miércoles, 30 de septiembre de 2009

La gripe mexicana- Ana Prieto


El Museo Nacional de Antropología cierra a las siete de la tarde y a las seis los guardias de seguridad y los altavoces ya empiezan a despachar a la gente. Si en el México antiguo hubiesen prosperado menos culturas, el lugar sería más chico y quince minutos bastarían para vaciarlo, pero se necesitan por lo menos dos días para recorrerlo entero y muchos más para recorrerlo bien, por lo que una hora apenas si alcanza para apurar a los rezagados. La mañana del 16 de abril un comunicado oficial avisó que el Museo permanecería cerrado al público “por causas de fuerza mayor”, y a la tarde, en lugar de echar a nadie, los guardias recibieron a la policía federal y al servicio secreto de Estados Unidos, que vino a reemplazarlos por el resto de la jornada.

Las mesas para el banquete se dispusieron al aire libre en el patio central del Museo, de espaldas a la imponente sala de los Aztecas y a un lado de la columna de bronce labrado que se conoce simplemente como “el paraguas” y que imita al árbol con que los Mayas representaban el universo: en las raíces el inframundo, en el tronco nuestros asuntos terrenales, y en la copa el cielo que precede a los dioses.
Era una noche típica: ni frío, ni calor ni estrellas para contemplar porque el smog las terminó de tapar hace años. Los recién llegados entretenían la espera tomando margaritas de colores y admirando la cascada de treinta metros que emergía de las entrañas del tronco sagrado. Había senadores del PRI y diputados del PAN compartiendo, entre otras cosas, el gusto de pertenecer al selecto grupo de invitados. Había sindicalistas famosos y nóbeles como Gabriel García Márquez y Mario Molina. También llegó el multimillonario mexicano Carlos Slim, que según la revista Forbes, posee la tercer fortuna más grande del planeta. Otro Forbes menos glamoroso, el narcotraficante prófugo “Chapo” Guzmán, parecía existir sólo como un mal recuerdo nacional en la que prometía ser una noche de magia.
Para entonces los hombres del servicio secreto ya se habían asegurado de que no hubiese francotiradores tras una cabeza olmeca o bajo la falda de serpientes de la diosa Cuatlicue. En ningún lugar habían visto esculturas más extrañas, ni en Turquía, ni en Praga, y sin duda tampoco en Francia, donde habían estado a principios de mes. Un vago escalofrío recorrió la espalda de los que se ocuparon de revisar la sala azteca, y lo atribuyeron al cambio de altura y de clima y quizá también al cansancio, porque de hierro no son, aunque lo parezcan.
En su último día como director del Museo, el arqueólogo Felipe Solís recibió a Barack Obama y a Felipe Calderón cerca de las 20.15. Pasaron junto al enorme monolito de la entrada, dedicado a Tláloc, el dios azteca de la lluvia, y con tanto agasajo nadie recordó que hacía exactamente 45 años, el 16 de abril de 1964, un convoy del ejército se llevaba a la deidad de su Coatlinchán natal al D.F. en un trailer de 32 ruedas. Nadie recordó tampoco la tormenta que estalló a su partida, ni que su peso de más de cien toneladas había reventado el sistema de aguas del pueblo en su traslado, inundando las calles y convenciendo a los habitantes de que semejante caos no era otra cosa que la furia desatada del dios.
El crepitar de los flashes compitió con los murmullos de admiración de los invitados cuando Obama apareció en la explanada del Museo. Saludó a cuantas personas pudo sin ahorrar apretones de mano y reconoció a García Márquez sin que mediaran presentaciones: “He leído todos sus libros”, le dijo. Solís invitó a las comitivas presidenciales a admirar los tesoros mexicanos, y casi no hubo tiempo para la Piedra de Sol Azteca antes de empezar con los discursos. Calderón celebró una nueva era de relaciones entre México y Estados Unidos y se refirió a Obama como “la esperanza de mejores días para una humanidad que sufre los efectos de sus propios errores”. Obama prometió una reforma migratoria en su país y la decisión de luchar contra el tráfico de drogas. Cenaron camarones con pico de gallo, filete en salsa molcajeteada y nopalitos asados con calabacitas rellenas. De postre hubo barrilitos de higo y para beber vino tinto y margaritas de sabores. La brisa llevaba y traía el perfume de las flores y de las señoras, y diminutas gotas de la cascada brillaban en copas, cabellos y bigotes.
Armada por fin de valor, Elba Esther Gordillo, dirigente del Sindicato Mexicano de Trabajadores de la Educación, tomó a Obama del brazo como si fuese un viejo amigo, señaló a Felipe Calderón con su larga y afilada uña y le dijo: “es un buen presidente”. Otro escalofrío sorprendió al guardaespaldas de Obama, pero no por el gesto audaz y potencialmente peligroso de Gordillo, sino por un reflejo indefinido que lo hizo volverse a la sala azteca y contemplar la figura que había respaldado, aparte de él, a los dos presidentes. Era el jaguar, encarnación del dios Tezcatlipoca, con las garras hincadas en la tierra, el mentón elevado y su hocico terrible a medio abrir. Parecía como si un torpedo de arena lo hubiese paralizado en pleno movimiento. Algún perdido sentido de la superstición le quiso advertir que sacara a los presidentes de allí, que moviera todas las mesas y las colocara frente a una escultura menos inquietante. Pero la idea pronto se esfumó en la brisa y sin más volvió a sus asuntos terrenales.
En el México antiguo, donde la única promesa de felicidad era la muerte al servicio de los dioses, lo más parecido al infierno era la incertidumbre por los vaivenes de la vida. A esa incertidumbre, a ese no saber, lo llamaban Tezcatlipoca.
Felipe Solís no sabía que al día siguiente no iba a poder ir a trabajar porque tenía la garganta irritada y el pecho tomado. No sabía que dos días después debería internarse ni que la muerte ya venía a buscarlo. Menos podía saber que se dijo que la causa fue la influenza que estallaría en el país el 22 de abril, ni que Obama y todo el servicio secreto serían sometidos a estudios médicos de urgencia por haber compartido la velada con él. No podía imaginarse tampoco que su desgracia serviría para asegurar que la peste había brotado tiempo antes, pero que el gobierno la había ocultado para que Obama no cancelara su visita y con ella la nueva era de relaciones entre México y Estados Unidos.

Quién va a poder

El restaurante Contramar de Colonia Roma tiene una espera larguísima si no se toma la precaución de reservar. Lo fundó en 1998 una empresaria de sólo 23 años, y hoy es uno de los puntos gastronómicos más informales y glamorosos del D.F., con una selección de platos que se ha sofisticado al ritmo de las fusiones culinarias que la globalización puso de moda. Si tuviera un slogan, sería simplemente “comida de playa”, pues la idea original fue ofrecer “un lugar en la ciudad en el que se pudiera comer tan bien como en una palapa playera”. Y la decoración va en ese tono: un enorme mural con motivos marinos, banquetas azules para la barra, mesitas de a cuatro con manteles blancos, techo del color de las hojas de palma secas, y lámparas que al caer el sol recrean un atardecer anaranjado frente al mar. Al lado de una pintura que muestra a un cangrejo con las tenazas erguidas como castañuelas, una pizarra reproduce coplas de amor y de playa: Si el agua de mar fuera tinta, y las olas de papel/ Si los peces escribieran, cada uno con pincel/ En cien años no escribieran lo que te llego a querer.Marisa y Tomás llegaron a Contramar a las dos de la tarde pasadas, y con poca esperanza de encontrar lugar, pero el restaurante estaba al tercio de su capacidad. “Híjole, ya se apanicó la gente” le dijo Marisa a su amigo, y por toda respuesta Tomás señaló sonriente el codiciado lugar vacío junto a los ventanales que dan a la avenida.
El asunto había estallado rápido y desparejo. El 22 de abril todos los medios de México estaban encima de un nuevo reguero de sangre narco, que sumaba dos muertes a las más de 1600 ejecuciones acumuladas desde principio de año. Unos jóvenes tenientes que andaban cerca del supuesto escondite del “Chapo” Guzmán, líder del cartel de Sinaloa, fueron asesinados en represalia a la audaz declaración que cinco días antes había hecho Héctor Gonzáles Martínez, arzobispo de la zona: “Más adelante de Guanaceví, por ahí vive el Chapo. Todos lo sabemos, menos la autoridad”. Para que no quedaran dudas acerca del móvil, los sicarios dejaron un mensaje escrito al lado de los cuerpos: “Con el Chapo nunca van a poder ni sacerdotes ni gobernantes.”
Y mientras los diarios vociferaban esos crímenes a toda página, mientras declaraciones, especulaciones y responsabilidades se repartían ese 22 de abril, el periódico Reforma anunciaba en cambio que los muertos eran cinco, que había ciento veinte bajo amenaza y que la situación, por suerte y por ahora, se concentraba en la capital. El matutino rompió con los hábitos gregarios de la rotativa nacional para desarrollar un titular tan escueto como extravagante: “Golpea influenza al D.F.” Y tanto golpeó que a los dos días ya nadie recordaba al Chapo ni sus crímenes ni la idea de llevar al ejército a las calles para combatir el flagelo narco. A los dos días se habían suspendido las clases en toda la capital, se había hecho un cerco sanitario en los hospitales y se recomendaba “no saludar ni de beso ni de mano y evitar sitios concurridos.”
− ¿Luis, ya viste esto? ¿Lo del fútbol a puerta cerrada? -le había preguntado la mañana del sábado 25 Marisa a su pareja, mientras chequeaba las noticias desde el monitor de su Mac. Luis estaba en Buenos Aires por trabajo y al momento en que le sonó el celular caminaba por la célebre Plaza de Mayo.
− Sí, ya vi, llegan a hacerle eso a los argentinos y se arma una manifestación acá frente a la presidenta. ¿Y qué, te vas a guardar en la casa?
− No, ya quedé con Tomi para ir a comer; no me voy a estar yo acá encerrada por una gripa.
Así que allí estaban en Contramar, y mientras esperaban que el mozo trajera las copas de vino blanco y las tostadas de atún fresco que habían pedido como entrada, Tomás se dio cuenta de que compartían guarida con el matrimonio más exitoso de la TV mexicana: Alejandro Camacho y Rebeca Jones tampoco habían hecho caso a la recomendación de permanecer dentro. Ella saboreaba con cada trago de su bebida playera la expectativa de ser la estrella de la obra “Entre mujeres”, que estaba a sólo una semana de estrenarse en el gran teatro 11 de julio. El beso en la boca que se daría en escena con la actriz Jacqueline Andere, casi 20 años mayor, era vox populi, y la transgresión invitaba al éxito seguro. Su marido en cambio descansaba, como cualquier otro sábado, del papel protagónico que tenía hacía más de un año en la telenovela “Alma de hierro”, adaptación de la argentina “Son de fierro”, y que resultó la más premiada en el reciente certamen de TV y Novelas, incluyéndolo a él como Mejor Actor. “No me gustaría que se alargara más la historia” se había sincerado antes Camacho, “pues la interpretación de Hierro es muy desgastante y cuesta mucho trabajo. Pero bueno, yo soy actor y como tal acato las decisiones”.
Y muchas decisiones tendrían que acatar ambos en los días que siguieron. Jones tuvo que esperar todavía un mes para ser besada por Andere, a pesar de las declaraciones del productor, que aseguraba que en una semana iban a poder estrenar. A Alejandro Camacho le llegaron dos noticias: primero que ya no iba a poder abrazar ni besar frente a las cámaras a Blanca Guerra, su esposa en la ficción, y segundo, que ya no habría un frente a las cámaras por tiempo indeterminado, pues Televisa decidió suspender la mayoría de sus grabaciones el 30 de abril.
Marisa y Tomás pidieron una segunda entrada de tacos de marlín ahumado y terminaron el almuerzo con una sambuca y burlas alegres sobre los marranos y la paranoia local (“ni que fuéramos gringos”). De vuelta a su casa en el auto de Tomás, y todavía con el licor de anís dándole vueltas por los labios y la cabeza, ella chequeó las noticias desde el blackberry, donde se encontró con que hasta los cines iban a cerrar y que ya había 68 muertos, 20 de los cuales eran víctimas confirmadas de la “cepa recién descubierta”. Mientras el auto se desplazaba suavemente por la avenida Durango y unas nubes grises oscurecían la tonalidad imprecisa y diaria del cielo del D.F., ella se acordó de lo que había pasado en febrero en el monumental Zócalo: casi 40 mil parejas se habían besado durante 7 horas, imponiendo en el record Guiness al Distrito Federal como la capital mundial del beso. Cuando estacionaron frente al edificio de Marisa y acercaron las caras para despedirse, ninguno dijo lo que sin querer habían empezado a pensar: que tal vez sí era cierto que mejor ni besarse en la mejilla.
Esa noche el secretario de Salud José Ángel Córdova Villalobos formalizó las medidas, decretando “la suspensión total de eventos en espacios cerrados o abiertos de cualquier tipo, como centros de culto religioso, estadios, teatros, cines, bares y discotecas donde se generen aglomeraciones”. El domingo 26 se decidió no dar más misas, y la arquidiócesis mexicana se apresuró a librar de culpa a los fieles anunciándoles que “durante el tiempo que dure la contingencia sanitaria están dispensados del precepto dominical”. Si el gobierno y el clero iban a poder o no con el Chapo ya no preocupaba a nadie; ahora el asunto era si iban a poder con la influenza.
El domingo Marisa se levantó para enterarse de que la Organización Mundial de la Salud había declarado el alerta mundial por algo que estaba pasando en su ciudad, y que muchos habían empezado a llamar, sin más, “gripe mexicana”. Decidió estudiar todo el día, pero la concentración que tenía que dedicar al doctorado se diluía cada tanto en la imagen de un cocinero estornudando sobre sus tostadas de atún, o de su sambuca vertida en una copa mal lavada, de la que antes había tomado alguien con los síntomas de la pinche gripa.

Al susto no hay nadie que lo componga

Cuando llegó a su oficina en la Secretaría de Relaciones Exteriores el lunes 27, la encontró llena de hombres. ¿Dónde estaban Laura y Tamara? ¿Dónde estaba la recepcionista nueva? No hizo falta que le explicaran que las ausentes eran las que tenían hijos. “Ahora las jodidas somos las que no tenemos”, le contaba esa noche a Luis, que de Buenos Aires había viajado a Lima, “porque nos toca hacer el trabajo de las que sí tienen, y de inmediato se asumió que las que deben quedarse en casa son las mamás, no los papás.” En la oficina las noticias se volvían rumores y los rumores noticias: “Se duplicó el número de muertos, se triplicó” “Oigan, Filipinas acaba de suspender los vuelos a México” “A los gringos y mexicanos que llegan a Corea del Sur los revisan cuando bajan del avión” “Este desmadre es para tapar una devaluación” “¿Es cierto que viene de las granjas de puerco?” “¿Sí vieron que Donald Rumsfeld tiene acciones en Tamiflú?” Casi todo el piso estaba reunido a las 11.30 frente a los monitores más grandes, porque el Secretario de Salud iba a dar un nuevo informe. Cuando las ventanas empezaron a vibrar a las 11.48, en lugar de alertarse todos aguzaron el oído para escuchar mejor lo que Córdova Villalobos estaba diciendo. Pero un segundo después, 5,8 grados Richter entraron a los tumbos al edificio. Los empleados de allí y de todos los alrededores salieron espantados y permanecieron como dos horas en el parque de enfrente. “Si ven un perro patéenlo”, dijo algún chistoso, “porque nos viene a mear.”
El martes 28 Marisa hacía cola en la planta baja del trabajo para mostrar su credencial y recibir el tapabocas que estaba obligada a usar todo el día y toda la semana. Cuando se lo entregaron firmó una constancia con una pluma encadenada a un escritorio, que acababa de pasar por 500 manos y todavía pasaría por 500 más y no había alcohol en gel por ningún lado. Tenía los ojos hinchados porque se había despertado tres o cuatro veces por la noche a ver las noticias, esperando encontrarse de pronto con 10 mil muertos y un éxodo masivo. Esa tarde se enteró de que el gobierno argentino había cancelado los vuelos desde y hacia México, y de ahí Perú, Ecuador y Cuba hicieron lo mismo. Luis de pronto no pudo volver; los decretos presidenciales se fueron empujando como dominós: se copiaron como hacía dos siglos unos próceres habían inspirado a otros en la joven América, se contagiaron como la gripe que mantenía a México en reclusión y al novio de Marisa en el limbo de las aduanas.
Las noticias sorprendentes se agolpaban en desorden. En China ponían en cuarentena a todos los mexicanos que llegaban, aunque no viniesen de México, como si tuviesen impresa la peste en el ADN. “No es justo y no se vale, y no sirve de nada el estarle poniendo medidas discriminatorias a los mexicanos”, clamaba un impotente Felipe Calderón, que empezaba a sentir que su país no sólo estaba lejos de Dios, como dicen que dijo don Porfirio Díaz, sino lejos de todo el mundo. Que Haití rechazara más de 70 toneladas de ayuda humanitaria que venían cargadas en el buque mexicano “El Huasteco”, fue la gota que derramó el vaso, y Calderón, furioso, perdió toda diplomacia al decir que en el país más pobre de América “¡la gente no se está muriendo del virus, se está muriendo de hambre!”
Al menos hacia dentro, el presidente no tuvo que controlar ninguna revuelta. Las medidas se acataron sin escándalo, aun las más escandalosas, como la habilitación para entrar “a todo tipo de local o casa habitación para el cumplimiento de actividades dirigidas al control y combate de la epidemia.” La campaña logró cambiar patrones de comportamiento con la rapidez de una bomba sociológica y los barbijos y el alcohol en gel se consumían con disciplina. Las teorías conspirativas se hicieron sentir por lo pocas que eran: que si es un negocio de las farmacéuticas, que si México es un laboratorio para experimentar con patrones de pánico, que si es para distraer de una devaluación, que igual no se sabe, igual por si las moscas mejor taparse la boca.
Los medios daban unas cifras y la Organización Mundial de la Salud, otras. El 28 de abril para los diarios mexicanos la nueva gripe se había cobrado un promedio de 150 vidas, y para la OMS, 7. No se esperaban confirmaciones de laboratorio; ante la novedad del virus, se prefirió lidiar con la incertidumbre asumiendo que todos los muertos con síntomas de gripe habían muerto de ese tipo de gripe, que ya todos llamaban “porcina” en vez de “mexicana”. Una desmentida sí llegó a tiempo: Felipe Solís, el director del Museo de Antropología, falleció de un infarto, consecuencia de un cuadro de neumonía agravado por la diabetes que había padecido durante años.
Y mientras tanto YouTube se llenaba de “corridos de la influenza”: Don Felipe Calderón ya ha anunciado/que hay medicinas que curan esta bronca/ pero el miedo nos mantiene apendejados/ porque el susto no hay nadie que lo componga.

Cielito lindo

El gobierno aprovechó el viernes 1 de mayo para hacer un puente de feriados, mantener a la gente cinco días dentro y disminuir las probabilidades de contagio. El monitor de la computadora se convirtió en la única ventana a la que Marisa podía asomarse sin tapabocas y se pasó la mañana escribiendo correos: “Van 16 muertos, 400 enfermos, ¡la verdad es que eso no es nada! Entiendo que no quieran que se propague, pero es que la economía no va a aguantar este putaso. Todas las playas vacías, turismo cero, los restaurantes cerrados, es una locura.” A su novio le repetía: “este encierro sola me va a matar.” A su amiga de Argentina le puso: “He ido a trabajar pero por ratos, porque hay que ver qué vamos a hacer con todos los mexicanos indocumentados, que si se propaga la influenza no van a querer ir al doctor por miedo a que los deporten. Además hay que monitorear el clima anti-inmigrantes, te imaginarás.” Y también: “Por supuesto la gente está apanicada, y la verdad es que lo que hizo la Kirchner, se la mamó, pero qué falta de solidaridad, y de ahí Perú hizo lo mismo, ay.”
A mediodía aprendió a hacer las compras por Internet, y el pedido se lo trajo un chico con barbijo industrial y guantes de látex. A las tres de la tarde, saturada de soledad y de actualizar noticias, decidió ir a dar una vuelta en bicicleta. Primero pedaleó despacito y torpe; las piernas le temblaban y le costaba enderezar el manubrio. Miraba sobre el hombro las calles vacías, como si temiera que alguien la estuviese persiguiendo. Pero pronto entendió qué era en realidad lo que la hacía sentir tan abrumada y tan ansiosa. Era el silencio; Marisa comprendió que el D.F. había perdido su acople de fondo. Pensó en el comienzo de la película española “Abre los ojos”, con el protagonista corriendo por un Madrid desolado, y también en un cuento de Ray Bradbury que le habían hecho leer en la primaria, en que el protagonista despierta una mañana para encontrarse con que todo el mundo ha abandonado Marte, menos él.
Se animó a tomar calles en contramano y del asombro pasaba a la risa, pero el shock fue fulminante cuando subió el puente que cruza la Avenida Constituyentes para encontrarla vacía, cuando siempre, en toda su existencia de 31 años, había sido un hervidero diario de automóviles. Si hay un lugar para la vida eterna en este mundo, ese lugar son las grandes avenidas mexicanas. Marisa frenó su bicicleta y observó la autopista desierta. Su asombro se transformó en recogimiento, porque frente a la inmensidad de un vacío que desconocía, frente a la fuerza irresistible que había aquietado el caos, frente al miedo, justificado o no, por el que casi 20 millones de personas se habían encerrado tras murallas palaciegas, medianas o miserables, por el que hasta los narcos parecían ya no estar, lo único que se le hizo verdadero fue el color del cielo, de repente tan azul y tan profundo como el que habían adorado los antepasados de toda esa ciudad que parecía destinada, por los siglos de los siglos, a la incertidumbre.
Se bajó de la bici y volvió caminando a su casa, con la cabeza ocupada por el gran espacio en blanco del desconcierto, y con el corrido que había escuchado esa mañana cantándose solito, casi sin querer: Ya me despido compañeros de tristeza/ ya me despido mexicanos tan valientes/ porque a pesar de este ataque de influenza/ saldremos hacia adelante como siempre.

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