jueves, 23 de septiembre de 2010

Chinchuda- Lucía Álvarez


-No, no, no lo voy a hacer -repite la voz al otro lado del teléfono.
Es lunes de mañana. Al hombre se lo escucha molesto. Llevo unos minutos tratando de que acepte el trabajo que le pido -a esta altura le ruego-, y por el que estoy dispuesta a pagar lo que sea. Pero del otro lado del tubo sólo hay una respuesta.
No. Esta no es la estrategia. Mejor trato de diferenciarme, que no se confunda, no soy una novata. Mis siguientes frases están plagadas de comentarios técnicos que fui adquiriendo en estos meses: hablo de resistencia a los venenos, de fotofobia, de ciclos de reproducción.
-Es muy fácil, si no las viste es que no están, si no están, no hago el trabajo – me interrumpe.
-No es que no las veo, es que hace tiempo no me cruzo con ninguna- digo y no puedo creer el comentario desafortunado.
-¿Hace cuánto que no las ves?
Silencio. Me atrapó. Hace mucho ya que no veo ninguna. No tengo hecha la cuenta, pero hace meses que ni muertas. Empiezo a transpirar. Ya me siento en el atril de los acusados. Y soy culpable. Calculo. Son cinco meses. Estoy perdida.
- Tres, cuatro… meses- miento
-¿Destapaste el colchón?- increpa más, ahora sí está entusiasmado el muy cretino. Y eso que es lunes y es de mañana.
-Sí, pero tal vez no el tiempo suficiente
-Es que no es así, eso del tiempo suficiente no existe. Si están se ven, si no se ven, no existen –dice y yo recuerdo las noches que esperé como un buda la aparición de las intrusas sobre mi cama.
-Pero tal vez si miro más tiempo…
-No, no, señorita, no me entiende, se ven, como las cucarachas o las pulgas.
-Pero es que me pican, hace tiempo, mucho tiempo.
-Mire, este no es un problema que yo le pueda resolver. Yo que usted iría a un dermatólogo.
Fin de la conversación. Antonio es el tercer fumigador que consulto por mi plaga de chinches. Esperaba que nuestro vínculo durara un poco más, tal vez no tanto como con Horacio o con Daniel, pero sí alguna evolución. Su respuesta me deja un sabor agridulce. Si es verdad lo que dice, un problema está resuelto y otro recién arranca. No sé qué es peor: que las chinches vivan en mi colchón o en mi cabeza.

La llegada

No me acuerdo la primera vez que me salió una roncha, pero sí la primera vez que se lo comenté a alguien. Mi amiga Nati me había tocado el timbre de sorpresa para desayunar. Traía alfajorcitos de maicena. Charlamos de la nueva crisis con su pareja y especulamos sobre por qué no tenían sexo mientras yo me cepillaba los dientes. Ahí en el baño, me vi una mancha en el brazo y decidí mostrársela. Es raro, le dije, hace tiempo me levanto con esto. Nati es médica. Me dijo que podían ser pulgas. Ojalá hubiera sido eso. Las pulgas hubieran sido un problema fácil. Una tontería al lado del que me esperaba.
La hipótesis de Nati tuvo sus frutos y en unas semanas vino el primer intento de erradicación. Compré un aerosol casero en la veterinaria de mi barrio por recomendación de la cajera del supermercado Día, en donde no había Raid Violeta. Fueron dos jornadas, una cada sábado, a fondo: colchón al sol, ropa a la lavandería, las tres alfombras al balde. Pero las ronchas siguieron.
En esos meses, trabajaba viajando para una empresa de estudios de mercado. Mi vida transcurría tres semanas en mi casa del Abasto y una en cadenas cinco estrellas: Hilton Puerto Rico, Gran Meliá Venezuela, Radisson Colombia. Nunca me gustaron esos hoteles, pero adoro sus camas de siete plazas y esas sábanas tan suaves que parecen salidas del infierno. En estos viajes no pude disfrutar de ninguno de esos pecados. En la noche, daba vueltas por el cosquilleo: sentía cómo la humedad caribeña me irritaba la piel y formaba superficies irregulares, esponjosas y rosadas. Además de la angustia, no salía del asombro: las pulgas soportan viajes en avión.
En Uruguay una noche desperté y me puse a llorar. Una de mis piernas estaba tomada por completo. Me prometí ir al hospital en la tarde, después de las entrevistas. Me diagnosticaron sarna. La conversación con el médico fue así:
-¿Me lo pude haber agarrado por estar con gente de la calle?
-No
-¿Y por compartir vasos, cubiertos, comidas con gente de la calle?
-No
-....
-¿La arena? ¿puede ser la arena de la playa?
-Eso puede ser
En pocas palabras, el médico no sólo dejó ahí, expuesto, mi prejuicio zonzo. También echó por la borda la única chance de hacer de esa vergüenza una reivindicación: "la cronista en territorio, comprometida con retratar La Realidad se contagia los padecimientos de los más sufridos". No, de ningún modo. La historia era más bien distinta, involucraba grandes multinacionales y hoteles cinco estrellas. Me olvidaba por un rato de ser una mártir.
Tomé la pastillita: una dosis, un día. Me dieron además un antihistamínico, por la alergia. Mis compañeros de viaje me miraron raro y hasta sugirieron que no usara la pileta. Pero yo estaba aliviada: el misterio de las ronchas se había develado.
Empecé a sentir ese miedo otra vez cuando se acercaba la última dosis de los antialérgicos. Las manchas efectivamente no se iban. Ya empezaban a ocupar desde la rodilla, subiendo por el cuádriceps, hasta llegar casi a la cadera; todo un omóplato; una circunferencia alrededor del ombligo. También empezaban a ocupar parte de mi cabeza, pero decidí callarme e irritarme en soledad.
El silencio se mantuvo hasta un día que fui a visitar a mis sobrinas. “A la plaza, a la plaza, tía”, exigieron las chiquitas. Fuimos a la calesita, a los cochecitos, al arenero. Y ahí empezó el infierno. Los granos de arena parecían tener vida: se trepaban por mis pies, subían desde mis manos, se enredaban en mi cuero cabelludo. “Mirá el castillo, tía”, me gritaba Sofi. Los pelos se me erizaban y un escalofrío recorría mi quilométrica columna vertebral. En esos días de noviembre, la temperatura no bajaba, aún después de la caída del sol. Densas gotas de transpiración nutrían mis manchas mientras mis sobrinas no paraban de hacer lío: “Sol, con el barro no, eso es mugre”, “Sofi, bajate de ahí que te vas a lastimar”. Los poros se abrían dejando entrar más arena y se me iban hinchando los ojos. “Sólo quiero volver a casa, y llorar. Llorar porque esto no es bueno, nada bueno”, pensé pero me fui a danza. Llegué con el cuerpo fucsia y el labio hinchado. Parecía Mickey Rourke.

El Descubrimiento


-¿Te fijaste que no sean chinches?
-¿Chinches?
-Sí, eso es más difícil. Dejá el colchón descubierto y esperá – me dijo la primera empresa fumigadora con la que hablé.
Esperé y llegaron. Había sacado las sábanas y me había metido en la ducha. Cuando salí de bañarme, las vi. Eran dos y caminaban a paso acelerado por las costuras de mi somier. Me sentí desprotegida: nunca es bueno ver bichos cuando uno está desnudo. Tampoco si el que está enfrente es un enemigo.
Eran dos insectos rastreros, más grandes que una pulga y más chicos que una cucaracha chica. Como dos granos de arroz quemados. Su método es un remake del almohadón de plumas: se esconden en el día cerca de tu cama y salen por las noches a succionarte la sangre. Sentí pena y asco y desalojé mi casa.
Horacio me conquistó por su elocuencia y su rapidez. Me ofrecía ir ese sábado de lluvia a visitar “el territorio” y en dos fumigaciones –si había una tercera iba a su cargo- solucionar el problema. Personalmente era igual a como lo imaginaba por nuestra charla telefónica: petacón, bigote estilo Franccela, unos cuarenta y largos. Lo único que desentonaban eran los mocasines. Esa tarde además de armar el plan de exterminio, hablamos de ratas, de pulgas y de su gusto por la salsa. Terminamos en el reciente divorcio con su mujer.
Mientras me instalaba en lo de mi amiga Maayan y Horacio emprendía su genocidio, volví al médico. Quisieron hacerme estudios sanguíneos y un cultivo de fauces: sospechaban de la hepatitis B. El tema se me estaba yendo de las manos y busqué ayuda en google. Puse “chinches”, voy a tener suerte. La primera página hablaba de un estudio sponsoreado por la revista Pest Control Tecnologhy, donde se demostró que los hoteles tenían la mayor cantidad de infecciones y que éstas habían pasado del 31 al 37 % en un año.
También había una noticia sobre un tal Sydney D. Bluming y su esposa que reclamaban varios millones de dólares a un Grupo Hotelero de Manhattan por haber sufrido una plaga de mis invasoras. El artículo decía: “la pareja voló a casa y durante las semanas posteriores sentía terror debido a las chinches. Se levantaban a mitad de la noche con heridas reales o imaginarias que les hacía buscar de forma obsesiva por toda la habitación si había indicios de ellas”.
Otras páginas completaban el panorama. Hablaban de insectos ovalados, color café, sin alas, con ojos saltones y sobre todo, extremadamente resistentes: “en buenas condiciones, la chinche hembra pone de 200 a 500 huevitos diminutos blancos, de 10 a 50 por vez”, leí.

Y ya no quise saber más.

La frustración

El plan de Horacio falló por completo. Fueron siete fumigaciones con cinco productos, incluidas dos bombas de gas. Mis chinches lo fueron obsesionando al punto que decidió cobrarme sólo las dos primeras aplicaciones de 150 pesos. Temía que lo cambiara por otro, y prefería perder plata antes que perder la batalla.
El tema no tardó en ocupar todas las cenas familiares o con amigos. La expansión fue tal que mi mamá y mi ex novio llegaron a hablar del asunto. Ella le aseguró que las chinches habían llegado directo de Puerta de Hierro, la villa de emergencia que visitaba todas las semanas por un trabajo de investigación. Él, en cambio, estaba convencido de que la culpa la tenía un colombiano que se había quedado en casa unos días.
En general, los debates rondaban sobre si tenía o no que tirar el colchón, aunque a veces también alguien traía un “nuevo caso” y lo desentrañábamos por horas. Mi hermana Paula consiguió el peor: el sobrino de uno de sus jefes que tuvo que cambiar de departamento. Fue a los cinco meses de convivencia con mis chinches y no dormí por dos días.
También había lugar para los consejos, que tirara todos los muebles, que me deshiciera de mi fumigador. Un amigo que vive en Bolivia me mandó un mail con esta propuesta: “Me parece que deberías fundar una asociación de amigos de la Chinche o la Sociedad Protectora de las Chinches. Podrías recibir financiamiento de la UE o del BID y podrías alimentarte por lo que te queda de vida de ese negocio”. No estaba mal.
Ya para ese entonces me sentía en guerra y mi enemigo era el talibán del mundo de los insectos. Soñaba con ellas escondiéndose en los rincones íntimos de mi casa, esos que yo misma desconozco, y saliendo a chuparme la sangre cuando mis soldados estaban caídos. La locura era tal que especulé con abrir la llave del gas y dejarlas morir por inhalación de monóxido de carbono.
Tuve otros ataques bacteriológicos entre cumbia colombiana y algunos pasos de salsa con Horacio, pero siguieron sin efecto. Algo tenía que cambiar. Como no podía echarlo, decidí complementar su trabajo. Así apareció Daniel. Mi mamá lo encontró en “La casa del fumigador” y le dijo que su hija vivía un calvario, que, pobrecita, estaba desesperada. Y Daniel, que hace años no se ensucia las manos con veneno, respondió porque es, ante todo, un hombre de servicio.
Daniel cree en lo que hace. Para él, la fumigación no es un simple trabajo, sino su aporte al mundo. Un hombre con una misión. Trabaja para que otros estén bien, para que otros vivan tranquilos y por eso estudia sin parar, todos los detalles, y explica, busca comparaciones pedagógicas, se toma su tiempo. Hace meses que no salía de sus libros. Pero dijo que mi caso lo conmovía.
Yo buscaba la unión de la teoría y la práctica. Nada nuevo, lo dijo Carlitos Marx hace años. Y por un momento pensé que había funcionado. El contraste era fuerte, pero se entendieron. Horacio estaba más interesado en conseguir la aprobación del maestro Daniel, que en desafiarlo; Daniel fue respetuoso y no quiso invadir territorios ajenos: sólo diagnosticó resistencia y el veneno que debíamos tirar en las próximas aplicaciones. También dijo que situaciones como la mía son moneda corriente en Estados Unidos y que él había atendido un caso de chinches en el cuarto de servicio de la casa de Martínez de Hoz.

Aplicamos las dos nuevas dosis y tiempo después volvieron las ronchas. Daniel dijo no entender y empezó a sospechar. Un día dejó de hablar de plaguicidas y empezó a preguntar por mí. En llamados de más de una hora le terminé contando que hacía meses no invitaba a nadie a mi casa, que no trasladaba nada a ningún lado por miedo de llevar chinches, que mi ropa se acumulaba en la lavandería, que me hinchaba más con el sexo, que hasta me había parecido ver una susodicha en la balanza del baño de la casa de mi mamá, que me revisaba los zapatos y la mochila antes de entrar al departamento de otro.
Me recomendó a Antonio, un nuevo fumigador, y a un alergista aunque, lo sé, hubiera querido pasarme el teléfono de un buen psicólogo.

Final

Hoy me levanté con una roncha en el cuello a la altura la oreja, una en la pierna izquierda, y otra en la palma de la mano. Las miré un rato y pensé en lo que me dijo Antonio: si no están en la cama, no existen. Si no existen, no tengo opciones. Tengo que olvidarlas. Llevamos casi diez meses de convivencia. En algún lugar, ya no imagino mi vida sin ellas. Sin mis chinches anidando cerca del colchón, generando ese cosquilleo cada noche, ocupando charlas en cervezas con amigos; acompañándome en mis vacaciones, viajando en mis valijas, compartiendo el mismo avión; yendo al trabajo y esperando pacientes en la cartera, la hora de volver a casa. Ya no imagino la vida sin ellas. Pero también siento que cada vez es más difícil retenerlas, o imaginarlas, y que esta última frase de este último apartado no es más que una forma de decirles Adiós.

7 comentarios:

  1. Hermosa crónica, hermosa escritura. Vertiginosa, divertida y angustiante a la vez. Felicitaciones Lu!

    ResponderEliminar
  2. Adictiva, sugestiva e infecciosamente hermosa.
    Brillante y valiente sublimación!
    Me divertí y sufrí mucho.

    ResponderEliminar
  3. chachita, yo estoy en lo de "tu amiga maayan", desayunando mi preferido: cereales con banana y leche. y aunque eso sea de las cosas que mas me gustan en el mundo, no se si es mas rico lo que me acaba de entrar por la boca o por los ojos. tu talento seduce.

    ResponderEliminar
  4. Pobrecita Lucia! Desde Córdoba, felicitaciones. Muy lindo!
    Dante

    ResponderEliminar
  5. me picó todo el tiempo! sufrí mucho
    felicitaciones

    ResponderEliminar
  6. una semana después de que me dejara mi ex, descrubrí que me había contagiado sarna...

    ResponderEliminar
  7. decime que las pudiste vencer y como! (perdón por la falta de estética pero estoy en la misma que vos en ese entonces...) :(

    ResponderEliminar