jueves, 25 de noviembre de 2010

Poder crudo- Por Violeta Gorodischer


Nota publicada en la revista Rolling Stone Argentina, edición de octubre.
Primero hay que invocar a los ángeles: Rafael, Gabriel, Ismael... Después sacarse los zapatos, correr al jardín que está al fondo de la casa y tomarse de las manos. Pisar la tierra, ensuciarse los pies, repetir por fonética frases en hebreo. Descansar un poco y volver al living para sentarse en círculo alrededor del altar con velas y flores blancas; cerrar los ojos, meditar con el mantra que a cada uno le tocó. Por fin escuchar los pasos que se acercan, sentir la mano que se apoya sobre la frente, el empujoncito y esa voz suave, casi susurrada:
- Wake up the Kundalini.
El que habla es Gabriel Cousens, un gurú norteamericano considerado la máxima autoridad internacional en el terreno de la “comida viva”. Tiene el pelo canoso, una túnica blanca, la mirada como dormida y el paso lento. Entre la gente que lo acompaña, hay una discípula que no se separa de él. Ni siquiera ahora, cuando Cousens apaga las luces y dice que, para iniciarse en esta tendencia cuya premisa es preservar la energía de los alimentos sin cocinarlos, hay que pasar por el “Shabbat Chamánico”.
La historia empieza con los rollos del Mar Muerto que se descubrieron en el ‘45 e hicieron furor entre los naturistas varios años después. Ahí se nombraba a los esenios, una comunidad hebrea del siglo II A.C. que llevaba una vida asceta entre las montañas y predicaba que, para tener salud y longevidad, no había que comer nada que hubiera pasado por el fuego. Tomándolos de modelo, la base de la dieta difundida por Gabriel Cousens desde su fundación Tree of Life, lleva al extremo los conceptos del veganismo. Si la regla principal del vegano es no comer ningún derivado animal (ni carne, ni lácteos, ni huevos, ni miel) los seguidores de la comida viva eliminan también las harinas y los alimentos cocidos o refinados. Además, subrayan que la base son las semillas: “biochips” con toda la información de la naturaleza. A eso se suman brotes, vegetales crudos, frutas, alimentos fermentados, cosas deshidratadas. Los esenios decían también que para cada día del año hay un ángel que nos guía. Por eso Cousens, que con este “Shabbat” armó un híbrido entre la tradición hebrea y los rituales de los nativos norteamericanos, acaba de invocarlos con rezos, cantos y meditaciones.
Cuando la discípula enciende las luces, todos comparten experiencias:
- Sentí olor a flores.
- Alguien me tocaba el cuerpo.
- Vi ninfas bailando alrededor de una fuente.
El gurú dice que sí, son todas señales de la presencia angelical y del despertar del Kundalini: esa energía interna que ahora hay que mantener con alimentos que tengan vida. “Ensaladas, masas deshidratadas, leches de almendras, quesos de semillas”, enumera la discípula, anticipando la cena de cierre. El clima ya está caldeado y alguien pide abrir las ventanas. Entra una ráfaga de aire fresco, pero también gritos, bocinas de colectivos. Cousens hace un comentario por lo bajo. La discípula se deshace en señas y las ventanas vuelven a cerrarse.
En el fondo del living, una chica de rulos castaños y ojazos celestes, vestido blanco y vincha de colores, sonríe en silencio. Acomoda sobre una bandeja el pan deshidratado que ella misma preparó y lo hace circular para que todos prueben. El sabor es salado, al masticarlo parece cartón y algunos pedacitos se pegan al paladar. La chica, que ofrece agua sin dejar de sonreír, se presenta como Gae. Pero no se llama así. Gae es un nombre que le llegó a través de una meditación y que deriva de gea, que es tierra. Tiene la piel morena, los brazos fibrosos y un tono bajo al hablar. Ella se encargó de las inscripciones para esta ceremonia y representa a la rama argentina de la corriente con una organización propia: Germinando Vida.

Gae Arlia tenía veinticinco años cuando dejó la casa paterna y salió a viajar por el mundo con su novio. En pleno “momento de búsqueda”, cambió su alimentación y dejó la carne. Empezó a meditar. Se replanteó cosas. Cuando pasó el norte argentino y llegó a Bolivia, ya estaba sola. En el camino, fue conociendo gente. Durante una parada de varios meses en Perú, habló con un
grupo de personas que iban a un encuentro en Brasil y quiso seguirlos. Se sumó a la caravana de veinte y así conoció a una pareja de brasileros que hacía un proceso llamado “vivir de luz” en una comunidad de Minas Gerais. Gae aceptó atravesarlo. Veintún días sin hablar con nadie, sin ninguna actividad, sin ingerir alimentos. Apenas un cuarto despojado para pasar la noche. El resto, pura naturaleza para aprender a vivir del prana en contacto con el aire, el sol, el verde. Lo más difícil fue pasar la primera semana, en la que no podía tomar ni siquiera agua: la sed era intolerable y había que apelar a la fortaleza interna. Gae vivió las secuelas de la limpieza física (dolores, manchas, sarpullidos), aprendió a quedarse durante horas en la misma posición. Cuando llegó la segunda semana, le indicaron que debía tomar un litro y medio de agua por día: era el momento de la limpieza emocional. Ella ya no tenía hambre. Se la pasaba sentada contra un árbol y esperaba las meditaciones del atardecer. Vio gente que lloraba, que gritaba, que se tiraba al suelo. Vio a muchos de sus propios compañeros de viaje que no aguantaron y se terminaron yendo. Nunca dijo nada. Llegó así a la tercera semana, la de limpieza mental. El objetivo de minimizar todos los pensamientos y alcanzar el blanco más puro. Cuando despertó, el día número veintiuno, Gae cerró los ojos y lanzó una intención al mundo. Estaba limpia y sutil. Por un segundo, sintió que flotaba.
Despidió a la pareja de guías con abrazos y volvió al pueblo con seis kilos menos y una sensibilidad extrema. Todo la aturdía y le daba ganas de llorar. Se volvió más selectiva con los alimentos y los fue incorporando de a poco, priorizó las frutas y las verduras, sintió que ya no la alimentaba únicamente la materia. Cinco meses más tarde, cargó su mochila y cruzó a Río de Janeiro, para participar de una meditación budista de diez días, llamada Vipassana. Ahí escuchó por primera vez de qué se trataba la comida viva y los ojos se le llenaron de lágrimas: su llegada a Brasil estaba predestinada.
Hizo todas las averiguaciones que tenía que hacer y llegó hasta la Fundación Oswaldo Cruz, donde se interiorizó en esta corriente que respaldaban tantos médicos naturistas. Estudió la carrera de reeducadora nutricional y conoció al dueño de Oficina da Semente, el primer restaurante raw food de Río. Trabajó con él, aprendió recetas, se metió en un Centro de Salud y Longevidad, atendió pacientes, les enseñó a comer de esta forma. La intención del último día del proceso de luz, se estaba haciendo realidad.
Corría el 2006 cuando Gae, embarazada de siete meses, volvió a Argentina para tener a su hijo y fundar Germinando. Hoy, esta organización nuclea a todos los que quieran iniciarse en la comida viva. No sólo enseñan a incorporar esta dieta sino que organizan ayunos físico-espirituales de tres o cuatro días en las afueras de Buenos Aires. Pueden ser totales, con agua o con jugos (verdes, de frutas, licuados). Durante el día hacen yoga y Tai Chi Chuan. Para el que quiera, también hay limpiezas hepáticas o colónicas. Además, una vez por mes, celebran cenas de confraternización gratuitas y abiertas a la comunidad. Alguien ofrece su casa y todos llevan algún plato hecho por ellos mismos. Lo hacen porque es un camino duro, porque la gente no entiende, porque se sienten solos. En una de las últimas cenas, una de las alumnas ofreció su PH y armaron una comilona sobre la mesa de madera: pizzas con masa deshidrata y quesos de semillas, ensaladas con lechuga, sésamo y girasol, patés, panqueques de mermeladas vivas, jugos de manzanas y uvas. Hubo guitarreadas, cantos y lecturas de poesías. Charlas donde aparecieron nuevos restaurantes raw y varios proyectos a futuro. Antes de despedirse, Gae los sorprendió a todos con la feliz noticia: la discípula del maestro Gabriel Cousens la había contactado por mail para pedirle ayuda. El gurú estaba por venir a Argentina y le proponía que hicieran algo juntos.

Abierto en 1993, Tree of Life es un centro holístico ubicado en el Estado de Arizona, Estados Unidos. Ahí es donde la gente viaja a espiritualizarse, limpiarse y curarse con la guía de Gabriel Cousens. Celebrities como Woody Harrelson, propagan sus bondades por el mundo desde la página web de la Fundación (www.treeoflife.nu). “Siempre voy a estar agradecido al doctor Cousens”, dice el protagonista de Asesinos por naturaleza mientras mastica una ensalada de brotes verdes que la cáma muestra en primer plano. Porque el gurú lo recibió con los brazos abiertos, entre las rojas montañas de Arizona. Con su sonrisa apacible, la boina tejida y esos ojos celestes y cristalinos. Fue entonces cuando Harrelson recibió el mensaje: nos enfermamos porque perdimos nuestro ritmo santo, que nos mantiene en paz con nuestro cuerpo, nuestro entorno y con lo Divino. “Hay que amarse a uno mismo y al planeta para querer curarse”, le dijo Cousens. La premisa de Tree of Life es la misma para todos: cuando uno cocina, pierde el 50% de las proteínas, el 80% de las vitaminas y minerales y casi el 95% de los filonutrientes. Si comemos “comida chatarra” genéticamente modificada y con herbicidas, baja nuestro nivel de conciencia, ensuciamos el cuerpo, nos volvemos chatarra nosotros también.
Una alimentación viva orgánica vegana, crea una mente, cuerpo y espíritu activos y saludables. La propuesta está lejos de ser un lujo, aclara Cousens: “según la F.A.O., cada año mueren de hambre de 40.000 a 60.000 personas. Si todo el mundo se alimentara sólo de vegetales, habría suficiente comida para alimentar al mundo siete veces más: cien vacas comen el grano que podrían comer dos mil personas.”
Si uno tiene diabetes, además, dicen que acá puede encontrar sanación. El plan de 21 días es estricto. Los primeros tres de comida cruda, después siete días de ayuno y, quien se anime, puede seguir siete días más, sólo a base de jugos verdes hechos con pepino, apio, espinacas, acelgas. Es la
“dieta del arco iris verde”. Cousens dice que abrió este Centro porque las personas necesitaban una comunidad que pudiera enseñarles todos los aspectos de la Humanidad, incluyendo el hecho de comer de tal forma que pudieran despertar la energía milenaria del Kundalini y volverse “conductores de lo Divino”.
Pero también tuvo detractores. En su libro Health Food Junkies, los nutricionistas Steven Bratman y David Knight hablan de la raw food como un “extremismo alimenticio” característico de la orthorexia: una patología basada en la obsesión por la alimentación saludable. “Es un desorden cada vez más extendido, que ya está por reemplazar a la anorexia”, aseguran. “La preocupación por los alimentos y la preparación de la comida dominan la vida de quienes siguen esta tendencia.” En el foro de la página www.vegsource.com, un opositor hizo circular una especie de Manifiesto donde contaba que, siguiendo la dieta de Cousens, no había tenido más que problemas. Dolores de estómago, constipación, debilidad. Sin un ingreso paulatino, dicen los nutricionistas, los efectos de la raw food pueden ser devastadores: el estómago no tiene encimas para digerir la fibra de tantas verduras crudas y por eso aparecen retorcijones intensos. Además, la fibra aumenta su propio volumen en agua, provocando hinchazón y bolos estomacales que provocan constipación o diarrea. Como el cuerpo tampoco está acostumbrado a absorber tantos nutrientes nuevos y se liberan muchas toxinas, aparecen el cansancio y la debilidad. Entre los mitos a desterrar de la raw food, el forista decía: “recuerden que la comida viva nunca los llevará cerca de Dios, Nirvana o como quieran llamarlo.” A pesar de la repercusión del Manifiesto y el libro, en Tree of Life nadie acusó recibo.
Hasta ahora, Cousens lleva creadas seis Fundaciones e incluso trasladó estos programas a Nicaragua, donde su plan es construir una clínica contra la diabetes y fundar otra comunidad para el mundo hispánico. Argentina, sin ir más lejos, es una escala necesaria en su proceso de expansión latinoamericana. “Está lista para despertar conciencia”, dice. Las vacantes para los talleres y conferencias de su primera visita colapsaron y es evidente que público no le falta. Más allá de la moda Palermo-Green, Buenos Aires cosecha filosofías, militancias y pseudo-religiones que se oponen a la mayoría en el terreno de la alimentación por razones éticas, ecológicas o médicas. Aunque en capital no existen censos alimenticios, es fácil rastrear las agrupaciones que nuclean a macrobióticos, vegetarianos, orgánicos, veganos… Incluso están los frugívoros y se habla también de los respiratorianos: un núcleo muy reducido (casi mítico) que asegura vivir del aire. Todos rechazan la carne, todos levantan banderas por un gurú, una política o una suerte de premisa espiritual en torno a la comida. Y uno de los puntos más extremos a los que el vegetarianismo puede llegar es la raw food. Hasta ahora, más de cien personas aceptaron pagar $1000 por el taller semanal de “alimentación viva para la paz universal”, dictado por Gabriel Cousens. Asistieron ansiosas a estos seminarios donde se explicaron cosas, se enseñaron recetas, se degustaron platos y se hicieron meditaciones. Muchos participaron también en la celebración del último Shabbat y se transformaron en fieles seguidores del maestro, cambiando el ritmo de sus propias vidas.

La noche que Leo Mazzucchelli probó la comida viva, supo que las cosas iban a ser diferentes. Aunque a sus 43 arrastraba veinte años de lacto-vegetarianismo, nunca antes le había pasado algo así. Escuchó el nombre “Verde Llama” casi por casualidad. Un amigo le había hablado del primer restaurante crudivorista de Argentina y así se metió, sin saber muy bien de qué se trataba. Lo mismo que había hecho durante la primavera alfonsinista, cuando supo de los Hare Krishnas y el Maharishi y abandonó el jazz y la carne, casi al mismo tiempo. Así, Leo entró a ese restaurante que hoy ya no existe y siguió las recomendaciones de Diego Castro, el chef que trajo esta corriente a Buenos Aires en el 2005. Escuchó quiénes eran los esenios, qué propiedades perdía la comida cuando se cocinaba, cuáles eran los beneficios de los alimentos crudos. De entrada, se animó al licuado de almendras, algarroba y algas como maca y espirulina. El amargor de las algas se diluyó en el azúcar negra sin refinar, las almendras le dejaron un resabio dulzón en la boca. “Vaikunta”, le dijeron que se llamaba. Siguió con un sandwich de pan deshidratado que traía verduras crudas, brotes y quesos de semillas. Para el postre, unas trufas de cacao puro. Cuando terminó la cena, sintió algo diferente en el proceso de digestión, una energía nueva en el cuerpo.
Volvió a su casa y durmió de corrido. No volvió a tener hambre hasta la tarde del día siguiente. Entusiasmado, regresó al restaurante esa misma noche y habló nuevamente con Castro. Esta vez, le pidió que le diera cursos de cocina y se llevó prestados varios de sus libros. De todos, el que más le gustó fue Rainbow Green Live-Food Cousine, de un tal Gabriel Cousens. Siguiendo sus consejos, Leo radicalizó el vegetarianismo: dejó las harinas, los lácteos y las verduras cocidas, se contactó con proveedores orgánicos para conseguir alimentos sin pesticidas ni fertilizantes, armó listas de hierbas y semillas que podían traerle quienes viajaran afuera. También empezó a hacer ayunos de agua y jugos verdes con cada cambio de estación y quiso difundir esta corriente en las meditaciones con cuencos que dictaba con su mujer. A los pocos meses, viajaron a Merlo, San Luis, y alquilaron una hostería de montaña a la que bautizaron Sagrado Sol, Sagrada Luna. Había Reiki, cuencos, baños de Temazcal. Quién parase en ese lugar, tenía que aceptar también el menú de comida viva que ofrecían sus dueños.
Leo se levantaba cada amanecer para respirar el aire puro de las sierras, de cara al cielo. El boca en boca empezó a correr y las personas se acercaban a hostería zen para vivir nuevas experiencias. Todo parecía fluir como la naturaleza hasta que la pareja rompió y él se vino solo, otra vez a Buenos Aires. Se instaló en una quinta en Pilar y retomó ahí mismo las meditaciones y los cursos. La separación lo había golpeado y pensó que un viaje para ver personalmente al gurú que hasta ahora sólo conocía por mail podía ser un consuelo: tal vez Tree of Life fuera un buen refugio. Estaba en medio de los preparativos, cuando se enteró de que el maestro estaba por llegar al país. Rastreó a los mismos consultores de sustentabilidad que Gae Arlia había contactado para traer a Cousens y se ofreció a ser su asistente.
Durante los diez días previos al Shabbat, convivió con el maestro y la discípula. Desayunaba con ellos, cenaba con ellos, pasaban todo el día juntos. Cada vez que cocinaban, ahí estaba Leo, observándolo todo. Tocó y probó “súper-alimentos” que acá no existen: hierbas chinas “inmortalistas” por sus anti-oxidantes, hongos medicinales como el Reishi, extractos de granada, sales marinas de color rosa. No podía creer que Cousens estuviera siempre impecable, detenido en el tiempo como un monje shaolín. Aunque trató de encontrar una arista, Leo no pudo detectarle un estado distinto en ningún momento: estaba exactamente igual al levantarse que al irse a dormir. La misma calma taciturna, los mismos silencios, la piel tersa pesar de superar los 60, la misma media sonrisa antes de cada rezo. No era fascinación de novato: él ya había asistido a gurúes como Fabián Maman (el francés pionero de sanación vibracional) o Leonard Orr (el mentor del Rebirthing). A todos se les notaba el jet lag, el cansancio, cierta alteración al final del día que en Cousens estaban ausentes. Además, este maestro tenía un as en la manga: el uso de la energía taquión. “Frecuencias puras codificadas en distintos elementos, desde un objeto hasta una prenda de vestir”, le explicó la discípula mientras desayunaban té de hierbas y galletas con polen, esa mañana de enero. Después le prestó un cinturón codificado para que soportara el día de 35 grados con las vibraciones altas y, en pleno microcentro bajo el sol de mediodía, Leo no dejó de moverse ni para tomar agua. Esa misma noche, descubrió que Gabriel Cousens ponía cristales de taquión en la heladera para que las frecuencias de las comidas no se modificaran.
Cuando el gurú y la discípula se fueron, Leo siguió con sus cursos como siempre. Mejor que siempre: tenía conductas para imitar y más respaldo a la hora de las explicaciones, ahora que las preguntas se las hacían a él. Y así estuvo hasta hace una semana, cuando habló con sus alumnos y suspendió todo para instalarse en Buenos Aires. El frío y el cambio de estación lo necesitan fuerte y por eso arrancó también un ayuno de jugos verdes. Se la pasa de acá para allá, consiguiendo insumos y arreglando detalles. Cousens viene para dictar talleres y presentar su último libro llamado Hay una cura para la diabetes. Y él, por supuesto, volverá a ser su asistente.

Cuando tenía veinte años y jugaba fútbol americano, Gabriel Cousens no podía pasar un día sin comer carne. Necesitaba las proteínas, fortalecer la masa corporal, sentirse fuerte, transmitirlo en el campo de juego. A los pocos años se convirtió en jugador profesional. Después se casó, se recibió de médico, alegró a familiares y amigos con la noticia de que su mujer estaba embarazada. Pura felicidad hasta esa noche de 1973 en que se despertó transpirado, la boca reseca, el corazón que latía rápido, muy rápido. En el sueño, un pollo a punto de ser rostizado se le acercaba tambaleante hasta cubrirle el campo de visión. Buscaba sus ojos, abría las alas, imploraba piedad:
- Soy tu hija
decía. Gabriel se quedó unos minutos en silencio y a la luz del velador fijó la vista en el vientre crecido de su esposa. Contuvo las ganas de tocarlo. Creyó ver que la panza se movía. Entendió que, de alguna manera, ya existía entre él y su hijita una extraña, íntima conexión. También supo que no iba darle muchas explicaciones a nadie. La decisión sería radical: no volver a probar carne, en ninguna de sus formas.
Su mujer lo aceptó de buen modo y también aceptó que Gabriel empezara a retraerse, dejara el fútbol y se acercara al Kundalini, una tradición india de más de 8000 años que había llegado a Estados Unidos como una de las últimas importaciones orientalistas de la filosofia new age. Mientras el Watergate dejaba secuelas y Ford reemplazaba a Nixon, Cousens se abstraía del mundo y se involucraba con el Kundalini hasta llegar al célebre Swami Muktanda. Si quería aprender, le dijo el maestro hindú, debía estar dispuesto a tomar un curso intensivo. Así, Gabriel realizó prácticas espirituales que lo llevaron a tomar la decisión, un día cualquiera de 1975, de seguir a Muktanda a la India para conectarse con Dios. La convicción era tan fuerte que vendió todo, dejó su trabajo y aceptó vivir en un ashram ambulante con su familia, uno de los tantos centros de meditación y enseñanza religiosa a los que pertenecen la mayoría de los indios. Sus dos hijos se educaban con clases particulares y él y su mujer hacían servicio. Mientras tanto, seguía con sus prácticas. Al séptimo año de estar en India, Cousens recibió al fin el shaktipat de su maestro: se elevó hacia la nada, sintió el despertar del Kundalini en su interior, perdió la conciencia. Muktanda le dijo entonces que lo soltaba. Que ya estaba liberado.
Cousens volvió a Estados Unidos, miró a su alrededor y entendió que no sólo tenía el poder de despertar el Kundalini en otros, sino que podía llegar al extremo de la espiritualidad a través de la alimentación. El tema estaba en el aire: ya en los ‘50, el mundo había escuchado hablar de George Oshawa, un médico japonés que daba charlas en Europa y Estados Unidos sobre la macrobiótica y los principios nutricionales del yin y el yang. En todos los alimentos, decía el hombre, podemos percibir distintas formas de energía contractiva (yang) o expansiva (yin) y por eso debemos seleccionarlos según el “biotipo” de cada uno. Ahora, los vanguardistas alimenticios ponían el foco en Ann Wigmore, una médica que decía haberse curado de cáncer a través de la comida cruda. Cousens entendió que el crudivorismo era lo que tenía más cerca, un terreno aún fértil donde posar la mirada. Era una alimentación bastante similar a la dieta que él venía haciendo desde hacía años. Sólo tenía que erradicar de su ya limitado menú vegetariano todo aquello que hubiera pasado por el fuego. Sabía que Wigmore se había inspirado en los manuscritos de los esenios: ¿quién mejor que él para honrar sus propias raíces judaicas? Sucumbió a sus milenarios escritos. Se apropió de sus creencias. Repitió como ellos que la base de la buena salud y la longevidad era no comer nada que hubiera sido cocinado. Después sumó rezos, cantos y ayunos hasta que finalmente llegó a la meta y creó él también su propio adalid de curación natural. Si Wigmore había superado un cáncer y Oshawa juraba haber sobrevivido a la tuberculosis, Gabriel Cousens vio el nicho en una enfermedad que todavía rankea entre las primeras a la búsqueda de una curación: la diabetes.

El pabellón de la Sala Roberto Arlt de la Feria Libro de Buenos Aires está casi lleno. Entran las últimas personas: una madre con su hija médica y naturista, dos chicas de pelo largo y una piedra blanca entre las cejas, varios viejitos atormentados por sus enfermedades, otros curiosos que escucharon algo y se acercaron a ver qué pasaba. Envuelto en dulce olor a sahumerio, el séquito de Gabriel Cousens prepara todo antes de que él aparezca. Están los dos representantes de la consultora de sustentabilidad, está la mujer de uno de ellos que también se sumó a la tendencia, hay una fotógrafa que captura imágenes para la web de Tree of life y está Leo Mazzucheli, que llega agitado y sobre la hora con sus pantalones de lino a rayas, la mochila de tela y una chalina amarilla sobre la remera blanca. Entre todos arreglan detalles: el micrófono, la pantalla, el termo plateado con té verde sobre la mesa. Uno de los consultores hace una seña y Gabriel Cousens atraviesa el pasillo, escoltado por Leo y la discípula. “Es un orgullo presentar al Doctor”, dice el chef Martiniano Molina por micrófono, mientras el otro sonríe con su traje azul, su camisa blanca y una boina parecida a la de otras veces, pero de color negro. Entonces Martiniano, que también está atravesando su propio insighde green, dice que está feliz de presentar a este hombre que logró unir ciencia con espiritualidad. Que es un regalo. Que todo lo que tiene para explicarnos marca un cambio definitivo en nuestros hábitos: él tiene las claves para transformar esta realidad dura a través la conciencia, para insertarnos en la cultura de la vida. Que lo conoció hoy mismo, agrega después, pero no importa: todo lo que Cousens le explicó en las horas previas le pareció revelador. Martiniano deja el micrófono. La gente aplaude y Cousens se acerca a abrazarlo. Al ratito vuelve a su asiento y el chef mediático levanta el pulgar mirando a los consultores.
A Cousens se lo ve descansado, activo. Al menos no tiene el paso lento que tenía en el último Shabbat. Y sonríe mucho. Pasea los ojos por toda la sala, como contando cuántas personas hay. Detrás suyo, un cartel verde anticipa la presentación: “Alimentación Viva, Alimentación Consciente”. Y abajo: “por primera vez en español, su revelador libro: Hay una cura para la diabetes.” Cousens toma el micrófono para saludar y la traductora repite. Dice que esta es una bienvenida con amor y que antes de empezar quiere hacer una plegaria, para sanar a la tierra y sanarnos a nosotros mismos. La traductora hace silencio y el gurú dice algo en una lengua inentendible (tal vez hebreo), con una especie de cantito al final. Termina con la palabra Amén. La sala está muda. Dos o tres personas repiten tímidas: “Amén”.
Ahora sí, empieza el discurso sobre la diabetes. Cousens da cifras alarmantes entre las cuales asegura que cada diez segundos, alguien muere por esta enfermedad. Explica qué es exactamente, cómo una dieta de comida viva puede curar la de tipo 2 y revertir los efectos de las otras. También habla de Tree of Life, de los tratamientos, de la expansión hacia las regiones hispano-hablantes; repite como en un cassete todo lo que la comida pierde cuando pasa por el fuego.
-¿Cuántos de ustedes sabían esto? Levanten la mano, por favor
increpa la traductora. Nadie lo hace. Cousens dice que la buena noticia es que en Buenos Aires ya hay gente que enseña dietas de comida viva, pero se niega a dar ejemplos porque todo eso va a explicarse en la charla del sábado y el taller teórico-práctico del domingo. Un día intenso donde a las demostraciones en vivo, de mano de Leo Mazzucheli y la discípula, va a sumarse el Shabbat de cierre, igual que la vez pasada. El precio de la charla es de $30, el de la Ceremonia $100 y el del taller entero, $500. Enseguida habilita preguntas y varios levantan la mano. Todas en torno a la diabetes: índices normales de insulina, características de la dieta, confrontar la visión tradicional de los médicos con las respuestas de Cousens, que no duda en ningún momento y aprovecha el bache final para promocionar su propio canal en Internet: www.gabrielcousens.com. No queda más tiempo. En cinco minutos, avisan, el doctor va a trasladarse al stand de la Editorial Antroposófica para firmar ejemplares. Todo es aplausos y ruido de sillas. La discípula y Leo se abrazan, los de la consultora coordinan cómo sigue la jornada. Uno de ellos habla por celular con el dueño de Buenos Aires Verde, el restaurante raw food que sucedió a Verde Llama. Reserva una mesa para todos, pide exclusividad. Cuando nombra a quienes van a estar, se olvida de Gae Arlia.

En realidad, el tipo no se olvidó de nada: Gae no fue a la Feria porque había viajado a un encuentro de chefs en Neuquén, invitada a difundir la tendencia de la comida viva. De todas formas, tampoco hubiera querido ir. No es que tenga algo en contra de Gabriel Cousens. Pero después de su última visita, las cosas cambiaron un poco. Por empezar, Gae sabe algo que Leo ignora: cuando unos meses atrás ella contactó a Cousens con la consultora de sustentabilidad, él puso como condición que le editaran uno de sus libros. La prioridad era esa: si no, no venía. Después sí, claro, podían sumarse charlas y talleres para redondear la visita. Por eso la mujer de uno de los consultores empezó a moverse hasta dar con el padre de una amiguita que su hija conoció en el colegio Waldorf. El hombre era el dueño de la Editorial Antroposófica que ostenta títulos relacionados con pedagogía, alimentación sana y terapias alternativas, y así se gestó la traducción de Hay una cura para la diabetes, junto con la tirada de1000 ejemplares que acaban de presentar en la Feria.
Que la mera difusión de la corriente no fuera prioritaria, la desilusionó bastante. Pero mucho más le impacto que en toda esa semana, Cousens no le dirigiera la palabra, siendo ella quién había mediado para traerlo. Tampoco le gustó la estructura piramidal de Tree of life y el hecho de que todos los que trabajan con él le rindan la pleitesía que se le rinde a un ser superior. Acostumbrada a la calidez brasilera y las cenas de confraternización donde todo es “más horizontal”, Gae no pudo entender que no hubieran palabras de agradecimiento para ella, ni siquiera cuando cocinó creppes de masa deshidratada y tortas crudas de banana para el banquete del Shabbat. La misma semana en que Leo Mazzucheli se despedía de Cousens y la discípula quedando a su disposición para lo que fuera, Gae se iba a la finca El Peregrino, en Mendoza, para visitar a “gente sencilla de campo, que trabaja la tierra”. Desconectarse de todo y cultivar manzanas orgánicas, enseñarle a otros cómo hacerlo, pero sin cobrar.
Hoy, respeta la sabiduría de Cousens en el campo de la comida viva (“investiga esto desde hace treinta años”) pero no tiene muchas ganas de participar del Shabbat. Leo, en cambio, parece un jugador antes de salir a la cancha. Hace días que no piensa en otra cosa y no ve la hora de que empiece. Podría estar con el maestro horas, días, meses enteros: “nunca se deja de aprender”, dice con una sonrisa. Además, hay un íntimo secreto que lo mueve, que le eriza la piel. Él sabe que este es el año en que va a conocer Tree of Life. Si se prepara, si demuestra todo lo que es capaz de hacer, el destino puede cambiarle. Y quién le dice. A lo mejor se convierte él también en discípulo y se queda con ellos para siempre.

3 comentarios:

  1. Muy bueno ¿Cual era la tapa de la RS en la que salió?

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  2. Si no me equivoco, era la de Roger Waters, el número de octubre. Gracias por el comment!

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  3. hola violeta
    me gustaría poder contactar a esta chica Gae
    tendrás algún fono o website para pasarme?
    desde ya muchas gracias
    nico

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