugiada. “Mi casa está en la calle Rivadavia 49 (entre el río y la avenida 9 de Julio) pero no pienso volver.
Tengo pánico. Ahora basta que empiece a llover para que me den náuseas, y lo mismo nos pasa a muchas señoras acá. La crecida del 2006 me llevó la casa de madera, y esta vez el agua hizo un boquete en la pared del fondo”, relata antes de que las lágrimas comiencen a interrumpir su crónica.
Ahora está instalada en un aula con toda su familia, integrada por cuatro adultos y cuatro pequeños. “Ese día escuché un ruido y abrí la ventana para encontrarme con una ola de barro que se me venía encima. Lo llamé a mi hijo y él desde la cama me dijo ‘usted siempre exagerando’. Entonces le grité que se levantara y cuando se asomó comenzamos a escaparnos. En apenas dos minutos todo estaba inundado así que salimos corriendo. Una vez afuera nos dimos cuenta de que nos habíamos olvidado el bebé de cuatro meses arriba de la cama”, relata Elena, y se ríe pícara. Entonces el cronista mira el cochecito asustado y la señora explica: “Mi hijo entró de nuevo y lo encontró arriba del colchón, flotando”.
“El lodo entró a la casa y destruyó todo –dice Elena antes de despedirnos–, mi casa, como las pocas casas que quedaron en pie, está muy agrietada”. Al despedirla veo que se acerca al centro del patio de la escuela y le saca un pequeño aparato a uno de sus nietos. Es el control del TV pantalla plana 25 pulgadas que se ganó en un sorteo que se realizó entre los evacuados. Elena no tendrá casa, ¡pero qué tele!…

Partir, volver y quedarse.
En su intento por liberar las escuelas, el municipio de Tartagal implementó un subsidio para aquellas familias más afectadas por el alud. Consiste en la entrega de 500 pesos para alquilar una casa por tres meses, hasta que se cumpla la promesa
de una nueva vivienda alejada de la zona del desastre. A la dificultad para conseguir casas (Ver: “El curro…”) se suma el hecho de que algunos cobraron esos 500 pesos y volvieron a sus anteriores hogares. Ramona Sonia Erazú habla mientras el loro que logró salvar junto a sus nietos se come un trozo del pan que acaban de entregarle en la cocina. Es vecina de Santa María y una de las que cobró los 500 pesos y no alquiló una casa. La mujer nos citó en su vivienda afectada por el alud donde anunció que, por miedo al dengue, pensaba irse a la capital de Salta. “Si usted conoce a alguien que me ayude, por favor dígale cómo estamos acá”, comentó.
Da la impresión de que Ramona no quiere irse. Ella y muchos otros han terminado volviendo al lugar donde vivieron un infierno. El Jefe de Defensa Civil, Rolando Álvarez, habló largo y tendido con Catástrofes, pero al final de la charla, sin ninguna razón, pidió que muchas de sus definiciones no se publicaran. Entre lo que sí aceptó decir públicamente está lo siguiente: “Por seguridad hay que erradicar todas las viviendas de las márgenes del río. A muchos esto no les gusta porque tardaron una vida en construir ahí, y es cierto que nosotros les estamos ofreciendo una casa lejos de ese lugar. La ciudad creció de una forma bastante caótica y muchos de los problemas que tiene son por la falta de previsión. Muchas de las
zonas donde se ha construido son inundables o poco aptas para edificar. Hay barrios donde las casas están a 20 centímetros por debajo del nivel de la calle y a 30 centímetros de las bocas de tormenta. Creo que si se hubieran hecho las obras correspondientes antes del 2006 esto nunca hubiera ocurrido”.
Cuando se les dice a los vecinos que se tienen que ir, la mayoría se ríe. No importa que venga otro alud, van a seguir viviendo allí. En una ciudad donde el 50 por ciento de las viviendas están hechas sobre terrenos fiscales y gran parte de la población vive con 150 pesos mensuales, las cifras difundidas por el gobierno nacional para la reconstrucción resultan difíciles de creer. Si realmente llegasen a Tartagal 262 millones de pesos, los problemas de la ciudad se acabarían. Si realmente se hicieran las cerca de 600 viviendas
prometidas, sería fácil vislumbrar un futuro mejor.

El corte.
Nuevamente en el barrio, Catástrofes habló con Norma Márquez, quien también sufre náuseas cuando llueve y dice que si sus nietos ven un refucilo se largan a llorar. La señora vive a unos 600 metros del cauce normal del río, a 20 metros de la casa de Rita Villalba y Héctor Corbalán, que miran con cara de pocos amigos cuando ven llegar al cronista. El matrimonio acababa de poner los cerámicos nuevos cuando pasó el alud. La ola marrón se llevó la pared de la cocina porque un caballo que arrastraba el lodo chocó contra la casa. La ola también empujó un tractor hasta la casa vecina que, literalmente, desapareció.
Corbalán es un hombre inmenso con cicatrices en la cara. El día del alud subió a sus hijos a una de las camas y la sostuvo en alto con sus brazos hasta que pasó la peor parte.
Mientras a través de uno de los huecos de la pared observa a la pala mecánica que trabaja casi en su living, se niega a mostrar la víbora que mató ayer con sus manos. “Llevamos 23 días, hermano, ya…” me dice con cara de pocos amigos. “Esta noche voy a cortar”.
A la noche, el colectivo de Mercobus que trae al autor de esta nota hasta Córdoba en lugar de salir a las 19 parte a las 2 de la mañana. En la radio hablan de tres cortes. El periodista imagina a Corbalán luchando cuerpo a cuerpo con la víbora.

Despieces. Por qué el Alud.
Hay versiones diferentes sobre las razones del alud. Nosotros tuvimos acceso a una investigación que realizaron el ingeniero especialista en Recursos Naturales y Medio Ambiente Claudio Cabral y la ingeniera química Gloria Plaza, tras la crecida del río en 2006. El trabajo parte de la base de que el territorio que conforma la cuenca del río Tartagal es proclive a los deslizamientos y corrimientos principalmente en épocas de lluvias, pero plantea claramente que la intervención del hombre en ese territorio ha facilitado y aumentado la probabilidad de esos accidentes. Según los científicos, la cobertura vegetal del lugar ha sido alterada y modificada por las actividades de los que explotan la zona disminuyendo las posibilidades de la misma naturaleza de evitar estos inconvenientes. La actividad petrolera, la forestal, la extracción de áridos y las obras civiles, más el crecimiento urbano, entonces se conjugan para que, con el incremento de los promedios de lluvias anuales, la posibilidad de una catástrofe aumente. En este sentido dos datos bastan para entender que la naturaleza de Tartagal ha cambiado con lo que llamamos progreso. En enero de 1998 llovieron 179 milímetros, y en 2006 720. Un cambio igual de brusco se produjo en marzo de los mismos años. Las lluvias pasaron de 145 mm a 599 mm.
Se estima que el agua que llegó a la ciudad el 9 de febrero estuvo acumulándose por varias semanas anteriores en endicamientos producidos por los corrimientos de la tierra. El rumor –y el temor– es que mientras la ciudad se recupera del alud, algo similar puede estar pasando en la cuenca actualmente. Los tartagalenses no olvidan que es entre marzo y abril cuando el río Tartagal crece.

El Curro.
Tras el alud muchos vieron la oportunidad de mejorar un poco su situación. El taxista que amablemente llevó a este redactor desde la Terminal al hotel aprovechó, mientras exponía su preocupación por los evacuados, para dar vueltas dos veces a una misma plaza inflando el valor del viaje. Cuando al llegar a destino se le hizo notar el engaño anunciándole que el hecho formaría parte de la nota, sonrió con picardía. Algunas de las personas que se autoevacuaron ya estuvieron evacuadas en 2006. El jefe de Defensa Civil, Rolando Álvarez, afirmó que una mujer en aquella oportunidad se vio beneficiada con dos casas otorgadas por el Estado que terminó obsequiando a sus hijas. Con la nueva ola de barro volvió a refugiarse y está entre los beneficiados para una nueva casa.
Increíblemente, tras el alud aumentó el precio de las velas, los espirales y el agua mineral en todos los comercios de Tartagal. Muchos de los voluntarios a la hora del alud, terminaron robando cosas y siendo denunciados por los damnificados.
Los beneficiarios del nuevo subsidio de 500 pesos que otorgó el municipio para que los que se quedaron sin casas alquilen una vivienda, cuentan que basta que se identifiquen como “refugiados” para que las inmobiliarias les cobren 650 pesos por casas que antes costaban 500.

Un lugar político.
En los ‘70, Tartagal era uno de los lugares más elegidos por las agrupaciones católicas que buscaban ayudar al prójimo a salir de la miseria. De hecho muchos de los jóvenes cristianos que después serían fundadores de la agrupación política
Montoneros se conocieron aquí. Mario Firmenich y Carlos Ramus estuvieron en una misión organizada por la Acción Misionera Argentina, que tenía como máximo referente
coordinando las tareas en Tartagal al cura Carlos Mugica. En esa misión también participaron otros como Roberto Perdía, que después sería integrante de la conducción de Montoneros.
En 1997 y 2001, la ciudad fue una de las primeras en ver la aparición en la vida política argentina de los movimientos piqueteros. Aunque los grupos de protesta estaban asentados principalmente en General Mosconi, los cortes se realizaron en Tartagal por ser la cabecera departamental.
El lugar está asociado a la explotación petrolera, pero la privatización de YPF modificó para siempre el modo de vida. Cuentan que YPF se fue dejando cooperativas de trabajadores con la idea de que éstas se convirtieran en la fuente de trabajo perdida, pero que los “cooperativistas” terminaron prefiriendo encarar emprendimientos individuales, antes que colectivos. Eso multiplicó las remiserías y los comercios.
En noviembre de 2000, la muerte de un manifestante en la ruta 34 produjo una rebelión que terminó en saqueos y la destrucción total del municipio, la Policía y el Banco Provincia. 700 armas alojadas en la comisaría desaparecieron esa noche.
Hoy por hoy la ciudad sigue siendo un lugar donde se producen muchas discusiones sobre la realidad social. El problema es que esos debates parecen no derivar en la construcción de alternativas a la crisis social. Participamos en algunas marchas y reuniones y resultó evidente la gran cantidad de oradores que tomaban la palabra como haciendo catarsis y sin tomar nada de lo dicho por el orador anterior.
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martes 13 de octubre de 2009

Los nietos de Dalton- Cristian Alarcón


Artículo publicado en el diario Crítica de la Argentina
Es mi tercera vez en El Salvador. Recibo invitaciones hasta hace poco insospechadas. Ya no son los cronistas amigos reunidos en el bar Leyendas a contar sus andanzas en los bordes peligrosos del país que carga con el peso de las cifras del crimen: el más violento de América, dicen. El sábado a la noche me llevan a una playa en el Pacífico, El Tunco, que significa puerco y lleva ese nombre por el perfil de chancho de una roca recortado sobre el mar, justo al final de un camino de tierra bordeado de cabañas, un pueblecito de mujeres con canastos en la cabeza y lleno de hippies extranjeros satisfechos con el color local. Me conducen un salvadoreño de nombre Isaías, 28 años, jugador de un club de fútbol de la segunda división; su compinche guatemalteco, un abogado criminalista –fanático de las teorías de Alberto Binder y Raul Zaffaroni– llamado Gary, y el Marañón, un pibe sin oficio que, ya beodo, baila en el medio de los timbales agitando una remera al aire. Son heterosexuales. Quieren presentarme a un amigo gay. El ron les ceba la idea. Es universal: la gente está convencida de que siempre pero siempre un gay quiere conocer a otro gay. Lo llaman. Se llama Élmer y suena hueco en el celular, con las olas de fondo, y los tambores. Soy cortés. Le pido disculpas. Dice que me llamará.

El lunes Isaías me llama para decirme que me buscará. Elmer manda mensajes contundentes y prolijos. El más largo dice: “Hoy se inaugura el VIII Festival de Poesía. Te invito por si gustas asistir”. Termino agotado. Son horas de escuchar historias de pandillas y muertos, cabezas cortadas y madres sin hijos, velorios, cuestas arriba en el país en el que Roque Dalton dijo: “Bueno es Dios, que no nos ha matado”. El plan suena bien. Élmer es un hombrecito de voz melindrosa, con la gracia natural del salonero. Pronto se revela un experto en los ríos subterráneos de El Salvador. Su hermano mayor es el alcalde de Suchitoto, un pueblecito cincuenta kilómetros al norte, conocido por ser un histórico bastión del FMLN, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional. El Frente gobierna hace más de tres meses. Al mismo tiempo que ganó la presidencia, el Frente perdió algunos municipios clave. Entre ellos el de la capital, San Salvador. Élmer es amigo de unos y de otros, de embajadores y valets de ministros, de artistas y agitadores, de poetas y altos cargos del nuevo y del viejo gobierno.

En la explanada del MUNA, el Museo Nacional de Antropología, decenas de adolescentes de uniforme escolar caminan como por la plaza de un pueblo: han venido de Suchitoto. Llevan la ropa de los institutos del Estado. Ellos, pantalones azules y camisas blancas; el pelo corto como en el servicio militar. Ellas, el pelo amarrado en colas tirantes, polleras de cuadros celestes, camisas blancas al cuerpo, bien cerradas en los escotes. Andan de a tres, de a cuatro, murmurantes. No alzan la voz. Ríen de chistes que parecieran ser inocentes especulaciones sobre los poetas que aún no llegan. Se callan ante la aparición de una camioneta –entre la cuatro por cuatro y la limusina– de la que baja una mujer rubia y mayor vestida de gala.

Sé que la pálida mujer dueña de un flequillo por el que le dicen la Cacatúa es la concejala jefe de la bancada de Arena –la fuerza derechista que gobernó por cuatro períodos el país–, y la presidenta de Poetas de El Salvador, la fundación que organiza el festival. Sé que su proyecto secreto por estos días es una reforma a la plaza Salvador del Mundo, para embellecerla y para ocultar la estatua del mártir nacional, monseñor Romero. La organizadora, amante de la poesía, vive al mismo tiempo y sin contradicciones su pasión facha. Ella conduce el evento, sobre el escenario, en el que montaron un “bar de los poetas” a los que han sentado en mesitas con velas y luces tenues. Comienza por el hondureño.

El joven de voz grave, Samuel Trigueros, desentona: “Quiero agradecerle al pueblo salvadoreño la solidaridad con mi pueblo”, dice. Y se echa un discurso en el que denuncia la dictadura de Micheletti sin miramientos. Lee entonces un poema –cada uno de los quince invitados lo hará–. “He pensado que un cementerio burgués es igual a un vertedero de lagartijas de los pobres/ y que el jardín del pobre es lo mismo que un basurero en la ceguera de los potentados/ he llevado a la colina una corona/ hecha con el perfume con el que la belleza quiere hacer mortal la inequidad/ y he pregonado que muerta la injusticia se acaba la necesidad”. El rictus rígido de la matrona poética se retuerce en una mueca imposible de disimular.

El resto de los poetas descarga sus armas, uno a uno. Avanzan con versos revolucionarios. Los estudiantes –casi el único público de esta inauguración– podrían ser los nietos de Roque Dalton. Escuchan en silencio. Aplauden a rabiar. Y cuando todo termina, durante el cóctel, persiguen a los poetas por el patio. Les piden autógrafos y rimas de amor, mientras la Cacatúa sonríe inmutable junto a sus invitados en la foto final.Leer más...

miércoles 7 de octubre de 2009

El señor del bandoneón – Ulises Rodríguez



Juan Pablo Fredes sopla las palmas de sus manos, entrelaza los dedos y los hace sonar. De una valija de madera forrada en pana azul saca con cuidado un bandoneón negro y una gamuza anaranjada. Se sienta en una silla de mimbre. Pone primero la gamuza en sus piernas y luego el bandoneón. Mira al techo, aspira profundo, cierra los ojos y empieza a tocar un tango. No sé el nombre pero es uno de Troilo. A medida que aumenta el ritmo, su cara se pone colorada, como si estuviera aguantando el aire. Cuando el fueye se abre respira por Fredes. El tango está por terminar. Una vena le sobresale de la frente y se le forman gotitas de transpiración. Antes del chan-chan se le dibuja una sonrisa en la cara. “¡Chan… chan!” Su cara es satisfacción pura. Sale del trance tanguero. Toma aire por la boca y dice:
-¿Escuchaste el sonido que tiene? Bueno, así como este Doble A suenan los bandoneones que hacemos acá. Le copiamos hasta el último detalle para alcanzar esa fidelidad.
Fredes se levanta a las 7 de la mañana pensando en el bandoneón. Se afeita, se peina para atrás, se calza un guardapolvo azul como el que usan los porteros de escuela y pone la pava para el mate. Toca el bandoneón, es profesor de bandoneón y fabrica bandoneones. Cada cinco palabras que salen de su boca una es bandoneón. En Argentina no hay otro luthier de bandoneones. Y, según Google, tampoco en el resto del mundo. Existen afinadores, restauradores pero no fabricantes. Este berretín comenzó en el año 2000, cuando el padre de uno de sus alumnos le avisó que su hijo no iba a seguir estudiando porque no tenía 4 mil pesos-dólares para comprarle un instrumento. Era el tercer pibe que en menos de dos meses abandonaba por el mismo motivo. Cuando cortó el teléfono, a Fredes se le llenaron los ojos de lágrimas. Se encerró en el baño y frente al espejo se prometió hacer un fueye para que los pibes siguieran estudiando. “Voy a salvar al bandoneón para salvar la voz del tango”, dijo, mirándose a los ojos.
Tardó cinco años en fabricar el primer bandoneón para niños: un fueye como los profesionales, pero más chico. Esa obra artesanal hoy pasa por los dedos de los alumnos de la escuela Homero Manzi del barrio de Pompeya. El segundo lo tiene su nieta Josefina de 5 años, y hay tres más que pronto estarán en manos de pequeños bandoneonistas. Con 70 años recién cumplidos, el maestro Fredes le da forma al primer grande salido de su taller: un Fueye Fredes profesional. Un F.F. –marca con la que inscribió sus bandoneones en el Registro Nacional de Patentes- para orquestas típicas.
Si Fredes logra que sus F.F. sean aceptados por los bandoneonistas de elite, entonces se convertirá en el mesías del tango. En el hombre que salvó al bandoneón. Aunque cueste creerlo, en el país de Aníbal Troilo, el Maradona del fueye, lo que escasean son bandoneones: hay sólo 3 mil en actividad. Según cálculos de los vendedores, de cada seis que se compran sólo uno queda acá. Un censo de la Casa del Bandoneón detalla que de los 60 mil que entraron al país en la primera parte del siglo XX ya se fueron 30 mil. Y de esos sólo un 10 por ciento sigue sonando. En los últimos años miles de bandoneones emigraron a Francia, Italia, España y Japón. Coleccionistas privados, anticuarios y algún que otro aprendiz hicieron del fueye una especie en extinción. El asunto es tan grave como si en Suiza no quedaran relojeros o en Australia se extinguieran los canguros. A pocos les importa. Al maestro Fredes le obsesiona.
La fábrica alemana Doble A, en el poblado de Carsfeld, cerró sus puertas en 1939 y se convirtió en una planta de bombas de motores diesel al servicio del nazismo. A partir de ese momento, el tango se quedó sin los “Stradivarius de los bandoneones”, como los llamaba Astor Piazzolla. En 1940 la casa de música porteña Mariani fabricó un bandoneón pero no sonaba como un Doble A y fue rechazado por los tangueros. Cuarenta años después, el luthier bahiense Humberto Brunini produjo uno que fue tocado y elogiado por el mismísimo Piazzolla. “El Tano” le propuso hacerlos en serie, pero todo quedó en la nada tras la muerte de Brunini. Hoy Fredes es el último hombre en el planeta dedicado a fabricar bandoneones.

La fabriquita

El profesor Fredes vive solo en una casa sin timbre del barrio platense de Los Hornos. En el frente un cartelito de chapa con letras fileteadas anuncia: “Clases de Bandoneón”. Los vecinos le dicen “el señor del bandoneón”. Todos los días, a eso de las 11, pone un broche en la botamanga derecha del pantalón y sale en una bicicleta como la que usan los carteros. Si el viaje es más largo tiene una moto Jawa modelo 80 con dos salidas de escape.
En la cocina-comedor de la casa una salamandra calienta el ambiente. De lejos se escucha la voz de Héctor Larrea que sale de una radio a pilas. Un gato blanco duerme acurrucado en una silla con almohadón mientras otro gris se pasea, en puntas de pie, entre teclas de colores y armazones de madera. En una biblioteca sin barnizar conviven compactos de Piazzolla, Troilo, la orquesta de Julio De Caro y casetes de música clásica. En otro estante hay libros de física, contabilidad, una edición tapa dura de Sobre héroes y tumbas y las Aguafuertes de Roberto Arlt.
En el fondo del patio y frente a un limonero está el tallercito de Fredes. Una piecita de 3 x 2 con una mesa, un tablero con herramientas y un cuadro con la imagen del Che. La radio con el programa de Larrea está enganchada de un clavito en la pared. El cuarto huele a madera recién cortada. Reinan el orden y la prolijidad. Pinzas por un lado y destornilladores por otro. Hay de todos los tamaños, formas y colores. Las piezas más pequeñas para el instrumento están en latas redondas de dulce de batata. Otras cositas más chicas las guarda en frascos de café instantáneo. Todo encintado con el nombre. Las partes más grandes, como los armazones de madera y los fueyes, los tiene en estanterías que hizo especialmente en el garage, uno de los lugares más secos de la casa.
La inversión en herramientas y los materiales para armarlos salió del bolsillo del propio luthier, que empeñó dos Doble A para conseguir el dinero. Y como muchas piezas no existían tuvo que crearlas a partir del ingenio. Por ejemplo, lo que permite que las teclas vayan y vuelvan está hecho con resortes de retenes de autos. El profesor buscó en los talleres del barrio hasta conseguir ese resorte. Las partes de madera las diseña un ebanista y varias piezas de metal pasan por la precisión de un torno.
Además de los materiales, Fredes necesitó mentes dispuestas para alcanzar el sonido tanguero de un Doble A. Así que una mañana de invierno de 2001 tomó su carpeta con el proyecto y se presentó en la Comisión de Investigaciones Científicas de la Provincia de Buenos Aires y convenció al ingeniero Guillermo Álvarez de sumarse al desafío. Todo un equipo, a las órdenes de Álvarez, estudió y definió el tipo de material con el que se fabricaron las “voces”: unas lengüetas de acero que vibran por el paso del aire. Luego buscó un experto en sonido para copiar la musicalidad del instrumento alemán. Gustavo Basso, profesor de Acústica de la Facultad de Bellas Artes de La Plata, prestó sus conocimientos y un software especial para aquel primer bandoneón, uno igual al que Fredes saca de una valijita de madera.
- Este es el tercero que hicimos. Probalo- me dice con cara de pibe paseando en calesita.
- Mire que nunca en mi vida toqué un bandoneón.
- No importa. Ponelo como si lo fueras a tocar. Vas a ver que lo sostenés sin problemas y los dedos te llegan bien a la botonera.
- Se nota liviano y parece más fácil de maniobrar que uno de los grandes- le digo una vez que lo tengo calzado.
- Por eso empecé por los bandoneones para chicos; en ellos está el futuro del tango. Porque si a un pibe se le ocurre estudiar bandoneón, ningún padre va a invertir 3 mil dólares o más para probar si le gusta o no. Entonces terminan mandándolos a guitarra y listo. Y como mi idea no es ganar plata, uno de estos no va a costar más de mil quinientos pesos, que sería para salvar el costo de los materiales.
Suena un teléfono inalámbrico. Fredes atiende.
- Hola, hola… Disculpe, no le entiendo.
-…
- Ajá. Sí, soy yo. ¿De Italia? Estoy en eso. Pero no me dedico a vender. No hay problema. Cuando venga a Argentina venga y charlamos. Adio. Gracias. Adio.
- Este tipo dice que me vio en un video en Internet y preguntaba si yo fabricaba bandoneones para vender.
El maestro se refiere al material colgado en You Tube. Un video con avances del documental filmado por la Facultad de Cine de La Plata: “Juan Pablo Fredes, fabricante de bandoneones”. La obra muestra el trabajo del luthier y su objetivo de “salvar al bandoneón”. Por estos 5 minutos de fama en la red a Fredes lo han llamado de Barcelona, Alemania y hasta de Japón.

Daniel San del bandoneón

Germán Fredes es un hombre de 34 años con cara de adolescente dañino. De chico Germán no quería ni oír la palabra bandoneón. Eso era un asunto de su viejo. Con una voz parecida al Daniel San de Karate Kid y anteojos de estudiante de psicología, cuenta que lo suyo era el violín. Con el tango todo bien pero Frank Zappa y Pink Floyd estaban allá arriba. En el 2003 el maestro formó con sus alumnos una orquesta de bandoneones: Che Bandoneón. 14 fueyes sonando a la par. Germán sintió celos de bandoneón. A los pocos días era un nuevo aprendiz de su padre. Y en un par de meses ocupaba un lugar en la orquesta.
Che Bandoneón tocaba con poca propaganda en La Plata y fue invitada dos veces a Carslfed, la cuna de los bandoneones. La falta de fondos para los pasajes dejó con las ganas a Fredes y a sus alumnos de tocar en Alemania. Eso desmotivó al conjunto y el maestro optó por dedicarse a fabricar bandoneones. Las clases y la orquesta quedarían para más adelante. Germán se metió de lleno en el proyecto de su padre. Su tarea está entre las más difíciles: la afinación. Pocos tipos en Argentina saben afinar un bandoneón. Y muchas veces el que lo sabe se lo guarda. Al Daniel San de Fredes le llevó dos años aprender ese oficio con el maestro Enrique Fazzuolo de Buenos Aires. La notebook y un afinador con luces lo ayudan. Pero es el oído el que hace el trabajo más duro.
- Los días que afino tengo que estar con la cabeza metida en el fueye. Es un laburo que me puede llevar una semana o un mes, eso depende de cómo esté el instrumento. Si estoy resfriado no lo puedo hacer y si discutí con mi novia tampoco.
Desde hace un año Germán vive en Tandil con su novia. Se gana la vida tocando el bandoneón en orquestas y en la puerta de un teatro del centro. Algunas veces lo contratan para reuniones y fiestas privadas. El resto del tiempo afina bandoneones.

El chico de manos habilidosas

Azul, provincia de Buenos Aires. Julio de 1947. Habían pasado tres días y la fiebre no le bajaba al pequeño Juan Pablo. Doña Filomena Binda puso una leña más en la salamandra, emponchó a su hijo y salió apurada hasta la casa del doctor Ferro, el médico del pueblo. El niño miraba con asombro los diplomas en la pared del consultorio mientras se le ponía la piel de gallina al sentir el estetoscopio frio en el pecho. En el revoleo de ojos Juan Pablo vio que el doctor tenía una colección de pipas en un mueble.
- ¿Las hizo usted?- le preguntó al médico.
- No, cómo las voy a hacer yo- dijo el doctor con una sonrisa. - Son regalos de amigos.
- Si me presta una pipa yo le puedo hacer otra igual- lo desafió el pequeño Fredes.
Su madre lo fulminó con la mirada para que no siguiera hablando. El médico se mostró interesado y le dio una de sus pipas para que lo intentara. Estuvo varios meses probando la manera de hacerlas. A falta de marfil y roble talló una con cuernos de vaca y raíces de rosas. “En el pueblo se empezó a correr la bola y después la gente venía a mi casa a encargarme que le hiciera pipas”, recuerda Fredes.
En esa época, en lo de un tío había un acordeón y a Juan Pablo se lo prestaban para que hiciera dormir a una prima bebé. El sonido alegre de ese instrumento despertó su gusto por la música. Como a su padre le gustaba el tango empezó a tomar clases de bandoneón con un maestro de Azul. El problema fue comprar el instrumento. Don Pablo Fredes era albañil y lo que ganaba alcanzaba para comer y no mucho más.
- Tengo viva la imagen de mi viejo guardando monedas en una lata de aceite para comprarme un bandoneón- dice el luthier.
El primer fueye fue un ELA alemán que costó 20 sueldos de su padre. Era tan grande y pesado, se acuerda Fredes, “que me hacía transpirar como un mono y me dolían los dedos porque no llegaba a las teclas”.
Cuando no estaba en el patio practicando con el bandoneón, el único hijo de los Fredes estaba jugando al fútbol en la canchita de Boca de Azul. Su puesto preferido era de centrojás. Correr y pegarle fuerte a la pelota eran su fuerte. Un día jugaba su equipo contra uno de Cacharí, un pueblo cercano. El arquero no pudo ir, así que Juan Pablo se ofreció para ocupar el arco. Con los pantalones arremangados y sin guantes no dejó pasar una. Desde el piso. En los centros. Y en los mano a mano. Esa tarde fue el salvador del equipo. Todos lo felicitaban y el técnico le dijo que a partir de ese momento era el nuevo arquero titular.
- De ninguna manera, le respondió Fredes.
- ¿Pero cómo? Si sos el mejor atajando.
- Es que yo toco el bandoneón señor, y no puedo arriesgar mis manos.
Al terminar la secundaria Fredes se fue a La Plata a estudiar la carrera de Contador Nacional. Al poco tiempo sus viejos también se mudaron con él. Entre los libros de contabilidad se mezclaban las partituras de algún tango. Una tarde, escuchando Radio Provincia, se enteró que la orquesta típica de Horacio Del Bueno buscaba un bandoneonista. Fredes se presentó peinado con glostora y de moño negro con su bandoneón ELA. Cuando terminó la audición el director lo llamó aparte y le preguntó: -Pibe, ¿tenés un traje negro?
El sábado ya estaba tocando en cabarets y clubes de barrio. Cobraba 400 pesos por fin de semana, lo mismo que su viejo ganaba en una quincena. Con el bandoneón se pagaba los gastos de la facultad y ayudaba a su familia. “Para mí era un trabajo –dice Fredes-. Me gustaba ganar dinero tocando pero nunca fui partidario del alcohol, el cigarrillo y los vicios de la noche”.
Una madrugada de invierno el músico regresaba de tocar con la orquesta y se cruzó con su padre. Encorvado y con las manos heladas Don Pablo Fredes salía de su casa para ir a trabajar en una obra: “eso me partió el corazón, así que dejé el bandoneón para terminar de una vez por todas la carrera”. Con el título de Contador le compró una casa a sus viejos, se casó y crió cinco hijos. Eso sí, el bandoneón quedó guardado en el ropero. De vez en cuando tocaba con algunos amigos en una reunión familiar. Recién pasados los 40 años volvió a una orquesta. El conjunto Municipal de Bandoneones de Tandil marcó el regreso a su pasión.
Fredes se jubiló en el Poder Judicial con un cargo alto. Con esa jubilación mantiene en pie su pequeña fábrica de bandoneones. Dice que de otra manera sería imposible porque hasta ahora no ha entrado un peso. Desde que comenzó con el proyecto recibió promesas de subsidios de la Secretaria de Cultura bonaerense, de un legislador de Chubut y de algún que otro funcionario charlatán. Pero todo quedó en promesas.
- En un país donde los políticos viven en campaña y con miles de chicos que se mueren de hambre, a quién le va a interesar financiar a un tipo que fabrica bandoneones para los pibes.
El maestro deja en claro que en su taller no se guardan secretos. Las matrices y los planos están pensados para que otros puedan hacer un bandoneón. “Trabajamos para la conservación del instrumento –dice Fredes-. Cuando descubrimos de qué material se podían hacer las voces lo publicamos en un congreso científico. Ahora estamos haciendo un manual del bandoneón”.
El pequeño fueye es blanco como el de Rubén Juárez y con teclas rojas. Fredes entiende que así le gustará más a los pibes. El sueño de este luthier es que haya un F.F. en cada escuela. Pesan cerca de 4 kilos, tres menos que uno grande, y miden 18 x 18 contra los 24 x 24 de uno profesional. No sé si suenan como un Doble A, pero qué lindo suenan.

Un alemán negro

El bandoneón es menos argentino que Gardel pero Buenos Aires lo adoptó como un porteño más. Los contadores de leyendas dicen que en 1863 un marinero alemán perdió hasta el último cobre en una taberna de la Boca. Como no tenía nada más en los bolsillos y sus contrincantes lo miraban feo, dejó un bandoneón en parte de pago. Ese habría sido el primero en pisar suelo argentino.
Para Horacio Ferrer el bandoneón es una fatalidad del tango. El poeta dice en su Libro del Tango que un hijo de Heinrich Band –el inventor del bandoneón- trajo un instrumento a Buenos Aires en 1870. Cuenta que sabía tocarlo en un café de alemanes de la calle Corrientes. Allí el argentino José Santa Cruz aprendió de Band hijo las primeras lecciones.
La aceptación del bandoneón en los tangueros encontró resistencias en un principio. Los tipos lo consideraban cosa e’ gringo. Las orquestas lo sumaron convencidas recién en la primera década del siglo XX. Desde entonces y como definió el historiador tanguero Vicente Rossi: “bandoneón y tango vivieron juntos su bohemia”.
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viernes 2 de octubre de 2009

Un día en la vida de Pepita la Pistolera- Cristian Alarcón


Foto: Ricardo Stinco

El miércoles 30 de Septiembre murió en Mar del Plata Margarita Di Tullio, conocida como "Pepita la Pistolera". Publicamos una crónica que El Domador publicó en Página /12 en mayo de 1997. El reportaje también integra la antología de crónicas publicada en el libro La Argentina Crónica, de editorial Planeta.

“Esta bien, papá, dormí, dormí”, le dice Margarita Di Tullio a un hombre de 83 años que se pasea en calzoncillos y balbucea. Es Antonio Di Tullio, el hombre que la inició en la guerra, el que no tuvo un primogénito varón pero crió una hija con una fuerza descomunal, el que comenzó a entrenarla luchando con ella como un borrego, el que la obligó a competir con varones más grandes en peleas callejeras desde los dos años. El mismo que después, cuando no soportó la rebeldía de su hija de 16 años, le quebró la nariz. El mismo que la perdió de vista cuando ella decidió competir a lo grande, y ganar dinero y batalla contra hombres. El mismo anciano que hoy se duerme tranquilo, como un niño acariciado por las manos llenas de nicotina, de piel suave pero fuertes como herraduras, terminadas en uñas largas, rojas, sutiles garras de una leona reina de la selva clandestina. Las manos de Pepita la Pistolera.
“Me hacía buscar entre los turistas hasta que yo elegía a uno, siempre más grande, nunca más chico, le buscaba camorra y le daba”, cuenta Margarita cuando la conversación que comenzó en el cabaret hace cinco horas ya le quitó parte de la voz y sus palabras salen con la ronquera de la noche, como un susurro de puerto y de fuego. “Papi, a ese pibe más grande le puedo ganar”, ofrecía ella. Y Antonio miraba desde afuera cómo los vestiditos de percal se ensuciaban de tierra, cómo el encaje terminaba en las manos del contrincante, siempre vencido. Después en la casa continuaba el entrenamiento. Ella siempre quería más. Así aprendió a usar cuchillos, a matar un pollo, o carnear un cerdo. Entonces ya comenzaba a manejar las primeras armas de fuego.
- ¿Cuál fue su primer delito?
- A los siete años. Le robaba a la gruta de Lourdes todo lo que los giles de los católicos le dejaban. Cuando mi vieja empezó a sospechar porque tenía demasiada suerte, caminaba con ella del brazo, tiraba el afano en la vereda y decía: “Uy, mami, mirá, ¿qué es eso? Así lo blanqueaba”.
“No podés contar toda la vida con detalles porque sería apología del delito”, advierte mientras baila y levanta los brazos como aspas, entibiando su cabaret a la caída del sol. “Te atiendo porque me dijeron que no me vas a traicionar”, dice, y por eso habrá cinco historias que no traspasarán aquella noche larga. “Yo no toco unas esposas por honor”, explica después, sentada en la barra. José Luis Cabezas murió esposado. Sobre el horizonte del puerto, tras las fábricas de harina de pescado que tapan las narices de mal olor, caen las últimas gotas de sol, y un cielo rosado y pálido le da paso a la noche. Margarita brilla sinuosa, bebe champagne, se agita, se lleva la mano al pecho, como desbordada, y a cada ronca frase que pasa, desnuda su alma como, según jura, nunca hizo con su cuerpo ante un hombre que no ame.
En la calle 12 de Octubre ya se encendieron los carteles multicolores de los juegos electrónicos, los kioscos, los dos bares de la fórmica y los cabarets de Margarita. Las cuadras que llegan al mar son una rara mezcla de la Boca y Constitución. El sonido del Rumba, un lugar para marineros de pocas rupias, es cumbianchero y bajo. Una cuadra más allá, en el Neissis II, un lugar de copas más caras para navegantes y profesionales locales, se escucha el “no para, sigue, sigue, se la llevó el tiburón, el tiburón”.
Margarita cruza la puerta en unos pantalones a cuadros chicos y de un verde fluorescente. Pisa sobre zapatillas negras plastificadas al charol, con dos centímetros de plataforma, y arriba lleva un buzo de mangas cortas. El pelo rubio que las presas de la cárcel de Dolores le mejoraron, así como le hicieron las uñas, y le lavaron la ropa porque allí adentro es una vieja y respetada conocida, se le despeina y se le vuelve a peinar con las manos y con el viento marino. Ella está tan libre y tan convencida de que su último marido, Pedro Villegas, también quedará libre, que le brotan aires de euforia por las curvas con las que les baila en broma a los clientes. “Nunca jamás vendí mi cuerpo por dinero. Tampoco lo haría por poder. Si Menem me ofrece un millón de dólares, no lo hago. Ni mi cuerpo ni mi orgullo tienen precio”.
En la zona del puerto la mayoría cree en ella. Margarita camina bamboleándose, entra en cada local abierto y saluda. De una y otra vereda, los vecinos le responden o la llaman para que se acerque: es definitivamente famosa en su tierra. Se mueve como una niña grande. Da pasos cortos. Y avanza a saltos leves. Como pidiendo algo caprichosamente. No pierde, sin embargo, la postura, una especie de orgullo portuario de bajos fondos, que ella justifica en la mezcla de “sangre aria y calculadora” de su madre, Irene Shoinsting, con la sangre caliente de su padre. El orgullo le nace con el resentimiento que jura no tener pero se le nota en el trasluz de los ojos, cuando admite que nació para ganar y que “nadie, jamás, excepto un enfermo terminal, merece lástima”. Lo dice desde la seguridad de la mujer que buscó siempre el riesgo, y apostó a lo grande, para no someterse al destino “de un país pisoteado y lleno de esclavos”. Habla en su reservado del Neissis (el apodo de su primer marido, a quien sus padres comparaban con el monstruo del lago Ness), separado del resto del local por unas puertas bajas al estilo de las cantinas del Oeste. Nunca cruza las piernas. Las sube al sillón de enfrente, se mueve como una adolescente Stone. Salta y corre cuando suena el teléfono: espera un llamado de Pedro desde la cárcel de Dolores.
No es Pedro. Discutieron en la visita del domingo. Pedro le exige que grite a llantos que él es inocente. A ella le parece ridículo. “Todos los presos gritan su inocencia, no es serio”, explica. “Yo le digo mi amor, yo sé que sos inocente porque estabas conmigo”, dice y recuerda la madrugada del 25 de enero, cuando como todos los viernes, que eran sagrados, después de supervisar los boliches se quedaron en la cama y tomaron champagne. Sin embargo, cuando habla con los medios trata de complacerlo. Pedro es la batalla que nunca ganó, y por eso lo ama. Pedro ni siquiera le acepta el desafío de la competencia. Marga entra al penal de Dolores y mientras camina hacia él los internos le gritan, la silban, le proponen y ella se muestra como una diosa y reparte mohínes de vedette. Cuando llega a su hombre es el único que la recibe sin contemplación. “Mirá la panza que tenés”, le dice. Eso la subyuga.
Ordena subir la música del Neissis. Baila unos minutos, y después en el reservado parpadea con esas pestañas amarillas, claras. Amaga con un strip, se sube el buzo hasta el cuello y deja que se le vea el body negro de encaje. Desafía con el cuerpo. Gustavo, su hijo de diecisiete años, le dice que recién son las nueve de la noche y ya está tomando champagne. Ante el fotógrafo, posa. Y le enseña a una de las chicas cómo descubrirse lo suficiente el escote.
Después de la guerra, Margarita prefiere la seguridad de sus cabarets. En el Neissis II, decorado por Pedro, que diseñó una barra en forma de barco y sillones reservados contra las paredes que tienen ojos de buey y lámparas marinas, las mujeres son alternadoras. Su función es atender cariñosamente al cliente y hacerlo consumir copas. “Si soy dueña de mi sexo, las chicas también. A mí me entra la plata de las copas. Y en ninguno de los boliches hay camas. Si ellas quieren, salen, van a donde se les antoje y lo hacen por plata, por calentura, por amor, que a mí no me importa”, explica.
En la barra saludan los dueños de la revista del puerto y la esposa de uno, de tapado y brushing. En su casa prende el hogar de troncos artificiales, saca copas, manda a retirarse a los que están y encabeza el tour por lo recovecos de las piezas, que terminan en un patio con parrilla al fondo y la habitación de la dueña arriba. De los tres baños, ninguno tiene luz. En la habitación de los chicos, que todavía viven con ella, el Churruinche de trece y Gustavo de diecisiete, hay dos equipos de música, ropa sobre las camas y un teclado. En la parte alta del placard busca fotos, que caen como piedras. Las recoge y las tira sobre la mesa del comedor, donde sobrevive un arreglo de navidad cubierto de polvo. Sobre el hogar hay siete brujas de cerámica, porcelana y yeso. En muchas fotos está con su ex marido, Guillermo Schilling, “El negro”, un ex montonero que murió dos años atrás al caerse de un quinto piso y que creía que Marga era una bruja del siglo XII y su destino sería el fuego.
Irreverente con cualquier religión, imagen o doctrina, de todos modos Margarita desde su celda compartida en la cárcel de Dolores le hablaba a las ánimas. Y el marido muerto le pedía por su libertad. “Yo le decía al negro, Hijo de Puta te moriste zarpado, hacé algo, dame la libertad”. A José Luis Cabezas también le pidió. “Le hablaba y le decía, hacé algo, que estos hijos de puta te mataron, no seas gil, hacé algo, yo no fui, vos sabés que yo no fui. No podes dejarme acá adentro, hacé que caigan los culpables”.
Los golpes que Margarita daba de niña se volvieron como un boomerang. Su padre quiso frenarla con la fuerza. Le quebró la nariz de una trompada. “Les entregué el título de secundario y me fui”. Fue entonces la única mujer que la primera banda de amigos chorros que tuvo aceptó después de constatar que la rubia tenía la fiereza de un dogo. “Ellos les pegaban a sus mujeres, pero yo era fuerte, a mí nadie me tocaba”. Cayó a los dieciocho años y pagó con cuatro en el penal de Dolores un robo automotor a mano armada. Salió a los veintidós y siguió, con más cuidado y mejor racha. Anduvo de frente a la aventura durante años, hasta que quiso tener un hijo. A los hombres siempre los había tratado con desapego. Pero cerca del golpe del ’76 conoció a Schilling, “un doberman, mezcla de madre aria y padre indio”. Él era montonero. La organización se desmembraba. Él quería una vida más tranquila. “Hicimos un juramento, yo no delinquía más y él no militaba más. Él, por calentón, por enamorado, lo dejó. Yo colgué las cartucheras y cuando podía, mientras él viajaba por alta mar, le daba otro poquito”. A Margarita la militancia montonera no le cerraba como práctica libertadora. “Él quería un país mejor, pero yo quería la mía. Él odiaba la yuta y las botas. Cantaba: ‘No somos putos, no somos faloperos, nosotros somos los bravos montoneros’. A mí no me importaba que alguien fuera puto o falopero. No tengo esos prejuicios. Si hubiese sido lesbiana andaría con mi novia por la calle, pero acá todo se oculta. Acá la mayoría agacha la cabeza. Yo no fui rufiana por eso, no quise nunca ser asalariada, sometida. A mí manera, pero siempre fui libre”.
Con Schilling estaba la noche en que, hace once años, tres hombres entraron a su casa. “Les ofrecí la plata que había, no entendieron y dijeron que iban a violarme a mí y a los chicos”. A ella le dieron en la pierna derecha donde ahora, subiéndose el pantalón, muestra la marca que le dejó la herida sobre la piel blanquísima. Mientras Schilling forcejeaba con uno, ella vació el cargador sobre los tres. No vio sangre, no se shockeó. Estuvo quince días presa y salió por exceso en legítima defensa. “Aquello no me dio ni más ni menos valor. Yo pensé que nunca iba a matar a nadie. Odio a la persona que mata. Somos humanos. Si vos discutís conmigo te voy a dar una defensa, jamás te voy a matar a traición”. Desde aquellos homicidios fue “pepita la pistolera”. Arruga la nariz al escucharlo. El nombre no le hace gracia desde que se enteró que viene de una especie de sheriff.
- Bueno, pero los nombres se resignifican.
- Nada que ver. El otro día leí que le pusieron “Pepita la Pistolera” a una mina que asaltó un taxi con un 32. En este país no sabemos usar las palabras.
Son las seis de la madrugada y Margarita camina por la costanera. La noche lleva horas y se extiende, imparable. Ella intenta parar un auto para llegar al kiosco por cigarrillos. En la playa de una estación de servicio cerrada dos perros callejeros se persiguen y se huelen. El viento silba como un hombre. El frío le llega hasta más allá de los tatuajes, bajo la piel. Junta las piernas. Después cruza la calle, de ida y de vuelta. Intenta que el playero le preste una moto abandonada. Él le dice que no funciona. Ella no le cree. Se trepa, patea el pedal. No anda. Da vueltas en círculos. Como los dos perros. Los mira y algo comenta. Le dan gracia. Ella dice que tiene la boca seca y rompe una caja de agua mineral de entre la pila apoyada en la pared. Toma dos sorbos y convida. Por fin llega un taxi. En un kiosco compra cigarrillos. Toma uno. Pide fuego. Con el fuego la cara se le ilumina y guiña un ojo. Larga el humo con paciencia; por entre los labios con resto de pintura se ríe ronco, al estilo de las brujas del siglo XII. “Mi viejo fue del puerto, mi marido fue del puerto. Yo también. Siempre el puerto, tierra de frontera”, dice. Y suspira.
Está adentro de su territorio.
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miércoles 30 de septiembre de 2009

La gripe mexicana- Ana Prieto


El Museo Nacional de Antropología cierra a las siete de la tarde y a las seis los guardias de seguridad y los altavoces ya empiezan a despachar a la gente. Si en el México antiguo hubiesen prosperado menos culturas, el lugar sería más chico y quince minutos bastarían para vaciarlo, pero se necesitan por lo menos dos días para recorrerlo entero y muchos más para recorrerlo bien, por lo que una hora apenas si alcanza para apurar a los rezagados. La mañana del 16 de abril un comunicado oficial avisó que el Museo permanecería cerrado al público “por causas de fuerza mayor”, y a la tarde, en lugar de echar a nadie, los guardias recibieron a la policía federal y al servicio secreto de Estados Unidos, que vino a reemplazarlos por el resto de la jornada.

Las mesas para el banquete se dispusieron al aire libre en el patio central del Museo, de espaldas a la imponente sala de los Aztecas y a un lado de la columna de bronce labrado que se conoce simplemente como “el paraguas” y que imita al árbol con que los Mayas representaban el universo: en las raíces el inframundo, en el tronco nuestros asuntos terrenales, y en la copa el cielo que precede a los dioses.
Era una noche típica: ni frío, ni calor ni estrellas para contemplar porque el smog las terminó de tapar hace años. Los recién llegados entretenían la espera tomando margaritas de colores y admirando la cascada de treinta metros que emergía de las entrañas del tronco sagrado. Había senadores del PRI y diputados del PAN compartiendo, entre otras cosas, el gusto de pertenecer al selecto grupo de invitados. Había sindicalistas famosos y nóbeles como Gabriel García Márquez y Mario Molina. También llegó el multimillonario mexicano Carlos Slim, que según la revista Forbes, posee la tercer fortuna más grande del planeta. Otro Forbes menos glamoroso, el narcotraficante prófugo “Chapo” Guzmán, parecía existir sólo como un mal recuerdo nacional en la que prometía ser una noche de magia.
Para entonces los hombres del servicio secreto ya se habían asegurado de que no hubiese francotiradores tras una cabeza olmeca o bajo la falda de serpientes de la diosa Cuatlicue. En ningún lugar habían visto esculturas más extrañas, ni en Turquía, ni en Praga, y sin duda tampoco en Francia, donde habían estado a principios de mes. Un vago escalofrío recorrió la espalda de los que se ocuparon de revisar la sala azteca, y lo atribuyeron al cambio de altura y de clima y quizá también al cansancio, porque de hierro no son, aunque lo parezcan.
En su último día como director del Museo, el arqueólogo Felipe Solís recibió a Barack Obama y a Felipe Calderón cerca de las 20.15. Pasaron junto al enorme monolito de la entrada, dedicado a Tláloc, el dios azteca de la lluvia, y con tanto agasajo nadie recordó que hacía exactamente 45 años, el 16 de abril de 1964, un convoy del ejército se llevaba a la deidad de su Coatlinchán natal al D.F. en un trailer de 32 ruedas. Nadie recordó tampoco la tormenta que estalló a su partida, ni que su peso de más de cien toneladas había reventado el sistema de aguas del pueblo en su traslado, inundando las calles y convenciendo a los habitantes de que semejante caos no era otra cosa que la furia desatada del dios.
El crepitar de los flashes compitió con los murmullos de admiración de los invitados cuando Obama apareció en la explanada del Museo. Saludó a cuantas personas pudo sin ahorrar apretones de mano y reconoció a García Márquez sin que mediaran presentaciones: “He leído todos sus libros”, le dijo. Solís invitó a las comitivas presidenciales a admirar los tesoros mexicanos, y casi no hubo tiempo para la Piedra de Sol Azteca antes de empezar con los discursos. Calderón celebró una nueva era de relaciones entre México y Estados Unidos y se refirió a Obama como “la esperanza de mejores días para una humanidad que sufre los efectos de sus propios errores”. Obama prometió una reforma migratoria en su país y la decisión de luchar contra el tráfico de drogas. Cenaron camarones con pico de gallo, filete en salsa molcajeteada y nopalitos asados con calabacitas rellenas. De postre hubo barrilitos de higo y para beber vino tinto y margaritas de sabores. La brisa llevaba y traía el perfume de las flores y de las señoras, y diminutas gotas de la cascada brillaban en copas, cabellos y bigotes.
Armada por fin de valor, Elba Esther Gordillo, dirigente del Sindicato Mexicano de Trabajadores de la Educación, tomó a Obama del brazo como si fuese un viejo amigo, señaló a Felipe Calderón con su larga y afilada uña y le dijo: “es un buen presidente”. Otro escalofrío sorprendió al guardaespaldas de Obama, pero no por el gesto audaz y potencialmente peligroso de Gordillo, sino por un reflejo indefinido que lo hizo volverse a la sala azteca y contemplar la figura que había respaldado, aparte de él, a los dos presidentes. Era el jaguar, encarnación del dios Tezcatlipoca, con las garras hincadas en la tierra, el mentón elevado y su hocico terrible a medio abrir. Parecía como si un torpedo de arena lo hubiese paralizado en pleno movimiento. Algún perdido sentido de la superstición le quiso advertir que sacara a los presidentes de allí, que moviera todas las mesas y las colocara frente a una escultura menos inquietante. Pero la idea pronto se esfumó en la brisa y sin más volvió a sus asuntos terrenales.
En el México antiguo, donde la única promesa de felicidad era la muerte al servicio de los dioses, lo más parecido al infierno era la incertidumbre por los vaivenes de la vida. A esa incertidumbre, a ese no saber, lo llamaban Tezcatlipoca.
Felipe Solís no sabía que al día siguiente no iba a poder ir a trabajar porque tenía la garganta irritada y el pecho tomado. No sabía que dos días después debería internarse ni que la muerte ya venía a buscarlo. Menos podía saber que se dijo que la causa fue la influenza que estallaría en el país el 22 de abril, ni que Obama y todo el servicio secreto serían sometidos a estudios médicos de urgencia por haber compartido la velada con él. No podía imaginarse tampoco que su desgracia serviría para asegurar que la peste había brotado tiempo antes, pero que el gobierno la había ocultado para que Obama no cancelara su visita y con ella la nueva era de relaciones entre México y Estados Unidos.

Quién va a poder

El restaurante Contramar de Colonia Roma tiene una espera larguísima si no se toma la precaución de reservar. Lo fundó en 1998 una empresaria de sólo 23 años, y hoy es uno de los puntos gastronómicos más informales y glamorosos del D.F., con una selección de platos que se ha sofisticado al ritmo de las fusiones culinarias que la globalización puso de moda. Si tuviera un slogan, sería simplemente “comida de playa”, pues la idea original fue ofrecer “un lugar en la ciudad en el que se pudiera comer tan bien como en una palapa playera”. Y la decoración va en ese tono: un enorme mural con motivos marinos, banquetas azules para la barra, mesitas de a cuatro con manteles blancos, techo del color de las hojas de palma secas, y lámparas que al caer el sol recrean un atardecer anaranjado frente al mar. Al lado de una pintura que muestra a un cangrejo con las tenazas erguidas como castañuelas, una pizarra reproduce coplas de amor y de playa: Si el agua de mar fuera tinta, y las olas de papel/ Si los peces escribieran, cada uno con pincel/ En cien años no escribieran lo que te llego a querer.Marisa y Tomás llegaron a Contramar a las dos de la tarde pasadas, y con poca esperanza de encontrar lugar, pero el restaurante estaba al tercio de su capacidad. “Híjole, ya se apanicó la gente” le dijo Marisa a su amigo, y por toda respuesta Tomás señaló sonriente el codiciado lugar vacío junto a los ventanales que dan a la avenida.
El asunto había estallado rápido y desparejo. El 22 de abril todos los medios de México estaban encima de un nuevo reguero de sangre narco, que sumaba dos muertes a las más de 1600 ejecuciones acumuladas desde principio de año. Unos jóvenes tenientes que andaban cerca del supuesto escondite del “Chapo” Guzmán, líder del cartel de Sinaloa, fueron asesinados en represalia a la audaz declaración que cinco días antes había hecho Héctor Gonzáles Martínez, arzobispo de la zona: “Más adelante de Guanaceví, por ahí vive el Chapo. Todos lo sabemos, menos la autoridad”. Para que no quedaran dudas acerca del móvil, los sicarios dejaron un mensaje escrito al lado de los cuerpos: “Con el Chapo nunca van a poder ni sacerdotes ni gobernantes.”
Y mientras los diarios vociferaban esos crímenes a toda página, mientras declaraciones, especulaciones y responsabilidades se repartían ese 22 de abril, el periódico Reforma anunciaba en cambio que los muertos eran cinco, que había ciento veinte bajo amenaza y que la situación, por suerte y por ahora, se concentraba en la capital. El matutino rompió con los hábitos gregarios de la rotativa nacional para desarrollar un titular tan escueto como extravagante: “Golpea influenza al D.F.” Y tanto golpeó que a los dos días ya nadie recordaba al Chapo ni sus crímenes ni la idea de llevar al ejército a las calles para combatir el flagelo narco. A los dos días se habían suspendido las clases en toda la capital, se había hecho un cerco sanitario en los hospitales y se recomendaba “no saludar ni de beso ni de mano y evitar sitios concurridos.”
− ¿Luis, ya viste esto? ¿Lo del fútbol a puerta cerrada? -le había preguntado la mañana del sábado 25 Marisa a su pareja, mientras chequeaba las noticias desde el monitor de su Mac. Luis estaba en Buenos Aires por trabajo y al momento en que le sonó el celular caminaba por la célebre Plaza de Mayo.
− Sí, ya vi, llegan a hacerle eso a los argentinos y se arma una manifestación acá frente a la presidenta. ¿Y qué, te vas a guardar en la casa?
− No, ya quedé con Tomi para ir a comer; no me voy a estar yo acá encerrada por una gripa.
Así que allí estaban en Contramar, y mientras esperaban que el mozo trajera las copas de vino blanco y las tostadas de atún fresco que habían pedido como entrada, Tomás se dio cuenta de que compartían guarida con el matrimonio más exitoso de la TV mexicana: Alejandro Camacho y Rebeca Jones tampoco habían hecho caso a la recomendación de permanecer dentro. Ella saboreaba con cada trago de su bebida playera la expectativa de ser la estrella de la obra “Entre mujeres”, que estaba a sólo una semana de estrenarse en el gran teatro 11 de julio. El beso en la boca que se daría en escena con la actriz Jacqueline Andere, casi 20 años mayor, era vox populi, y la transgresión invitaba al éxito seguro. Su marido en cambio descansaba, como cualquier otro sábado, del papel protagónico que tenía hacía más de un año en la telenovela “Alma de hierro”, adaptación de la argentina “Son de fierro”, y que resultó la más premiada en el reciente certamen de TV y Novelas, incluyéndolo a él como Mejor Actor. “No me gustaría que se alargara más la historia” se había sincerado antes Camacho, “pues la interpretación de Hierro es muy desgastante y cuesta mucho trabajo. Pero bueno, yo soy actor y como tal acato las decisiones”.
Y muchas decisiones tendrían que acatar ambos en los días que siguieron. Jones tuvo que esperar todavía un mes para ser besada por Andere, a pesar de las declaraciones del productor, que aseguraba que en una semana iban a poder estrenar. A Alejandro Camacho le llegaron dos noticias: primero que ya no iba a poder abrazar ni besar frente a las cámaras a Blanca Guerra, su esposa en la ficción, y segundo, que ya no habría un frente a las cámaras por tiempo indeterminado, pues Televisa decidió suspender la mayoría de sus grabaciones el 30 de abril.
Marisa y Tomás pidieron una segunda entrada de tacos de marlín ahumado y terminaron el almuerzo con una sambuca y burlas alegres sobre los marranos y la paranoia local (“ni que fuéramos gringos”). De vuelta a su casa en el auto de Tomás, y todavía con el licor de anís dándole vueltas por los labios y la cabeza, ella chequeó las noticias desde el blackberry, donde se encontró con que hasta los cines iban a cerrar y que ya había 68 muertos, 20 de los cuales eran víctimas confirmadas de la “cepa recién descubierta”. Mientras el auto se desplazaba suavemente por la avenida Durango y unas nubes grises oscurecían la tonalidad imprecisa y diaria del cielo del D.F., ella se acordó de lo que había pasado en febrero en el monumental Zócalo: casi 40 mil parejas se habían besado durante 7 horas, imponiendo en el record Guiness al Distrito Federal como la capital mundial del beso. Cuando estacionaron frente al edificio de Marisa y acercaron las caras para despedirse, ninguno dijo lo que sin querer habían empezado a pensar: que tal vez sí era cierto que mejor ni besarse en la mejilla.
Esa noche el secretario de Salud José Ángel Córdova Villalobos formalizó las medidas, decretando “la suspensión total de eventos en espacios cerrados o abiertos de cualquier tipo, como centros de culto religioso, estadios, teatros, cines, bares y discotecas donde se generen aglomeraciones”. El domingo 26 se decidió no dar más misas, y la arquidiócesis mexicana se apresuró a librar de culpa a los fieles anunciándoles que “durante el tiempo que dure la contingencia sanitaria están dispensados del precepto dominical”. Si el gobierno y el clero iban a poder o no con el Chapo ya no preocupaba a nadie; ahora el asunto era si iban a poder con la influenza.
El domingo Marisa se levantó para enterarse de que la Organización Mundial de la Salud había declarado el alerta mundial por algo que estaba pasando en su ciudad, y que muchos habían empezado a llamar, sin más, “gripe mexicana”. Decidió estudiar todo el día, pero la concentración que tenía que dedicar al doctorado se diluía cada tanto en la imagen de un cocinero estornudando sobre sus tostadas de atún, o de su sambuca vertida en una copa mal lavada, de la que antes había tomado alguien con los síntomas de la pinche gripa.

Al susto no hay nadie que lo componga

Cuando llegó a su oficina en la Secretaría de Relaciones Exteriores el lunes 27, la encontró llena de hombres. ¿Dónde estaban Laura y Tamara? ¿Dónde estaba la recepcionista nueva? No hizo falta que le explicaran que las ausentes eran las que tenían hijos. “Ahora las jodidas somos las que no tenemos”, le contaba esa noche a Luis, que de Buenos Aires había viajado a Lima, “porque nos toca hacer el trabajo de las que sí tienen, y de inmediato se asumió que las que deben quedarse en casa son las mamás, no los papás.” En la oficina las noticias se volvían rumores y los rumores noticias: “Se duplicó el número de muertos, se triplicó” “Oigan, Filipinas acaba de suspender los vuelos a México” “A los gringos y mexicanos que llegan a Corea del Sur los revisan cuando bajan del avión” “Este desmadre es para tapar una devaluación” “¿Es cierto que viene de las granjas de puerco?” “¿Sí vieron que Donald Rumsfeld tiene acciones en Tamiflú?” Casi todo el piso estaba reunido a las 11.30 frente a los monitores más grandes, porque el Secretario de Salud iba a dar un nuevo informe. Cuando las ventanas empezaron a vibrar a las 11.48, en lugar de alertarse todos aguzaron el oído para escuchar mejor lo que Córdova Villalobos estaba diciendo. Pero un segundo después, 5,8 grados Richter entraron a los tumbos al edificio. Los empleados de allí y de todos los alrededores salieron espantados y permanecieron como dos horas en el parque de enfrente. “Si ven un perro patéenlo”, dijo algún chistoso, “porque nos viene a mear.”
El martes 28 Marisa hacía cola en la planta baja del trabajo para mostrar su credencial y recibir el tapabocas que estaba obligada a usar todo el día y toda la semana. Cuando se lo entregaron firmó una constancia con una pluma encadenada a un escritorio, que acababa de pasar por 500 manos y todavía pasaría por 500 más y no había alcohol en gel por ningún lado. Tenía los ojos hinchados porque se había despertado tres o cuatro veces por la noche a ver las noticias, esperando encontrarse de pronto con 10 mil muertos y un éxodo masivo. Esa tarde se enteró de que el gobierno argentino había cancelado los vuelos desde y hacia México, y de ahí Perú, Ecuador y Cuba hicieron lo mismo. Luis de pronto no pudo volver; los decretos presidenciales se fueron empujando como dominós: se copiaron como hacía dos siglos unos próceres habían inspirado a otros en la joven América, se contagiaron como la gripe que mantenía a México en reclusión y al novio de Marisa en el limbo de las aduanas.
Las noticias sorprendentes se agolpaban en desorden. En China ponían en cuarentena a todos los mexicanos que llegaban, aunque no viniesen de México, como si tuviesen impresa la peste en el ADN. “No es justo y no se vale, y no sirve de nada el estarle poniendo medidas discriminatorias a los mexicanos”, clamaba un impotente Felipe Calderón, que empezaba a sentir que su país no sólo estaba lejos de Dios, como dicen que dijo don Porfirio Díaz, sino lejos de todo el mundo. Que Haití rechazara más de 70 toneladas de ayuda humanitaria que venían cargadas en el buque mexicano “El Huasteco”, fue la gota que derramó el vaso, y Calderón, furioso, perdió toda diplomacia al decir que en el país más pobre de América “¡la gente no se está muriendo del virus, se está muriendo de hambre!”
Al menos hacia dentro, el presidente no tuvo que controlar ninguna revuelta. Las medidas se acataron sin escándalo, aun las más escandalosas, como la habilitación para entrar “a todo tipo de local o casa habitación para el cumplimiento de actividades dirigidas al control y combate de la epidemia.” La campaña logró cambiar patrones de comportamiento con la rapidez de una bomba sociológica y los barbijos y el alcohol en gel se consumían con disciplina. Las teorías conspirativas se hicieron sentir por lo pocas que eran: que si es un negocio de las farmacéuticas, que si México es un laboratorio para experimentar con patrones de pánico, que si es para distraer de una devaluación, que igual no se sabe, igual por si las moscas mejor taparse la boca.
Los medios daban unas cifras y la Organización Mundial de la Salud, otras. El 28 de abril para los diarios mexicanos la nueva gripe se había cobrado un promedio de 150 vidas, y para la OMS, 7. No se esperaban confirmaciones de laboratorio; ante la novedad del virus, se prefirió lidiar con la incertidumbre asumiendo que todos los muertos con síntomas de gripe habían muerto de ese tipo de gripe, que ya todos llamaban “porcina” en vez de “mexicana”. Una desmentida sí llegó a tiempo: Felipe Solís, el director del Museo de Antropología, falleció de un infarto, consecuencia de un cuadro de neumonía agravado por la diabetes que había padecido durante años.
Y mientras tanto YouTube se llenaba de “corridos de la influenza”: Don Felipe Calderón ya ha anunciado/que hay medicinas que curan esta bronca/ pero el miedo nos mantiene apendejados/ porque el susto no hay nadie que lo componga.

Cielito lindo

El gobierno aprovechó el viernes 1 de mayo para hacer un puente de feriados, mantener a la gente cinco días dentro y disminuir las probabilidades de contagio. El monitor de la computadora se convirtió en la única ventana a la que Marisa podía asomarse sin tapabocas y se pasó la mañana escribiendo correos: “Van 16 muertos, 400 enfermos, ¡la verdad es que eso no es nada! Entiendo que no quieran que se propague, pero es que la economía no va a aguantar este putaso. Todas las playas vacías, turismo cero, los restaurantes cerrados, es una locura.” A su novio le repetía: “este encierro sola me va a matar.” A su amiga de Argentina le puso: “He ido a trabajar pero por ratos, porque hay que ver qué vamos a hacer con todos los mexicanos indocumentados, que si se propaga la influenza no van a querer ir al doctor por miedo a que los deporten. Además hay que monitorear el clima anti-inmigrantes, te imaginarás.” Y también: “Por supuesto la gente está apanicada, y la verdad es que lo que hizo la Kirchner, se la mamó, pero qué falta de solidaridad, y de ahí Perú hizo lo mismo, ay.”
A mediodía aprendió a hacer las compras por Internet, y el pedido se lo trajo un chico con barbijo industrial y guantes de látex. A las tres de la tarde, saturada de soledad y de actualizar noticias, decidió ir a dar una vuelta en bicicleta. Primero pedaleó despacito y torpe; las piernas le temblaban y le costaba enderezar el manubrio. Miraba sobre el hombro las calles vacías, como si temiera que alguien la estuviese persiguiendo. Pero pronto entendió qué era en realidad lo que la hacía sentir tan abrumada y tan ansiosa. Era el silencio; Marisa comprendió que el D.F. había perdido su acople de fondo. Pensó en el comienzo de la película española “Abre los ojos”, con el protagonista corriendo por un Madrid desolado, y también en un cuento de Ray Bradbury que le habían hecho leer en la primaria, en que el protagonista despierta una mañana para encontrarse con que todo el mundo ha abandonado Marte, menos él.
Se animó a tomar calles en contramano y del asombro pasaba a la risa, pero el shock fue fulminante cuando subió el puente que cruza la Avenida Constituyentes para encontrarla vacía, cuando siempre, en toda su existencia de 31 años, había sido un hervidero diario de automóviles. Si hay un lugar para la vida eterna en este mundo, ese lugar son las grandes avenidas mexicanas. Marisa frenó su bicicleta y observó la autopista desierta. Su asombro se transformó en recogimiento, porque frente a la inmensidad de un vacío que desconocía, frente a la fuerza irresistible que había aquietado el caos, frente al miedo, justificado o no, por el que casi 20 millones de personas se habían encerrado tras murallas palaciegas, medianas o miserables, por el que hasta los narcos parecían ya no estar, lo único que se le hizo verdadero fue el color del cielo, de repente tan azul y tan profundo como el que habían adorado los antepasados de toda esa ciudad que parecía destinada, por los siglos de los siglos, a la incertidumbre.
Se bajó de la bici y volvió caminando a su casa, con la cabeza ocupada por el gran espacio en blanco del desconcierto, y con el corrido que había escuchado esa mañana cantándose solito, casi sin querer: Ya me despido compañeros de tristeza/ ya me despido mexicanos tan valientes/ porque a pesar de este ataque de influenza/ saldremos hacia adelante como siempre.
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domingo 27 de septiembre de 2009

La Diosa Hermosa del Amor- Cristian Alarcón


Foto. Leandro Sánchez

La diosa hermosa del amor mira el cielo reventado de relámpagos y nubes, cayéndose sobre ella, y se deja mojar sin abandonar el trino de su voz alzada ante la multitud de peruanos y bolivianos que la escucha cantar huainos. El vestido andino de mil quinientos dólares, bordado hasta el detalle más ínfimo durante tres meses por artesanos de Huánuco, su patria chica, se empapa. Dos bailarines de su trouppe, de gira por la Argentina, abandonan la danza y la cubren con sendos paraguas. Es inútil, la tormenta no cesa. Dina Paucar, la cantante folclórica que se convirtió en la diva más popular del Perú, tiene humor; guarda y ejerce la picardía andina: decidida, le habla al Señor.
– Pero Diosito, si tú sabes que soy la diosa del amor, ya no me mojes más.
¡Para qué!, piensa Dina apenas suelta la frase juguetona. Suena un trueno que hace temblar el escenario al aire libre en plena periferia de Mendoza Capital. Es como si “alguien hubiera abierto el cielo”. Dina se arrepiente de haberle hecho la broma al Supremo. Ya es tarde para preocuparse por el traje que lleva puesto. El maquillaje se le corre. Falla el bajo eléctrico. Chirría el micrófono. Se mece la batería. Son baldazos lanzados con furia. El escenario parece colapsar, pero en la tribuna los fanáticos siguen el ritmo chapoteando sobre el piso mojado. Reciben la lluvia como si despertaran de una sequía intensa. Al fin y al cabo Dina y la mayoría de ellos son migrantes que primero dejaron el campo para ir a la ciudad –Lima, Potosí, La Paz— y sintieron en el cuerpo las lluvias serranas, o los diluvios de la selva. Dina es con su baile saltadito y sus canciones románticas la esencia de la migración andina. La diosa no lo recuerda, pero ella misma, en una entrevista lo dijo: “Extraño andar descalza en la sierra, abrir los brazos bajo la lluvia con relámpagos”.


La choledad

Al fin hubo que salir del escenario; corrían peligro de electrocutarse. Los nueve integrantes de su banda, “Los superelegantes del amor”, saben de riesgos: recorren los caminos más escarpados del Perú en giras interminables por el interior. Se han accidentado media docena de veces: la propia diva tiene una costilla fisurada en un vuelco espectacular. Con 17 discos editados, cientos de miles vendidos –a pesar de la piratería peruana que es la más exitosa del continente— y unos diez viajes y cincuenta conciertos por mes, Dina Magna Paucar no se mueve sin marido y productor, Rubén Sánchez, un morocho alto que la filma y la fotografía mientras ella habla sentada en el living de un departamento amoblado del Abasto, en el centro de la pequeña Lima de Buenos Aires en la que se ha convertido el barrio de Carlos Gardel. Rubén es el amor que la redimió hace ya diez años de un corazón roto en su primera juventud y de un contrato abusivo que la mantuvo cautiva de una productora sin escrúpulos.
Rubén la hizo cruzar las fronteras. Esta es la novena gira por la Argentina: entre viernes y martes a la madrugada hicieron Córdoba, Mendoza y Buenos Aires. Las redes de comunicación de los peruanos y bolivianos que la adoran funcionan a la perfección al margen de la industria cultural mainstream. El buscador de Google fracasa detectando dónde se presentan. Sólo conocer peruanos permite rastrear que canta en el ex Penélope, de Nazca y Rivadavia. Pero no, allí dicen que quizás en el Mágico Bailable de Liniers. El cronista se desplaza hacia el oeste de la ciudad, sin suerte. Dina estuvo en Mágico, pero la noche anterior. “Hoy está en un boliche nuevo de San Justo, por Provincias Unidas al fondo”, orienta uno de los patovicas de la puerta. Autopista, bajada del Bingo, avenida, y pronto se ve la comunicación impecable de su equipo: “Dina Paucar, la Diosa Hermosa del Amor, en Corazón Disco. Sábado. Camino de Cintura 3235”.
Es un local para unas setecientas personas. A las dos de la mañana no hay más cola. Está repleto. La gente baila música andina y una que otra cumbia nacional. En un galpón con mesas de plástico, desde una barra atendida por chicas de remeras atadas en la cintura se llenan los vasos de cerveza de litro, a los que los meseros le ponen hielo para que enfríe mejor. Cada tanto un locutor bailantero anuncia a la Diosa. Son dos horas de pre calentamiento. Por fin el milagro de su aparición ocurre a las cuatro de la madrugada.
– Aquí estoy para hacerlos bailar hasta las siete de la mañana –les dice.
Los fans braman. Alzan los brazos. A aplauden. La primera fila de jóvenes le arroja sus chales, sus pañuelos, sus camperas. Ella los toca. Se coloca un chal en los hombros un rato. Los músicos devuelven las piezas. El público las besa, como si hubieran sido bendecidas.

Yo no seré campesina

Dina Magna Paucar es la segunda hija de una pareja de campesinos de Tingo María, la selva del Huallaga, donde la hoja de coca crece como la hiedra. Nació el 9 de mayo de 1969 en un pequeño paraje en el que creció con poca ropa, a veces descalza, acostumbrada a la exhuberancia del paisaje y las noches llenas del silencio habitado que producen los animales nocturnos. Sólo las borracheras de su padre y esa maldita costumbre machista de pegarle a las mujeres que todavía tienen en el campo la torturaban. Pero la violencia en las casas era tan común que aquello no era nada al lado de lo que comenzó a pasar a fines de los setenta y comienzos de los ochenta: en esos pueblos se hizo fuerte Sendero Luminoso, la guerrilla maoísta comandada por el líder único y central, Abimael Guzmán, aquel hombre que al ser detenido fue exhibido al mundo con un traje a rayas. Dina tenía nueve años cuando un grupo de guerrilleros vestidos de fajina y con pasamontañas negros cubriéndoles el rostro volteó la puerta de su casa y se le tiró encima a su padre. Lo bajaron a cachetazos y le preguntaron que dónde estaba no sé quien. Que dónde se había metido fulano. Ella se cruzó entre el jefe y su padre como un soldado:
– ¿Por qué le dan tan duro? Si nos matan, ¡que nos maten a todos! –les dijo.
La patearon hacia un rincón donde quedó tirada. El que mandaba habló:
– Si mañana volvemos y los encontramos acá los matamos a todos, incluidos tus cachorros.
“Mi papá agarró lo que teníamos y nos fuimos a la sierra, donde hay lluvia, relámpagos, truenos, donde la lluvia te moja y te mueres de frío”, cuenta Dina. Se instalaron allí donde tenían parientes, en el paraje Irma Chico, del otro lado de la Cordillera. Allí, ante un paisaje imponente, viven cuarenta familias. Hasta allí sueña Dina Paucar con regresar: quiere construirse una casa y ayudar a los pobladores a que mejoren las suyas. Quiere donar el dinero para que arreglen la antigua iglesia de Pachas y casarse de blanco con su amado. El relato biográfico es una materia aprendida con la fama. Pero Dina logra volver sobre su vida con una frescura que la hace siempre original e interesante. Su historia es tan conocida en Perú que con ella se hizo una telenovela. Se llamó Dina Paucar: la lucha por un sueño. Tuvo un rating que batió records: superó los 30 puntos y le ganó a sus competidoras, los realities peruanos conducidos por estrellas de TV con pasados y presentes turbulentos. Tanto fue el éxito de la parábola de la serrana que se produjo una segunda temporada: Dina Paucar, el sueño continúa.
En esa telenovela, en la que la interpretó una famosa actriz cuyo mayor problema es que era muy flaca al lado de la sana figura de la diosa, se cuenta una alegoría del “cholo” que dejó la sierra para buscar su futuro en la ciudad de Lima. Si Dina hasta entonces era una estrella que representaba “lo cholo” –una chola hiperbólica—, con la telenovela terminó de fundirse en el inconsciente colectivo del Perú como símbolo del migrante mestizo que tras un esfuerzo épico triunfa en la ciudad. Lo cierto es que a sus desventuras no les falta nada. Tenía diez años cuando intentó por primera vez escapar de su pueblo hacia la capital. Su padre era violento con su mujer, pero a sus hijas no las golpeaba. Cuando la encontró –las dos veces que intentó huir sin éxito— le impuso un método milenario: “Me ataban dos calabazas a la espalda y tenía que subir cuestas de tres horas con ese peso cargado”, cuenta.
La idea de remontar el camino hacia la capital nació con los relatos de su tío Alipio, que vivía en El Callao y hablaba maravillas de la vida en la gran ciudad: llegaba a Irma Chico cargado de regalos y por las noches ofrecía sus relatos: pan dulce con manteca por las mañanas y músicos con orquesta en las discotecas los sábados y domingos, rascacielos y grandes iglesias, procesiones religiosas con multitud de fieles y mujeres hermosas por las calles, con la cara coloreada y los ojos pintados, en trajes de moda. Ante el sueño metropolitano de Dina, la idea de crecer en la chacra de sus padres era insoportable.
– ¿Cómo juntaste el coraje para partir?
– Desde muy pequeña supe lo que era la vida de las mujeres en la sierra. Ahora está cambiando un poco, pero antes una mujer podía estudiar sólo primero o segundo de primaria; que sepas sólo el abecedario y firmar con tu nombre, nada más. Entonces tenías que irte a la chacra, y prontito hacías pareja. A los trece años tenías un hijo. Yo no quería esa vida. Mi hermana, Alejandrina, que luego fue quien me empujó a ser la cantante que soy, me decía, ¿cómo te vas a ir? Luché con ella para que ella me diera ánimo. Yo le decía: “pues quédate tu a ser una campesina, yo me voy de acá”. Mi hermana terminó ayudándome. Me aconsejó que le mintiera al chofer del bus que iba a Lima a buscar medicinas para mi madre.
El conductor le creyó, pero la guerra interna hacía difícil que una nena llegara así nomás a Lima. Antes de la capital había tres controles militares. “Dime la verdad. A qué vas a Lima. Hay mucha niña escapada, y cuando las agarran abusan de ellas”, la advirtió. Dina se confesó: “Voy a Lima porque quiero cantar”, le dijo. El hombre la hizo bajar quinientos metros antes de cada puesto. Ella caminaba, como una niña más, hasta más allá del retén y volvía a subirse al bus. En el último, ya cerca de Lima en Ancón, era fácil reconocer en ella a una niña serrana. Le rogó a una mujer que vendía caramelos a la vera del camino. “Me prestó una canastita para pasar por vendedora, como ella. Así hice, caminé hasta que ya no vi los militares y le devolví sus cosas. Al rato vi las luces del bus. Eran como las tres de la mañana”.
– ¿Cuál es el primer recuerdo que guardas de la ciudad?
– El bus me dejó en Girón Ayacucho y salí por el único camino que tenía luz. Llevaba cinco soles escondidos en las medias. Me agarraron unos rateros casi de mi edad, que estaban oliendo terocal (un inhalante como el poxirán). Y dijeron: “Oye, mira, esta es serrana. Huele feo! Ajjj!” Yo tenía mi mantita con papa, mi cui asado que me había hecho mi hermana. Uno de ellos dijo: “Ay, esta cochinada, quién la va a comer”. Se rieron de mí hasta que vino uno que dijo: “Ya déjala, que tu también eres de la sierra”. Ese chico me protegió y me mostró un lugar bajo un reloj enorme para dormir.
– ¿Cuál era tu ilusión?
– Usar tacos. Maquillaje. Un lindo vestido.

Era el mar

Dina se despertó con los gritos de los voceadores limeños: niños como ella que anuncian el destino de los minibuses que cruzan la ciudad: “¡El Callaooooo!”, escuchó. Su amigo le había dejado un mensaje escrito en la pared: “Suerte Dina Paucar”, decía. Sabía que su tío Alipio vendía en el mercado gigante de El Callao. Se bajó en el final del recorrido y caminó sin poder creerlo hacia la costa. “Me impresionó tanta agua junta: yo decía, ¡qué río tan grande! Pero era el mar”, se ríe. Esa tarde encontró el Mercado Modelo. Su hermana la había aconsejado caminar sin miedo, como si toda la vida hubiera vivido en la ciudad. Así anduvo hasta que dio con Alipio y su carro con “emoliente”. Ella no sabía que durante los próximos tres meses vivirá de ese brebaje andino hecho en base a agua de cebada, linaza, boldo, alfalfa, cola de caballo y limón. Pronto Dina supo cómo prepararlo y cómo ofrecerlo. “Mis primas me empezaron a echar un poquito de maquillaje. Todos los marineros que salían de la plaza Grau me compraban. Yo les daba mi yapita”.
Como en cualquiera de las telenovelas latinoamericanas en las que una chica llega a la ciudad a trabajar, Dina también fue durante un tiempo empleada doméstica. Su padre, que la visitó a los tres meses, le prohibió que siguiera vendiendo en la calle. La ubicó con una mujer que además la hizo volver a la escuela. Cuando la dueña de casa salía ella jugaba con sus tacos. Pronto tuvo los suyos. Y trajo a su hermana del campo. Juntas volvieron a vender por las calles. Alejandra no la dejó olvidar por qué dejó sus pagos, a qué viajó a la capital. “Mírate Dina! ¿qué has hecho? ¡Nada!”, le decía. Así le consiguió una audición con un grupo de cumbia “chicha” que necesitaba una voz femenina. En Perú el término chicha se aplica no sólo a la música, sino a una cultura urbana sincrética de lo andino y lo costeño, popular hasta la médula, colorinche, altisonante y barata: la cultura del inmigrante sobreadaptado. Dina se luqueó para su primer presentación con un atuendo que hoy le da risa: “toda chica material”, dice.
– ¿Cómo eras entonces?
– Me hice ese corte de pelo como Verónica Castro en Los Ricos también lloran. Tenía el cabello esponjoso con rulos y bien lindo. El grupo se llamaba Los Roldis. La primera vez salí con una falda y un chaleco de cuero, mis botas, un body negro. No me hacía llamar Dina, sino “La Chinita Yiyi”, por una cantante famosa entonces, la Princesita Mylli. De ella cantaba una canción: “Quisiera ser ciega/ para no ver más/ Ser como una piedra/ y no sentir jamás”.
– ¿Quién te enseñó a cantar?
– Mi mejor academia, mi mejor profesor y mi mejor público fue el espejo. Yo me miraba cómo pararme, cómo sonreír; hacía de cuentas que había un millón de personas detrás del espejo. Al comienzo me silbaban. Yo no estudié canto, ni actuación, nada.

Herida en el alma

Dina dejó de ser “La Chinita Yiyi” al año y medio y se dedicó a cantar gratis en las “polladas”: cada vez que alguien necesita un dinero extra en Lima la emprende con el pollo asado y la venta de cerveza. El evento suele ser por una causa solidaria: una enfermedad, el dinero para un viaje, los quince años de una hija. Y en él tocan grupos populares. Mientras tanto Dina estudiaba cosmetología y peluquería. La tenacidad de la diva volvió a ponerse a prueba cuando tenía dieciocho años: quedó embarazada de un hombre al que amaba. “Me dijo, ‘acuéstate mejor con un viejo y dile que es su hijo, porque yo no me haré cargo de él’. Me sentí lastimada; herida en el alma”. Regresó al pueblo. Su padre le puso una tiendita en el pueblo. Pero a los siete meses regresó a la capital. Tenía un plan que funcionaría: pasar de las polladas a los locales en los que aún hoy suele tocar. Y grabar su primer disco al que le puso “Mi tesoro”, en honor a su hijo, que hoy ya tiene 20 años.
Pero necesitaba promoción. Así que Dina invirtió en un espacio radial para hacer conocer sus temas. Así creció: pasó de cantar gratis a cobrar por fiestas de casamiento o cumpleaños. Tardó unos tres años hasta que el dueño de la productora de folclor peruano más importante la buscó después de rechazarla varias veces. Ella, emocionada, firmó un contrato leonino por el cual le pagaban 40 soles por show y nada por sus discos. En ese periodo grabó el mayor hit de su carrera: Qué lindos son tus ojos. “Qué lindos son tus ojos/ qué dulces son tus labios/ hermoso chico eres tú/ de lindos ojitos negros”, dice el huaino sentimental. Entre el 94 y el 95 vendió 260 mil copias. Pero no fue hasta el 98, de la mano de Rubén, que se desató del empresario aprovechador. Desde entonces su carrera es una empresa propia: se llama Amor Amor y tiene un sólo enemigo, el mercado ilegal, la copia trucha, esencia de la cultura chicha. Por eso asume que el dinero entra no por la venta de discos sino por los shows.
Además de los viajes continuos al interior del Perú, Dina Paucar y Los superelegantes del amor ya fueron dos veces a los Estados Unidos y cinco a Europa. Estuvieron en California, en Denver, en New Jersey y en la ciudad que más la impactó: Las Vegas. En Madrid llenó la Casa de Campo con diez mil fanáticos. Su itinerario muestra el de la migración peruana, un fenómeno transnacional. Por eso vino a Buenos Aires nueve veces. Por eso volverá. La fama de la Diosa hermosa del amor ya no tiene fronteras. Su elegancia andina, su estilo de reina del folclor pop, la han llevado a los niveles más altos de su país: no sólo es la embajadora de UNICEF sino que ha coordinado la mesa Lo cholo y la modernidad junto a académicos limeños en la Biblioteca Nacional del Perú. Este año se prepara por primera vez con una maestra de canto y actuación para lo que viene: un programa de TV conducido por ella en el que piensa transmitir la cruda realidad de los extremos pobres de su país, “allí donde el estado no llega”.
La última de sus satisfacciones pintan la dimensión de su vida de diva. El fotógrafo de Vogue y Vanity Fair, el preferido de la princesa Diana, Mario Testino la buscó en Lima para hacerle una fotografía en Machu Pichu. Dina Paucar estaba entonces de gira en Buenos Aires. Al regresar a Lima fue invitada al cocktail de despedida del artista. Llegó ataviada con su mejor vestido. Testino la vio, y cayó a sus pies. Le besó la pollera y la declaró su princesa andina. Dina se retiró un momento, cambió de vestuario y regresó al gran salón para obsequiarla el vestido a su gran admirador. Testino lo recibió emocionado y juró que lo expondría en su mansión londinense junto al que le regaló Lady Di antes de morir. La diosa hermosa del amor se lo agradeció entonando a capela, solo para él, un huaino sentimental.
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miércoles 23 de septiembre de 2009

El hombre del telón- Leila Guerriero


La gran Leila Guerriero publicó un libro nuevo: Frutos extraños, crónicas reunidas 2001-2008 (Aguilar). Leerla es una experiencia intensa. Aquí les dejamos, por obsequio de ella misma, una de las más bellas crónicas que se hayan escrito en este país.

Yo, de entre todos los hombres. Yo, nacido en Lota, Chile, un pueblo que fue mina de carbón y ahora es historia. Yo, cincuenta años recién cumplidos en una ciudad al sur del mundo en la que llevo ocho meses y que aún no conozco. Yo, de entre todos los hombres. Yo, que soñaba en Lota con telas exquisitas, y que marché a París, tan joven, para estudiarlas, para vivir con ellas. Yo, las manos hundidas en este terciopelo bordado ochenta años atrás por hombres y mujeres que sabían lo que hacían. Yo, aquí, en este espacio circular, solo, atrapado, mudo, las puertas cerradas por candados para que nadie sepa. Yo, el más odiado, el más oculto, el escondido. Yo, de entre todos los hombres, paso las manos por esta tela oscura como sangre espesa que se filtra en mi sueño y mi vigilia y le digo háblame, dime qué quisieron para ti los que te hicieron. Yo, Miguel Cisterna, chileno, residente en París, habitante pasajero en Buenos Aires, solo, oculto, negado, tapiado, enloquecido, obseso, soy el que sabe. Soy el que borda. Yo soy el hombre del telón.

***
Aunque tuvo una primera versión modesta entre 1857 y 1888 frente a la Plaza de Mayo, el edificio actual del Teatro Colón de Buenos Aires está en la intersección de las calles Cerrito y Tucumán, pleno centro porteño, y lleva la firma de tres arquitectos: Francisco Tamburini, que murió y dejó la obra en manos de su colaborador, Víctor Meano, que murió y dejó al obra en manos del belga Jules Dormal. En el siglo pasado la Argentina era un país opulento y hacer lo que se hizo no fue mayor esfuerzo: se revistió el hall de entrada con mármol de Verona, se vació el techo del foyer con vitrales franceses, se construyó una escalera de mármol de Carrara con barandas rematadas por dos cabezas de león talladas a mano en piezas completas, se adornaron columnas con bosques de oro laminado, se tapizaron paredes con seda, se iluminó la sala principal con una araña de siete metros de diámetro y, finalmente, se inauguró el 25 de mayo de 1908, después de veinte años de obra y cuando ya nadie creía en él, con una puesta de Aída dirigida por Luigi Mancinelli.
El telón es un poco más joven: hay quienes dicen que se hizo en Francia, otros que en un taller local. El resultado es el mismo: un día de 1931 o 1932, dos hojas de terciopelo de 750 kilos cada una, con guardas bordadas a mano de amapolas, laureles y liras que trepaban hasta alcanzar los dos metros de altura, se sumaron a las hectáreas de damasquinos, brocatos y terciopelos que ya poblaban la sala.
La acústica, en cambio, está allí desde siempre. Producto de cálculos minuciosos combinados con el más puro azar, el Colón encierra ese grial esquivo llamado acústica perfecta que lo hace, se dice, el mejor teatro para canto lírico del mundo.
En el año 2001 el gobierno de la ciudad de Buenos Aires decidió emprender su restauración y puesta en valor y constituyó el llamado Master Plan, un equipo encargado de licitar las obras y supervisarlas. El dinero invertido sería de unos 30 millones de dólares y el objetivo reinaugurarlo con una fastuosa puesta de Aída el día exacto de su centenario: el 25 de mayo de 2008. La restauración comenzó en 2004 y en octubre de 2006 se cerró al público para permitir la construcción de un montacargas más grande en los subsuelos y los trabajos en la sala, donde se montó un andamio de perfección quirúrgica, se remozaron pinturas, cúpula y dorados, se quitaron butacas y textiles y se inició un proceso de reemplazo de telas por otras que, se dijo, serían de igual calidad aunque tendrían tratamiento ignífugo.

Pero a mediados de 2007 la obra empezó a desacelerar su ritmo debido a una falta de financiamiento difícil de explicar y a principios de 2008 se paralizó por completo: los andamios quedaron ociosos, los palcos desarmados, la sala sin butacas, el telón quién sabe.
En febrero de 2008 los periódicos argentinos hicieron públicas dos cartas: una, del tenor español Plácido Domingo que decía: “El telón es parte integral y esencial de la historia de uno de los grandes teatros líricos del mundo y como tal debe ser preservado, si existe esa posibilidad”. Otra, de la diputada Teresa Anchorena, al frente de la Comisión de Patrimonio Arquitectónico y de Seguimiento de las Obras del Teatro Colón, que advertía sobre el destino de los textiles y, en particular, sobre el del telón: aseguraba que cambiarlo por uno nuevo era riesgoso ya que “esos textiles tienen una incidencia muy alta en el comportamiento acústico de la sala”.

***
La mañana es luminosa en Buenos Aires. Un par de puertas antiguas y discretas, pintadas de blanco, son la única entrada posible al Teatro Colón, su fachada oculta tras una ortodoncia de andamios. Después de las puertas hay un hall y, en el hall, un ventilador, cuatro sillas, un reloj de pared y dos o tres recepcionistas que, sentados detrás de un mostrador, custodiados por una foto de la sala encendida como un panal de sangre, repiten a decenas de turistas que llegan con lonelyplanets bajo el brazo que no, míster, las visitas están cáncel, cáncel, sorry.
Un piso más abajo, los talleres en los que se fabrica todo lo que sube a escena se hunden bajo tierra en círculos de un infierno concéntrico: en 1972 una reforma fundó esa polis de tres subsuelos demenciales donde trabajan cientos de personas fabricando zapatos, sillas, enaguas y estatuas gigantes de la reina Mu.
En el primero de los subsuelos, una puerta de madera da paso a un sitio llamado rotonda del ballet, un espacio circular rodeado de columnas que flota en una blancura helada del color de la cal. Allí, en el centro, hay una ampolla de terciopelo ocre y un hombre que camina.
Solo, oculto, negado, tapiado, enloquecido, obseso, Miguel Cisterna, chileno, restaura el telón por cuyo destino tantos temen, se preguntan.

***
Cuando Miguel Cisterna llegó a la Argentina en julio de 2007 pasó varias semanas en ese estado de ensoñación que produce la felicidad de un sueño acariciado, al fin cumplido. Nacido en Lota, Chile, egresado de la escuela de Bellas Artes de Santiago, viajó a París en 1984 para estudiar diseño. Se casó, tuvo dos hijos -Horacio, Hortensia- y pasó seis años trabajando en el taller de bordado más antiguo de Francia donde colaboró en la restauración de los trajes de Napoleón para el museo de Kobe y, después, desarrolló una técnica de bordados en rafia con la que ganó clientes fieles como Catherine Deneuve.
Cuando lo convocaron para construir un telón que replicara al original del Teatro Colón, se encomendó a su héroe favorito: el general Manuel Belgrano. El general Manuel Belgrano es un prócer argentino que peleó en batallas por la independencia y creó la bandera nacional, celeste y blanca. Cisterna creció leyendo, en revistas argentinas que llegaban a su pueblo, la historia de ese hombre que podía matar y coser una bandera y se habituó a pedirle: “Don Manuel, por favor, ayúdeme”. De modo que, en julio de 2007, pidió “Don Manuel, por favor, ayúdeme” y se subió a un avión con proa al sur. Cuando, ya en Buenos Aires, descubrió que el sueldo que le habían prometido no incluía comida ni transporte y que la habitación de hotel no sólo corría por su cuenta sino que era un sitio decadente con un servicio de limpieza arbitrario y donde el refrigerador no funcionaba, no le importó. Porque la mañana de hielo en que lo llevaron al teatro por primera vez y vio la llaga granate del telón, supo que don Manuel lo había ayudado: sintió que había vivido para eso: para que ese momento llegara hasta él. Dijo que iba a necesitar tiempo, un dibujante, una bordadora, y hablar con los tapiceros del teatro: aquellos que habían restañado las heridas del telón durante años.
Fue entonces cuando Miguel Cisterna descubrió que sus sueños iban a tener algunas trabas.

***
Es 13 de febrero, 2008. Afuera hay sol pero la rotonda del ballet es un sitio sin luz natural, de modo que no importa. Allí, una mujer joven dibuja sobre papel una guarda de amapolas frescas, abiertas, enlazadas.
-Eso, flores bellas, pero frescas, fresquísimas, y caras. Las más caras de todas.
Miguel Cisterna, jean, camisa blanca, camina en torno a una hoja del telón que, desplegada, ahogaría los pasillos con una avalancha de terciopelo. Todos los días, de lunes a lunes, desayuna, viene al teatro, contempla el telón, le dice dime qué quieres de mí, y después sale, compra dos empanadas, regresa a su hotel, las come mirando el refrigerador que no funciona.
-Vivo en función del telón. Quiero transformarme en telón. Ser yo él para rehacerlo. Y hay que decir que ha sido muy bien cuidado. Cada vez que se rasgó fue reparado y cuando faltó un pedazo se repuso con lo que se tenía a mano. Pudo haber sido mucho más fácil emparcharlo con una tela roja, pero no, donde iba un dibujo los tapiceros del teatro marcaron que iba un dibujo. Lo hacían como podían, con sus medios, pero lo hacían.
-¿Pudiste hablar con ellos?
-No. Y me muero por conocerlos, pero no me dejan caminar por el teatro. No quieren que salga. Estoy aquí, encerrado. Ahora esperando que lleguen las telas nuevas, que nunca vienen.
En un par de horas dos hombres entrarán discretamente a la rotonda del ballet y plegarán el telón. Lo cubrirán con una tela negra como quien cubre a un animal furioso, y lo colocarán detrás de las columnas. Porque allí, a las seis de la tarde, habrá una conferencia de prensa en la que el jefe de gobierno, Mauricio Macri, anunciará que las obras no están terminadas, que el teatro abrirá recién en 2010 y que el 25 de mayo, cuando cumpla un siglo, no habrá puesta de Aída ni boato sino un festejo simbólico en el foyer. Y todo eso lo dirá ante decenas de periodistas que estarán, como él y sin saberlo, a metros del telón, mientras el hombre que va a salvarlo come empanadas en una habitación de hotel, mirando un refrigerador que no funciona, pensando dime qué quieres de mí.

***
Las esfinges de Aída, la estatua del soldado de Lady Macbeth, el muro de Norma, el jardín de hierro y vidrio de Fedora, la pirámide de sillas de Sueño de una noche de verano, el templo de Sansón y Dalila, el castillo de cristal de Beatriz Cenci. Todas esas cosas se hicieron aquí, en las entrañas de este monstruo de cincuenta y ocho mil metros cuadrados: sus talleres. Aquí abajo, cuando hay vida, se escuchan martillazos, risas, radios, gritos, pero ahora, por una orden de la dirección que exige desalojar el teatro para avanzar con las obras, lo que más hay es silencio, pasillos bañados en luces acuáticas, guardias privados que caminan mirando el piso, las manos enlazadas en la espalda.
El taller de escenografía está en el tercer subsuelo. Es un galpón de treinta y cinco metros por veinticuatro iluminado por lámparas que penden del techo como ubres de metal, recorrido por un pasillo en altura que permite mirar en perspectiva los paneles de tela que se pintan en el único tablero de dibujo posible: el piso. Gerardo Pietrapertosa es el jefe. En su oficina hay tarros de mermelada llenos de pinceles, un sillón destripado, cajas que rezan Cuentos de Hoffman, Notre Dame, Aída, Juana de Arco, Otelo, Aurora, Don Quijote. Cada tanto suena un teléfono lejano, y Pietrapertosa se disculpa y corre a atender esa llamada que se abre paso desde el espacio exterior, entre capas espesas de hormigón, hasta llegar a más de doce metros bajo tierra hasta este sitio donde lo usual es ver un ejército de gente pintando, diez horas por día, fondos, teletas, tapetes, pisos, bambalinas. Pero ahora no hay nada, nadie.
-Ojalá regrese ese clima de teatro. Uno viene y no están los ruidos del pincel corriendo la tela, el ruido de los tachos, un sacudidor borrando carbonilla. Se extraña.
A metros de allí, en la Oficina Técnica donde se hacen maquetas y planos para cada puesta, un hombre de párpados caídos llamado Rubén Berasaín lee el diario y mira alrededor con desconcierto suave.
-No sé si me tengo que ir. No sé nada. Esta mañana vine y estaba este pasillo lleno de polvo. No sé qué habrán roto. A veces se ven obreros, a veces no. La obra parece un poco caótica, pero por ahí está todo bajo control y uno no sabe. Uno lleva una vida acá adentro. Hay gente que no ha visto crecer a los hijos. Pero a uno le gusta. Usted de pronto tiene que hacer París en 1900. A los dos meses, Rusia en la época de los zares. Yo veo las funciones desde la platea y sufro. La gente ve un cambio y suspira: “Qué maravilla”. Y uno sabe que atrás del escenario hay docientos tipos sudando.
Después, se levanta con cierto esfuerzo y dice venga, mire.
-Venga, mire.
Se acerca a un armario y abre un sobre con cuidado interminable, como si sus dobleces fueran pétalos. Allí, en ese armario, Berasaín guarda bocetos de todas las puestas de todos estos años: originales de Raúl Soldi, de Guillermo Kuitca. Por eso, dice, teme irse del taller. Por lo que allí se quede.

***
En la pared de un pasillo del segundo subsuelo hay un dibujo: dos máscaras iguales –la tragedia y la tragedia- y arriba una leyenda: Master Plan. Una mujer pega, en un baño, una faja que dice “Clausurado”. Después murmura:
-Y que se vayan a cagar a los yuyos.
Por todas partes, en los recodos, por las escaleras, hay afiches de caligrafías elegantes que anuncian Coppelias, Bomarzos, Perséfones, Don Giovannis, un sinfín de Romeos y Julietas.
Y nunca hay música. Y nunca hay gente.

***
Corren rumores por los subsuelos. Que el telón se pudre en un desván, que un novato recorta sus bordados. Mientras, en su laberinto blanco, Miguel Cisterna dice imagínate la carga que tiene este telón, empapado de sudor y maquillaje, de la transpiración de las manos de Caruso, de María Callas, de Pavarotti, de Plácido y Nijinsky. Imagínate, dice, las intenciones de quienes lo hicieron, de quienes bordaron una guarda de amapolas -la flor del opio, la flor del sueño- sobre este telón que se abre hacia otro mundo, hacia el mundo de la ficción. Imagínate, dice.
***

-Yo entré en el 74. Mi mamá y mi papá trabajaban acá, y yo miraba la función desde el puentecito de luces del escenario.
Diana Fassoli –hija de madre bailarina y padre pianista del Colón- está sentada en un banco de lectura de la biblioteca, un sitio pequeño, en un rincón del foyer, recorrido por nervaduras de bronce y un apiñamiento tibio de papeles entre los que hay una colección completa de programas del teatro y una página de Los maestros cantores, puño y letra de don Richard Wagner.
-Yo no me quiero ir porque no sé dónde van a mandar los libros y no los quiero dejar. Me molesta cuando alguien viene de afuera con mentalidad empresaria y me quiere hacer creer que sabe qué hacer con el Colón. Si lo sabe, que me lo diga. Porque tengo derecho. Porque esto para mí es mí casa. ¿Te acordás de ese personaje de Cinema Paradiso que decía “¡la piazza é mía!?”. Bueno, la piazza é mía.
Afuera, por los vitrales del foyer, el sol derrama un líquido ámbar, quieto.

***
Corren rumores por los subsuelos. Que la tela con la que están tapizando las butacas es acrílica y por tanto no es porosa y por tanto incapaz de absorber el sonido. Que lo mismo pasa con las telas de los palcos. Pero las voces del Master Plan dicen que no hay que preocuparse, que las telas son de igual calidad, pero ignífugas. Ignífugas.

***

El ingeniero acústico Rafael Sánchez Quintana está en las oficinas que el Master Plan tiene en el primer subsuelo del teatro, a pocos metros de la rotonda del ballet: escritorios blancos, paneles que dividen, grandes mesas de trabajo, cascos de obra, planos.
-Hicimos todas las mediciones a medida que íbamos desarmando la sala. Sacábamos las butacas y medíamos. Sacábamos los textiles y medíamos. Yo tengo casi la certeza de que vamos a tener la misma acústica que teníamos en su momento.
-¿Y el telón?
-El telón no influye en la acústica, porque durante las funciones está abierto. Está muy gastado por el uso y el terciopelo se fue desgarrando, y además no era ignífugo, con lo cual era necesario cambiarlo y transferir los bordados al nuevo telón. Y esa es la mecánica que están usando. Transferir los bordados a un telón ignífugo.

***
Antonio Gallelli, jefe de maquinaria escénica, camina presuroso y dice que, cuando cambiaron la antigua parrilla de madera del escenario por otra de metal, también se temía por la acústica, y que, sin embargo, la acústica no cambió.
-La gente lo que tiene es miedo al cambio, pero sin esta parrilla hoy no podríamos trabajar. Mire, pase, es acá.
Para llegar a la parrilla hay que atravesar un portal como una boca rota, y después el mundo se termina: a quince, a veinte metros sobre el suelo, pasillos de metal acanalado con vista directa al abismo licuefacto. Desde allí, el escenario es una rótula en carne viva, expuesta, amenazada por una lluvia hirviente de cables de acero. Antonio viene y va y explica, y dice docientos kilos, dice palancas, dice rieles, pero el aire, alrededor, se ha vuelto una materia que se desvanece en bostezos de vértigo horroroso.

***

Jorge Rulio era jefe del taller de escultura. De él dependía esa fábrica de cartón pintado de la que salían una estatua de Ifigenia de nueve metros, una máscara de catorce metros de la reina Mu para una versión de Aída, y sirenas enormes para la puesta de Bomarzo en 1972. “A grandes dimensiones –decía Rulio hace unos cinco años, siete- se requiere que el producto se elabore con cierta deformación, porque después el ojo del espectador corrige”. Había empezado a dibujar de niño en el zoológico, donde se sentaba ante la jaula del león, hasta que un día un guardia lo vio meter la mano y le prohibieron la entrada para siempre. Después se hizo escultor: hacía bustos del Che Guevara y de Lenin y los firmaba: “Lenin, el hombre más humano del mundo”. A los quince se fue de casa por primera vez. Se hizo artesano, hippie y, con el tiempo, entró al taller de escultura del teatro. Le gustaba hacer piedras para escenografías monumentales, recorrer los pasillos buscando en los mármoles caracoles milenarios incrustados. Cuando había función, se quedaba detrás del escenario para escuchar el aplauso de la gente. “No lo aplauden a uno. Aplauden a la opera. Pero uno sabe que es parte de eso. Y a mí me gusta estar detrás, ser el hombre de los pasillos”.
Jorge Rulio murió hace unos años.
Hoy, debido a un proyecto del Master Plan que prevé construir un montacargas más grande, el taller de escultura ha desaparecido y no tiene espacio previsto en los subsuelos del Colón.

***

-¿Viste? Es un milagro. No hay polillas.
Sombreros tutús miriñaques chaquetas túnicas vestidos.
-Y eso que hay cosas que tienen añares.
Tontillos pulsinos chabots enaguas capas petos cascos. Ana María y Mirta son rubias, de pelo corto, y llevan 42 y 25 años en este teatro, en este taller de sastrería, en este depósito de chaquetas de puños inflados, vestidos de gasa de seda, capas de lamé negro brillante y bordados con la exageración tosca de los niños cuando cosen.
-Nosotras ya tenemos el ojo acostumbrado para ver de lejos –dice Ana María, mostrando el vestido de terciopelo con el dragón bordado que usó María Callas en Turandot, en el 49; la chaqueta de Caruso la primera vez, en 1915; las delicuescencias doradas de los trajes de la Aída original, de 1908-. Lo que se ve muy lindo de cerca, en el escenario es nada. Entonces hay que saber cómo lo hacés, cómo lo cargás para que luzca. Si no, el escenario se lo traga. Uno ya sabe porque tiene una vida acá adentro. Por eso da pena verlo así para el aniversario. Parece Kosovo.
-Yo soy optimista –dice Mirta-. Creo que lo van a abrir antes de 2010. Vi bastante adelantada la obra de la sala.
-¿Usted entró?
-No. La vi por la televisión.

***

-Claro. Mi secretaria se lo arregla –dice un día Horacio Sanguinetti, el nuevo director del teatro.
Pasan los minutos. Al fin, la secretaria aparece y comunica que habló con el Master Plan y que le dijeron que la sala no puede verse porque hay que pedir un permiso especial.

-Y nosotros no podemos hacer nada, ¿vio? –dice, con gesto de disculpa, la secretaria del Director General del Teatro Colón.

***

-Me dijeron que hay un tipo, un bordador que vino de no sé dónde que me está buscando, pero yo no lo voy a recibir. Ya estoy envenenado con esto.
Julio Galván, jefe de tapicería, lleva 25 años en este taller con mesa de cinco metros por tres, máquinas de coser, rollos de alfombra y un depósito estrecho donde se guardan telas que ya no se fabrican, cuerdas de cáñamo, sedas, brocato, borlas, puntillas. El y su equipo son, desde siempre, los encargados de reparar el telón: de restañar paños y coser colgajos.
-Se rompía todos los días, porque el espacio en el que recoge es muy chico. Para mover una hoja hacen falta diez personas. Yo le dije a la gente del Master Plan que en ocho meses nosotros lo podíamos arreglar, pero ellos piensan que es bordar un vestido.


En el año 2007 viajó a la Argentina, para estudiar los textiles de la sala, una experta italiana, Irene Tomedi, que participó en la restauración de la Fenice, de Venecia, y del Santo Sudario. Tomedi estudió el telón y su diagnóstico fue que estaba en tan mal estado que sólo podía usarse como pieza de museo. “Desde lejos se lo ve bien –dijo al diario Clarín el 3 de febrero de 2007- pero cuando uno se acerca nota que está muy lastimado. En algunas partes lo zurcieron y en otras hubo intervenciones poco profesionales. A una de las hojas de laurel, toda lacerada, le aplicaron otra pieza encima con pegamento a la que le dibujaron las nervaduras con marcador. ( ...)”.
-Yo estaba de vacaciones en la costa y compro el diario y empiezo a leer y ella decía que nosotros éramos poco profesionales. Entonces le digo a mi mujer: “Me voy a Buenos Aires y la voy a agarrar del cogote, le voy a hacer un tajo al telón a ocho metros de altura, y la voy a hacer subir a ella para que lo arregle. Y si lo puede arreglar renuncio al teatro”. El santo sudario mide dos metros y puede pesar ochocientos gramos, pero no es lo mismo eso que arreglar el telón en dos minutos porque hay función, y cada hoja pesa 750 kilos. No tienen la menor idea.
-¿Y ahora sabe dónde está?
-No. Creo que lo tienen en un lugar lleno de gatos y que lo están dejando pudrir a propósito. Sé que le han sacado pedazos. Creo que lo están haciendo a propósito para que se pudra del todo y no se pueda usar porque quieren hacer uno nuevo. “Ah, no, hay que hacerlo ignífugo”, dicen. Por eso yo ya dije, no hablo con nadie más, porque ninguno sabe nada.

***
-Estos textiles han absorbido los mejores sonidos del siglo veinte. Nosotros pensamos que es mucho mejor tratar de restaurarlos, y no cambiarlos, porque hacen a la acústica. El Master Plan los quiere cambiar y nosotros decimos que son recuperables. Ellos hablan mucho de lo ignífugo. Pero no puede ser que todo lo que haya sea ignífugo. Es imposible que un teatro histórico sea cien por ciento ignífugo –dirá, días después, la diputada Teresa Anchorena, al frente de la Comisión de Seguimiento.


***
Es viernes. La voz de Miguel Cisterna suena divertida en el teléfono: el domingo tiene que dejar el hotel donde se hospeda porque sus reclamos por la limpieza y el refrigerador, al fin, tuvieron efecto.
-Me cancelaron el contrato, y me avisaron que tengo que dejar el cuarto. Bueno, ya veré.
Por lo demás, dice, han llegado algunas telas desde Europa y las telas, no, no son lo que esperaba.

***
El cuarto es de dos por dos y medio, el techo cae a pico sobre la cabeza de un hombre amplio y una mujer de boca pequeña, carmesí, peinado opaco de spray.
-Yo soy Alicia Fuentes, la ayudante del señor Bendini.
El señor Bedini es Roberto y jefe de figurinistas. Aquí, en este espacio tapizado de fotos de mujeres vestidas como odaliscas, jóvenes con el torso desnudo vestidos como príncipes de Persia mirando profundamente a cámara, se eligen figurantes: gente que no baila ni canta pero que está allí.
Hay un sofá y, delante de él, dos sillones y, delante de los dos sillones, una silla y ahí, en esa silla, está sentada Alicia Fuentes. Sufriendo.
-Uno sufre.
-Claro –confirma Bedini-. Uno sufre. Nosotros buscamos a los figurantes, desde acróbatas hasta enanos. La vez pasada querían un figurante chino. No podía ser un chino de supermercado. Querían un chino chino. O nos piden gente muy obesa.
-Pájaros, brujas.
-Burros, niños, trapecistas.
-Gente desnuda arriba de caballos. De Europa vienen con la cabeza más abierta y piden mucha gente desnuda.
-Claro –dice Bedini- y a veces es una lucha con los chicos. Acá había unos que se subieron al escenario y descosieron unas bolsas de granos que iban arriba de unos carros, y todo el escenario terminó lleno de porotos.
-Otro problema que tuvimos fue cuando el figurante se desmayó por culpa de la máscara.
-Claro. Tenían que estar con una mascara, y se les caía, entonces se las pegaron con pegamento. Y uno se intoxicó y se desmayó.
-Claro. Uno sufre. Pero yo amo este lugar. Tiene como un fantasma que te llama y te dice ponete acá, ponete allá. Hoy escuché unas señoras en un colectivo que no sé en qué diario dice que hasta el 2011 va a estar cerrado. ¿Usted escuchó algo? Y el telón, ¿usted lo vio?
-Tapicería debe saber donde está –aventura Bedini.
-No.
-Entonces se lo llevaron –dice Alicia.

***

Era una mañana helada del año 2002. El hombre tenía los dedos fuertes y estaba acostumbrado a mandar. Llevaba cuarenta años de trabajo y tenía a su cargo un batallón de noventa personas -camarineros, ordenanzas, serenos, encargados de limpieza- en la división mayordomía. El era el jefe y tenía una fama dura. Bajo su mirada la tropa bruñía bronces, enceraba pisos. En su carrera había visto de todo –infidelidades, muertos- pero lo que le daba orgullo era que había tenido el coraje de soportar lo peor: el coraje de colgarse.

Los vitraux del foyer del teatro están a unos veinte metros del suelo. En el año 1977, y hasta bien entrados los ´90 la única forma de limpiarlos era subir colgado de una soga, confiándole la vida a un compañero que, desde el suelo, sostenía. “Ahora le ponen andamio –decía el hombre- pero en ese entonces lo subíamos a puro coraje y pulmón”. Al principio era el horror, pero después era casi un privilegio colgar como un racimo y acariciar los vidrios verdes, amarillos, rojos. “Lo hacíamos –decía el hombre- para cuidar La Casa”.
El hombre se llamaba Manuel Labrador. Cuando hablaba del teatro no decía “el teatro”: decía “La Casa”. Murió hace tiempo.

***

Sonia Terreno, arquitecta y coordinadora del Master Plan, toma café en una confitería de la avenida del Libertador.
-La introducción de tecnología en un edificio histórico es uno de los más grandes desafíos, porque ¿cómo llevás tecnología a un lugar en el que no podés romper? Se trata de restaurar un edificio para que siga siendo un edificio vivo, no un museo. Una de las premisas es que el Colón no tiene que quedar retrotraído al principio, sino que debe lucir las arrugas de los cien años. Pero una cosa es tener las arrugas y otra es tener patologías. Restaurar es trabajar sobre lo que no se ve, sobre las causas. Nosotros encontramos todo muy deteriorado. Había cables atados de cualquier manera, goteras. El escenario no tenía sistemas contra fuego, la sala no tenia sistemas contra fuego y abajo de la platea había un bosque de cables, y una capa de diez centímetros de suciedad. Con el agravante de que el aire acondicionado y la calefacción se insuflaban desde ahí. El riesgo de incendio del teatro era enorme.
Por esos días, en las puertas del teatro aparecen dos carteles: “Apoyar al Teatro Colón en todas sus obras no tiene precio”. Los firma Mastercard.

***
-Hola. Oye, si escuchas este mensaje, llámame. He dado un golpe con el telón. Me vuelvo a París el 2 de abril. Un beso.

***

Las escaleras se retuercen como intestinos de hueso y desembocan en espacios circulares que desembocan en pasillos que llevan a vestíbulos sombríos que desembocan en pasajes que llevan a escaleras de mármol que desembocan en el foyer que desemboca en la sala: vacía de butacas y, en su centro, el andamio de aluminio crudo, helado. El panal encendido de los palcos está cubiertos por un plástico lechoso de polvo, y el escenario cegado por la lengua temible del telón cortafuego. Detrás del plástico que las cubre, las paredes están pintadas de color original, los dorados limpios, salpicados de chispas luminosas. Aquí y allá, mujeres jóvenes restauran espejos, capiteles. Hay una placidez extraña, un silencio que no correspondiera. Y entonces, de alguna parte, llegan los primeros compases de un ensayo de orquesta: como ya no tiene dónde, la Orquesta Estable ahora ensaya en el foyer.

***
Son las siete de la tarde de un día ominoso. Es casi el fin de marzo y Miguel Cisterna cruza una plaza, presuroso, camisa blanca, el jean azul, y entra al bar.

-Disculpa la demora. Es que con las emociones de la semana pasada no he parado de dormir.
Es casi el fin de marzo. Miguel Cisterna cruza una plaza, entra a un bar. Desde que tuvo que dejar su hotel vive en un cuarto, bello y espartano, al que llegó cargando maletas y un busto de bronce de Belgrano que compró en una casa de antigüedades.
-Lo vi y no pude resistirme.
Afuera el día es opresivo, con las primeras oscuridades del otoño. Cisterna pide un té y dice que le sucedieron más cosas con Belgrano. Que dos semanas atrás, y caminando sin rumbo, se topó con una iglesia. Que la iglesia resultó ser el mausoleo del General y que era misa. Que él fue hacia el fondo, siguiendo un pasaje que no parecía prohibido. Y que ahí estaban: que ahí estaban las banderas.
-Las banderas de las campañas de don Manuel. Ofrecidas. Yo no podía creerlo. Me senté y lloré como un niño una media hora, pensando “No puede ser posible lo que me está pasando”.
Miguel Cisterna suspira, revuelve su té, mira por la ventana y dice, como quien sabe que de los acorralados es el reino:
-Ahora yo ya no sé qué será de mí, pero no me importa.
Porque el viernes 14 de marzo, a las dos de la tarde, Miguel Cisterna tuvo uno de esos momentos que cambian la vida de los hombres. Ese día la Comisión de Seguimiento, presidida por Teresa Anchorena, fue recibida en el teatro para supervisar las obras del telón. Miguel Cisterna no estaba invitado –sabía que no debía estar allí- pero esquivó controles y se quedó en ese espacio circular y blanco en el que transcurrieron los últimos meses de su vida. Eran las dos de la tarde cuando veinte personas entraron a la rotonda del ballet: autoridades de la Comisión de Seguimiento, del gobierno, del teatro y, cerrando la marcha, los tapiceros del Colón.
-Me quedé allí, temblando. Después, empecé a hablar.
Y dijo que, dejando de lado ambiciones personales, y habiéndolo estudiado detenidamente, había concluido que el telón original era de tan alta calidad, tan único, que lo mejor era restaurarlo: no hacer uno nuevo.
-Y que a mí me habían contratado para hacer una copia exacta del antiguo, y que eso había sido defendible hasta que vi las telas nuevas. Que la gente que las había comprado no había entendido que el telón es un efecto escénico. Que lo habían mirado como un elemento de decoración que se pone en una casa. Que las telas nuevas eran bellas, pero que no tenían nada que hacer en el telón.
Y dice que, entonces, bajó sobre todos un silencio helado y que, en medio del silencio, vio los ojos de los tapiceros. Y que eran ojos que brillaban.
-Y en ese instante sentí que si los nueve meses que había perdido esperando el nuevo telón habían servido para salvar al viejo, había valido la pena. Que yo había cumplido mi trabajo.
Las obras del Teatro Colón continúan detenidas y todo indica que se llamará a licitación para que, cuando se reinicien, una consultora internacional se ocupe de su seguimiento. Cada tanto, los diarios publican notas que reseñan cambios en la conducción, que anuncian que el Master Plan es cosa del pasado, o que aseguran que en el edificio hay huecos inexplicables, desorden, las grietas, la acústica en peligro.
Esto es verdad: el 2 de abril de 2008 Miguel Cisterna regresó a París en un vuelo de las cinco de la tarde, cargando exceso de equipaje y un busto de bronce, pequeño, que pidió llevar en la cabina.
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domingo 20 de septiembre de 2009

B-boys- Aneris Casassus


El bautismo no estaba previsto para esa tarde, pero Jhasmani llega con la idea y convence al resto. Se sientan en ronda con las piernas cruzadas, como indios dispuestos a comenzar un ritual. Piensan. Los ojos, negros y achinados, miran fijo al piso. “Cada uno de nosotros tiene que ponerse un alias”, dice Jhasmani. Y a todos les parece bien.
- Por ejemplo, yo soy B-boy Taz. ¿Y tú Ferchu? ¿Cómo quieres llamarte? -pregunta Jhasmani.
- Podría ser B-boy Chufer, ¿no? -responde Ferchu. A Jhasmani le gusta. Y en el cuaderno que tiene sobre las piernas flacas y enrolladas anota “B-boy Chufer” debajo de “B-boy Taz”. La lista se completa con B-boy Zhandy y B-boy Speed. Nadie pregunta por qué cada nombre debe ir precedido por una B. La B de breaker, chico breaker, chico que hace break dance.
Llega el turno de las chicas, de las B-girls. Maia quiere ser B-girl May y Araceli homenajea a su cantante favorita y se nombra B-girl Ciara. Marlén no está muy inspirada:
- No sé, no se me ocurre nada... B-girl Marlén, qué se yo.
- ¿B-girl Marley? ¿Cómo el de Operación Triunfo?
- No. B-girl Marlén. Como mi nombre. ¿Cómo será Marlén en inglés? ¿Se puede traducir?
- Ni idea…
- Entonces rosa, ¿cómo se dice rosa en inglés? Me encanta ese color.
- Pink
- Listo. B-girl Pink.
B-boys. Breaker boys. Bolivian boys.

Marlén acerca los brazos al pecho. Pum. Los aleja un instante y los vuelve a acercar. Pum. “Es como si estuviese latiendo tu corazón…”, dice. “Vamos de nuevo. 1, 2, 3 va… Patada, salto, deslizo, pum, pum”. A través del espejo sigue los movimientos de Araceli y Ferchu. “La patada es como si manejaras la pierna con la mano”, dice. Sube la mano, sube la pierna. “Vamos de nuevo, apréndanse eso”. Y el track 2 del CD vuelve a sonar por millonésima vez en la tarde. “Están bien los pasos. Ahora hay que darle más fuerza”, dice al rato.
El piercing que Marlén lleva en el lado izquierdo de la nariz es un puntito minúsculo y brillante. El pelo, castaño oscuro, largo y desmechado. Los ojos parecen más grandes con el rímel y el delineador negro. La ropa: 100% Adidas. Camperita negra con tres rayas blancas, pantalón rojo con tres rayas blancas varios talles más grande que su cuerpo, y zapatillas blancas con tres rayas celestes.
El hip hop corre por las venas de Marlén. Es hija de Maluko, un dj famoso de hip hop dentro de la colectividad boliviana, organizador histórico de fiestas de hip hop en Flores y vendedor de indumentaria de hip hop. Maluko ya estaba en la movida hip hopera en Bolivia y cuando llegó a Argentina con su mujer y Marlén de dos años, llevó esa música a la colectividad. “Las malukas”, les dicen por lo bajo a Marlén (23) y a su hermana Pamela (18). Entre los chicos, las malukas tienen fama de estar buenas. Entre las chicas, de ser agrandadas.
Hace dos años, Marlén armó el grupo de baile de hip hop “Nuevo Estilo”, que está formado por chicos de la colectividad. Ensayan todos los domingos en un salón de la Iglesia Anabautista Menonita de Flores, en la calle Mercedes, pasando las vías. El lugar no tiene más que una mesa que arrinconan en la esquina y un espejo que ocupa toda una pared, luz natural de los ventanales que dan a un patio interno y suficiente espacio para moverse.
“Dale, hagan la coreo que los filmo”, dice Araceli tomando su Blackberry. Empieza otra vez el track 2. Ninguno sabe decir cómo se llama ni quién canta; sólo que suena a hip hop y que la letra es en inglés. Jhasmani está apoyado sobre su cabeza y gira rápido, dos o tres vueltas. Después suspende su cuerpo en el aire sosteniéndose con la palma de la mano sobre el piso. Detrás, Marlén, Denis y Ferchu levantan la pierna y la mano derecha, dan un saltito hacia el costado y mueven los brazos hacia el pecho. Pum. Pum. Quiebre de la rodilla izquierda, adentro y afuera. Cuclillas hasta apoyar la cola en los talones. Stop en el Blackberry de Araceli.

Niki llega tarde al ensayo. Paga el retraso con una docena de facturas que trae bajo el brazo y que compró mientras volvía de La Salada. Llega tarde y desganado. Hoy Niki prefiere charlar y comer facturas a practicar la coreografía. Ya se la sabe de memoria. Y si hubiera algún cambio, lo aprende enseguida. Eso es lo que le dice a Marlén. A ella no la deja demasiado tranquila.
Cinco trenzas cosidas, prolijas y equidistantes adornan la cabeza de Niki. La barba candado enmarca una sonrisa blanquísima. El jean celeste, con bordados rojos, es tan ancho que en cada pierna del pantalón podrían entrar tres de las de Niki. Las zapatillas Gordon Jack, con suela de 5 cm y costuras reforzadas. “¡Éstas son zapatillas de verdad! Con esas caminás y sentís todo lo que vas pisando”, dice y muestra unas All Star. “Los villeritos ni siquiera me las roban, porque buscan las otras, las Nike”. Cuando se saca la campera blanca un par de muñequeras negras se ven en cada uno de sus brazos. Arriba de la muñequera izquierda, lleva un reloj deportivo. Y en el anular, también del lado izquierdo, un anillo.
Niki se llama Miguel. Pero le gusta que le digan Niki, Dj Niki. “Virtual Dj. Versión radio” es el programa de Niki que se escucha de lunes a jueves de 22 a 24 por FM Mediterráneo, en el 100.5. Dj Niki pasa temas de hip hop y reggaeton. La frecuencia está manejada por bolivianos y llega a Flores y los barrios cercanos. Niki paga 560 pesos al mes por el espacio y vende publicidad a 60. “Vine a los 5 años de Bolivia. Siempre viví por Flores, Bajo Flores y Caballito. Conozco a todo el mundo por acá. Pido publicidad en los negocios y me dan”, dice. Si hay algo que no le cuesta a Niki, es vender. En quince minutos ofrecerá: jeans de mujer a 26 pesos del local de su hermana que queda en Cuenca 178, tarjetas personales que hace su prima que además es anunciante de su programa, perros de raza a 250 pesos –pueden ser Boxer, Rotweiller y Sharpei-, y unas zapatillas de mujer N° 38, parecidas a las que él tiene puestas, a 300 pesos.
Esas eran las zapatillas que había encargado por Internet para su novia. Pero en lo que tardó la encomienda en llegar a la casa, la novia ya era su ex novia. Las zapatillas quedaron sin dueña y Niki empezó terapia. “La psicóloga me dice que vuelva a lo mío, a lo que me gusta hacer. Por eso empecé la radio. Porque cuando estaba en pareja no pensaba más que en el trabajo”, dice. Niki se juntó a los 15 y se separó a los 22, hace justo seis meses. Ella también bailaba en Nuevo Estilo y un día se fue siguiendo a otro de los chicos del grupo. Ninguno de los dos volvió a los ensayos.

Hacía tres meses que Denis salía con la chica y quería sorprenderla. Ella casi se derrite el día de su cumpleaños cuando prendió la radio y sintonizó “Virtual Dj. Versión radio.” Denis cantaba en vivo en el estudio bajo su nombre artístico: The Big-D. Era una declaración de amor en clave hip hop, una de las 25 letras que ya lleva compuestas.
Denis es un romanticón, tal vez por influencia de Sergio Denis, a quien conoció mientras aún estaba en la panza. Apenas llegaron de Bolivia, sus papás se fanatizaron con el cantante y no escuchaban más que sus temas. Y a la hora de elegir el nombre de su pequeño hijo nacido en estas tierras, no dudaron: se llamará Denis, como Sergio.
-¿Y a vos te gusta Sergio Denis?
-Algún que otro tema por ahí sí. Pero yo estoy ahora con el reggaeton y el hip hop, you know…
Denis empezó a meterse con el hip hop hace cuatro o cinco años. Al principio copiaba lo que veía en los videos y practicaba solo porque no se sentía identificado con nadie que lo hiciera. Hasta que encontró a sus paisanos de Nuevo Estilo para limarse con los temas de 50 Cent, Justin Timberlake o T-Pain.
Denis acaba de terminar su rutina de break dance y tiene la cara transpirada de tanto tirarse al piso y levantarse con sus manos una y otra vez. El flequillo peinado al costado se le pega en la frente debajo de la gorra de lana verde aceituna. Una muñequera con la bandera argentina envuelve su brazo izquierdo. “Tenés el krump, que es un estilo bien callejero y desafiante. O el popping, que es más robótico, más eléctrico”, dice.
Cuando no baila ni canta hip hop, Denis estudia para el CBC de Ingeniería Informática en la UBA y repara computadoras en la casa de Flores, donde vive con su familia. Cada tanto, viaja a Bolivia para visitar a primos, tíos y abuelos. “Me iría a Bolivia si tuviera algo groso. Pero yo estoy pensando en algo más grande, ni en Bolivia ni en Argentina. Me gustaría irme a Miami.”

Claudia es la ex novia de Niki. La que se fue con otro de los chicos de Nuevo Estilo. Y la que ahora baila en la pista de La Sureña, un boliche boliviano en la avenida Rivadavia donde Dj Maluko organizó una matiné de hip hop. Gorra con lentejuelas plateadas, botas crudas sobre el jean ajustado y el pelo colorado. Claudia baila con las amigas como todas las demás chicas: forman dos hileras, una frente a la otra. “No era para él. Le gusta mucho la joda. Niki está muy dejado desde que ella lo abandonó”, dice Marlén apenas la ve.
Marlén y Araceli llegaron a La Sureña después del ensayo de Nuevo Estilo, previo cambio de vestuario. Marlén abandonó sus pantalones Adidas y se puso unos igual de anchos pero camuflados. Debieron mostrar sus mochilas a la entrada y soportar el cacheo de una patovica, la única mujer dentro del personal de seguridad de La Sureña. Zafaron de pagar la entrada de 10 pesos: los privilegios de ser una Maluka y de ser la amiga de una Maluka.
Dj Maluko está en plena acción. Mezcla reggeaton y hip hop arriba de un escenario. En una pantalla gigante pasan video clips y dos animadores se turnan para hablar por micrófono. En la barra se venden baldes de Gancia a 35 pesos y de vino a 25. Marlén saluda a casi todos aunque sabe que casi nadie la banca. “Dicen que soy agrandada. Después ponen cosas re feas en Internet.” Suena Daddy Yankee. Marlén se acuerda del recital. Pagó 400 pesos por tener una ubicación vip en Argentino Juniors.
Cada cinco minutos, el animador de turno anuncia la batalla de MC. “¡Inscríbanse! ¡En un rato comienza la competencia!”, dice. Las batallas ya son un clásico en las fiestas. Maluko pone la pista y los concursantes improvisan rapeando durante un minuto. Ni un segundo más, ni uno menos. “¡Vamos que enseguida comienza la batalla!”
Maluko sigue atento a la consola con los auriculares puestos. Una chica lo acompaña al lado, pero se hace humo cuando Marlén se acerca a saludarlo. “Desde que mis viejos se separaron, mi papá siempre está con alguna chica. ¡A mí me da una bronca! Porque yo siempre estuve con él, desde chiquita que lo acompaño en las fiestas.” Hace tres meses que Maluko se fue de la casa de Barracas donde vivía con su mujer, Marlén y Pamela. Ahora vive en Flores, cerca de La Sureña y de su negocio de ropa.
Sube al escenario Pepe, uno de los pocos argentinos en el lugar. Las rastas le llegan hasta la cadera y la barba hasta el pecho. Pepe da inicio formal a la competencia free style. “Hacer hip hop es una forma de expresarse”, dice. Presenta al jurado y a los primeros dos MC que batallarán por un lugar en la segunda ronda. Arenga al público, “uh, uh, uh…”, subiendo y bajando el brazo en cada “uh”. Falta definir cuál de los dos concursantes tendrá el primer turno en el escenario: Carlos o El Dano. Pepe arroja la moneda al aire. Si sale cruz comenzará Carlos. Si cae cara, El Dano abrirá la batalla.

Niki avanza sobre la avenida Rivadavia en su Vectra modelo ’99. Acaba de llamar Claudia al celular. Le sigue reclamando más cosas después de la separación. Y encima corre el rumor de que ya está embarazada del otro. “Hasta los perros se quería llevar”, dice Niki. Son dos hembras Boxer: Blanca y Camili -“Camili, como la de la novela Terra Nostra”-. Pero Niki logró quedarse con sus dos bienes más preciados.
Para aliviar la furia de la discusión, Niki frena en Pollomanía, un restaurant de comida boliviana en Rivadavia y Dolores que es anunciante del programa de radio. “Broaster y spiedo”, dice el cartel enorme encima del local. Huele a frito. Hay unas tres o cuatro mesas ocupadas. Niki pide un “completo” a 8 pesos: papas fritas, fideos, arroz y pollo frito –o broaster-. Y una jarra de jugo de mocochinche. “Jugo de pepa, como le dicen mis paisanos.” El mocochinche está hecho a base de duraznos secos. Al terminar una jarra de mochochinche se saborean los carozos que quedan en el fondo, las pepas.
Hoy Niki no tiene el pelo adornado con las trenzas cosidas. Lleva un gorro de manta polar gris para controlar la melena negra. Mañana se irá a hacer rastas. No soporta el pelo suelto. Niki trabaja doce horas por día en el taller de ropa que tiene con uno de sus ocho hermanos. También cría perros de raza, pasa música en casamientos y bautizos y de vez en cuando hace alguna changuita de remisero con el auto. Y le gustaría poner una radio porque hizo la cuenta y sacaría 15 mil pesos por mes vendiendo espacios de aire. “Es negocio, aquí todos los bolivianos tienen taller textil o una radio”, dice Niki. Todas sus “empresas” se llaman “Los Ángeles”: remisería “Los Ángeles” o criadero “Los Ángeles”. Si tuviera alguna otra, también le pondría “Los Ángeles”. Es por Ángel, su papá, un jubilado que nunca se acostumbró a la Argentina. Se quedó en Oruro con su esposa mientras sus hijos se desparramaban por Argentina y Brasil.
Llegó el completo: un plato con cuatro divisiones, cada una de ellas repleta de comida. “No tengo que buscar en Internet y explicar a todos la historia del hip hop y los negros marginales. Me gusta, nada más”, dice Niki. Por vestirse con pantalones anchos y andar en autos caros, Niki tuvo algunas visitas de la policía en su casa. “Me dicen que vendo droga. Yo los dejo pasar… Cuando uno no tiene nada que ocultar, ¿qué problema hay?”
Son las 21.50. Niki apura el último bocado de broaster. Paga la cuenta. Se sube al Vectra con destino a Av. Eva Perón, justo cuando se cruza con la autopista Ricchieri. Ahí queda Mediterráneo FM. En diez minutos empieza “Virtual Dj. Versión radio”.

La moneda da un par de vueltas en el aire y cae en la palma de Pepe. “Cruz”, dice en el micrófono. Carlos es quien abre la competencia. Sube al escenario, bermudas de jean y gorra. Toma el micrófono. Maluko prepara la pista. Cuando se escucha el primer acorde, Carlos empieza a improvisar. El sonido es malo, pero algunos versos se llegan a oír:

Mi nombre es Carlos
Represento al barrio
Estamos aquí en la competición
Haciendo hip hop
(…)

A los 60 segundos Maluko pone stop a la pista y Carlos debe dejar de cantar. Ni un segundo más, ni un segundo menos. Es el turno de El Dano. Look similar: bermudas y gorra con la visera hacia atrás.

Buenas noches gente
Aquí estamos improvisando junto a la gente
Simplemente está Maluko
(…)
No somos cantantes
Somos raperos bolivianos
(…)

Fin de los 60 segundos. El jurado declara empate. Cada uno de los participantes tiene 30 segundos más para improvisar y jugarse un lugar en la segunda ronda. Gana El Dano. Palabras del vencedor: “Para mí, el hip hop es una forma de descargarme. Llego del trabajo y hago frases que me re ceban.”
Mensaje de texto en el Blackberry de Marlén. Es la madre, que quiere que ya vuelva a casa. Mañana se tiene que levantar temprano. Marlén trabaja de 8 a 17 en una fábrica de lencería en Barracas. “Mi vieja es muy estricta. No le gusta mucho que venga acá. A ella le gusta la iglesia.”

En un segundo
puede pasarte lo mismo
que a cualquier moreno en este mundo
apuntarte con un caño!! un cartucho fuiste hermano
como a mi amigo el peruano lo encontraron
muerto en una calle de mi barrio
al paraguayo no le perdonaron
sin un centavo lo dejaron
a Marcelina y a su hijo a las rieles empujaron
a los genocidas nunca encontraron
por que nunca los buscaron
policias muy baratos solo olvidaron....
Jacha´Tata´nuestro Padre , Pachamama nuestra Madre!!
juntos lloran habrazados
por que nos matamos entre hermanos
si todos somos LatinoAmericanos
por que hacernos daño!!
Fragmento de “Emigrante” de Mc El Cholo.


Niki sube unas escaleras angostas. Tiene que agachar la cabeza para no golpearse. Por fin sale a la terraza. Desde ahí se ven pasar los autos sobre la Ricchieri. Abre una puerta de chapa para ingresar al estudio: una habitación cerrada con una ventanita chiquita. Una bandera boliviana y posters decoran el lugar. Hay uno de los Uraqui, el grupo de música andina. Están los cuatro integrantes vestidos de negro y arriba se estampan sus firmas con dedicatorias a Mediterráneo FM.
Niki se saca la campera con capucha y se sienta frente a la computadora. Desde allí opera, habla, contesta el teléfono. Todo a la vez. Un pasacasetes de auto sirve para amplificar el sonido de la pc en los parlantes. Abre el programa con “Na, na, na”, de Ángel y Cris. “Dedicado a los chicos de Nuevo Estilo”, dice Niki con voz de locutor. “Bailando ella te hipnotiza, el cuello te agarra y rompe tu camisa...”
Niki se acuerda de las zapatillas de mujer. “Te vendo unas como estas”, dice fuera del aire señalando sus Gordon Jack. “Son número 38. ¿Cuánto calzas? O cuando quieras un cachorrito avísame. Tengo Boxer, Rotweiller y Sharpei”. Los vende en la feria de Villa Domínico, con su cuñado. Alquilan el puesto a 100 pesos y han llegado a irse con 4 mil en la mano. “Los otros puesteros no lo podían creer. Decían: ‘¡estos bolivianos que llegan en camionetas 4x4 y venden todo!’ Pero no saben vender. Yo agarro un cachorrito, me acerco a una señora y le digo: ‘Mire que lindo este perrito. Tómelo. Álcelo’. Y así se lo llevan. Los otros no los dejan ni tocar.”
Termina el tema de Angel y Kris. El separador dice “Ay papito. Virtual Dj” y Niki corre a la pc. “Esto es Virtual Dj. La máquina de hacer música. Llámenos, manden mensajes de texto. Aquí estamos, en la radio. Porque esto es mi terapia. Cuando estoy con ustedes estoy muy bien. Y cuando me voy de aquí, por la autopista, me pongo muy triste”, dice Niki. Ahora, el que está del otro lado de la línea es Gokú, un fiel oyente que pide una canción de Rakim y Kem. Niki dice que recibe 60 mensajes en cada programa.
“¡Viva Argentina!”, suele decir al aire. “¿Cómo viva Argentina? Viva Bolivia”, le dicen los dueños de la radio. “Si todos vivimos y trabajamos acá. Todos vienen por un mes pero es obvio que se van a quedar. Aquí siempre hay laburo. ¡Viva Argentina!”.
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jueves 17 de septiembre de 2009

Golden Boys. Vivir en los mercados-



Autor: Hernán Iglesias Illa.

Crítica- Martín Ale
El autor logra lo imposible: entretener con 267 páginas sobre finanzas y mercados. No es la única virtud de Iglesias Illa, ganador en el 2007 del premio “Crónicas” de Planeta/Seix Barral con Caparrós, Villoro y Jon Lee Anderson como jurados. Golden boys es la historia de los argentinos -traders, brokers, banqueros y economistas- que de los ’80 para acá se jugaron millones ajenos en Wall Street. Con generalizaciones a veces inevitables, Iglesias Illa desnuda la vida laboral y cotidiana de los jóvenes universitarios ambiciosos de clase alta y media alta, moldeados durante el menemismo, que además de comprar y vender “papelitos” se encargaron de que Argentina y otros países “emergentes” se endeudaran hasta el infinito sacando nuevos bonos a la calle.

Con mayor o menor pericia, cualquier cronista entrenado se las arregla para hacer una pintura de sus personajes. Pero ¿cómo hacer para mantener el tono de la prosa al escribir sobre deuda, bonos y research? El autor responde con metáforas, comparaciones e inyectándole vida a cosas inanimadas. Ejemplo: “Wall Street quería ordeñar hasta la última gota de deuda Argentina, aun al precio de dejarla deshidratada y moribunda”.

Golden Boys tiene densidad sin ser denso (salvo algunos pasajes referidos a la historia y evolución de la deuda argentina) y hasta se lo puede leer arriba de un colectivo camino al trabajo.Leer más...

miércoles 16 de septiembre de 2009

Carnaval caté- Rodolfo Walsh


Revista Panorama, abril de 1966

Bailar a siete metros de altura: sonreír. Bailar sobre una plataforma de sesenta centímetros de lado: saludar. El tocado pesa ocho kilos: sonreír.
Las luces duelen enfocadas en la cara, los bichos enloquecidos en la noche tropical se cuelan por todas partes. Hay mariposas y cascarudos invisibles desde abajo: mover suavemente las piernas bajo la catarata de lamé, la reina impávida ondula sobre el mundo ondulante.
Hay hileras de chicos morenos sentados en el cordón de la vereda, con sus enormes miradas, su admiración, sus palmoteos. Algunos están descalzos: pobrecitos. Las piedras brillan en sus ojos, las piedras verdes y rojas y cristalinas.
Hace quince años que baila, desde los cinco: español y clásico. También habla francés y canta. Su autor preferido es Morris West. La sonrisa le sale natural, no necesita repetir “treintaitrés”, como algunas.
Detrás de la oscura masa de gente está el río, también oscuro. Lejos, del otro lado, unas luces pálidas: Barranqueras, dicen que está inundada. Aquí mismo el agua lame el borde de la escalinata, en la Punta de San Sebastián. Pero no va a subir, el murallón es alto.
Copacabana, miles de banderas: cantar. Ará Berá, gestos burlones y aplausos aislados: una sonrisa especial para ellos, un fulgor adicional de majestad inconmovible. Y que rabien.
El palco: su madre que grita, gesticula. Su padre, tranquilo como siempre, casi invisible. Su padre tiene un petrolero. Quiso llevarla al Japón, pero ella quiso estar aquí, y no en Japón; aquí, y no en Buenos Aires; con su comparsa y no en Europa: porque es comparsera de alma.
El palco del gobernador, el jurado del que toda la comparsa desconfía. ¿Se atreverán? Entretanto, sonreír, bailar frente a las cámaras de TV, los fotógrafos, los periodistas, el mar de luces blancas.
Ahora dan la vuelta, puede aflojarse un poco, espantar un bicho, sonreír con menos apremio. Del otro lado viene Graciela, las carrozas se cruzan. El tocado es lindo, una gran nube de plumas blancas que parecen incandescentes. Sólo que ahí se gastaron todo. Graciela baila y sonríe, como ella. Ella o yo. Pero Kalí se siente segura, recamada de piedras, mecida en sus cincuenta metros de tul.
Los dioses son caprichosos. A esa hora, los seis jurados del corso unidos por telepática convicción anotaban en sus tarjetas un nombre desconocido que no era del de Kalí y no era del de Graciela.Leer más...

lunes 14 de septiembre de 2009

Silicon Valley- María Fernanda Mainelli



Este texto fue producido en el Taller de Crónica Cultural con Martín Caparrós, organizado por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) en Medellín, Colombia.

La diseñadora de moda Nuria Cañellas recuerda, como si fuese hoy, el desconcierto que sintió el primer día que entró al aula de la Universidad Pontificia Bolivariana. Sus ojos no podían dar fe de los implantes mamarios que ostentaban sus alumnas. No había imaginado que la mayoría de estas chicas, menores de 18 años, tendría las tetas operadas, y rápidamente creó su propio sistema estadístico. Les pidió que se dividiesen en dos grupos: de un lado, las que tenían siliconas; en otro, las que no. El 80 por ciento había comprado los pechos en el quirófano. El resto, según pudo indagar, tarde o temprano se haría las tetas, símbolo de aceptación social en Medellín.
La violencia se instaló en esta ciudad a fines de la década del 70’ cuando el narcotráfico ganó las calles con sus bombas, la involuntaria melodía de fondo que todos estaban obligados a escuchar todos los días. Las muertes de los mafiosos, los asesinatos de los sicarios y de los paramilitares se hicieron costumbre: sólo en 1991 murieron en la ciudad 6.349 personas, uno de los picos más altos. La muerte era lo más natural de la vida o, como prefiere recordar Juan Diego Mejía, escritor y ex secretario de Cultura, “era una telenovela malísima, en la que todas las mañanas te despedías de tu mujer con un beso por si no la volvías a ver más”.
En las calles de Medellín quedan signos vitales de aquella violencia. Juan Diego quiere demostrar, al borde de una avenida que rodea a la ciudad, cómo todavía subsisten ciertas costumbres auto defensivas: “Si tú miras con detenimiento cómo conducen los paisas, te vas a dar cuenta de que, cuando un coche torea para entrar en la calle, los demás le dan paso. ¿Ves?, frenan; ¿ves que frenan?
-Sí, veo.
-Esto, que parece una buena costumbre ciudadana no es más que la herencia del terror. Acá, hace 20 años, si un coche arremetía cuando tú ibas por la vía preferencial más vale que te detuvieses, seguro que era un sicario; y si no le dabas paso, así nomás te baleaba el auto.
El hotel está ubicado a la vuelta del Parque Lleras, el barrio cool de la ciudad, construido bajo las estrictas normas arquitectónicas gringas con sus restorantes de vidrios negros y carteles de neón, llenos de pantallas plana, mesas de pool y pisos de mármol; desde la habitación puedo escuchar “matador…!! matador!!, dónde estás matador, matador no te vayas, matador!! matador!!”. Bajo los dos pisos que me separan de la conserjería y le pregunto al señor conserje si la señora música va a parar en algún momento; y él, que parece no haber entendido el tono de fastidio de mi señora pregunta, me responde que no y con un mezcla de alegría y orgullo paisa y una amplia sonrisa Odol aclara que Medellín es una ciudad muy musical, muy chévere, muy alegre, muy pa delante. Pero para Juan Diego la música constante y a todo lo que da, no es nada chévere sino otras de las tantas herencias de la cultura narco.
En Medellín todavía conservan estos hábitos que dejaron los años de sangre, pero el legado más visible de la cultura narco hoy lo llevan tatuado en sus cuerpos las mujeres. La cajita feliz comprada en el quirófano y en los centros de belleza incluye: cabellos rubios largos alisados con esmero ojos claros de mentirita pechos inabarcables vientres chatos cinturas de avispa nalgas duras piernas firmes culos tentadores.
En esta ciudad se dio un fenómeno estético femenino particular que nació con el narcotráfico, cuando las mujeres de los mafiosos irrumpieron en la escena pública con sus cuerpos voluptuosos calcados a los de las actrices porno californianas. Una sociedad permeable a la cultura americana y, sobre todo, el poder de la mafia que pretendió hacer de Medellín una sucursal de Miami, terminaron por convertir a las mujeres en una especie de clones en serie de Pamela Anderson. Sus probos maridos sacaban carnet de mafiosos con sus casas muy enormes, sus joyas muy doradas, sus autos muy fálicos y sus mujeres muy tuneadas, requisitos imprescindibles para pavonearse por las calles.
Este prototipo de mujer voluptuosa, que encarna un modelo basado en la clonación y un aspiracional de belleza comprado, se expandió por toda Medellín, a pesar del retroceso del negocio del narcotráfico luego de que el 2 de diciembre de 1993 fuera asesinado el capo del cártel de Medellín: Pablo Escobar Gaviria.
De qué hablamos cuando hablamos de
-Se las llama prepagos, dice, en voz baja, un periodista local con su Pilsen en mano.
-¿Prepagos?
-Shhhhhh…
Fue la primera noche calurosa en Medellín y fue la primera vez que escuché esa palabra que aquí todos repetirían casi en susurros y fue la primera confusión idiomática con la que choqué. “Prepago” es un término masculino, pero aquí se las llama de esa manera a las prostitutas. Nadie sabe bien de dónde salió el término, pero se supone que llegó con la telefonía celular y sus planes prepagos.
-¿Vos querés decir que acá las chicas con tetas operadas trabajan de prostitutas?
-No. Pongamos las cosas en su lugar -pide el mismo amigo periodista-. Una cosa era la mujer del narco, que como él buscaba hacer las cosas de ricos: hoy andas en helicóptero, mañana viajas en avión a París y pasado mañana paseas en yate por el río Putumayo. Otra muy distinta son las prepagos, una nueva modalidad de prostitución vip, que no sólo incluye que se pongan en cuatro patas sino que también venden un ideal de amor por noche. Estas niñas son muy cariñosas; mira… te dicen qué bello eres, te hacen sentir como si de verdad te amasen. Pero, por otro lado, en Medellín tú ya no sabes quién es prepago y quien es una chica común, porque todas son iguales.
Andrés Burgos tiene 35 años, nació en Medellín, es director de cine y guionista de televisión y se jacta de ser un experto putañero. Eso sí, con autorización de su mujer. Andrés está escribiendo el guión de una serie de ficción televisiva basada en ¿Las Prepagos?, un libro que escandalizó a todo Colombia con los chismes de una tal Madame Rochi, una proxeneta paisa arrepentida que un día abrió la boca y contó con detalles las intimidades de modelos, actrices, políticos y narcos que vendían y compraban sexo con dinero de dudosa procedencia.
Andrés, como el amigo periodista, desiste de cualquier intento de separar paja de trigo; no arriesgaría ni un centavo de peso colombiano para decir “ésta es prepago y ésta no”.
Para su guión, Andrés ha entrevistado a varias de estas chicas, inaccesibles para cualquier extranjera a no ser que una esté dispuesta a pagar cash los 200.000 pesos (unos 100 dólares), tal la tarifa de 90 minutos, hasta para dar una entrevista en estricto off de record. Pero Andrés sabe y dice que las prepagos antioqueñas deben ser de las más mojigatas del mundo: “En los portales de escorts de la Argentina o de España, las chicas publican sus caras. La prepago, si tú te fijas, no muestra la cara como lo hacen sus colegas de otros países”. Y yo me fijo, la portada del masajistapaisa.com parece un portal de un centro de belleza, como mucho la publicidad de un spa de categoría, ilustrado con el rostro de una chica que bien podría ser una estudiante de arquitectura que pone la cara para una página de una universidad privada.
Es habitual que los periodistas, intelectuales, escritores, todos los bienpensantes de esta ciudad, hablen de la doble moral paisa. Resulta que por estos pagos se pueden hacer las cosas más oscuras debajo de la mesa pero les preocupa sobremanera guardar las apariencias; por eso, entre otros motivos, la prepago no da la cara porque siente miedo, pero sobre todo por “el qué dirán si se enteran de…”.
-¿Que otras cosas diferencian a las prepagos?
-La estética de la prostitución digamos, no es sobria en ningún lugar del mundo, pero en Medellín las prepagos son el equivalente de lo que hacen los narcos con sus casas o sus vehículos, es un culto a la desmesura, una estética kitsch comprada y en proporciones que retan a las humanamente conocidas.
En Medellín también existe un tipo de prepago cama afuera. No ejerce la “prepagues” en tiempo completo. Son chicas universitarias que entran en la categoría “pico y placa”. Pico y placa es el horario de restricción vehicular en Colombia. Son dos horas en las que no se puede circular, y las que parecieran se aprovechan para hacer otras cositas.

Tetas, moda y algo más.
Felipe Martínez es uno de los cirujanos plásticos más requeridos de Medellín. Habla a razón de dos mil palabras por minuto. Quiere ser amable pero está saturado de tanto implante que coloca por día. A principios de los 80’ había en la ciudad 20 médicos de esa especialidad, ahora son 150, uno cada 35.000 habitantes, mientras que en Brasil, otro paraíso intervencionista, hay uno cada 20.000 y por ejemplo en todo Asia, uno para 500.000 personas. Su clínica cuenta con siete quirófanos en los que en tres años se operaron 20.000 personas: a razón de diez por día sólo en su negocio. Pero en esta ciudad, no es que sin tetas no hay paraíso, como sugirió el título de la telenovela colombiana más taquillera de los últimos tiempos. En Medellín hay paraíso si las tetas tienen de 280 a 500 centímetros cúbicos. O como sucedió con una paciente de la clínica de Felipe que pidió que le pusieran 1.700, mientras que en Brasil se colocan prótesis, que como máximo tienen 280.
Felipe Martínez, 15 años en el rubro, aclara de entrada que sus clientas son más bien conservadoras. Se entiende: trata de no operar a mujeres de narcos, sabe por experiencia que después, si los resultados no fueron los esperados, se puede generar algún que otro problema, como la muerte o el exilio forzado, algo de lo que puede dar fe un colega suyo de apellido Zapata, que le cobró las tetas nuevas a U$S 30.000 (cuestan como mucho U$S 3.000) a una hija de los Ochoa y se tuvo que mandar a mudar de Colombia.
Felipe confiesa sus plagios estéticos con su hablar monocorde, sentado en una silla de su súper clínica de 30 pisos y escoltado por una secretaria mayor hecha a nuevo: “Nosotros copiamos los parámetros de belleza de Los Ángeles, por eso nos llaman Silicon Valley. Nuestras mujeres se quieren parecer a Pamela Anderson, en nuestros pagos materializada en la modelo Natalia Paris, operada 4 veces de los pechos por un colega, tres para aumentarlos y uno para sacarse cuando se cayeron por la ley de gravedad”.
Paris es la paisa retocada más famosa del mundo. De aquella niña de pelo rojizo y rasgos finos no queda casi nada. Ex lolita, modelo de 1.55 de altura y viuda del narcotraficante Julio César Correa alías Julio Fierro, con quien tuvo una hija. El traqueto en cuestión apareció muerto hace siete años en circunstancias poco claras pero la Paris siempre fue de esas tantas ex de mafiosos que “no sabía en qué andaba mi marido”. La llamaron “la hembra más hembra que ha parido esta tierrita”, “la tonta más hermosa” o “la perfecta mamasota”. En Colombia tiene imitadoras en radio y televisión que se burlan de su voz aniñada de escolar en celo: “Soy una mujer fiel, soy mamá, casera, trabajadora, independiente y soy… muy sana. En este sentido, claro que soy un modelo a seguir”. Hace unos años se hizo una encuesta en Colombia sobre a qué colombiana quisiera clonar y ella resultó ganadora. Y no fue sólo en la encuesta sino también en la vida real. Hay aquí tantos clones de la Paris como reproducciones del souvenir de la torre Eiffel.
A los narcos, en su mayoría de origen humilde, les importaba el dinero pero sobre todo querían reconocimiento social, por eso se rodeaban de mujeres hermosas que primero buscaban en estado natural para tunearlas a gusto y placer. Ellas se dieron cuenta de que podían llevar dinero más fácil a sus casas si tenían las tetas más grandes y después habría tiempo para la lipo, el botox, la mesoterapia, los gimnasios, las camas solares y los dermatólogos, todo pagado por el tío rico. Pero la cultura narco pudo expandirse porque cayó en terreno abonado. Felipe dice que el antioqueño es trabajador: “Acá se madruga y se trabaja 12 horas por día; gustan mucho el dinero y los juegos de azar y somos grandilocuentes pa todo: tenemos el edificio más alto, la avenida más larga, las tetas más grandes. Pero hasta los 70’ estaba extendida la idea de que la plata se ganaba trabajando y desde los 80’ las mujeres de mafiosos se empezaron a hacer las bobas, no les convenía saber de dónde venía la plata”.
La diseñadora Nuria Cañellas, docente de alumnas encirujadas, descuelga del perchero sus vestidos bordados hechos con retazos de telas de descarte unidos con crochet, que cosen un grupo de presas a las que les enseñó a tejer. Le pregunto a quién le vende en Medellín esas delicadas prendas vintage si el uniforme oficial es un jean que parte el cuerpo a la mitad y un top de lycra por donde asoman los implantes, pero dice que sí, que siempre aparece alguien que celebra la diversidad física y no la clonación.
Subimos por las escaleras de cemento que rompen la selva en la que alguna vez se construyó Medellín en busca de una cafetería del Lleras. En este barrio un grupo de diseñadores instaló hace 10 años los primeros locales de ropa; después vinieron esos bares y restorantes donde se mezcla la comida cubana, mexicana, argentina, italiana con el combo paisa: frijoles, carne molida, morcilla, arepa, arroz, banana frita y chicharrón, una delicia que no es otra cosa que grasa frita, salada con esmero, que perfora el estómago y a la que se recomienda masticar con precaución a riesgo de perder alguna pieza dental.
Nuria nació en Cataluña y a pesar de que con su familia se instaló cuando ella era chica en Medellín, aún conserva cierto tono español. Es delgada y canchera. Lleva puesta una musculosa escotada que apenas deja ver sus pechos de varias batallas, caída sensual, erotismo singular, pelo corto y revuelto, ojos verdes. Tiene 48 años y cierto aire rockero que mamó en los 70’ en las terrazas de las comunas: barrios humildes que circundan Medellín, con sus casas caóticas de varios pisos que de a poco le fueron ganando terreno al cielo. Entre las calles que forman algo parecido a un laberinto nacieron los sicarios, esa mano de obra joven, muy joven, que Pablo Escobar contrataba por un millón y hasta dos millones de pesos colombianos por cada policía que asesinaban. Nuria escuchaba punk con sus amigos sicarios y recuerda que abajo, en el Poblado, comenzaban a ser famosas las primeras presentadoras de televisión, las miss Antioquia, miss Colombia, miss mundo, miss, “modelos” algo retaconas para lo que exige la pasarela, pero de alguna manera había que llamarlas y modelo no está tan mal, si se piensa en la reproducción masiva de fábrica que vino después de ellas. Estas modelos podían viajar a Miami, con la plata de sus maridos o novios traquetos, para comprar los pantalones atigrados que en Colombia no se conseguían y volvían con sus prótesis, que Nuria gusta llamar “accesorios”: “Acá sales de jean y una camisa, y las tetas hechas hacen el resto. No te tienes que ponerte nada más, total pa qué”.
Cuando murió Pablo Escobar, los narcos empezaron a tener un perfil más bajo pero la estética siguió su rumbo hasta llegar a una uniformidad total, un narco chic exacerbado que no implica necesariamente una fuente de ingreso de dinero pero sí la posibilidad de contar con la aceptación social.
Nuria niega con la cabeza, dice que no entiende como a un “man le puede divertir estar siempre con las mismas mujeres. Pero a mí, las que me dan lástima son las cuchi Barbies”, dice sin ningún atisbo de ironía.
-¿Las Barbies qué?
-Las cuchi Barbies, es una categoría en la que entran las chicas de 40 intervenidas. Acá se las llama así, cucha, porque ya están mayorcitas y cada vez se tienen que hacer más para seguir activas en el mercado; así y todo, los narcos no las quieren porque las prefieren jovencitas.
Le pido a Nuria que describa al hombre promedio paisa y no duda: “Para él, todas son putas menos la madre, la hermana y la esposa. El paisa se me hace medio impotente porque la potencia se las da el carro y la silicona enormes, pienso que son pura apariencia, deben follar menos que los argentinos”.
Nuria da vuelta la cabeza intentando buscar un ejemplo para dejarme contenta: “¿Ves al man de aquella mesa”?
-Sí, lo veo.
-Está bien feo.
-Y si, digamos que no es Brad Pitt.
-¡Qué Brad Pitt! No ves la barrigota que tiene y esa cara de sapo, y mira, mira, mira la niña rubia que se acerca con helados, debe ser su novia. Esta es una constante en Medellín, el man más feo está con la más guapa porque es la única forma de que se puedan sentir bellos, esa chicas funcionan como un espejo en el que los tipos se miran.
Juan Diego, el escritor y ex funcionario, dice que hay que darle un combate a la estética dominante y que ellos desde el Gobierno lo han intentado, pero se ve que muchos resultados no han obtenido; de hecho, Juan Diego cuenta que un amigo poeta hace unos días le comentó que andaba en problemas económicos porque se había gastado todos los ahorros en los senos de su hija quinceañera. “Y yo me enojé, le dije ‘¡pero si tú eres un poeta, qué puedo esperar del resto de la gente!’”.
La sociedad de Medellín consintió calladamente que sus mujeres se convirtiesen en objetos decorativos y aún cuando critican ese lugar no saben bien qué corno hacer con ellas. En un raro mecanismo de discriminación positiva, eliminaron de un saque los clásicos concursos de belleza, grandes fábricas de Barbies, y lo reemplazaron por otro de talentos femenino, como si A: el intelecto excluyese a la belleza. Y B: los hombres no pudiesen ranquear en el ámbito de las ideas.

En el nombre de la madre
Aquella guerra del narcotráfico que se dirimía en las calles a fuerza de bombas y tiros se trasladó a otro territorio: el del cuerpo de la mujer.
Históricamente, la antioqueña tuvo un rol social puertas hacia adentro, era el hombre, durante el siglo XIX y bien entrado el siglo XX quien salía a buscar el sustento y la mujer la que permanecía en la casa educando a los hijos. En las fincas, las familias antioqueñas eran muy numerosas, tenían entre 15 a 20 hijos y los varones eran la mano de obra segura para sembrar la tierra (café, banano, papa, flores) o criar ganado.
El papá de Juan Diego Mejía tenía 12 hermanos y todos los días a las cinco de la mañana su padre los reunía para pegarles por todo lo malo que iban a hacer en el día y a la noche los volvía a juntar para volver a pegarles por todo lo malo que habían hecho en el día. Esta anécdota es extrema; sin embargo, el orden de las cosas no ha cambiado tanto y eso lo confirma el mismo Juan Diego: “Cada vez que voy a comer a la casa de mi madre me da la cabecera de la mesa y el plato más grande, piensa que yo debo estar mejor alimentado que mi hermana”, dice entre risas y no tanto.
Este esquema, padre ausente-madre en casa, propio de una sociedad rural sigue vigente en Medellín a pesar de la transformación urbanística. La paisa es una sociedad machista que ha privilegiado los derechos del hombre y la mujer ha quedado en segundo plano, todavía no hay en Medellín una generación de varones que lave los platos ni tampoco una de mujeres que sienta que el llamado sexo fuerte deba hacerlo.
Los hijos en Medellín tienen una relación tan fuerte con la madre, que ni el propio Freud podría desentrañar. Aquí circula un dicho popular que dice que “por la madre, el antioqueño mata y come del muerto”. El Día de la Madre es una jornada negra en las estadísticas de mortalidad. Parece que todos compiten sobre quién quiere más a la madre; entonces, entre trago y trago de licor se sacan los trapitos al sol y alguien acaba muerto. El ex alcalde, Sergio Fajardo, lanzó hace unos años la campaña “Cero muerte el Día de la Madre”, a fin de prevenir tanto amor excesivo. El número de muertos ha bajado, pero sin embargo, según el diario paisa El Colombiano en el Día de la Madre de este año se registraron 400 riñas y un saldo de dos muertes con armas blancas, a pesar del operativo policial que se dispone para la ocasión. “Lo importante en Antioquia es devolverle a la madre todos los sacrificios que ha hecho, por eso el mafioso quiere sus carros y mujeres, pero sobre todo quiere plata para tener bien a su madre”, dice Juan Diego.
Allá por las comunas, en lo alto de Medellín y en medio de las casitas, asoman una, dos, tres, varias con leones egipcios que desde el frente dan la bienvenida. La decoración exótica, explican, fue regalo de algún hijito mafioso que se fue a vivir al barrio elegante pero antes le construyó a la mami una casa como sólo ella lo merecía.

Periodista errante busca fuentes
Cris anticipa del otro lado del teléfono que no tiene nada que ver con esas historias, que ella no es la persona que busco. Le insisto con que la hermana de una amiga de una amiga me aseguró que su ex marido había sido narcotraficante y que lo habían matado por un ajuste de cuentas.
Termino de decir esto y me cae la ficha sobre mi torpeza para plantear estos temas; en definitiva, no se cómo hablar sobre los narcos y sus mujeres en una ciudad que prefiere olvidarlos.
La diseñadora Nuria Cañellas, el médico Felipe Martínez, la gerenta del hotel, un periodista, el quiosquero de la esquina, otro periodista, la señora que limpia los cuartos, un barman del Parque Lleras, la empleada del gimnasio, todos conocen directamente o por intermedio de otras personas a una mujer de un narco o a su versión posmoderna, la prepago. Pero todos dicen lo mismo, ninguna se anima a hablar por miedo a que les caiga el novio mafioso encima o simplemente porque nadie ve con buenos ojos a estas chicas, aunque todos se jactan de que son las mujeres más bellas del mundo.
Cris reitera detrás de un teléfono vaya a saber uno desde qué lugar de Medellín que no, que lo lamenta. Pero no la quiero dejar escapar. “Mire Cris, sólo quiero conocer su historia, sé que usted es una víctima de la guerra del narcotráfico y estoy buscando historias como la suya”. Mientras me odio otra vez por meter la pata se produce un largo silencio, de esos que revuelven el estómago. Pero finalmente afloja: “Encontrémonos mañana, a las 10, en la puerta del edificio inteligente”, dijo pausadamente. “Llevaré una blusa blanca y una flor roja, le pido que usted también lleve una flor roja”.
Me entusiasmo como una nena con lo de la flor roja, todo encaja, pienso. Me voy a encontrar con el personaje central de mí historia y nos vamos a reconocer por una flor roja justo cuando en la ciudad se festeja la fiesta más popular del año, la Feria de las Flores.
Las flores en Antioquia son sagradas, no sólo porque son el símbolo con que el paisa quiere que se lo reconozca en el mundo, sino que también ellas representan el cinco por ciento de las exportaciones a nivel nacional y esa zona es la segunda región productora y exportadora de Colombia.
Durante el festejo, los cultivadores organizados para competir en varias categorías por la mejor silleta, descienden de la montaña cargando con sus silletas de 70 a 80 kilos sobre las espaldas, reivindicando la esclavitud a las que fueron sometidos durante la colonia cuando debían bajar y subir a los señores españoles a la ciudad, tradición que ahora reproducen ante un público excitado por la belleza de los gladiolos, las margaritas, las rosas, los claveles, las hortensias y los pensamientos. Pero las flores en Medellín no le han podido escapar a la muerte y no tendrían por qué, si son ellas las que acompañan a los muertos adornando sus tumbas. Pero la picardía del paisa convirtió a la flor también en un arma. Acá, por ejemplo, se suele decir: “Te voy a mandar a chupar gladiolos”. Y vos agarrate.
El edificio inteligente que Cris sugirió para el encuentro es un bloque de cemento y vidrio formado por dos torres, está frente al Parque de los Pies Descalzos, donde funcionan las oficinas de las empresas estatales y es una de las 3.000 razones por las que el paisa se siente orgulloso. Al paisa no le corre sangre por el cuerpo, le corre un orgullo incontenible: orgullo por el moderno tren que cruza la ciudad, reluciente como un quirófano, que barren día y noche mujeres vestidas de uniforme blanco y pechera rosa con volados y mocasines tan blancos como el uniforme, que parecen mucamas de casas de ricos y famosos; orgullo por sus mujeres hermosas intervenidas; orgullo porque madrugan a las 6 de la mañana y trabajan 12 horas como mínimo; orgullo por el eterno clima primaveral; orgullo por haberle ganado al crimen organizado algún terreno en el que se construyeron Parques Bibliotecas.
Una vez que pasó la alegría inicial por haber conseguido a mi entrevistada, me invade el leve presentimiento de que Cris no iría a la cita, pero aquí estoy y setenta mujeres tienen puestas camisas blancas y ninguna flor roja. Cris no viene, puedo ver a lo lejos a un celular humano, trabajadores callejeros que llevan una pechera de la que cuelgan varios celulares y por 150 o 200 pesos colombianos el minuto se puede llamar a quién se sea. La llamo, me dice que tuvo otro compromiso y no me veo en condiciones de reprocharle nada, quedamos para la una del mediodía, esta vez en la Plaza Botero, pero con la misma flor roja.
En la Plaza Botero está el museo con las obras que donó el artista paisa, es el centro histórico de la ciudad donde apenas se conservan en pie algunos edificios antiguos, porque aquí parece que tienen la manía de derrumbar para construir encima. Dicen que todo lo que no se puede comprender se destruye; por eso tiraron abajo iglesias, casi todas las casas viejas y hasta uno de los teatros emblemáticos, el Junín, que tenía 3.700 butacas.
Tampoco Cris vino a la cita. Vuelvo a acudir a un celular humano, pero nunca más atendería los llamados. Nunca sabré cómo es, cómo se ve. A los fines del cuento me sirve pensarla como el punto de partida de un estilo, como un referente estético que después fue millones.
Es de noche, me aconsejaron que mejor no ande por el centro cuando oscurece. Vuelvo al Lleras, el barrio seguro sucursal gringa, para recorrer los bares y conseguir por fin algún testimonio que me levante la crónica.
Mari es rubia y de franjas gruesas negras, tiene 23 años que parecen más y la otra es morocha azabache, dice que es Elena y declara 28; están apoyadas sobre una camioneta grande y cuchichean hasta que las interrumpo sólo para hacerles algunas preguntas y no si se hicieron las tetas, porque eso es evidente: qué buscan con su estética, cómo se ven cuando se miran a un espejo, cómo las tratan los hombres, cómo quisieran que se vean sus hijas. “Creo que somos trabajadoras, independientes, como muy pujantes, muy lindas, muy hospitalarias, chéveres, divertidas, muy hechas pa adelante como decimos acá, como todos los paisas de Medellín”.
-¿Cuál es tu que ideal de belleza?, le pregunto a la rubia.
-Pues bueno, creo que yo misma.
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viernes 11 de septiembre de 2009

UNDERGROUND



The Tokyo Gas Attack and the Japanese Psyche
de Haruki Murakami

(Disponible sólo en inglés)

Crítica- Ana Prieto

Mientras hojeaba distraídamente una revista femenina, el novelista japonés Haruki Murakami se topó con la carta de una lectora que narraba con resignación las consecuencias que para su vida familiar habían tenido los atentados con gas sarín en los subtes de Tokyo en 1995. La historia atrapó a Murakami en el empeño por conocer el destino de esas víctimas (el atentado dejó 12 muertos y más de 3 mil heridos), y comenzó un difícil rastreo que dio como resultado entrevistas en profundidad a quienes accedieron a contar su paso por esa violencia inexplicable. El subtítulo del libro es “The Tokyo Gass Attack and the Japanese Psyche”, porque el autor teje de a poco el entramado que hizo posible que un grupo religioso como Aum Shinrikyo, responsable de los ataques, ascendiera en Japón sumando en poco tiempo miles de seguidores. Tras las entrevistas, Murakami penetra en la crónica de un modo personalísimo, combinando su mirada y su escucha con la multiplicidad de voces que reconstruyeron, por él, la pesadilla subterránea.
Underground es una lección de estilo, honestidad, claridad intelectual y compromiso. Y un libro necesario para quienes estén interesados en la historia contemporánea y entiendan que, si algún sentido tiene comprenderla, está en las experiencias íntimas de los hombres.Leer más...

martes 8 de septiembre de 2009

Desalojados. Lucía Álvarez


-¡Dale, arriba, vamos! -fueron los primeros gritos que despertaron a María esa madrugada. Tres hombres de buzo negro con capucha rompían a palazos su rancho debajo de la autopista.
-Dale, ¿Qué te pasa? ¡Arriba! ¿O querés que te traiga a los de la barra? –María se arrastró por el piso de rodillas, con la panza de ocho meses colgando y sin levantar la cabeza. Sólo veía los pantalones estilo militar y las zapatillas que lo pateaban todo. A unos metros, un camión de basura camuflado esperaba con el motor prendido la señal de avance. El chiflido fue agudo. Adentro del camión los hombres tiraron los colchones, las frazadas, la ropa y las tres bolsas de lienzo blanco con botellas de plástico y cartones.
Se escuchó un forcejeo. De uno de los changuitos, estaba prendido el hijo de cinco. Las manos se aferraban como garras a los metales.
-Soltálo, pendejo de mierda -repitió el hombre de capucha negra; tironeó más fuerte y se lo arrancó en un empujón. María corrió desesperada y llegó justo para comerse el palazo. El golpe le costó varias hemorragias y una internación.
La patota se subió entonces al auto sin patente donde otros dos hacían el aguante por si la cosa se ponía pesada. Ella, tirada en el piso, llegó a leer las letras de una de las gorras negras: UCEP.
El ataque, dice ahora despatarrada en la Avenida Belgrano, fue de la banda del Gobierno. Se refiere a la Unidad de Control del Espacio Público, creada por el decreto 1232 con el objetivo de mantener calles y plazas “libres de usurpadores”. El grupo opera oficialmente desde Octubre de 2008, pero según Facundo Di Fillippo, Presidente de la Comisión de Vivienda de la legislatura porteña, existe desde la gestión anterior. Está compuesto por veinticinco empleados de planta transitoria que dependen del Ministerio de Ambiente y Espacio Público a cargo de Juan Pablo Piccardo. Tiene un presupuesto de un millón de pesos, salarios que rondan los 2 mil y denuncias de la Defensoría del Pueblo, organizaciones de derechos humanos y legisladores de la oposición, por malos tratos en sus operativos de madrugada. Denuncias que los voceros oficiales catalogan de sin sentido.
En Buenos Aires, la emergencia habitacional es evidente: las villas crecen, surgen nuevos asentamientos, cada vez más gente vive en pensiones, inquilinatos o en la calle. Sin embargo, se hace igual de clara una política sistemática de expulsión de pobres que se sostiene con desalojos privados desde 2007 y en terrenos del Estado desde este año; aumentos de precios para alquiler o compra; una mayor autonomía del mercado inmobiliario y un vaciamiento presupuestario del Instituto de Vivienda de la Ciudad (IVC). Los operativos de la UCEP son sólo el elemento más indiscreto de una forma de abordar el déficit habitacional de la ciudad.
Mientras cuenta su historia, el bebé de María, que tiene tres meses y la boca enchastrada de yogurt, mira con curiosidad. También su marido mira, más bien relojea y controla.
-La gente tiene miedo, mi marido tiene miedo. Pero yo no. Son demasiados los golpes en la vida.
Desde que se fue de su casa en Lanús, María vivió cuatro años en un vagón abandonado y tres en una casa tomada en Balvanera. Cuando la desalojaron en 2005, el gobierno le prometió una vivienda prefabricada en Alejandro Korn de la que todavía no tiene noticias. Pasó estos años entre pensiones e inquilinatos, cientos de paradores de la city porteña y armó rancho en autopista e Iglesia que uno imagine. Después de este ataque, decidió cambiar otra vez, de Constitución a San Telmo.
Hoy su vida consiste en pasar mañanas y tardes sentada en esta misma vereda; casi sin moverse. Los kilos de más, las canas que empiezan a asomarse y un jogging desgastado la hacen ver como una matrona en decadencia. Tiene 39 años.
Al lado de su trono, la ciudad parece otra. Son las seis de la tarde y el sol está cayendo en pleno centro. Los oficinistas corren ansiosos para dejar atrás otra jornada laboral; están como fuera de foco. María los sigue con la mirada y hamaca el cochecito del bebé. Ellos ni la miran.
Cuando el marido termina de ajustar los cartones a la carreta, la familia ya está lista para una nueva mudanza a la 9 de Julio donde los compadres esperan con el fuego listo para la cena. Caminan por Perú. Hay un casa de ropa para hombres que vende carteras de cuerina a 350 pesos para pagar en tres cuotas con Visa, Mastercard o American Express; los restos polvorientos de la parrilla “Pegaso, Marca resgitrada”; un local de Puma; una tienda de rulemanes y en la esquina, una pintada en letras rojas “libertad a los presos paraguayos”.
Al compadre de María le dicen el Tucu. Tiene los ojos rojos como en los dibujitos y un aliento a vino que voltea. Vive en Buenos Aires hace veinte años, pero su acento está intacto. Es verborrágico y cordial, y también algo temerario. Su mujer aparenta tener por lo menos diez años más que él, pero no hay forma de chequear la intuición. En quince minutos de charla con el Tucu, ella no abrió la boca.
Hace dos meses que él volvió de trabajar la temporada de la pera en Neuquén y los 2.500 pesos que ganó ya se fueron entre hoteles y pensiones. Muestra la factura, 75 pesos por dos noches. El Tucu necesita sostener todo lo que dice con comprobantes. Un rato atrás uno de los de la ranchada le pasó dos pesos por la espalda y él los mostró, “para que no pienses que estoy en algo raro”, dijo.
La maña no es sólo por desconfianza y no le pertenece sólo a él. El endurecimiento de los requisitos para recibir subsidios a partir del decreto 960 de 2008 hizo que cada factura se convierta en un trofeo de guerra. Por ejemplo, para recibir una ayuda por emergencia habitacional de diez cuotas que suman hasta 7 mil pesos, una de las condiciones es presentar la fotocopia del DNI del dueño del inmueble que se alquila. Una misión casi imposible cuando gran parte de los inquilinatos y pensiones son flojitos de papeles.
Ahora están otra vez en la calle. Venden galletitas en los semáforos y piden una voluntad a cambio del diario “El Argentino”. Todavía no se cruzaron con la UCEP, pero el Tucu está preparado. “Ya me dijeron de esos, que son de la 12 y que se vienen con una traffic gris”. Dice que tiene un cuchillo, y con las dos manos que tiemblan exagera su largo, que si vienen por su nena les mete una puñalada en el estómago y que no le importa nada.
La hija del Tucu es igual a su mamá: tiene pelo azabache con caída perfecta y orejas demasiado grandes. El pantalón, las zapatillas y la campera son rosa pastel. Juega con el hijo de María en el pasto: corren, se revuelcan, investigan hormigas, de vez en cuando interrumpen. Los dos forman parte del doce por ciento de los menores de cinco que en la ciudad, según el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), vive en situación de indigencia.
-Es como el pastor que tiene que cuidar a sus ovejas. Yo soy ese pastor - dice el Tucu con los ojos más vidriosos y lo interrumpe su mujer por primera vez. Tiene la voz un poco ronca, con el mismo tono que él; ella también es tucumana:
-Tenemos miedo, yo sé lo que pasa, por eso no hablo. Nosotros no hacemos más que no tener casa.
La cena está a punto de servirse; a la ranchada le queda una hora antes de que cierren las rejas del parque. Después cada familia llevará las carretas a su rincón o a su escondite. María tapará a su hijo pequeño y acostará al bebé con ella, lo protegerá con un abrazo. El Tucu dormirá con un ojo abierto y el otro cerrado, tocando algunas veces el cuchillo debajo del colchón. Los dos despertarán con cada ruido extraño.


La cita con Rosa es en Balvanera, a dos cuadras de la Plaza y a media de las vías del tren, en la Coordinadora de Inquilinos de Buenos Aires (CIBA). En la zona circula la ansiedad de los lugares en tránsito: la gente camina con distancia, esquiva puestos, se adelanta uno, dos, tres pasos con el semáforo en rojo; apenas siente la cumbia y el olor a las promociones de comida barata que unen a esta zona de la ciudad con el conurbano bonaerense. La calle del local es solitaria y oscura. Al frente hay un hotel y dos casas viejísimas que funcionan como inquilinatos. No tienen anuncios, ni recepción, ni ropas colgando; nada que haga sospechar de esas dos casas con descascaradas paredes color verde manzana.
La discreción es ley cuando de alquilar pieza se trata. La discreción y el arreglo con los inspectores y la policía. Sólo eso explica que, según varias organizaciones, nueve de cada diez lugares que alquilan cuartos no tengan las habilitaciones ni los permisos correspondientes. “Cuando alquilas una pieza nunca sabes dónde te estás metiendo, quién es quién, ni dónde vas a terminar”, me confesará Rosa unas horas más tarde.
A Rosa sólo le faltan las trenzas. Por lo demás, tiene todo lo andino: tez trigueña; perfil aindiado; timidez hasta en la forma de mover las manos -casi no salen de los bolsillos-, un pelo espeso y un flequillo rebelde que se levanta como volado. Es además chaparra y una gran cocinera de picaronadas y polladas.
Llegó de Perú hace cinco años, después de cuatro días de viaje y un solo trasbordo en la frontera argentina. Vino sola. Meses después llegaron su marido y sus cuatro hijos a la pieza que alquiló por 160 pesos en la calle Zelaya, la misma a la que el Gobierno de la ciudad puso empedrado y convirtió en peatonal turística.
Aguantaron hasta el invierno. Cuando ya los plásticos colgados del techo no resistían las inundaciones y los manchones de humedad llegaban a un marrón intimidante, se mudaron a la calle Pueyrredón, a una pieza sin agua por la que les pidieron quinientos pesos de garantía. “Cuidate que acá hay de todo, paraguayos, peruanos, bolivianos, de todo” fue lo único que le dijo el encargado, con la plata en la mano. El nuevo hogar quedaba en un piso 13; Rosa pensó que era un mal augurio.
Al poco tiempo de mudarse comenzaron los rumores: que se viene el desalojo, que el encargado está desaparecido, que en su pieza no hay nada, ni en los cajones, ni en el armario. Rosa se dio cuenta que era cierto cuando a fin de mes nadie apareció para cobrarle.
-Los que te alquilan vienen, dicen que son los responsables, les pagas cada mes y ellos te hacen el recibito con un lapicero. Vos no sabes nada cuando entras, yo no pensé que ese hotel tan grandazo podía estar usurpado. Después se hacen humo cuando llegan los verdaderos dueños.
La experiencia de Rosa es excepcional. Desde que en 2006 algunos cambios legislativos endurecieron las penas por usurpación, ya casi no quedan grupos que tomen casas para alquilar o vender piezas. Hoy la gran mayoría de los hoteles en la ciudad son de propietarios que alquilan sus cuartos o gente que alquila una casa y a su vez subalquila las habitaciones. Los conflictos en estos casos surgen por aumentos de precios -en Constitución o Barracas las habitaciones pasaron de 300 pesos en 2003 a 1000 pesos en 2009- o porque el hotelero quiere invertir ese inmueble en otro negocio. Si la gente se resiste defendiendo sus derechos a locación, los mismos con los que cuenta alguien que alquila un departamento, llegan los apuros, los aprietes y los matones de la mafia hotelera.
El 1º de Mayo a las cinco de la mañana llegó el desalojo.
El relato de Rosa es más agitado en este punto, suena como a los equipos de tortugas del Counter Strike. Los policías suben a la terraza -tac, tac, tac-, las botas se escuchan por las escaleras, bajan juntos y se quedan dos en cada piso; abren las puertas con patadas –pum-, sacan a la gente –gritos y llanto de bebés-, empujan las cosas al pasillo, cierran las puertas con candados. Limpio el 13.
Ahora sí se ven sus manos, tiene las uñas pintadas de un rosa casi transparente. Cuenta con sus dedos lo que no llegó a sacar antes de que la policía barriera su habitación: la cama, la mesa, una alfombra, los vasos, un acolchado de lana y la plancha.
Esa misma madrugada la familia se mudó al local del CIBA, a la habitación donde está ahora sentada con las piernas cruzadas a la altura de los tobillos. Al lado de ella hay una silla vacía donde se suponía iba a estar sentado su marido. Pero Roger tuvo una huida rápida y eficaz en el comienzo, “bueno, vamos a decir lo mismo, pues, mejor con ella sola, ¿sí?” Para una joven porteña hacer hablar a un hombre andino no es cosa fácil.
Después de una hora Rosa sale a la recorrida que una vez al mes hace por uno de los hoteles del Abasto, y en la que pide 15 pesos a cada familia para los abogados que se ocupan del litigio. En la calle garúa. Ella se pone la capucha y cierra hasta el cuello la campera negra impermeable.
-Yo no conocía el invierno. Donde vivía apenas corría un viento fresco, nada de lluvias –dice y su cara se llena de rocío.
Rosa es de Chosica, una ciudad a cuarenta minutos del centro de Lima, sin salida al mar y con un río de aguas mansas. Ahí tiene casa, terreno y familia, pero el trabajo fue siempre cosa difícil.
-Hice de todo, hasta estuve en la construcción de muros para contener los derrumbes del Huayco. Siempre me pagaron una miseria, mi sueldo no llegaba a los 150 pesos.
Hoy ella trabaja limpiando casas y Roger está desocupado.
En las escalinatas del antiguo mercado quedan dos emos y un flogger disputando territorio. Los adolescentes de raya al costado desentonan con el barrio a estas horas. No hay gente de shopping, ni turistas con curiosidad tanguera y un aroma a comida andina se repite en cada esquina. El Abasto es mucho más peruano de noche.
El hotel de tres pisos queda en una cortada con empedrado y garabatos en las paredes. Su fachada es tan discreta que si uno se manda solo puede confundirse de edificio: “No, nena, acá son todos propietarios. Deben ser esos de allá los que buscás vos”, gritó indignada una vendedora de antigüedades en la primera visita.
Llegando a la esquina, Rosa avisa que hay que esperar a Rosita. Una voz ronca, de viejo arrabal, sale del restaurante de la cuadra: “Percal, tristeza del percal”. El cartel de la puerta anuncia que hoy baila su figura estrella, Carlos Copes. La entrada de la cena show es de 350 pesos o 700 para el sector VIP.
En la puerta una chica refunfuña y suspira porque no tiene las llaves y se está mojando:
-Luciiiiiiiii, ábreme la puerta. Dale, dale.
Luci es sobrina del antiguo encargado y la única que, por esa razón, tiene dos piezas en la planta baja y no una, como el resto de los inquilinos. Vino de Paraguay hace dos años con sus tres hijos y su marido. No llega a los cuarenta.
-¡Otra vez por acá! –dice desde una ventanita enrejada por la que mira el mundo-. A ver si los peruanos hoy quieren hablar contigo, ¿no?
-Dale Luciiii, la llave –repite la chica. Está molesta. Luci hace una búsqueda un poco superficial.
-No la tengo, toma, prueba con esto –dice y le pasa un tramontina. Se da vuelta otra vez- ¿Sabes con quiénes tienes que hablar? Con esos de ahí, los de enfrente. Esos sí que están jodidos, aunque tené cuidado porque andan con la droga, ¿no ves? Miralos cómo caminan –señala tres hombres que salen de un terreno baldío, sin chapas, ni rejas, cubierto por plantas que llegan al metro y medio.
Quienes justifican los desalojos argumentan que la ciudad está colapsada y que no hay terrenos. Pero el censo de 2001 muestra que en la ciudad hay 110 mil viviendas desocupadas y se calcula que la cifra es la misma en la actualidad.
El hotel tiene mucho más movimiento que en el fin de semana. Las puertas se abren y se cierran y por los pasillos circula gente que va al baño, a la calle, a la única cocina por piso (“A ver, ¿están todas las hornallas ocupadas?, ¿sí? ¿todavía? Habrá que esperar un rato”), a la pieza del vecino, del pariente o del amigo; nadie parece estar en la habitación correcta. En cada abrir y cerrar se escapan algunas intimidades: los finales de una bachata -“No es amor, no es amor, es una obsesión”-, el olor a pollo frito o a humo de guiso casero; se ven cuartos recargados de chucherías y cuartos pelados, familias enteras y gente sola.
Manuel es uno de los que camina agitado por los pasillos. Sube y baja escaleras con ojotas imitación hawaianas y campera de jean con corderito. Sale de su pieza y se mete en la de su primo, después en la de su viejo, y así.
-Hace cinco años que vivo en este hotel, estoy harto de estar acá –señala la pieza donde están su mujer y sus tres hijos: un bebé de tres meses y dos nenes de tres y siete años.
Salió de Asunción a los ocho para buscar a su mamá que vivía en Buenos Aires, pero el camión que lo trajo lo dejó en Rosario. Veinte años después Manuel tiene un acento porteño perfecto; no quedan ni restos de su guaraní natal. Por eso, y por el pelo rubio, los peruanos y los paraguayos lo bautizaron el gringo.
-Esto es demasiado quilombo ¿entendés? Ni el abogado quiere venir acá. Con mi familia nos juntamos entre cinco y nos compramos un terreno en Glew. Hace dos meses que estamos construyendo. Ya no quiero más bardo –dice, y sigue camino.
La pieza de Lourdes es un espacio de tres por tres con una mesa, cuatro estantes y un placard rectangular; una heladera chica, un ventilador de piso, dos radios -una prendida, la otra da la sensación de que no funcionara-, una tele, también prendida y la cama en la que duerme su bebé y sobre la que Cristian, su hijo mayor, está sentado y muestra en una sonrisa sus dos únicos dientes de leche.
-Este no es un hotel usurpado –la entrevista la empieza ella-. Todos los que estamos acá entramos pagando por la pieza, yo pagaba 150 pesos cuando entré.
La puerta se abre sin que nadie toque. La vecina que se asoma por el costado no dice nada, pero intercambia con Lourdes una mirada cómplice.
-Es que ahorita estoy hablando, es una entrevista -dice Lourdes inquieta.
-Yo vine a ver la tele. Tú, tu boca con ella, y yo, mi mirada, allá -responde la mujer de unos cincuenta años y señala el televisor que ya está en el canal correcto. Es un culebrón brasilero. La radio y los ruidos del pasillo hacen que apenas se escuche el doblado al español. Lourdes acepta.
-En marzo de 2006 el dueño nos quiso sacar a todos, justo cuando los nenes empezaban las clases. Así que unas señoras fueron al CGP y ahí vieron que el hotel no estaba ni habilitado ni registrado. Vinieron después asistentes sociales a ver cómo se vivía, cómo estaban los cables, la cocina y pusieron la faja de clausura. Pero nosotros nos quedamos adentro y el dueño nos puso un juicio.
La vecina ya tiene un ojo y una oreja puesta en cada escena. Se debate entre el amante de la mulatona y la entrevista; finalmente se decide:
-Pero acá nos hicimos cargo de muchas cosas. Todavía estamos pagando una deuda de electricidad que tenía el dueño de 28 mil pesos-. En el pasillo hay una factura de luz que confirma el dato: “Consumo 4.440 pesos; Deuda 4.523”. -Además los calefones son nuestros, compramos uno para cada piso. No nos pueden sacar así nomás.
-Mira, la cosa está bien difícil, ¿sabes? A mi me pasaron la voz de que ahora Perú está mejorando, quién sabe… También extraño.
A la salida del hotel se ven las letras luminosas del AIBIAISITO y el cartel del nuevo edificio de la zona: Cocheras optativas. Parrilla en el último piso, jacuzzi, solarium. Detalles de categoría y confort. Un dibujo de gente disfrutando del sol, la pileta y el asado, con verdes muy verdes y un cielo caribe, refuerzan la idea del goce. Desde la reactivación económica en 2003 el CIBA calcula que el ochenta por ciento de las construcciones fueron edificios lujosos.
-Nena, ¿me decís el nombre del arquitecto que no leo? –corta las anotaciones una voz femenina. Es la vendedora de antigüedades.
-Claro, ¿le gustaría comprar acá?
-Sí, sí, es que tengo mi local en la cuadra, ¿vos también estás interesada? –dice con voz amigable, como hablándole a un vecino.
-Sí, pero dudo por lo del hotel ocupado –detrás de la mentira se escucha otra vez la cena show: “Canción maleva, canción de Buenos Aires, hay algo en tus entrañas que vive y que perdura”.
-Uff, claro. Eso no ayuda a la estética del lugar –la voz de la mujer que canta es poderosa, se destaca con fuerza sobre los violines y el piano “Lamento de amargura, sonrisa de esperanza, sollozo de pasión”. -Para subir el nivel sería mejor que no estuvieran.
En la esquina, un Gardel sonriente y estático parece que tarareara el final del clásico porteño: “Canción de Buenos Aires, nacida en el suburbio que hoy reina en todo el mundo. Este es el tango que llevo muy profundo clavado en lo más hondo del criollo corazón”. Chan, chan.


Ángel Gallardo y Corrientes. Unas veinte bicicletas hacen de corralito a la asamblea y cortan la calle Troilo a la mitad. Los vecinos que pasan se asoman, pero no se animan. Miran a la ronda y ofrecen una mano esquiva a los volantes: “¡Basta de desalojos. Reconstitución de la huerta orgázmika ya!”.
-Compañeros, silencio, compañeros -las rastas del pibe con el megáfono cuelgan hasta la cintura. Son negras y prolijas; parecen salidas de una máquina de hacer chorizos. Habla tranquilo y mueve sus manos como si bailaran un reggae. -A ver si nos callamos y escuchamos a la compañera, por favor - dice y le pasa el aparato a una mujer con gesto de preocupación.
La mujer se llama Alejandra y tiene 35 años. No usa trenzas de macramé ni tiene más de un agujerito en cada oreja; su buzo azul marino y su pantalón gris desentonan con los colores chillones de los jóvenes militantes. Ella apoya un pie en el auto abandonado que está detrás y, erguida, se lanza a hablar sin megáfono. Mira al frente.
-Mi casa tiene fecha de desalojo. Si no hacemos algo, mi familia y yo terminamos en la calle -termina la frase y se envalentona con la pitada a un cigarrillo que está en las últimas. Se la nota confiada, en terreno conocido. Hablar frente a esos jóvenes le debe recordar algunas imágenes de la infancia: los preparativos para las tomas de casas abandonadas, el aguante con colchones y frazadas esperando a la policía, los días en los que ella, su mamá y su hermana se sentaban en el banco de la comisaría esperando la salida del viejo.
Alejandra vive desde 1983 en una propiedad municipal del barrio de Almagro. Su familia pertenecía a “Techo y trabajo”, un movimiento de inquilinos creado cuando Buenos Aires era un terreno fértil para las ocupaciones. Hoy la agrupación no existe, pero dejó su huella.
La situación, por eso, no es nueva para Alejandra. El primer recuerdo que tiene de un desalojo es de hace veintisiete años. Ella, con suerte, llegaba al metro y medio. Todavía no había terminado la dictadura y cansados de los controles militares en el tren a Hurlingham, su papá había decidido alquilar una piecita sobre la calle Yatay. Pronto se quedó sin trabajo y sin plata. La estadía duró tan poco como la paciencia del hotelero.
-Lo que pasa es que esta vez es distinta -dice Alejandra con cara de acidez estomacal-. Antes tardaban años en sacarte; ahora en dos meses estás afuera.
Aunque no hay datos oficiales, la Coordinadora de Inquilinos de Buenos Aires calcula que entre 2007 y 2009, 10 mil familias fueron desalojadas de sus viviendas, y la Asesoría General Tutelar de Buenos Aires asegura que hay mil personas más en situación de calle que el año anterior.
Alejandra cuenta que se enteró de la noticia hace tres semanas. “Yo no tengo obligación de decirle esto, pero el baldío tiene la orden y sólo falta que Macri firme el decreto. Es cuestión de días”, le dijo en complicidad un jovencito de la Administración de Bienes. Cuando escuchó la palabra baldío Alejandra frunció el ceño y movió un poco la mandíbula. Respiró hondo y trató de hablar, pero en su garganta ya no circulaba el aire. El empleado siguió: “Parece que va a subasta”.
-La venta está arreglada de antemano, ahora las propiedades se venden con las vacas adentro- cuenta Alejandra caminando por la calle Perón. La familia tomó esa casa gris de techos altos y ventanales porque Susana, su mamá, trabajaba en el Hospital Italiano. Hoy, las dos creen que esa misma cercanía es la que amenaza con dejarlas sin lugar donde vivir: -Para mí esto es lobby del Hospital.
La desconfianza se sostiene en los supuestos negocios que hay en las ventas de propiedades municipales a privados, muchas veces a precios muy por debajo del valor de mercado. Para llevarlas a cabo, el Gobierno de la ciudad vetó en enero de este año la Ley de Emergencia Habitacional, un proyecto aprobado por todo el arco opositor que impedía los desalojos en terrenos fiscales.
La casa queda en Pringles 354, pero no hay ningún número en la puerta. Un pasillo oscuro y al descubierto conecta el cuarto de Alejandra con el de su mamá y su hermana. En total, son once los que viven ahí. Ella está al frente, en una pieza dividida por un placard y una cocina que en verdad es un patio con techos de chapa.
Alejandra hace que cada uno de sus hijos salude. Están cinco de siete y el nieto. Llama la atención la más pequeña. Ella contará más adelante que tiene un retraso madurativo, que no puede ir al colegio y que esa es la razón por la que tuvo que dejar de trabajar limpiando casas por hora. También dirá que el turno para un diagnóstico en la casa cuna es en enero de 2010.
En la cocina el frío se siente igual que afuera. Un lavarropas que sólo centrifuga chilla como chancho y se mueve para atrás y para adelante. Sobre la mesa están los flanes, uno de chocolate, otro de vainilla, que prepara cada sábado. Alejandra pone la pava.
-Cuando llegamos acá no había ni agua, teníamos que ir a buscar a la YPF de la esquina. En estos años nosotras pagamos todo: luz, teléfono, agua, gas, hasta las deudas -. Otra vez la maña de los comprobantes. Alejandra busca la bolsa vieja de Lucerna donde guarda todos los papeles. -Además intentamos comprarla con crédito, o cualquier cosa para regularizar nuestra situación. Nunca quisimos vivir de arriba.
En noviembre de 2004, cuando recibieron el que hasta ahora era el último aviso de desalojo, Alejandra organizó una movilización a la Administración de Bienes que terminó con la toma del edificio. Consiguieron un convenio para la resolución definitiva y un crédito individual por la Ley 341 de 120 mil pesos.
-Hace años que estamos buscando casa para comprar -interrumpe para escupir el primer mate. Después escupirá otro y otro más, cinco en total. Como si hablar del tema le quitara la sed o le diera asco. -Pero cuando decís que es con un crédito del IVC nadie te acepta porque saben que esa plata no existe. Y cuando encontras uno que sí, el tasador o el arquitecto te lo frenan seguro.
El vaciamiento presupuestario del IVC es un ejemplo de la falta de políticas públicas para reducir el déficit habitacional: pasó de 480 millones a menos de 120, cuando sólo en pago de sueldos y funcionamiento administrativo se va un millón. Durante el primer trimestre de 2009 se ejecutó el 3,24 por ciento del total.
Un grito del fondo y la madre de Alejandra llega para los últimos mates. Dulces y lavados, mala combinación. Susana tiene el pelo caoba, brillante, como si se acabara de teñir. O tal vez no, y la sensación es por el contraste con el polar turquesa. Tiene unos lentes para leer de cerca que usa al final de la nariz, igualito a una directora de escuela.
-Peleamos esta casa de gobierno en gobierno. No nos van a sacar de acá -dice Alejandra y a su mamá se le infla un poco el pecho. Otra vez el ceño fruncido y las arrugas que la hacen ver más vieja. Como si al mismo tiempo dijera “¿y si no? ¿Y si nos toca girar de plaza en plaza? ¿Y si terminamos alquilando una pieza, o con suerte, dos?”.
Mientras se despide en la puerta de la casa de techos altos y ventanales, Alejandra imaginará, como todos los días, la llegada de la policía, con el apoyo del GEOF y algunos de la UCEP sin identificación. El sueño cortado de los chicos, sin entender qué pasa y a Susana gritando aferrada a cualquier cosa, a la heladera, a la puerta, a una de las paredes. Casi puede sentir los gases y los ruidos, los golpes.
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sábado 5 de septiembre de 2009

La fama es puro cuento. Rodolfo Palacios



Los billetes de cien dólares cubrían de punta a punta la cama matrimonial de dos plazas y media. Apilados sobre el acolchado blanco de seda, llegaban a treinta centímetros de alto y olían como huelen los billetes nuevos: a papel moneda. El aroma era más fuerte que el perfume de jazmín de las sábanas recién lavadas. Cuando entraron en la habitación de su padre y descubrieron el tesoro, Martín y Priscila recrearon una escena que habían visto en las historietas del Pato Donald y El Tío Rico: se zambulleron entre los dólares como si el sommier fuera una piscina. A brazadas y moviendo las piernas como si tuvieran patas de rana, deshicieron la cama y desparramaron los billetes por el piso de parquet.
–Chicos, déjense de hacer macanas –los retó su padre cuando descubrió la travesura. Podían decir malas palabras, hacer ruido durante la siesta o no respetar los horarios de llegada a casa; pero el hombre no les perdonaba que se metieran en sus asuntos. Uno de esos asuntos era el dinero. En los años ’80, sus hijos adolescentes no sospechaban que esos billetes brillosos como la seda del cubrecama tenían un origen más oculto que esa habitación iluminada: la cúpula oscura de un blindado. Tiempo después se enteraron de que ese dinero había sido robado a punta de fusil de un camión. Por e